Cinco inviernos

Olga Merino

Fragmento

libro-2

Rusia no se puede entender con la mente,

no se puede medir con el rasero común,

ella es especial,

en Rusia solo se puede creer.

FIÓDOR TIÚTCHEV

El tiempo, que confunde tantas cosas,

posee también la virtud de ordenar otras,

de devolverlas al lugar que merecen.

CRISTINA FERNÁNDEZ CUBAS

También mueren los lugares donde fuimos felices.

JULIO RAMÓN RIBEYRO

Viajar y perder países, perderlos todos

viajando en los trenes iluminados del mundo

nocturno, ser extranjero siempre.

ENRIQUE VILA-MATAS

Esto no es un acta notarial de mi vida.

Ni un testimonio exhaustivo.

Ya he dicho alguna vez que no pasa de un tráiler.

IÑAKI URIARTE

libro-3

 

Estreno libreta, un cuaderno escolar pautado que compré en Jerusalén, en la Puerta de Damasco, hace tres meses, en junio, cuando me mandaron a cubrir las elecciones que ganó Isaac Rabin. A vueltas con el cuento «Las dos hermanas», sentada a una de las mesas del Café de la Ópera, en la Rambla. Más que escribir, veo pasar gente. Café con leche de hospicio —han echado fría la leche.

Acabo de comunicar a Sorolla y a Luis Molla mi disponibilidad para marcharme de corresponsal a América Latina, a México, donde ya tienen chiringuito, o allí donde consideren que merece la pena abrirlo: Buenos Aires, La Habana, Bogotá, El Salvador… A ver qué dicen. La vida es un continuo arrojar dados al aire. ¿Te imaginas que sale? ¿Y si me extravío por el camino? No quiero echar por la borda lo poco que he conseguido a base de esfuerzo, de estudiar como un macaco, de aguantar mucho, de años sin vacaciones, de hacer horas por un tubo, de vender pantalones en una tienda marcando el bajo con alfileres… Con el primer cliente me equivoqué; le puse al hombre un dobladillo tobillero, como para ir a pescar ranas.

La otra noche cené con A. ¿Qué nos ha pasado? ¿Quién ha tenido la culpa? En ningún momento salió de su boca «vivamos juntos», ni la pregunta «¿quieres vivir conmigo?». Tal vez habría sido un fracaso el experimento. Ya no sé a quién de los dos correspondía dar el penúltimo tirón de la cuerda.

He llorado tanto.

Leo una entrevista de Ignacio Vidal-Folch al general Wojciech Jaruzelski, el último presidente de la Polonia comunista. Vástago de la nobleza, fue deportado con sus padres a Siberia, a la taiga, a cuarenta grados bajo cero, donde tuvo que soportar un trabajo muy duro en el bosque que no especifica. Talar, supongo; o hacer carbón; o arrancar mineral. Estuvo a punto de perder la vista por culpa del reflejo del sol sobre la nieve, y el problema aún se agravó por su pasión lectora, pues devoraba libros de regreso al barracón, bajo la llama débil de un quinqué. En invierno la luz baja muy pronto en esas latitudes. Allí conoció bien la gran literatura rusa —Tolstói, Chéjov, Gógol, Dostoievski— y, a través de ella, al hombre ruso, sus intenciones, su manera de pensar. Sus esquinas.

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Ahora, casi treinta años después, me pregunto si no fue premonitoria la lectura de aquella entrevista en La Vanguardia que tanto me impresionó, como si los vaivenes de la vida estuviesen decididos de antemano por una geometría secreta del azar. Jaruzelski, el mandamás intimidante tras las gafas de lentes oscuras, el que impuso la ley marcial en Polonia, fallecido en mayo de 2014, enamorado de la literatura rusa. Cuando pegué el recorte en la libreta, que hoy amarillea, aún ignoraba la cantidad de nieve y la fascinación lectora que me aguardaban. Ceguera por deslumbramiento.

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Otra idea peregrina para un cuento, «El inquilino». Un tipo aferrado a una maleta llega a una dirección en Londres, en el barrio de Mile End. Lleva las señas anotadas en un papel. Comprueba que se trata del semisótano de una vivienda victoriana. Tan pronto como abre la puerta —le cuesta hacer el juego con la llave— se tira sobre la cama con los pantalones y los calcetines húmedos de lluvia. Le duele la quijada. Dormita. Se despierta tiritando. Rebusca en los cajones de la cocina y encuentra un sobre de sopa de champiñones instantánea. Pone el kettle y la radio, que habla de la huelga de los mineros. Mientras el agua se calienta, abre la maleta que ha posado cuidadosamente sobre la mesa. De inmediato, sabe que tiene que huir. ¿Por qué? ¿Por lo que aparece dentro? ¿Porque alguien ha vislumbrado el contenido desde la ventana que da a ras de calle?

Atmósfera, solo maldita atmósfera.

La corresponsalía de Moscú se queda vacante, y me la ofrecen. Así, a bocajarro. Tengo una semana para pensármelo, dicen. ¡Pero si acabo de alquilarme un piso! No hace ni un año que regresé de Londres y ya me estoy liando la manta a la cabeza otra vez. ¿No era esto lo que querías? América Latina, mi sueño, es un espejismo sin el tirón informativo de Rusia. Presiento que este tren no volverá a pasar por mi apeadero. Si finalmente acepto la propuesta, me iría pasadas las navidades y habiendo renunciado a la plantilla. Sin seguridad social, como externa a la empresa. Mi salario lo cobraré en España, sin pagas extra ni un bonus por los domingos trabajados. Un sueldo fijo, escriba las piezas que escriba; pueden pedirme cuantas quieran. Ese es el pacto.

Algunos no dan un duro por mí. No creen que aguante.

Desde la centralita de la sección de Internacional, telefoneo a Berna G. Harbour a Moscú. Me gusta su voz, me da confianza. Me aconseja que, aparte de leotardos para ponerme debajo del pantalón, no me olvide de echar en el equipaje tres cosas: papel de váter, antibiótico (Clamoxyl, Augmentine) y jeringuillas desechables. Ella les corta los pies. A los leotardos.

Despedidas encadenadas; familia, amigos, mis dos Nurias… Almuerzo melancólico con A. en La Milonga. La mirada cómplice y las historias tangueras del señor Roca. A. me regala dos libros para que me los lleve en el equipaje: El doctor Jivago (escrito así), de Borís Pasternak, en una edición de 1967, y Rehén de la eternidad, el libro de memorias de su amante, el gran amor de Pasternak, Olga Ivínskaya, con una dedicatoria de su puño y letra. También me regala una brújula, como Denys Finch Hatton a Karen Blixen en Memorias de África. «Denys me había dado una brújula, para seguir el rumbo, dijo, pero más tarde comprendí que navegábamos con rumbos distintos. Quizás él sabía, aunque yo no, que la tierra fue creada redonda para que no podamos ver el final del camino».

He venido a caer al barrio de la Universidad, a unos trece kilómetros de la Plaza Roja; no está mal para las distancias de la ciudad, con un diámetro de cien kilómetros. El piso tendrá unos cincuenta metros cuadrados, empapeladas las paredes con motivos florales, como los que adornaban mi casa, la de mis padres, en los años setenta. Los muebles son del casero. Los electrodomésticos, míos; se los he comprado a Berna: una nevera argelina, un televisor checoslovaco y una lavadora de la GDR, Germánskaya Demokratícheskaya Respúblika. Le he pagado al propietario tres meses por adelantado. Me preocupa que no haya contrato ni manera de hacerlo; ni un garabato sobre un papel. ¿Dónde encontrar un abogado o un notario? En un país en derrumbe y sin cultura para los trámites civiles, no tengo más que un acuerdo de palabra y un apretón de manos. El casero dice que me avisará previamente por teléfono para que tenga el dinero preparado, en dólares y a tocateja, cuando venga a cobrar el alquiler, cada dos o tres meses. Él y su familia se han ido a vivir a casa de un pariente (¿la suegra?) en Tula, a unos ciento setenta kilómetros al norte de Moscú, para sacar money de la vivienda. Para vivir.

Soy la única forastera en el edificio. Hasta hace dos días, como quien dice, estaba prohibida la convivencia entre soviéticos y extranjeros, obligados estos a vivir aparte, en edificios específicos, vigilados por el KGB.

Cuarto piso, en la calle dedicada a Maria Uliánova, una de las tres hermanas de Lenin. Cuentan que la pobre fue una pésima revolucionaria, metida a conspirar en un grupo de activistas que se les infestó de espías. Los arrestaron a todos en Petrogrado treinta y seis horas antes de que estallara la Revolución de Febrero, la primera, la que derrocó al zar, de manera que vivieron la algarada tras los barrotes. Dicen también que Maria Uliánova hacía bordados magníficos en los embozos de las sábanas y que cuidó de su hermano Volodia hasta el fin de sus días. Cuando Lenin sufrió la embolia, Maria le suplicó a Stalin que le proporcionara cianuro para que pudiera matarse, pero el despiadado se lo negó. Le convenía más vivo.

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Comencé a rellenar libretas a eso de los dieciocho años. Cuadernos de todo y de nada donde, con caligrafía minuciosa y pulcra, copiaba poemas, párrafos de novelas que me habían deslumbrado y letras de canciones, pegaba recortes de periódico, hacía algún collage o dibujo espantosos y sobre todo me contaba a mí misma mis desvaríos románticos y la fiebre de una vocación atroz que me fustigaba con un látigo de siete colas: tenía terror a la escritura. En el fondo, los primeros años son el inventario de un vacío.

Siento especial querencia por las libretas rusas —siete en total—. Nunca tuve intención de publicarlas. Ni siquiera se me pasó por la cabeza que alguien pudiera fisgarlas, a no ser que ya me hubiera muerto. Las entendía como un receptáculo, un reducto de soledad, un soliloquio, escritura en presente puro, donde el azar iba trazando argumentos nuevos. Consciente de que estaba viviendo un momento excepcional, en lo personal y en lo histórico, no quería perder ni una migaja ni que el recuerdo distorsionara la experiencia de Moscú. Tenía entonces veintiocho años recién cumplidos —cuando me hicieron el ofrecimiento de desplazarme a Moscú, veintisiete—, una edad en la que, como escribió Vila-Matas, «yo estaba tan disponible ante la vida que cualquier disparate se podía infiltrar en ella y cambiármela».

❧

Por la calle, a uno se le hiela la agüilla de los lagrimales, el humor acuoso que mantiene húmedos los ojos. Sientes que una inspiración profunda podría lastimarte los pulmones más que un Celtas sin filtro. O, peor aún, una papirosa, uno de esos cigarrillos soviéticos con un tubito de cartón como boquilla, lo suficientemente largo como para apurar el tabaco hasta el final sin quemarse los dedos ni los guantes. La marca más conocida se llama Belomorkanal. La introdujeron en los años treinta para celebrar la conclusión del canal que une el mar Blanco, en el Ártico, con el mar Báltico, a través de los lagos Onega y Ladoga, una obra de doscientos veinte kilómetros construida por los presos del gulag, miles de esqueletos descoyuntados por el hambre y el frío. Una calada te tumba. Trilita pura, como la que debieron de utilizar para reventar la tierra helada.

Los graznidos de los grajos. ¿O habría que decir cornejas? Aquí la gente usa el balcón como un anexo del refrigerador, pero no se pueden dejar los alimentos sin una piedra, una tapadera o algo pesado encima, puesto que se los llevan. La corneja es ladrona, como la urraca. En ruso se llama vorona. Es el pájaro de Rusia.

Antes de regresar a España, Berna me lleva al almacén estatal TsUM a comprar sábanas, toallas y demás ajuar doméstico, embutidas las dos en ropa como salchichas, pisando nieve sucia. Curiosas, las sábanas: la encimera consiste en dos pedazos de tela, cosidos por las orillas, con un agujero enorme en el centro del trozo superior, en la mitad del rectángulo, como un remiendo, para colar dentro la manta. Ya tengo profe de ruso: María. Dos horas diarias de clase, de lunes a viernes, otra «terapia de choque», como la que está sacudiendo el país para encabalgarlo en un pispás, desde la economía planificada, hasta el capitalismo desmelenado. Berna me está ayudando con el casting de traductores, y ambas convenimos en que el mejor es Yuri Kriuchkov; es alto, muy atractivo, con unos bonitos ojos celestes y sobre todo inteligente. Si finalmente llegamos a un acuerdo, Yuri dejaría la agencia Interfax para trabajar conmigo. Las sábanas que compramos, por cierto, no pueden colgarse ahora en los alambres del balcón, sino dentro, en un tendedero plegable; de lo contrario, se congelarían.

Mala gaita y dolor de cabeza. Debe de ser el peso de la presión atmosférica baja o, peor aún, el aire que respiramos, cargado de partículas magnéticas, residuos de las fábricas o de las centrales térmicas, que escupen al cielo un humo blanco muy denso, como vaharadas de un dragón gigante. Por lo menos, nos mantienen bien calientes dentro de las casas. La suma de factores suele producir unas jaquecas graníticas, acompañadas de una modorra insoportable, sobre todo a partir de las dos de la tarde, cuando la luz comienza a esfumarse. Te quedarías dormido en la silla. Anochece temprano; las escasas farolas dan una luz muy tenue, fantasmal.

Un hombre ha instalado sobre la acera de la avenida Vernadski una mesa de camping donde ofrece muslos de pollo a los viandantes. Como las presas vienen congeladas en grandes bloques del tamaño de un almohadón, el tipo, con los brazos extendidos sobre su cabeza, arroja el mazacote de hielo contra el suelo nevado, una y otra vez, como en el Paleolítico medio, hasta que se desprenden un cuarto o dos de pollo con su rebaba de escarcha. A estos muslos los llaman las patas de Bush, porque empezaron a llegar de Estados Unidos hará cosa de un año, en el pico de las escaseces, como exportaciones de alimentos subsidiadas. Los rusos son muy buenos poniendo motes con retranca.

Cada mañana atravesamos medio Moscú en el coche de Yuri desde el barrio de la Universidad hasta la oficina, en el número 15 de Petrovka, a tiro de piedra del Teatro Bolshói y de la Plaza Roja, una calle muy céntrica, con un aire señorial y tan decimonónico que parecería plausible que el fantasma de Chéjov emergiera de un portal, apresurado como el Conejo Blanco para llegar puntual a un ensayo con Stanislavski. He alquilado un cuarto —El Periódico me manda el dinero para pagar la renta—, con un gran ventanal, alfombra y un diván tapizado de verde botella, en la sede de Prensa Latina, la agencia de noticias de Cuba, agasajada, por ser el órgano de la isla mimada del régimen soviético, con un local despampanante en el cogollo de la ciudad, una vivienda magnífica, a falta de una mano de pintura, de techos altísimos con artesonados, el domicilio de algún rico mercader antes de la revolución. Pero ahora, cuando hace poco más de un año que la bandera de la URSS se arrió del Kremlin, ya no se emplea otro lenguaje aquí que el del dólar contante y sonante, nada de viejos lazos fraternales con el socialismo tropical, así que los cubanos se ven obligados a subarrendar las habitaciones a terceros para que les salgan las cuentas —lo supongo; prefiero no preguntar—. Pegada a mi estancia se encuentra la que ocupa el colombiano F., dedicado a la compraventa no sé bien de qué, y a continuación se abre el salón noble, el más espacioso, para recibir a las visitas, con sus sofás, un mapa de la URSS y dos enormes retratos en blanco y negro del Che Guevara y de Fidel Castro, con puro y muy joven, como si acabase de bajar de Sierra Maestra. Al fondo del pasillo están los cuartos que ocupa Notimex, la agencia de noticias de México, en la que también trabaja un chileno, y el que se han asignado los chicos cubanos, el más modesto, con el télex y los teletipos de TASS e Interfax, tres metralletas que no paran de escupir papel. Váter y cocina compartidos. Buen ambiente latino con la mezcla de nacionalidades. Todos los colegas se apañan con el ruso, aunque a veces recurren a Yuri. No se trata solo del endiablado idioma, sino de kremlinología, el jeroglífico cuneiforme de interpretar cada pequeño gesto, cada declaración política, cada silencio de la nomenklatura. Las formas no han cambiado.

Como hay pocos bares y restaurantes —los empiezan a abrir ahora, con precios desorbitados, muy caros para mí e inalcanzables para los rusos—, venimos bien desayunados de casa y el resto del día aguantamos tonteando con té, galletas, cacahuetes y algún buterbrod. Ayer, sin embargo, salimos con Yuri a almorzar a una stolóvaya, una cantina soviética muy asequible donde acuden funcionarios y los albañiles que andan restaurando fachadas e inmuebles. No hay asientos en el local; se come de pie, sobre una mesa más o menos a la altura del pecho. Plato único, y a correr: pelmeni, una pasta rellena de carne picada parecida a los raviolis pero sin salsa alguna.

A la salida del metro de Kitai-górod, montones de jubilados, cincuenta, setenta, tal vez más, puestos en hilera, uno al lado del otro, ofrecen a los transeúntes apresurados cualquier cosa imaginable: calcetines de lana de la que pica, botellas de vodka, latas de sardinillas en aceite, un par de bujías nuevas, bombillas, teteras, platos, toallas de lino, un anillo de oro, compota casera, una bandeja de estaño con flores pintadas a mano… Se están vendiendo el ajuar para comer.

Invito a Yuri y a un amigo suyo a cenar en el restaurante Uzbekistán. El amigo trabaja en una oficina vinculada al Gobierno que elabora informes y estadísticas económicas; va a pasarnos algunos datos para tirar del hilo y hacer un reportaje. Pedimos arroz plov y gul-kabob, unos rollos de carne de cordero muy especiada. Nos atiende un camarero completamente borracho. Sale de la cocina y trastabilla por el comedor. Vuelca dos copas sobre la mesa al servirnos.

Nosotros bebemos también y brindamos, na vashe zdorovie (¡a vuestra salud!). Me cuentan que, en las fiestas, cuando los invitados están por marcharse, se dice en el chinchín final na pasashok, literalmente «para el bastón»; o sea, un trago para el camino de regreso. Pero como siempre tarda en llegar la última copa, la última de verdad, existe una retahíla de brindis posteriores para, medio en broma, medio en serio, ir alargando el trance de la despedida alcohólica: stremenaya (por el estribo), sedélnaya (por la silla de montar), zabugórnaya (por detrás de la colina), y así hasta doce o trece.

La forma más habitual de saludarse aquí:

—Hola, ¿qué tal?, ¿cómo estás?

—Normalno (normal).

La gente responde con ese adjetivo tan útil que resume aquello que todo el mundo anhela: vivir una vida normal. No es poco.

Otro saludo del mismo jaez:

—¿Cómo va la vida?

—¡Respiramos!

El sufrimiento los ha moldeado como una raza de estoicos.

Otra palabra comodín aquí: «Nichevó» (literalmente, «nada»). Cuando pierdes el autobús lanzadera que te acerca al metro, nichevó; cuando se acaba el pan en la tienda, nichevó; cuando la vida da otra cornada, nichevó.

Jornada festiva en Rusia, el Día Internacional de la Mujer. Yuri me regala tres claveles rojos y una caja de bombones. Salimos a dar una vuelta en coche hasta las Colinas de Lenin, el punto más alto de Moscú. Magníficas vistas sobre la ciudad y el río Moscová. Llegan parejas de recién casados, todavía con los tules y velos, a hacerse fotos y beber champán.

Tres claveles. Los rusos adoran los tríos, el número tres: hay que ser tres para beber y para jugar a las cartas. Tres eran los agentes de la policía secreta que irrumpían de madrugada en los domicilios para un arresto en los años duros del estalinismo. Tres los caballos que arrastran la troika, ya sea un trineo o una calesa con ruedas; tres, el número ideal de cabalgaduras para avanzar sobre la nieve: el caballo de varas (el del centro) va al trote y los laterales, los de refuerzo, al galope, de manera que llevan al del medio; así las bestias se cansan menos y mantienen la velocidad.

❧

Nikolái Gógol, en Almas muertas: «Ah, troika, pájaro troika, ¿quién te ha inventado? Bien es cierto que solo podías nacer en un pueblo impetuoso, en una tierra donde no gustan las medias tintas y que, lisa y regular, se extiende por medio mundo, y a ver quién es el valiente que va a contar sus verstas hasta que le hagan chiribitas los ojos […]. Los caballos son ya un remolino, los radios de las ruedas se funden en un círculo liso, tiembla el camino y grita despavorido el transeúnte petrificado y, entretanto, ¡la troika vuela, vuela, vuela…! […] ¿No vuelas también así tú, Rusia, como una fogosa troika a la que nada puede dar alcance? El camino humea a tu paso, retumban los puentes, todo se aleja y queda atrás».

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Me encanta el sentido del humor de los rusos. Saben reírse de sí mismos y, desde la época soviética, han convertido el chiste (anekdot) en una válvula de escape para transformar en vapor el fracaso político y el derrumbe social.

—¿Qué es una cosa larga, verde y que huele a salchicha?

—Los trenes de cercanías en verano.

Otro chascarrillo: unos científicos trasladan a una isla desierta a tres ingleses, tres franceses y tres rusos (cada trío está compuesto por dos hombres y una mujer). Los dejan a su albedrío y regresan al cabo de tres años para comprobar cómo ha evolucionado el experimento.

A los ingleses los encuentran en el interior de la cabaña, cada uno sentado en una punta, sin dirigirse la palabra. Los investigadores los miran asombrados, y uno de los hombres cobaya intenta explicarlo:

—Es que todavía no nos han presentado…

En el quartier francés, donde ya corretean dos niños entre las palmeras, la mujer se encarga de explicar cómo se han montado la vida:

—Durante una semana, Pierre es mi marido y Jean-Paul mi amante. A la siguiente, cambiamos, y así.

(Los rusos tienen grabado a fuego en el bulbo raquídeo que los franceses son el no va más del sexo, los auténticos maestros en los lances del amor).

Cuando los científicos entran en la dacha de los rusos, se encuentran a los dos hombres sentados a la mesa, jugando a las cartas. Les inquieren por su organización.

—Yo soy el director del koljós.

—Y yo, el jefe local del Partido —responde el otro.

—Y la mujer, ¿dónde está? —se atreve a preguntar uno de los señores de la bata blanca.

—¡Ah! El pueblo está trabajando en el campo.

Este chiste surgió la otra noche durante una cena en casa de Rafael Poch. Lo contó Rubén Serguéyev Ruiz, nieto de la Pasionaria, un hombre inteligente y lleno de curiosidad. Lleva el mismo nombre que su tío Rubén Ruiz Ibárruri, herido de muerte en la batalla de Stalingrado, mientras comandaba una compañía de ametralladoras contra el asedio nazi. Héroe de la Unión Soviética, en 1972 bautizaron en su honor un asteroide de la órbita de Marte: 2423 Ibárruri. Cuentan que su muerte, a los veintidós años, destrozó a la Pasionaria; «en pocos días se le llenó el pelo de canas».

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Rubén Serguéyev ha muerto por el covid a los sesenta y cinco años. El miércoles 9 de junio de 2021, al poco de ingresar en un hospital moscovita. Su obituario ha salido en The Guardian; había trabajado muchos años para el periódico británico.

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No hay taxis. No existen. Se cuentan con los dedos de una mano. De manera que, si uno quiere llegar al centro con cierta rapidez, se planta en el arcén de la avenida y extiende el brazo a la espera de que se detenga algún coche. Se trata de una especie de autostop monetizado. A través de la ventanilla se negocia el precio según el trayecto y, si al paisano no le conviene porque lo desvía mucho de su ruta, deniega con la cabeza y sigue su camino. De cerrarse el trato, el intrépido peatón debe sentarse en el asiento del copiloto porque el trapicheo es ilegal, de manera que habría que fingir consanguinidad o un vínculo estrecho con el conductor (esposos, primos, vecinos, compañeros de trabajo) en la eventualidad de que la policía de tráfico, el temible y corrupto GAI (Gosudarstvennaya Avtomobilnaya Inspektsiya), detuviera el automóvil por alguna infracción o solo porque sí. Aparte de los consabidos Lada, ya he subido en la cabina de un camión, en una ambulancia y en un autocar del Intourist absolutamente vacío.

Así es la historia, con el arcén cubierto de nieve o de fango. Lo peor de la primavera es el barro del deshielo, la célebre raspútitsa («la estación del fango»), el cieno obstinado y pegajoso que engulló los tanques de la Wehrmacht.

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¿Por qué he sacado las libretas rusas del cajón?

El pretexto oficial son los treinta años de la caída de la Unión Soviética, pero, enfrascada en la tarea de transformarlas, no sé cuál es la verdad, no sé qué responderme. En parte, me sirvieron para examinarme en secreto, construirme una memoria, apresar cuanto estaba viviendo. Pero lo de examinarse en secreto ya no vale.

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Polen, toneladas de polen, en los balcones, en los lagrimales, en las narices, en la lengua, sobre las aceras, como si fuera un manto de nieve caída a destiempo. Otro regalo de la primavera rusa. En realidad, se trata de pelusa blanca, copos de algodón que se arraciman y viajan a la deriva arrastrados por la brisa hasta trepar las escaleras, colarse en tu pelo o en el tubo de escape, zambullirse en la taza de té. El fenómeno se repite cada año, entre finales de mayo y principios de junio, cuando comienza la floración de los álamos. Los rusos lo llaman puj, que parece una onomatopeya de la tos de garganta. También lo han bautizado como la «venganza de Stalin», porque, según cuentan, en los años treinta el papaíto Koba quiso reverdecer Moscú para compensar el exceso de hormigón soviético, y con el fin de complacerlo los jardineros repoblaron las calles a la carrera con álamos, centenares, millares de ellos, pe

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