Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Agradecimientos
Glosario de términos y nombres propios
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Notas
Sobre la autora
La Hermandad de la Daga Negra
Créditos
Grupo Santillana

DEDICADA A: TI.
AL PRINCIPIO, NO NOS LLEVAMOS
MUY BIEN, ¿NO ES CIERTO?
PERO LUEGO ME PERCATÉ DE TU VERDAD
Y ME ENAMORÉ.
GRACIAS POR DEJARME VER A TRAVÉS
DE TUS OJOS
Y CAMINAR UN TIEMPO EN TUS ZAPATOS.
ERES SIMPLEMENTE... HERMOSO.
Agradecimientos

CON INMENSA GRATITUD A LOS LECTORES DE LA HERMANDAD DE LA DAGA NEGRA.
SIN USTEDES, LOS HERMANOS NO TENDRÍAN UN HOGAR EN LA LITERATURA.
MUCHAS GRACIAS:
KAREN SOLEM, KARA CESARE, CLAIRE ZION, KARA WELSH, ROSE HILLIARD.
CON AMOR A MI FAMILIA Y AMIGOS,
Y CON PERENNE RESPETO POR MI COMITÉ EJECUTIVO:
SUE GRAFTON, DOCTORA JESSICA ANDERSEN, BETSEY VAUGHAN.
Glosario de términos y nombres propios

doggen (n.). Miembro de la clase servil del mundo de los vampiros. Los doggen conservan antiguas tradiciones para el servicio a sus superiores. Tienen vestimentas y comportamientos muy formales. Pueden salir durante el día, pero envejecen relativamente rápido. Su expectativa de vida es de aproximadamente quinientos años.
las Elegidas (n.). Vampiresas criadas para servir a la Virgen Escribana. Se consideran una suerte de aristocracia, aunque de una manera más espiritual que material. Tienen poca o ninguna relación con los machos, pero pueden aparearse con guerreros, si así lo dictamina la Virgen Escribana, con el fin de perpetuar su clase. Tienen el poder de adivinar el futuro. En el pasado se usaban para satisfacer las necesidades de sangre de miembros solteros de la hermandad, pero dicha práctica ha sido abandonada por los hermanos.
esclavo de sangre (n.). Vampiro, hembra o macho, destinado a satisfacer las necesidades de sangre de otros vampiros. La práctica de mantener esclavos de sangre ha caído parcialmente en desuso, pero no está prohibida.
el Fade (n. pr.). Reino intemporal donde los muertos se reúnen con sus seres queridos para pasar la eternidad.
hellren (n.). Vampiro que ha tomado una sola hembra como compañera. Los machos toman habitualmente más de una hembra como compañeras.
Hermandad de la Daga Negra (n. pr.). Guerreros vampiros muy bien entrenados que protegen a su especie contra la Sociedad Restrictiva. Como resultado de una cría selectiva en el interior de la raza, los hermanos poseen inmensa fuerza física y mental, así como la facultad de curarse rápidamente. En su mayor parte no son hermanos de sangre, y son iniciados en la hermandad por nominación de los hermanos. Agresivos, autosuficientes y reservados por naturaleza, viven apartados de los humanos. Tienen poco contacto con miembros de otras clases de seres, excepto cuando necesitan alimentarse. Son protagonistas de leyendas y objeto de reverencia dentro del mundo de los vampiros. Sólo se les puede matar infligiéndoles heridas graves, como disparos o puñaladas en el corazón y lesiones similares.
leelan (n.). Término cariñoso, traducido de manera aproximada como «lo que más quiero».
el Omega (n. pr.). Malévola figura mística que busca la extinción de los vampiros debido a su animadversión hacia la Virgen Escribana. Existe en un reino intemporal y tiene grandes poderes, aunque carece del poder de creación.
periodo de necesidad (n.). Tiempo de fertilidad de las vampiresas, que generalmente dura dos días y va acompañado de intensas ansias sexuales. Se presenta aproximadamente cinco años después de la transición de una hembra, y luego una vez cada década. Todos los machos responden en algún grado si se encuentran cerca de una hembra en periodo de necesidad. Puede ser una época peligrosa, con conflictos y luchas entre machos rivales, particularmente si la hembra no tiene compañero.
Primera Familia (n. pr.). El rey y la reina de los vampiros y sus hijos.
princeps (n.). Nivel superior de la aristocracia de los vampiros, sólo superados por los miembros de la Primera Familia o la Elegida de la Virgen Escribana. El título es hereditario; no puede ser otorgado.
pyrocant (n.). Término que designa una debilidad crítica en un individuo. Dicha debilidad puede ser interna, por ejemplo una adicción, o externa, como la existencia de un amante.
restrictor (n.). Miembro de la Sociedad Restrictiva, humano sin alma que persigue a los vampiros para exterminarlos. A los restrictores se les debe apuñalar en el pecho para matarlos; de lo contrario, son eternos. No comen ni beben y son impotentes. Con el tiempo, su cabello, su piel y el iris de los ojos pierden pigmentación, hasta que acaban siendo rubios, pálidos y de ojos incoloros. Huelen a talco para bebé. Tras ser iniciados en la sociedad por el Omega, conservan su corazón extirpado en un frasco de cerámica.
rythe (n.). Forma ritual de salvar el honor, aceptada por alguien que haya ofendido a otro. Si es aceptada, el ofendido elige un arma y ataca al ofensor, quien se presenta a la lucha sin defensas.
shellan (n.). Vampiresa que ha tomado un macho como compañero. Las hembras generalmente no toman más de un compañero debido a la naturaleza fuertemente territorial de los machos apareados.
Sociedad Restrictiva (n. pr.). Orden de los cazavampiros convocados por el Omega con el propósito de erradicar la especie de los bebedores de sangre.
transición (n.). Momento crítico en la vida de un vampiro, cuando él o ella se convierten en adultos. A partir de la transición, deben beber la sangre del sexo opuesto para sobrevivir y son incapaces de soportar la luz solar. Generalmente tiene lugar a los veinticinco años. Algunos vampiros, sobre todo machos, no sobreviven a su transición. Antes de ella, los vampiros son físicamente débiles, sexualmente inconscientes e indiferentes, e incapaces de desmaterializarse.
la Tumba (n. pr.). Cripta sagrada de la Hermandad de la Daga Negra. Usada como sede ceremonial, así como almacén para los frascos de los restrictores. Entre las ceremonias allí realizadas destacan las iniciaciones, funerales y acciones disciplinarias contra hermanos. Nadie puede entrar, excepto los miembros de la hermandad, la Virgen Escribana, o candidatos a la iniciación.
vampiro (n.). Miembro de una especie separada del Homo sapiens. Los vampiros tienen que beber sangre del sexo opuesto para sobrevivir. La sangre humana los mantiene vivos, pero la fuerza así adquirida no dura mucho tiempo. Tras la transición, que ocurre a los veinticinco años, son incapaces de salir a la luz del día y deben alimentarse regularmente. Los vampiros no pueden «convertir» a los humanos por medio de un mordisco o una transfusión sanguínea, aunque en algunos casos son capaces de procrear con la otra especie. Pueden desmaterializarse a su voluntad, aunque deben ser capaces de calmarse y concentrarse para hacerlo, y no pueden llevar consigo nada pesado. Son capaces de borrar los recuerdos de las personas, pero sólo los de corto plazo. Algunos vampiros son capaces de leer la mente. Su esperanza de vida es superior a mil años, y en algunos casos, incluso más.
la Virgen Escribana (n. pr.). Fuerza mística consejera del rey, guardiana de los archivos vampíricos y dispensadora de privilegios. Existe en un reino intemporal y tiene grandes poderes. Capaz de un único acto de creación, que «gastó» en su momento al dar existencia a los vampiros.
wahlker (n.). Individuo que ha muerto y regresado a la vida desde el Fade. Se les respeta mucho y son venerados por sus tribulaciones.
Capítulo
1

Ah, diablos, V, me estás matando. —Butch O’Neal rebuscó entre el cajón de sus calcetines. Buscaba los de seda negra y encontró los de algodón blanco.
No, un momento. Sacó unos calcetines para traje formal. No era exactamente un triunfo.
—Si te estuviera matando, policía, elegir calcetines sería lo último en lo que pensarías.
Butch se volvió a mirar a su compañero de cuarto. Fanático, como él, de los Medias Rojas, era uno de sus dos mejores amigos.
Y resultaba que eran vampiros.
Recién salido de la ducha, Vishous llevaba una toalla alrededor de la cintura y exhibía los fuertes músculos del pecho y los brazos. Se estaba poniendo un guante para conducir de cuero negro, cubriendo su mano izquierda tatuada.
—¿Tienes que usar los negros con un traje formal?
V sonrió abiertamente, sus colmillos lanzaron destellos enmarcados por el bigote y la perilla.
—Son cómodos.
—¿Por qué no le dices a Fritz que te compre unos?
—Está demasiado ocupado en satisfacer su pasión por los trajes elegantes.
Últimamente Butch sacaba a relucir su Versace interior. Le encantaba la elegancia... Quién hubiera pensado en ese aspecto de su personalidad. En cualquier caso, se preguntaba por qué era tan difícil encontrar una docena de calcetines de seda en la casa.
—Se lo pediré por ti.
—Eres todo un caballero. —V se echó hacia atrás la negra cabellera. Los tatuajes de su sien izquierda se hicieron visibles por un instante y de nuevo quedaron cubiertos—. ¿Necesitas el Escalade esta noche?
—Sí, gracias. —Butch introdujo los pies en unos mocasines Gucci, sin calcetines.
—¿Irás a ver a Marissa?
Butch asintió.
—Necesito saberlo. Para bien o para mal.
Y tenía el presentimiento de que sería para mal.
—Es una buena hembra.
Claro que lo era, lo cual explicaba probablemente por qué no respondía a sus llamadas. Los ex policías aficionados al whisky no eran precisamente la relación ideal para una mujer, ya fuera humana o vampira. Y el hecho que ella no fuera de su especie no ayudaba mucho.
—Bueno, policía, Rhage y yo estaremos bebiendo algo en One Eye. Ve a reunirte con nosotros cuando termines...
Unos fuertes golpes, como si alguien estuviera machacando la puerta delantera con un ariete, les hicieron volver la cabeza.
V se subió la toalla.
—Maldita sea, ese idiota tendrá que aprender a usar el timbre de la puerta.
—Trata de hablar con él. A mí no me escucha.
—Rhage no escucha a nadie. —V trotó hacia el pasillo.
Cuando el estruendo amainó, Butch fue a revisar su abundante colección de corbatas. Escogió una Brioni azul clara, subió el cuello de su camisa blanca, y deslizó la pieza de seda alrededor del mismo. Cuando salió al recibidor, escuchó a Rhage y V charlando mientras sonaba de fondo «RU still down?» del grupo musical 2Pac.
Butch no tuvo más remedio que reírse. La vida lo había llevado a muchos lugares, la mayoría feos, pero nunca pensó que acabaría viviendo con seis guerreros vampiros y que se encontraría colaborando en su lucha por proteger su menguada y soterrada especie. Sin embargo, de alguna manera, él pertenecía a la Hermandad de la Daga Negra. Y él, Vishous y Rhage formaban, ciertamente, un increíble trío.
Rhage vivía con el resto de la Hermandad en la mansión situada al otro lado del patio, pero el trío se pasaba la mayor parte del tiempo en la casita donde dormían V y Butch. El Hueco, como ahora se conocía el lugar, era una vivienda de lujo comparada con los cuchitriles donde Butch había vivido. Él y V tenían dos habitaciones, dos baños, una cocinita, y un recibidor decorado en un agradable estilo «Sótano de Casa de Fraternidad» posmoderna: un par de sofás de cuero, un aparato de televisión con pantalla de plasma de alta definición, un futbolín y bolsas de gimnasio por todas partes.
Cuando Butch entró en el salón principal, quedó impactado por la indumentaria que se había puesto Rhage para la noche: una gabardina de cuero negro le caía de los hombros a los tobillos. Una camiseta negra sin mangas se divisaba entre el cuero. Unas botas de puntera metálica resaltaban su enorme estatura, haciéndola superar los dos metros. Con ese atuendo, el vampiro estaba simple y llanamente hermoso. Incluso para un heterosexual certificado como Butch.
De puro atractivo, parecía romper las leyes de la física. Llevaba su rubio pelo corto por detrás y largo por delante. Los ojos, entre verde y azul, eran del color del mar de las Bahamas. Y su cara hacía que Brad Pitt pareciera un candidato a patito feo.
Era encantador, pero no un buen chico, desde luego. Algo oscuro, impreciso y letal palpitaba bajo la llamativa fachada, y eso se notaba al minuto de conocerlo. Daba la sensación de ser un sujeto que ajustaba sus cuentas con los puños mientras sonreía. Parecía capaz de mostrarse encantador mientras escupía los dientes.
—¿Qué dices, Hollywood? —preguntó Butch.
Rhage sonrió, descubriendo una espléndida dentadura perlada con largos caninos.
—Que es hora de irnos, policía.
—Maldición, vampiro, ¿no tuviste suficiente anoche? Esa pelirroja parecía cosa seria. Igual que su hermana.
—Ya me conoces. Siempre hambriento.
Por fortuna para Rhage, había un inacabable flujo de mujeres más que felices de satisfacer sus necesidades. Y aquel sujeto tenía muchas necesidades. No bebía. No fumaba. Pero le gustaban las damas como a nadie que Butch hubiera visto jamás.
Y Butch no conocía a muchos santurrones.
Rhage se volvió a mirar a V.
—Ve a vestirte, hombre. A menos que quieras ir a One Eye vestido sólo con una toalla.
—No metas prisas, hermano.
—Entonces mueve el trasero.
Vishous se levantó tras una mesa tan llena de equipos informáticos que provocaría una erección a Bill Gates. Desde su centro de mando, V dirigía la seguridad, toda la red de cámaras y sensores de la residencia de la Hermandad. Controlaba la casa principal, las instalaciones subterráneas de entrenamiento, la Tumba y su Hueco, así como el sistema de túneles subterráneos que conectaban todas las edificaciones. Lo vigilaba todo: las contraventanas retráctiles de acero instaladas sobre todas las ventanas; los cerrojos de las puertas de acero; la temperatura de las habitaciones; las cámaras de seguridad; las verjas.
V había instalado solo todo el sofisticado equipo, antes de que la Hermandad se mudara allí hacía tres semanas. Los edificios y túneles habían sido construidos a principios del siglo XX, pero en su mayor parte no se habían utilizado. Sin embargo, después de lo ocurrido en julio, se tomó la decisión de reforzar las operaciones de la Hermandad, y todos habían ido allí con esa intención.
Cuando V fue a su habitación, Rhage sacó del bolsillo una piruleta, rasgó el papel rojo y se llevó el caramelo a la boca. Butch notó que el sujeto lo observaba fijamente. Y no le sorprendió que el hermano empezara a hostigarlo.
—No puedo creer que te hayas engalanado de esa manera sólo para ir al One Eye, policía. Es decir, es demasiado, incluso para ti. La corbata, los gemelos... todo es nuevo, ¿no es cierto?
Butch se aflojó la corbata Brioni y estiró el brazo para tomar la chaqueta Tom Ford que hacía juego con los pantalones negros. No quería ahondar en el asunto de Marissa. La simple mención del tema con V ya había sido suficiente. Además, ¿qué podía decir?
«Me temblaron las piernas cuando la conocí, pero lleva tres semanas evitándome; así que, en lugar de darme por enterado de su rechazo, iré a su casa a rogar, como un fracasado, como un desesperado».
Sí, en verdad le gustaría gritárselo a la cara a don Perfecto, aunque fuera un buen amigo.
Rhage hizo girar la piruleta dentro de la boca.
—Dime una cosa. ¿Para qué quieres esa ropa, si luego no aprovechas todo tu encanto? Es decir, te he visto rechazar a hembras en el bar todo el rato. ¿Te estás guardando para el matrimonio?
—Sí. Así es. Haré vida de santo hasta que llegue al altar.
—Vamos, en serio, siento curiosidad. ¿Te estás guardando para alguien? —Cuando el silencio fue la única respuesta, el vampiro rió por lo bajo—. ¿La conozco?
Butch entornó los ojos, diciéndose que quizás la conversación terminara antes si mantenía la boca cerrada. Aunque probablemente no daría resultado. Cuando Rhage comenzaba, no cejaba hasta que él mismo decía que era hora de hacerlo. Hablando le pasaba lo mismo que matando.
Rhage meneó la cabeza, pesaroso.
—¿Y ella no te quiere?
—Eso lo averiguaremos esta noche.
Butch comprobó cuánto dinero llevaba. Dieciséis años como detective de homicidios no habían logrado llenar sus bolsillos. Y ahora que estaba con la Hermandad tenía tantos billetes verdes que era imposible gastarlos con la debida rapidez.
—Tienes suerte, policía.
Butch se volvió para mirarlo.
—¿Por qué lo dices?
—Siempre me he preguntado cómo será eso de sentar la cabeza con una hembra que valga la pena.
Butch rió. Aquel individuo era un dios sexual, una leyenda erótica para toda su raza. V había dicho que las historias sobre Rhage se transmitían de padres a hijos cuando llegaba el momento. La idea de que se rebajara a ser el esposo de alguien le resultaba absurda.
—Bien, Hollywood, ¿adónde quieres llegar? Vamos, dilo de una vez.
Rhage dio un respingo y desvió la mirada.
No se lo podía creer, el tipo estaba hablando en serio.
—Oye. Mira, no era mi intención...
—No, no pasa nada. —La sonrisa reapareció, pero los ojos permanecieron inexpresivos. Dio unos pasos hasta la papelera y dejó caer el palo de la piruleta.
—¿Ya podemos irnos? Estoy harto de esperar, imbéciles.
* * *
Mary Luce aparcó en el garaje, apagó el motor de su Civic y se quedó mirando las palas para la nieve que colgaban de unos ganchos frente a ella.
Estaba cansada, aunque su jornada no había sido agotadora. Responder a las llamadas telefónicas y rellenar documentos en un despacho de abogados no era lo que se dice un trabajo duro. De manera que, en realidad, no debería sentirse extenuada.
Pero tal vez la razón era precisamente lo sencillo de tal labor. No constituía un desafío, no la estimulaba; y ella se estaba marchitando.
¿Había llegado la hora de volver a sus niños? Después de todo, eso era lo suyo, lo que había estudiado. Lo que amaba. Lo que la nutría. Trabajar con sus pacientes autistas y ayudarlos a encontrar vías de comunicación le había dado muchas satisfacciones, tanto personales como profesionales. Y la pausa de dos años no había sido decisión suya.
Quizás debía llamar al centro, para ver si tenían alguna vacante. Y aunque no la tuvieran, podía acudir como voluntaria hasta que hubiera un hueco.
Sí, mañana haría eso. No había razón para esperar.
Mary tomó su bolso y salió del coche. Mientras la puerta del garaje bajaba lenta y ruidosamente, ella se encaminó hacia la parte frontal de su casa y recogió el correo. Revisando facturas, hizo una pausa para respirar con placer el aire de la fría noche de octubre. Sus fosas nasales vibraron. El otoño se había llevado los malos olores del verano hacía ya más de un mes. El cambio de estación se anunciaba mediante las ráfagas de viento frío procedentes de Canadá.
Le encantaba el otoño. Y esa estación le parecía especialmente maravillosa en el norte del estado de Nueva York.
Caldwell, Nueva York, la ciudad donde había nacido y muy probablemente moriría, estaba a más de una hora del norte de Manhattan, de manera que técnicamente se consideraba «el norte del estado». Cortada en dos por el río Hudson, Caldie, como era conocida por los nativos, era como todas las ciudades medianas de Estados Unidos. Zonas ricas, zonas pobres, zonas desagradables, zonas normales. Wal-Marts, Targets y McDonalds. Museos y bibliotecas. Centros comerciales. Tres hospitales, dos universidades públicas y una estatua de bronce de George Washington en la plaza.
Echó hacia atrás la cabeza y miró las estrellas, pensando que nunca se le ocurriría marcharse. Por lealtad o por falta de imaginación, no estaba muy segura.
Quizás era su casa, pensó mientras caminaba hacia la puerta principal. El granero transformado en hogar estaba situado en el límite de una antigua granja, y ella había hecho una oferta por él quince minutos después de echarle un vistazo con el agente inmobiliario. Dentro, los espacios eran acogedores y pequeños. Era... encantador.
Por esa razón la había comprado cuatro años antes, justo después de la muerte de su madre. Por aquel entonces necesitaba algo acogedor, y también un cambio total de atmósfera. El coqueto granero era todo lo que su hogar de la niñez no había sido. Aquí, los tablones de pino del piso eran del color de la miel, barnizados, no pintados. Sus muebles eran de Crate and Barrel, todo moderno, nada usado ni antiguo. Las alfombras eran de fibra con un ribete de ante. Y todo, desde el tapizado del mobiliario hasta las cortinas, paredes y techos, era de color crema.
Su aversión a la oscuridad había actuado como un invisible decorador. Todo eran variaciones de beige, y combinaban bien.
Dejó las llaves y el bolso en la cocina y descolgó el teléfono. «Tiene... dos... mensajes nuevos», dijo la mecánica voz del aparato.
«Hola, Mary, soy Bill. Escucha, voy a aceptar tu oferta. Si puedes sustituirme en la línea directa esta noche, sólo cosa de una hora, sería maravilloso. A menos que te comuniques conmigo y me digas lo contrario, presumiré que todavía estás libre. Gracias otra vez».
Borró el mensaje.
«Mary, llamo del consultorio de la doctora Della Croce. Nos gustaría que vinieras para tu reconocimiento trimestral de rutina. ¿Podrías llamar cuando recibas este mensaje, para darte cita? Te haremos un hueco. Gracias, Mary».
Mary colgó el teléfono.
El temblor le comenzó en las rodillas y ascendió por los muslos. Cuando llegó al estómago, pensó en ir al baño.
Reconocimiento de rutina. Te haremos un hueco.
«Ha vuelto», pensó. «La leucemia ha vuelto».
Capítulo
2

Qué diablos vamos a decirle? ¡Llegará en veinte minutos!
El señor O contempló los ademanes teatrales de su colega con una mirada aburrida, pensando que si el restrictor daba otro saltito, el muy idiota se transformaría en canguro.
Ciertamente, E era todo un imbécil. Por qué lo había llevado su patrocinador a la Sociedad Restrictiva, y encima el primero, era un misterio. El hombre tenía muy poco carácter. Carecía de concentración y de estómago para afrontar las nuevas tareas en la guerra contra la raza de los vampiros.
—¿Qué vamos a...?
—No vamos a decirle nada —dijo O mientras lanzaba una mirada al sótano. Cuchillos, navajas y martillos yacían esparcidos, sin orden ni concierto, sobre un rústico aparador colocado en una esquina. Había charcos de sangre aquí y allá, pero no bajo la mesa, donde deberían estar. Y, mezclada con el líquido rojo, había una sustancia de color negro brillante, gracias a las heridas superficiales de E.
—¡Pero el vampiro escapó antes de que le sacáramos alguna información!
—Gracias por recordármelo.
Acababan de empezar a «trabajar» con el macho cuando O tuvo que salir por una llamada de asistencia. Cuando regresó, E había perdido el control sobre el vampiro, tenía un par de cortes y estaba completamente solo, sangrando en un rincón.
Ese cabrón de su jefe se volvería loco de la ira, y aunque O lo despreciaba, él y el señor X tenían una cosa en común: el descuido los sacaba de quicio.
O miró a E mientras bailaba otro poco. De pronto, encontró en los movimientos espasmódicos la solución, tanto para el problema inmediato como para los del futuro. Cuando O sonrió, E, el idiota, pareció aliviado.
—No te preocupes por nada —murmuró O—. Le diré que llevamos el cuerpo afuera y lo dejamos bajo el sol, en el bosque. Fácil.
—¿Hablarás con él?
—Claro, amigo. Pero será mejor que te vayas. Se pondrá hecho una fiera.
E asintió y corrió hacia la puerta.
—Nos vemos.
«Sí, que duermas bien, cabrón», pensó O mientras empezaba a limpiar el sótano.
La casucha donde estaban trabajando no era muy visible desde la calle, emparedada como estaba entre el cascarón quemado de lo que había sido un restaurante de parrilladas y una pensión declarada en ruinas. Esta parte de la ciudad, una mezcla de zona residencial miserable y barrio comercial de mala muerte, era perfecta para ellos. Por allí la gente no salía después de que oscureciese, los disparos eran tan comunes como el ruido de las alarmas de los automóviles, y nadie decía ni hacía nada si alguien daba un grito o dos.
También ir y venir era fácil para ellos. Gracias a los maleantes del vecindario, todos los faroles de la calle estaban rotos y la luz ambiental procedente de los otros edificios era insignificante. Como ventaja adicional, la casa contaba con una mampara exterior de entrada al sótano. Meter o sacar un cuerpo en una bolsa no era ningún problema.
Incluso en el caso de que alguien viera algo, sería cuestión de un momento eliminar la amenaza. No causaría ninguna sorpresa entre la comunidad. La basura blanca tenía la rara costumbre de hacerse matar precozmente. Junto con golpear a la esposa y tragar cerveza, buscar la muerte parecía su principal afición.
O recogió un cuchillo y secó la sangre negra de E de la hoja.
El sótano era pequeño y de techo bajo, pero había suficiente espacio para la vieja mesa que usaban como lugar de trabajo y para el abollado aparador donde guardaban sus instrumentos. Aun así, O no pensaba que aquélla fuera la infraestructura adecuada. Era imposible mantener allí un vampiro de manera segura, y eso significaba que perdían un importante medio de persuasión. El tiempo desgastaba las facultades mentales y físicas. Si se administraba correctamente, el paso de los días era tan poderoso como cualquier instrumento de tortura.
Lo que O quería era algún escondite en medio del bosque, algo lo suficientemente grande como para poder mantener a sus cautivos durante algún tiempo. Debido a que los vampiros se volvían humo a la luz del alba, debían ser protegidos del sol. Pero si únicamente se les encerraba en una habitación, se corría el riesgo de que se desmaterializaran en las narices del restrictor. Necesitaba un recinto de acero para enjaularlos...
Se oyó cómo se cerraba una puerta en el piso superior. Luego, pasos bajando por la escalera.
El señor X quedó iluminado por un foco.
El Restrictor Jefe medía dos metros y tenía la constitución física de un defensa de fútbol americano. Como todos los cazavampiros que pasaban en la Sociedad mucho tiempo, había palidecido. Su cabello y su piel eran del color de la harina y los iris parecían tan transparentes e incoloros como el vidrio. Igual que O, iba vestido con la ropa que usaban todos los restrictores, pantalones con bolsillos y suéter negro de cuello de cisne, con armas ocultas bajo una chaqueta de cuero.
—Entonces, señor O, ¿cómo va el trabajo?
Como si el caos en el sótano no fuera explicación suficiente.
—¿Estoy a cargo de esta casa? —preguntó O.
El señor X caminó de manera casual hasta el aparador y tomó un cincel.
—Hasta cierto punto, sí.
—¿Entonces se me permite hacer lo pertinente para que esto... —señaló con la mano el desorden que había a su alrededor— no suceda de nuevo?
—¿Qué sucedió?
—Los detalles son aburridos. Se escapó un civil.
—¿Sobrevivirá?
—No lo sé.
—¿Estabas tú aquí cuando eso sucedió?
—No.
—Cuéntamelo todo. —El señor X sonrió cuando el silencio duró más de la cuenta—. ¿Sabes una cosa, señor O? Tu lealtad te puede causar problemas. ¿No quieres que castigue al culpable?
—Quiero encargarme yo mismo.
—Estoy seguro de eso. Pero si no me lo cuentas, quizá tenga que cargar el costo del fracaso en tu cuenta. ¿Vale la pena?
—Si se me permite hacer lo que quiero con el responsable de lo ocurrido, sí.
El señor X rió.
—Ya imagino lo que tramas.
O esperó, observando el tenue brillo del cincel mientras el señor X caminaba alrededor de la habitación.
—Te asigné de compañero al hombre equivocado, ¿no es así? —murmuró el señor X mientras recogía un par de esposas del suelo. Luego, las dejó caer sobre el aparador—. Pensé que el señor E podía alcanzar tu nivel. No ha sido así. Y me complace que hayas decidido consultarme antes de castigarlo. Ambos sabemos lo mucho que te agrada trabajar por tu propia cuenta. Y cuánto me molesta eso.
El señor X miró fijamente a O con sus escalofriantes ojos muertos.
—A la luz de todo esto, y en particular porque acudiste a mí primero, puedes disponer del señor E.
—Quiero hacerlo en público.
—¿Ante tu escuadrón?
—Y otros.
—¿Tratas de probarte a ti mismo de nuevo?
—Quiero sentar un precedente.
El señor X sonrió fríamente.
—Eres un pequeño bastardo arrogante, ¿no?
—Estoy a su altura.
De repente, O se sintió incapaz de mover brazos o piernas. El señor X ya había puesto en práctica otras veces su truco de la paralización, así que no le sorprendió demasiado. Pero el jefe aún tenía el cincel en la mano y se estaba aproximando.
O luchó contra la invisible fuerza y rompió a sudar mientras forcejeaba sin éxito alguno.
X se inclinó hasta que los pechos de ambos se tocaron. O sintió que algo rozaba sus nalgas.
—Diviértete, hijo —susurró el hombre en el oído de O—. Pero hazte un favor. Recuerda que no importa lo fuerte que te creas, tú no eres yo. Nos vemos.
El hombre salió del sótano a grandes zancadas. La puerta del piso superior se abrió y se cerró.
En cuanto O pudo moverse, se llevó la mano al bolsillo trasero.
El señor X le había dado el cincel.
* * *
Rhage salió del Escalade y exploró con la vista la oscuridad reinante en torno a One Eye, temiendo que un par de restrictores los atacaran. No esperaba tener mucha suerte. Él y Vishous habían caminado durante varias horas esa noche, y no habían conseguido absolutamente nada. Ni siquiera un avistamiento. Era algo sobrecogedor.
Y para alguien como Rhage, que dependía de la lucha por razones personales, también era muy frustrante.
Sin embargo, la guerra entre la Sociedad Restrictiva y los vampiros era cíclica, y actualmente se hallaban en una fase de baja intensidad. Lo cual tenía sentido. El pasado julio, la Hermandad de la Daga Negra había destruido el centro local de reclutamiento de la Sociedad, liquidando a una decena de sus mejores hombres. Estaba claro que los restrictores estaban realizando un reconocimiento táctico.
Gracias a Dios, había otras formas de calmar sus ansias.
Observó el desenfrenado nido de depravación que era el lugar que actualmente frecuentaba la Hermandad. One Eye estaba en los límites de la ciudad, y los parroquianos habituales eran moteros y trabajadores de la construcción, tipos rudos que tendían a la intolerancia más que a la persuasión. Era un edificio de un solo piso rodeado por un cinturón de asfalto. Había aparcados camiones, turismos estadounidenses y Harleys. Desde diminutas ventanas, anuncios de cervezas brillaban en rojo, azul y amarillo, los logotipos de Coors, Bud Light y Michelob.
Ni Corona ni Heineken para esos chicos.
Cuando cerró la puerta del coche, su cuerpo parecía hervir de ansiedad, sentía picor en la piel, los fuertes músculos estaban crispados. Estiró los brazos buscando un poco de alivio. No le sorprendió no sentir ninguna mejoría. Su maldición le arrastraba el cuerpo de un lado a otro, llevándolo a un territorio muy peligroso. Si no encontraba pronto alguna válvula de escape, tendría graves problemas. A decir verdad, él se iba a convertir en un grave problema.
«Muchas gracias, Virgen Escribana», se dijo.
Ya era malo haber nacido atolondrado y con demasiado poderío físico, imprudente y dotado de una fuerza que nunca había apreciado ni controlado. Después no se le ocurrió nada mejor que fastidiar a la mística hembra que gobernaba a su raza. Desde luego, ella se sintió feliz de poner otra capa de excremento sobre el montón de mierda en que él había nacido. Ahora, si no dejaba escapar la presión que le agobiaba de forma regular, se volvía letal.
La lucha y el sexo eran sus desahogos, los dos únicos tranquilizantes que funcionaban en él, y los usaba como un diabético usa la insulina. Dosis constantes de ambos le ayudaban a mantenerse equilibrado. Pero el remedio no siempre funcionaba. Y cuando perdía el control, las cosas se ponían muy feas para todos, incluido él.
Estaba harto de la cárcel de su cuerpo, de la necesidad de dominar sus exigencias, del esfuerzo eterno para no caer en una brutal inconsciencia. Claro, el hermoso rostro y la fuerza desmedida estaban bien. Pero con gusto habría aceptado convertirse en un enano informe y horroroso, si eso le reportara algo de paz. Ni siquiera recordaba cómo era la serenidad. Ni siquiera recordaba quién era él.
La desintegración de su propio yo se produjo con bastante rapidez. Sólo un par de años después de sufrir la maldición ya había abandonado toda esperanza de un alivio verdadero y simplemente trataba de vivir sin herir a nadie. Fue entonces cuando empezó a morir internamente, y ahora, que ya habían transcurrido más de cien años, era en su mayor parte un ser insensible, nada más que un escaparate ostentoso y en realidad vacío.
Ya no trataba de convencerse de que era algo más que una amenaza. Porque la verdad era que nadie estaba seguro a su alrededor. Y eso era lo que en verdad lo estaba matando, aún más que el abuso físico que tenía que soportar cuando la maldición emergía de él. Vivía con el temor de lastimar a alguno de sus hermanos. Hacía sólo un mes, había estado a punto de herir a Butch.
Rhage caminó alrededor del SUV y miró a través del parabrisas al macho humano. Nunca hubiera pensado que alguna vez haría buenas migas con un Homo sapiens.
—¿Te veremos más tarde, policía?
Butch se encogió de hombros.
—Quién sabe.
—Buena suerte, viejo.
—Será lo que será.
Rhage soltó una maldición en voz baja cuando el Escalade arrancó y él y Vishous cruzaron el aparcamiento caminando.
—¿Quién es ella, V? ¿Una de nosotros?
—Marissa.
—¿Marissa? ¿Como la ex shellan de Wrath? —Rhage meneó la cabeza—. Oh, por todos los cielos, quiero detalles. V, tienes que contármelo todo.
—No bromeo con eso. Y tú tampoco deberías hacerlo.
—¿No sientes curiosidad?
V no replicó y llegaron a la entrada principal del bar.
—Ah, claro. Tú ya lo sabes, ¿no es así? —dijo Rhage—. Ya sabes lo que va a pasar.
V se limitó a encogerse de hombros y tendió el brazo para abrir la puerta.
Rhage plantó una mano sobre la madera para detenerlo.
—Oye, V, ¿alguna vez sueñas conmigo? ¿Has visto mi futuro?
Vishous giró la cabeza. Bajo el brillo del neón de un anuncio de Coors, su ojo izquierdo, el que estaba rodeado de tatuajes, se puso negro. La pupila se expandió hasta inundar el iris y la parte blanca, hasta que no hubo nada más que un agujero oscuro.
Era como mirar fijamente al infinito. O quizás al destino cuando uno muere.
—¿De verdad quieres saberlo? —preguntó el hermano.
Rhage dejó caer la mano a un costado.
—Sólo me importa una cosa. ¿Viviré lo suficiente para deshacerme de mi maldición? Ya sabes, ¿encontraré un poco de paz?
La puerta se abrió de golpe y un hombre ebrio salió dando tumbos, como un furgón con el eje roto. El sujeto se dirigió a los arbustos, vomitó, y luego se quedó boca abajo sobre el asfalto.
La muerte es una forma segura de hallar la paz, pensó Rhage. Y todos morían. Incluso los vampiros.
No miró a su hermano a los ojos de nuevo.
—Olvídalo, V. No quiero saberlo.
Tenía ante sí otros noventa y un años antes de quedar libre de la maldición. Noventa y un años, ocho meses y cuatro días faltaban para que terminara su castigo y la bestia ya no fuera parte de él. ¿Por qué habría de prestarse voluntariamente a sufrir un revés cósmico, como saber que no viviría el tiempo suficiente para verse libre de la maldita condena?
—Rhage.
—¿Qué?
—Te diré una cosa. Tu destino viene a por ti. Y ella vendrá pronto.
Rhage rió.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es la hembra? Las prefiero...
—Es una virgen.
Un escalofrío descendió por la espina dorsal de Rhage.
—Estás bromeando, ¿no?
—Mira mi ojo. ¿Crees que te estoy tomando el pelo?
V hizo una pausa y luego abrió la puerta, dejando salir una oleada de olor a cerveza y a cuerpos humanos, junto con el compás de una vieja canción de Guns N’ Roses.
Cuando entraron, Rhage murmuraba:
—Eres muy extraño, hermano. De verdad que sí.
Capítulo
3

Pavlov tenía razón, pensó Mary mientras conducía hacia el centro de la ciudad. Su reacción de pánico al escuchar el mensaje de la doctora Della Croce era un reflejo condicionado, no algo lógico. Un reconocimiento rutinario podía ser muchas cosas. Que ella asociara cualquier noticia de los médicos con una catástrofe no significaba que pudiera ver el futuro. No tenía ni idea de lo que andaba mal, si es que había algo mal. Después de todo, la enfermedad llevaba en proceso de remisión cerca de dos años y se sentía bastante bien. Claro, se agotaba, ¿pero quién no? Su empleo y el trabajo voluntario la mantenían ocupada.
A primera hora de la mañana había llamado para solicitar la cita. Ahora se dirigía a trabajar, es decir, a cubrir la primera hora del turno de Bill en la línea directa de suicidios.
Cuando la ansiedad amainó un poco, respiró profundamente. Las siguientes veinticuatro horas iban a ser una prueba de resistencia, con los nervios convirtiendo su cuerpo en un trampolín y su mente en un torbellino. El truco estaba en aguantar las fases de pánico y luego consolidar sus fuerzas cuando el miedo disminuyera.
Aparcó el Civic en un estacionamiento de la calle Diez y caminó rápido hacia un vetusto edificio de seis pisos. Ésta era la parte lúgubre de la ciudad, los restos del esfuerzo que se había hecho en los años setenta por adecentar, llenándolo de oficinas, un área de nueve manzanas de lo que entonces era un «mal vecindario». El empeño fracasó y ahora oficinas clausuradas se mezclaban con alojamientos baratos.
Se detuvo en la entrada y saludó con la mano a dos policías que pasaron en un coche patrulla.
La sede de la línea directa de Prevención de Suicidios estaba en el segundo piso, y ella alzó la vista hacia las ventanas iluminadas. Su primer contacto con aquella organización sin ánimo de lucro fue en calidad de usuaria. Tres años después, respondía al teléfono cada jueves, viernes y sábado por la noche. También lo hacía algunos días festivos y suplía a otra gente cuando se lo pedían.
Nadie sabía que una vez había llamado, desesperada. Nadie sabía que había tenido leucemia. Y si tenía que volver a la guerra contra su propia sangre, eso también se lo iba a guardar para sí.
Habiendo visto morir a su madre, no quería que hubiera nadie sollozando junto a su cama. Ya conocía la rabia impotente que se sentía cuando la gracia salvadora no acudía a la llamada de la oración y las lágrimas. No tenía ningún interés en revivir los gestos de su madre durante el tiempo en que luchaba por respirar y nadaba en un siniestro mar de órganos defectuosos.
De acuerdo. La ansiedad había vuelto.
Mary escuchó un ruido a su izquierda, como si alguien estuviera arrastrando los pies, y captó un movimiento, como si alguien se hubiera agazapado para ocultarse detrás del edificio. Alarmada, pulsó un código en una cerradura, entró y subió deprisa las escaleras. Cuando llegó al segundo piso, tocó el timbre del portero automático para entrar en las oficinas de la línea directa.
Cuando pasó junto al mostrador de la recepción, saludó con la mano a la directora ejecutiva, Rhonda Knute, quien estaba al teléfono. Luego hizo un gesto con la cabeza a Nan, Stuart y Lola, de turno esa noche, y ocupó un cubículo vacante. Tras cerciorarse de que había suficientes impresos de admisión, un par de bolígrafos y el libro de registros de la línea directa, sacó una botella de agua de su bolso.
Casi inmediatamente, sonó una de las líneas de su teléfono y Mary revisó la pantalla para identificar al usuario. Conocía el número. Y la policía le había dicho que era de un teléfono público. En el centro de la ciudad.
Era su usuario habitual.
El teléfono sonó una segunda vez y ella lo descolgó, siguiendo las normas de la línea directa.
—Línea directa de Prevención de Suicidios, habla Mary. ¿Puedo ayudarle?
Silencio. Ni siquiera una lejana respiración.
Débilmente, escuchó en el fondo el rumor del motor de un coche aproximándose y luego alejándose. Según el control de llamadas entrantes de la policía, la persona en cuestión siempre telefoneaba desde la calle y variaba su ubicación para que no pudieran rastrearla.
—Habla Mary. ¿Puedo ayudarle? —Bajó la voz y rompió el protocolo—. Sé que es usted, y me alegra que llame otra vez esta noche. Pero, por favor, ¿no puede decirme su nombre o cuál es su problema?
Esperó. El teléfono quedó en silencio.
—¿Otro de los tuyos? —preguntó Rhonda, tomando un sorbo de un tazón de té de hierbas.
Mary colgó.
—¿Cómo lo sabes?
La mujer asintió con la cabeza.
—Ya tengo mucha experiencia. He recibido muchas llamadas silenciosas. Y he visto que, de repente, estabas encorvada sobre tu teléfono.
—Sí, bueno...
—Escucha, la policía me llamó hoy. No pueden hacer un seguimiento a cada teléfono público de la ciudad, y no están dispuestos a ir muy lejos por ahora, si no tienen verdaderas evidencias.
—Ya te lo dije. No siento que esté en peligro.
—No sabes si lo estás o no.
—Vamos, Rhonda, esto dura ya nueve meses, ¿no es así? Si alguien quisiera atacarme, ya lo habría hecho. Y, de verdad, quiero ayudar...
—Eso también me preocupa. Es obvio que quieres proteger a quienquiera que sea el que llama. Lo estás convirtiendo en un asunto personal.
—No, no es cierto. Está llamando por una razón, y sé que puedo ayudar.
—Mary, ya basta. Escúchate, reflexiona. —Rhonda acercó una silla y bajó la voz mientras se sentaba—. Es difícil para mí decirlo, pero creo que necesitas un descanso.
Mary retrocedió.
—¿De qué?
—Pasas demasiado tiempo aquí.
—Trabajo el mismo número de días que todos los demás.
—Pero permaneces aquí horas después de terminar tu turno, y reemplazas a gente constantemente. Estás demasiado involucrada. Sustituyes a Bill en este momento, pero cuando él regrese deseo que te marches. Y no quiero que vuelvas en un par de semanas. Necesitas otra perspectiva. Éste es un trabajo difícil y agotador, y debes aprender a mantener una distancia prudente.
—Ahora no, Rhonda. Por favor, ahora no. Necesito estar aquí más que nunca.
Rhonda apretó suavemente la tensa mano de Mary.
—Éste no es el lugar adecuado para que trates de resolver tus propios problemas, y lo sabes. Eres una de las mejores voluntarias que tengo y quiero que regreses. Pero sólo después de que hayas descansado y hayas tenido tiempo de aclarar tu mente.
—Quizás no disponga de ese tiempo —susurró Mary.
—¿Qué dices?
Mary se sacudió y forzó una sonrisa.
—Nada, no me hagas caso. Por supuesto, tienes razón. Me iré en cuanto Bill llegue.
* * *
Bill llegó una hora después, y Mary salió del edificio en menos de dos minutos. Cuando llegó a su casa, cerró la puerta y se recostó contra los paneles de madera, escuchando el silencio. El horrible, aplastante silencio.
Cómo deseaba regresar a las oficinas de la línea directa. Necesitaba escuchar las voces apagadas de los otros voluntarios. Y los timbres de los teléfonos. Y el zumbido de los tubos fluorescentes del techo...
Porque si no tenía distracciones, su mente evocaba terribles imágenes: camas de hospital, agujas, bolsas de medicinas colgando junto a ella. En una atroz imagen mental, vio su cabeza calva, su piel grisácea y sus ojos hundidos. Ya no se parecía a sí misma, ya no era ella misma.
Y recordó lo que se sentía al dejar de ser una persona. Cuando los médicos empezaron a darle quimioterapia, se había hundido en la frágil clase inferior de los enfermos, los moribundos, convirtiéndose en poco más que un lastimoso y tenebroso recordatorio de la provisionalidad de la existencia, un anuncio del carácter finito de la vida.
Mary cruzó rápidamente el salón, atravesó la cocina y abrió de golpe la puerta corredera. Cuando salió a la noche, el miedo no le permitía respirar, pero el impacto del aire gélido hizo que sus pulmones se normalizaran.
«No sabes si hay algo malo. No sabes qué es», pensaba.
Repitió el mantra, tratando de controlar el aplastante pánico mientras se dirigía a la piscina.
El pozo de metacrilato empotrado en el suelo no era más que una bañera grande, y el agua, que se diría espesada por el frío, parecía aceite negro bajo la luz de la luna. Se sentó, se quitó los zapatos, y dejó colgar los pies en las heladas profundidades. Los mantuvo sumergidos aun cuando se le entumecieron, deseando tener el coraje de zambullirse y nadar hasta la rejilla del fondo. Si se agarraba a ella el tiempo suficiente, quizá podría anestesiarse completamente.
Pensó en su madre. Y en cómo Cissy Luce había muerto en su propia cama en la casa que ambas siempre habían llamado hogar.
Recordaba perfectamente aquella habitación. La forma en que la luz entraba a través de las cortinas de encaje y se posaba sobre todas las cosas. Recordaba las paredes de color pastel y la alfombra de un blanco opaco, que cubría el suelo de pared a pared. Aquel edredón que su madre adoraba, el de las pequeñas rosas sobre un fondo crema. El olor a nuez moscada y jengibre que salía de un pebetero. El crucifijo sobre la cabecera curva y el gran icono de la Virgen sobre el suelo, en el rincón.
Los recuerdos quemaban, así que Mary se obligó a recordar la habitación tal como quedó cuando todo hubo terminado, la enfermedad, el momento de la muerte, la limpieza, la venta de la casa. La vio justo antes de mudarse. Pulcra. Ordenada. El crucifijo católico de su madre empaquetado, y la tenue sombra que dejó sobre la pared cubierta por un grabado de Andrew Wyeth.
Las lágrimas no se hicieron esperar. Llegaron lentamente, incesantes, cayendo sobre el agua. Las vio chocar contra la superficie y desaparecer.
Cuando alzó la vista, no estaba sola.
Mary se puso de pie de un salto y retrocedió dando traspiés, pero enseguida se dominó, se detuvo y se secó los ojos. Era sólo un muchacho. Un adolescente. Cabello oscuro, piel pálida. Tan delgado que parecía demacrado, tan hermoso que no parecía humano.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, sin sentir demasiado temor. Era difícil tener miedo de algo tan angelical—. ¿Quién eres?
Él simplemente meneó la cabeza.
—¿Estás perdido? —Lo parecía. Y hacía demasiado frío para permanecer afuera con los pantalones vaqueros y la camiseta sin mangas que llevaba puestos—. ¿Cómo te llamas?
El chico se llevó una mano a la garganta y la movió atrás y adelante mientras meneaba la cabeza. Como si fuera extranjero y se sintiera frustrado por la barrera del idioma.
—¿Hablas inglés?
Él asintió y luego sus manos empezaron a revolotear de un lado a otro. Lenguaje de señas. Estaba u
