1
La aldea de Bocanegra apenas sale en los mapas porque muy pocas personas la buscan. Y, cuando aparece en alguno, siempre está mal ubicada. La sitúan un poco más al norte de donde se encuentra, o un poco más al sur. Un poco más a la izquierda o un poco más a la derecha. Un poco más lejos.
Siempre.
Eso supone que quienes llegan a Bocanegra lo hacen porque se han equivocado de camino, convencidos de que los espera un callejón sin salida.
Siguen una carretera flanqueada por árboles frondosos cuyas ramas se alargan desde ambos lados para unirse en el centro, formando una especie de dosel que se va haciendo cada vez más espeso hasta anegar por completo los rayos de sol que se cuelan entre el follaje, de modo que la carretera es sombría incluso en los días más despejados.
Justo cuando las ramas parecen estar a punto de rayar la pintura del coche y la propia carretera parece abocada a la asfixia, los visitantes cruzan un corto túnel y salen a una rotonda sembrada de flores con un letrero que reza:

Debajo hay un dato que ha sido actualizado a mano un par de veces:
En el muro que bordea la carretera hay una gran pintada que no deja a nadie indiferente. Sólo dice:
Así que dan la vuelta a la rotonda y se van por donde han venido. Es una lástima, porque si se quedaran se darían cuenta de que en realidad Bocanegra es un pueblecito encantador. Hay una pintoresca heladería en el muelle, bancos a lo largo del paseo marítimo, mesas de pícnic y estructuras recreativas para que los niños trepen.
Además, hace ya algún tiempo que nadie ha sido devorado por un monstruo.
A decir verdad, ni siquiera son monstruos. Puede que lo parezcan y que los lugareños se refieran a ellos como «monstruos», pero, hablando con propiedad, son leyendas. Mitos. Fábulas. En el pasado compartieron la Tierra con los humanos, pero les pudo la envidia, y luego la violencia, que desembocó en una guerra que asoló durante siglos las llamadas «aldeas malditas» de todo el mundo.
Bocanegra es la última de esas aldeas malditas.
Y las leyendas sólo hacen acto de presencia en contadas ocasiones.
Da la casualidad de que esta mañana es una de ellas.
2
Más tarde, al pensar sobre lo ocurrido, Finn identificaría esa mañana como el momento en que las cosas empezaron a torcerse sin remedio.
Cuando pensara un poco más detenidamente sobre lo ocurrido, caería en la cuenta de que, en realidad, podía identificar casi cualquier mañana de sus doce años de vida como el momento en que las cosas empezaron a torcerse sin remedio. Pero eso sería más tarde. En ese instante, no podía decirse que pensara demasiado. Lo que hacía era correr. Como alma que lleva el diablo. Con una armadura que traqueteaba a cada paso y un pesado casco. Bajo la lluvia. Huyendo de un minotauro.
Cinco minutos antes, todo parecía estar saliendo un poco más según lo previsto, aunque él no supiera a ciencia cierta qué era lo previsto.
Entonces era Finn quien perseguía a su presa empuñando un desecador, un grueso rifle plateado con un cilindro que colgaba por delante del gatillo. Él era el cazador y se movía con torpeza por los laberínticos callejones de Bocanegra con su casco negro y su traje de combate: pequeñas planchas de metal deslucido, soldadas entre sí sin mucha maña, de modo que, a cada paso que daba, parecía que una bolsa llena de cubiertos rodase escaleras abajo.

El traje le quedaba grande porque sus padres le habían dicho que debía ser holgado para que le sirviera durante varios años, y traqueteaba a cada paso porque lo había hecho él con sus propias manos.
Desde algún lugar no demasiado lejano, tal vez dos calles más allá, había oído un ruido como de cristal estrellándose contra una piedra, o quizá como de una piedra al golpear el cristal. En cualquier caso, lo siguió la estridente alarma de un coche y el alarido, todavía más estridente, de una persona.
Bocanegra estaba sembrada de callejones sin salida que desembocaban en altos muros coronados por esquirlas de cristal, piedras afiladas y cuchillas. Su trazado se había concebido para desorientar a las leyendas, impedir que huyeran, guiarlas hacia los callejones sin salida. Pero Finn sabía adónde dirigirse.
Siguió el rastro polvoriento de la leyenda, que lo llevó hasta la avenida Rota, la calle principal de Bocanegra, donde los vehículos habían frenado en seco formando ángulos insólitos y los lugareños que no habían huido en desbandada se encogían de miedo en las entradas de los comercios todavía cerrados.
Al final de la calle, mirando hacia atrás por encima del hombro, estaba el minotauro. Mitad hombre, mitad toro, a cual más aterrador. El corazón de Finn dio un vuelco y empezó a latir acelerado. El chico tomó aire con un escalofrío. Había pasado toda su niñez contemplando dibujos de criaturas como aquélla, siempre representadas como leyendas poderosas y casi nobles. Ahora que por fin veía una de carne y hueso, Finn comprendió que los ilustradores conseguían transmitir la fuerza de tales criaturas, pero no habían sabido captar ni de lejos su ferocidad.

Más allá de la imponente cornamenta en espiral que despuntaba sobre la gran cabeza de toro, el minotauro tenía la espalda recubierta de pelo áspero y raído como el de un perro sarnoso. Cuando se volvió hacia atrás, se roció a sí mismo con la lluvia de babas que soltaron sus temibles colmillos y que resbaló siguiendo el contorno de los poderosos músculos de la espalda, más allá de la cintura, hasta los trozos de piel agrietada como el barro seco que asomaban entre el pelo. El minotauro se sostenía sobre dos patas que se iban estrechando para dar paso a las amenazadoras zarpas que lucía en lugar de pezuñas.
Era más aterrador de lo que Finn hubiese podido imaginar. Y eso que en su imaginación ya era como para salir corriendo.
El minotauro lo miraba fijamente.
Finn se escabulló metiéndose en un portal donde había una mujer escondida, con la espalda contra la puerta y un perro pegado a sus piernas. Su rostro era la viva imagen del miedo.
—No se preocupe, señora Bright —le dijo Finn, con la voz amortiguada por el casco—. Yappy y usted pronto estarán a salvo, ¿verdad que sí, chico?
Con la mano libre acarició al perro, un basset, que le estornudó encima.
La mujer asintió con gratitud, aunque no parecía tenerlas todas consigo, y tras una pausa preguntó:
—¿Dónde está tu padre, jovencito? ¿No debería...?
Se oyó un estruendo calle arriba. El minotauro había desaparecido tras doblar la esquina en lo alto de la avenida Rota. Finn volvió a tomar aire y salió tras sus pasos.
Al otro lado de un muro sonó un golpe sordo, tan violento que hizo temblar a Finn de los pies a la cabeza. Su cerebro lo interpretó como una señal de que debería echar a correr en la dirección opuesta.
Pero Finn no echó a correr. Se había entrenado para esto. Había nacido para esto. Sabía qué se esperaba de él, qué debía hacer. Además, si salía corriendo, su padre se llevaría un chasco. Otro más.
«Allí estaré cuando me necesites», le había dicho por la mañana.
Finn apretó el botón del radiotransmisor integrado en el casco y susurró:
—Papá, ¿estás ahí?
Por toda respuesta, oyó el chisporroteo indiferente de las interferencias.
Una mole siniestra e imponente cruzó uno de los callejones perpendiculares, abriéndose paso a golpes entre los estrechos muros. Finn empuñó el desecador y fue tras ella. En la esquina, se agachó y miró a su alrededor. El minotauro se había detenido a escasos veinte metros de distancia. Sus poderosos hombros subían y bajaban cada vez que resoplaba entre gruñidos de furia, tratando de decidir qué dirección tomar.
Ahora todo dependía de Finn. Recordó las sesiones de entrenamiento. Se concentró en las enseñanzas que había recibido. Evocó las sabias palabras de su padre. Despacio, apuntó al monstruo con su robusta arma plateada, trató de serenarse, soltó una bocanada de aire.

En ese preciso instante, el minotauro se volvió hacia él. Bajo sus cuernos llenos de muescas, sus ojos brillaban como dos pequeños pozos negros. De sus colmillos torcidos y desconchados caían espumarajos de saliva. Por un instante, Finn se distrajo al ver cómo una mezcla de babas, sangre y agua de lluvia colgaba de un aro de cristal ensartado en la nariz de la criatura.
El minotauro rugió. Finn apretó el gatillo.
La fuerza del retroceso hizo que el chico se tambaleara hacia atrás. Una centellante esfera de color azul salió disparada del cañón del arma y se desplegó en pleno vuelo, convirtiéndose en una red resplandeciente que fue a caer en el espacio que un segundo antes ocupaba el minotauro... sobre un coche aparcado.
Finn soltó un gemido.
Con un fuerte resplandor y un silbido como de succión, la mitad del coche se contrajo sobre sí misma con un crujido angustioso, como si alguien aplastara una tonelada de chatarra hasta convertirla en un gurruño del tamaño de una lata de refresco.
Finn buscó al minotauro con la mirada. Se había desvanecido.
Apretó el botón del radiotransmisor.
—Eh... ¿papá?
Seguía sin obtener respuesta.
Se detuvo, trató de serenar los pensamientos que se atropellaban en su mente y siguió avanzando por los callejones. Aplicando los métodos ancestrales que le habían transmitido, se dispuso a seguir con cuidado el rastro del minotauro.
No fue necesario. El minotauro lo encontró a él primero.
3
Como es natural, Finn puso pies en polvorosa.
Mientras lo hacía, varios pensamientos cruzaron su mente, relacionados sobre todo con cuestiones como si debería volverse y disparar, buscar un escondrijo o detenerse un momento para desprenderse de su ruidosa armadura.
Por su parte, mientras lo perseguía, un solo pensamiento ocupaba la mente del minotauro. Por el bien de Finn, era mejor que no supiera cuántas veces se repetía la palabra «machacar» en ese pensamiento.
El chico corrió por el callejón tan deprisa como se lo permitía su escandalosa armadura, respirando su propio aliento cálido dentro del casco mientras el arma, sujeta a la cintura mediante una correa, iba dando bandazos. De pronto vio un hueco y se escabulló por él justo antes de que el minotauro le diera alcance. La criatura se topó de bruces con el muro del callejón sin salida, levantando una nube de ladrillos, polvo y baba.
Finn siguió adelante, pasando como una exhalación por las callejuelas, doblando esquinas a trompicones, escurriéndose por las rendijas de los muros, hasta que cayó en la cuenta de que el único sonido que llegaba a sus oídos, aparte del cencerreo de la armadura, era el de su propia respiración jadeante.
No sin esfuerzo, consiguió que sus piernas dejaran de correr.
Agachado en un rincón, miró a su alrededor en busca del minotauro, pero no había rastro de él. Se dejó caer en el suelo, notando las gotas de sudor que se deslizaban por sus mejillas, el escozor que le causaba la armadura y el latir desbocado de su corazón.
De pronto, oyó un murmullo cerca. Creyó vislumbrar una sombra fugaz.
—¿Papá?
El minotauro atravesó un muro por las bravas y se desplomó a los pies de Finn con un estruendo de mil demonios, rayando el asfalto con los cuernos y provocando una lluvia de chispas. Luego se incorporó y se plantó cuan largo era ante el chico. Éste empuñó el desecador, pero el minotauro alargó un brazo descomunal y se lo arrebató de las manos.
Acorralado contra el muro que tenía a su espalda, Finn percibía el aliento putrefacto y mortal del minotauro, la infinita negrura de su boca. Durante unos instantes, se quedó fascinado por el brillo del grueso diamante con forma de aro que colgaba de su nariz.
Intentó pensar en un modo de huir, alguna maniobra de combate que le hubiese enseñado su padre, un plan, una vía de escape, cualquier cosa antes que rendirse a la inevitable y creciente sensación de que estaba a punto de morir.
Mientras se disponía a atacar, el minotauro seguía teniendo un solo pensamiento, aunque éste había evolucionado y ahora incluía el uso repetido de la palabra «mutilar».
Si no hubiese sido tan testarudo, tal vez se hubiese dado cuenta de que la milésima de segundo que tardó en pasar a la acción era cuanto se necesitaba para que una sombra los sobrevolara, a él y al chico; para que esa sombra se hiciera más grande y oscura; para que se convirtiera en una presencia real mientras saltaba por encima de los fornidos hombros de la criatura y aterrizaba a su espalda.

El minotauro se dio la vuelta. La armadura de ese otro humano resplandecía tanto que costaba mirarla. Era como un espejismo que parecía estar y no estar al mismo tiempo. Quienquiera que fuese, empuñaba un arma similar a la del chico, pero más grande. El minotauro supo al instante a quién se enfrentaba.
No era un cazador de leyendas cualquiera, sino el cazador por excelencia.
El minotauro apenas se había movido para atacar cuando cayó bajo la red destellante del cazador de leyendas. Durante unos instantes, quedó paralizado por una luminiscente telaraña azul que lo envolvió por completo. Luego, con un silbido ahogado, la bestia implosionó. No quedó de ella más que una esfera maciza y peluda del tamaño de una pelota de tenis.

El cazador de leyendas permaneció inmóvil mientras una fina voluta de humo azul se elevaba desde el cañón de su arma.
—¡Esto es lo que se llama coger el toro por los cuernos! —bromeó subiéndose la visera, tras la que había un rostro tan impenetrable como el propio casco, aunque era evidente que estaba encantado con su propia ocurrencia.
Finn se levantó del suelo y lo fulminó con la mirada.
—¿Dónde demonios te habías metido, papá?
4
Como tantas otras aldeas malditas diseminadas por todo el planeta —que tenían nombres como Fin del Mundo, Puerta del Infierno, Roca Sangrienta, Villa Leviatán o La Degollina—, Bocanegra había visto nacer a varias generaciones de cazadores de leyendas, familias que juraban proteger a sus vecinos frente a los incesantes ataques de lo que denominaban el «lado infestado».
Pero el caso es que los ataques habían cesado.
En su mayor parte.
Cada año que pasaba eran menos los humanos secuestrados o asesinados por leyendas, así como las leyendas capturadas o exterminadas por cazadores.
En las aldeas malditas, una tras otra, los ataques habían ido disminuyendo poco a poco hasta desaparecer por completo. Por primera vez en miles de años, nuestro mundo parecía a salvo del reino de las leyendas. Tras muchas generaciones en guerra, los cazadores al fin podían tomarse un respiro.
Excepto una aldea y una familia.
—No has corrido ningún peligro —repuso el padre de Finn en tono despreocupado—. Te tenía cubierto todo el rato.
—Esa cosa ha estado a punto de matarme.
—Sabes que nunca dejaría que eso pasara.
—Pues lo parecía.
—Escucha, Finn, no seas tan duro contigo mismo. Lo has hecho bien. Se podrían mejorar algunas cosillas, pero también es verdad que no estabas persiguiendo a una gallina. Anímate. La mayoría de los chicos de doce años se morirían por poder andar por ahí persiguiendo leyendas.
—¿Que se «morirían», dices? —replicó el chico con retintín.
—Ya sabes a qué me refiero.
El padre de Finn le sostuvo la mirada unos segundos antes de darle un amistoso puñetazo en el brazo y recoger los restos desecados del minotauro.
Con gesto cansino, Finn desenganchó el recipiente que colgaba de su cinturón y marcó un código en el teclado numérico que tenía a un lado. La tapa se abrió con un silbido, liberando una nubecilla de gas azul y una leve ráfaga de algo que olía a zumo de naranja. Su padre metió la esfera en el recipiente y lo cerró.
—Aquí dentro estará a su «bola» —bromeó.
Finn meneó la cabeza con un gesto levemente desdeñoso.
—Mira que eres aguafiestas —dijo su padre mientras cogía el recipiente y se disponía a abandonar el callejón—. Quítate eso y te acercaré a la escuela.
—¿A la escuela? ¿Lo dices en serio? ¿Cómo voy a ir a clase después de esto? No pienso ir. Ni hablar.
Su padre no dio el brazo a torcer, así que, a regañadientes, Finn agarró el desecador y se dispuso a seguir sus pasos. Un destello entre los escombros llamó su atención; allí donde el minotauro había caído desecado, había un semicírculo de cristal. Parecía el diamante con forma de aro que la criatura llevaba en la nariz.
Era algo de lo más extraño.
Finn lo recogió y examinó su hermosa superficie irregular. Iba a llamar a su padre, pero se lo pensó mejor. Si después de todo lo que le había pasado tenía que ir a clase, al menos quería una recompensa.
Se metió el diamante en el bolsillo y echó a corretear con torpeza a causa de la armadura, tan ruidosa que parecía hecha de hojalata.
Padre e hijo cruzaron Bocanegra en el coche familiar, la negra mole metálica sobre ruedas cuyos asientos se habían arrancado para hacer sitio a un sinfín de armas y utensilios de las más variadas formas, medidas y filos.
Entonces ya había algunas personas en la calle, aunque en su mayoría llevaban la cabeza oculta bajo capuchas y el rostro inclinado hacia abajo para protegerse de la llovizna, como si el último lugar de la Tierra en el que querrían estar fuera precisamente el último lugar de la Tierra que las leyendas seguían invadiendo. El hecho de que siempre trajeran la lluvia consigo tampoco levantaba precisamente el ánimo de sus habitantes.
—Siempre que se abre un portal pasa lo mismo —comentó el padre de Finn—. Nos queda el consuelo de que uno pequeño no trae más que un ligero chubasco. Hubo un tiempo en que los portales desataban terribles tormentas. Las historias antiguas solían atribuirlas a los dioses, ¿te lo puedes creer?
Finn no contestó. Su padre chasqueó la lengua. El coche dobló a la derecha.
Antes de sentarse de un salto en el asiento del pasajero, Finn había tirado la armadura a la parte trasera del coche. En el regazo llevaba la mochila de la escuela y el desecador. Sujetó el recipiente frente a su rostro y lo sacudió un poco.
—Ese truco nunca deja de asombrarme —comentó su padre.
Finn sintió una pizca de simpatía por la criatura atrapada en el interior del bote. Desde fuera, la única señal de que la víctima de una red desecadora había sido un ser vivo era la materia que la había revestido y que ahora cubría la esfera, ya fuera pelo, escamas, piel o unos pantalones de cuero.
—¿No te parece un poco cruel hacerles esto, papá?
—A lo mejor te gustaría someter al próximo minotauro haciéndole cosquillas. O acariciándole el lomo y ofreciéndole una galleta. Venga ya, Finn.
El hombre miró a su hijo, que puso cara de pocos amigos.
—Vale, esta mañana las cosas no han salido del todo bien.
—Tampoco la última vez —repuso Finn con una mueca.
—Ya, pero...
—Ni la penúltima.
—Lo que quiero decir, Finn, es que estás aprendiendo —replicó su padre—. A mí me pasaba lo mismo cuando tenía tu edad. ¿Te he contado alguna vez lo que sucedió cuando...?
—Sí —lo interrumpió Finn con un suspiro.
—¿Y el día que...?
—Eso también. Te pasas la vida hablándome de las proezas que hiciste cuando tenías mi edad. Que si derrotaste a tal leyenda, que si inventaste tal arma. A no ser que recuerdes alguna anécdota en la que acabaras cayéndote por el váter o algo parecido, en este momento no conseguirás que me sienta mejor.
El coche se detuvo frente a la escuela. Finn se quedó inmóvil.
Su padre se removió un poco, y la armadura de su traje de combate chirrió al rozar el asiento.
—Tampoco te va tan mal —empezó.
—¿Cómo puedes decir eso? —replicó Finn, como si no diera crédito a sus oídos—. Sólo queda un año para la ceremonia de iniciación, papá.
—¿Cuándo cumpliste los doce?
—Hace dos semanas.
—Entonces, para ser precisos, faltan once meses y medio para la ceremonia. Tenemos tiempo de sobra.
—¿Y lo de esta mañana, qué? ¿Acaso no lo has visto? —dijo Finn, negando con la cabeza en un gesto de incredulidad.
—Finn, nuestra familia ha defendido Bocanegra desde hace cuarenta y dos generaciones.
—Yo no.
—Pero lo harás —afirmó su padre—. Y contigo serán cuarenta y tres generaciones.
—No estaré preparado.
—Bocanegra dependerá de ti.
—No puede ser —protestó Finn.
—Tiene que ser así. —Su padre hizo una pausa antes de proseguir—: He estado hablando con el Consejo de los Doce —dijo—. Hay buenas noticias.
—¿Tienen algo que ver conmigo? —preguntó Finn.
—No. Bueno, sí. En cierto sentido. —Y añadió, tras un silencio—: Los Doce me han ofrecido un puesto en el consejo. Cuarenta y dos generaciones, Finn, y ni uno solo de los miembros de nuestra familia había sido invitado a formar parte del órgano que gobierna los destinos de los cazadores de leyendas de todo el mundo. Es verdad que la mayoría de ellos no hacen más que permanecer sentaditos en sus casas acumulando kilos, pero aun así es algo muy importante para nosotros, un gran honor, y...
—Espera un momento —atajó Finn—. ¿Vas a formar parte del Consejo de los Doce?
—Sí, ¿a que es maravilloso?
—Pero ¿la sede no estaba en...?
—Liechtenstein. Un país pequeño rodeado de grandes montañas.
—¿Significa eso que te marcharás de Bocanegra? —preguntó Finn.
—Sí —contestó su padre—. A veces.
—¿Y yo?
—No.
—Ah, genial —dijo Finn, sintiendo que caía un gran peso sobre sus hombros—. Tú no estarás aquí, así que la responsabilidad de defender la aldea será...
—Tuya. Eso es. Genial, ¿no crees?
Finn se quedó mirándolo fijamente mientras su cerebro intentaba digerir la información.
—Esto no cambia nada, Finn —dijo su padre—. O no demasiado. Estás a punto de convertirte en el primer cazador de leyendas digno de ese nombre que alcanza el título desde hace años. Tarde o temprano, Bocanegra acabaría siendo tu responsabilidad, y tampoco voy a marcharme enseguida. Los Doce dicen que primero hay que realizar varios trámites, que deben hacer algunas comprobaciones.
—¿Qué clase de comprobaciones?
Su padre se encogió de hombros.
—No lo sé. Cosas relacionadas con mi pasado, sujetas al cumplimiento de la norma 31, cláusula 14, de lo que sea. Ya sabes, burocracia. A los Doce les encanta el papeleo. Pero eso es lo que va a pasar. —Carraspeó—. En cuanto te hayas convertido oficialmente en un cazador de leyendas.
—¿Y si resulta que no estoy preparado?
Su padre se volvió hacia él, haciendo chirriar el traje contra la tapicería del coche, y lo miró a los ojos.
—Finn, todos los cazadores de leyendas de esta familia obtuvieron el título a los trece años. Todos y cada uno de nosotros, desde tiempos inmemoriales. Podrían haber esperado hasta cumplir quince o diecisiete o incluso diecinueve años, como sucede en otras familias menos respetadas, pero no lo hicieron. Así que nuestra familia, la pasada, la presente y la futura, necesita que estés a la altura de las circunstancias. Yo necesito que estés a la altura de las circunstancias. Este pueblo necesita que estés a la altura de las circunstancias. Y lo estarás.
Finn abrió la portezuela del coche y se apeó.
—Me siento muchísimo mejor. Gracias, papá.
Al cerrar la puerta, Finn vio su reflejo en la ventanilla. Tenía el pelo empapado en sudor, el rostro sonrojado. Abrió la boca para volver a protestar por tener que ir a clase, pero su padre lo atajó:
—Ya hablaremos más tarde.
Finn se quedó plantado en la acera con la mochila al hombro mientras el coche se alejaba con un rugido sordo. La llovizna le cosquilleaba la frente.
Notó la vibración del móvil en el bolsillo: un mensaje de su madre.
RESPIRA HONDO. TE QUIERO
Finn respiró hondo una vez, y luego otra, reuniendo valor para su siguiente reto.
La escuela.
5
Finn llegaba tarde a clase. Y estaba seguro de que todo el mundo sabía por qué.
Mientras avanzaba a desgana por el pasillo, una creciente euforia se iba adueñando de todas las aulas por las que pasaba. Las clases se paralizaban para que profesores y alumnos pudieran salir a verlo.
—¿Era muy grande el de esta mañana? —preguntó alguien a su espalda.
—No te los habrás cargado a todos de una vez, ¿verdad, Finn? —preguntó otra persona.
El chico hizo caso omiso de todos los comentarios hasta que llegó a su aula, donde fue recibido con cierto revuelo. Farfulló una excusa a la señora McDaid por llegar tarde y fue a sentarse en el único asiento libre. Por desgracia, quedaba entre Conn y Manus Savage, gemelos idénticos a no ser por la oreja mordisqueada de Conn. Se lo había hecho un dóberman, o eso decía. También aseguraba que el perro había salido peor parado que él.
Finn se escurrió entre las mesas para sentarse entre ambos, y las patas metálicas de la silla chirriaron al deslizarse por el suelo.
Los gemelos parecían un poco desconcertados al principio, hasta que comprendieron de dónde provenía aquel olor a sudor rancio.
—Oye, cazafantasmas —susurró Conn por la comisura de la boca—, esta mañana se te ha olvidado cambiarte el pañal.
—Señorita —dijo Manus—, ¿podemos abrir una ventana?
—Que sean dos —sugirió su hermano.
Por lo general, Finn no les habría hecho mucho caso. Sabía muy bien cuál era su lugar. Como cazador de leyendas en prácticas, no podía permitirse el lujo de tener amigos. Entrenaba con su padre. Estudiaba. Comía. Dormía. No celebraba fiestas de cumpleaños ni se quedaba a pasar la noche en casa de nadie. Los demás chicos no se presentaban en su puerta para invitarlo a salir a jugar. No tenía ocasión de contestar a sus preguntas inoportunas sobre, pongamos por caso, el perro de tres cabezas que su padre acababa de traer a casa. Nunca podría decirles, como restándole importancia: «Bah, no le hagáis caso a Cerbero; perro ladrador, poco mordedor.» Como es lógico, a los padres de Bocanegra no les hacía demasiada ilusión que sus queridos hijos corretearan por una casa como la de Finn.
Su familia residía en el pueblo desde hacía cuarenta y dos generaciones, pero él siempre se había sentido como un intruso. Vivía rodeado de chismes. Preguntas con un poso de resentimiento. Rumores. Los habitantes de Bocanegra se preguntaban por qué la suya era la única aldea maldita que las leyendas seguían atacando. Por qué no se hacía algo más para detenerlas.
Finn procuraba hacer oídos sordos a estas habladurías, pero era difícil conseguirlo cuando le llegaban en estéreo.
—¿Qué has hecho para espantar al monstruo de esta mañana? —le preguntó Conn por lo bajo—. ¿Echarle el aliento?
—Yo creo que si les acercaras tus calcetines, te los cargarías a todos de un plumazo —añadió Manus.
Finn empezaba a mosquearse. Una cosa era sentirse distinto por ser quien era —no había vuelta de hoja, era algo con lo que había aprendido a convivir— y otra muy distinta que se metieran con él cuando había intentado impedir que una criatura mitológica los atacara.
Pero no dijo nada. Los gemelos Savage intimidaban más que algunas leyendas. Eso sí, decidió que en adelante llevaría en la mochila desodorante y jabón.
La señora McDaid había reanudado la lección y la mayor parte de la clase atendía de nuevo a sus explicaciones. Finn se dio cuenta de que había una chica nueva sentada en un rincón de la última fila, mirándolo a través de una cortina de pelo cobrizo.
¿Una chica nueva? Pero si nunca había nadie nuevo... O habías nacido en el pueblo o habías ido a parar allí por error y no tardabas en marcharte para siempre. Nadie se mudaba a Bocanegra. Jamás.
Y, sin embargo, allí estaba.
A través del flequillo, la chica nueva miró a Finn con un amago de sonrisa. Éste apartó la mirada. Cuando volvió a echarle un vistazo, la pelirroja tenía los ojos puestos en la profesora.
Conn se inclinó hacia él.
—¿Ya te has encaprichado de la nueva? —susurró.
—Nunca se sabe —añadió Manus por el otro oído—. Puede que le guste la Eau de Sobaquine.
Finn imaginó a los gemelos corriendo delante del minotauro, las muecas de horror congeladas en sus caras cuando éste les rebanara el cuello con sus zarpas. Esa imagen le levantó el ánimo durante casi medio segundo, hasta que, con un suspiro de resignación, comprendió que lo esperaba un día muy largo. Y vaya si lo fue. Larguísimo.
6
Finn volvió caminando a casa con la capucha de la chaqueta echada sobre la cabeza para que no se le viera la cara. La llovizna había cesado y el pueblo retomaba la normalidad, o lo que podría considerarse su peculiar normalidad. Por enésima vez, Finn sintió el peso de saber que algún día la seguridad de Bocanegra dependería de él.
Y sabía, además, que faltaba menos de un año para que eso ocurriera, cuando su padre se marchase para unirse al consejo. Esa revelación hacía que le costara incluso respirar.
Se había criado escuchando las hazañas de los cazadores de leyendas de todo el mundo, los defensores de cada aldea maldita, familias en las que se había transmitido de generación en generación un montón de conocimientos, técnicas y armas, y que habían jurado proteger a sus convecinos.
Pero ya nadie necesitaba a los cazadores de leyendas del resto del mundo. Sus aldeas se habían vuelto lugares apacibles. Los cazadores permanecían en ellas como medida de precaución —algunos incluso seguían entrenándose y enseñando a sus hijos, por si acaso—, pero la mayoría había empezado a ejercer otros oficios. Ese hombre que pica los billetes en la estación del tren bien podría ser el descendiente de un largo linaje de cazadores de leyendas. Y lo mismo podría decirse de ese profesor de baile, de ese meteorólogo de las noticias, de ese tipo que se encarga de arreglarte la tele.
Excepto en Bocanegra. La familia de Finn había sido cazadora de leyendas desde la noche de los tiempos, y mientras las leyendas siguieran invadiendo la Tierra, mientras siguieran atacando Bocanegra, su familia sería necesaria. Mientras él fuera el único hijo del único cazador de leyendas de la localidad, Finn sería necesario. Y ahora que su padre iba a partir para unirse al Consejo de los Doce, tendría que encargarse de proteger el pueblo sin la ayuda de nadie.
Esa enorme responsabilidad le pesaba como una losa mientras se dirigía a casa con aire enfurruñado.
Lo peor de todo era que no estaba preparado. Había necesitado que su padre acudiera en su auxilio. De nuevo. Era la tercera vez que salía a cazar leyendas con él. Y su tercer fracaso.
La primera vez, pocas semanas atrás, había sido de lo más humillante. La leyenda en cuestión era un basilisco, un reptil rechoncho y particularmente estúpido con pico de pájaro. A los basiliscos les han hecho creer que les basta con mirar a un ser humano a los ojos para matarlo. Cuando se ven acorralados se detienen, abren mucho los ojos y mir
