Hemingway desconocido

Omar Zevallos

Fragmento

Hemingway-1

Introducción

Mucho se ha escrito sobre Ernest Hemingway y, sin embargo, su vida parece estar encerrada en una caja de secretos de donde salen historias que aún nos sorprenden, aunque mientras más tiempo pasa es cada vez más difícil reconstruirlas, ya sea porque quedan pocos testigos, están muertos o las historias se pierden irremediablemente en el olvido.

Aún tengo claro el recuerdo de cómo empezó a interesarme la vida de este gran escritor norteamericano. Mi padre, el pintor arequipeño José Zevallos León, era un lector ecléctico y desordenado, en su biblioteca se podían encontrar libros de pintura, de trucos de magia y también sobre esoterismo; y entre ellos, obras de los grandes escritores clásicos y contemporáneos. Su biblioteca no era muy grande, pero a mí, que era un niño curioso, me parecía enorme y fascinante. Allí podía pasar horas mirando las ilustraciones y leyendo los pequeños libros de la colección Enciclopedia Popular Ilustrada.

Uno de esos libritos tenía en la portada la ilustración de un hombre de barba blanca que sostenía un rifle de caza en la mano derecha y en la otra la cabeza de un kudú africano con sus alargados y ensortijados cuernos. Se titulaba Hemingway el fabuloso, de Enrique Sordo, y tenía un subtítulo muy bien escogido que se quedó grabado en mi memoria: «Su vida fue una aventura y su muerte un secreto».

El libro era una elemental y breve biografía del autor norteamericano, salpicada por unas ilustraciones en dos tonos que mostraban al escritor junto a sus diferentes esposas y al lado de sus codiciadas presas de caza. Hemingway era sin duda el icono del hombre fuerte, cazador, pescador, boxeador, corresponsal de guerra, mujeriego y escritor; y su vida estaba llena de historias increíbles. Estoy seguro de que aquel librito, que aún conservo, me convirtió en un miembro más del club de los admiradores de Ernest Hemingway, y sería el inicio de esta aventura que terminaría en cuatro crónicas sobre la vida del escritor que no están reseñadas en las biografías publicadas hasta la fecha.

Cabo Blanco

Con los años y los estudios, toda la literatura publicada por Hemingway me había ocupado incontables horas de lectura y análisis de sus libros, sin imaginar que todo aquello serviría para iniciar este trabajo. Sin embargo, el viejo escritor pasó a formar parte de un anaquel de mi biblioteca y allí se quedó por años, hasta que un buen día decidí iniciar aquel safari pendiente en busca de los rastros del viejo cazador y empecé por lo más cercano: Cabo Blanco, aquella caleta de pescadores donde Hemingway recaló para filmar escenas de la película sobre su libro El viejo y el mar.

Metí en una mochila algo de ropa, una libreta, un par de lapiceros y enrumbé al norte del país en busca de las borrosas huellas del escritor, pues no había ya casi nada que recordase su paso por ese lugar. Nunca imaginé que aquella aventura que parecía inútil me haría formar parte de ese estrecho círculo de los que buscarán eternamente en los recovecos de la memoria para encontrar aquel dato que nadie más vio sobre la vida o muerte de Ernest Hemingway. Los rastros del escritor en la olvidada caleta de Cabo Blanco se pierden en el tiempo. Los niños que lo vieron pueden ser los experimentados pescadores de hoy, que poco o nada saben de ese enorme gringo barbudo que dicen que estuvo en el club.

Para llegar a la famosa caleta hay que pasar por un pequeño poblado llamado El Alto desde donde baja una carretera que bordea un pequeño cerro hasta arribar a la playa Panic point: un paraíso para los surfistas profesionales quienes afirman que allí se forman olas perfectas. Luego de atravesar la carretera se llega al legendario Cabo Blanco Fishing Club, una construcción de paredes blancas y arquitectura americana que se encuentra abandonada. Durante los últimos años ha pasado por diversos dueños que reclamaron la propiedad; sin embargo, la presencia de Hemingway en aquella caleta está en cada uno de sus rincones. Algunos viejos lobos de mar lo recuerdan como si fuera ayer y los nietos de los que ya se fueron se sienten orgullosos de sus abuelos que estuvieron al lado de los gringos pescadores de altura y fueron testigos de la pesca del merlín negro más grande capturado por Alfred Glassell, con un peso total de 1560 libras.

Cabo Blanco está lleno de historias, mitos y leyendas. Es probable que mucho de lo que queda en los recuerdos de la gente del lugar sean versiones distorsionadas por el tiempo y por el marketing para atraer turistas ávidos de conocer algo de lo que hizo o dijo el escritor norteamericano durante su estancia. El callejón parecía no tener salida, así que no quedaba otra que rebuscar en las publicaciones de la época para descubrir qué pasó realmente en el club y qué es lo que realmente hizo Hemingway en el Perú.

Sabía que tres periodistas peruanos habían hablado con Hemingway en 1956. El famoso y sagaz reportero Jorge «Cumpa» Donayre de La Prensa, Mario Saavedra-Pinón de El Comercio y el trotamundos Manuel Jesús Orbegozo de La Crónica. Hoy los tres han fallecido, pero llegué a conversar con Saavedra y Orbegozo y si bien esperaba contar con una versión más cercana de estos testigos de excepción, fue muy poco lo que pude rescatar. Ambos conservaban vagos recuerdos de aquellos años y los detalles se esfumaron en el tiempo.

Entonces me sumergí en los archivos periodísticos de la época y lo que encontré fue una abundante información así como datos de los despachos noticiosos que hicieron a diario desde Cabo Blanco. Los periodistas enviaban sus despachos vía telefónica y en las redacciones de sus periódicos les daban forma a sus notas; es por ello que muchos pormenores se perdieron en el hilo telefónico.

Ese dato me permitió reflexionar sobre el cabo que andaba buscando y que resultó decisivo para el inicio de esta historia. ¿Cuánto de real hay en todo lo que se contó? Esta pregunta fue clave para reescribir la historia y tratar de encontrar la respuesta adecuada.

La llegada de Hemingway al Perú fue anunciada días antes en la prensa capitalina con despachos de los enviados especiales que esperaban con ansias al Nobel de Literatura. En un breve despacho de Jorge Donayre de La Prensa, publicado el 15 de abril de ese año, dos días antes de la llegada del escritor a Talara, el periodista describe el ambiente de enorme expectativa. «La población de esta ciudad podrá conocer mañana al ganador del Premio Nobel de Literatura de 1954 y uno de los más fecundos novelistas modernos, Ernest Hemingway, quien arribará en el vuelo de itinerario Panagra Nro. 702, a las 6 y 45 de la mañana para dirigir el rodaje de los exteriores de la película El viejo y el mar, basada en la novela del mismo nombre y que le hizo merecedor del más alto galardón mundial de la literatura».

Hay un par de fotografías de la llegada de Hemingway al aeropuerto militar de El Pato en Talara, al norte del Perú. En una se le ve en la puerta de la aeronave antes de bajar la escalinata y en la otra rodeado por los periodistas; apenas se aprecia parte del fuselaje por lo que no se distingue el tipo de avión que transportó a la comitiva. Para conocer detalles de aquel viaje y de por qué Hemingway no llegó a Lima sino más bien a aquel pequeño aeropuerto militar, consulté con pilotos de aviación.

Así es como llegué a contactar a Víctor Potestá, un piloto experimentado que me suministró información valiosa. Potestá señala que se trataba de un vuelo comercial de la línea aérea Panagra, procedente de Miami, y que operaba aviones Douglas DC-4 y Douglas DC-6. Debido al tamaño del aeropuerto, lo más probable es que el avión que transportó a Hemingway fuese un Douglas DC-6B. Sobre el aeropuerto, Potestá me dijo: «El Pato fue construido por la U. S. Air Force en un terreno cedido por el gobierno peruano; debido al gran volumen de inversiones norteamericanas en el país este podía ser blanco de ataques por parte del bloque nazi en la II Guerra Mundial. Por ello era necesario contar con un volumen de fuerzas adecuado para poder repeler el ataque».

En aquel vuelo estuvieron, además de Hemingway, su esposa Mary Welsh; Gregorio Fuentes, el capitán de su bote y con quien trabajaba desde 1928; su amigo cubano Eliseo Argüelles; y el niño de doce años, Felipe Pazos, quien interpretó el papel de Manolín en la película El viejo y el mar. También estuvo el banquero peruano Enrique Pardo, presidente del Fishing Club, donde se alojó el escritor, y es muy probable, aunque este dato no está confirmado, que aquel vuelo fuera un chárter pagado por la Warner Bros, la compañía que se encargó del rodaje de la película. Esto también abona en el motivo de por qué no volaron a Lima, que era parte del itinerario de Panagra, y sí directamente a Talara, a pocos kilómetros del Fishing Club.

Así fui reconstruyendo la historia de los treinta y seis días de Ernest Hemingway en el Perú, buceando en archivos periodísticos de la época, contrastando las historias escritas por esos grandes reporteros peruanos que estuvieron junto al escritor, cada quien con su propio estilo y su visión de aquella experiencia, que finalmente dio origen a la primera crónica de este libro.

Tiempo después tuve que viajar a Bogotá por un encargo del periódico donde laboraba y conocí al director de la revista Gatopardo, el periodista Rafael Molano, a quien le comenté sobre la crónica que acababa de escribir. Molano se interesó sobre todo porque no tenía conocimiento de que el escritor norteamericano hubiera estado en Perú y, apelando a su olfato de cazador de historias, no dudó en pedírmela para publicarla en la edición Nro. 68 de la revist

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