Prólogo
Lion O’Brien era un terrateniente del norte de Irlanda, avaricioso, huraño y arisco. Tenía un hijo de treinta años, Patrick, de su primera esposa, la que murió debido a unas fiebres al poco de nacer el niño.
El laird pasó unos años furioso con el mundo entero, solo se salvaban de su ira unos pocos clanes de todo el país. Se pasaba semanas alejado del castillo Antrim, guerreando de norte a sur. Haciendo incursiones y robando ovejas. Al fin logró ser temido y rico, sacando unos gratos beneficios con la lana y los quesos.
El único problema que tenía era que sus tierras estaban en el interior, ansiaba una salida al mar para exportar los productos, y lo iba a conseguir fuese como fuese, como que se llamaba Lion O’Brien.
Fingía ser amigo de Duncan O’Connor, el vecino del este, al que envidiaba. Este tenía una esposa que le calentaba la cama, un castillo en lo alto de un acantilado mucho más grande que el suyo, con un puerto, y una hija que era un encanto. Los aldeanos de O’Connor eran pescadores y trabajaban las tierras, con lo que la propiedad era muy prospera. Sabía que él nunca tendría el respeto de sus gentes como Duncan y eso lo ponía frenético.
A menudo había sacado a colación en las visitas a Dunshive, el castillo de los O’Connor, de casar a sus hijos, así serían una fuerza temible por todo el país. Sin embargo, Duncan se lo tomaba a broma. Su hija Ciara era una jovencita muy voluntariosa, había aprendido todo de su madre y la ayudaba, igual que lo hacía con sus gentes.
Cuando la desgracia cayó sobre Dunshive, llevándose a Moira, la madre de Ciara, de una afección pulmonar, O’Brien estuvo al lado de Duncan y lo animó a alejarse del castillo, donde tenía tantos recuerdos de su adorada esposa fallecida. Mientras fingía darle apoyó, hacía planes para apoderarse de las tierras de su vecino.
En una de las incursiones a las tierras McCarthy, Lion estaba luchando con su claymore con el jefe del clan, mientras sus hombres lo hacían con la soldadesca. De repente estaba a punto de darle un mandoble a su oponente cuando el filo de otra espada le rasgó su vestimenta y le abrió un tajo en la piel del costado. Se giró para devolver el golpe y se encontró con una mujer que lo miraba respirando entrecortadamente con el arma en alto, apuntando a su pecho.
—¿Quién demonios eres tú? ¿Es que en estas tierras no hay hombres?
—Desde luego que los hay, pero las mujeres también sabemos defendernos.
Se trataba de la hija del laird, que había acudido a ayudar a su padre.
Ennis McCarthy se levantó con el ceño fruncido, mirando a su hija como si quisiera matarla.
—¿Cuántas veces te he dicho que no te pongas en medio de una escaramuza? —bramó.
—Muchas, padre, pero por si no te has dado cuenta iba a matarte.
McCarthy se arrepentía de haber enseñado a luchar a su hija, esta debería estar dentro del castillo con las mujeres, preparando vendas y curando a los heridos.
—Sé defenderme, y tú te irás ahora mismo a tu recámara. Ya estoy harto de que te comportes como un muchacho —rugió, mirando a su hija con rayos en los ojos.
—No lo haré mientras pueda ser de ayuda aquí fuera —vociferó ella.
O’Brien y los que oyeron la voz de aquella mujer dejaron de luchar y se giraron a ver qué ocurría.
—Cualquier día de estos te voy a matar de una paliza —gritó el padre.
Unas carcajadas que soltó O’Brien se contagiaron a todos los que minutos antes estaban luchando.
Darina, al ver que era el centro de atención, que se burlaban de ella, enrojeció y corrió hacia el interior del castillo. A sus espaldas las risas la perseguían.
—No sé qué voy a hacer con ella —murmuró Ennis McCarthy.
Lion pensaba que le encantaría domar a esa mujer. Había mostrado más valentía que algunos hombres. Y eso lo admiraba. Además, no le faltaba belleza, quizá tuviera la lengua demasiado larga, tendría que aprender a mordérsela si no quería terminar con el trasero en llamas. Al imaginarlo, su virilidad despertó y se encontró deseando a esa mujer. En unos segundos se dio cuenta de las ventajas de un enlace con McCarthy; si unían sus ejércitos serían una fuerza que nadie podría pasar por alto.
—A mí me encantaría amansar a esta fiera. —Sus ojos negros se clavaron en el que hasta el momento era su enemigo.
Ennis abrió la boca, pero no salió sonido alguno de ella. Darina era su hija mayor; Elba, la pequeña, era muy distinta a su hermana, era dulce y femenina, nunca se le ocurriría discutir con su padre ante su gente.
—McCarthy, piensa que si unimos nuestros ejércitos seremos una fuerza a tener en cuenta. Nadie va a molestarte por temor a las represalias.
El hombre se sentía viejo para seguir luchando por sus tierras, no había tenido hijos varones que se hicieran cargo de la labor y se le estaba presentando una oportunidad que no podía dejar escapar.
—Eso lo podemos hablar ante una jarra de sidra.
O’Brien sonrió ladino; que McCarthy no se negara de entrada quería decir que estaba dispuesto al trato.
Los soldados, al ver a sus jefes dirigirse al castillo, se dispusieron a abrir unos barriles de cerveza con la convicción de que llegarían a un acuerdo.
***
Darina fue obligada a casarse dos días más tarde para que la paz volviera al clan de su padre. Durante el festejo se mostró furiosa porque su gente estaba feliz. ¿Es que no se daban cuenta de que era como si la hubiesen vendido? ¿Es que no veían que su esposo se acercaba más a la edad de su padre que a la suya? Su madre, mientras la había ayudado a ponerse sus mejores galas, le dijo que eso tenía sus ventajas, pues no la molestaría demasiado; no la entendió, pero a nadie parecía importarle.
En el salón donde se habían montado mesas con caballetes para que todo el mundo pudiera celebrar su dicha, reinaba la euforia. Todos estaban felices menos la novia.
Lion trató de compartir los más exquisitos bocados de un venado que habían matado para la ocasión. Darina mantuvo la boca cerrada, no le importaba mostrar a todo el mundo que estaba obligada en la tarima. Él, al verse rechazado, bajó la mano hasta el muslo de la muchacha y se lo apretó sin compasión.
—Compórtate si no quieres que el día de tu boda haya un baño de sangre en el salón de tu madre —susurró Lion solo para que ella lo oyera.
Los ojos de Darina se abrieron asustados al ver hasta qué punto era capaz de llegar ese hombre, y supo que la habían arrojado al infierno.
Capítulo 1
Allí de pie, en lo alto de aquel acantilado, Ciara O’Connor observaba las olas que se estrellaban contra las rocas muchos metros por debajo de sus pies descalzos. En su cabeza resonaba la discusión que la noche anterior había mantenido con su padre. No podía creer que su progenitor le hiciera aquello, se sentía como si la vendiera para afianzar una alianza con el clan O’Brien. Lo irónico de la situación era que ella y Patrick siempre habían sido amigos, la unión de ambos clanes se remontaba a muchos años, mucho antes de que ellos nacieran. Se habían visto muy a menudo, desde niños habían jugado juntos; y al crecer su amistad perduró, de manera que cuando se encontraban eran inseparables y se contaban sus secretos.
Las tierras de los dos clanes colindaban, y cuando sus padres se enzarzaban en alguna escaramuza con algún otro, no era inusual que dejaran al pequeño Patrick al cuidado de Moira, la madre de Ciara, ya que la del muchacho había muerto poco después de dar a luz debido a unas fiebres.
La amistad entre los jóvenes había crecido a través de los años, y aquello llevó a los padres a bromear sobre una posible boda de sus vástagos. Moira sabía que los chicos eran como hermanos, se comportaban igual que ella lo había hecho con los suyos; y cuando su marido le hablaba de la unión, ella se negaba en redondo a casar a su adorada Ciara con el muchacho, al que quería como si fuera su hijo, y sabía de los sentimientos fraternales que los unían.
Dos años atrás, Moira murió por una afección pulmonar, fue algo inesperado, terrible y devastador para su hija Ciara, que se hundió en una profunda melancolía. Su esposo Duncan, al contrario, después de un corto periodo de luto, se dedicó a seguir con sus incursiones con más ahínco. Su hija estaba convencida de que lo hacía para superar la muerte de su querida esposa. Comprendía muy bien que su padre deseara estar en cualquier parte antes que en su propia casa, el lugar estaba lleno de recuerdos de la difunta.
Fue entonces cuando ella se había refugiado en las personas que vivían a su alrededor, los sirvientes se habían convertido en su familia. Todos la trataban con respeto, siempre podía contar con ellos para cualquier cosa, igual que ellos con ella. Los lazos que los habían unido ante aquella pena tan grande por la pérdida sufrida eran palpables. La señora del castillo siempre había sido muy atenta con todos los que trabajaban en su casa, no menospreciaba a nadie por su baja cuna; tenía la firme creencia de que las personas se hacían a sí mismas, sin importar la fortuna de sus ancestros. No juzgaba a nadie, y como compensación había recibido el respeto, el amor y el cariño de todos los que vivían a su alrededor.
Ciara había aprendido todo lo que sabía de su madre, y al recuperarse de la terrible perdida, siguió todas sus enseñanzas. Era muy consciente de que no se la consideraba una mujer corriente, no le importaban los convencionalismos, trataba a todo el mundo con el mismo respeto, desde el más humilde de los sirvientes a los más respetados jefes de los clanes que visitaban a su padre. Era una mujer admirada por su buen hacer y sus modales impecables. Igual actuaba de anfitriona de algún festejo, que ayudaba a la curandera con algún enfermo de la aldea. No era nada inusual verla jugando con los niños, a quienes les llevaba dulces, consciente de que sus madres se pasaban el día trabajando la tierra, mientras sus padres salían a pescar o componían la soldadesca de su progenitor.
***
Las lágrimas corrían por las mejillas de Ciara al pensar que si su madre estuviera con vida no habría permitido aquel despropósito. ¡Cómo la echaba de menos! Ella siempre lograba que su padre recapacitara antes de tomar alguna decisión importante, no le permitía tomar el camino fácil.
Duncan O’Connor había comprometido a su única hija en matrimonio con el hijo de Lion O’Brien. Ciara reconocía que había actuado creyendo que ella estaría encantada. Se conocían con Patrick desde la infancia, y a consecuencia de ello, le tenía estima, pero no para casarse con él, era el hermano que nunca tuvo.
No entendió cómo su padre le había hecho aquello; y cuando se retiró a su cámara fue para esperarlo y preguntarle los motivos por los que se tendría que casar con Patrick. Él había estado celebrándolo con el novio y subía la escalera con dificultad debido al exceso de whisky.
Ciara escuchó los ruidos en el corredor y salió para pedirle explicaciones a su padre. Él no entendía lo que su hija le preguntaba, la neblina de alcohol le embotaba el cerebro.
—¿Qué dices? Deberías estar agradecida, Patrick es un hombre muy apuesto. —Su voz gangosa le decía sería inútil razonar con él.
—¿No pensaste en preguntarme primero?
—¿El qué... debía preguntarte? —Duncan bizqueaba como si no pudiera enfocar bien a Ciara.
—Estás borracho —exclamó furiosa—. No me casaré con él.
Aquella afirmación, junto con el movimiento de la muchacha, hizo que Duncan soltara un exabrupto.
—Le di mi palabra y tú la respetaras o sufrirás las consecuencias.
—No me casaré, y si tú no eres capaz de deshacer el entuerto lo haré yo. —Ciara iba a pasar por su lado para enfrentarse al que hasta el momento había sido su amigo. Sin embargo, su padre la cogió por un brazo dolorosamente y la retuvo.
El ímpetu con el que Ciara caminaba hizo que Duncan volteara hacia ella, las paredes parecieron ondularse al mismo tiempo debido a la bebida, y la furia del padre estalló en una bofetada que mandó a la muchacha al suelo.
—Tú te casarás con Patrick, aunque tenga que llevarte al altar por los pelos y amordazada, sabes muy bien que no tengo que pedirte permiso para nada, aquí quien manda soy yo.
En situaciones normales, Duncan nunca le habría dicho algo semejante a su adorada hija, pero el whisky que corría por sus venas dominaba su temperamento.
A Ciara jamás la habían golpeado con semejante brutalidad; se quedó en el suelo, aturdida, sin poder creer lo que acababa de suceder. Tardó unos momentos en recuperarse del ataque, entonces se levantó y pasó al lado de su padre, mirándolo con un profundo odio; se encerró en su habitación y se tiró sobre la cama, deshaciéndose en lágrimas.
***
Shonn estaba de un humor de mil demonios, la noche anterior se le había helado la sangre en las venas cuando había oído cómo su jefe anunciaba el próximo enlace de su hija. Su mirada se había cruzado con la de ella, la vio pálida y creyó que iba a desmayarse. El anuncio la había trastornado tanto como a él. Por diferentes razones, desde luego. A Ciara, porque quería a Patrick como era: un sinvergüenza que le contaba historias para escandalizarla, y con el cual se reía mucho. Pero sabía que sería un pésimo marido, él mismo le había confesado que no pensaba casarse jamás, y ella no sentía por él nada que no fuera una gran amistad.
En cambio, Shonn sentía por Ciara algo que no debía, lo sabía, pero no podía evitar la devoción que ella se había ganado a pulso; cuando su padre se cayó de la mula, la curandera del lugar le dijo que nunca volvería a andar, aquello fue un gran golpe para el hombre, no quería seguir viviendo, viendo como su esposa tenía que cuidar de él y, además, trabajar la tierra para tener algo que llevarse a la boca. El mismo Shonn le garantizó que no les faltaría nada, siendo él el comandante de los soldados del clan. Pero su padre era demasiado orgulloso, veía aquello como si aceptara caridad de su propio hijo. Ciara, al enterarse del problema, fue a verlo; y después de llegar a un trato con Gaelan, el padre de Shonn, para que consintiera en que su esposa trabajara en las cocinas del castillo y así tener la comida necesaria, le propuso que le permitiera ayudarlo a ejercitar sus piernas. El hombre lo veía como una pérdida de tiempo, pues creía en lo que la curandera le había dicho; sin embargo, Ciara no se rindió, le rogó que la dejara ayudarlo y si en unas semanas no notaban mejoría lo dejaría en paz. A regañadientes, ella logró que aceptara.
—Muy pronto estarás recuperado para perseguirme y mandarme al castillo.
—Sabes que eso no va a ocurrir —protestaba el hombre.
—¿El qué, que me persigas o que me mandes al castillo?
—Ni una cosa ni la otra —decía Gaelan malhumorado.
—Hombre de poca fe. Si pones un poco de tu parte, lo vamos a lograr. —Ella no pensaba rendirse.
Shonn la veía masajear las piernas de su padre pacientemente con ungüentos que ella misma preparaba, a pesar de las continuas quejas de que no le serviría de nada; al cabo de una semana ella llegó portando unos palos robustos con una especie de almohadilla en un extremo. Gaelan la miró frunciendo el ceño y le preguntó qué se proponía; cuando ella le dijo que ese día saldrían a la puerta de su cabaña a tomar el sol, él se puso a reír pensando que le estaba tomando el pelo, se había acostumbrado al humor de la muchacha. Ese día Ciara no logró que el hombre se pusiera en pie, pero al menos lo había intentado, ya era un progreso. Cuando Shonn y su madre llegaron a la cabaña, la vieron masajeando la espalda y los brazos del padre; ella los saludó y les anunció que muy pronto lo encontrarían en la puerta esperándolos. Gaelan gruñó, y los otros tres rieron ante su expresión.
Una semana más tarde, Gaelan logro ponerse en pie y dar un par de pasos con los garrotes que ella le había llevado. Al ver el cansancio después del esfuerzo realizado, Ciara le acercó una silla para que reposara, y reparó en la humedad en los ojos del hombre al creer al fin que se estaba recuperando. Ella tuvo la delicadeza de fingir que no se daba cuenta, no quería que se sintiera incómodo. A partir de ese día, la mejoría fue mucho más rápida, pues Gaelan ponía todo de su parte para acelerar el proceso.
—Ya casi estás recuperado para sacarme de tu cabaña a empujones.
—Sabes que nunca haré eso, eres mi ángel. Si no fuera por ti no lo hubiese conseguido.
Shonn vivió en carne propia la paciencia que Ciara había mostrado con el mal humor de su padre, las horas que había pasado con él, animándolo a esforzarse un poco más; retándolo a que si quería que ella se fuera, que la sacara de la cabaña él mismo.
Aquel episodio hizo que Shonn viera el gran corazón de la joven, y no pudo evitar quedar cautivado. Sin embargo, era un hombre con los pies bien plantados en la tierra y sabía que ella debía casarse con alguien de su nivel, así que se nombró a sí mismo protector de aquella encantadora criatura.
***
La figura estática que coronaba el alto acantilado llamó la atención de Shonn. La reconoció al instante, su pelo rojizo se agitaba en torno a su cara por la brisa marina, y el camisón se le pegaba a todas sus voluptuosas curvas.
Ciara era ajena a todo, no había dormido en toda la noche, preguntándose los motivos que podía tener Patrick para querer casarse con ella. Se había levantado y, de camino a la cocina para tomarse un vaso de leche caliente, había oído un comentario que la había dejado paralizada al pie de la escale
