Maddaddam (Trilogía de MaddAddam 3)

Margaret Atwood

Fragmento

La trilogía MADDADDAM: la trama hasta este punto

La trilogía MADDADDAM: la trama hasta este punto

Los primeros dos libros de la trilogía MADDADDAM son Oryx y Crake y El año del Diluvio, Maddaddam es el tercero.

1. Oryx y Crake

Al principio de la historia, Hombre de las Nieves vive en un árbol a la orilla del mar y está convencido de que es el único ser humano auténtico que ha sobrevivido a la mortífera pandemia que ha devastado el mundo. No lejos de allí viven los Hijos de Crake, o crakers, una apacible especie humanoide creada mediante un proceso de ingeniería genética por el brillante Crake, en tiempos el mejor amigo de Hombre de las Nieves y su rival en el corazón de su amada, la bella y enigmática Oryx.

Los crakers desconocen los celos en asuntos sexuales, la codicia, la ropa, la necesidad de proteínas de origen animal y de repelente para insectos: los factores que, en opinión de Crake, habían hecho infeliz a la raza humana y, en último término, causado la degradación del planeta. Los crakers se aparean estacionalmente, cuando ciertas partes de sus cuerpos se tornan azules. Crake hizo lo posible por liberarlos del pensamiento simbólico y de la música, pero tienen por costumbre canturrear de una forma peculiar e inquietante y han desarrollado una religión que lo encumbra a él mismo como su creador, a Oryx como la señora de los animales y a Hombre de las Nieves como el reticente profeta de la especie. Fue él quien los sacó de la cúpula del Paralíseo, el laboratorio de alta tecnología donde fueron creados, para llevarlos al lugar que hoy ocupan a orillas del mar.

En su vida anterior a la pandemia, Hombre de las Nieves se llamaba Jimmy, y su día a día transcurría entre los complejos —espacios fortificados donde se alojaba la élite tecnocrática que controlaba la sociedad a través de SegurMort, su división para la seguridad colectiva— y las plebillas situadas extramuros, en cuyos vecindarios residenciales, centros comerciales y arrabales el resto de la gente vivía, iba de compras y trapicheaba.

Se había criado en las Granjas OrganInc, donde su padre trabajaba con los cerdones, cerdos transgénicos diseñados para alojar una amplia gama de tejidos humanos —lo mismo riñones que tejido cerebral— destinados a trasplantes. Luego trasladaron a su padre a VitaMorfosis, una corporación especializada en salud y bienestar, y fue allí, en el instituto VitaMorfosis, donde un Jimmy ya adolescente conoció a Crake, que por entonces se llamaba Glenn. Su común interés en la pornografía por internet y los más complejos juegos en línea los volvió inseparables. Entre esos juegos se contaba Extintatón, cuyo administrador era una críptica figura llamada MADDADDAM («Adán dio nombre a los animales vivos. MADDADDAM se lo pone a los muertos»). Los dos amigos entraron en contacto con él por medio de una sala de chat a la que sólo podían acceder los Grandes Maestros del juego que se habían ganado esa confianza.

Jimmy perdió de vista a Crake cuando éste ingresó en el Instituto Watson-Crick, un centro financiado con generosas donaciones, mientras que él tuvo que conformarse con la ruinosa academia de humanidades Martha Graham. Extrañamente, tanto la madre como el padrastro de Crake murieron de una misteriosa enfermedad que los llevó a disolverse físicamente. Tiempo después, un grupo bioterrorista cuyo nombre en clave era MADDADDAM empezó a utilizar microbios y animales genéticamente modificados para atentar contra la infraestructura y la autoridad de SegurMort.

Cuando, años más tarde, volvieron a encontrarse, Crake estaba al frente de la cúpula del Paralíseo, donde se dedicaba al empalme genético de los crakers y al desarrollo de la pastilla GozzaPluss, un producto ideado para favorecer el éxtasis sexual, el control de natalidad y la eterna juventud. Jimmy se llevó una sorpresa al descubrir que los nombres de los científicos que trabajaban en el Paralíseo coincidían con los nombres de usuario en Extintatón; en realidad, se trataba de los bioterroristas maddaddámidas, con los que Crake había contactado en la sala de chat y a quienes había prometido impunidad a cambio de su cooperación en el Paralíseo. Sin embargo, la pastilla GozzaPluss contenía un ingrediente secreto, y su lanzamiento coincidió con el inicio de la pandemia que acabó con la humanidad. En el caos resultante, tanto Oryx como Crake murieron, dejando a Jimmy a solas con los crakers.

Al final, muy atormentado por el recuerdo de la difunta Oryx y el traicionero Crake, y desesperado ante sus propias perspectivas de supervivencia, un renqueante y arrepentido Hombre de las Nieves emprende un viaje a pie hacia la cúpula del Paralíseo, dispuesto a hacerse con las armas y suministros que, según sabe, siguen almacenados allí. Por el camino tiene que vérselas con animales genéticamente modificados que campan a sus anchas, entre ellos los feroces loberros y los gigantescos cerdones, cuyo tejido cerebral de origen humano los convierte en seres taimados y peligrosos.

Oryx y Crake concluye cuando Hombre de las Nieves descubre a otros tres supervivientes a la plaga: tres mujeres. ¿Haría bien en unirse a ellas abandonando a los crakers a su suerte o, conociendo las tendencias destructivas de su propia especie, debería matarlos? Al final de Oryx y Crake, Hombre de las Nieves no se ha decidido aún.

2. El año del Diluvio

El año del Diluvio se desarrolla en la misma época que Oryx y Crake, pero tiene lugar en las plebillas situadas extramuros de los complejos. La trama gira en torno a los Jardineros de Dios, una religión ecologista fundada por Adán Uno. Sus líderes, los Adanes y las Evas, predican la convergencia de la naturaleza y las Escrituras y el amor a todos los seres vivos, al tiempo que denuncian los peligros de la tecnología y la maldad inherente a las corporaciones. Enemigos de la violencia, fomentan el cultivo de frutas y verduras y la apicultura en las azoteas de los arrabales de las plebillas.

La historia se inicia en el presente, el año 25 para los Jardineros: año del Diluvio Seco, que es el nombre que ellos dan a la pandemia. Armada con un viejo rifle, Toby está escondida en las instalaciones del balneario InnovaTe a la espera de que aparezcan otros supervivientes —en particular, un avispado y espabilado ex Jardinero llamado Zab, de quien está secretamente enamorada— y quebranta el código de los Jardineros al disparar a uno de los cerdones que han estado merodeando por su huerto. Otro día, descubre a lo lejos una procesión de caminantes desnudos encabezada por un hombre barbado y andrajoso. Como nada sabe sobre Hombre de las Nieves y los crakers, cree que se trata de una alucinación.

A todo esto, la joven Ren está encerrada en el cuarto para cuarentenas de Colas y Escamas, el club de striptease en el que ha estado trabajando y que, poco antes de la plaga, destrozó un grupo de paintbalistas —deshumanizados prisioneros de SegurMort que han eliminado sin compasión a sus contrincantes en el Paintbala Arena—. Ren tiene claro que acabará muriendo de hambre si Amanda, su amiga de la infancia, no se presenta para abrirle la puerta cerrada a cal y canto.

Mucho tiempo atrás, los Jardineros de Dios rescataron a Toby de las garras del paintbalista Blanco, su tiránico jefe en el asqueroso puesto de venta de la cadena SecretBurgers donde estaba empleada. Toby se convirtió en una Eva y se especializó en hongos, abejas y pociones. Su maestra, la vieja Pilar —quien, como tantos otros Jardineros, era una biocientífica perseguida por SegurMort— seguía secretamente en contacto con varios informantes, entre ellos el adolescente Crake.

Ren había sido pupila de Toby junto con Amanda, una plebiquilla de armas tomar y con gran carisma personal. La madre de Ren, Lucerne, se había fugado con Zab del complejo VitaMorfosis aunque, frustrada por su falta de compromiso, abandonó a los Jardineros y regresó a VitaMorfosis cuando Ren tenía trece años. En plena adolescencia, Jimmy sedujo a Ren, pero terminó por darle la espalda y, con el tiempo, ella decidió ganarse la vida como bailarina en Colas y Escamas, que era el mejor trabajo al que podía aspirar.

Inconforme con las tácticas del grupo, Zab y sus partidarios se escindieron de los Jardineros pacifistas de Adán Uno para dedicarse a la acción directa bioterrorista contra SegurMort valiéndose de la sala de chat de MADDADDAM como lugar de encuentro. Los Jardineros restantes, obligados a esconderse de SegurMort, continuaron preparándose para la llegada del Diluvio Seco.

En el presente —año 25—, Amanda llega al club Colas y Escamas y logra liberar a Ren. Mientras lo celebran, tres de sus amigos Jardineros —Shackleton, Crozier y Oates— aparecen de repente, perseguidos por Blanco y otros dos paintbalistas. Los cinco jóvenes huyen, pero en el camino los atrapan, violan a Ren y Amanda, se llevan secuestrada a esta última y asesinan a Oates.

Ren se las arregla para llegar a InnovaTe, donde Toby cuida de ella hasta que se recupera y parten juntas a rescatar a Amanda. Tras eludir a unos cerdones asilvestrados y enfrentarse con el brutal Blanco, encuentran a un grupo de supervivientes que viven en un caserón de adobe en medio de un parque. Zab está entre ellos, junto con su grupo de maddaddámidas y un puñado de antiguos Jardineros. Convencidos de que Adán Uno tiene que haber sobrevivido, hacen lo que pueden por localizarlo.

Toby y Ren parten con la peligrosa misión de rescatar a Amanda de los paintbalistas que la mantienen cautiva. Al llegar a la costa, se topan con el campamento de unas gentes extrañas, parcialmente azules, quienes dicen haber visto a dos humanos y una humana. Convencidas de que son Amanda y sus raptores, Toby y Ren van tras ellos y los encuentran justo en el momento en que Hombre de las Nieves, infectado y sumido en alucinaciones, se dispone a dispararles con su pulverizador.

El año del Diluvio termina con los dos paintbalistas amarrados a un árbol mientras Ren cuida de la maltrecha Amanda y el febril Hombre de las Nieves. Toby, según la costumbre de los Jardineros en la Festividad de Santa Juliana y Todas las Almas, dedicada al perdón, les sirve sopa; entonces, los azulados Hijos de Crake llegan por la orilla canturreando sus misteriosas tonadas.

Huevo

Huevo

La historia del Huevo, de Oryx y Crake....

La historia del Huevo, de Oryx y Crake y de cómo crearon a las personas y los animales, del caos, de Jimmy de las Nieves, del hueso apestoso y de la aparición de los dos hombres malos

Al principio vivíais dentro del Huevo, fue donde Crake os creó.

Sí, Crake es bueno, Crake es amable. Dejad de cantar, por favor, o no voy a poder seguir con esta historia.

El Huevo era grande, redondeado y blanco, como la mitad de una burbuja, y dentro había árboles con hojas, hierba y frutos silvestres. Todo lo que os gusta comer.

Sí, eso es, dentro del Huevo llovía.

No, no había truenos.

Porque Crake no quería truenos en el Huevo.

Y allí donde mirases, en derredor del Huevo imperaba el caos; había mucha, pero que mucha gente que no era como vosotros.

Porque tenían una segunda piel, una piel que se llama «ropa». Sí, como la que yo llevo.

Y muchos de ellos eran personas malas que trataban a los demás sin miramientos, con crueldad, y lo mismo a los animales. Hacían cosas como... Ahora mismo no hace falta que entremos en detalles.

Y Oryx se sentía muy triste al respecto porque los animales eran hijos suyos. Y Crake se entristecía al ver lo triste que estaba Oryx.

El exterior del Huevo estaba sumido en el caos, pero dentro no había caos alguno. En el interior reinaba la paz.

Y todos los días Oryx venía a enseñaros. Os enseñaba qué comer, cómo hacer un fuego, os hablaba de los animales, sus propios hijos. Os enseñaba a ronronear si veíais que una persona sufría o estaba herida. Y Crake cuidaba de vosotros.

Sí, Crake es bueno, Crake es amable. Dejad de cantar, por favor. No hace falta que cantéis cada vez que digo su nombre. Seguro que a Crake le gusta, pero también le gusta esta historia que os estoy contando y quiere escucharla hasta el final.

Y entonces, un día, Crake eliminó el caos y a toda aquella gente cruel para que Oryx estuviera contenta y para que pudieseis vivir en un lugar seguro.

Sí, como consecuencia, las cosas apestaron un tiempo.

Y entonces Crake se marchó al lugar que le correspondía, en lo alto del cielo, y Oryx lo acompañó.

No sé por qué se fueron. Alguna buena razón tendrían. Os dejaron al cuidado de Jimmy de las Nieves, que fue quien os trajo a la costa. Y los Días del Pescado pescabais una pieza para él, y él se la comía.

Ya sé que a vosotros no se os ocurriría comeros un pescado, pero Jimmy de las Nieves es distinto.

Porque él tiene que comer pescado o se pone muy enfermo.

Porque así es como está hecho.

Entonces, un día, Jimmy de las Nieves fue a ver a Crake y, cuando volvió, el pie le dolía. Ronroneasteis en su ayuda, pero el pie no mejoró.

Y entonces llegaron los dos hombres malos, dos desechos del caos.

No sé por qué Crake no dio buena cuenta de ellos. Es posible que estuvieran escondidos a la sombra de un matorral y que no llegara a verlos. Habían raptado a Amanda y estaban siendo crueles con ella, le estaban haciendo daño.

Ahora mismo no hace falta que entremos en detalles.

Así que Jimmy de las Nieves hizo lo posible por detenerlos. Entonces aparecí yo, junto con Ren, y atrapamos a los dos hombres malos y los amarramos a un árbol con una cuerda antes de sentarnos en torno al fuego y tomarnos una sopa. Jimmy de las Nieves tomó sopa, y lo mismo hicieron Ren y Amanda, y hasta los dos hombres malos tomaron sopa.

Sí, en la sopa había un hueso. Sí, un hueso apestoso.

Ya sé que no hay que comer un hueso apestoso, pero a muchos de los Hijos de Oryx les encantan esos huesos. Las lincetas se los comen, y otro tanto hacen los mofaches, los cerdones y los cordeleones. A todos les gustan los huesos apestosos. Los osos también los comen.

Luego os explico qué es un oso.

Ahora mismo no hace falta que entremos en detalles sobre los huesos apestosos.

Y mientras estaban tomándose la sopa, os presentasteis con vuestras antorchas dispuestos a ayudar a Jimmy de las Nieves porque sabíais que aún le dolía el pie y os habíais dado cuenta de que había unas cuantas mujeres que olían azul, por lo que os entraron ganas de aparearos con ellas.

No entendíais que aquellos dos hombres eran malos, no alcanzabais a comprender por qué estaban atados con una cuerda. No es culpa vuestra que huyeran y se perdieran en el bosque. No lloréis.

Sí, Crake tiene que estar más que furioso con los hombres malos. Es posible que envíe algún trueno.

Sí, Crake es bueno, Crake es amable.

Dejad de cantar, por favor.

Cuerda

Cuerda

Cuerda

Cuerda

Respecto de lo que pasó aquella noche —los acontecimientos que provocaron que la maldad del ser humano campara otra vez por el mundo—, Toby elaboró más tarde dos versiones. La primera era la que les contaba a los Hijos de Crake: una historia con final feliz, o todo lo feliz que le era dado pergeñar; la segunda no tenía otro destinatario que ella misma, y no resultaba tan reconfortante. Se refería, en parte, a su propia estupidez, a su incapacidad para prestar atención, pero también a lo rápido que ocurrió todo: fue en un abrir y cerrar de ojos.

Ese día estaba exhausta, claro; lo más seguro es que tuviera un bajón de adrenalina. A fin de cuentas llevaba dos días increíblemente estresantes sin descansar ni apenas probar bocado.

La víspera, ella y Ren habían dejado atrás la seguridad del caserón de adobe de los maddaddámidas, donde se refugiaban los escasos supervivientes de la pandemia global que había aniquilado a la humanidad. Iban tras la pista de la mejor amiga de Ren, Amanda, a quien encontraron justo a tiempo, pues los dos paintbalistas habían abusado tanto de ella que se hallaba al borde de la muerte. Toby sabía cómo las gastaban los hombres como ellos: uno había estado a punto de matarla en su momento, antes de que se uniera a los Jardineros de Dios. Quienes sobrevivían a más de una condena en el Paintbala acababan reducidos al cerebro reptiliano, y solían abusar sexualmente de sus víctimas hasta convertirlas en una piltrafa, tras lo cual se las merendaban. Lo que más les gustaba eran los riñones.

Agazapadas entre la maleza, Toby y Ren habían observado cómo los paintbalistas se enzarzaban en discusiones sobre el mofache que estaban comiéndose, sobre la conveniencia de atacar a los crakers, sobre qué más cosas iban a hacerle a Amanda... Ren estaba muerta de miedo y Toby esperaba que no se desmayase; no podía hacer más porque estaba concentrada en armarse de valor para disparar. ¿A quién primero, al barbudo o al del pelo corto? ¿El otro tendría tiempo de empuñar su pulverizador? La propia Amanda no estaba en situación de ayudar, ni siquiera de escapar: le habían puesto una soga al cuello con el otro extremo anudado a la pierna del barbas. Un paso en falso y estaría muerta.

En ese momento, un hombre extraño surgió de los arbustos: desnudo, requemado por el sol, cubierto de costras y con un pulverizador en la mano, presto a disparar a todos los que estaban a la vista, incluida Amanda. Ren dio un grito y salió corriendo al claro, lo que sirvió como distracción. Toby se levantó apuntando con su rifle y Amanda aprovechó para soltarse. Redujeron a los paintbalistas dándoles unas cuantas patadas en la entrepierna y golpeándolos con una piedra, los ataron con su propia cuerda y unas tiras rasgadas del sayo rosa del balneario InnovaTe que Toby llevaba puesto.

Ren se ocupó de Amanda, que parecía en shock, así como del hombre desnudo y costroso al que llamaba Jimmy. Lo envolvió en los restos del sayo mientras le hablaba con voz queda; se diría que era un novio de hacía muchos años.

Pasado lo peor, Toby sintió que podía relajarse y echó mano de un ejercicio respiratorio aprendido de los Jardineros, respirando y espirando al ritmo acariciante de las olas cercanas —chis chas, chis chas— hasta que los latidos de su corazón volvieron a la normalidad. A continuación, preparó una sopa.

Entonces salió la luna.

• • •

La luna en lo alto implicaba el inicio de la Festividad de Santa Juliana y Todas las Almas: una celebración de la compasión y la ternura que Dios siente por todos los seres vivos. «El universo descansa en la palma de Su mano, como nos enseñó largo tiempo atrás santa Juliana de Norwich con su visión mística. Es imprescindible perdonar, practicar la bondad amorosa, no romper ningún ciclo. Cuando decimos “todas las almas” nos referimos a todas y cada una, sin importar lo que puedan haber hecho, al menos desde que la luna sale hasta que se pone.»

Una vez que los Adanes y Evas te enseñaban algo, era para siempre. A Toby le hubiera resultado casi imposible matar a los dos paintbalistas justamente aquella noche, acabar con ellos a sangre fría aprovechando que estaban atados al tronco del árbol.

Amanda y Ren se habían encargado de atarlos. En su día estudiaron juntas en la escuela de los Jardineros, donde aprendieron a hacer manualidades con materiales reciclados, así que sabían de nudos. Con aquellos dos, parecía que hubieran estado haciendo macramé.

Aquella bendita noche de Santa Juliana, Toby dejó las armas a un lado —su anticuado rifle, el pulverizador de los paintbalistas y el otro, el de Jimmy— y se puso en el papel de la entrañable madrina dispuesta a servir la sopa y dividir a partes iguales los nutrientes de modo que alcanzaran para todos.

Debió de quedarse hechizada ante el espectáculo de su propia nobleza y amabilidad al hacer que todos se sentaran en torno al acogedor fuego nocturno para compartir la sopa; todos, incluyendo a Amanda, a quien el trauma había dejado poco menos que catatónica, a Jimmy, quien temblaba por la fiebre y no cesaba de hablarle a la muerta que creía ver de pie sobre las llamas, y hasta a los dos paintbalistas... ¿De veras creía que experimentarían una conversión y se fundirían en abrazos con todo bicho viviente? Sólo le faltó sermonearlos mientras servía la sopa de hueso: «Un cucharón para ti, otro para ti, ¡y dos más para vosotros! ¡Abandonad el odio y la violencia! ¡Entrad en el círculo de la luz!»

Pero el odio y la violencia son adictivos: provocan un subidón y, una vez que lo has experimentado, por poco que sea, necesitas más o te entran los temblores y los sudores fríos.

Mientras comían la sopa, oyeron unas voces que se acercaban a través de la arboleda de la costa: eran los Hijos de Crake, los crakers, esos extraños seres cuasihumanos producto del empalme genético que vivían a la orilla del mar. Llegaban en fila india por entre los árboles, con sus antorchas de madera de pino bronco en alto, cantando con sus voces cristalinas.

Toby tan sólo los había visto unos instantes, y a la luz del sol. Brillando bajo la luz de la luna y las antorchas eran todavía más hermosos: de todos los colores —marrón, amarillo, negro, blanco— y de muy distintas estaturas, cada uno era perfecto a su manera. Las mujeres avanzaban con una serena sonrisa en el rostro; los hombres, en clara actitud de cortejo, con ramos de flores en las manos. Sus cuerpos desnudos recordaban las figuras apolíneas de los tebeos para adolescentes, con los músculos torneados y refulgentes. Sus penes, de un vívido color azul y anormalmente grandes, oscilaban de lado a lado como los rabos de unos perros amigables.

Más tarde, Toby sería incapaz de rememorar la secuencia de los hechos, si de secuencia podía hablarse: lo sucedido más bien recordaba una trifulca callejera en alguna de las plebillas; acción fulminante, un amasijo de cuerpos, una cacofonía de voces.

—¿Dónde está la azul? ¡Aquí huele a azul! ¡Mirad, ahí está Hombre de las Nieves! ¡Está flaco! ¡Está muy enfermo!

Ren:

—¡Mierda, son los crakers! ¿Y si lo que quieren es...? ¡Mirad sus...! ¡Joder, joder!

Las mujeres craker, al ver a Jimmy:

—¡Dejadnos ayudar a Hombre de las Nieves! ¡Necesita que ronroneemos sobre él!

Los hombres craker, mientras olisquean a Amanda:

—¡Ella es la azul! ¡Huele azul! ¡Quiere aparearse con nosotros! ¡Dadle las flores, se pondrá contenta!

Amanda, asustada:

—¡Ni se os ocurra acercaros! Yo no... ¡Ren, ayúdame!

Cuatro corpulentos machos desnudos avanzan hacia ella; hermosos, con flores en las manos.

—¡Toby! ¡Quítamelos de encima! ¡Dispárales!

Las mujeres craker:

—Está enferma. Antes tenemos que ronronear sobre ella hasta que se encuentre mejor. ¿Y si le damos un pescado...?

Los hombres craker:

—¡Es azul! ¡Es azul! ¡Qué alegría! ¡Cantemos para ella!

—Y la otra también es azul...

—El pescado que traemos es para Hombre de las Nieves. Se lo tenemos reservado.

Ren:

—Amanda, quizá lo mejor sea que aceptes las flores, no vayan a cabrearse o vete tú a saber...

Toby, con voz débil, sin que nadie le haga caso:

—Por favor, escuchadme... Retroceded, estáis asustándola...

—¿Qué es eso? ¿Es un hueso? —Varias de las mujeres, mientras escudriñan la olla con la sopa—. ¿Os estáis comiendo ese hueso? Huele mal.

—Nosotros no comemos huesos. Hombre de las Nieves no come huesos, él come pescado. ¿Por qué os coméis un hueso apestoso?

—Es el pie de Hombre de las Nieves, que huele como un hueso, un hueso dejado por los buitres. ¡Oh, Hombre de las Nieves, déjanos ronronear sobre tu pie!

Jimmy, presa de la fiebre:

—¿Quién eres? ¿Oryx? Pero si estás muerta. Todos están muertos. Todos en el mundo, todos han muerto... —Le falla la voz y rompe a llorar.

—No estés triste, oh, Hombre de las Nieves, estamos aquí para ayudar.

Toby :

—Creo que es mejor que no le toquéis la... Está infectada... Lo que necesita es...

Jimmy:

—¡Ay! ¡Joder, la puta!

—No nos pegues patadas, oh, Hombre de las Nieves, te harás daño en el pie.

Varios de ellos se ponen a ronronear y el sonido resultante recuerda un robot de cocina.

Ren pide ayuda:

—¡Toby! ¡Toby! ¡Eh, vosotros! ¡Soltadla ahora mismo!

Toby levanta la vista y contempla la escena a través del fuego: Amanda ha desaparecido entre una titilante espesura de espaldas y extremidades masculinas desnudas. Ren se echa encima del amasijo de carne y no tarda en verse sumergida.

Toby :

—¡Esperad! ¡No...! ¡Alto ahí!

¿Qué debería hacer? Se trata de un descomunal malentendido cultural. ¡Si por lo menos tuviera a mano un cubo de agua fría!

Gritos ahogados. Toby hace todo lo posible por auxiliarla, pero uno de los dos paintbalistas grita a los crakers:

—¡Eh, vosotros, por aquí!

—Éstos huelen muy mal: huelen a sangre y a sucio. ¿Dónde está la sangre?

—¿Y eso de ahí qué es? Es una cuerda. ¿Por qué están atados con una cuerda?

—Hombre de las Nieves nos enseñó lo que era una cuerda cuando vivía en un árbol. La cuerda sirve para construir su casa. Oh, Hombre de las Nieves, ¿por qué estos hombres están atados con una cuerda?

—La cuerda les hace daño, lo mejor es que se la quitemos.

Uno de los dos paintbalistas:

—¡Eso mismo, buena idea! ¡Esto no hay quien lo aguante! —Suelta un gemido.

Toby :

—Ni se os ocurra acercaros a ellos porque os harán...

El segundo paintbalista:

—¡Más deprisa, pollazul! Suéltanos antes de que esa furcia asquerosa nos...

Toby :

—¡No! No los desatéis... esos hombres van a...

Pero ya era tarde. ¿Quién iba a suponer que los crakers eran tan habilidosos con los nudos?

Procesión

Procesión

Los dos hombres pusieron pies en polvorosa en la oscuridad dejando una maraña de cuerda y un desparrame de brasas a su espalda. Serás imbécil, se dijo Toby. Tendrías que haber obrado sin compasión y haberles machacado los sesos con un pedrusco, rajado el cuello con el cuchillo, haberlos matado sin gastar ni una bala. Has sido una idiota, tu falta de reflejos raya en lo criminal.

No se veía mucho —el fuego estaba apagándose—, pero hizo un rápido inventario: su fusil por lo menos seguía donde antes, algo era algo, pero el pulverizador del paintbalista ya no estaba allí. Mira que eres boba, se dijo. Para que sigas fiándolo todo a santa Juliana y a la amorosa bondad del universo.

Amanda y Ren lloraban abrazadas mientras algunas de las guapas mujeres craker, nerviosas, las acariciaban. Jimmy había perdido el equilibrio y estaba en el suelo, hablándoles a las ascuas del fuego. Cuanto antes volvieran al refugio de los maddaddámidas mejor porque, plantados en la oscuridad, ofrecían unos blancos inmejorables. Los paintbalistas bien podían volver para hacerse con las demás armas y Toby se daba cuenta de que los crakers no les serían de ninguna ayuda en tal caso. «¿Por qué me has pegado? ¡Crake se pondrá furioso! ¡Enviará un trueno!» Si Toby derribaba a uno de los paintbalistas, los crakers se interpondrían antes de que pudiera descargar el tiro de gracia. «¡Huy, huy! ¡Has hecho bang, un hombre ha caído y ahora tiene un agujero y está perdiendo sangre!», dirían. «¡Está herido, tenemos que ayudarlo!»

Incluso suponiendo que los paintbalistas se mantuvieran de momento a distancia, en el bosque había otros depredadores: lincetas, loberros, cordeleones y, lo peor de todo, los monstruosos cerdones asilvestrados. Y ahora que las ciudades y las carreteras estaban despobladas, a saber cuánto tardarían los osos en descender desde el norte.

—Tenemos que irnos ahora mismo —les indicó a los crakers. Al oírla, se volvieron y clavaron en ella sus ojos verdes—. Tenemos que llevarnos a Hombre de las Nieves.

Los crakers empezaron a hablar todos a la vez.

—¡Hombre de las Nieves se queda aquí con nosotros! ¡Tenemos que volver a subirlo a su árbol!

—Es lo que más le gusta, le gusta el árbol.

—Sí, y es el único que puede hablar con Crake.

—Sólo él puede comunicarnos las palabras de Crake, lo que dijo sobre el Huevo.

—Sobre el caos.

—Sobre Oryx, que dio vida a los animales.

—Sobre Crake, que eliminó el caos.

—Crake es bueno, Crake es amable.

Se pusieron a cantar.

—Tenemos que conseguir medicinas —dijo Toby desesperada—. De lo contrario, Jimmy... de lo contrario, Hombre de las Nieves podría morir.

Se la quedaron mirando con gesto inexpresivo. ¿Entendían qué significaba eso de morir?

—¿Qué es un Jimmy? —Fruncían el ceño al decirlo.

Toby comprendió que se había equivocado al mencionar el nombre.

—Hombre de las Nieves también se llama Jimmy —explicó.

—¿Por qué?

—¿Por qué se llama también así?

—¿Qué es un Jimmy?

Se diría que la cuestión les interesaba mucho más que aquello de morir.

—¿Es esa piel rosa que tiene Hombre de las Nieves?

—¡Yo también quiero un Jimmy! —le dijo un niño pequeño.

¿Cómo podía explicárselo?

—Jimmy es un nombre: Hombre de las Nieves tiene dos nombres.

—Entonces ¿se llama Jimmy de las Nieves?

—Sí —respondió Toby, anticipando que se llamaría precisamente así a partir de ese momento.

—¡Jimmy de las Nieves! ¡Jimmy de las Nieves! —se repetían los unos a los otros.—¿Y por qué dos? —preguntó alguien, aunque los demás ya se concentraban en la siguiente palabra misteriosa:

—¿Qué es medicinas?

—Lo necesario para que Jimmy de las Nieves se ponga mejor.

Sonrieron: eso les parecía bien.

—Entonces vamos con vosotros —dijo el que tenía visos de estar al mando, un craker alto con la piel pardoamarillenta y nariz aquilina—. Nosotros llevaremos a Jimmy de las Nieves.

Dos de ellos cargaron con Jimmy sin dificultad. Toby se inquietó al verle los ojos: dos delgadas ranuras blancas entre los párpados.

—Estoy volando... —musitó cuando los crakers lo levantaron en vilo.

Toby encontró el pulverizador de Jimmy y se lo dio a Ren no sin antes ponerle el seguro. Era consciente de que ella no sabía cómo funcionaba aquel artilugio —¿cómo iba a saberlo?—, pero no estaba de más que lo llevase a mano por lo que pudiera pasar.

Suponía que tan sólo los dos crakers que se habían ofrecido voluntarios la acompañarían en el camino de regreso al caserón, pero el grupo entero se sumó al viaje, niños incluidos: todos querían estar junto a Hombre de las Nieves. Los varones se turnaban para llevarlo y los demás, antorchas en alto, rompían a cantar de cuando en cuando con sus inquietantes voces cristalinas.

Cuatro de las mujeres caminaban junto a Ren y Amanda dándoles palmaditas, acariciándoles brazos y manos.

—Oryx cuidará de ti —le decían a Amanda.

—Que ninguno de esos putos pollazules vuelva a tocarla —dijo Ren con rabia.

—¿Qué es putos? —preguntaron atónitas—. ¿Qué es pollazules?

—Da igual, que no lo hagan y punto, ¡o se arrepentirán! —les contestó.

—Oryx cuidará de ella —dijeron las crakers no sin cierta vacilación—. ¿Qué es arrepentirán?

—Estoy bien —le dijo Amanda a Ren con voz débil—. ¿Y tú cómo estás?

—¡No estás bien! ¡Ni de coña! Lo mejor es que te llevemos al refugio de los maddaddámidas —indicó Ren—. Allí hay camas, una bomba de agua, todo lo que hace falta. Podremos lavarte, y a Jimmy también.

—¿Jimmy? ¿Ese de ahí es Jimmy? Pensaba que había muerto, como todos los demás.

—Sí, lo mismo pensaba yo, pero hay muchos que siguen vivos. Bueno, unos cuantos. Zab no ha muerto, ni tampoco Rebecca, ni tú, ni yo, ni Toby, ni...

—¿Adónde han ido esos dos? —quiso saber Amanda—. Me refiero a los paintbalistas. Tendría que haberles machacado los sesos sin pensármelo dos veces. —Soltó una risita débil sin más propósito que sacudirse el dolor de encima: la risa de sus viejos tiempos de plebiquilla—. ¿Tendremos que andar mucho? —preguntó.

—Pueden llevarte en brazos —dijo Ren.

—No, así estoy bien.

• • •

Las polillas revoloteaban en torno a las hogueras y la brisa de la noche agitaba las hojas de los árboles. ¿Cuánto rato estuvieron caminando? Horas y más horas, pensaba Toby, pero no es fácil calcular el tiempo a la luz de la luna. Avanzaban hacia el oeste a través del Heritage Park y el rumor de las olas iba atenuándose a su espalda. Había un sendero, pero no sabía bien por dónde iban; por fortuna, los crakers sí parecían saberlo.

Caminaba en la retaguardia de la procesión con el dedo en el gatillo del fusil y el oído atento, esforzándose en detectar una posible pisada, el crujido de una ramita en el suelo, un gruñido. Percibió el croar de una rana, los trinos de uno o dos pájaros nocturnos. Era consciente de la oscuridad a su espalda: su sombra se alargaba mucho, fundiéndose con otras aún más lóbregas.

Adormidera

Adormidera

Por fin llegaron al enclave del caserón de adobe. Una solitaria bombilla iluminaba el patio y, al otro lado de la valla reforzada, Crozier, Manatí y Tamarao montaban guardia armados con pulverizadores. Llevaban linternas de cabeza alimentadas por batería: el botín cosechado en alguna tienda para ciclistas.

Ren echó a correr hacia ellos.

—¡Somos nosotros! ¡Todo en orden! ¡Hemos encontrado a Amanda!

La linterna en la frente de Crozier osciló arriba y abajo cuando éste abrió el portón.

—¡Bien hecho! —exclamó.

—¡Estupendo! ¡Voy a contárselo a los demás! —Tamarao echó a correr hacia la edificación principal.

—¡Croze! ¡Lo hemos conseguido! —Ren dejó caer el pulverizador y se abrazó a él.

Crozier la alzó en volandas, la hizo girar en el aire, la besó y volvió a depositarla en el suelo.

—Oye, ¿y de dónde has sacado ese pulverizador? —preguntó.

Ren rompió a llorar.

—Pensé que esos dos iban a matarnos, ¡pero tendrías que haber visto a Toby: se puso hecha una fiera! Los amenazó con su viejo rifle, los golpeamos con una piedra y luego los atamos a un árbol, pero entonces...

—¡Tremendo! —dijo Manatí mientras observaba a los crakers, que se habían agrupado en la puerta y hablaban entre sí—. Aquí llega el circo de la cúpula del Paralíseo.

—Son ellos, ¿verdad? —intervino Crozier—. Los raritos desnudos que se inventó Crake, ¿no? Los que viven a la orilla del mar...

—Lo de «raritos» mejor no lo digas muy alto —repuso Ren—, te pueden oír.

—No fue Crake solo —precisó Manatí—: todos nosotros estuvimos trabajando con él en el Proyecto Paralíseo; Zorro del Desierto, Pico de Marfil, yo...

—¿Cómo es que vienen con vosotras? —preguntó Crozier—. ¿Qué es lo que quieren?

—Sólo intentan ayudar —aseguró Toby. De pronto estaba muy cansada, ansiaba meterse en su cubículo, tumbarse un rato, quedarse dormida—. ¿Se ha presentado alguien más?

Zab se había ido del caserón al mismo tiempo que ella, en busca de Adán Uno y de aquellos Jardineros de Dios que pudieran seguir con vida. Lo que Toby quería saber era si Zab había vuelto, pero prefería no ser tan directa. Como decían los Jardineros: quien languidece lloriquea, y ella no tenía por costumbre abrirle su corazón a nadie.

—Tan sólo esos cerdos otra vez —respondió Crozier—: trataron de colarse bajo el vallado, los apuntamos con los focos y salieron en estampida. Saben lo que es un pulverizador.

—Desde que a un par de ellos los convertimos en beicon —observó Manatí—, o mejor: en frankenbeicon, ya que esos puercos son un apaño genético. Aún no me acostumbro a comer su carne: llevan tejido cerebral humano.

—Hablando de monstruitos a lo Frankenstein, espero que esos engendros de Crake no estén pensando en quedarse a vivir con nosotros —dijo una mujer rubia que acababa de salir del caserón en compañía de Tamarao.

Toby la había visto durante su corto paso por allí, antes de partir en busca de Amanda. Zorro del Desierto, eso era. Tendría treinta y pico años, pero iba vestida con un camisón con volantes más propio de una niña de doce. ¿De dónde lo habría sacado? ¿Lo habría robado de alguna tienda de Atuendo Pekkeminoso, de un Todo a Cien Dólares?

—Tienes que estar agotada —le dijo Tamarao a Toby.

—No sé por qué has traído a esa gente contigo —reprochó Zorro del Desierto—: son un montón, no vamos a tener comida para todos.

—Ni falta que hará —indicó Manatí—. Os recuerdo que se alimentan de hojas. Crake los diseñó así a propósito para que no les hiciera falta la agricultura.

—Cierto —convino Zorro del Desierto—. Estuviste trabajando en ese módulo mientras yo estaba asignada a los cerebros: a los lóbulos frontales, a la modificación de las percepciones sensoriales. No me gustaba que fuesen tan sosos, pero Crake al final se salió con la suya: nada de agresividad, ni sentido del humor siquiera. Un montón de patatas con patas, eso es lo que son.

—Son muy agradables —dijo Ren—. Las mujeres, por lo menos.

—Supongo que los hombres trataron de aparearse con vosotras: es lo que hacen. No me obliguéis a tener unas palabras con ellos y punto —dijo Zorro del Desierto—. Me vuelvo a la cama. Buenas noches a todos, que lo paséis bien con las lechugas. —Bostezó, se estiró y se marchó contoneándose un poco, sin apresurar el paso.

—¿Qué mosca le habrá picado? —se preguntó Manatí—. Lleva así todo el día.

—Las hormonas, supongo —apuntó Crozier—. ¿Os habéis fijado en ese camisón que lleva?

—Le viene pequeño —dijo Manatí.

—Te has dado cuenta —repuso Crozier.

—Igual tiene otras razones para estar de mal humor, no sólo las hormonas —opinó Ren—: las mujeres no nos reducimos a eso, por si no lo sabíais.

—Perdona —dijo Crozier y le pasó el brazo sobre los hombros.

Cuatro de los crakers varones se separaron del grupo y fueron detrás de Zorro del Desierto con los penes azulados oscilando arriba y abajo. Se agacharon a coger unas flores, empezaron a cantar...—¡No! —dijo Toby al momento, como si se dirigiera a un perro—. ¡Quedaos donde estáis, con Jimmy de las Nieves!

¿Cómo hacerles entender que, por muchas flores y mucho balanceo de penes que ofrecieran, no era cuestión de abalanzarse en grupo sobre la primera no craker cuyo olor les resultara invitador? Aun así, ya habían doblado la esquina del edificio principal.

Los dos que cargaban con Jimmy lo dejaron en el suelo. Parecía un bulto informe frente a sus rodillas.

—¿Dónde se quedará Jimmy de las Nieves? —preguntaron—. ¿Dónde podemos ronronear sobre él?

—Lo mejor es que ocupe una habitación para él solo —respondió Toby—. Vamos a buscar una cama libre y luego iré a por las medicinas.

—Iremos contigo y ronronearemos. —Unos levantaron a Jimmy del suelo y otros entrelazaron los brazos para formar un asiento.

Los demás fueron apiñándose en derredor.

—Todos a la vez no —indicó Toby—, lo que necesita es descansar.

—Que lo haga en el cuarto de Croze —sugirió Ren—. ¿Te parece bien, Croze?

—¿Y éste quién es? —preguntó Crozier mientras escudriñaba a Jimmy, quien tenía la cabeza ladeada; un hilillo de baba le caía sobre la barba. Había sacado una de sus manos astrosas por entre los rosados pliegues del sayo para rascarse. Apestaba—. ¿De dónde habéis sacado a ese tío? ¿Y qué hace vestido de rosa? ¡Si parece una bailarina de ballet!

—Es Jimmy —aclaró Ren—. ¿Recuerdas que te hablé de él? ¿De mi antiguo novio?

—¿El que te amargó la existencia? ¿Tu novio del instituto? ¿El que andaba detrás de las crías como tú?

—No digas esas cosas: yo ya no era ninguna cría, y el pobre tiene fiebre.

—¡No vayáis, no vayáis! —exclamó Jimmy—. ¡Volvamos al árbol!

—¿Ahora vas a defenderlo? ¿Después de cómo te dejó tirada?

—Bueno, eso es verdad, aunque ahora es una especie de héroe: ayudó a salvar a Amanda y por poco muere en el intento, ¿sabes?

—Amanda —dijo Croze—. No la veo. ¿Dónde está?

—Ahí la tienes —dijo Ren señalando en su dirección.

Se encontraba en el centro de un círculo de mujeres craker que la acariciaban ronroneando suavemente. Ren se acercó y le abrieron paso.

—¿Ésa es Amanda? —preguntó Crozier—. ¡No me jodas! Parece estar...

—No digas más —zanjó Ren mientras rodeaba a Amanda con los brazos—. Mañana tendrá mucho mejor aspecto, o si no la semana que viene.

Amanda rompió a llorar.

—Ella ya no está —dijo Jimmy—. Se fue... escapó... los cerdones...

—¡Caramba! —soltó Crozier—. Esto es una puta locura.

—Croze, todo es una puta locura —dijo Ren.

—Ya, bueno, lo siento. Mi turno de guardia está a punto de acabar, ¿y si...?

—Creo que lo mejor es que vaya a ayudar a Toby ahora mismo —lo cortó ella.

—Algo me dice que voy a dormir en el suelo: parece que ese capullo medio lelo se quedará con mi catre —le dijo Croze a Manatí.

—Crece de una vez, por favor —lo instó Ren.

Lo que nos faltaba, pensó Toby. Celitos de adolescentes.

• • •

Llevaron a Jimmy al cubículo de Croze y lo acostaron. Toby les pidió a las dos mujeres craker y a Ren que iluminaran la diminuta estancia con las linternas que había llevado de la cocina. Encontró el botiquín de primeros auxilios en el estante donde lo había dejado antes de partir en busca de Amanda e hizo lo posible por curar a Jimmy: le frotó el cuerpo con una esponja para eliminar lo peor de la suciedad; aplicó miel en los cortes superficiales y elixir de hongos para atajar las infecciones, adormidera y adelfa para paliar el dolor y para que pudiera descansar y pequeños gusanos grises en la herida del pie para que diesen buena cuenta de la carne infectada. A juzgar por el olor, los gusanos tenían trabajo que hacer.

—¿Qué es eso? —preguntó la más alta de las dos mujeres craker—. ¿Por qué le pones esos animalitos a Jimmy de las Nieves? ¿Se lo están comiendo?

—Hacen cosquillas... —murmuró Jimmy. Tenía los ojos entornados: la adormidera estaba haciendo efecto.

—Oryx los ha enviado —repuso Toby. Esa respuesta pareció satisfacerlas, porque ambas sonrieron—. Se llaman «gusanos» —prosiguió— y se comen el dolor.

—¿A qué sabe el dolor, oh, Toby?

—¿Nosotras también deberíamos comer el dolor?

—Si nos comemos el dolor, ¿eso ayudaría a Jimmy de las Nieves?

—El dolor huele muy mal, ¿sabe bien?

Toby se dijo que más valía evitar las metáforas.

—Tan sólo tiene buen sabor para los gusanos —explicó—. Así que no: mejor que no os comáis el dolor.

—¿Se curará? —preguntó Ren—. ¿Tiene gangrena?

—Espero que no —respondió Toby.

Las dos mujeres craker posaron las manos sobre Jimmy y se pusieron a ronronear.

—Cayendo... la caída... —murmuró él—. Mariposa... ya no está...

Ren se acercó y, con delicadeza, le apartó los cabellos de la frente.

—Duerme, Jimmy —dijo—. Te queremos.

El caserón de adobe

El caserón de adobe

Por la mañana

Por la mañana

Toby sueña que está en casa, en su camita de siempre. El león de peluche descansa a su lado en la almohada, junto al enorme oso greñudo que toca una cancioncilla. Su vieja hucha en forma de cerdito está sobre el escritorio, al lado de la tableta que usa para hacer los deberes, los rotuladores y el teléfono móvil con unas margaritas dibujadas en la funda. De la cocina le llega la voz de su madre llamando al desayuno, la de su padre, que le responde, y el olor de los huevos friéndose en la sartén.

Sueña con animales: un cerdo, pero con seis patas; un gato, pero con complejos ojos de mosca; un oso, pero con cascos de caballo. Esos animales no son ni hostiles ni amigables. De pronto, la ciudad empieza a arder: puede oler el fuego, siente el miedo en el aire. «Es el fin, es el fin...», dice una voz parecida al tañido de una campana. Uno tras otro, los animales se acercan a ella y comienzan a lamerla con lenguas cálidas y rasposas.

A punto de despertar, manotea en busca del sueño que se esfuma: la ciudad en llamas, los mensajeros enviados para avisarla. El mundo ha cambiado de arriba abajo, todo lo que le resultaba familiar ha desaparecido, todo cuanto amaba le ha sido arrebatado de golpe.

Como Adán Uno acostumbraba a decir: «El destino de Sodoma está cada vez más cerca. De nada sirve arrepentirse: hay que evitar convertirse en estatua de sal, no conviene mirar atrás.»

Despierta y se encuentra con que una mohair está dándole lengüetazos en la pierna; es pelirroja y tiene los largos cabellos humanos anudados en trenzas, cada una atada con un lacito: la obra de algún maddaddámida tirando a cursilón. Seguramente ha escapado del redil.

—Aparta —le dice Toby empujándola un poco con el pie con cuidado de no hacerle daño.

El animal se la queda mirando con desconcierto y reproche; las mohairs no son muy espabiladas que digamos. Finalmente se marcha traqueteando por el umbral. Unas puertas no estarían de más, piensa Toby.

La luz matinal se filtra por el retal de tela que cubre la ventana en un fútil intento de mantener alejados a los mosquitos. ¡Si tuviesen unas mosquiteras! Pero antes sería necesario instalar marcos en las ventanas, porque el caserón no se construyó para ser habitado; en su día no pasaba de ser un pabellón del pequeño parque, destinado a albergar fiestas y eventos. Tan sólo lo ocupan porque se trata de un lugar seguro: está lejos de los escombros urbanos, de las calles desiertas y los incendios eléctricos que surgen donde menos te lo esperas, de los ríos soterrados cuyos caudales empiezan a rebosar tras las averías en las bombas de drenaje. No hay ningún edificio semirruinoso que amenace con desplomarse encima y no tiene más que un piso de altura, así que no es de esperar que se venga abajo.

Toby se desembaraza de la sábana, húmeda por la mañana, estira los brazos y comprueba que no tiene contracciones ni desgarros musculares. Sigue sintiéndose exhausta, le cuesta levantarse: está demasiado cansada, demasiado desanimada, demasiado irritada consigo misma por el fiasco junto a la hoguera de la víspera. ¿Qué va a decirle a Zab cuando vuelva? Suponiendo que vuelva: Zab es avispado, pero no invulnerable.

Lo único que le queda esperar es que haya tenido mayor suerte que ella en su búsqueda. No puede descartarse que algunos de los Jardineros de Dios hayan sobrevivido porque, si alguien estaba capacitado para superar la pandemia que ha matado a casi todos los demás, ese alguien son ellos. Durante los años pasados en su compañía —como invitada primero, como aprendiz después, como Eva de alto rango finalmente— los había visto prepararse para la catástrofe. Construían refugios escondidos en los que almacenaban vituallas: miel, soja y setas deshidratadas, escaramujos, compota de bayas de saúco y conservas de todas clases, semillas que plantar en el mundo nuevo y depurado que —estaban seguros— terminaría por llegar. Quizá habían pasado la pandemia encerrados en uno de sus refugios, en uno de sus Ararats, con la esperanza de seguir con vida mientras durase lo que llamaban el Diluvio Seco. Después de lo sucedido con Noé, Dios había prometido no volver a recurrir a las aguas torrenciales, pero, en vista de lo avieso del mundo, algo tenía que hacer, ¿no? Ése era el razonamiento de los Jardineros. Aunque, ¿cómo podría encontrarlos Zab entre las ruinas de la gran ciudad? ¿Por dónde comenzar?

«Visualiza el más profundo de tus deseos y se manifestará», solían decir los Jardineros. No siempre funciona, o no de la forma deseada: su mayor anhelo es que Zab vuelva ileso, pero si lo consigue tendrá que enfrentarse de nuevo a la sensación de que es «territorio neutral» para él. No hay atracción emocional ni sexual entre ambos: son amigos sin derecho a roce. Ella es tan sólo una camarada en la que se puede confiar, una batalladora nata siempre dispuesta a echar una mano... y punto.

Y además, tendrá que admitir delante de él que ha fallado. «Me comporté como una estúpida, pensé que no podía matarlos porque era la Festividad de Santa Juliana y escaparon con un pulverizador»: se lo contará sin lloriquear ni buscar excusas. Zab seguramente no dirá mucho, pero se sentirá decepcionado.

«No seas tan dura contigo misma», solía decirle Adán Uno, siempre paciente y comprensivo, fijando en ella sus ojos azules. Todos cometemos errores, es verdad, le responde ella ahora, pero hay errores que matan. Si uno de esos dos paintbalistas acaba con Zab, la culpa la tendrá ella. Imbécil, imbécil y mil veces imbécil. Se daría de cabezazos contra la pared de adobe.

Su única esperanza es que los paintbalistas estuvieran lo bastante aterrados como para huir muy lejos, pero ¿van a mantenerse alejados? Tienen que comer. Quizá se las arreglen para encontrar algún desecho que llevarse a la boca en las casas y tiendas abandonadas si las ratas no los han devorado ya, si alguien no ha arramblado con ellos antes. También podrían abatir algún animal —un mofache, un conejo verde, un cordeleón— aunque, cuando se les acabe la carga de munición, se verán obligados a encontrar repuestos.

Y saben que en la cabaña de los maddaddámidas los hay. Más tarde o más temprano se decidirán a atacar buscando el punto más débil: le echarán el guante a un niño craker y ofrecerán intercambiarlo igual que antes ofrecieron intercambiar a Amanda. Exigirán pulverizadores y cargas de munición, y una mujer joven o dos de propina: Ren o Lotis Azul, Nogal Antillano o Zorro del Desierto; Amanda no, pues ya la han exprimido hasta la última gota. Quizá una mujer craker en celo, ¿por qué no? Para ellos supondría una novedad: una hembra con el abdomen de un azul reluciente. No es que esos crakers tengan mucha conversación, pero eso a los paintbalistas les da lo mismo. Y también le exigirán su rifle.

Los crakers pensarán que siempre es bueno compartir. «¿Quieren el palo de hierro?», dirán. «¿Eso los pondría contentos? ¿Por qué no se lo das, oh, Toby?» ¿Cómo explicarles que no puedes proporcionarle un arma mortal a un asesino? Ni se imaginan que alguien pudiera violarlos («¿Qué es violar?»), rebanarles el cuello («Oh, Toby ¿por qué iba a hacer eso?») o abrirlos en canal y devorarles los riñones («¡Oryx no lo permitiría!»).

Supongamos que los crakers no les hubiesen soltado las ataduras, ¿qué habría hecho ella entonces? ¿Llevar a los dos paintbalistas presos al caserón y mantenerlos encerrados hasta que Zab regresara, asumiera el control de la situación e hiciera lo que era preciso hacer?

Zab lo debatiría un poco con ella por puro formulismo y luego mandaría a los dos a la horca, o quizá se dejaría de zarandajas, empuñaría una pala y acabaría con ellos a golpes alegando que no era cuestión de ensuciar una buena cuerda. Al final, el resultado sería el mismo que si ella hubiese acabado con ambos de buenas a primeras sin pensárselo un minuto, a la luz de la hoguera.

Pero basta ya de balances en los que sale perdiendo. Ya es de mañana: hay que poner fin a esas ensoñaciones en las que Zab actúa como un au

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