I
Lo que de verdad le importaba, me dijo, era esa campana: sus tañidos a lado y lado de la guerra. Su voz metálica que trazaba sobre la nieve —porque fue en invierno, siempre lo es— una línea divisoria entre el horror, como quien rompe el hielo de un espejo. Fue en diciembre de 1915 en el Frente Occidental, en Douchy. Allí estaban ambos, Ernst Jünger y Robert Graves, y lo escribieron en sus respectivos diarios: el primero como una premonición, el segundo como una burla. Dice Jünger: “Hablamos con dos ingleses, uno de ellos se quitó el escudo de su chaqueta y me lo dio, en él hay un tigre y dos nombres inscritos: ‘Indostán, Lancaster’. Nos preguntaron en francés si teníamos cigarrillos, se los dimos. Qué extraño: llevamos ya más de un año de estarnos matando, y en los pocos momentos de paz y amistad que surgen entre las trincheras lo que hacemos es pedirnos fuego. Muchos creen en la paz, yo no; ni siquiera sé si me guste, si sea buena. Los ingleses elogiaron nuestros cigarrillos, les dije algo que pareció molestarles: ‘Claro, son indios…’. Pero después sonrieron, nos dimos la mano y se fueron. Quizás ellos también creen en esa tregua de Navidad de la que habla todo el mundo, igual a la del año pasado. Yo no…”. Dice Graves: “Sin que nadie lo supiera, bajamos Jack y yo desde Amiens hasta Douchy, o muy cerca. A él en verdad no le molesta nada: ni las balas, ni la sangre, ni el frío, ni la muerte, nada. Solo que todo el mundo le diga ‘Jack’, eso sí. ‘Eso es lo peor de esta guerra, que con ella va a empezar la democracia…’, fueron sus palabras. Un hombre de su rango no acepta que los inferiores lo traten con esa confianza; a mí me da igual, acaso porque no soy de su rango. Tampoco lo eran esos alemanes con los que nos encontramos ayer en nuestra primera incursión por la zona, salimos a la ‘tierra de nadie’ y allí estaban ellos, cinco o seis, riendo a carcajadas. Nos vieron y nos saludaron muy adustos, aunque sin ser hostiles. Ya no reían más, nos acercamos, Jack les pidió un cigarrillo, se lo dieron, fumamos y no estaba mal. Eso les dije y uno de ellos, muy joven, de ojos vivaces, me respondió en francés: ‘Sí, es que vienen de la India…’. Estuve a punto de reírme de su irreverencia, en cambio fingí algo de consternación, casi desprecio. Jack, para agradecerles, se quitó una insignia de la chaqueta que llevaba y se la dio, la insignia que habíamos estado viendo ayer: un tigre y el lema de la 4a Compañía: ‘Indostán, Lancaster’. La chaqueta la recogió Jack por el camino y era de uno de los nuestros al que vimos muerto en una zanja, debía de llevar muy poco allí, sus compañeros lo abandonaron o ni siquiera lo vieron morir; quizás aún lo estén buscando. Oldham se llamaba, según su placa, y Jack solo dijo: ‘Este es de los míos’, luego lo despojó de su chaqueta y seguimos…”.
Entonces, una noche de ese invierno de 1915, sucedió eso que tanto había intrigado y conmovido a Marcelino Quijano, según me dijo, y es que una campana empezó a repicar. También eso lo escribieron Jünger y Graves en sus diarios, y por ellos sabemos que es la misma campana, pues es la misma fecha, 22 de diciembre de 1915: “Como un pájaro desesperado, así retumban las campanas a esta hora…”, escribió Jünger; “no para de sonar esa campana, la señal de que acaso haya llegado el momento de largarnos de aquí…”, escribió Graves. Dos de los mejores escritores del siglo XX, dos de los más grandes y originales combatiendo en la Primera Guerra Mundial. No fueron tampoco los únicos, quizás no haya habido una guerra con tanto talento a su servicio, tantos artistas dispuestos a morir o a matar en sus trincheras. Pero que las huellas de Robert Graves y Ernst Jünger se hubieran cruzado sobre la nieve de ese invierno atroz de 1915 en el Frente Occidental, que hasta allí llegaran ambos y vieran su reflejo en el rostro del otro, eso sí era hermoso. Que se hubieran dado la mano los dos y luego la espalda, que sobrevivieran, eso sí valía la pena, insistía Marcelino Quijano. Un inglés y un alemán, dos enemigos, la humanidad: no hay trinchera que no sea un espejo.
—Pero lo que de verdad me importa —me dijo Marcelino Quijano: Marcelino Quijano y Quadra, para ser exactos, como a él siempre le gustó que se dijera su nombre todo completo—, lo que de verdad me importa es esa campana: que sonara, que ellos dos la oyeran; ese sí es un milagro. ¿No se da cuenta usted? Que dos de mis escritores favoritos hubieran combatido en la guerra siempre lo supe, no fueron tampoco los únicos. Y que se hubieran cruzado era también natural, por qué no, de alguna manera la guerra consiste en eso. Hasta que un día leí esa entrada en el diario de Graves, una edición que me trajo de Londres un amigo: ahí estaba la campana, sus repiques desatados. Vi la fecha y me pareció muy extraño, me acordaba de algo parecido en el diario de Jünger. Fui a leerlo y no lo podía creer: el mismo día, la misma noche, la misma fecha, el mismo sitio. La misma campana, la misma.
Así que eso era lo único que de verdad le importaba a Marcelino Quijano y Quadra, una campana. Con ella sobre la mesa lo conocí, más bien con sus fragmentos en la mano: los tenía todos regados como un gran rompecabezas y trataba de armarlos como quien juega a los naipes, solo, poniendo una carta aquí y otra allá, dudando luego, volviendo a barajar, el dedo en la barbilla. Lo más curioso es que esa escena absurda no parecía sorprender a nadie en la taberna, y los pocos comensales y los pocos borrachos que estaban en ella no reparaban en esa esquina en la que un hombre de sombrero y traje entero, pipa, un vaso de cognac, anteojos y bigote parecía estar pegando los pedazos del mundo después de haberlo roto contra el piso. Incluso el dueño de la taberna, Franco Bruno, su nombre lo supe luego, su nombre y la grandeza de su corazón, incluso él observaba con naturalidad y aun con cariño (claro que sí, ahora lo puedo decir) los intentos de Marcelino por rehacer esa campana y devolverle la voz. Yo entré y me hice en la otra esquina, había caminado más de tres kilómetros sin que hubiera un solo sitio abierto en la carretera. Entonces llegué al pueblo, Piedras de Fuego, y vi la luz prendida de la taberna, El Tiempo Perdido. Abrí la puerta y era de verdad casi un establo, como me la habían descrito: una caballeriza con una barra y mesas muy grandes de madera, cuadros de ciudades y palacios italianos por todas partes, botellas, una cafetera, un perro disecado, una chimenea que ardía y crepitaba y en la que de repente alguno de los clientes metía un pan que había cogido de una canasta que colgaba del perchero para los sombreros. La clientela no es que fuera numerosa, no, pero se multiplicaba en los espejos que cubrían las paredes: espejos enormes y antiguos, ensombrecidos no solo por la luz tan tenue del lugar sino también, creo yo, por el humo que debían de haber soportado durante años, demasiado humo albergado allí, demasiado tiempo. Y luego estaba Franco Bruno, un napolitano sonriente y locuaz que iba de mesa en mesa atizando todas las conversaciones, cuando no estaba en la barra sirviendo los tragos o la pasta o la fritura de mar que él mismo preparaba y luego repartía mientras iba contando a los gritos la misma anécdota del niño papa, “El niño Papita”, en los tiempos del emperador Otón III.
Fue él quien me hizo sentar en esa esquina, en esa mesa: abrí la puerta y todos me miraron —todos, salvo Marcelino Quijano— y Franco Bruno vino a saludarme y me dio la bienvenida y me preguntó si quería comer o beber o las dos cosas o solo hablar. “Si es solo hablar, vale el doble”, me aclaró picándome el ojo. Le dije que quería una cerveza, ojalá fría. Asintió, me llevó a la mesa, la limpió con un trapo que guardaba en el bolsillo de la camisa, puso una canasta de pan, se fue y volvió muy rápido con mi trago. Dos mujeres que tomaban vino al lado me sonrieron, yo las saludé a ellas; eran tan feas que temí por mi vida, la suya ya no tenía salvación. Entonces lo vi allí sentado, al otro extremo del salón, en una mesa grandísima y sobre la que había desplegado objetos absurdos que se encargaba de mover como ya dije, como si fueran naipes. Tenía que ser él: fumaba pipa y me impresionó su traje entero e impecable, como en la foto, y el sombrero del mismo color del abrigo, y el cuello de la camisa sin un solo pliegue. Era un hombre menudo, bastaba verlo aun en la distancia, en la oscuridad de la taberna. Y el humo que exhalaba, muy lento, le daba casi la aureola de un santo o un gángster, lo llenaba de misterio y de bruma, como si él los pudiera administrar a placer. Tenía bigote y unas gafas muy gruesas, pensé que era judío. Pero su expresión en ese momento era la de quien está en la más absoluta concentración, de lleno en un solo asunto que nada tiene que ver con lo que ocurre en el resto del mundo. Franco Bruno se le hizo al lado, de pie, viendo cómo movía las fichas sobre la mesa; cómo reconstruía los pedazos de esa campana y con ella el tiempo. “No, ahí no…”, alcancé a oír que le decía, y Marcelino Quijano asintió. Luego se volteó para mirarlo y le dijo: “¿Dónde entonces, doctor Franco Bruno?”. No pude saber qué le contestaba el otro, pues empezó a sonar, a todo volumen, en un viejo tocadiscos, una música festiva y anticuada que retumbaba y hacía que los espejos vibraran sin parar. Así que solo “veía” la conversación de Marcelino y Franco Bruno, la mímica de lo que se decían sin poder escuchar su voz, cada vez era más estridente la canción. Lo que vi luego fue aterrador: una de las gárgolas, una de esas dos espantosas mujeres sentadas junto a mí se paró de su mesa y se me fue acercando entre sonrisas y coqueteos, contoneándose al ritmo de la música, la música del Apocalipsis, pues me extendió la mano y me dijo que bailáramos, sin dejar ni por un segundo de moverse y tararear. Y era tan firme su determinación, tan desoladora, que no pude más que pararme y tomarla entre mis brazos, bailar sin remedio. Aunque debo reconocer que no lo hacía mal, para nada, todo lo contrario, y me iba llevando con gran autoridad por la madera crujiente del piso, muy cerca el uno del otro, ella sonreía e incluso alcanzó a decirme en italiano: “Siempre habrá más para ti, siempre hay música…”. Entonces paró la canción con el ruido del disco que se acaba, la aguja por fin se levantó. Yo volví a mi mesa, sudando, y vi a Franco Bruno llamarme desde el otro lado, agitaba la mano. Pensé que no era a mí a quien buscaba, miré hacia atrás, tomé un sorbo de cerveza, luego otro, luego otro. Pero era tan insistente el llamado, tan específico, tan vehemente, tan incomprensible —ya no solo agitaba la mano, ahora también me señalaba con el dedo, como quien despeja cualquier confusión—, que cogí mi vaso y me fui para allá, solo se oían mis pasos sobre la madera crujiente del piso, también la chimenea crepitar. Una de las gárgolas me sonrió.
—El doctor Marcelino Quijano —me dijo Franco Bruno, presentándomelo—: Marcelino Quijano y Quadra, mi cliente más antiguo y el mejor de todos, ¿no es verdad? Nos conocemos hace más de cuarenta años, cuando él llegó a Piedras de Fuego. Desde entonces no hay día en que no venga, nunca nos ha privado de ese honor…
—Bueno —interrumpió Marcelino, yo seguía pensando que era judío—: solo un día. Ese día sí…
—Es cierto, es cierto —dijo apenado el dueño, y suspiró—: ese día sí. ¡Ah, Madame Luchaire, por Dios, qué falta nos hace! Ese día sí. Pero ese fue un día triste para todos, doctor, no solo para usted. Ese día un pedazo de todos nosotros murió también; nadie vino ese día, ni siquiera yo…
Yo no entendía nada, la verdad, pero vi cómo a Marcelino Quijano y Quadra (así pedía que lo llamaran siempre, con la “Q”) se le llenaron los ojos de lágrimas. Y era muy extraño, porque aunque había en ellos tristeza y nostalgia, sin duda, esas lágrimas me parecieron entonces, y hoy sé que era así, lágrimas de felicidad, de celebración. Incluso esbozó una sonrisa el doctor, la sonrisa de un pasado feliz: como si fuera más bien un recuerdo, el fantasma de la risa, la sombra de otros días que se le quedaron allí en la boca. Me explicó entonces Franco Bruno que hablaba de la esposa de su cliente, una francesa irrepetible que había llegado con él al pueblo y que allí estuvo hasta el día de su muerte, hacía de ello diez años ya, “es increíble que el tiempo pase…”, dijo. Se llamaba Gabrielle Luchaire y era dulce y hermosa, lo fue desde joven y hasta el final. De hecho, cuando fui a la casa de Marcelino, tres días después de conocerlo esa tarde en la taberna, había en ella un portarretratos en mosaico que presidía la sala y en el que se podía ver justo eso: fotos de su esposa desde que era niña, casi la misma foto, la historia de una vida allí contada: en París, en un puente; luego en Roma, al lado de la casa en la que murió John Keats, una bellísima muchacha que sonríe y mira para arriba, con una sombrilla en la mano; luego en un jardín florecido, quién sabe en qué lugar del mundo, la misma muchacha un poco mayor; luego en Popayán, junto al Morro, un día de verano, allí siempre es verano aunque no pare de llover, esa muchacha ya no lo es tanto, ahora es una mujer entera y dueña de sí, vuelve a sonreír. Marcelino, mostrándome otra foto, la mira y sonríe él también, luego me cuenta: “Aquí está en Viena: éramos novios apenas, ese día me escribió una carta en la que me decía que estaba cansada de viajar, que uno ve solo lo que quiere ver y que para eso no se necesita salir de la casa… Le respondí que uno viaja es para eso, para no salir jamás de su casa: para extrañarla y querer volver cada día más, agotado del mundo. Como decían los romanos: donde está el Emperador está Roma: allí donde vayamos nuestra vida y nuestra casa van con nosotros…”.
Pero esa tarde en la taberna, el día en que lo conocí, Marcelino Quijano no añadió nada más sobre su esposa. Sonrío apenas, asintió cuando Franco Bruno dijo que había sido dulce y hermosa y que era una pena que ya no estuviera con nosotros. Se secó las lágrimas, la nostalgia es que nos dé tristeza acordarnos de una alegría. El dueño de la taberna me preguntó entonces que yo qué pensaba: me hablaba de esa campana, desplegada allí sobre la mesa, a pedazos, le dije la verdad, que no tenía la menor idea, yo qué iba a saber. Se lo dije, eso sí, con toda la amabilidad del caso, casi a tientas, fingiendo interés. Ellos dos se miraron intrigados pero también divertidos, como si esa fuera una costumbre, como si siempre los creyeran locos. Sobre todo al doctor Marcelino, a él sí que lo consideraban un caso perdido hacía muchísimos años —eso ya lo sabía yo: eso me advirtieron antes de ir a buscarlo—, no en vano se había ido a vivir a Piedras de Fuego: el pueblo más pequeño de Abruzzo, un caserío junto al Adriático. En realidad el otro pueblo más pequeño era Fara Filiorum Petri y entre los dos había una reñida competencia por demostrar cuál tenía la razón, cuál era más pequeño y más cómodo, en cuál se vivía mejor. La diferencia estaba en que mientras en Fara había solo lugareños y abruzzeses, muy cerrados y orgullosos de sus tradiciones, además, en Piedras de Fuego era todo lo contrario y con los siglos se había vuelto una especie de refugio para la gente más rara que uno se pudiera imaginar: napolitanos que no hablaban sino su dialecto, sicilianos venidos a menos, calabreses, griegos, turcos, libaneses, poetas, soldados retirados, magos, tahúres, músicos, gitanos. Más que un pueblo era un caravasar, cuyo gran triunfo, en ese enfrentamiento mortal contra la gente de Fara, ocurrió la primera vez en que se publicó el atlas oficial del Reino de Italia y lo borraron del mapa: no apareció allí Piedras de Fuego, no estaba. Ese día fue celebrado con júbilo por todos sus habitantes, el 29 de febrero de 1868, y la fecha fue consagrada desde entonces como un día de fiesta, para siempre. Es más: Piedras de Fuego es el único sitio del mundo en el que todos los años, sin importar cuál sea bisiesto y cuál no, hay un 29 de febrero, ese es el único día que no se puede suprimir del calendario, todos los demás sí. Por eso existe la tradición, en Navidad, de escoger al azar un día del siguiente año que debe ser sacrificado y que no ocurre ni cuenta, que desaparece para darle su lugar al 29 de febrero, que es el día del año en el que también celebran su cumpleaños todos los que cumplían en esa otra fecha degradada y abolida por tan noble causa. Así se mantiene el régimen de los años bisiestos; así nadie se queda sin celebrar un año más de vida. Dicen, decía Franco Bruno, que fue de allí de donde Lewis Carroll, que estuvo alguna vez en el pueblo, se inspiró para su famosa idea del “no cumpleaños”.
A ese lugar había llegado Marcelino Quijano y Quadra hacía más de cuarenta años acompañado por su esposa. Todos lo vieron entrar de traje completo y sombrero, paraguas en medio del verano y un reloj terciado en su chaleco, gafas, bigote. Ella revisaba que cada baúl y cada caja fueran dejados dentro de la casa con sumo cuidado, el espejo enorme de Murano, los miles de libros, los candelabros, el piano de cola, todo. Al mismo tiempo sonreía y saludaba a los curiosos que pasaban por allí a ver quiénes eran los recién llegados. Él, un poco más tímido, miraba todo con curiosidad en su nueva casa: las paredes blancas, los postigos repujados, el jardín que parecía fundirse con el mar. Todo tal como se lo había dicho ese conde inglés al que se la había ganado en el juego, tres días antes en Viena. Primero apostaron dinero, después las joyas de la mamá de aquel noble, después esa casa a orillas del Adriático. No hubo partida que no ganara el doctor Marcelino, y no es que fuera un ludópata ni mucho menos. Pero era fama en Europa que nadie jugaba a los naipes mejor que él, por eso iban a buscarlo para que revelara sus secretos o para que aceptara jugar y ser derrotado, jamás, por los seres más excéntricos, ellos sí ludópatas a carta cabal, nunca mejor dicho, verdaderos enfermos, verdaderos posesos. Quijano y Quadra, siempre la Q, se resistía con el alma, no le interesaba apostar ni demostrarle nada a nadie; al menos no eso. Y solo cuando le insistían hasta el cansancio concedía con su retador, daba su brazo a torcer, aunque dentro de las condiciones más estrictas y con unas apuestas demenciales que eran la última tabla de salvación que él le lanzaba a su inminente víctima, quizás para persuadirla de irse de allí sin perderlo todo. Algunos reculaban, algunos entraban en razón. Otros, como ese conde, llegaban hasta el filo del abismo y saltaban al vacío, Marcelino Quijano los hacía pedazos. Nunca perdió, solo dos veces en la vida. De resto, podría decirse que una parte de su descomunal fortuna venía de allí, de sus victorias en el juego. Y cuando oyó ese nombre, “Piedras de Fuego”, supo que ese era el lugar en el que quería estar. Una casa allí, le dijo el inglés, aquí están las escrituras, se la apuesto. El doctor volvió a sentarse, prendió otra vez la pipa —me lo imagino—, botó con la mano, como solía hacerlo, las cartas. Las barajó y volvieron a jugar. Una hora duró la partida, ganó otra vez. “La casa es suya”, le dijo el inglés: una casa de paredes blancas con un jardín desde el que se ve el mar, la puerta es de roble, las ventanas tienen incrustaciones de bronce. Piedras de Fuego. “La casa es suya, muchas gracias…”.
A los tres días ya estaba allí de trasteo, en dos camiones fletados desde Viena: todos sus cuadros, todos sus libros, su espejo y su piano, su vida entera. Un lugar más para vivir, quién sabe por cuánto tiempo, dónde estaría el siguiente destino, dónde la próxima vuelta de la esquina. Ni él ni su esposa pensaron nunca que se fueran a quedar en ese pueblo para siempre; eso era algo que ninguno de los dos habría pensado jamás, su patria era otra. Y sin embargo fueron pasando los días (luego me contó él), los años, la vida. Y fue en ese absurdo caserío, porque no era otra cosa, donde encontraron el refugio perfecto para estar, la tranquilidad, la armonía, la felicidad. Nomás entrar a El Tiempo Perdido, la taberna, era ya una dicha, sobre todo por su dueño, un joven y sabio y erudito y locuaz napolitano, Franco Bruno Vitolo, quien había llegado ese mismo año, en enero, y la había abierto en un establo abandonado. La adornó con cuadros de los lugares en los que había vivido antes como cocinero o profesor de latín y de literatura francesa, a la entrada puso a su perro disecado, Bartolo, y para tapar la madera de las viejas caballerizas hizo colgar muchos espejos: espejos viejísimos que se sucedían sobre la pared y dentro de ellos se multiplicaba el mundo, lo que ocurriera en él. En esos espejos casi recién puestos se vio entrar en el verano de 1948 a esa joven pareja de forasteros, muy elegantes los dos, ella de blanco y él con un traje de lino impecable, corbata azul, sombrero claro. Se sentaron y pidieron algo de comer, lo que hubiera, acababan de mudarse al pueblo; eran Marcelino Quijano y Gabrielle Luchaire, por supuesto, fue su segundo día en Piedras de Fuego. El dueño los recibió encantado, les dio la bienvenida y les dijo que él también acababa de llegar, “bueno, hace seis meses apenas”. ¿Querían probar la fritura de pez de la casa, preparada por su propietario? Les sirvió un vino y se sentó con ellos, esa escena se repetiría todos los días en los años por venir. Todos los días hasta que ella murió.
Piedras de Fuego era el lugar perfecto para que Marcelino Quijano y Quadra pusiera por fin su oficina, le dijo su esposa, un lugar estable donde resolver sus casos, no esa trashumancia en la que habían vivido siempre, de aquí para allá, como si su casa fuera la cubierta de un barco o ya incluso un avión. Claro: estaba Viena, allí quedaba también su casa; pero su patria era otra. En Viena además nadie los dejaba tranquilos, demasiadas comidas con amigos, demasiados conciertos, demasiado teatro, demasiada gente. Y aunque él trataba de salir lo menos que pudiera, era inevitable dejarse arrastrar por la vida social de esa ciudad que aun después de la guerra conservaba mucho de su esplendor y de sus viejas costumbres, un fulgor de la “bella época” parecía brillar todavía en sus calles, aun después de la infamia y el horror. Pero una oficina de verdad sí no había tenido nunca Marcelino Quijano, y era quizás lo que más se necesitaba en su trabajo, la única manera, pensándolo bien, de que no todo ocurriera en su vieja máquina de escribir, su Smith & Bross número 8 que él cuidaba más que a su propia vida, porque con ella la había vivido casi toda, además, sus primeros cuentos cuando quiso ser escritor, sus poemas, sus cartas (por favor, sus cartas), sus polémicas, sus pesquisas y sus investigaciones, los informes para sus clientes, no había paso que hubiera dado sin haberlo dado primero allí, en esa maraña metálica de letras, símbolos y números que lo acompañaban adonde fuera, incluso cuando no tenía que escribir. Cuando no tenía que escribir lo acompañaban más que nunca, más que el piano, la música es siempre la misma. Así que en Piedras de Fuego puso su primera y única oficina Marcelino Quijano y Quadra, con un letrero colgado encima de una de las ventanas del frente de la casa. Cuando yo la conocí, tres días después de nuestro primer encuentro en la taberna, aún lo tenía allí, casi cincuenta años después todavía se leía: “Raros y Curiosos”. No era, en contra de lo que se pudiera pensar, una librería de viejo ni un anticuario ni un sitio de coleccionismo y monedas y estampillas y ni siquiera de ropa usada, aunque en cualquiera de esas áreas del saber el doctor habría sido igual de exitoso, igual de riguroso, igual de delicado con todos sus casos y clientes. En realidad es muy difícil de explicar lo que hacía, a qué se dedicaba un hombre tan particular, el ser más extraño del mundo y el más hermoso y ejemplar de todos, una especie de vestigio de otros tiempos por su bondad, por sus maneras, por su corrección, por su nobleza, aunque él estaría enfurecido de oír tantos elogios pronunciados en su nombre. Tal vez no es que fuera anticuado y anacrónico, o no solo eso, parecía más bien un alma intemporal. No es que fuera de otros tiempos sino que no era de ninguno y a la vez era de todos, del que quisiera: sabía de historia, de filosofía, de literatura, de música, de cine, de ingeniería, de astronomía, de arqueología, de botánica, de medicina, de fútbol, sabía de todo. En varias lenguas: hablaba perfecto español, que era su lengua nativa, hablaba italiano, francés, alemán, inglés, portugués, latín y griego clásico, aunque él añadiría: “En ninguna digo nada, y menos en las dos últimas, que nadie sabe pronunciarlas”. Con su esposa, no menos culta e ilustrada que él, pasaban de lengua en lengua según el caso y según el medio, y cuando discutían lo hacían en español, en sus cartas se hablaban en alemán, en la casa hablaban casi siempre en francés o en italiano, sobre todo desde que llegaron a Piedras de Fuego y allí se quedaron para siempre.
Aunque todo con él era un misterio, su historia oficial decía que nació en Popayán quizás en 1920 o 1921: su cédula decía una cosa, su pasaporte otra. Ambas falsas, decía su mujer. Allá en Popayán estudió hasta los diez años, luego se fue de interno a Pasto, al colegio de los jesuitas, de donde salió a los quince años con algo de latín y menos griego. Viajó entonces a Bogotá y estuvo un año ayudándole a un tío que por las mañanas hacía un periódico y por las noches cantaba ópera, luego fue a Buenos Aires, donde nadie sabe muy bien qué hizo pero después de un par de años de estar allí era ya un joven riquísimo y elegante, vestido siempre de traje entero, como lo haría toda la vida, atildado y de bigote. De la Argentina salió en un barco para Europa, en él iba quien sería su esposa y el amor de su vida, Gabrielle Luchaire, allí se conocieron una noche sobre la cubierta, después fueron al casino, después a la habitación de ella y hablaron hasta que entró el día por la ventana. Era la hija del cónsul francés en Buenos Aires, muerto hacía un mes; era hija única, su mamá se murió dando a luz cuando ella nació. Y era de veras un milagro que dos personas tan parecidas, y sobre todo tan solas en el mundo, se estuvieran cruzando allí, sobre el mar, bajo la luna, que sus pasos coincidieran justo en ese mismo viaje y en ese mismo barco del que bajaron cogidos de la mano, enamorados y listos a pasar juntos el resto de su vida. Se habrían podido casar de inmediato, claro que sí, no había quién lo impidiera ni a quién pedirle la mano, pero prefirieron ser novios por un año más. Fue casi un capricho de los dos, un lujo, sentir esa felicidad. Él vivía en París y ella en Viena, se veían cada dos meses y se escribían una carta todos los días, de suerte que su amor ocurría casi en dos tiempos diferentes, en dos planos paralelos de la vida: el de las confidencias y el relato por escrito, y el de todo lo que hacían y se contaban cuando por fin estaban juntos, a veces allá y a veces acá, a veces era él quien iba y a veces ella, a veces se encontraban a medio camino, en Suiza o en Italia o incluso en Alemania, donde vivía la única pariente que le quedaba a Gabrielle, su tía Gertrude, una viejita procaz y borracha y jugadora que había enviudado por lo menos cuatro veces, a cuál más estruendosa. Era la hermana del cónsul, había heredado de su penúltimo marido un castillo en Augsburgo, debía de tener ochenta años y sin embargo llevaba una vida disoluta y escandalosa y feliz, casi una vida eterna, desayunaba con ginebra, fumaba sin parar, coqueteaba, bailaba, viajaba. Fue una de las dos únicas personas que le ganaron a Marcelino Quijano en el juego. Cuando él me lo contó le pregunté si se había dejado ganar, si era una galantería suya con la única persona viva que le quedaba a su mujer. Me juró que no, que esa vieja sí era el diablo y un encanto y que era imposible vencerla, siempre tenía un as bajo la manga. Murió de cien años, la pobre, ahogada con la espina de un pez.
Pero el día del matrimonio de su sobrina con ese pintoresco colombiano al que ella adoró también desde que lo vio, cómo no lo iba a querer con esa cara de judío triste, todavía estaba entera, se ve en la foto: la novia y el novio mirándose enamorados, en Florencia, la tía mientras tanto levanta una copa de vino, suelta una carcajada, va como a correr hacia adelante. Al lado hay unos mariachis que la miran estupefactos, a ella, quién sabe cómo llegaron hasta allí esos mariachis, lo que tuvieron que hacer para estar en Italia esa tarde cantando Bésame mucho. Después de casarse Marcelino y Gabrielle se fueron a vivir a Viena, en una casa muy cerca de la Plaza Beethoven, en el zaguán había un pino. Ya para ese entonces él se dedicaba a hacer lo que hizo toda su vida (eso hacía, es la verdad, ese era su trabajo), fabricar ficciones. Digamos que esa era su actividad principal, de la cual se derivaban otras tantas no menos importantes y no menos inverosímiles, aunque de todas ellas hablaba con la frialdad de un gerente, “mis áreas de trabajo”, les decía, “mis negocios”, porque además se los tomaba muy en serio, como debe ser, como solo puede llevarse a cabo una empresa así. ¿Era un historiador? ¿Un novelista? Era eso y mucho más: un espiritista y un zurcidor de fantasías, un coleccionista de fragmentos de la vida que a nadie le importaban, ni siquiera a sus protagonistas, y en los que muchas veces está una inesperada explicación del universo, “más o menos”, según sus propias palabras, o por lo menos la explicación de un destino, de una tragedia, de un instante, de una decisión que no solo implicaba a quienes la tomaron sino a muchos otros, acaso desconocidos y ajenos a ella, como si todo por debajo de la vida estuviera conectado, como si el mundo fuera un tapiz y cada hilo que se remueve o que se quita en el revés lo arrastrara todo consigo, las claves de cosas que pasan al otro lado de la Tierra, ondas tenues que vibran y llegan a algún lugar muy lejos, una botella de náufrago. Esa era su teoría: que hay que ir recogiendo y guardando los restos de todo, sus escombros. Y cuando uno junta eso, decía, allí está la verdadera trama de la vida.
Esa idea la tuvo desde muy niño leyendo periódicos viejos, los avisos clasificados o fúnebres de un pasquín de finales del siglo XIX, por ejemplo. En la casa de sus papás, que se murieron en un accidente justo antes de que él se fuera al internado en Pasto, por eso se fue, un tío suyo lo mandó para allá, su tío murió también unos meses después, en esa casa había una biblioteca enorme que además de libros tenía eso: documentos antiguos, revistas de hacía casi un siglo, papeles de otros tiempos que él leía como si todo lo que se contaba en ellos estuviera pasando en ese momento, no cuando en realidad pasó, eso era lo de menos. Digamos que ese era su mundo (me dijo): prefería vivir en esa especie de ficción que él mismo cultivaba a partir de esos pedazos inconexos de una historia pasada, solo que él los juntaba, los hacía confluir en un mismo relato que iba armando con total arbitrariedad pero también con total alegría, al carajo la verdad, se prometió una noche de insomnio. Por ese camino descubrió que muchas veces esos datos inútiles que solo parecían tener sentido en sus ficciones, en la trama que él iba tejiendo dentro de su cabeza, esos datos se le revelaban como la respuesta perfecta, muchos años después, incluso siglos, a problemas y misterios que seguían latentes, conflictos que no se habían acabado jamás, ningún tiempo es pasado, era su frase predilecta.
Fue también cuando le dio por el ajedrez y los naipes: se escapaba del internado y se iba a jugar en una posada con un viejo que le enseñó los trucos y la magia del azar. Era un viejo taciturno y cochino, sí, pero cada frase que pronunciaba era como una bomba de cañón, y luego le mostraba cómo se mueven las fichas, cómo se reparten las cartas, cómo hay que ganar. Marcelino volvía de noche donde los jesuitas y a todos los derrotaba ya fuera jugando ajedrez o canasta, el juego que más les gustaba a los curas, un juego propio de espíritus cositeros y perversos. Y como no había quién le ganara se volvió una celebridad dentro del internado, un ídolo. No solo para sus condiscípulos sino también para sus profesores, los pobres sacerdotes de la Compañía de Jesús. Mientras, seguía convencido de que el verdadero placer de la lectura estaba en ese hallazgo moroso de cuantas rarezas se le cruzaran por delante, ya sabría qué hacer con ellas. Como quien va caminando y mira siempre hacia abajo y recoge todo lo más curioso que se encuentra por el piso y se lo lleva para la casa: un torrente de objetos perdidos que encontraban allí, con él, un refugio y luego un orden y luego un lugar en el mundo. Como las monedas, decía, que van de mano en mano
