La vida eterna
Ana Llurba
Hacía dos meses que no nos veíamos. Desde el último verano, después que acabaron las clases. Una noche me llamó, desconsolada. Las palabras se le atropellaban en la garganta. Era un tsunami de sollozos y pesadumbre. Un poco más tarde pasé a buscarla. Me estaba esperando junto a la puerta. La abracé y la acompañé hasta un taxi mientras su carcelera intentaba intimidarme con su mirada reprobatoria.
Apenas llegamos a mi casa, nos escabullimos de mi madre y mi hermana que veían la televisión en el living. Afuera había una luna de un gris encefálico. La calle estaba iluminada por unos raquíticos faroles. La tranquilidad nocturna era interrumpida solo por el ruido de una brisa ligera que circulaba entre las copas de los árboles. Nos desplomamos en las camitas como dos pesos muertos.
Cuando llegábamos a mi casa, siempre nos escabullíamos hasta el cuartito de huéspedes. Allí había dos camitas individuales separadas por una mesita de luz. Nos refugiábamos ahí porque a mi madre no le gustaba que nos acostáramos juntas en mi cama. Por eso entrábamos con sigilo y nos recostábamos de espaldas, girábamos las cabezas y nos observábamos la una a la otra desde la cama opuesta durante largos minutos.
Sin embargo, aquella noche no fue así. Apenas nos acostamos en las camitas, yo busqué ansiosa, insistente, su mirada. Pero ella no me contemplaba a mí. Silvina miraba hacia el cielo, a través del cristal de la ventana. Miraba sin ver. Una neblina de melancolía le había caído en los ojos. De repente, Silvina levantó un brazo y señaló hacia afuera. Con la mano del otro brazo se tapó la boca, para contener un grito. Hasta ese momento yo pensaba que Silvina pertenecía a la misma aristocracia de espíritu que yo. O por lo menos lo había sido durante un tiempo.
Antes de conocerla, yo había asistido los primeros cuatro años de secundaria a un colegio privado y católico. Allí había sido testigo de cómo, con la punta de ganzúa de una percha, le sacaban un feto de murciélago a una chica de entre las piernas. Era un video VHS que nos puso la profesora de religión en el aparato de televisión que teníamos en el aula. En esa época, cuando tenía trece años, la palabra «aborto» detonaba una nebulosa confusa de rituales satanistas mezclados con las vísceras desparramadas de los perros que eran aplastados por los coches en la calle. Y que yo solía observar con una mórbida fascinación, buscando mensajes ocultos dejados allí para mí. Era algo más allá de la realidad tangible, ominoso, terrorífico.
Como cuando con Silvina escuchamos el batir de las alas de un grupo de aves nocturnas en medio de la espesura una noche de otoño. Fue la primera vez que nos besamos en el banco de un parque. Volví a mi casa ruborizada y con chupetones y marcas de sus colmillos en el cuello.
En aquel colegio privado y católico alguna vez había sucedido que una chica de repente un día lucía una barriga más grande de lo normal y al día siguiente dejaba de venir al colegio. Algunas pocas volvían unos meses después, con las tetas supergrandes y una sombra de languidez en el rostro. Con el paso del tiempo me enteré de que quedarse embarazada era como el fin de los tiempos, una experiencia por la que todas, dada nuestra condición de mujeres, estábamos predestinadas a pasar. Como le había ocurrido a María, la virgen, después de la visita del ángel. Por eso yo había decidido ser mala. Si era buena me iba a pasar lo mismo que a la madre de Jesús. Y no quería, por nada del mundo, ser un vientre de alquiler del Espíritu Santo. O lo que era aún peor, que anidara adentro de mí lo mismo que tenía la chica de aquel video que había visto en el colegio.
Aunque había visto ilustraciones medievales de personas a las que habían tenido que extraerle una piedra del cerebro porque se habían vuelto locos; o sabía que cuando era chica a mi madre se le había metido un parásito en forma de culebra en los intestinos y que lo había tenido que cagar con ayuda de mi abuela, esto era muy diferente. ¿Cómo habían podido sacarle un murciélago nonato por el agujero de la vagina a aquella chica del video? ¿O era el orificio del ano?
Había conocido a mi primer novio allí. Era unos años mayor que yo y tocaba la batería en una banda de death metal que se llamaba Tus Fetos en Formol. Decían que había jugado a la güija con unos amigos de noche en un cementerio. Y el nombre de su banda se debía a una célebre aventura nocturna, cuando con sus amigos se colaron en la morgue del hospital que lindaba con el colegio. Aunque él sabía más cosas que yo, y que todas las personas que conocía hasta ese entonces, por las dudas ni siquiera me peinaba con el mismo peine que él. Solo nos dábamos besos cortitos, mientras yo apretaba bien mis dientes para que nuestras lenguas ni siquiera se tocaran. Y algún que otro abrazo. Pero nada «más allá», ningún toqueteo o roce que siquiera nos dejara acariciar aquella palabra. «Aborto.» Un concepto que oscilaba sobre mi cabeza como la hoja pendular de una guillotina. En aquel tiempo tenebroso, los embarazos eran una epidemia muy contagiosa y yo aún no sabía de dónde venían con exactitud. Y tampoco me animaba a preguntar.
Cuando conocí a Silvina, en la puerta del colegio público, ambas teníamos diecisiete años. Las dos veníamos de colegios privados católicos. Ella se había cambiado de centro después de la tormenta sentimental y económica que se desató en su casa cuando su madre encontró a su padre en la cama con su asistente. El mismo verano que yo había aprovechado que a mi madre le habían ido mal unos negocios. Entonces le insistí con que si me cambiaba a la pública no tendría que gastar en matrícula, cuotas mensuales y uniforme. Hacía tres semanas que mi madre no salía de la cama más que para ir al baño, así que fue fácil reconducir su apatía depresiva para que firmara un poder que autorizaba a mi hermana mayor a que me inscribiera en la escuela pública.
La vida era buena ahora. Las monjas no controlaban si me maquillaba los ojos, mascaba chicle o me subía la falda por arriba de la rodilla. Mis compañeras ya no espiaban con disimulo mi entrepierna durante la clase de gimnasia. Ya nadie intentaba adivinar si mi novio me había desvirgado o no. La vida era buena ahora porque tenía a Silvina. Al igual que ella, empecé a dormir hasta el mediodía y usaba gafas de sol durante el resto del día.
Las uñas no paraban de crecerme, tenía que cortármelas todos los días. Pero cada vez crecían más solidas y hasta tenían unas aureolas de tonos entre verdosos y amarillentos en las cutículas. Adopté la costumbre de pintármelas con un esmalte negro de marca. Me lo había regalado Silvina junto con una edición de los Himnos a la noche de Novalis. Además, habíamos empezado a fumar. Primero le robábamos los Virginia Slims a la madre de Silvina que había empezado a salir con hombres más jóvenes y sentía que esos cigarrillos finos y elegantes la hacían sentir menos vieja. Después nos pasamos a los mentolados. Fumábamos Kool. Dos cajetillas diarias cada una. Como murciélagos.
No tenía nada de hambre y aprendí a jugar con la comida para que nadie se diera cuenta de que solo comía lo mínimo para no desvanecerme. Mi piel se volvió pálida y transparente. Se me notaban las venas, como los gajos tentaculares de una hiedra azul extendiéndose por debajo de todo mi cuerpo. Como no ingería casi nada, mi aliento empezó a oler a azufre. Poco a poco dejé de tener hambre.
Solo sentía una sed atormentada, insaciable. Por eso, siempre teníamos los labios manchados de color negro. La gente pensaba que nos los pintábamos a propósito pero en realidad era por el vino tinto.
Al poco tiempo de ingresar en la escuela pública, se había corrido la voz de que Silvina se hacía cortes en los brazos con una hoja de afeitar. Que se había hecho cruces y esvásticas. Y también la letra «A». Que era por mi inicial, aunque ella siempre dijera que era una «A» de «Anarquía». También decían que la víbora zigzagueante que yo me había tatuado pinchándome con la punta de un compás en mi antebrazo derecho era una «S», por la inicial de su nombre. Murmuraban que una vez nos habíamos encerrado en un cubículo del baño del colegio y que después de cortarnos, nos habíamos chupado la sangre la una a la otra. También decían que durante los recreos nos escondíamos en el laboratorio y que nos dábamos besos con lengua. Pero todo era una leyenda urbana, una más de las tantas que lamían las orejas de los demás estudiantes en las largas y aburridas horas muertas de ese contenedor de gente, como un ataúd gigante que era la escuela secundaria.
Y la verdad es que nosotras ni nos esforzábamos en desmentirlas. Eran como un campo magnético que nos mantenía a salvo del resto y nos hacía intocables. Por eso los chicos solo se nos acercaban en las fiestas. Con mucha cautela. Y solo lo hacían para dejarnos botellas de vino tinto como si fuéramos milenarias deidades vengativas ante las que depositaban ofrendas. Unas horas después, en el clímax de la fiesta, se nos acercaban pertrechados con baldes de plástico. Los dejaban cerca de las sillas donde estábamos sentadas. Nos quedábamos allí durante toda la noche observando lo que hacía el resto sin siquiera hablar entre nosotras. Solo girábamos un poco la cabeza para acercarnos a nuestros respectivos baldes. Y vomitábamos. No bailábamos y solo abandonábamos nuestros improvisados tronos de vez en cuando. Lo hacíamos con desplazamientos etéreos pero algo urgentes hasta el baño. Allí nos encerrábamos con algún chico que nos seguía, fascinado. Y que poco después volvía a la fiesta con un brillo voluptuoso en los ojos y diminutos moretones en el cuello.
Habíamos adquirido un hábito para solventar nuestro vicio. Lo hacíamos por la tarde, antes de caer la noche, al salir de la escuela. Con nuestros pálidos rostros y nuestros ingenuos guardapolvos blancos pedíamos por la calle. Mentíamos diciendo que habíamos perdido el abono del transporte. Así mendigábamos a los incautos transeúntes de las zonas aledañas al colegio. De esa manera siempre teníamos para comprarnos vino tinto que nos teñía los labios y los dientes de un color violáceo, como si los tuviéramos podridos.
Una vez le pedimos a unos señores mientras se bajaban de un coche nuevo. Los señores nos invitaron a entrar a un bar lleno de espejos donde solo veíamos a toda esa gente elegante reflejada en ellos. Uno de los hombres sacó una caja plateada de su bolsillo. Con un halo de misterio, nos mostró una a una lo que había adentro. Era un polvito blanco que solo habíamos visto en una película bastante popular en aquellos años. Al comienzo aparecía una mujer bellísima con una camisa blanca impecable, labios pintados de un rojo brillante y un corte de pelo negro oscuro, con flequillo geométrico, estilo Cleopatra. La mujer encontró el polvito revolviendo a escondidas adentro de la chaqueta de un hombre con coleta que estaba en el baño. Lo desplegó, ansiosa, en la mesa. Y después lo aspiró por la nariz. Cuando esta le empezó a sangrar, la mujer puso los ojos en blanco, se desvaneció y comenzó a echar espuma por la boca. El hombre con coleta la encontró y se desesperó. Después de un viaje veloz en coche llegan al living de un hombre con pinta desprolija en bata y pantuflas. Al final, el hombre de la coleta le dibujó una diana en la camisa a la mujer. Su sangre configuró un delta diamantino en su camisa blanca. Y le inyectó una jeringa con algo que la hizo volver de donde hubiera estado mientras permaneció inconsciente. Eso mismo nos pasaba a nosotras todas las mañanas, después de que nuestros sueños milenarios fueran interrumpidos por la luz infame que nos acechaba desde la ventana, después de que nuestras madres violentaran nuestros respectivos mausoleos para despertarnos.
Luego de que rechazáramos esas bebidas que parecían té helado con hielo, el hombre de la cajita y el otro nos invitaron a pasar al baño. Allí desplegaron el polvito blanco sobre la mesada y lo cortaron en cuatro prolijas rayitas separadas por unos milímetros entre sí. Entonces uno abrió su billetera, sacó dos billetes y ambos los enrollaron como dos ruleros. Acercaron sus cabezas a la mesa y aspiraron el polvito blanco por la nariz.
Estábamos ansiosas por que les sucediera lo mismo que le había ocurrido a la hermosa mujer con corte de pelo estilo Cleopatra de aquella película. Por eso les mirábamos las fosas nasales con atención. Queríamos contemplar la sangre cuando empezara a correr a raudales. Y manchara sus impecables camisas de marca. Nos ofrecieron sus ruleros e indicaron que nos tocaba a nosotras. Mientras yo aspiraba, haciendo como si fuera sin querer, uno de los hombres me apoyó su paquete en el culo. Después de inhalar, una chispa vibrante se nos acomodó adentro del cerebro. Silvina tenía las pupilas dilatadas. Le cubrían casi todo el ojo, eran como dos embudos negros con dientes de los que salían dos brazos extendidos hacia mí. Empezamos a besarnos entre nosotras mientras los dos hombres nos miraban. Adentro de sus pantalones, los paquetes crecían.
Entonces alguien intentó entrar. Pero uno de los hombres había puesto el seguro en la puerta. Golpearon la puerta de nuevo, con insistencia. Entonces el hombre de la cajita de plata sacó otro billete de su cartera, entreabrió la puerta del baño, se lo dio a quien estuviera fuera e hizo un gesto con la cabeza para que se fuera al baño de mujeres. Cuando cerró la puerta, agarró a Silvina del cuello y le llevó la mano hasta su paquete. Mientras lo acariciaba, Silvina empezó a lamerle el lóbulo de la oreja. El otro hombre me abrazó por atrás de la cintura y me apoyó la cabeza contra la mesada donde no quedaban ni rastros del polvito blanco. Me acarició la espalda y las tetas mientras su paquete se apoyaba contra mi culo. Cuando empezó a bajarme el cierre, escuchamos un grito.
Era el hombre de la cajita de plata. Tenía una cascada de sangre que descendía sobre la camisa impoluta desde su oreja y continuaba como ramitas de hiedra roja en la barbilla de Silvina. Entonces ella me agarró de la mano, abrió el cerrojo de la puerta del baño y salimos corriendo de allí. Apenas doblamos la esquina, nos detuvimos detrás de una cabina telefónica para recuperar el aliento. Entonces explotamos en una carcajada histérica que combinaba terror y alivio a la vez. Silvina tenía los dientes manchados con sangre. Le hice el gesto de que se lo limpiara con la lengua, mientras juntaba mis rodillas intentando evitar de manera infructuosa que un chorrito de orina se me escapara y me mojara el pantalón.
Cuando volvimos a casa de Silvina, nos quedamos despiertas hasta tarde viendo películas en blanco y negro. Nadie nos lo impedía porque sus padres se estaban divorciando y ninguno pasaba mucho tiempo en casa. Añorábamos aquellas épocas anteriores, cuando los niños y los adolescentes eran tratados como adultos de menor edad, pero todo se había complicado con el paso del tiempo. Yo siempre extrañaba esos tiempos, hubiéramos podido vivir por nuestra cuenta, sin depender de ellos. Cuando los padres de Silvina al fin se divorciaron tuvieron que vender la casa y el padre se mudó a otra ciudad. Como a la madre no le alcanzaba el dinero para pagar el alquiler, se tuvieron que mudar con la abuela de Silvina. Poco tiempo después, se puso de novia con un hombre más joven, al que Silvina detestaba. Y al cabo de unos meses la madre se fue a vivir con el novio veinteañero y dejó a Silvina al cuidado de la abuela.
A diferencia del colegio privado y católico, nada era difícil en la pública. Solo teníamos que mantener el culo pegado en la silla y simular que prestábamos atención durante las seis horas de clases. Nuestros tutores eran amables. Pasaban lista a cada hora para controlar que nadie se escapara. Y si alguien se escapaba, hacían la vista gorda. Eran grandes simuladores. Eran mejores que nosotras. Lo único que sabíamos en esa época de soñolienta vida escolar diurna era que aquello que llamaban «el mundo de afuera» era una gran cárcel. Y que esto solo era la formación previa para el ingreso a una institución con menos reglas explícitas pero con un régimen más opresivo que la escuela. Por ejemplo, después de cumplir los dieciocho, podríamos fumar donde quisiéramos pero nunca en los lugares cerrados y públicos. En aquella época anterior, nos prohibían fumar y fumábamos igual, en el baño del colegio, en el laboratorio, en el cuartito de la limpieza. Y eran espacios cerrados y públicos. En esa época magnífica no había peros para nosotras. Vivíamos en un presente absoluto donde el tiempo
