Un marido bueno, un buen marido

Alexander McCall Smith

Fragmento

4Cap1

Capítulo
1
Una persona muy grosera

Resulta útil, o así opina mucha gente, que la esposa se despierte antes que el marido. Mma Ramotswe siempre se levantaba de la cama una hora antes que el señor J.L.B. Matekoni, una buena medida a adoptar por parte de la esposa, pues eso le da tiempo a realizar algunas de las tareas del día. Pero también es conveniente para aquellas mujeres cuyos esposos suelen mostrarse irritables de buena mañana, y está demostrado que hay muchos hombres así (demasiados, en realidad). Si la esposa del hombre irritable se levanta primero, el marido podrá dar rienda suelta a su mal humor él solito. Y no es que el señor J.L.B. Matekoni fuera de ésos, ni mucho menos; era un hombre afable y de muy buen talante y casi nunca alzaba la voz, sólo cuando tenía que vérselas con los incorregibles aprendices del taller Speedy Motors en Tlokweng Road. Por muy sosegado que uno pudiera ser, cualquiera habría tenido ganas de gritarles a aquel par de jovenzuelos irresponsables. Prueba de ello era Mma Makutsi, que no se privaba de arremeter contra los aprendices por cualquier tontería, incluso si uno de ellos le preguntaba simplemente la hora.

—No tiene por qué chillarme de esa manera —se quejó un día Charlie, el mayor de los dos—. Sólo le preguntaba qué hora era. Nada más. Y usted va y grita «¡Son las cuatro!», como si yo fuera sordo.

Mma Makutsi era dura de pelar:

—Porque te veo venir. Cuando preguntas la hora es que ya te has hartado de trabajar. Quieres que diga que son las cinco, ¿no es cierto? Así lo dejarías todo y saldrías corriendo a ver a alguna chica, ¿eh? No pongas cara de ofendido. Conozco tus andanzas.

Mma Ramotswe pensó en ello mientras se levantaba de la cama y se desperezaba a placer. Al mirar atrás, vio la forma inmóvil de su marido bajo las mantas; tenía la cabeza medio tapada por la almohada, que era como le gustaba dormir, se diría que para aislarse del mundo y de sus ruidos. Mma Ramotswe sonrió. El señor J.L.B. Matekoni era propenso a hablar en sueños, no con frases enteras (como aquella prima de ella, recordó ahora) sino con palabras y expresiones extrañas, pequeñas pistas de lo que estaba soñando en cada momento. Justo después de despertarse y mientras permanecía tumbada viendo cómo se hacía de día tras las cortinas, él había mencionado algo sobre tambores de freno. Vaya, pensó Mma Ramotswe, sueños de mecánico donde salen frenos, embragues y bujías. Por regla general, una esposa confiaba en que su marido soñaría con ella, pero no era así. Los hombres, al parecer, soñaban con coches.

Mma Ramotswe tiritó. Algunos creían que en Botsuana siempre hacía calor, pero eso era porque nunca habían pasado un invierno aquí; eran meses en que el sol parecía estar ocupado en otra parte y sólo lucía débilmente en esta parte de África. Se acercaba ya el final del invierno y había indicios de que volvía el calor, pero las mañanas y las noches todavía eran muy frías a veces, como ocurría hoy. Grandes nubes invisibles de aire frío venían del sudeste, de los lejanos montes Drakensberg y del océano más al sur; era un aire que parecía deleitarse en barrer los grandes espacios abiertos de Botsuana, aire frío bajo un sol alto.

Ya en la cocina, con una manta arrollada a su cintura, Mma Ramotswe puso Radio Botsuana justo cuando sonaban los primeros compases del himno nacional y la grabación de cencerros con que la emisora comenzaba el día. Esto era una constante en su vida, algo que recordaba de la niñez, escuchar la radio desde su estera de dormir mientras la mujer que cuidaba de ella encendía el fuego y preparaba el desayuno para Precious y su padre, Obed Ramotswe. Guardaba con mucho cariño ese recuerdo de infancia, pues era la imagen que tenía de Mochudi tal como estaba entonces, la vista de la escuela en lo alto de la colina; los senderos que recorrían caprichosamente la sabana y cuyo destino sólo conocían los pequeños animales que los transitaban. Eran cosas que jamás se le iban a olvidar, pensaba ella, que siempre estarían allí por más bullicio y animación que pudiera haber en Gaborone. Era el alma de su país; en alguna parte de aquella región de tierra rojiza, de acacias verdes y de cencerros, estaba el alma de Botsuana.

Puso agua a hervir sobre un fogón y miró por la ventana. A mediados del invierno, a las siete apenas si era de día; ahora, en las postrimerías de la estación, aunque todavía quedaban mañanas gélidas como la de hoy, la claridad era mayor. El cielo se había iluminado por el este y los primeros rayos del sol empezaban a tocar las copas de los árboles del jardín. Un pequeño pájaro sol —Mma Ramotswe estaba convencida de que era el mismo de siempre— se lanzó desde una rama del mopipi que había junto a la cancela y se posó en el tallo de un áloe ya florido. Una lagartija, anquilosada por el frío, trepaba con esfuerzo por una piedra en busca del calor que le diera energías para comenzar la jornada. «Igual que nosotros», pensó.

Cuando el agua rompió a hervir, Mma Ramotswe se preparó una tetera de rooibos y salió al jardín tazón en mano. Aspiró el aire frío y, al expulsarlo, su aliento flotó brevemente en el aire formando una nubecilla blanca que desapareció en seguida. El aire olía ligeramente a humo de leña, alguien estaría encendiendo la lumbre, tal vez el viejo vigilante de las oficinas gubernamentales cercanas. El hombre tenía un brasero, rescoldos y poco más, pero lo suficiente para calentarse las manos por la noche. Mma Ramotswe hablaba a veces con él cuando pasaba por delante de su casa al terminar su ronda. Sabía que el vigilante vivía en una casucha de Old Naledi, y se lo imaginaba durmiendo durante el día bajo una recalentada techumbre de chapa. Con el trabajo de vigilante se ganaba muy poco, de modo que ella le daba a veces un billete de veinte pulas para ayudarle. Pero, en cualquier caso, era un empleo y el hombre tenía donde echarse a dormir, lo cual ya era más de lo que algunas personas podían decir.

Rodeó la casa para ir a echar un vistazo al parterre donde el señor J.L.B. Matekoni plantaría sus judías dentro de unos meses. Le había visto trabajar en el huerto los últimos días, formando caballones allí donde pensaba plantar y construyendo un armazón de varas y cordel para que treparan los tallos de las judías. Ahora estaba todo seco, pese a los dos o tres inesperados chubascos invernales que habían hecho posarse el polvo, pero todo sería muy diferente si las lluvias eran buenas. Solamente en ese caso.

Tomó un sorbo de té y fue hacia la parte posterior de la casa. No había nada que ver allí, sólo un par de barriles vacíos que el señor J.L.B. Matekoni había traído del taller para algún propósito que ella desconocía aún. El mecánico tenía propensión a acumular cosas, y Mma Ramotswe sólo iba a tolerar aquellos barriles unas pocas semanas, luego se encargaría de que desaparecieran de allí. El señor Nthata, que así se llamaba el vigilante, era útil para esas cosas; siempre estaba dispuesto a llevarse los trastos que el señor J.L.B. Matekoni dejaba esparcidos por el patio; el señor J.L.B. Matekoni se olvidaba pronto de estas cosas y casi nunca se daba cuenta de que habían desaparecido.

Lo mismo ocurría con sus pantalones. Mma Ramotswe solía estar al tanto de los pantalones caqui que su marido se ponía debajo del mono de trabajo, y al final, cuando las perneras ya estaban muy gastadas en su parte inferior, los retiraba discretamente de la lavadora automática tras un último lavado y se los daba a una mujer de la catedral anglicana, que les buscaba un nuevo dueño. Muchas veces, el señor J.L.B. Matekoni no se daba ni cuenta de que estaba poniéndose un pantalón nuevo, sobre todo si Mma Ramotswe lo distraía con algún chisme o alguna noticia mientras él se estaba vistiendo. Ella juzgaba necesario hacerlo así, pues el señor J.L.B. Matekoni siempre se oponía a deshacerse de sus pantalones viejos, a los que, como tantos hombres, les tenía mucho apego. Si los dejaran a su aire, pensaba Mma Ramotswe, los hombres irían vestidos con andrajos. Su propio padre se había negado a separarse de su sombrero, incluso cuando, de tan viejo como estaba, la copa y el ala apenas si formaban una misma pieza. Mma Ramotswe recordaba morirse de ganas de cambiárselo por uno de los elegantes sombreros que había visto en Mochudi, en el Pequeño Bazar El Comerciante Justo, pero se había dado cuenta de que su padre jamás iba a renunciar al viejo, que era para él como un talismán, un tótem. Y el fiel sombrero había sido enterrado con su dueño, dentro del féretro de madera basta en el que había vuelto al seno de aquella tierra que tanto amó y de la que siempre había estado tan orgulloso. De eso hacía ya tiempo, y aquí estaba ella ahora, casada y propietaria de un negocio, una mujer independiente y con cierto renombre dentro de la comunidad, en la parte de atrás de su casa con un tazón que ya se había quedado sin té y un día de responsabilidades por delante.

Entró. A los dos niños adoptados, Puso y Motholeli, no se les pegaban las sábanas y se levantaban sin que Mma Ramotswe hubiera de insistir. Motholeli estaba ya en la cocina, sentada a la mesa en su silla de ruedas frente a su desayuno, que era una gruesa rebanada de pan con mermelada. De fondo se oyó el portazo de Puso al cerrar el cuarto de baño.

—No sabe cerrar puertas sin hacer ruido —dijo Motholeli, tapándose los oídos.

—Es un chico —dijo Mma Ramotswe—, y los chicos se comportan así.

—Pues me alegro de no ser chico —dijo Motholeli.

Mma Ramotswe sonrió.

—Los hombres y los chicos piensan que a nosotras nos gustaría ser como ellos. Me parece que no se dan cuenta de lo contentas que estamos de ser mujeres.

—¿Le gustaría ser otra persona, Mma? —preguntó Motholeli después de pensar un poco—. ¿Hay alguien en especial que le gustaría ser?

Mma Ramotswe reflexionó. Era el tipo de pregunta que siempre le costaba bastante responder, del mismo modo que le resultaba imposible contestar en qué epoca le habría gustado vivir de no haber vivido en el presente. Esa pregunta era especialmente desconcertante. Algunos respondían que les habría gustado vivir antes de la época colonial, antes de que llegaran los europeos y se repartieran África; ésa, decían, habría sido una buena época; África administraba sus propios asuntos, sin humillaciones. Y sí, era cierto que Europa había devorado a África (sin que nadie la hubiera invitado al banquete), pero antes de eso no todo había sido tan bonito. ¿Y si te hubiera tocado vivir cerca de los zulúes, militaristas feroces? ¿Y si eras el débil en casa del fuerte? Los batswana siempre habían sido un pueblo pacífico, pero no se podía decir lo mismo de todo el mundo. ¿Y qué decir de medicinas y hospitales? ¿Querrías vivir en una época en que un simple rasguño podía infectarse y acabar con tu vida? ¿O cuando todavía no había anestesia dental? Mma Ramotswe pensaba que no, y, sin embargo, el ritmo de vida era en aquel entonces infinitamente más humano y la gente se apañaba con mucho menos. Quizá habría estado bien vivir cuando no tenías que preocuparte por el dinero porque no existía tal cosa; o cuando no tenías que estar pendiente de llegar puntual porque se desconocían los relojes. Sí, desde luego, había mucho que decir a favor de un tiempo en que sólo te preocupabas por el ganado y por la cosecha.

Y en cuanto a la pregunta de quién le gustaría ser, probablemente no había respuesta. ¿Su ayudante, Mma Makutsi? ¿Cómo sería convertirse en una mujer de Bobonong, llevar unas grandes gafas redondas, tener un título de la Escuela de Secretariado Botsuana (con un noventa y siete por ciento de nota final) y ser ayudante de detective? ¿Cambiaría Mma Ramotswe sus cuarenta y pocos por los treinta y pocos de Mma Makutsi? ¿Cambiaría su matrimonio con el señor J.L.B. Matekoni por el compromiso de Mma Makutsi con Phuti Radiphuti, propietario de la tienda de muebles Double Comfort... y de un buen rebaño de vacunos? No, ella pensaba que no. Por muy buen partido que pudiera ser Phuti Radiphuti, nunca lo sería tanto como el señor J.L.B. Matekoni; y aun cuando estuviera muy bien tener poco más de treinta años, haber sobrepasado la cuarentena tenía sus compensaciones. Como por ejemplo... Vaya, ¿y cuáles eran, si podía saberse?

Motholeli, que había provocado toda esta reflexión con su pregunta, la interrumpió; Mma Ramotswe no iba a poder enumerar mentalmente esas supuestas compensaciones.

—¿Entonces? —dijo la niña—. ¿Quién le gustaría ser? ¿La ministra de Sanidad?

La ministra, casada con aquel gran hombre, el profesor Thomas Tlou, había visitado hacía poco el colegio de Motholeli para una entrega de premios y pronunciado una vibrante alocución ante los alumnos. Motholeli había quedado tan impresionada que lo había comentado al llegar a casa.

—Es una excelente persona —dijo Mma Ramotswe—, y siempre lleva unos tocados preciosos. No me importaría ser Sheila Tlou... si tuviera que ser otra persona. Pero, mira, la verdad es que estoy muy contenta de ser Mma Ramotswe. No tiene nada de malo, creo yo. —Hizo una pausa—. Y tú estás contenta de ser quien eres, ¿verdad?

Hizo la pregunta sin pensar, y lo lamentó de inmediato. Había motivos evidentes para que Motholeli deseara ser otra persona, y Mma Ramotswe, nerviosa, buscó algo que sirviera para cambiar de tema. Se miró el reloj.

—Oh, la hora. Se está haciendo tarde, Motholeli. Ya me gustaría, pero no podemos quedarnos aquí charlando toda la mañana...

Motholeli se lamió la mermelada de los dedos y luego miró a Mma Ramotswe y dijo:

—Sí, estoy contenta. Soy muy feliz y no creo que quisiera ser ninguna otra persona.

Mma Ramotswe suspiró aliviada.

—Estupendo. Entonces creo que...

—Salvo usted, quizá —continuó Motholeli—. Me gustaría ser usted, Mma Ramotswe.

—No sé si te lo pasarías siempre muy bien —rió Mma Ramotswe—. Yo misma quisiera ser otra, a veces.

—O el señor J.L.B. Matekoni —dijo la niña—. Me gustaría saber tanto de coches como él. Eso sería bonito.

¿Y soñar con tambores de freno y cambios de marchas?, se preguntó Mma Ramotswe. ¿Y tener que aguantar a esos dos aprendices y estar casi todo el día sucio de grasa y aceite?

Una vez los niños hubieron partido hacia la escuela, Mma Ramotswe y el señor J.L.B. Matekoni se quedaron solos en la cocina. Los niños siempre hacían algún ruido; ahora reinaba una calma casi artificial, como después de una tormenta y de una noche de ventolera. Era momento de que los adultos terminaran su té en amigable silencio, o quizá intercambiar algunas palabras sobre los quehaceres del día. Luego, una vez despejada la mesa del desayuno y limpiado el cazo de las gachas, irían por separado al trabajo. El señor J.L.B. Matekoni en la camioneta verde y Mma Ramotswe en su mini furgoneta blanca. Su destino era el mismo en ambos casos, pues la Primera Agencia de Mujeres Detectives estaba en el mismo recinto que Speedy Motors, pero llegaban siempre a horas distintas. Al señor J.L.B. Matekoni le gustaba tomar el camino más corto, la ruta que pasaba junto a los edificios de la universidad, mientras que Mma Ramotswe, que sentía debilidad por la zona conocida como el Village, solía dar un rodeo por Oodi Drive o Hippopotamus Road y tomar Tlokweng Road desde ese lado.

Mientras estaban sentados a la cocina, el señor J.L.B. Matekoni levantó bruscamente la vista de su taza y la fijó en un punto del techo. Mma Ramotswe supo en seguida que iba a revelarle algo; el señor J.L.B. Matekoni siempre miraba al techo cuando tenía que decir algo importante. Ella guardó silencio y esperó a que su marido hablara.

—Hay algo que quería mencionarle —dijo él, como si tal cosa—. Se me olvidó decírselo ayer. Usted estuvo en Molepolole, ¿no?

—Así es —dijo ella—. Fui a Molepolole.

Él seguía con la vista fija en el techo.

—Por cierto, ¿y qué tal Molepolole?

Ella sonrió.

—Ya sabe. Ha crecido un poco, pero casi todo está igual, más o menos.

—No sé si me gustaría que Molepolole cambiara demasiado —dijo él.

Mma Ramotswe esperó. Algo importante debía de tener en la cabeza el señor J.L.B. Matekoni, pero en estos casos solía tomarse su tiempo.

—Ayer alguien preguntó por usted —dijo él—. Cuando Mma Makutsi estaba fuera.

Mma Ramotswe se llevó una sorpresa y, pese a su temperamento ecuánime, se sintió enojada. Mma Makutsi debería haber estado todo el día en la oficina, por si llegaba algún cliente. ¿Adónde habría ido?

—¿Así que Mma Makutsi no estaba? ¿No dijo adónde iba? —Podía ser que algún asunto urgente relacionado con la agencia la hubiera hecho ausentarse, pero Mma Ramotswe lo dudaba. Era mucho más probable que se hubiera ido de compras, probablemente a por unos zapatos nuevos.

El señor J.L.B. Matekoni bajó finalmente la vista y miró a Mma Ramotswe. Sabía que su es

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