Índice
Londres 1932
Prólogo
Texas 1905
Uno
Nassau 1776
Dos
San Francisco 1906
Tres
Cuatro
Nassau 1776
Cinco
Seis
San Francisco 1906
Siete
Ocho
Praga 1430
Nueve
Desconocido
Diez
Rusia 1919
Once
Desconocido
Doce
Trece
Petogrado 1919
Catorce
Cartago 148 a.C.
Quince
Petogrado 1919
Dieciséis
Cartago 148 a.C.
Diecisiete
Petogrado 1919
Dieciocho
Diecinueve
Ciudad del Vaticano 1499
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Nueva York 1939
Veintitrés
del Vaticano Ciudad 1499
Veinticuatro
Nueva York 1776
Veinticinco
Reynisfjal Monte
Veintiséis
Río de Janeiro 1830
Veintisiete
Monte Kurama 1891
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Nueva York Hoy en día
Treinta y dos
Nueva York 1776
Treinta y tres
Nueva York. Un año después
Treinta y cuatro
Londres 1932
Epílogo
Agradecimientos
Notas
PARA TODOS AQUELLOS A QUIENES LA HISTORIA HA OLVIDADO
Ni yo ni nadie puede recorrer ese camino por ti. Has de recorrerlo por ti mismo.
No está lejos, lo tienes a tu alcance.
Quizá lleves en él desde que naciste y no lo sepas. Quizá esté en todos lados, en el agua y en la tierra.
WALT WHITMAN
Londres
1932
Prólogo
Recordaba una muñeca que había tenido, una muñeca con la sonrisa pintada, el pelo claro y los ojos como los suyos. Durante un tiempo había sido su compañera, una amiga con la que tomar el té cuando Alice estaba de viaje con su padre, una confidente cuando oía a sus padres susurrándose secretos, alguien que la escuchaba cuando nadie más lo hacía. Se llamaba Zenobia, como la reina guerrera del desierto de la que le había hablado su abuelo. Un día, sin embargo, mientras Henry Hemlock la perseguía por el jardín, la muñeca se le cayó y le pisó el cuello, con lo que hizo añicos la frágil porcelana. El horripilante sonido del cuello al romperse hizo que se le formara un gran nudo en la garganta.
Ahora, el sonido del cuello de su madre al romperse bajo el tacón de la bota de aquel señor hizo que se vomitara en las manos.
Un latido de energía feroz cruzó la habitación como si se tratase de una ola perdida y se llevó consigo el apabullante caos del pasadizo mientras este se derrumbaba. Rose salió despedida contra la pared del compartimento. El aire, que rielaba, hizo que le temblaran los huesos y que le dolieran los dientes.
«Está muerta».
Contuvo el aliento y mantuvo los ojos cerrados con fuerza mientras su padre aullaba desde el sitio donde el hombre envuelto en sombras le había atravesado el hombro con una espada y lo había clavado al suelo. Sabía que era mejor no ponerse a gritar como él, no intentar alcanzar a su madre igual que estaba haciendo su padre. La alacena oculta detrás de la librería la protegería, tal y como le había prometido su abuelo, pero solo si permanecía en silencio y no se movía. La estrecha rendija entre la repisa y el marco era lo bastante amplia como para ver a través de ella, pero no tanto como para que pudieran verla a ella.
En un momento dado, la tarde se había convertido en noche. La cena estaba en la mesa, en el piso de abajo, casi sin tocar. Solo los gruñidos del perro de los vecinos, y los posteriores gañidos antes de que lo silenciaran del todo, los habían advertido de la intrusión. Antes de oír los pasos en la escalera, a su padre le había dado tiempo de encender la lámpara del despacho y la chimenea, mientras su madre la escondía a ella. Ahora, gracias a la calidez y el brillo que proporcionaba la chimenea, tenía la sensación de que la habitación, a oscuras por lo demás, respiraba.
—Te dije que cooperaras.
El hombre llevaba un elegante sobretodo de color negro con botones de plata y un símbolo grabado que ella no conseguía ver bien. Se había subido un pañuelo que llevaba al cuello para taparse la parte inferior de la cara, pero aquello no amortiguaba el tono sedoso de su voz.
—No tenía por qué ser así. Renuncia al astrolabio. Dámelo y el tema quedará zanjado.
Oía el crujido de los cristales y papeles que el hombre pisaba con las botas al rodear a su madre... su madre...
No. El abuelo volvería pronto de su reunión. Le había prometido que la arroparía y él siempre cumplía sus promesas. Él conseguiría que todo volviera a ir bien. Aquello... aquello era una pesadilla. Solo era su cerebro, su estúpido cerebro, soñando todas aquellas historias acerca de las sombras que venían a por los niños viajeros. Todo aquello terminaría muy pronto. En cuanto despertase.
—¡Sois unos... malditos... monstruos! —gritó su padre mientras intentaba sacarse la espada tirando de la hoja y dejaba en ella un rastro de sangre.
El hombre, que parecía flotar por encima de su padre, se apoyó en la ornamentada empuñadura dorada del arma, lo que hizo que se clavara aún más. Su padre se revolvió y lanzó unas patadas que no alcanzaron a su rival.
Su madre no se movía.
A Rose le empezó a subir por la garganta un grito agudo y cortante. El río de apestosa sangre había empapado la alfombra y estaba a punto de alcanzar el brillante pelo de su madre.
Su padre intentó incorporarse una vez más, al tiempo que cogía un sujetapapeles de piedra que había caído al suelo desde el escritorio durante el forcejeo inicial. Mientras lanzaba un chillido que le salió de lo más profundo de su ser, intentó alcanzar al enmascarado en la cabeza con la piedra. El hombre la cogió con facilidad y se acercó a un segundo enmascarado que se hallaba junto a la puerta, montando guardia, para cogerle una espada de hoja fina. Acto seguido, y acompañándose de un gruñido, se la clavó en el brazo, de manera que también le quedara inmovilizado. El bramido de dolor que lanzó su padre no fue lo bastante fuerte como para apagar la risotada del enmascarado.
«Debes mirar —pensó mientras se acurrucaba—. Debes mirar para poder contar al abuelo lo que ha sucedido».
«Quédate callada. Quédate quieta».
«Sé valiente».
—¡Dile a Cyrus Ironwood que morirá sin saber... morirá sin saber dónde está...!
Cyrus Ironwood. Siempre eran los Ironwood. Aquel apellido se pronunciaba en su familia con cautela y estaba presente en su día a día, pero como una sombra. El abuelo había dicho que aquí estarían a salvo, pero no debería haberle hecho caso. Nunca iban a estar a salvo. Jamás. A sus tíos y tías, a sus primos y a su abuela se los habían ido llevando uno a uno a lo largo de siglos, de uno y otro continente.
Ahora iban a ser su madre... y su padre...
Rose se mordió el labio y se hizo sangre.
El otro hombre se apartó de la puerta en la que había estado apoyado hasta el momento y soltó:
—Acaba ya con esto. Buscaremos debajo del suelo y por detrás de las paredes sin que nadie nos moleste.
Fue entonces, al acercarse el segundo enmascarado al centro de la habitación, cuando Rose se dio cuenta de que no era un hombre, sino una mujer alta.
Su madre le había contado en una ocasión que a Cyrus Ironwood le gustaba poner a las mujeres de la familia en estantes como si fueran figuritas de cristal y que no las bajaba de allí ni para quitarles el polvo. Esta debía de haberle parecido irrompible.
Su madre también era irrompible.
Hasta que había dejado de serlo.
El primer enmascarado se metió la mano en el bolsillo del sobretodo, sacó un filo plateado, largo y fino, que se fijó al dedo índice. Se curvaba como una garra resplandeciente dispuesta a pinchar el aire.
Rose apartó la mirada del arma y se fijó en su padre, que miraba hacia la librería, hacia ella mientras movía los labios en silencio:
«No te muevas. No te muevas. No te muevas».
Ella, sin embargo, tenía ganas de gritar, de pedirle que luchara, de asegurarle que sería ella quien luchara si él no podía. Podía demostrárselo con los golpes y arañazos que se había hecho en manos y rodillas durante su pelea con Henry. Aquel no era su padre. Su padre era valiente. Era la persona más fuerte del mundo, era muy...
El enmascarado se agachó sobre su padre y le clavó el filo en la oreja. El hombre volvió a retorcerse.
Dejó de mover los labios.
A lo lejos, un falso trueno sonó sobre Londres mientras otro pasadizo se derrumbaba. Esta vez fue un sonido más débil, aunque volvió a ponerle carne de gallina.
Su padre seguía allí, con aquel traje que olía a tabaco y a colonia, pero de pronto... desapareció.
—Tú empieza por el dormitorio —le ordenó el enmascarado a la mujer mientras limpiaba el arma y se la metía en el bolsillo.
—No está aquí. ¿Acaso no seríamos capaces de sentirlo?
—Pero podría haber algo que nos dijera dónde está —respondió de malos modos el hombre mientras empezaba a rebuscar en los cajones del escritorio.
Sacó monedas antiguas, papiros, soldaditos de hojalata, llaves viejas...
—¡Bah, y, encima, estos ingratos son coleccionistas!
La mujer pasó por delante de la librería e hizo crujir las tablas de madera del suelo. Rose se llevó las manos a la boca para no gritar. Intentó contener el aliento para no respirar el hedor de su vómito, pero la sangre de sus padres le había revuelto el estómago.
La mujer inspeccionó las baldas con sus ojos oscuros y se detuvo justo enfrente de donde estaba escondida Rose.
Aquel instante la hizo temblar como una hoja en la superficie del agua.
«Quédate quieta».
Pero no quería quedarse quieta.
Pensaba que sería muy fácil ser tan valiente como su madre. Abrir la puerta oculta, empujar a la mujer al suelo y huir. O recoger del suelo una de las espadas y acuchillar a ciegas la oscuridad, igual que haría su padre.
Pero su padre le había pedido que se quedara quieta.
En la esquina, el reloj de su abuelo desgranaba los segundos perdidos... Tic, tac, tic, tac... Muertos, muertos, muertos...
Las partes espinosas, cálidas y enredadas de su interior empezaron a rodearle el corazón y a apretárselo más y más hasta que, por fin, cerró los ojos. Imaginó sus venas, sus costillas y su pecho entero endureciéndose como si fuera de piedra para proteger las partes que tanto le dolían. Sabía que era muy pequeña para enfrentarse a ellos, pero también sabía que algún día dejaría de serlo.
La mujer apartó la mirada para fijarse en un objeto de la siguiente estantería. Rose dejó que su miedo se convirtira en odio.
Ironwood. Siempre los Ironwood.
—¿Cuántas configuraciones de lugar viste en la mesa? —preguntó la mujer, y se apartó de la librería con algo en la mano, una foto enmarcada, y se la enseñó al hombre.
A Rose se le hizo un nudo la garganta y se aferró con fuerza al vestido. Aquella era la fotografía en la que aparecían su padre, su madre y ella.
La vieja casa gruñó. El enmascarado se llevó un dedo a los labios e señaló la biblioteca con la cabeza. Pasó por encima de su padre y se acercó a los estantes.
«Quédate quieta».
—Nos llevaremos a la niña —dijo por fin el hombre—. Seguro que la quiere...
El golpe que hizo la puerta de la entrada al cerrarse ascendió por la escalera y llegó hasta la habitación. Se oyó un fuerte grito:
—¡Linden!
La casa tembló hasta los huesos mientras por la escalera subían fortísimas pisadas. Rose miró hacia la puerta en el momento exacto en que por ella entraban tres hombres. El que iba delante, de tamaño imponente y rápido como un relámpago, hizo que Rose se echara hacia atrás. Su padre le había enseñado fotografías de Cyrus Ironwood con diferentes edades para que lo reconociera en cualquier momento. Para que supiera cuándo debía huir, cuándo debía esconderse.
Uno de los recién llegados le tocó la cara a su madre y comentó:
—Bueno, ahora ya sabemos por qué se ha colapsado el pasadizo en cuanto hemos salido por él.
A Rose le dieron ganas de salir de su escondite y empujar a aquel hombre pero justo en ese momento, se dio cuenta de una cosa. El hombre y la mujer enmascarados habían desaparecido. No había visto ni oído que abrieran la ventana, ni había oído el susurro de su ropa ni el ruido de sus pasos. Era como si los enmascarados se hubieran fundido con las sombras.
«De entre las sombras salen para asustarte. De entre las sombras salen para llevarte con ellos».
—Esta escoria ha tenido su merecido —rugió Cyrus Ironwood mientras se inclinaba y sacaba la espada del brazo de su padre para clavársela de inmediato en el pecho.
Rose pegó un saltito al oír el chasquido de la punta del arma contra el hueso y la madera y notó que de la garganta se le escapaba un gruñido grave.
—Esta es una recompensa que con gusto voy a pagar —comentó Ironwood—. Sabía que era la única motivación que hacía falta para poner esto en marcha. Es una verdadera pena que Benjamin no esté con ellos... ¿¡A qué estáis esperando!? ¡Empezad a registrar la casa!
«Diez mil piezas de oro».
Se suponía que Rose no había visto el cartel que había traído su abuelo aquel día en que había llegado tan enfadado. Rose no debería haberse enterado de que el líder de los Ironwood había puesto precio a la vida de la familia, pero es que su padre no siempre cerraba con llave los cajones del escritorio.
El más joven de los tres recién llegados cogió la misma fotografía enmarcada que había cogido la enmascarada, solo que él la encontró en una esquina del escritorio. Señaló a Rose, que en la fotografía aparecía sentada con afectación entre su madre y su padre.
—¿Y ella? —preguntó.
Cyrus Ironwood escupió a la cara a su padre antes de coger la fotografía. Rose lo vio todo negro y sintió mucho calor en su interior, como una fiebre; se agarró el vestido con más fuerza para mantenerse callada y quieta. El hombre miró por toda la habitación. Rose le veía los ojos desde donde estaba escondida; eran brillantes y feroces como un relámpago. Entonces, sin que mediara palabra, volvió al lado de su padre y se agachó para estudiar algo con atención. ¿La oreja?
—¿Qué pasa, jefe? —le preguntó el más joven.
—Deberíamos irnos de inmediato —comentó Cyrus Ironwood, que parecía absorto en sus pensamientos—. Coged los cadáveres, que no podemos arriesgarnos a que los descubran.
—Pero, ¿y el astro...?
Cyrus Ironwood se giró como una exhalación y le lanzó el marco con la foto al hombre que estaba detrás del escritorio. Este se agachó para esquivarlo.
—¡Si ese cacharro de mierda estaba aquí..., ya no es el caso! ¡Coged los cadáveres! Me voy al coche.
Cuando salió de la habitación, se llevó consigo su ira envenenada. Rose respiró por primera vez desde que habían entrado y se quedó mirando cómo uno de los hombres envolvía a su madre y a su padre con las sábanas rosas del dormitorio de al lado.
También se llevaron la alfombra, con lo que de aquella escena no quedaron sino las cicatrices en la madera. Rose esperó hasta que oyó cerrarse la puerta principal, contó hasta diez y se fijó con gran atención en las sombras para ver si algo se movía en ellas. Cuando estuvo segura de que estaba sola, salió de la alacena que había detrás de la librería, bajó la escalera y salió por la puerta de atrás. Le escocían los ojos. Abrió la verja de atrás, se subió a la bicicleta apoyada contra la valla y empezó a pedalear.
No sentía nada. Pedaleó, pedaleó y pedaleó.
Las calientes lágrimas le emborronaron la vista antes de empezar a rodarle por las mejillas, pero solo lloraba porque hacía mucho frío y humedad.
El camión de los Ironwood brillaba como el caparazón de un escarabajo bajo la luz de las farolas. Lo seguía a cierta distancia. Por el camino recordó uno de los cuentos de hadas que le leía su abuelo. Trataba de un hombre que se convertía en un monstruo porque tenía el corazón muy feo. Fue en ese momento cuando entendió el cuento. Rose imaginó que las uñas se le convertían en garras, que la piel se transformaba en la armadura de un caballero y que le crecían unos dientes tan afilados como los colmillos de un tigre.
Siempre había sabido que sería cuestión de tiempo que Cyrus Ironwood acabara con toda su familia, pero ella no era como los niños de los Jacaranda o de los Hemlock, que habían dejado que se los llevaran cuando sus padres se habían rendido o habían sido ejecutados.
Le resultó muy triste pensar que habían crecido sin espinas que los protegieran.
Algún día se lo arrebataría todo a Cyrus Ironwood. Haría pedazos su trono de horas y su corona de días. Lo encontraría y acabaría con lo que su madre y su padre habían empezado. Esa noche, sin embargo, se limitaría a seguir a aquel monstruo desde las sombras.
Porque alguien iba a tener que contarle a su abuelo dónde había escondido Cyrus Ironwood los cadáveres.
Texas
1905
Uno
AEtta la despertó el rugir del trueno y le pareció que tenía el cuerpo envuelto en llamaradas.
Enseguida supo qué estaba pasando. La piel le quemaba como si se le separase del hueso, como si estuviera quedando al descubierto cada nervio, cada vena... Sentía una agonía tremenda. Intentó respirar, pero le pareció que iba a ahogarse, porque tenía los pulmones cerrados y en ellos apenas cabía ni una bocanada de aire. Sabía que no estaba bajo el agua porque notaba el suelo duro e irregular a sus pies, pero la repentina oleada de pánico que se había apoderado de ella y la sensación de que el cuerpo le pesaba como una piedra al moverlo la llevaron a pensar por un momento que estaba ahogándose.
Giró la cabeza hacia un lado e intentó toser el polvo que tenía en la boca. El ligero movimiento hizo que sintiera en el hombro un dolor intenso que luego le bajó por las costillas y la columna.
En mitad de aquella febril bruma de calor y delirio, la asaltaron algunos fragmentos inconexos de recuerdos: Damasco, el astrolabio, Sophia y...
Se obligó a abrir los ojos, pero enseguida volvió a cerrarlos con fuerza por la intensidad del sol. Aquel instante, sin embargo, le había bastado para absorber la imagen del mundo de color hueso que la rodeaba, la manera en la que titilaba y rielaba, mientras el calor se elevaba desde el pálido polvo. Le trajo a la memoria la manera en que la luz del sol juguetea con las olas del mar. Le hizo pensar en...
«Un pasadizo».
Eso era el sonido de trueno que oía, entonces. No es que se aproximara una tormenta, no; no iba a tener descanso alguno de aquel calor. Estaba rodeada por desierto y más desierto, y a lo lejos solo se veían mesetas que no le resultaban familiares, no estructuras y templos antiguos. Entonces, aquello no era...
«Esto no es Palmira».
Allí, el aire olía diferente y le quemaba la nariz cada vez que respiraba. No olía a plantas húmedas, podridas, como cuando se está cerca de un oasis. Tampoco olía a camello.
Sintió una opresión en el pecho y un nudo de confusión en el estómago.
—Nic...
Incluso pronunciar aquella primera sílaba le transmitió la sensación de que tenía cristales rotos en la garganta. Se le agrietaron los labios y notó el sabor de la sangre.
Se giró y se apoyó en las palmas de las manos para poder ponerse en pie.
«Tengo que levantarme...».
Con los codos cerca del cuerpo, intentó impulsarse, pero apenas había levantado el cuello cuando sintió un fuerte dolor en el hombro, que le ardía como si lo tuviera lleno de ampollas. Se le escapó, finalmente, un grito ronco. Se le doblaron los brazos.
—¡Por Dios, la próxima vez grita más alto, ¿quieres?! ¡Como si no fuera bastante malo que el guardián nos pisara los talones! ¡Tú, encima, atrae a la caballería al galope!
Una sombra cayó sobre ella. En los segundos que la oscuridad tardó en alcanzarla de nuevo y llevársela una vez más, a Etta le dio tiempo de ver el brillo intenso, casi antinatural, de unos ojos azules abiertos como platos que parecían muy sorprendidos de verla.
—Vaya, vaya, vaya... Pues parece que, después de todo, a este Ironwood aún lo acompaña la suerte.
Nassau
1776
Dos
Nicholas se apoyó en el respaldo de la silla y levantó la flácida ala de su sombrero para observar a los clientes de la taberna Three Crowns. El local estaba abarrotado y hacía un calor sofocante, lo que provocaba que los clientes, hasta arriba de ron, sudaran tanto que parecía que tuvieran fiebre. Al propietario, un antiguo capitán de barco apellidado Paddington, le encantaba la fiesta, por lo que no dudaba en dejar a su robusta esposa detrás de la barra para que coordinara el servicio de bebidas y la escasa comida que servían mientras él alternaba con los parroquianos.
Daba la sensación de que a ninguno de los dos les importaba que la chillona pintura verde esmeralda se estuviera descascarillando en algunos puntos de la pared, como si estuviera ansiosa por escapar de aquel lugar de reunión para apestosos borrachos. Un retrato desfigurado de Jorge III los miraba desde lo alto, con los ojos y las partes más sensibles rajadas; cosa que, muy probablemente, habían hecho los soldados de la Armada Continental o de la Marina que habían asaltado la isla en busca de munición y suministros siete meses atrás.
Mientras le daba vueltas a su jarra de cerveza con impaciencia, Nicholas sopesó las probabilidades de que esas «tres coronas»* del nombre de la taberna se refirieran a los tres vicios que parecían gobernarla: la avaricia, la gula y la lujuria.
Un violinista solitario se afanaba con su instrumento en un rincón, intentando en vano que la melodía que tocaba se elevase por encima de las canciones obscenas que entonaban quienes le rodeaban. El nudo que tenía en la garganta se le cerró aún más con ayuda, en parte, del nudo de su corbata manchada.
—¡Alegres mortales, llenad vuestra copa, que nobles son los actos a los que el vino nos arroja! ¡Riámonos de las tres gracias y de las ninfas, que por el amor y la belleza languidecerían! ¡La, la, la..., larala la!
Nicholas dejó de fijarse en cómo el arco se deslizaba por las cuerdas, no fuera a ser que lo asaltaran recuerdos capaces de llevarlo, una vez más, por ese sendero tan triste. Cada instante que pasaba le astillaba la determinación, y la paciencia que le quedaba le parecía insustancial como una pluma.
«Tranquilo —se repitió—. Tú tranquilo».
Aunque resultaba muy complicado, porque la tentación de agarrar la mesa con fuerza o de subirse por las paredes para liberar esa tormenta que bullía en su interior lo obligaba casi a rendirse. Se concentró en los hombres inclinados sobre sus mesas, que jugaban a las cartas sin preocuparse lo más mínimo de la lluvia torrencial que golpeaba las ventanas. Los idiomas y dialectos que empleaban eran tan variados como los barcos fondeados en la bahía. Ninguno de ellos iba de uniforme, lo que le sorprendía y le agradaba a partes iguales, y era una bendición para quienes lo rodeaban en las demás mesas, que intentaban sin escrúpulo alguno descargar sus mercancías de contrabando.
No le extrañaba que Rose Linden hubiera elegido aquel sitio para que se encontraran. Empezaba a plantearse si a la mujer le gustaba la villanía o si, sencillamente, se sentía cómoda entre ella. En cualquier caso, su elección les aseguraba que los guardianes que Cyrus Ironwood tuviera vigilando el pasadizo de la isla no entrarían, dado que eran demasiado estirados como para mezclarse con marineros desaliñados.
«Tú tranquilo».
Acarició el cordel de cuero que llevaba al cuello, por debajo de la camisa de lino. Tocó el contorno del delicado pendiente que había colgado en él para evitar perderlo. No se atrevía a quitárselo. Recordaba la mirada de pena y repugnancia que Sophia le había lanzado la noche anterior, cuando lo había sorprendido observándolo a la luz del pequeño fuego, estudiando la pálida perla, las hojas de oro y las cuentas azules del aro dorado.
Sabía que era mucho mejor que mirara hacia delante en vez de concentrarse tanto en la prueba de su fallo.
«A Etta le habría gustado este lugar».
Fue incapaz de detener el pensamiento antes de que se le escapara de la cabeza, ni tampoco pudo evitar imaginarla allí. Le habría encantado ver aquella taberna, pedirle a alguien que le contara sórdidos sucesos de la historia de la isla cuando era un reino pirata. Puede que incluso hubiera salido en busca de algún tesoro legendario o que se hubiera sumado a la tripulación de algún contrabandista.
«La habría perdido de todos modos».
Exhaló despacio y dejó el dolor de lado una vez más.
En los peores días, cuando la inquietud y el miedo le convertían la sangre en arañas que le recorrían el cuerpo y su inactividad se volvía insoportable..., sus pensamientos se tornaban pesadillas.
«Herida. Desaparecida. Muerta».
Pero la verdad, la pura verdad, la que resistía aun cuando las dudas se arremolinaban a su alrededor, era que Etta era demasiado lista y cabezota como para haber muerto.
Nicholas había apagado a propósito la lámpara que colgaba de la pared, junto a ellos, y había pedido suficientes platillos de comida y cerveza para que los dejaran en paz. Sus bolsillos, sin embargo, habían ido aligerándose a lo largo de las horas, y sabía que la exigua paga que había conseguido por pasarse una mañana descargando en los muelles no duraría mucho más.
—No va a venir —le gruñó Sophia desde el otro lado de la mesa.
Nicholas se pinzó el puente de la nariz con intención de levantar una barrera ante la frustración que amenazaba con superarlo. Y eso que la noche aún no había terminado.
—Paciencia —gruñó—. Además, aún no hemos acabado.
Sophia resopló, molesta, y apuró lo que quedaba en su jarra. Luego, cogió la de Nicholas y también se la bebió, lo que atrajo la mirada de los ocupantes de la mesa de al lado.
—¡Ya está! ¡Ahora sí que hemos acabado! —comentó mientras dejaba la jarra de golpe en la mesa—. Ya podemos irnos.
En sus veintitantos años de vida, Nicholas jamás había imaginado que un día vería a un Ironwood comportarse de forma tan poco respetable. Debido a la presencia de los Ironwood en la isla y, en especial, debido a que el gran maestre había ofrecido tantísimo dinero por ellos como para que quien se los entregase pudiera comprarse aquella isla, se veían obligados a ir disfrazados.
Sophia se había cortado su larga melena morena y rizada a la altura de los hombros y llevaba el pelo atado en una coleta baja. Aunque había sido decisión propia, no es que no le hubiera costado hacerlo. Nicholas le había conseguido ropa de marinero que era más o menos de su talla y lo cierto es que la muchacha la llevaba con desenvoltura, como si siempre hubiera vestido así. Y resultaba sorprendente, dada la pasión que había demostrado hasta entonces por la seda y el encaje.
Aunque lo más sorprendente de todo era el parche de cuero que llevaba sobre la ahora vacía cuenca del ojo izquierdo..
El miedo que había tenido Nicholas a que la joven perdiera el ojo después de la brutal paliza que le habían dado en Palmira no era infundado. Para cuando Hasan y él la llevaron a un hospital de Damasco, la herida se había infectado y la muchacha ya había perdido la visión. Sophia habría preferido una muerte lenta por fiebre e infección antes que permitir que se lo sacase un cirujano; decisión que había tomado, sin duda, por vanidad.
No obstante, cuando por fin se habían visto obligados a extirpárselo, parte de ella debía de haber querido sobrevivir, porque no se permitió abandonar la consciencia ni en los momentos en que los dolores habían sido más feroces, agónicos. De hecho, se había recuperado con rapidez y, aunque de mala gana, Nicholas había tenido que admitir la fuerza de voluntad que había demostrado. Una vez tomaba una decisión, aquella muchacha resultaba temible.
Aquello también había supuesto un golpe de suerte porque, mientras Sophia se recuperaba en Damasco, Nicholas había recibido una nota inesperada que Rose le había dejado en casa de Hasan:
Las circunstancias me impiden esperar todo el mes, como acordamos.
Nos encontraremos el 13 de octubre en Nassau o nunca.
Era evidente que, en algún punto durante el viaje de vuelta de Rose desde Damasco a Palmira, donde habían decidido reunirse, algo había hecho que la mujer evaluara las «circunstancias» y cambiara de opinión. No obstante, como no daba detalles, Nicholas no tenía ni idea de si debía tener miedo o molestarse porque la mujer pretendiera que viajaran hasta tan lejos en tan poco tiempo. Aunque compadecía a Sophia por las heridas que había sufrido, pensar en que estas podían hacer que perdiera la oportunidad de descubrir el último año común había despertado en él un gran pánico y no menos resentimiento.
Pero los cortes y los cardenales de la joven habían ido desapareciendo a lo largo de las dos semanas siguientes, hasta que, hacía tres días, se había sentido lo bastante fuerte como para empezar a navegar por pasadizos. Y por fin, después de un viaje corto fletado desde Florida, habían llegado allí para reunirse con Rose... que no había aparecido.
—Y no va a traer a Etta consigo, si es eso lo que te hace poner esa carita de cachorrillo que está a punto de hacerse pipí en casa. ¿No te parece que, de lo contrario, ya las habríamos visto?
No es que Nicholas esperara que Rose apareciera seguida de Etta, sana y salva, curada de la herida... al menos no desde aquella mañana. La esperanza, por lo visto, iba desapareciendo a la misma velocidad que pasa la arena por el cuello de un reloj de arena.
Se obligó a respirar hondo y a tranquilizarse. El odio que Sophia sentía por él enturbiaba el ambiente entre ambos y, a lo largo de las últimas semanas, los sentimientos de la muchacha se habían ido transformando en algo mucho más feo de lo que Nicholas había visto hasta entonces. Aquello hacía que dormir a su lado resultara un poco... inquietante, por no decir otra cosa.
Pero es que... Qué amargo era unir la palabra «necesitar» a Sophia. Necesitaba su ayuda para encontrar pasadizos; a cambio, había prometido ayudarla a desaparecer del alcance de los Ironwood en cuanto acabara su funesta aventura. Nicholas, sin embargo, creía que la verdadera razón de que Sophia siguiera con él era que la muchacha no había desistido aún de su idea de hacerse con el maldito artefacto.
Y a él le tocaba vivir con aquello porque, que Dios lo ayudara, la «necesitaba». Malditos fueran sus escasos conocimientos de viajar por los pasadizos. Maldita fuera su suerte. Y malditos fueran los Ironwood.
—¿Tantas ganas tienes de volver, con la que está cayendo? —le preguntó mientras entornaba los ojos.
Ella también entornó el suyo. Luego, frunció el ceño y se giró hacia la taberna.
Nicholas pasó un dedo por el borde de la mesa y se centró en cada una de las imperfecciones de la madera. Hacía tan solo dos días, la idea de poner fin al trato con Rose Linden le habría parecido inconcebible. Ahora bien, si ella no cumplía con su parte, ¿qué lo ataba a él?
«Ya sabes qué es lo que te ata».
Quería descubrir el último año que tenían en común entre la versión previa de la línea temporal y la versión en la que estuvieran ahora. Etta habría ido de un pasadizo a otro, a través de décadas o siglos, hasta que, finalmente, habría caído en alguna parte, en aquel mismo año, donde se habría quedado perdida, herida y sola. Huérfana. Sabía que debería haberse esforzado por cambiar los objetivos, de manera que fuera Rose la que buscara el astrolabio y él quien buscara a Etta, pero cuando habían tomado la decisión, y a pesar de que estaba muy cansado y con las emociones a flor de piel, había considerado que Rose tendría mejores contactos y que se enteraría mucho antes de cuáles habían sido los cambios que había sufrido la línea temporal.
Nicholas estaba preparado para afrontar la fría furia de la mujer cuando esta comprobase que no había pasado las dos últimas semanas buscando el maldito astrolabio, tal y como habían quedado; aunque se pondría a ello sin falta una vez hubiera desterrado de su cabeza el miedo de perder a Etta. Hasta entonces, no sería capaz de concentrarse del todo en ninguna tarea.
Aunque en numerosas ocasiones había barajado la idea de convertirse en un cabrón egoísta y escapar de aquella historia, cada vez que lo hacía, su alma lo obligaba a pensar en el deshonor que aquello le supondría. Una vez que encontraran el astrolabio y lo destruyeran, una vez que el futuro de Etta estuviera recompuesto, entonces abandonaría a Cyrus Ironwood en el infierno en que, sin duda, se hundiría al saber que jamás tendría el astrolabio.
Pero por encima del honor y de la responsabilidad estaba Etta. Encontrarla, ayudarla, resolver aquel desastre con ella, tal y como habían acordado. Su compañera.
«Mi corazón».
Acabaría aquello y después haría su vida, como siempre había querido. El mundo de los viajeros nunca había sido para él. Jamás le habían contado los secretos de viajar, ni le habían permitido explorar sus profundidades. Siempre había sido un mero sirviente.
Para él, hasta el futuro de Etta había sido como una estrella lejana. Se había maravillado ante lo que le había contado la joven acerca de los avances que se habían producido, las guerras, los descubrimientos, pero todo aquello había seguido estando demasiado lejos para alcanzarlo, para atesorarlo en su corazón como algo real y no como una maravillosa fantasía. Y menos aún como algo que pudiera reclamar. Pero hubieran o no hubieran ido allí, aunque hubieran encontrado una casa en otro sitio, lo único que él quería era restablecer el mundo que ella había conocido y amado.
De vez en cuando, el jolgorio de la taberna se veía sofocado por un portazo, debido más a la ferocidad de los vientos tempestuosos del exterior que a la manera en que la cerraban las pobres y caprichosas almas que llegaban tambaleándose en busca de refugio. Nicholas miró hacia la puerta con la esperanza de ver un pelo dorado al viento y unos ojos azules.
—¿Puedes, al menos, servir para algo y deshacerte del degenerado que hay en aquel rincón? —le gruñó Sophia mientras cruzaba los brazos sobre la mesa y apoyaba la cabeza en ellos—. Como siga mirándome, pienso cargar contra él.
Nicholas parpadeó mientras miraba hacia cada uno de los rincones de la taberna y, después, a la muchacha de nuevo.
—¿¡De qué diablos estás hablando!?
El desdén prendió en ella como un incendio mientras se ponía tiesa e indicaba con la cabeza un punto alejado de ellos, una mesa situada en línea de visión directa respecto a la suya. En ella estaba sentado un hombre vestido con una capa oscura y un tricornio de fieltro. Estaba empapado. Parecía preparado para salir a la tormenta de nuevo en cuanto tuviera oportunidad. Al ver que Nicholas se fijaba en él, bajó la mirada hacia su pinta de cerveza y empezó a tamborilear con los dedos en la mesa. Fue entonces cuando Nicholas reconoció el árbol genealógico que llevaba bordado con hilo dorado en el guante.
Por fin se aflojó el nudo que notaba en las tripas. Aquel hombre descuidado era un Linden. Un guardián, a su entender.
«O un Ironwood que pretende engañarnos».
No... A lo largo del pasado mes se había vuelto muy desconfiado, pero puede que sin razón. Los Ironwood se habrían enfrentado a ellos de cara. La familia de su padre carecía de sutileza y, además, estaba bendecida con una maravillosa pasión por matar. Fuera cual fuera el caso, echó mano a la empuñadura del cuchillo que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Quédate aquí —le dijo a Sophia.
Pero, cómo no, la joven lo siguió tambaleándose, borracha. El hombre del rincón no los miró ni cuando Nicholas y Sophia se sentaron a su mesa.
—Están ocupadas. Estoy esperando compañía.
—Yo diría que esa compañía acaba de llegar —comentó Nicholas—. Creo que tenemos una amiga en común.
—¿Nos conocemos? —les preguntó el hombre mientras giraba su jarra de peltre.
Y otra vuelta más. Y otra. Y una más. Y otra vez... hasta que Sophia puso, de malos modos, la mano sobre la jarra, adelantándose a Nicholas por apenas un segundo.
—Siga poniendo a prueba mi paciencia..., si se atreve —lo desafió la muchacha.
El hombre se echó hacia atrás, impresionado por la sequedad del tono de la joven, y parpadeó al mirarla a la cara —o, mejor dicho, al parche— con mayor atención.
—¿Es un disfraz que te has puesto, cariño, o...?
Nicholas se aclaró la garganta con intención de apartar al hombre de aquel sendero tan peligroso.
—Estábamos esperando... a otra persona —le dijo.
El hombre tenía la piel seca, como si la hubiera tenido junto al fuego durante horas, durante demasiadas horas. Era algo que a Nicholas le resultaba familiar y que significaba que llevaba muchos años trabajando en el mar o junto a él. Sus ojos verdes centellearon como si buscara algo por la taberna mientras se quitaba el sombrero y se arreglaba la peluca.
Lo que dijo a continuación confirmó las sospechas de Sophia y de Nicholas:
—He visto... digamos que he visto a unas personas de las que, por lo general, intento mantenerme apartado. Exploraban la playa y el pueblo con atención. Y eso me ha hecho pensar que quizá no fuera tan buena idea ayudar a una dama.
—Nunca se es lo bastante precavido —convino Nicholas—. ¿Dónde está esa dama?
El hombre lo ignoró y siguió hablando en un tono irritable:
—Me dijo que solo vendría una persona. Usted encaja con la descripción que me dio, pero esta... —añadió, mirando a Sophia.
La muchacha entrecerró el ojo.
—Es mi asociada —apuntó Nicholas con intención de que la conversación avanzara. Entendía la necesidad de mantener el secretismo, pero cada instante que pasaban sin buscar el astrolabio era un segundo perdido—. Y, ¿va a llevarnos con esa dama?
El hombre le dio un largo trago a la pinta y, cuando acabó, negó con la cabeza mientras tosía. Volvió a mirar con aire furtivo por la taberna y metió la mano debajo de la capa. Nicholas echó mano al bolsillo interior de la chaqueta una vez más, al cuchillo.
Sin embargo, el hombre no sacó ni una pistola ni un cuchillo, sino un pergamino doblado que dejó en la mesa. Nicholas miró el sello de cera roja estampado en él: era el sello de la familia Linden. Sophia lo cogió a toda prisa, lo giró y lo sacudió como si pensara que iba a salir veneno de él.
—Nuestra... «flor» —enfatizó— tenía otros asuntos que atender. En cualquier caso, acabo de devolverle el favor, así que me voy a...
—¿Favor? —repitió Sophia. La cerveza la había vuelto incluso más arrojada de lo habitual—. ¿Es que no eres un guardián?
El hombre se apartó de la mesa empujándose con ambas manos.
—Antes sí... Antes de que una de las familias los matara a casi todos. Ahora hago lo que me viene en gana y, en estos momentos, lo que se me antoja es irme.
Nicholas se puso de pie al mismo tiempo que el guardián de los Linden y lo siguió por entre los parroquianos hasta que estuvo lo bastante cerca como para cogerlo del brazo.
—¿Qué otros negocios tenía? Estábamos esperándola a ella.
El guardián retiró el brazo con fuerza y se liberó de la mano del muchacho, pero golpeó accidentalmente a uno de los clientes en la espalda. La cerveza de la jarra de este último se derramó sobre los zapatos de Nicholas.
—¿¡Acaso tengo pinta de ser de esos con los que Rose Linden comparte sus malditos secretos!?
A decir verdad, y teniendo en cuenta su piel arrugada y la cicatriz que le rodeaba el cuello —señal inequívoca de que había sobrevivido a un ahorcamiento—, sí, era exactamente el tipo de persona con la que los compartiría.
—¿¡Le dio alguna información más!?
A Nicholas le molestaba tener que elevar la voz para hacerse oír por encima de los chillidos y las risotadas de los bulliciosos hombres y mujeres que lo rodeaban.
—¿¡Sigue en la isla!?
—¿¡Es que no hablo su idioma, joven!? ¿¡Tengo que decírselo también en francés...!?
De pronto, se oyó un grito de mujer muy por encima del resto de voces. Nicholas se giró para mirar a la mesa que acababa de dejar y vio a una camarera intentando recoger a toda prisa los trozos de varios vasos que alguien había roto en dicha mesa. Otra figura pequeña, vestida de color azul marino, la ayudaba a secar el líquido con un trapo, aunque ya había empezado a caer al suelo.
—¡Serás... serás torpe! —aulló Sophia mientras le arrebataba a la nerviosa camarera el trapo para secarse el pecho.
—¡Ha sido un accidente! ¡Lo siento mucho! He tropezado... —dijo la camarera, que apenas podía hablar.
—¿¡Acaso estás ciega!? ¡Pensaba que era a mí a quien le faltaba un ojo!
—¡Que tenga mucha suerte con esa! —le soltó el guardián a Nicholas.
Para cuando el muchacho se dio la vuelta, el hombre ya estaba en la otra punta de la taberna y un mar de personas se extendía entre ellos. Cuando el guardián abrió la puerta de la taberna, el viento se coló y la abrió de golpe. Luego, el hombre desapareció en la noche. El tabernero se vio obligado a dejar una bandeja de bebidas sobre una mesa y a acercarse a la entrada para cerrar la puerta y evitar así que la lluvia y el viento incomodasen a sus clientes.
—¿¡Qué sucede!? —le preguntó Nicholas a Sophia cuando se acercó a la mesa.
La muchacha había vuelto a sentarse y miraba a la camarera como si fuera a comérsela mientras esta retiraba los últimos pedazos de cristal, que iba dejando en el mandil.
—¡Alguien ha decidido que sería buena idea malgastar un ron magnífico bañándome con él! —soltó, como si la camarera no estuviera delante.
A decir verdad, el licor había mejorado su olor.
—¡No soy tonta! —La jovencita tenía la cara roja de ira—. ¡Yo iba mirando hacia delante, señor, pero he tropezado con algo!
La muchacha se alejó atropelladamente antes de que a Nicholas le diera tiempo a decirle que no pasaba nada y, claro, eso enfureció más aún a Sophia.
—¡Pero... ¿acaso es incapaz de aguantar una crítica?! —soltó antes de gritarle—: ¡Defiéndete, maldita sea!
—Ya basta —le dijo Nicholas—. Vamos a leer la carta.
La joven cruzó los brazos y se recostó en la silla.
—¡Qué gracioso eres! Pero si casi ni me ha dado tiempo a tenerla en la mano antes de que me la quitaras.
—No hay tiempo para jueguecitos. Venga, dámela.
Sophia respondió a la mirada feroz de él con una expresión vacía y el joven sintió un escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo.
—La carta —insistió, con la mano extendida.
—No la tengo.
Estuvieron mirándose un momento más. Nicholas sintió como si la mirada de ella lo estuviera cortando en pedazos y pensó a toda prisa. Se agachó y empezó a buscar por el suelo, por las sillas, a su alrededor. La camarera. No, había visto cómo se arrodillaba y no iba a haberse quedado alrededor de la mesa si les hubiera robado algo. Tampoco se la había metido en el mandil, porque habría visto el gesto. Lo que les dejaba...
El otro hombre, el bajito, el que le había pasado un trapo a la mesa.
—¿Adónde ha ido el hombre? —le preguntó a Sophia mientras se giraba a toda velocidad.
—¿De qué estás hablando? —le inquirió ella refunfuñando al tiempo que se ponía de pie.
Mientras, Nicholas vio la chaqueta de color azul oscuro que había visto antes y el sombrero de ala ancha no sirvió de nada para esconder los rasgos distintivos del hombre menudo. El oriental los observaba desde el descansillo de la escalera que llevaba a los dormitorios. Nicholas entornó los ojos para ver mejor en aquella penumbra de la posada y dio un único y cauteloso paso en dirección al hombre. Fue un movimiento apenas perceptible, pero el oriental salió huyendo de un salto como lo habría hecho un conejo.
—¡Maldita sea! ¡Eh, tú, espera...!
Sophia sacó de la chaqueta una pistola que Nicholas no había visto jamás, apuntó al bulto y, sin pensárselo mucho, disparó hacia la escalera. El silencio que se hizo a continuación del estallido provocó que la atención de los parroquianos se centrara por completo en Sophia y en Nicholas y que desenvainaran con gran estrépito espadas y cuchillos y empuñaran pistolas. Con aquella pequeña explosión de pólvora y con la chispa que produjo, por fin estalló también la pelea que Sophia había estado buscando, la pelea a la que había intentado una y otra vez que él respondiera, o la camarera hacía unos instantes, o cualquiera que se hubiera cruzado con ella.
Un hombre, torpe después de beber mucho ron, le pegó un codazo a otro en la nuca mientras intentaba sacar su pistola. El otro, un marinero, se giró a tal velocidad con los puños adelantados que golpeó una mesa y tiró las cartas, los dados, la comida y la cerveza que había en ella. Los que estaban jugando alrededor de esta se pusieron de pie y cargaron contra quienes tenían más cerca, que los miraban con los ojos como platos y se vieron obligados a apartarse a toda prisa para que no los arrollaran.
Entonces empezó la refriega y un marinero levantó una silla sobre la cabeza con intención de lanzársela a Sophia, que observaba el resto de la escena con una sonrisa burlona.
«No se ha dado cuenta. No ve por ese ángulo», pensó Nicholas horrorizado, un instante antes de gritarle:
—¡A tu izquierda!
Sophia se giró con tal brusquedad que se le cayó el sombrero. Aunque parecía imposible que lo hubiera hecho a propósito, le pegó una patada al hombre en la entrepierna y mientras el marinero se caía al suelo de rodillas gritando, la joven le quitó la silla y le golpeó con ella en la cabeza.
El violinista desafinaba porque el arco saltaba a trompicones sobre las cuerdas. El músico se tiró al suelo a tiempo para evitar la silla que una prostituta borracha había lanzado a una rival con los labios pintados de carmín pero que había acabado volando en su dirección.
Un marinero borracho y solitario se puso de pie en mitad de aquel caos, con los ojos cerrados, y empezó a dar vueltas como si fuera un carrete, o como si estuviera bailando con la botella de ron que tenía en la mano.
—¡Qué poca vista! —le espetó Nicholas a Sophia.
—¡Normal, solo me queda un ojo!
La joven cargó en la pistola la poca pólvora que le quedaba y robó una botella de ron que había en la mesa de al lado en cuanto su ocupante se dio la vuelta para responder a algún golpe.
Nicholas se abrió camino por entre la jungla de brazos y piernas. En un momento dado, tuvo que agacharse para evitar un espadazo que cortaba el aire en su dirección. El posadero se subió a la barra y, en vez de intentar poner paz y detener la pelea con un grito, le saltó a la espalda a un tipo que tenía cerca y lo aplastó contra el suelo.
Nicholas había presenciado emplumados más civilizados que aquel caos.
Justo cuando llegó a la escalera, el joven vio a un hombre que, en su huida, empujaba a una prostituta para apartarla de su camino. La mujer a punto estuvo de caer rodando envuelta en su falda y en sus enaguas, pero Nicholas la sujetó a tiempo y evitó que se rompiera el cuello.
—¡Por Dios! —exclamó el joven, tosiendo y tratando de apartar la nube de talco de la peluca de la mujer.
—¡Gracias! ¡Gracias!
La prostituta lo besaba allí donde encontraba algo de piel descubierta y le bloqueaba el ascenso por la escalera mientras él intentaba hacerla a un lado con delicadeza.
—¡Señora, por favor...!
—¡Muévete, zorra! —Sophia estaba al pie de la escalera, apuntando a la prostituta a la cara—. ¡Ese no tiene ni dos monedas, y mucho menos para malgastarlas en ti!
Nada más oír aquello, la joven cejó en su asalto, se hizo a un lado y descendió por la escalera para unirse a la refriega.
—¿¡Acaso sus besos te han robado el sentido!? ¡Venga, corre, que se escapa!
Nicholas empezó a subir los escalones de dos en dos. Llegó como un vendaval al primer piso. Le ardía el pecho y respiraba de manera desacompasada. Al final del pasillo, que estaba cubierto con una alfombra raída, había una puerta abierta de par en par y el joven salió disparado hacia ella. En el dormitorio vio a una chica de pelo oscuro, envuelta en una manta de punto y apoyada en el hombro de otra mujer, que le daba palmaditas en la espalda mientras la primera hablaba atropelladamente, aunque lo que decía no parecía tener mucho sentido.
—¡Encima de mí... por la puerta... un hombrecito raro... con un cuchillo... por la ventana...!
—¿Raro? —le preguntó Nicholas.
—¿Por la ventana? —repitió Sophia.
La chica parpadeó, sorprendida, ante la aparición repentina de ambos.
—Pues sí... pequeñito... era muy bajito... casi como si fuera un niño. Y es uno de esos... de esos... ¿cómo los llaman?
—¿Del Lejano Oriente? ¿Chino? —intentó ayudarla su amiga.
La joven
