PREFACIO
Este libro toma como punto de partida el momento en que las organizaciones terroristas ya claramente modernas nacen a mediados del siglo XIX, concediendo un dudoso primer lugar a los fenianos irlandeses. Podríamos también habernos remontado a la secta de los Asesinos, en la Siria medieval, o a la Conjura de la Pólvora, en los albores de la Edad Moderna en Gran Bretaña, pero el conocimiento que tengo de ambas se ha ido desdibujando con el tiempo, y no considero que ninguna de las dos sea particularmente útil a la hora de comprender el terrorismo contemporáneo. Los supuestos de trabajo que se manejan a lo largo del libro son manifiestos en todo momento. Existe más de un centenar de definiciones del terrorismo, y es posible agregar aquellos elementos que se repiten con mayor frecuencia. El terrorismo es una táctica que utilizan ante todo diversos agentes no estatales, que pueden constituir una entidad acéfala o una organización jerárquica, con el fin de generar un clima psicológico de miedo que compense su carencia de poder político legitimado. Se diferencia con claridad, por ejemplo, de la guerra de guerrillas, del asesinato político, del sabotaje por razones económicas, aunque las organizaciones que practican el terrorismo no se hayan privado de recurrir a estas opciones.
Nadie pone hoy en duda que los estados modernos, desde los jacobinos de la década de 1790 en adelante, han sido responsables de las muestras más letales de terrorismo, incluidas las campañas de contraterrorismo en múltiples modalidades, pero la repetición de esta perogrullada histórica no absuelve a los agentes no estatales. La violencia de Estado actualmente ha pasado a la defensiva, toda vez que son bastantes los ejércitos populares que causan estragos bajo el pretexto de ser islámicos, o revolucionarios populares, o de liberación, o como quieran llamarse. Tampoco nos lleva muy lejos el tópico de que el terrorista de ayer es el estadista de mañana. Quien imagine que Osama Bin Laden evolucionará hacia las posturas, por ejemplo, de Nelson Mandela necesita algo más que un historiador: necesita un psiquiatra. El líder de Al Qaeda no pretende negociar con nosotros, puesto que lo que desea a todos los que no le son fieles y a todos los apóstatas es que se sometan a sus designios o perezcan.
Este libro se centra en torno a las historias, las biografías, las acciones, mucho más que en torno a las teorías que les dieron validez, más o menos de acuerdo con el precepto de san Mateo, en el sentido de que «por sus frutos los conoceréis». Esto no se debe a que rechace o desprecie las ideas y la ideología —más bien todo lo contrario—, sino a que parecen una parte un tanto descuidada del panorama. La ideología es como un detonador que permite que los materiales químicos preexistentes en efecto hagan explosión. Los terroristas toman decisiones a lo largo de su trayecto, y estas decisiones son lo que más me interesa. Por ello, este libro trata sobre el terrorismo como ocupación profesional, como cultura y como forma de vida, aunque obviamente entrañe la muerte para las víctimas de los terroristas y a veces para los propios terroristas, a no ser que cortejen intencionadamente la muerte por medio de operaciones suicidas, como son las de Hamás, Hezbolá o los Tigres Tamiles. El terrorismo es violento, razón por la cual este libro contiene muchos comentarios detallados sobre la violencia, así como materiales con los que se pretende desmitificar y borrar el brillo, el «glamour», que aún pueda adornar a las operaciones terroristas. Algunos terroristas efectivamente matan a otras personas; muchos pasan su tiempo dedicados a blanquear dinero o a robar vehículos. Como gran parte de estos materiales son de dominio público, no tendrán ningún valor operativo para los aspirantes a terroristas.
En este libro asimismo trato de dejar meridianamente claro, en especial para todo el que pudiera albergar una furtiva admiración por quienes aspiran a cambiar el mundo recurriendo al uso de la violencia, que el medio en que se mueven los terroristas es moralmente sórdido y lo es sin paliativos, cuando no es meramente criminal. Esto es algo que resulta particularmente evidente en los capítulos dedicados a los nihilistas rusos, a la banda Baader-Meinhof, a los terroristas tanto lealistas como republicanos de Irlanda del Norte. El objetivo no expreso de introducir un caos capaz de transformar la situación previa es precisamente el elemento en el que los terroristas se sienten más a sus anchas. La destrucción y la autodestrucción constituyen una compensación fugaz de un agravio real o imaginario, o bien de quejas más abstractas, que son las causantes de su rabia e histerismo. Tal como han puesto de manifiesto inacabables estudios sobre la psicología del terrorista, todos ellos padecen un desequilibrio moral, sin entrar ni mucho menos en el campo de la psicosis clínica. Si ese desequilibrio une a la inmensa mayoría de los terroristas, sus víctimas habitualmente tienen una cosa en común, al margen de su clase social, de su postura política o de su fe religiosa. Se trata del deseo de llevar una vida ajena a todo lo excepcional, entre sus familiares y amigos, sin que un perdedor radical y resentido —que puede ser un perdedor millonario, encerrado en sus engañosas ilusiones de victimismo— aspire a destruirlos o a desfigurarlos con tal de avanzar hacia un mundo cuya existencia prácticamente nadie desea. Esto es algo que une a las víctimas del terrorismo tanto en Argel como en Bagdad o El Cairo, pasando por Londres, Madrid y Nueva York, Nairobi, Singapur y Yakarta. Todas las víctimas sangran y se duelen de la misma forma.
Si este libro aspirase a ser absolutamente exhaustivo, habría sido el doble de extenso, y habría perdido su concentración en el ser humano. Por ese motivo se omiten algunas cuestiones como son el terrorismo en Latinoamérica, desde los Tupamaros hasta las FARC, y el terrorismo en Estados Unidos, así como el conflicto entre budistas e hindúes en Sri Lanka, si bien el libro contiene algunas alusiones a todos estos asuntos. El lector atento se dará cuenta de que enterradas en la historia hay sugerencias acerca de las medidas políticas que en el pasado han dado los resultados apetecidos y acerca de las que no funcionaron, por ejemplo en lo tocante a la manera de tratar a los terroristas encarcelados, que rutinariamente pretenden convertir las cárceles en universidades, o en lo referente a la manera de desbaratar la financiación de los terroristas favoreciendo el crimen organizado. En este terreno he aprendido mucho de los estudios y los programas que se han llevado a cabo en sitios tan dispares como Italia, Francia, Indonesia, Arabia Saudí y Singapur, estudios y programas cuya existencia e importancia se ignoran rutinariamente. Como éste no es un manual sobre las estrategias de contención del terrorismo, cualquier prescripción que contenga es altamente provisional, como es el caso de la disgregación de los movimientos terroristas aprovechando sus fallas y defectos internos, al tiempo que se hace hincapié en la realidad común del sufrimiento que el terrorismo produce en todas nuestras civilizaciones respectivas. En la medida en que el público apenas tenga reacción alguna a la noticia de que un número X de personas llamativamente semejantes a nosotros en su anhelo por la vida han sido asesinadas por una bomba en Egipto o en Israel, no habrá una respuesta global y eficaz ante la actual epidemia. Es esencial una policía que disponga de los presupuestos necesarios, es esencial una respuesta militar coordinada por los servicios secretos, pero también lo son una mejora en la diplomacia internacional y un esfuerzo serio para desradicalizar a los terroristas potenciales, puesto que la Guerra Fría y la Guerra Caliente hoy son paralelas. Los terroristas no sólo han de tener claro que no podrán ganar, como bien se ve en el hecho de que ni siquiera el 11-S afectara demasiado a las operaciones de Wall Street más allá de unos cuantos días, sino que también han de saber que luchan precisamente contra aquellas sociedades que más y mejor podrían ayudar a sus propias sociedades a superar el lastre de su dependencia intelectual y material de Occidente.
Nada ganaríamos en estas páginas si tratásemos de imponer uniformidad en la ortografía de los nombres árabes. Muchos musulmanes de Occidente tienen cada uno una forma predilecta; las transliteraciones francesas del árabe, por ejemplo, difieren de las inglesas, y existe incluso un debate en torno a la forma más respetuosa de escribir el nombre del Profeta. Mi criterio ha sido el de obrar con coherencia al dar el nombre de cada persona, sin preocuparme de que uno sea Mohammed, otro Mahomed, un tercero Muhammad y así sucesivamente. También he seguido las indicaciones de mis fuentes en cuanto a las medidas, que pueden ser indistintamente del sistema métrico o del sistema imperial(1).
Quisiera dar calurosamente las gracias a Heather Higgins, del Randolph Trust, y a John Raisian, director de la Hoover Institution, universidad de Stanford, por haberme posibilitado la investigación y la escritura de este libro bajo la égida de uno de los principales think-tanks que existen hoy en Estados Unidos. Evidentemente, no es un think-tank que respalde la ética mojigata del New York Times, lo cual dice mucho en su favor. Andrew Wylie, Peter James y algunos amigos de HarperCollins han hecho de la producción de este libro un auténtico placer, a pesar de que trate de una temática que a menudo tiende a bajarle a uno los ánimos. Entre las personas que me han ofrecido sus perspicaces visiones del tema y que me han dado ánimos desde dentro del medio antiterrorista, quisiera dar en especial las gracias a Shmuel Bar, Paul Bew, Adrian Weale y Dean Godson, así como a otras personas que prefieren permanecer en el anonimato.
Michael Burleigh
Agosto de 2007
CAPÍTULO 1
VERDE: LOS DINAMITEROS FENIANOS
AMIGOS EN LA OTRA ORILLA DEL OCÉANO
Los agravios y las quejas de los irlandeses contra los británicos en el siglo XIX llegaron a ser muy numerosos. Los británicos habían acuartelado sus tropas en Irlanda, y habían favorecido por todos los medios a los industriosos irlandeses protestantes de ascendencia escocesa instalados en el norte de la isla, pues sospechaban que la mayoría de sus habitantes, católicos, se rebelarían contra ellos con ayuda de cualquier enemigo extranjero a la primera oportunidad que se presentase. Además de los presbiterianos del Ulster, existía una Iglesia protestante de Irlanda, ya establecida, es decir, privilegiada, aun cuando la mayoría de la población era practicante de la religión católica. Existía una espléndida universidad protestante, el Trinity College, en Dublín, mientras que los católicos no tenían una universidad propia. Irlanda formaba parte de un imperio global, pero a menudo se la trataba como si fuera una colonia agraria y cercana, en una isla contigua, en la que los aparceros y los arrendatarios más pobres residían en condiciones de inseguridad crónica, al antojo de los terratenientes ingleses absentistas. Millones de irlandeses habían emigrado a Estados Unidos (y a Gran Bretaña, en permanente proceso de industrialización), donde adoptaron posturas radicalizadas y muy por delante de las que sostenía la mayoría de los mismos irlandeses. Frente a la virulencia del protestantismo norteamericano reaccionaron volviéndose más agresivamente irlandeses, actitud en la que hallaron compensación por la discriminación de que eran objeto, caricaturizando a los ingleses como normandos modernos y haciendo de la patria objeto de una sentimentalización exacerbada, con sus carretas y vendedores callejeros, sus turberas y sus castillos y sus brumas. Que todo esto fuese históricamente auténtico se debió en parte a que a partir de 1824 cada paraje figuraba en los exhaustivos mapas del Servicio Británico de Cartografía, mientras que otra interferencia de los británicos, con la confección del censo nacional, dio por irónico resultado un acusado incremento del nacionalismo cultural irlandés. Los sucesivos censos dieron lugar a revelaciones asombrosas. Así como en 1845 la mitad de la población hablaba el irlandés (gaélico), en 1851 el porcentaje se había reducido a un 23 por ciento, cifrándose por debajo del 15 por ciento cuarenta años más tarde. La Liga Gaélica nació del deseo de fomentar una literatura patriótica, irlandesa al cien por cien, en una época en la que las estrellas más brillantes del firmamento literario eran los nacionalistas protestantes, angloirlandeses, como J. M. Synge, Sean O’Casey o W. B. Yeats[1].
Muchas de las complejidades en las que estaba envuelta la Irlanda real, por oposición a la sencillez de la Irlanda imaginaria, se perdieron en su traducción a la otra orilla del Atlántico al tiempo que los corazones de los afectuosos se colmaban de odio. Los voluntarios irlandeses del ejército británico, repleto de capellanes militares también católicos, fueron condecorados con un número desproporcionado de Cruces de la Victoria durante la guerra de Crimea. En 1869, los liberales ingleses e irlandeses, encabezados por el primer ministro William Ewart Gladstone, de la Alta Iglesia Anglicana, se coaligaron con los no conformistas británicos en materia de religión para desestabilizar la anómala Iglesia de Irlanda. Debido en parte al ingenio y a las disrupciones de un comité de parlamentarios ingleses en la Cámara de los Comunes, gracias al liderazgo de Charles Stewart Parnell, y también a la delincuencia rural endémica, las Leyes Territoriales sirvieron para aliviar la inseguridad de los terratenientes más modestos. Por último, fueron cada vez más los políticos británicos, encabezados al final por el propio Gladstone, que se dejaron convencer de que el futuro de Irlanda estaba en mayor o menor medida en el llamado Home Rule, o autogobierno, de modo que la separación legislativa beneficiase tanto a Inglaterra como a la propia Irlanda, mientras los dos países seguirían unidos en un nivel superior, en lo tocante a la defensa o a la política exterior, por medio de un parlamento imperial que seguiría teniendo su sede en Westminster. Esa perspectiva, que comenzó a ser muy real en vísperas de la Primera Guerra Mundial, fue suficiente para que la mayoría protestante del Ulster quisiera abastecerse de armas alemanas para mantener su pertenencia a un eje más desarrollado e industrializado, el eje Belfast-Glasgow-Liverpool, y desvincularse si fuera preciso del sur de la isla, sumido en la ignorancia y controlado por el clero[2].
El terrorismo irlandés surgió a partir de una venerable tradición insurgente que de un modo manifiesto ya no funcionaba como era de desear a mediados del siglo XIX, y que se recrudeció con ahínco a finales de los años sesenta del pasado siglo, tras un periodo de tranquilidad. La historia antigua creó muchos de los mitos y mártires de los Disturbios más recientes, además de crear pautas de comportamiento y de pensamiento que han sobrevivido en el republicanismo irlandés a lo largo de la época que nos ha tocado vivir. Eran muchos los espectros malignos presentes en la historia.
El 17 de marzo de 1858 se fundó en Dublín una organización por iniciativa de un maquinista de ferrocarril llamado James Stephens. Era el día de San Patricio. Al cabo de pocos años, esta asociación se transformó para convertirse en la Hermandad Republicana Irlandesa, aunque esta designación nunca tuvo una circulación tan amplia como la que tuvo el nombre de «fenianos», con el cual se hacía referencia a una banda mitológica de guerreros irlandeses anteriores al cristianismo, la Fianna, de consistencia más o menos similar a las leyendas románticas que corrieron en Inglaterra acerca de los caballeros de la Tabla Redonda y el rey Arturo. Para los ingleses, su significado no era otro que el de una banda ruin y abyecta de malhechores y desesperados asesinos. El «fenianismo» abarcó por entonces una gama más o menos amplia de actividades diversas, conjugando la cordialidad inofensiva con el activismo laboral en el extremo legal del espectro, y pasando por los disturbios en el medio rural, la insurrección y el terrorismo ya en los márgenes de la ilegalidad. Incubado en el submundo político de París, o en los barrios bajos de diversas ciudades de la costa este norteamericana, esta cultura estaba sumamente en deuda con la de las sociedades secretas, con sus rituales arcanos, sus juramentos masónicos, su simbología abstrusa, razón principal por la cual la Iglesia católica no se mostró ni mucho menos afín a sus posturas. El objetivo en líneas generales era la liberación de la esclavitud a la que estaba sujeta la raza irlandesa y la consecución de una república irlandesa por medio de la lucha violenta, todo ello dentro del contexto más amplio de la autoafirmación cultural gaélica, a la cual ya se ha hecho alguna alusión[3].
La estrategia, en última instancia tomada de la rebelión de Wolfe Tone en 1798, iba a consistir en transformar las complicaciones que sufriese el imperio británico en oportunidades favorables para Irlanda. Esas complicaciones o dificultades imperiales no iban a ser otras que la guerra de Crimea, el Motín de la India y las guerras de los zulúes, de Sudán y de los bóers, así como las crisis de las relaciones británicas con Francia en la década de 1850, con Estados Unidos en la de 1860 y con Rusia en la de 1870, ya que una guerra con cualquiera de ellas relanzaría las perspectivas para la creación de una república independiente de Irlanda. Si bien el número de héroes irlandeses de la guerra de Crimea parece indicar que esta estrategia había fracasado, los fenianos se envalentonaron por el hecho de que la guerra había expuesto las deficiencias militares de Gran Bretaña, así como la fractura, apenas disimulada, con Francia, que entonces era su aliada. Además de tratar de proporcionar armas a los zulúes, incluso «los morenos guerreros del desierto» al mando del mahdi pasaron a ser objeto del interés de los fenianos, en una tendencia que aún tendría efecto en el siglo XX, en la forma de los lazos establecidos por el Ejército Republicano de Irlanda, el IRA, con la Organización para la Liberación de Palestina y con Libia[4].
Los fenianos recurrieron a la muy numerosa emigración irlandesa, ya fuera en Gran Bretaña o en Estados Unidos. Entre los emigrados se encontraban refugiados de las adversas condiciones que habían dado lugar a la hambruna a mediados del siglo XIX, de la que muchos irlandeses afincados en Estados Unidos tenían duros recuerdos. La vida en los guetos urbanos de los irlandeses en Estados Unidos (o en las zonas industriales de Gran Bretaña) era muy primitiva. Los irlandeses también tenían una activa y vigorosa aversión a la aristocracia protestante que dominaba en Estados Unidos, realidad que podría explicar su opción por un carácter vehementemente irlandés, que tuvo carta de naturaleza muy extendida en Boston o en «New Cork»(1). La guerra de Secesión marcó un punto de inflexión sumamente importante, ya que se percibió que Gran Bretaña había prestado su apoyo a la Confederación Sudista en una época en la que unos 150.000 irlandeses americanos combatieron sobre todo en las filas del Norte. Los irlandeses americanos iban a inyectar en el movimiento feniano tanto fondos monetarios como experiencia militar.
El gobierno de Estados Unidos observó una culpable indulgencia en su trato con el terrorismo feniano, comportamiento que habría de seguir igual durante todo el siglo siguiente. A pesar de las protestas del gobierno británico, las autoridades norteamericanas no hicieron nada para impedir que los fenianos en Estados Unidos solicitasen abiertamente fondos para cometer sus ultrajes antibritánicos, sobre todo por medio de la llamada Dynamite Press. Los fenianos tuvieron permiso incluso para utilizar los astilleros y construir un submarino cuyo único objeto iba a ser el acoso de la marina británica. Las autoridades de Estados Unidos rechazaron todos los intentos británicos por lograr la extradición de fugitivos irlandeses. Todo lo cual equivale a decir que los fenianos habían descubierto una importante táctica terrorista, consistente en servirse de una base benigna, en el extranjero, desde la cual lanzar operaciones terroristas. Las protestas británicas expresadas en Washington tal vez pudieran haberse tomado más en serio caso de que Inglaterra, y Londres de un modo muy especial, no hubiera sido un acogedor lugar de refugio para todas las especies de radicales extranjeros. Los franceses, que reaccionaron con presteza y detuvieron a los partidarios fenianos acuartelados en París, tuvieron la caballerosidad de pasar por alto que las bombas empleadas por Orsini en su intento de asesinato de Napoleón III, en 1857, estaban fabricadas en Birmingham.
En el plazo de seis años, los fenianos tenían más de cincuenta mil partidarios declarados en Irlanda. Allí, el fenianismo a menudo era poco más que un distintivo por el cual uno afirmaba su identidad, además de ser oportunidad para las actividades recreativas politizadas, en el contexto de las cuales los jóvenes varones formaron a la postre una sociedad paralela, basada en los ejercicios militares, las excursiones, los picnics y la adopción de unos modales norteamericanizados nada deferentes para con los sacerdotes, los policías y los terratenientes[5]. Este movimiento dispuso de su propio periódico, Irish People, y tuvo en James Kickham al menos un escritor de nota. Al otro lado del Atlántico, permitió a los veteranos desmovilizados de la guerra de Secesión aplazar su regreso a la normalidad civil y actuar en nombre de una Irlanda que había adquirido dimensiones míticas por medio de un distanciamiento notable de sus complejas realidades. En febrero de 1867, un veterano de la guerra de Secesión, además de feniano, el capitán Thomas J. Kelly (él mismo se ascendió al rango de coronel cuando entró en el servicio a Irlanda), ordenó que en toda Irlanda se produjera una serie de levantamientos que habían de darse acompañados por incidentes concurrentes en Inglaterra, y por dos invasiones de Canadá llevadas a cabo en nombre de Estados Unidos, que se frustraron gracias a los desvelos de un agente secreto británico y del propio gobierno estadounidense.
En uno de estos altercados se habría de producir la toma del castillo de Chester, en el que había un arsenal con treinta mil estanterías de rifles. El plan de los fenianos consistía en apoderarse de un tren para transportar las armas al puerto de Holyhead, donde un barco de vapor las trasladaría a Irlanda. Se cortarían además los cables del telégrafo y se arrancarían las vías del ferrocarril tras el paso del tren, para desalentar toda posible persecución. Los incendios que se provocarían en la ciudad y las interferencias en el sistema de conducción de agua aún habían de generar un caos mayor, en una de las primeras manifestaciones de las campañas terroristas coordinadas que se producirían en el futuro. En el asalto al castillo tomaría parte un núcleo de veteranos norteamericanos curtidos, que contaría con el apoyo de varios centenares de rufianes, los cuales se infiltrarían por tren en Chester, procedentes de Liverpool y de otras ciudades del norte en las que eran muy considerables las minorías irlandesas.
El ataque se frustró antes de comenzar. Avisadas por sus espías, preocupadas por la convergencia de numerosos grupos de jóvenes irlandeses en Chester, las autoridades británicas destinaron soldados y policía a la ciudad, y la mera vista de estos contingentes dio lugar a la dispersión de los fenianos. Arrojaron sus cartuchos, porras y pistolas al río Dee o a la acequia más cercana. La misma revuelta en Irlanda fue aplastada a resultas de la suspensión del derecho de hábeas corpus y la detención de los nacionalistas más destacados, a resultas del incremento de soldados en la isla y del despliegue de embarcaciones para vigilar toda posible aproximación por el Atlántico. Coincidió, para colmo, con la peor nevada que cayó sobre la isla en cincuenta años, a raíz de la cual se desbarató la llegada de los soldados irlandeses de Norteamérica a bordo del Erin’s Hope. Cincuenta mil soldados británicos, además de los policías, redujeron a unos cuantos miles de fenianos, que antes de ser derrotados pudieron difundir su proclama:
Por lo tanto, declaramos que, incapaces de soportar por más tiempo la maldición del gobierno monárquico, nos proponemos la fundación de una república basada en el sufragio universal, que habrá de garantizar a todos los ciudadanos el valor intrínseco de su trabajo. El territorio de Irlanda, que se halla en manos de una oligarquía, nos pertenece a nosotros, al pueblo de Irlanda, y es a nosotros a quien debe devolverse. También nos declaramos a favor de la absoluta libertad de conciencia y de la separación completa de la Iglesia y el Estado[6].
El capitán Timothy Deasy y el coronel Kelly, que entretanto había creado una unidad de asesinos para que se ocupara de los agentes enemigos y de los informadores, fueron en un primer momento detenidos en Manchester por vulnerar la Ley de Vagos y Maleantes. La noticia de la detención se extendió entre la sustancial minoría irlandesa de Manchester, y al poco llegó a oídos de dos oficiales irlandeses de Estados Unidos, Edward O’Meagher Condon y Michael O’Brien. Juntos, organizaron un equipo para proceder al rescate de Kelly y Deasy cuando fueran transportados en un furgón policial, de cara a la vista judicial de sus casos, a otra prisión de la ciudad. Eran seis los policías que viajaban sentados sobre el furgón, del que tiraban los caballos, en el interior del cual iba un sargento llamado Brett, el encargado de las llaves de la jaula cerrada en la que se encontraban los detenidos. Los seguían otros oficiales de policía en otro coche de caballos. Ninguno de los diez policías iba armado.
Se tendió una emboscada al furgón cuando éste pasaba por debajo de un ferrocarril elevado. Nada más dispararse unos cuantos tiros para acabar con el caballo del escolta, éste echó a correr para guarecerse de la agresión. Los asaltantes dispararon entonces contra el cerrojo del furgón y lograron alcanzar al sargento Brett en la cabeza cuando éste se asomó con aprensión por la rejilla de ventilación. Kelly y Deasy se apoderaron de las llaves y se unieron a los asaltantes, que huyeron a la carrera por el laberinto de ferrocarriles de entrada a Manchester. Ninguno de los dos fue capturado, si bien Deasy, con su guerrera gris oscura, sus pantalones grises, su gorra de cazador y sus esposas, posiblemente llamó mucho la atención. Reaparecieron en Estados Unidos, donde se les dio el trato de héroes.
Las autoridades tuvieron mejor suerte al detener a los asaltantes y a muchos de los que les habían prestado apoyo. Fueron veintiocho los acusados que comparecieron en el banquillo ante los magistrados de Manchester, cinco de los cuales tuvieron que comparecer en un juicio por asesinato, por delitos graves y por ofensas menores. Es indicativo de la seriedad con que se tomó el gobierno el juicio que el procesamiento del ministerio fiscal, que fue de causa común debido a la incertidumbre en cuanto a quién fue el que asesinó al sargento Brett, correspondiera al fiscal general del Estado, al principal funcionario de la Corona en materia de leyes. Tras cinco días de vista, todos los acusados fueron considerados culpables de asesinato y condenados a la ejecución en la horca. La prensa británica logró que una de las condenas se conmutase, porque el convicto tenía una coartada a prueba de bomba, una anomalía que pudo haber afectado a las condenas impuestas a los otros cuatro declarados culpables. Mientras el Times opinó que el terrorismo había de «ser repelido por medio del terrorismo de la ley», veinticinco mil obreros afines a la causa de los condenados se manifestaron en petición de clemencia a la Corona en el londinense parque de Clerkenwell Green. Los radicales de clase media, tanto en Gran Bretaña como en el extranjero, pusieron el dedo en la llaga al señalar la paradoja de que si bien los británicos trataban a cuerpo de rey a un radical italiano como Garibaldi, trataban a sus equivalentes irlandeses como asesinos corrientes, lo cual constituye una manifestación temprana de la afirmación según la cual el terrorista de ayer es el estadista de mañana. Personalidades famosas como Charles Bradlaugh, John Stuart Mill y Karl Marx firmaron las peticiones de clemencia. Dos días antes de que se procediera a la ejecución, el único norteamericano entre los convictos —Condon— fue exonerado de toda culpa para evitar complicaciones diplomáticas con Estados Unidos.
Entretanto, se desmontó un tramo de unos diez metros del muro de la prisión, en el cual se encontraba elevado el cadalso, una construcción de vigas de madera envuelta en telones negros. A la mañana siguiente, quinientos soldados y dos mil policías se interpusieron entre el cadalso y el concurrido público que quiso asistir a la ejecución. Otras unidades del ejército tomaron posiciones por toda la ciudad. Era muy densa la niebla cuando los tres hombres fueron conducidos al cadalso tras subir los treinta y cinco o cuarenta peldaños de la escalera, para asistir a la cita que tenían con William Calcraft, el verdugo alcohólico, de cabello cano, cuya siniestra especialidad consistía en saltar a la espalda de los hombres a los que no se les hubiera partido el cuello en el instante de ser ahorcados. Los tres hombres fueron colgados a la vez. Allen murió en el acto. Calcraft bajó para acabar con Larkin, pero un sacerdote católico le impidió que prestara el mismo servicio a O’Brien, el cual se asfixió debidamente pasados tres cuartos de hora.
Friedrich Engels, cuya esposa era feniana, escribió que «lo único que les faltaba a los fenianos eran mártires, y ahora se los han proporcionado». La indignación que produjeron las ejecuciones se hizo sentir en Estados Unidos, Australia, Canadá, Suráfrica y Nueva Zelanda, así como en toda Europa. En Irlanda se celebraron procesiones fúnebres con grandísima asistencia de público, lo cual hace pensar que la jerarquía católica había modificado sus anteriores condenas de los «socialistas» ateos y fenianos y estaba a favor de respaldar el nacionalismo sentimental irlandés de que a menudo hacían gala sus propios curas. La muerte de Brett se consideró en tales círculos un mero daño colateral.
Los fenianos dispersos por Inglaterra resolvieron redoblar sus actos de violencia, en anticipación de lo cual se procuraron más armas. En esta empresa fue crucial otro veterano de la guerra de Secesión, Ricard O’Sullivan Burke, que había combatido en Bull Run y en el Appomattox antes de pasar a ser el procurador de armas para los fenianos en Birmingham, ciudad en la que, haciéndose pasar por «el señor Barry» o «el señor Winslow», adquirió las armas actuando presuntamente en nombre del gobierno de Chile. Burke fue identificado entre los detectives de Scotland Yard cuando se encontraba en Bloomsbury, en pleno centro de Londres. Tras una escaramuza, fue arrestado junto con su cómplice, Joseph Casey, en Woburn Square. Burke fue retenido en el penal de Clerkenwell, una de las dos prisiones de la zona en la que abundaban los artesanos radicales ingleses, los lecheros galeses y muchos inmigrantes irlandeses, italianos y suizos. La zona era famosa por los talleres de relojería y por las imprentas, así como por las manifestaciones que se convocaban en el parque. El penal, que tenía un patio para que los presos hicieran ejercicio, estaba rodeado por un muro de un metro de grosor en la base y siete y medio de altura. En paralelo al muro había casas de alquiler en uno de los laterales, que formaban dos calles llamadas Corporation Lane y Corporation Row.
Con la ayuda de algunas visitantes femeninas, entre ellas su hermana, una vez encarcelado Burke tomó contacto con los fenianos de Londres, con los cuales cruzó mensajes escritos con tinta invisible. E ideó su propio plan de escape. En el patio había reparado en que el muro exterior se había debilitado en un trecho cuando unos operarios enterraron unas tuberías bajo la calle perimetral. La intentona de fuga la encabezó otro veterano de la guerra de Secesión, James Murphy, que había pertenecido al 20° Regimiento de Infantería de Massachusetts, y que junto con un feniano de Fermanagh llamado Michael Barrett se sirvió de las limosnas recolectadas en el cepillo de una iglesia para procurarse una enorme cantidad de pólvora. Estas adquisiciones alertaron a la policía acerca de lo que se estaba preparando, aunque también tenían infiltrados agentes en la conspiración feniana.
El 12 de diciembre de 1867, Murphy y dos ayudantes introdujeron una carretilla cubierta por una lona por las oscuras e invernales calles de Clerkenwell. Llevaban en ella un barril de queroseno, con capacidad para ciento sesenta litros, lleno de pólvora. Lanzaron por encima del muro una pelota blanca, la señal que esperaba Burke —que se encontraba dando vueltas por el patio, simulando que hacía ejercicio— para hacer un alto y fingir que se quitaba una piedra de la bota. En el exterior de la prisión, Murphy prendió la mecha, que chisporroteó y se apagó. Asumiendo una de las labores más peligrosas que se pueden llevar a cabo con la pólvora, explosivo cuyo mayor inconveniente es que se humedece con bastante facilidad, volvió dos veces más a prender la mecha, que era cada vez más corta. A la postre, los tres asaltantes dieron por imposible la tarea y se marcharon; dentro del muro de la prisión, Burke fue devuelto a su celda.
El viernes día 13, a las tres y media de la tarde, el barril y la carretilla aparecieron de nuevo junto al muro de la prisión. Algunos de los niños que estaban jugando por la calle fueron invitados a lo que iba a ser un espectáculo de fuegos de artificio. Uno de los asaltantes, vestido con un gabán marrón y un sombrero negro, llegó a encender la mecha empleada para detonar el barril tomando el fuego de un muchacho que fumaba un cigarrillo. Aunque se trate de un explosivo bajo y no alto, según los expertos, y que genera lo que se suele llamar un acontecimiento de combustión, la pólvora emite una onda expansiva prolongada y propulsora, muy útil para hacer reventar las rocas de una cantera o para lanzar algún proyectil con un cañón. Cuando estalló la bomba, la mayor parte de la fuerza del explosivo se descargó contra las viviendas de alquiler de enfrente, y no contra el muro de la prisión, aunque de éste se desprendió una cuña invertida, de unos dieciocho metros de longitud en su parte superior y muchos menos en la gruesa base del muro. La grieta abierta en éste fue irrelevante, ya que, como medida de precaución, las recelosas autoridades de la cárcel habían realojado a Burke y a Casey en celdas situadas en la parte más lejana. La explosión se oyó en el barrio de Brixton, al sureste del Támesis, y, según un hombre que escribió una carta al director del Standard, se oyó incluso a sesenta kilómetros de distancia. Llegaron cincuenta bomberos para abrirse camino en medio de los escombros, mientras cientos de policías se arremolinaban en los alrededores. Los guardias tomaron posiciones en torno a la cárcel. Se excavaron y se dejaron al descubierto las conducciones del gas para que los bomberos pudieran entrar bajo los escombros. Perdieron la vida tres personas, una niña de siete años llamada Minnie Abbott, un ama de casa de treinta y seis años, llamada Sarah Hodgkinson, y un hombre de cuarenta y siete años, William Clutton, que trabajaba como artesano del latón. Muchísimos más sufrieron heridas terribles, por ejemplo fracturas de los huesos faciales, aunque una niña de ocho años que llegaba en ese momento a su casa con un cántaro de leche sufrió terribles laceraciones en la rodilla. A un niño de once años hubo que amputarle ocho dedos. Las muertes de las personas residentes en los alrededores ascendieron en total a doce a lo largo de las semanas siguientes, mientras muchos centenares sufrieron heridas de diversa consideración. Habían resultado gravemente deterioradas cuatrocientas viviendas. Corrieron diversos rumores sobre la intención de los fenianos de volar el Arsenal de Woolwich, la Torre de Londres y el Minster de York, la catedral gótica más grande del norte de Europa. Cincuenta mil policías especiales se presentaron voluntarios para patrullar las calles, y no pocos funcionarios salieron armados. Se recogieron siniestras conversaciones en el Spectator sobre la necesidad de hacer despliegue de bayonetas, aunque esta revista había mostrado una clara simpatía por la nobleza demótica de la revuelta feniana declarada en Irlanda. Con más pragmatismo, un cura de los alrededores organizó un Fondo de Alivio de la Explosión de Clerkenwell, con el cual se dispensaron ayudas y pensiones a las víctimas y a quienes las habían rescatado[7].
Michael Barrett fue detenido mientras hacía pruebas con un revólver cuando se hallaba en Glasgow. Fue devuelto a Londres. Junto con otras cinco personas compareció en juicio celebrado en el Old Bailey en abril de 1868. Los procesamientos contra Ann Justice y John O’Keefe los descartó el juez en poco tiempo, y el jurado procedió a declarar inocentes a los otros tres acusados. Sólo Barrett fue considerado culpable de asesinato. Habló largo y tendido antes de que se emitiera la sentencia, poniendo en duda las pruebas y los testimonios que se habían aportado en su contra, y a uno de los testigos lo tachó de «príncipe de los pervertidos». Fue condenado a la horca. En otro juicio, Ricard O’Sullivan fue condenado a catorce años de servidumbre penal. Todos los intentos por conmutar la pena de Barrett se llevaron a cabo en un momento en el que las autoridades de Australia y de Canadá habían ahorcado a los fenianos que acribillaron a un feniano renegado (que con el tiempo había llegado a ser ministro del gabinete canadiense) e hirieron al duque de Edimburgo en un atentado cuando realizaba una gira por las antípodas. Barrett salió de la cárcel de Newgate para ser ejecutado en una espléndida mañana de mayo, y quienes alquilaron asientos en el pub llamado «La urraca y el tocón» pagaron hasta diez libras por localidad, además de cantar «Champagne Charlie» y «Oh My, I’ve Got to Die». Cuando apareció Barrett, el gentío prorrumpió en vítores, abucheándolo a la vez que daban ánimos a Calcraft. Barrett murió en el acto. Fue el último hombre que tuvo una ejecución pública en Inglaterra. Tras un intervalo de una hora apareció Calcraft —entre gritos que decían «¡Adelante, robacuerpos!»— para bajar el cadáver de la horca. Las campanas de la iglesia del Santo Sepulcro repicaron nueve veces. Había nacido un mártir. Y había nacido también el hábito de llamar «Mick» a cualquier irlandés: en lo sucesivo, los fenianos (y los miembros de la Guardia de Irlanda) fueron conocidos popularmente como los «Mick Barretts».
Al ocupar Barrett su lugar en el martirologio irlandés, los padecimientos de unos ochenta fenianos previamente encarcelados pasaron a ser material de infinidad de leyendas y objeto de complejos cálculos por parte de las autoridades británicas, que, al margen del partido al que pertenecieran, aspiraban a introducir una serie de reformas moderadas en Irlanda: los conservadores de Disraeli se mostraban tolerantes hacia la Iglesia católica y Gladstone por su parte buscaba la aprobación de una reforma agraria y de alguna medida que desestabilizara a la Iglesia protestante de Irlanda. La mayoría de los nacionalistas irlandeses respondieron con llamamientos a la reforma agraria y con reclamaciones de medidas de autogobierno. En los márgenes más extremos de la política irlandesa, los prisioneros fenianos dieron toda clase de quebraderos de cabeza al ingenio desapasionado de los estadistas británicos. La necesidad de mantener la ley y el orden, aunque fuese en definitiva por medio de la cárcel y la pena capital, precisaba de un equilibrio ante la espiral de violencia a la que podría dar lugar, y también ante las más amplias repercusiones políticas que podría tener en Irlanda y en el extranjero, en especial en Estados Unidos, donde los políticos estaban deseosos de conquistar el voto de los irlandeses de Estados Unidos. ¿Había que tratar a los prisioneros como delincuentes comunes o como presos políticos?
Así como a los presos fenianos se les ahorraron muchos de los rigores disciplinarios de la panoplia victoriana, los que mantuvieron su actitud fueron condenados a un confinamiento en solitario o a los grilletes durante periodos cuya mera longitud parece sumamente cruel. Las informaciones sobre la durísima situación en que se hallaban los presos hincharon las filas de los activistas y los simpatizantes fenianos, pues fueron objeto de emotivas campañas en su recuerdo, campañas que rutinariamente hacían hincapié en los muchos sufrimientos de las inocentes esposas e hijos de dichos presos. A medida que los hechos sanguinarios y fríos que habían hecho a los terroristas responsables de su condena se iban desdibujando de la memoria, la situación de los presos pasó a ocupar el primer plano de las emociones prácticamente en todas partes. La administración de Gladstone a la sazón optó por la sensata táctica de poner en libertad al menos a los peces chicos, de expatriar después a los cabecillas, y de mantener en prisión a los fenianos que habían sido miembros de las fuerzas armadas, por ser ésta una cuestión en la que la reina Victoria se negó en redondo a obrar con lenidad[8].
La rabia desatada ante las «injusticias» y las «indignidades» a las que se sometía vilmente a los fenianos encarcelados también dio lugar a los primeros pensamientos de represalia y de venganza entre sus partidarios. Entre los más iracundos se encontraba Jeremiah O’Donovan Rossa, quien había sido amnistiado en 1871 por el gobierno de Gladstone pese a tener pendiente una condena de quince años de cárcel, con la condición de que emigrase a Estados Unidos. Dipsómano y excesivamente encariñado con el whisky y los cigarros puros, Rossa se dedicó a lanzar amenazas tan grandilocuentes como sanguinarias, asegurando que iba a reducir todo Londres a un cúmulo de cenizas con la ayuda de una docena de pirómanos, que desencadenarían «el fuego del infierno» sobre la capital del imperio. El errático Rossa, conocido por sus detractores con el sobrenombre de «O’Dinamita», sólo tuvo esporádicas relaciones con el Clan na Gael, una organización secreta con base en Estados Unidos, fundada en junio de 1867 bajo el mando de John Devoy, para oponerse encarnizadamente a todos los irlandeses que se hubieran dejado engatusar para dar su apoyo al Home Rule, al autogobierno restringido.
En 1876, esta sociedad secreta organizó una osada fuga de la cárcel imperial de Fremantle, en la costa oeste de Australia, por parte de seis fenianos encarcelados, que fueron llevados a aguas internacionales en un ballenero registrado en Estados Unidos y llamado Catalpa. Su bandera aún se puede admirar en el museo nacional de Dublín. Este golpe propagandístico alimentó la idea de crear un fondo para escaramuzas, un remanente con el que financiar ataques aunque fueran puntuales contra Gran Bretaña y contra sus intereses en el mundo entero; el primero de los proyectos fue una invasión de Canadá, de la que se suponía que Estados Unidos sabría aprovecharse. El resultado fueron unas cuantas escaramuzas de frontera sin mayores consecuencias. Gran parte del dinero del Clan fue alegremente despilfarrado en un maestro de escuela e inventor llamado John Holland, el genio que se ofreció a construir un submarino para los fenianos. Una serie de modelos cada vez más complejos dieron por resultado una serie de barcos inicialmente propulsados por cabos amarrados a un barco de superficie que actuaría como remolcador, y, tras la instalación de los motores apropiados, sin remolcador. Entre las víctimas de diversos accidentes hubo por ejemplo un feniano que, volando en avión, al olvidarse de cerrar debidamente una escotilla, se vio expulsado de la cabina por la succión del aire. La costumbre que desarrolló Holland de pleitear a diestro y siniestro al final llevó al Clan a robar su embarcación, que entonces se quedó anclada, oxidándose, como una especie de tortuga llena de remaches, mientras otros robaban los motores. Sin embargo, había nacido una idea. En 1900, la embarcación bautizada con el nombre de su inventor, el mismo Holland, iba a convertirse en el primer submarino que adquirió la Marina estadounidense.
John Devoy, el dirigente más inteligente del Clan, decidió optar por lo que llamó «Nuevo Rumbo» en 1878, prestando todo su apoyo a Charles Parnell y a su versión constitucional del nacionalismo irlandés, aunque otros elementos de la cúpula de liderazgo se embarcaron simultáneamente en una campaña de terror, como fue el caso de O’Donovan Rossa, con el cual, para complicar aún más las cosas, el Clan ocasionalmente entabló cooperación. Buena parte de la retórica familiar de algunos movimientos terroristas contemporáneos era ya evidente, aunque de forma embrionaria, entre los fenianos de la década de 1880, si bien el hecho de que evitaran el empleo del término «terrorismo» ha supuesto que a los nihilistas rusos se les adjudicara la progenitura de la táctica. Lo cierto es que lo que hicieron los rusos, y no tanto lo que dijeron, era más cercano al asesinato dirigido de las figuras imperiales clave, perpetrado con la idea de aislar al gobierno de la sociedad, con lo que estuvo lejos por tanto de la creación de un clima de pánico masivo con la intención de influir en los procesos políticos del momento[9].
La idea inicial de los fenianos, consistente en la creación de un ejército popular que representara la voluntad oprimida de la nación por medio de la violencia y la insurrección, fue quedando gradualmente arrinconada por la idea de las campañas de terror confeccionadas para minar la moral del enemigo imperial, mucho más poderoso. Este cambio de táctica se debió a que no existía un respaldo sustancial a la insurrección, verdad que inteligentemente fue ocultada dentro del propio análisis de los fenianos: «Deberíamos oponernos a una insurrección general en Irlanda por ser una posibilidad inoportuna, que hay que desaconsejar de plano. Pero creemos sin embargo en la acción. La causa irlandesa precisa de hombres dispuestos a perpetrar escaramuzas. Precisa de una reducida banda de héroes que inicien y mantengan sin descanso una guerra de guerrillas, hombres capaces de volar por tierra y por mar como seres invisibles, y que caigan con toda su fuerza sobre el enemigo, ya sea en Irlanda, ya sea en la India, ya sea en la propia Inglaterra, siempre que la ocasión se presente». La presunción de la vanguardia ilustrada iba a terminar por ser familiar en toda clase de terrorista moderno.
El arma predilecta de estos terroristas estuvo influida por los atentados de los nihilistas rusos que culminaron en el asesinato del zar Alejandro II, el 1 de marzo de 1881, obra de un grupo de terroristas que lanzaron una serie de explosivos semejantes a las granadas de mano contra su diana. La nitroglicerina la había inventado Ascanio Sobrero, un químico piamontés, que al mezclar glicerina con ácido sulfúrico y ácido nítrico logró un líquido amarillento, de olor dulzón y curiosas propiedades. Una cantidad reducida del líquido le estalló en la cara. Con un método distinto, Sobrero probó una cantidad también pequeña con un perro, que tuvo una muerte agónica, pero que en la improvisada autopsia que se le practicó mostró una enorme distensión de los vasos sanguíneos del corazón y del cerebro. Los médicos de Inglaterra descubrieron con posterioridad que la nitroglicerina podría constituir un gran alivio para el dolor paralizante de la angina de pecho. En la década de 1860, Alfred Nobel, inventor sueco, descubrió la fórmula para estabilizar la nitroglicerina mediante su absorción en un elemento sólido, empleando sustancias como el kieselguhr, el serrín o la gelatina, siendo el producto final de sus descubrimientos el cartucho de dinamita que se comercializó con nombres como el de Atlas. Nobel también inventó detonadores de pólvora para activar la explosión de la dinamita[10].
Rossa, el terrorista feniano, hizo lo posible por relamerse con sus socios ante el lejano resplandor de los asesinos nihilistas rusos, para lo cual anunció en su periódico la convocatoria de cursos de fabricación de bombas a cargo de un individuo llamado «Profesor Mezzeroff, “el enemigo invisible de Inglaterra”». Mezzeroff era un hombre alto, de rasgos afilados, con el cabello rizado en torno a una calva incipiente y un «bigote hirsuto». Vestido habitualmente con ropas negras y protegido por unas gafas de montura de acero, tenía el siniestro aspecto de un personaje tomado de una novela de Dostoievski o de Conrad. Sus orígenes eran misteriosos, aunque tenía el acento de un irlandés. Su padre era ruso, pero es posible, se dice, que su madre fuera natural de Escocia, de las Tierras Altas, y que disfrutase de nacionalidad estadounidense. A los estudiantes se les animó a pagar 30 dólares americanos por un curso de treinta días de duración para aprender a fabricar dinamita, aunque el entusiasmo de Mezzeroff fuese bastante mayor que sus conocimientos de química. Afirmó que la dinamita «era la mejor manera de que disponen los pueblos oprimidos de todos los países del mundo para librarse por fin de la tiranía y la opresión». Medio kilo de aquella sustancia tenía mucha más fuerza que «un millón de discursos»[11].
En vez de dar lugar a una combustión, con presiones de hasta 6.000 atmósferas que se alcanzan en cuestión de milisegundos, la dinamita causa una onda expansiva con presiones que pueden llegar a las 275.000 atmósferas. Dicho de otro modo, por comparación con la pólvora, una explosión con dinamita es como la diferencia que hay entre ser atropellado, cuando uno va en bicicleta, por un coche o por un tren de alta velocidad. Por si fuera poco, al contrario que los engorrosos barriles de pólvora, la dinamita pesaba poco y se podía ocultar en pequeños contenedores, e incluso podía introducirse en granadas de latón, cuyos fragmentos causarían la muerte o una serie de heridas graves al alcanzar a alguien en su trayecto. A los autores de los atentados también les resultaron disponibles distintos detonadores, al margen de las mechas de pólvora que, además, era preciso prender in situ. Entre estos sistemas los había a base de ácidos que se quemaban a través de varias capas de papel introducidas a la fuerza en una serie de tubos; mecanismos percutores con un temporizador y un revólver; «máquinas infernales» basadas en el principio de un despertador que hacía tic-tac antes de estallar. Todas estas innovaciones permitieron a los terroristas minimizar los riesgos para sus personas por el procedimiento de ensayar la colocación y la huida, aunque el riesgo era muy considerable para todo el que tuviese la desgracia de pasar por allí. Un arma tan letal como ésta comportaría de manera inevitable que hubiera víctimas civiles, víctimas colaterales, por más que se emplease para decapitar a la cúpula dirigente de un estado o bien contra valores estratégicos tales como los arsenales y los muelles de embarque. De ahí la formulación anticipada de toda evasiva ética antes de que la campaña feniana hubiera siquiera comenzado. El terrorismo con dinamita iba a ser la táctica de los débiles en un conflicto por lo demás imposible. No había leyes bélicas inmutables, porque la tecnología en constante evolución tendía a que toda ley fuese redundante. Sea como fuere, como Irlanda no era un Estado soberano, los irlandeses se encontraron al margen de las convenciones internacionales e interestatales. Plegándose al espíritu de la era victoriana, la racionalización definitiva fue bien simple: la dinamita representaba el apogeo de la guerra científica. De ahí el respeto en que se tenía a Mezzeroff, más adelante inmortalizado en el personaje de «el Profesor» por Joseph Conrad, en su novela titulada El agente secreto.
Tanto Rossa como el Clan se embarcaron en sendas campañas de terror, empleando a terroristas irlandeses de Norteamérica, y no a simpatizantes fenianos radicados en la propia Irlanda o en las islas Británicas, considerados entonces demasiado susceptibles de infiltración por parte de detectives y agentes secretos británicos, algunos de los cuales, como Henri le Caron, operaban al otro lado del Atlántico[12].
Aquéllos no fueron ataques realizados al azar contra objetivos individuales de más o menos renombre, sino campañas llevadas a cabo con su propio ritmo, con golpes múltiples y sucesivos, cuyo objeto era, en efecto, la extensión de un clima de miedo, de pánico. El objetivo inicial fue escogido en aras de su valor simbólico: un barracón del ejército en la ciudad en la que habían sido ahorcados tres mártires de la causa irlandesa. El 14 enero de 1881, los terroristas de Rossa atacaron en medio de una densa neblina el Barracón de Regent Road en Salford, aunque la bomba, colocada en un conducto de ventilación, causó daños sobre todo en una carnicería vecina y en un taller de fabricación de cuerdas, en el que fue asesinado un niño de siete años. Otros ataques realizados en febrero quedaron desbaratados por la intervención de la policía, que hizo un registro a fondo en un barco, el Malta, que portaba una carga de cemento procedente de Nueva York, y en cuya bodega encontraron cajas que contenían seis bombas provistas de detonadores con mecanismo de relojería. Tres meses después, un policía atento apagó la mecha encendida de una bomba de pólvora, colocada en una hornacina bajo el Egiptian Hall de la londinense Mansion House. En mayo, una tosca bomba de tubo provocó daños mínimos en el cuartel general de la policía de Liverpool. Un mes más tarde, dos terroristas fueron detenidos cuando dejaron una bomba montada en una conducción de gas de hierro forjado, delante del ayuntamiento de la misma ciudad. Algunos valientes policías se la llevaron a rastras, por las escaleras del ayuntamiento, justo antes de que estallara. Los dos terroristas fenianos fueron condenados uno a doce años de cárcel y otro a cadena perpetua. Además de éste, el único éxito de que disfrutó la policía consistió en descubrir un depósito de armas de los fenianos en unos establos que un tal señor Sadgrove había alquilado a un relojero suizo de Clerkenwell. En él hallaron cuatrocientos rifles, con grabados que representaban el trébol de Irlanda adornando las culatas, así como sesenta revólveres y unas setenta y cinco mil municiones. Sadgrove, o John Walsh, como se llamaba en realidad, fue condenado a siete años de servidumbre penal. Aunque los efectos letales de la campaña de Rossa más bien fueron mínimos, se sumó al horror que causaron los asesinos que en Phoenix Park acabaron con la vida de lord Frederick Cavendish y de Thomas Burke, miembros destacados de la administración de Dublín, apuñalados con bisturíes por parte de una banda que se hacía llamar los Invencibles de Irlanda, y que se aseguró de sembrar entre el público la angustia y el terror. Razón no les faltaba para esto, porque a los estrafalarios hombres de Rossa se iban a sumar al poco tiempo algunos asesinos con métodos más profesionales, si bien el irreprimible Rossa contribuyó también a financiar este grupo. Su periódico, el United Irishman, publicó abiertamente solicitudes de donaciones para la causa terrorista, incluyendo a veces algunas cartas remitidas por los donantes: «Estimado señor, adgunto [sic] tres dólares; dos son por mi suscripción anual del “United Irishman”, y el otro para comprar dinamita. Me parece que es la solución más eficaz para esa vieja tirana que es Inglaterra. Deseándole a usted y al “United Irishman” todo el éxito, quedo de usted, etc. Thomas O’Neill».
Fuentes de financiación más sustanciosas llegaron del líder del Clan en Estados Unidos, un abogado de Chicago llamado Alexander Sullivan, que sencillamente redirigió algunas de las impresionantes cantidades de dinero que los irlandeses de Norteamérica habían entregado para las actividades rurales de la Liga de la Tierra Irlandesa. Personaje rocoso, siempre armado, con sus botas de vaquero, Sullivan había acabado anteriormente con un hombre que llamó a su esposa «herramienta de los jesuitas», y también disparó contra un rival político en Nuevo México, dejándolo malherido. A pesar de este historial, Sullivan se reinventó en calidad de abogado provisto de ambiciones vicepresidenciales para cualquier partido que estuviera dispuesto a darle cabida. Rossa y Sullivan desataron en efecto campañas paralelas de terror, si bien las fuentes de financiación y parte del personal en algunos casos fueron intercambiables[13].
Los hombres de Rossa atacaron primero a finales de enero de 1883, en Glasgow. Dos grandes bombas destruyeron un gasómetro de la conducción del gas de la ciudad, provocando daños considerables en las industrias vecinas e hiriendo a once personas. A primeras horas del día siguiente, unos juerguistas que habían alargado la noche anterior se encontraron con una bomba ideada para derruir un acueducto de piedra que servía para que el canal de Forth y de Clyde salvase una carretera. Un soldado de permiso hurgó en una sombrerera ovalada, de hojalata, que le estalló en la cara. Los terroristas se desplazaron entonces a Londres.
Siete semanas después, un policía descubrió otra sombrerera, esta vez junto a las oficinas del Times, sitas en Playhouse Yard. Logró darle una patada, lo que provocó que la tosca bomba de lignito no funcionase como estaba previsto. Poco después, cuando el Big Ben daba las nueve, una impresionante explosión arrasó los edificios nuevos del gobierno en Parliament Street. Tanto estos edificios como el cuartel general de la División «A» de la Policía Metropolitana pareció que hubieran sobrevivido a una invasión en toda regla. Gladstone apareció a la mañana siguiente para examinar el desastre. Se estacionaron a partir de entonces policías en todos los edificios clave, para vigilar a las figuras públicas de mayor renombre. Se creó una nueva Rama Especial de Irlanda, al mando del inspector jefe, «Dolly» Williamson, dedicada al terrorismo feniano en exclusiva, con sede en un pequeño edificio en el centro de Great Scotland Yard, un dédalo de callejuelas y patios que se encontraba en el flanco este de Whitehall, donde la Policía Metropolitana sigue teniendo establos para sus caballos. El 21 de mayo, el Times publicó una carta de «un dinamitero considerado» en la que advertía que «miles, tal vez millones de ciudadanos inocentes como ustedes habrán quizá dejado de existir antes de que llegue un nuevo mes de abril». Desde Colorado, el corresponsal aconsejó a los británicos que procedieran a la evacuación de mujeres y niños antes de que regresaran los terroristas fenianos[14].
El lazo más débil en toda la campaña de Rossa era el hecho de que los explosivos entrasen de contrabando en Gran Bretaña a bordo de barcos norteamericanos con rumbo a Cork o a Liverpool, procedimiento que permitió a la policía lograr sus mejores éxitos. La siguiente oleada de terroristas, despachada por el Clan de Sullivan, y no por Rossa, resolvió pasar a fabricar sus bombas en Inglaterra, para no tener que soportar el acoso de las autoridades portuarias tanto en Inglaterra como en Irlanda, en donde habían aumentado las medidas de seguridad. Su líder, el doctor Thomas Gallagher, visitó Gran Bretaña disfrazado de turista norteamericano en 1882. Procedente de una numerosísima familia de emigrantes irlandeses, Gallagher había trabajado en una fundición cuando era adolescente, y había estudiado medicina en sus ratos libres. Poseía la autoridad natural de un curandero en su barrio de Brooklyn, mientras gracias a sus estudios también había adquirido los conocimientos de química necesarios para la fabricación de bombas.
Gallagher envió a Inglaterra a un tal Alfred George Whitehead —o Jemmy Murphy, que era su nombre verdadero— con el fin de que estableciera la cobertura necesaria para una fábrica de bombas. Whitehead alquiló un local en el barrio de Ladywood, en Birmingham, donde montó un falso negocio de pintura y decoración, con pinceles y papel pintado en exposición, para sus posibles clientes, por valor de diez libras esterlinas. Esta cobertura le permitió adquirir grandes cantidades de productos químicos, cuyo olor quedaría enmascarado por los de la pintura y el aguarrás. Algunos proveedores, extrañados, comenzaron a preguntarse por las grandes cantidades que compraba Whitehead de glicerina pura, y repararon en su acento irlandés, en sus uñas sucias, en la ropa mordida por el ácido. Algunos policías de paisano comenzaron a acudir a comprar brochas y papel pintado, hasta que por fin entraron de noche en el establecimiento para tomar muestras de los productos químicos que allí abundaban. Se dieron cuenta de que el ácido les había agujereado los calcetines. La clave más ominosa fue una chaqueta con etiqueta de Brooks Brothers, de Broadway, Nueva York, que tanto entonces como ahora era y es una famosa marca de ropa de caballero.
Aunque tuvieran sujeto a vigilancia al fabricante de las bombas, los policías aún no tenían ni idea de cuál pudiera ser la identidad de los terroristas. Gallagher los había reclutado el año anterior entre los jóvenes pertenecientes a los muchos clubes fenianos de Nueva York, como el Emerald Club o el Napper Tandy. El propio Gallagher viajó a Inglaterra junto con su hermano Bernard, alcohólico, al cual hizo viajar en la bodega, en tercera clase. Gallagher llevaba 2.300 dólares encima y una carta de crédito por valor de seiscientas libras esterlinas. Junto con su equipo de terroristas hizo varios viajes de Londres a Birmingham para recoger los explosivos que preparaba Whitehead. A pesar de las claras instrucciones del doctor, los integrantes menos inteligentes de su equipo supusieron que era posible verter la nitroglicerina en un saco o en un baúl sin que hicieran falta bolsas de goma para su transporte. En una ocasión echaron cuarenta kilos de nitroglicerina en dos botas de pescar que, atadas con un cordel por el cierre, a la altura de las rodillas, fueron llevadas a Londres dentro de una maleta. Los mozos de cuerda tanto de la estación como del hotel se sorprendieron ante el peso, especulando sobre si la maleta contendría soberanos de oro o lingotes de hierro. La policía siguió a los terroristas a su retorno de Birmingham a Londres, y allí procedió a su detención. Whitehead fue arrestado en su fábrica de bombas. Toda la célula fue condenada a cadena perpetua. En otro triunfo para las autoridades, diez de los llamados «Ribbonmen» de Glasgow (violentos nacionalistas católicos que portaban cintas verdes en la solapa) y dos de sus contactos, irlandeses de Estados Unidos, fueron acusados en diciembre de 1883 por la campaña de bombas colocadas en Glasgow. Una Ley de Sustancias Explosivas mucho más rigurosa comportó que fuese prueba irrebatible de culpabilidad, a pesar de la presunción de inocencia, la simple tenencia de determinados productos químicos o de explosivos ya compuestos.
Estos juicios tuvieron lugar durante el verano, a la vez que se preparaba una última campaña de bombas, concentrada en Londres. El dirigente de este equipo, William Mackey Lomasney, había nacido en Ohio, y había sido amnistiado por las autoridades británicas en 1871, tras cumplir parte de una condena que le fue impuesta por delitos relacionados con la tenencia de armas y el intento de asesinato. Procedente de una familia de hondas raíces en la insurrección irlandesa —su bisabuelo murió cuando luchaba en la banda de Wolfe Tone—, Lomasney era un hombre de apariencia enclenque, acento arrastrado y un rostro irreconocible, según se dejase la barba o se la afeitase. El equipo de Lomasney dio comienzo a su campaña con el bombardeo de varias estaciones del metro londinense en noviembre de 1883. Las estaciones y los túneles oscuros les proporcionaron abundantes vías de escape para evadirse de su captura, al igual que la presencia de la muchedumbre. Las bombas, colocadas en bolsos de viaje, se dejaban caer ante los vagones de primera clase, y se detonaban cuando los coches de tercera clase pasaban por el punto en el que habían quedado los bolsos. El primero de estos ataques tuvo lugar cuando un tren de la Metropolitan Line salió de la estación de Praed Street, conexión por metro con la estación de ferrocarril de Paddington. Setenta y dos personas que viajaban en los vagones más baratos fueron heridas por las astillas de madera y las esquirlas de cristal. Veinte minutos más tarde estalló otra bomba de parecidas características en un tren de la District Line que partió de Charing Cross con destino a Westminster; causó daños más limitados en las conexiones eléctricas y de agua del propio túnel del metro. Entre los heridos se contaron varios artesanos y tenderos, así como dos escolares de Clacton que pasaban el día de visita en la capital. Entretanto, otro equipo de los fenianos había intoducido los componentes necesarios para la fabricación de bombas en un barco procedente de Francia. En febrero de 1884, cuatro bombas con detonadores de relojería fueron depositadas en las consignas de equipajes de cuatro grandes estaciones de ferrocarril: Charing Cross, Ludgate Hill, Paddington y Victoria. Tres de ellas no llegaron a estallar, aunque la bomba de Victoria devastó la sala de consigna al estallar a la una de la madrugada, cuando la estación estaba desierta. Los terroristas ya viajaban hacia Francia antes de haber dispuesto la explosión de las bombas. La vigilancia policial de los puertos aumentó las medidas de seguridad[15].
Con la ayuda de un informador, la policía arrestó a un irlandés de Estados Unidos llamado John Daly, que portaba tres bombas de dinamita encastradas en recipientes de latón. Su intención había sido arrojarlas desde la galería de los visitantes a la sala de plenos de la Cámara de los Comunes, atentado que, de haber tenido éxito, habría acabado con todo el gobierno y los líderes de la oposición que ocupaban los bancos. Un jurado tardó quince minutos en dictaminar la culpabilidad de Daly. Entretanto, los hombres de Lomasney atacaron en mayo de 1884 el Junior Carlton Club e hirieron al personal de cocina y no a los miembros del selecto club, reunidos en el domicilio de sir Watkin Wynn, y aún con más audacia atacaron las oficinas de la Rama Especial de Irlanda. Se dejó una bomba en un urinario de hierro forjado, en el pub Sol Naciente, que estaba pared con pared en una esquina de Great Scotland Yard con la sede de la Rama Especial de Irlanda. Causó daños considerables en el edificio y destruyó muchos de los archivos policiales sobre los fenianos. Tras una relativa tranquilidad durante el verano
