Prólogo
Cuando nota el impacto de las balas, primero en el brazo y luego en el estómago, la sensación no es la que siempre había imaginado. Porque, por supuesto, como cualquier chico negro criado en ese barrio, él la había imaginado. Había pensado que sería algo caliente y acerado, como un navajazo; en cambio, todo su cuerpo se enfría, como si alguien le hubiera rellenado las entrañas de hielo.
La sangre también supone una sorpresa, no por la gran cantidad —había fantaseado con un charco de sangre a su alrededor—, sino precisamente por lo contrario: apenas un reguero cálido y pegajoso que salía de debajo de la chaqueta cuando se desplomó en el suelo.
Oye pasos firmes y voces que se acercan: son dos. Uno está llamando a una ambulancia. Hablan en voz alta y rápido, no con él sino entre sí.
—Mira su carnet.
—No, no lo toques.
—¡Mierda!
Y luego:
—¿Dónde está el arma? ¡Cógele el arma!
Uno de ellos lo repite una y otra vez.
«No hay ningún arma». Él quiere explicarlo, pero no consigue pronunciar ni una palabra.
Llevaba los cascos puestos, con Meek Mill sonando a toda leche, cuando creyó oír gritos y percibió unos pasos resonando en el callejón. Se volvió, e instintivamente se llevó la mano al bolsillo para bajar el volumen de la música. Eso fue una estupidez. Lo sabía de sobra. «Nada de movimientos súbitos. No seas una amenaza. Haz lo que te digan». Su madre se lo había inculcado desde que empezó a andar. Sin embargo, ni siquiera tuvo una oportunidad: su mente se movió mucho más despacio que las balas.
A su cabeza viene una imagen: su cara en las noticias. Sabe a ciencia cierta qué foto escogerá su madre: la foto de curso del año anterior, cuando terminó octavo. A ella le alegró que por fin hubiera salido sonriente, porque solía mantener la boca cerrada para ocultar el hueco entre los dientes, a pesar de que justo la semana anterior había oído que Maya, que hacía cola detrás de él en la cafetería, lo había calificado de «mono». Visualiza a Riley Wilson, la guapa presentadora del Canal Cinco, con sus brillantes labios rojos y esa voz suave como el chocolate fundido: «Justin Dwyer, de catorce años, fue abatido anoche por los disparos de dos agentes de la policía de Filadelfia…».
Observa su teléfono en el suelo a su lado, la pantalla rota forma una telaraña de grietas. Durante un segundo lo asalta el pánico: su madre había dejado bien claro que era el último móvil que le compraba. Y entonces la verdad se le aparece con la misma rapidez: ya no importa. En la mochila tirada junto al teléfono lleva un polo que aún no ha estrenado, el que se compró con su paga, diez pavos a la semana por sacar buenas notas, hacer la compra y preparar la cena las noches que su madre dobla el turno. Lo asusta pensar que igual jamás podrá ponérselo. Tiembla con espasmos nerviosos, como cuando se le acaba el tiempo en un examen. Hay tantas cosas que ya no llegará a hacer: conducir un coche, ver el océano, follar. Y al oír el aullido de las sirenas, el temblor se vuelve incontrolable.
Intenta no pensar en su madre. Sabe cómo será su llanto porque lo oyó cuando murió su padre hace cuatro años. No podrá consolarla como hizo entonces, frotándole la espalda, repitiéndole «No pasa nada, no pasa nada» aunque no fuera verdad, aunque lo aterraba haberse convertido de repente en el hombre de la casa.
«No pasa nada. No pasa nada». Se susurra esas palabras a sí mismo porque no hay nadie más que pueda hacerlo. Los agentes están cerca, tiene sus botas reglamentarias a la altura de los ojos; sus voces flotan y se alejan, mezcladas con el pitido de las sirenas y las conversaciones de las radios. Uno de ellos se arrodilla a su lado.
—Aguanta, chico. Te vas a poner bien. Aguanta, por favor.
Él quiere decirles su nombre. Si saben su nombre, se sentirá menos solo. Peor que el dolor o incluso que el miedo es la sensación de estar más solo que nunca.
En el cielo brumoso se ve una única estrella, que le recuerda la luz de la pecera que tiene en su habitación. Es algo en lo que centrar la atención, algo a lo que aferrarse hasta que pase lo que tenga que pasar.
1
Riley
«Los blancos no son de fiar». La voz de mi abuela resuena en mi cerebro sin yo saber muy bien por qué, con ese deje meloso de Alabama que conserva pese a que lleva casi una vida residiendo en Filadelfia. Juro que puedo sentir su hálito caliente en el oído. Sucede cada vez con más frecuencia en los últimos tiempos, desde que, hace dos semanas, Gigi se desmayó en el butacón de pana donde todas las tardes veía religiosamente Judge Mathis. Puede que se encuentre en el hospital Mercy sometida a diálisis periódicas, con un pronóstico que los médicos califican de «reservado», pero también está en mi oído, con sus sensatos consejos y sus frases predilectas dichas al azar. «Lleva siempre un poco de dinero suelto encima». «No beses a un hombre de dedos finos». «Nunca bebas más de dos copas de un licor oscuro». A veces se muestra un poco más directa, como esta mañana, cuando pasé por el hospital y ella me soltó: «Cielo, esa falda es un poco corta, ¿no?».
Me miro la falda y me digo que quizá sí sea un poco corta para ir a trabajar. Tiro del dobladillo, y luego me obligo a olvidarme de todo y cruzo la doble puerta de la emisora con el mismo ímpetu que un crío que va a jugar al hockey. Arriba todos están enfrascados en la emisión de las seis de la tarde. Por primera vez en semanas he conseguido organizarme para no tener que ponerle voz a un reportaje o a una conexión en directo, para salir a una hora decente y por fin encontrarme con Jen. Aun así, ya llego veinte minutos tarde. Saco el teléfono para avisarla de que voy de camino y para saber si ella ya ha llegado.
Es tarde incluso para una chica de color. Ven para acá enseguida!
«Muy graciosa, Jen…, graciosa de verdad». Pongo los ojos en blanco, divertida. ¿Por qué le hablé del concepto de la puntualidad que tenemos la «gente de color»?
Me paro en el semáforo de la esquina, a la sombra de un cartel gigantesco donde aparece el equipo humano de la KYX Action News. Al mirar la cara de Candace Dyson, del tamaño de un planeta pequeño, y el brillo de su sonrisa iluminada por el sol vespertino, me viene a la cabeza ese pensamiento recurrente: «Algún día». Candace fue la primera presentadora negra de las noticias de la noche en la KYX. Se convirtió en mi ídolo cuando yo era una cría y así se lo dije mi primer día de trabajo, hace cinco meses. «Me encantaba verte cuando era niña. Me disfracé de ti en dos Halloween seguidos», balbuceé.
En lugar de mostrarse halagada, reaccionó con una frialdad que no se ha disipado pese a mis intentos de confraternizar. Tal vez notó lo mucho que yo anhelaba su puesto. Tal vez me considera una amenaza. Tal vez lo sea.
Cuando el semáforo cambia por fin a verde, sigo calle abajo, con gotas de sudor en la nuca y el pelo más encrespado de lo habitual por culpa de la humedad. Estamos a veintiún grados, lo cual es absurdo teniendo en cuenta que solo falta una semana para diciembre. Tengo la impresión de hallarme de nuevo en Birmingham, y eso me provoca un escalofrío a pesar del calor.
Cruzo el umbral y me encuentro con un puñado de clientes disfrutando de la happy hour: un mar de vestidos ajustados de vivos colores y trajes azul marino. Propuse este lugar solo porque se hallaba cerca de la emisora, pero con solo entrar noto que la clientela, la falsa decoración granjera y las camareras con pichis plisados se conjugan para desprender un tono pretencioso que resulta de lo más irritante.
No hace mucho esa calle estaba poblada de tiendas de licores y oficinas de cambio de moneda, era la clase de manzana por la que una mujer no paseaba de noche. Ahora todo parece haber cambiado en la ciudad: la gentrificación amenaza cada rincón, tan insidiosa como una corriente de agua que busca su camino entre las grietas; la suciedad y la vejez han sido reemplazadas por lofts elegantes y cervecerías artesanas. Apenas reconozco la ciudad donde crecí.
Tengo la misma sensación cuando distingo a Jen sentada en el bar. Tardo varios instantes en reconocer a mi amiga de siempre. Se ha cortado la melena a la altura del mentón. Hace tres décadas que la conozco y jamás la había visto con el pelo corto. Me parece una extraña. Sin querer, edito la escena hacia una imagen más familiar: la melena de Jen, de un rubio ceniza, cayéndole por la espalda, oliendo a la lavanda del champú Herbal Essences al que se ha mantenido fiel desde que íbamos a secundaria. Ella y yo no nos hemos visto tan a menudo como prometimos cuando me mudé de nuevo a casa, y admito que ha sido por mi culpa: el trabajo nuevo me ha absorbido por completo. Sin embargo, al verla ahora me invade una oleada de amor. «Jenny».
Me detengo un momento a observarla, una costumbre que tengo desde que éramos niñas. En aquel entonces pensaba que, si la estudiaba lo suficiente, podría entrenarme para llegar a ser más como ella: alegre, extrovertida, valiente. Pero eso nunca va así. Al final una no puede evitar ser como es.
Jen se inclina hacia el hombre que está sentado a su lado, le susurra algo, le propina una palmada juguetona en el muslo y luego se echa a reír tan fuerte que las miradas se vuelven hacia ella. Él está hipnotizado, regodeándose en esa atención como un lagarto gordo tumbado al sol en una roca. Esa es la habilidad de Jen: atraerte, hacerte creer que tienes algo único e interesante incluso cuando eres una persona corriente y moliente, y extraer de ti información íntima sin que apenas te des cuenta. Es probable que a estas alturas ya esté al corriente de si ese tipo se lleva bien con su madre, de cuándo lloró por última vez y de qué preferiría hacer con su vida aparte de acudir a la happy hour de gastropubs pretenciosos. Es su don, una familiaridad agresiva. Por eso siempre era Jen la que rompía el hielo en las fiestas, el primer día de clase, en la primera reunión del equipo, y yo me quedaba tres pasos por detrás, esperando que ella cumpliera con su papel de embajadora, que hiciera amistades por las dos. Para Jen era fácil porque, a diferencia de mí, encaja bien en todas partes y con todo el mundo.
Y aunque no puede decirse que sea guapa en un sentido estricto —ella bromeó una vez diciendo que era «sexy de gasolinera…, la versión barata de Gwyneth Paltrow»—, siempre ha tenido éxito con los hombres. Como ese tipo, que ahora ya se le acerca un pelín demasiado a pesar del anillo de casada, que hasta yo veo desde aquí. Y a pesar del que lleva él.
Doy unos pasos hacia donde está ella y me paro en seco cuando Jen se vuelve un poco. Asomando bajo su túnica negra, distingo una barriga redonda. Me sorprende tanto como el corte de pelo, aunque no debería extrañarme. La última vez que la vi, para tomar un aperitivo antes de Halloween, apenas se le notaba. Al ver ahora su barriga, casi tan grande como aquellas pelotas de fútbol que solíamos ponernos debajo de la camiseta cuando jugábamos a estar embarazadas, asumo que todo es real. El embarazo no habría prosperado sin mi ayuda, pero aún tengo que hacerme a la idea de que Jen vaya a tener un hijo. Como si me presintiera, Jen se gira y grita:
—¡Leroya Wilson, mueve el culo y ven aquí!
Me sobresalto al oír mi nombre auténtico, que dejé de usar hace años, y por un segundo me pregunto a quién le estará gritando en medio del bar. Luego veo la expresión de su cara y comprendo que lo hace en plan cariñoso, como si quisiera evidenciar así nuestra larga amistad. «Yo ya te conocía entonces». Resulta gracioso: aunque ni siquiera recuerdo con exactitud cómo se me ocurrió mi nuevo nombre, sí recuerdo lo insistente que me puse con el tema. Sucedió después de una excursión escolar al canal de noticias que hicimos cuando íbamos a octavo. Allí, en la sala de control, contemplando la energía y la acción que desprendía el noticiario en directo, al ver a Candace sentada en el plató con aquel peinado de rizos, rígido como si llevara un casco, y los labios pintados de Fashion Fair color coral, nació un sueño.
Me incliné y, allí mismo, le susurré a Jen al oído: «Voy a ser como ella, Jenny. Seré la nueva Candace Dyson».
Durante las siguientes semanas, a la salida del colegio, me pasé horas frente al espejo del cuarto de baño, vestida con la chaqueta de cuadros que mamá me había comprado para el grupo de debate, practicando la entradilla: «Les habla Leroya Wilson, desde Action Five News». Pero no me sonaba del todo bien. Ya era bastante raro ver a alguien en televisión que se me pareciera, y las que salían nunca tenían nombres como Leroya. Y así fue como pasé a ser Riley.
Para cuando consigo abrirme paso hasta la barra, Jenny ya se ha puesto de pie para saludarme.
—¡Vaya, mamá! —suelto.
—Estoy inmensa, ¿verdad? —Jen arquea la espalda y se coloca una mano debajo de la barriga para enfatizar su tamaño.
—Bueno… ¡Me refería a tu pelo!
—¡Ah, sí! ¡Sorpresa! Me lo hice la semana pasada. Lo quería más corto y manejable, pero que no me diera aspecto de señora. —La mano pasa de la barriga a ahuecar el nuevo corte—. No tengo pinta de señora, ¿verdad?
—No, para nada —miento—. Te queda muy bien. Ven aquí.
Abrazo a Jen y me sobresalto un poco al notar esa barriga dura contra la mía. Cuando hundo la cara en su cabello, el olor familiar a lavanda es tan intenso que casi puedo mascarlo. La nostalgia es como una manta cálida. Doy gracias a Dios por no haber cancelado la cita. Se me pasó por la cabeza en más de una ocasión a lo largo del día, pero ahora, aquí, abrazada a Jen y envuelta en una nube de recuerdos, el estrés por Gigi, por el trabajo, por la lista interminable de obligaciones y por el cansancio se disipa para dejar espacio solo a Jenny, y me doy cuenta de que eso es exactamente lo que necesitaba. Ya estoy más relajada con solo saber que durante las próximas horas no tengo que esforzarme para impresionar a nadie. A veces no hay nada mejor que estar cerca de alguien a quien quisiste antes de convertirte en una adulta. Es como encontrar tu sudadera favorita al fondo del armario, aquella de la que te olvidaste cuando dejaste de ponértela, y empezar a dormir con ella todas las noches.
La presión de la barriga de Jenny contra la mía me recuerda una de esas obligaciones: tengo que devolverle la llamada a Cookie. Se supone que debo organizar la fiesta de embarazo de Jen junto con su suegra, montar un almuerzo el día de Año Nuevo, y Cookie me ha dejado tres mensajes en lo que llevamos de semana. Pero cada vez que cojo el teléfono para llamarla, encuentro razones para aplazarlo. Sobre todo porque Cookie —una mujer que usa «álbum» como verbo, no deja de comentar sus posts en Pinterest y habla de Chip y Joanna Gaines como si los conociera de toda la vida— no para de decir cosas como «¡Es el año del bebé!», como si esa fuera una expresión que la gente suele usar. Su último mensaje de voz fue un abrumador monólogo de dos minutos sobre el color de los globos de la fiesta, un tema que se complica porque Jen se niega a querer saber el sexo del bebé.
«¿No te parece que es una muestra de egoísmo?», preguntaba Cookie en su discurso grabado.
«Bueno, tal vez lo egoísta sea empeñarte en saberlo, Cookie». Es lo que quiero decirle, pero no lo haré, claro. Podría caérseme la lengua, de la de veces que me la he mordido al hablar con ella. Supongo que es el precio que debo pagar para que Jenny tenga la fiesta que se merece, y sé que, si intercambiáramos los papeles, Jen se pasaría las noches hablando por teléfono con mi madre para intentar convencerla de que servir ponche de ron en biberones sería excesivo.
Si hay algo que entusiasma a Jen es una fiesta, pero siempre se toma la molestia de tener en cuenta los sentimientos ajenos, y eso te hace sentirte adorada, además de poco merecedora de tantas atenciones.
Por ejemplo: este verano, el día que regresaba de Birmingham para instalarme aquí, nerviosa y exhausta después de conducir durante trece horas sin parar, me encontré con Jen a las puertas de la cafetería que hay junto al bloque donde vivo ahora, donde llevaba esperándome desde Dios sabía cuándo. Traía no uno, sino dos regalos de bienvenida: una planta de interior con púas y una foto enmarcada de las dos cuando éramos niñas.
—¡No puedes cargarte un cactus! —insistió abrazándome con fuerza, antes de depositarla en mis brazos.
Sí que lo hice, me cargué la planta en tiempo récord, pero la foto todavía está en la chimenea. Es una de mis favoritas. Nos la hicieron cuando teníamos seis o siete años. Habíamos pasado la tarde correteando bajo el sol cerca de la fuente de Logan Square, con un centenar más de niños enfebrecidos, y la cámara nos captó tumbadas una al lado de la otra sobre el cemento húmedo, cada una con su biquini de topos de color rosa y con las manos entrelazadas.
Mientras esperábamos que el casero me diera las llaves, nos sentamos en el bordillo, agobiadas bajo un calor bochornoso. Jenny extendió la mano para secarme la cara.
—Tranquila, ya estás aquí —me dijo.
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando. Estaba tan… contenta, o tal vez sería mejor decir aliviada. Después de todo lo que había sucedido en el último año, podía empezar realmente de cero. Sentadas allí, juntas, sobre el cemento caliente, se produjo uno de esos extraños momentos en que, por un breve instante, las piezas de tu vida se ensamblan de manera correcta. Estaba en casa.
Jenny me señala los dos taburetes que hay a su izquierda.
—Ven a sentarte. —Quita la chaqueta tejana que había extendido sobre el asiento, ajena a la irritación que demuestra el tipo sentado a su lado por haber perdido su atención de un modo tan brusco. Ella ya se ha olvidado de él—. He guardado tres asientos. Uno para ti y dos para mi culazo.
—¡Ya te gustaría tener un culazo! —bromeo—. Estás fantástica. ¡Se te ve radiante!
—Tú también. Aunque siempre parece que estés lista para salir por la tele, así que no me sorprende. Te están creciendo los rizos. Eso está bien.
Estira la mano para tocarlos. Jenny es la única mujer blanca del mundo a la que le permito algo así. O convencerme de que me corte el pelo.
—¿Sabes? Antes pensaba que lo de cabrearte cuando la gente quería tocarte el pelo era una manía rara, pero ahora que estoy así —apoya una mano en cada lado de la barriga—, ya lo entiendo. Soy como la lámpara de Aladino. Nadie pregunta. La frotan y punto.
No son cosas comparables, pero no quiero discutir por eso.
Me toco mis rizos, que ahora se ven aún más exagerados, al lado del elegante corte de Jen, y eso empieza a mosquearme.
—¿Y entonces por qué te empeñaste en que me los cortara dos días antes de que empezara en el nuevo trabajo?
—Es culpa mía. Lo admito. Pensamos que te quedaría muy a lo Kerry Washington en la segunda temporada de Scandal.
—Ya. Pues acabó pareciéndose más a la Kim Fields de The Facts of Life. Solo me faltan los patines.
—Esto te animará, Tootie. —Jenny me acerca una de las dos copas frías; no hace falta que me diga que es un vodka con tónica.
—Por eso te adoro.
Un trago largo envía el fresco líquido hasta el estómago y me recuerda que, una vez más, no he encontrado tiempo para probar bocado en todo el día.
—Que sepas que estoy muerta de celos. —Jenny alza su copa—. Ginger ale a secas para mí.
—Va, tómate al menos una copa de vino conmigo —le suplico, porque beber sola no tiene mucha gracia. Ahora que estoy aquí solo quiero emborracharme con mi amiga de siempre.
Jenny baja la vista y sus manos acarician la barriga con aire protector. Me siento como si acabara de entrometerme en un tema íntimo.
—No quiero correr ningún riesgo, Rye.
No debería haber sugerido el vino. No después de tantos años de intentos infructuosos, de abortos, y de todas las rondas de reproducción asistida. Jen menea la cabeza.
—No puedo, en serio.
—Lo entiendo.
Y es verdad, no miento, pero resulta irónico este cambio de papeles dado que, durante años, Jen había asumido la misión de animarme a que me dejara llevar, a que «viviera un poco». Doy otro sorbo de manera ostensible.
—Pues tendré que beber por las dos.
—¡Estoy tan contenta de que estés aquí! ¡Dios, cuánto te he echado de menos!
Jen me coge la mano en cuanto suelto la copa. No sé por qué, me invade una timidez repentina ante esa efusión de afecto; timidez y, también, un sentimiento de culpa.
—Siento mucho haber estado tan ausente. El trabajo ha sido una locura.
Pese al corrector de ojeras «milagroso», en el espejo inclinado que hay sobre la barra soy capaz de ver los círculos oscuros y las arrugas que me rodean los ojos, y que me sitúan más cerca de los cuarenta que de los treinta. Eso de que a los negros no nos salen arrugas es un cuento. Está claro que los turnos de doce horas, los entre siete y diez reportajes que me encargan por semana y las conexiones en directo casi de madrugada se están cobrando su precio. Sería trabajo para tres personas, pero a estas alturas ya me he acostumbrado. «Tienes que trabajar el doble para conseguir la mitad que ellos, niña». Era un mantra que se nos repetía a todos los niños negros, tan constante como los avisos de echarse crema en las rodillas peladas.
—No te disculpes. Lo comprendo. Y la verdad es que lo estás petando. Me encantó la historia de anoche sobre por qué la ciudad debe invertir más dinero en los comedores de las escuelas del oeste de Filadelfia. No tenía ni idea de cuántos críos iban al cole sin almuerzo porque no podían pagárselo.
—¿Lo viste?
Me había llevado semanas convencer a mi jefe, Scotty, el director de informativos, de que me dejara tocar ese tema, pero luego, cuando empezaron a entrar emails felicitándonos, tuvo a bien olvidarse de sus palabras: «No creo que a nadie le importe mucho eso, Wilson».
—¿Me tomas el pelo? Claro que lo vi. ¡No me pierdo ni uno de tus reportajes, Rye! Eres el único motivo por el que veo ese patético noticiario local. ¡Y pronto serás la presentadora!
Jen brinda conmigo con tanto entusiasmo que temo que rompa el vaso.
—Bueno, ya veremos.
Brindo a medias, por miedo a gafarlo sin querer. «Quien mucho abarca, poco aprieta». Jen fue la única persona a la que le confié los rumores de que Candace podía estar pensando en jubilarse. Yo siempre había creído que pertenecía al tipo de mujeres que saldría de un estudio con los pies por delante, pero, a decir verdad, cuando Scotty me invitó a comer el mes pasado, confirmó los rumores de que Candace estaba «explorando otras posibilidades» y de que, con toda probabilidad, él buscaría a alguien de la casa para sustituirla. Por la manera en que lo dijo quedaba claro que Candace, una mujer que acababa de cumplir los sesenta, estaba siendo despedida después de más de dos décadas en la emisora. Yo debería haber protestado ante tal injusticia, pero estaba demasiado concentrada en lo que eso podía significar para mí: la oportunidad de presentar las noticias. Era mucho pedir, dado que yo solo llevaba unos meses en la emisora, pero desde que Scotty deslizó la posibilidad, se ha convertido en un dorado trofeo que trato de alcanzar, como un bebé goloso que estira sus manitas rollizas para coger unos caramelos. Sin embargo, que Jen lo dé por hecho aumenta mi ansiedad por si no llega a ocurrir.
—Lo conseguirás, confía en mí —continúa Jen—. Lo sé. ¡Presentadora a los cuarenta! Siempre te marcaste esta meta, ¿no? Vas a ocupar ese puesto y tus rizos se verán en el cartel a dos kilómetros de distancia. Serás famosa, y así podré contar a todo el mundo que yo te conocí cuando practicabas los besos con lengua con una almohada y la imagen del actor Taye Diggs encima. —Vuelve a bajar la vista y se acaricia la barriga con las manos—. Todo nos está saliendo bien, Rye. Nuestros sueños se hacen realidad.
—Dios, ¿recuerdas cuántas partidas de MASH llegamos a jugar? Tengo la impresión de haberme pasado la vida viviendo en una cabaña con Cole Bryant, de la clase de mates.
—Mira, guapa, te habría encantado vivir en una cabaña con Cole. ¡Sus calzoncillos te volvían loca!
Resulta curioso pensar en cuántas horas interminables dedicamos Jen y yo a imaginar nuestra vida futura: dónde viviríamos, a qué nos dedicaríamos, a quién amaríamos y cuántos hijos tendríamos. Lo único que queríamos era que el tiempo avanzara a toda velocidad y sucediera todo ya. Y ahora aquí estamos. Se suponía que esta sería la parte de comer perdices; lo que no entendíamos entonces era que la madurez sería una inagotable serie de comienzos: nuevas ciudades, nuevos empleos, nuevas relaciones, nuevos bebés, nuevos problemas. Tal vez por eso no consigo esquivar nunca la sensación de encontrarme siempre a la espera de lo siguiente.
—Por nosotras, ahora que ya estamos creciditas. —Esta vez soy yo la que brinda con entusiasmo. La cabeza me da vueltas porque me he tomado la copa demasiado rápido y me rugen las tripas—. Necesito comer algo.
—Y yo. Estamos muertos de hambre.
Tardo un segundo en captar por qué Jen habla en plural.
El menú es una especie de pergamino largo prendido a una base de cuero y con la fecha del día en el encabezado, como si fuera un periódico. Todos los platos parecen tener un origen determinado. Steak tartar del condado de Bucks, burrata fresca de Haverford, descrita como «de granja», y miel procedente de los panales que hay en el tejado del restaurante. Queda bastante lejos de las porciones de pizza, los refrescos y las hamburguesas baratas con las que nos criamos.
—Todo es supercaro —dice Jenny, que contempla el menú como si le planteara un problema a resolver.
Tiene razón, los precios por «la degustación de platillos» son tan absurdos como sus descripciones. Yo debería haber escogido un lugar más asequible, teniendo en cuenta los apuros por los que están pasando Jenny y Kevin. Pero intento evitar a toda costa hablar de dinero, para no recordarle la deuda que se cierne entre ambas: el préstamo que, me consta, nunca podrá devolverme. No tuve otra opción, las cosas como son. Tenía que darle el dinero. El año pasado, cuando vine a pasar la Navidad con mis padres, ella se dejó caer por casa en Nochebuena, como siempre. Estaba hecha un manojo de nervios. Habían pasado más de seis semanas desde que la última inseminación, el tercer intento, se frustrara una vez más.
—¿Hay algo que yo pueda hacer? —le pregunté al tiempo que nos pasábamos la botella de vino tinto, y enseguida me pregunté qué le diría si Jen me pedía que tuviera a su hijo, en plan argumento de telenovela.
—Nada.
Jen se dejó caer en la cama donde dormía yo de niña. Me senté a su lado, abracé con fuerza su cuerpo delgaducho y enterré la cara en su pelo. Olía como si no se lo hubiera lavado desde hacía días; ni rastro del perfume a lavanda.
—Podéis volver a intentarlo, ¿no?
—No. No podemos. —Jen suspiró.
—Claro que sí. Seguro que lo haréis —insistí—. ¿Qué os cuesta probarlo de nuevo?
Hubo una larga pausa antes de que respondiera.
—Dinero. Ya debemos…, bueno, unos treinta mil.
—Treinta mil dólares —repetí, intentando procesar aquella cifra descabellada.
Era más que el salario anual de mi primer empleo después de la facultad, cuando trabajaba de reportera para todo en Joplin, Missouri. Y era una cantidad de dinero absurda para invertirla en algo que, al fin y al cabo, no parecía estar funcionando. El bebé brillaba por su ausencia. No obstante, me propuse con firmeza no juzgar. Además, nunca había visto así a Jen. Era doloroso ser testigo de que alguien a quien quieres desea algo con tanta desesperación, presenciar lo mucho que la alteraba cada aborto, volviéndola más frágil y más amargada. Gigi decía que era como si el propio espíritu de Jen se pudriera como fruta olvidada. Solo me quedaba una opción.
—¿Cuánto necesitas? —Me preparé para la respuesta.
Jen no respondió enseguida, y eso me dio esperanzas de que rechazara mi ofrecimiento, lo cual, tal vez, era lo que yo quería en el fondo.
—¿Quizá cinco mil? —dijo por fin, con un hilo de voz que jamás le había oído emplear—. Eso sería una gran ayuda…, si no es demasiado.
De nuevo, intenté no reaccionar ante la cifra y me limité a extenderle un cheque que se llevó de un plumazo más de la mitad de mis ahorros, logrados tras muchas horas de esfuerzo. Su tono de voz al darme las gracias al tiempo que me estrechaba entre sus brazos lo compensó todo. Y aún más sus gritos, tan altos que tuve que alejar el teléfono de mi oído, cuando me llamó para decirme que la siguiente inseminación había salido bien. Sin embargo, a veces el dinero parece una chinita que se te ha metido en el zapato: no es que te impida caminar, pero la notas. Ahora, las dos contemplamos su barriga y llegamos en silencio a la misma conclusión: esa pizca de tensión entre ambas es un precio pequeño a pagar.
—No te preocupes, pasaré la cuenta a la emisora. Quizá grabemos un reportaje de este sitio. —Miento de nuevo para que ambas nos sintamos mejor—. Pide lo que te apetezca. Pago yo… o, mejor dicho, paga la emisora.
Jenny vuelve a fijar su atención en la carta, visiblemente aliviada.
—Bueno, en ese caso vayamos a por todas. Divirtámonos. Hemos recorrido un largo camino desde Chef Boyardee, ¿no crees?
El camarero por fin se separa de la pandilla de rubias con pinta de no tener edad para beber y nos presta un poco de atención. Diría que me reconoce porque me mira dos veces. Resulta embarazoso lo mucho que me gusta esta sensación, que una nunca se acostumbre del todo. Le brindo una sonrisa dócil, pero él ya está metido en su papel de camarero y nos suelta un brusco «¿Qué desean pedir?». Incluso entonces, se dirige solo a Jen, como si fuera ella la que se hará cargo de la cuenta. Pido platillos por valor de cien pavos con el fin de demostrar algo, aunque no estoy muy segura de qué exactamente. El tipo se aleja antes siquiera de que yo deje la carta en la mesa.
—¡Nos vamos a poner las botas! Kevin está cogiendo todos los turnos que puede antes de que nazca el bebé y hace horas extra los domingos, en los partidos de los Eagles, así que me paso las noches tomando cereales a solas en el sofá mientras veo Fixer Upper.
—La vida glamurosa de las esposas de los polis.
Jen se muerde el borde del labio inferior, un tic nervioso que tiene desde siempre y que incluso le ha dejado una pequeña cicatriz blanca.
—Ojalá. Ha sido duro. Las vacaciones son una mala época para ser poli. Se supone que Acción de Gracias y Navidad son el periodo más feliz para mucha gente, pero se incrementan mucho las llamadas, los episodios de violencia doméstica y los suicidios. Kevin tuvo que acudir a uno la semana pasada: el día después de Acción de Gracias un tipo se colgó de la barra del columpio de su hija en el patio trasero de su casa. Horrible, ¿no crees? Dejó una nota pegada al columpio donde decía que no podía luchar contra los demonios. Kevin estuvo alterado durante días. No dice nada, pero yo lo veo. Es demasiado para un poli… Se convierten en trabajadores sociales, terapeutas… En fin, dejemos el tema. Dios, es deprimente… ¿Cómo está Gigi?
Desde que la conoce, Jen ha llamado a mi abuela por el mismo nombre que usamos mi hermano Shaun y yo, el que le puse cuando aprendía a hablar y no sabía decir «abuela». A Gigi le encanta, por supuesto, porque para ella Jen es una nieta más. Yo bromeo con ella acusándola de querer a Jen más que a mí, y ella hace lo mismo. Desde el primer día que Jenny acudió a la guardería improvisada que llevaba Gigi, la que inauguró cuando se mudó a nuestra casa después de que el abuelo muriera y ella dejara Bell Atlantic, la empresa donde había trabajado durante treinta años, mi abuela le cogió un cariño especial. La llamaba «mi pequeño petardo».
Siempre me meto con Gigi por eso. «Pero ¿crees que podemos confiar en ella? Al fin y al cabo, es blanca», le digo.
A lo cual Gigi, con pasmosa sinceridad, siempre responde: «Cariño, ya sabes que Jenny es distinta. No es como los otros».
Era gracioso oírlo, porque suele ser lo que la gente ha dicho siempre de mí.
—Oí a mi madre hablando con el padre Price sobre la necesidad de empezar a pensar en el funeral de Gigi y me enfadé mucho. Actuaban como si ya no estuviera.
Jen apoya la mano en mi brazo.
—Gigi es una luchadora, Rye. Aún le queda mucha vida dentro.
—No lo sé… La diálisis ya no funciona, y los médicos no pueden hacer gran cosa. —Me callo por un momento, temiendo que Jen vaya a pensar que estoy loca, pero decido contárselo de todos modos—. Gigi ha estado acechándome. Oigo su voz por todas partes, Jenny. Tengo la impresión de estar perdiendo la razón.
—¿Te recuerda que las chicas buenas llevan pantis?
Jen hace una mueca y suelta una carcajada, tan sonora que la gente vuelve a mirarnos. No cabe duda de que está pensando en la vez en que Gigi insistió en que Jenny cogiera prestadas unas medias suyas para ir a la iglesia un domingo, después de pasar la noche en casa, a pesar de que eran dos tonos demasiado oscuros para las pálidas piernas de Jenny.
—¡No tiene ninguna gracia! —digo yo—. Tal vez esté perdiendo la chaveta.
—Anda, calla. Tú no estás loca. Estás preocupada por ella. La quieres. Y tienes muchas cosas en la cabeza. —Jen masajea el nudo que se me ha formado entre los omóplatos—. Debería ir a verla.
—Sí, le encantaría. Me preguntó por ti, y le dije que habíamos quedado esta noche. Querrá acariciarte la barriga y hablarte del porvenir del bebé. Con quién se casará, cuando será elegido presidente…
—¿Sabes que, por culpa de Gigi, crecí convencida de que todos los negros tienen poderes psíquicos?
—No es nada psíquico. Son los hormigueos.
Gigi siempre afirmaba que las mujeres de la familia Wilson tenían esa facultad, la capacidad de adivinar el futuro cuando sentían esos hormigueos.
Estoy a punto de recordarle a Jen la vez en que intentamos convencer a Gigi para que sacara dinero de los chavales del colegio a cambio de sus lecturas del futuro
