Bajo el mismo techo (Juntos y revueltos 3)

Eleanor Rigby

Fragmento

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Capítulo 1

El hombre de la personalidad múltiple

Susana

Bajo las escaleras que dan al portal con un sigilo que ya le gustaría a Catwoman. La música de saxofón que sonaba en La Pantera Rosa me acompaña en mi silenciosa huida. Miro a un lado y a otro. No parece que haya moros en la costa o, en su defecto, vecinos cotillas. Con cuidado de no emitir el menor sonido con mis stilettos nuevos, un caprichito de cincuenta y nueve con noventa y nueve en las rebajas del Rastro, camino muy despacio hacia la puerta.

Un cosquilleo tan emocionado como incrédulo me sube por el estómago. No me puedo creer que vaya a conseguirlo. Mi destino está cada vez más cerca. Solo un paso más, solo girar la manija, solo empujar la puerta y estaré en la calle, fuera de la zona de peligro.

Una sonrisa de genuina ilusión se dibuja en mis labios cuando estiro el brazo hacia la manija. Estoy preparada para chillar «libertad», cuando...

—¿A dónde te crees que vas?

Cierro los ojos y mascullo una serie de palabrotas para mis adentros; palabrotas que no pienso reproducir porque, primero, soy una señorita, y, segundo, porque debo empezar a reprimir mis juramentos. Mi hijo lleva unos días haciendo gala de un vocabulario atroz y no quiero ser yo la causante de que lo expulsen del colegio. Ni de que me echen a mí del AMPA. Los descuentos en material escolar son estupendos.

Toda la tensión que me encoge el cuerpo desaparece después de un largo suspiro resignado. Me doy la vuelta y arqueo una ceja inquisitiva —como si no supiera qué demonios quieren— en dirección al grupo de personas que me observan de brazos cruzados.

No son tantos los que esta vez van a hacerme sentir una cerda sin sentimientos por no llamar a sus timbres con el objetivo de narrar mis aventuras nocturnas. Solo Tamara, la mexicana del 4.° B que lleva un catering de comidas; Virtudes Navas, la escritora romántico-erótica del momento con aspecto de abuelita —con el pelo teñido de verde, ojo—, y Edu, el peluquero con el que cometí el error de hacer buenas migas.

A veces me pregunto por qué no me eché unos colegas mudos. 

—Tengo una reunión en veinte minutos con el jefe de estudios. Supongo que querrá comentar algo sobre el bajo rendimiento de Eric; ha sacado unas notas muy por debajo de sus capacidades en las pruebas iniciales de la semana pasada —me explico, fantaseando inútilmente con que este grupo de fieras, sediento de jugosas historietas para mayores de dieciocho, me deja cruzar el umbral. 

Cuando se hacen los ofendidos por no describir al detalle mis experiencias parranderas soy consciente de que no me importaría, de hecho, cruzar cualquier umbral.

Incluido el de la muerte.

—E ibas a hacer eso sin chismearnos lo que pasó anoche en el bar —infiere Tamara, a la que se le da mucho mejor que a mí enarcar la ceja de la indignación.

—Vaya por Dios. Creía que lo bueno de salir con Eduardo era que me ahorraba tener que dar explicaciones; ya las daba él por mí al día siguiente, y con mucha más gracia. 

—Cariño, yo solo puedo hablar de lo que vi, y sé que me perdí algunas cosas. Anoche estuviste un ratito dando vueltas sin este servidor y luego apareciste enfadadísima y con el pintalabios corrido. No me cuesta imaginar qué estuviste haciendo, marrana —me acusa él—, pero quiero detalles. 

Doy unos golpecitos impacientes en el suelo con la punta de los tacones.

—¿No tenéis que trabajar? —pregunto en un tono engañosamente dulce.

—Es justo lo que estoy haciendo ahora mismo. —Virtudes se encoge de hombros—. Me nutro de las historias de los demás para escribir las mías. Todo lo que cuentes me vendrá de maravilla para inspirarme.

Inspirarse, dice; en realidad, lo que hace es tomar la historia literal de alguno de los vecinos del edificio, modificar un poco los nombres y plasmarla en su documento de Word.

Esta señora tiene más cara que espalda. Lo demuestra que, hasta el momento, haya escrito un apasionado romance gay entre Edu y su expareja y otro entre mi ex el político y yo... Entre otras muchas víctimas. Este verano hemos disfrutado de una tregua porque se ha entretenido escribiendo relatos eróticos para sus antologías, que ahora están muy de moda y le permiten andar en contacto con otras escritoras, e incluso dando charlas y participando en revistas feministas, pero ya debería haber sabido que se nos acabaría el chollo bien rapidito. Virtudes Navas es incansable, y en este edificio vive demasiada gente cool para desaprovechar la oportunidad de relatar sus experiencias vitales para el público mainstream.

Todo el mundo se siente amenazado. Tenemos pesadillas con que nuestra vida amorosa se convierte en un best seller. ¿Quién será, al final, el elegido como próximo protagonista? ¿Ambientará la novela en los años veinte, como hizo con la mía, y así poder llamar Suzanne a una prostituta del Barrio Francés de Nueva Orleans? ¿En un mundo de fantasía donde lo «enfermizo» es ser heterosexual, como la de Edu y su ex Akira? ¿O en la época vikinga, como la de la parejita que acaba de abandonar el ático para mudarse a un edificio de las afueras, ese ático donde ahora se está poniendo una clínica de psicología?

Me alegro de lo de la clínica, por cierto. Aquí hay mucho enfermo, y con «aquí» me refiero al cuadrante del portal. A ninguno de estos tres les vendría nada mal una horita semanal de diván.

—Hasta las doce no tengo que hacer la entrega —responde Tamara, devolviéndome al momento presente con su impaciencia. 

—Yo no tengo cita en la peluquería hasta las diez —hace lo propio Edu—. Y con esto quiero decir que tengo veinte minutos para enterarme de dónde te metiste cuando te perdí anoche. O dónde te lo metieron —apostilla con cara de tra­vieso.

En otras circunstancias les habría dado una respuesta mordaz para posteriormente hacer bomba de humo. Llevo desde los dieciséis años sin dar explicaciones a nadie, si es que alguna vez las di —o alguna vez me las pidieron—, y la gente de este sitio se comporta como si tuviera algún derecho sobre mí. Lo demuestra que se hayan agazapado junto a los buzones para cernirse sobre mi persona al tratar de escabullirme. Pero los vecinos del número trece de la calle Julio Cortázar son los puñeteros paparazzi con los que Naomi Campbell tendría problemas legales: no los puedes evitar, y como lo intentes, fijo que acabas en los tribunales porque saben cómo victimizarse.

Y lo que saben aún mejor es cómo meterse en tus asuntos casi sin que te enteres.

Lo peor no es su maña como metomentodos, sino que, cuando por fin has encontrado las fuerzas para esquivarlos, te sientes peor que el diablo. Te dan penilla. A fin de cuentas, son buenas personas, y su afán por conocerte no viene tanto del morbo como del afecto. 

No me queda otro remedio que claudicar. Me pongo una mano en la cadera y apoyo la espalda en la puerta del portal.

—¿Hasta dónde os ha contado Edu?

—Nos ha dicho que anoche fuisteis con Gaspar a este bar-pub que han abierto hace poco —empieza Tamara—, y que estando ya medio jarras,[1] os fijasteis en un hombre muy atractivo y de orientación sexual cuestionable...

—Apostamos a ver a cuál de los dos hacía caso. Solo para salir de dudas —interviene Edu, inflando el pecho, todo gallito él—. Y resulta que era gay. Pero a Susana no le molestó porque estaba pendiente de otro maromazo.

Una punzada me atraviesa el estómago ante la mención del flipado de ayer. No sabría decir si es de humillación, de una estúpida e insensata emoción juvenil, o es que simplemente llevo sin papear desde ayer por la tarde y el monstruo tiene hambre. Sea como sea, humillada me sentí un rato, estúpida, más de lo mismo, y en cuanto al desayuno... va a tener que esperar, porque estos seres de segunda con ojitos de pollo pueden despellejarme si no cuento un drama con exnovias y suegras digno de Televisa.

Lástima que no hubo de eso anoche. Por no haber, no hubo ni fuegos artificiales.

Puto guiri de mierda.

Lo cierto es que, si de verdad estoy aquí, atrasando mi camino a la reunión con el jefe de estudios, es porque en parte me quedé con ganas de desahogarme. No todos los días me tratan como el culo. Más bien, me tratan el culo, si se entiende de lo que hablo. Es posible que, a raíz del incidente, aún siga en severo estado de shock y por eso no haya logrado huir de los vecinos a tiempo.

Los tres me miran expectantes. Me ciño el bolso al hombro, un Bimba & Lola que encontré abandonado en el suelo del autobús y que me apropié sin miramientos, y suspiro de mala gana. 

—El pub es bastante grande. Hay una zona de barra inmensa y luego tiene el típico palco al otro lado de la pista de baile. Edu, Gas y yo estábamos sentados cerca de los camareros porque a Gas le gustó uno. —Inspiro hondo—. Y al fondo del pub, en el reservado que os digo, había un hombre.

—¡Un hombre! —Tamara aplaude, emocionada.

Casi lo repito yo también para mis adentros, pero en plan gemido —«Mmm, un HOMBRE»— y con la tristeza de la que se ha perdido algo maravilloso.

Enseguida me dan ganas de abofetearme la cara de lela que me quedó por pensar en él como si fuese el rey del mambo.

¿Un HOMBRE? Por favor, era un capullo con todas las de la ley, y me libré de una buena. Fin de la historia. Si tuviera que llorar por todos los pavos que me salen rana o por la cantidad de polvos abortados, ya digo yo que iba a subir el nivel del mar, y sin necesidad de que la Antártida se fuera al carajo.

—¿Cómo era? —pregunta Virtudes, ajustándose las Ray-Ban de pasta negra. No ha sacado libreta y boli, pero apuesto que va a anotar mentalmente todas las características.

—Estaba oscuro. Aun así, no era un tío que pasara desapercibido. Me llamó la atención nada más entrar. Es normal, ¿no? Podía medir lo mismo que Pau Gasol y parecía depri­mido. Deprimido en medio de un fiestorro de inauguración —recalco, alzando el dedo índice—. Imaginaos a un gigante en un océano de treintañeras sudorosas luchando por llamar su atención. Meneaban las caderas como si quisieran poner a prueba la flexibilidad de su columna vertebral. Y él, pobre mártir, echando un ojito al reloj cada tres segundos. La cara de culo que llevaba era cómica, en serio os lo digo; parecía que le esperara el patíbulo. Cada vez que me giraba para mirarlo tenía el ceño más fruncido, y si se le pegaba alguna tía, hacía el moonwalk.

Tamara suelta una carcajada soñadora.

—¡Me maman[2] los altos y cabrones!

—La cosa es —continúo, con los ojos clavados en el techo— que no paraba de mirarme. O sea, cuando no estaba mirando el reloj, me miraba a mí, se entiende. Él también se fijó en una menda en cuanto entré —digo, recorriéndome el cuerpo con las manos en un movimiento sugerente.

—Y cuando me lo dijo, Gas se puso a insistir en que en realidad me estaba mirando a mí —explica Edu—, porque no hay ninguna explicación hetero a que una serie de mujeres le estuvieran pegando cadera y el tío sintiese esa incomodidad tan grande —recalca. Y añade—: Por supuesto, yo tenía claro que gay no era por dos motivos.

—El primero: me estaba mirando a mí —recalco.

—Y segundo —retoma Edu—: los maricones perreamos con las tías y les sobamos las tetas como los que más, así que, a no ser que fuera un marica respetuoso, que lo dudo porque en el pub se estaba celebrando una fiestecita temática para los más juguetones, se trataba de un hetero como un piano.

—Pero teníamos que asegurarnos de que de verdad miraba en nuestra dirección —prosigo. Nunca pensé que disfrutaría tanto de la atención que me dirigen dos personas. Me siento como el Yano Cuentacuentos que le regalé a los seis años a mi hijo, que le dejaba embobado media hora—, así que se nos ocurrió cambiar de sitio cada diez minutos. Primero en la barra, luego junto a los baños...

—Después nos fuimos hacia la puerta —toma el relevo Edu—, que si cerca del palco, que si en medio de la pista...

—Y él me seguía con la mirada como si tuviera un imán pegado a mi cara. Así que... Bueno, decidí hacer algo al respecto. —Encojo un hombro—. Hace ya meses desde que lo dejé con Carlos y me apetece volver al mercado. 

—¡A huevo! —Tamara vuelve a aplaudir—. ¿Y qué pasó?

—Pues... A ver, quiero que conste que iba monísima. Llevaba la blusa blanca con el escote casi ombliguero, pero elegante, no choni, porque se cierra en el esternón; la de los volantes en los brazos. Pantalones ceñidos y tacones y el pelo suelto y ondulado. No es por fardar, pero unos cuantos moscones se me acercaron en el camino que hice hacia el reservado. Y, de hecho, pude meterme allí gracias a uno de los que estaba dentro, que debió de pensar que, si me hacía el favor, yo se lo devolvería más tarde con la boca. 

Insisto en el detalle de la vestimenta porque el guiri se cargó en apenas unos minutos todo el amor propio que he construido en torno a mí estos últimos años.

Ni siquiera le tiré la caña como tal. No fui invasiva. Dejé que la marea de gente nos fuera atrayendo poco a poco hasta que choqué con su pecho de acero inoxidable y levanté la mirada para sonreírle.

Él no me devolvió la sonrisa. Al contrario. Apretó la mandíbula como si de repente hubiera detectado un olor asqueroso en el ambiente, igualito que Edward Cullen con la aparición de Bella en clase de Biología. Pero yo apenas le presté atención a esto porque:

1. Estaba un poco borracha, y cuando uno lleva alcohol en sangre, el mundo le parece un lugar más bonito de lo que es.

2. Me quedé flipando.

Se intuía que el tipejo estaba bueno ya en la distancia, pero de cerca no parecía pertenecer al plano terrestre. Tenía el pelo rubio, corto por detrás y más largo por delante; tanto, que el flequillo le cubría los ojos lo suficiente para que me costara discernir de qué color eran en realidad. Se intuían claros, pero quién sabía si eran verdes o azules. Daba igual, porque tenía una cara que me dio ganas de llorar. Por arriba y por abajo. Quizá fuera demasiado pálido para mi gusto, porque me van los bronceados mediterráneos, los morenazos de Brasil y los encantos latinos, pero es que era toda una visión de hombros anchos, cintura estrecha y piernas infinitas. Y sus labios... Tuve que apretar los muslos al fijarme en su boca.

Yo no activé el modo putón. Se activó solo. 

—Me parece que has estado un buen rato mirándome —le dije. Él no lo oyó, y normal, ahí arriba debía de llegar el sonido con distorsiones e interferencias. Yo le quedaba un poco por encima del estómago, más o menos. 

Hizo el favor de inclinarse para que se lo repitiera al oído, y entonces pude captar su perfume masculino.

Se me hizo la boca agua. Creo que escupí algunas babas al repetírselo balbuceando.

Luego se incorporó de nuevo y me miró como si fuera un insecto.

—Yo a usted no la he mirado en ningún momento.

Solté una carcajada que lo descolocó.

—¿Usted? ¿En serio? ¿Te has fijado en dónde estamos?

Miró alrededor con una mueca asqueada.

—En alguno de los círculos del infierno.

Me hizo gracia y me irritó a partes iguales que pareciera muy convencido de que nada de eso estuviera a su altura.

Que, a ver, técnicamente, nada lo estaba. Insisto en que el tío sobresalía entre la muchedumbre como un tótem en una celebración pagana.

—Ya veo. No me estabas mirando porque te pareciera guapa; era más bien una mirada de auxilio, ¿no? —Arqueé una ceja—. ¿Necesitas que te rescaten?

—Yo no la miraba —repitió, alto y claro. 

—Vale, no me mirabas a mí. —Levanté los brazos, riéndome. Era culpa del alcohol, eh, no es que me hiciese ninguna ilusión que pasara de mí cuando yo ya estaba fantaseando con cómo nos lo montaríamos en su sofá XXL, solo apto para jugadores de baloncesto—. ¿Qué mirabas entonces? ¿A mis amigos? A uno de ellos le has parecido muy mono, por si te in­teresa. 

Él no respondió. Giró la cabeza hacia otro lado y se quedó ahí, muy quieto, como una estatua de mármol. 

—Bonito perfil —le halagué con ironía—. ¿Se lo sueles enseñar a la gente cuando te habla? 

—Solo a la gente con la que no quiero hablar.

Levanté las cejas, sorprendida.

No me hago cargo de nada de lo que dije. Estaba bebida, por primera vez desde la ruptura había decidido que iba a acercarme a un hombre por voluntad propia y, para colmo, me estaba cabreando.

Por cierto, soy madre, lo que también justifica que mi respuesta sonara a regañina:

—Eres un maleducado. Hay cientos de maneras corteses de quitarse a alguien de en medio, y si tanto te molesta que te hable, a lo mejor podrías haberlo evitado no lanzándome miraditas allá adonde iba. —Todo eso se lo dije empuñando el dedo índice—. ¿Y a qué has venido si no es a hablar, bailar o beber, cosas que no te he visto hacer en toda la noche?

Él entornó los ojos sobre mí. Y yo me hice pequeña.

Mido un metro sesenta y cinco, y a mucha honra, pero al lado de ese tío puedo asegurar que una se siente un bichito sin importancia.

—Parece que la que ha estado muy pendiente de mí es usted.

—Es complicado pasarlo bien por tu cuenta cuando tienes unos ojos... ¿grises?, pegados al culo. 

El tipo pareció ofenderse.

—Yo no le he mirado el... —Sacudió la cabeza, turbado por la palabra—. Esta conversación es ridícula. Háganos un favor a los dos y regrese con sus amigos.

Apreté los puños, llena de rabia. Por fin salía a la calle a celebrar que estoy viva, que soy atractiva y que tengo amigos a los que les importa mi estado anímico, y tenía que toparme con un desgraciado que me hablaba como si fuese una molestia... ¡después de haber ligado conmigo en la distancia!

¿O es que había perdido práctica en el noble arte del flirteo y ya no sabía distinguir una mirada de «me das asco» de una invitación a hacer algo delicioso?

—¿A ti qué te pasa, tío? —le espeté—. Has empezado tú a acosarme en la distancia, ¿y ahora te comportas como si fuera una groupie pesada? ¿Quién te has creído que eres?

—¿Acosarla? ¿Es usted consciente de las gravísimas implicaciones que tiene esa palabra?

Lo soy ahora. Me pasé tres pueblos. Pero en ese momento solo era consciente de que me dolía el estómago de tanto cubata, y un poco el amor propio.

—¿Es que estás casado o tienes novia? ¿Problemas de autoestima? ¿Por eso te parece tan ofensivo que alguien se te acerque?

—No. 

—Ya entiendo. No podías quitarme los ojos de encima porque lo que te ha dejado de piedra ha sido lo fea que soy.

Él me miró con cara rara.

—Estás loca. —¡Hombre! ¡Por fin me tuteaba!—. Será mejor que te vayas. 

—No eres el propietario de este sitio. Me iré cuando a mí me dé la gana. 

Puso los ojos en blanco.

—Este palco está reservado para los amigos de Gerardo. Ni siquiera sé con qué objetivo te has colado. La mayoría de los que hay aquí están casados.

—Pero tú no, ¿verdad? —tanteé, porque había perdido una batalla, pero no la guerra—. ¿Por qué crees que me he colado, listo? Estaba flirteando contigo, por si no te has dado cuenta.

Me sentí tan tonta que sacudí la cabeza e intenté separarme dando un par de pasos atrás. 

—¿Qué más da? —dije, más para mí que para él—. Tampoco estás tan bueno.

En este momento, Tamara niega con la cabeza, juzgán­dome.

—No mames, ¿eso le soltaste?

—Ya, ya sé que soné como el típico moscón asqueroso que, en lugar de aceptar que no le gustas, intenta recomponer su orgullo diciéndote que tienes el culo gordo o las tetas muy pequeñas. Pero me salió del alma, ¿de acuerdo?

La mexicana levanta las manos.

—De acuerdo, de acuerdo. ¿Y qué pasó luego?

—Pues...

Una de las mujeres que bailaban desinhibidas me empujó por detrás. Lo hizo con la suficiente fuerza para que la copa se me cayera de la mano y se hiciera añicos en el suelo. Pero eso no fue lo grave, porque salí propulsada hacia delante y resulta que lo que había más cerca era el pecho del arisco Superman. Él se tambaleó cuando chocamos, e imagino que involuntariamente me abrazó.

No puedo decir que yo me agarrase sin querer a su camisa celeste. Todos los que me conocen saben que tengo una actitud muy voluntariosa cuando los hombres huelen a Givenchy.

El caso es que me estremecí al sentir sus dedos calientes sobre la piel, justo en la franja que la blusa dejaba al descubierto.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Creo que fue ahí cuando me di cuenta de que hablaba un poco como los guiris, dubitativo y marcando demasiado las eses.

Y que tenía las tetas más duras que un invierno ruso.

—¿Alemán? —prueba Edu, casi batiendo las palmas—. Donde se ponga el sueño húmedo de Hitler, que se quite todo lo demás.

—No te pongas en plan Trump supporter, que hay una mexicana presente —bufa Tamara—. A mí me suena a hombre frío de las montañas heladas de Noruega. ¿No será un papasito vikingo? Me da que manejaba un buen drakkar entre los muslos de guerrero escandinavo.

—Está claro que el muchachote es raza aria de primera calidad —asegura Edu—. ¿Te da para una novela, Virtu?

Esta chasquea la lengua.

—He escrito demasiado sobre vikingos y alemanes. Y sobre CEO americanos también. Y por cómo lo describes, tan rubio y demás, no cuadraría como una pieza exótica del Mediterráneo del Este.

—Ni se te ocurra hacer una novela a partir de mi fracaso, Virtudes. Que te denuncio por plagio.

—Ya sé: un bolchevique cabronazo involucrado en la Guerra Fría —suelta Tamara, a la que le brillan los ojos—. Un espía de coco rapado al que le va el sadomaso.

—«Gulag» sería la palabra de seguridad —se descojona Edu.

—O el nombre de su verga. «¿Quieres que te meta en el gulag?».

Yo suspiro.

Aquí las cosas se van de madre día sí y día también.

—¿Por qué no esperáis a que termine la historia para sexualizar al guiri macizorro?

—Por supuesto, continúa —me anima Virtu.

—¿Y si fuera la forma humana del hombre de las nieves? —insiste Tamara—. La novela se llamaría Estoy enamorada yeti.

Los tres se parten el culo. A mi costa.

Y lo peor es que a mí también me hace gracia.

—O quizá sea un lord inglés que accidentalmente ha acabado viajando en el tiempo. Por eso te trataba de usted y era tan desagradable, porque aún estaba adaptándose a las indecorosas costumbres contemporáneas —propone Edu—. Ponle frac, Virtu, pero no patillas. Aunque estén empezando a llevarse de nuevo, por ahí no paso. Me fascina el trabajo que llevó a cabo Lincoln aboliendo la esclavitud en Estados Unidos, pero yo no me pasaría por la piedra a un peludo patilloso ni aunque me pagaran.

—Pero ¿queréis dejarla hablar? —exclama Virtudes—. Continúa, Susana, hija. Ibas por la parte en la que tropezabas y te chocabas con su pecho.

—Sí, bueno. De pronto me sentí muy estúpida. Más o menos como ahora.

Fulmino con la mirada a Zipi y a Zape. No me cabe la menor duda de que van a estar con lo del lord inglés hasta sacar una historia sórdida de mi relato.

—¿Estúpida? —repite Virtudes—. ¿Por qué?

—Pues porque estaba tratando a un tipo que me había rechazado justo como a mí me molesta que me traten cuando, de forma educada, intento quitarme a un moscón de encima. Pero este no había sido cortés, como yo suelo serlo. Había sido un borde de narices... Y a mí, encima, se me escapó un gemido cuando me cogió por la cintura para separarme.

Resulta que nos miramos un momento. Estaba avergonzada, pero no lo suficiente para rehuir su mirada. Cobarde no he sido en mi vida.

Tuvieron que ser imaginaciones mías, porque pensé que de sus ojos escapaban chispas y con ellos trataba de decirme que su problema no tenía nada que ver conmigo. Y me lo dijo revisándome de arriba abajo con los labios entreabiertos. Volví a temblar de anticipación. Su agarre era firme, pero sus dedos me rozaban suavemente en una especie de caricia distraída.

Dios santo, tenía unas manos enormes. Tan grandes que, si cogía un balón de fútbol, en ellas parecería una miserable pelota de tenis.

Me costó un huevo y parte de otro, pero tragué saliva y me retiré. 

—Pásatelo bien en tu círculo infernal, maleducado —solté antes de darme la vuelta. 

Salí del reservado con dolor de cabeza, las piernas temblando y un estúpido cosquilleo en el estómago, el típico después de un encontronazo con alguien desagradable, con alguien que está bueno o con alguien que es desagradable y está bueno.

Nada que no hubiera experimentado antes.

Me cabreé tanto que decidí largarme. Se me olvidó avisar a Edu y a Gaspar, y se me olvidó también ir a por mi chaqueta al ropero.

Salí del garito esperando que el aire fresco sofocara el calentón que llevaba encima, y que cada uno interprete lo de «calentón» como mejor le parezca. Aun así, no obtuve grandes resultados, porque de la ira pasé a la decepción. 

Estoy buena, ¿vale? No voy a tirar de falsa modestia, como parece que es tendencia hoy en día, llorando a moco tendido a la espera de que te digan lo mona que eres. Soy una mujer que come bien, hace yoga, compra ropa que le favorece a su tipo de cuerpo y se preocupa de salir a la calle como si fuera a encontrarse a su peor enemigo, y esto es, vestida como si fuera a la semana de la moda. Soy guapa de cara y a mi cuerpo se le notan las horas de gimnasio. A lo mejor me falta mucho para convertirme en un monumento y jamás podré ser modelo, y vale, tengo estrías por el embarazo y jamás luciré el dichoso thigh gap, pero creo que argumentos para llamar la atención de un amargado no me faltan. Si las tetas y el encanto femenino son «armas de mujer», yo tengo dos bazucas en el sujetador y una bomba de destrucción masiva en la lengua; si me da la gana, lío la Tercera Guerra Mundial con una sonrisa y un dedito índice animándote a seguirme.

O eso había pensado hasta ese momento.

Busqué en el bolsillo del pantalón un cigarrillo, y estaba maldiciendo al destino por haber olvidado el mechero cuando alguien me abordó por la espalda. 

—Oye... 

Me costó reconocer su voz. Dentro del pub había demasiado ruido, y fuera, que no quedaba ni un alma y apenas nos molestaba el zumbido de la música del interior, sonó tan severo y ronco como el doblador de una película antigua.

Ya no había rastro del tonillo guiri.

Tamara no puede contenerse y sugiere una posibilidad:

—Espía, entonces. Lleva una doble vida, por eso se le olvida el acento.

—A ti también se te olvida hablar en mexicano a veces y no creo que pertenezcas al cártel de Pablo Escobar —rezonga Edu.

—Pablo Escobar era colombiano, no mexicano. Y llevo viviendo en España diez años; si hablo con acento mexicano es porque me da la gana, que, si no, puedo pasar sin pedos por una madrileña de pura cepa.

—Has dicho «sin pedos» y eso no lo dice la gente de Madrid —replica Edu—. Y cállate ya, sandunguera, que no quiero perder el hilo de la historia.

—Sandunguera, ¿de qué? Esa palabra viene de la sandunga chilena y colombiana, no de México, so maricón.

Edu ignora a Tamara y me mira atentamente, esperando que prosiga.

Y eso hago:

—Tensa, me di la vuelta... Me impresionó tanto verlo avanzando hacia mí, incluso cuando lo estaba haciendo con timidez, que retrocedí un paso.

—Es verdad que he sido un maleducado —admitió, mortificado. No me miraba a la cara—. No se me dan bien estas... cosas. 

—¿Qué cosas? —solté con desdén.

—Lo de... las fiestas. Comunicarme con... con mujeres como tú. No importa. —Entonces clavó sus ojos en los míos—. Lo siento.

Un pestañeo fue mi única respuesta a su arrebato caballeroso. El cigarrillo sin encender no duraría mucho tiempo atrapado entre mis flácidos dedos, suspendidos en el aire por fuerza del asombro.

—¿Qué es eso de «mujeres como yo»?

—Que toman la iniciativa, extrovertidas y... —Se rascó la nuca, incómodo. Esbozó una media sonrisa temblorosa y empezó a tartamudear—: Es q-que eres... eres la m-mujer más g-guapa que he visto en mi v-vida. Siento t-también si t-te he hecho sentir inc-cómoda. No podía p-parar de m-mirarte. 

En lugar de sonreír con aire de «lo sabía», me embargó un fuerte sentimiento de ternura. Míster Universo acababa de decirme, con una timidez terrible, que era la más guapa del planeta. Me dieron ganas de abrazarme a él como un koala.

Se me cayó el cigarrillo al suelo y no me di cuenta. El tipo sí, y fue a hacer el gesto de agacharse para recogerlo por mí, pero lo impedí poniéndole una mano en el pecho.

Nuestras miradas conectaron un segundo.

Me había emocionado, lo admito. No era el halago más sexy ni el más original. Es el que me dice mi Eric para hacerme la pelota cuando quiere que le compre unos cromos de fútbol al salir de clase. A no ser que lo pronuncie muy serio, en cuyo caso quiere que le compre el FIFA 2022.

Pero él lo dijo de otro modo. Lo pronunció con una admiración que dejaba entrever cierta incredulidad, como si no pudiera creerse que me tuviera delante de sus narices, y sin la más remota esperanza de que alguna vez llegara a ponerse a mi altura. Ese arrebato de sinceridad se me metió bajo la piel, porque no solo era un cumplido expresado del mismo modo que una verdad simple y universal como que el sol se pone por el oeste; parecía algo más. Parecía una declaración de amor.

Aprovechando que se había inclinado, me fue más fácil ponerme de puntillas y besarlo en la boca.

No me había dado tiempo a imaginar cómo sabrían sus labios o cuál sería su textura, pero una emoción sin nombre me subió por el estómago y me paralizó al notar que él empezaba a moverlos contra los míos. Al principio parecía torpe, como si no hubiera besado a nadie nunca, pero era porque le había pillado por sorpresa: enseguida se acopló a mi ritmo, y lo que eran caricias tímidas se convirtieron en una invasión en toda regla. Su lengua se enlazó y experimentó con la mía al tiempo que me envolvía con sus enormes brazos y me estrechaba, arrebatado de pasión. Estaba tan cachondo que no tuve más que pegarme a él para sentir la dura erección. El calor de su piel y de su boca —y el alcohol en mis venas— me calentaron lo suficiente para animarme a rozarme contra su recio cuerpo. Era enorme, y parecía necesitar un incentivo para animarse definitivamente, así que se lo di empujándolo lejos de la entrada todo cuanto me lo permitió mi estatura.

Cuando creí estar lo bastante alejada para no ofrecer un espectáculo sexual en mitad de la calle, le planté la mano en el paquete y empecé a frotarlo verticalmente. Llevaba un pantalón de lino que me permitía envolver a la perfección el relieve de su polla. Noté cómo se me endurecían los pezones y apreté los muslos mientras lo toqueteaba. Él gemía contra mis labios.

En un momento dado, se animó y me metió la mano por el escote de la blusa. Agarró uno de mis pechos y lo manoseó con la palma. Con la otra, se aferró a una de mis nalgas.

No dejábamos de besarnos. No podíamos.

He tenido experiencias carnales de sobra, y puedo decir con el corazón en la mano que ningún hombre había estado tan excitado conmigo como él en ese momento. Pero lo insólito era que no estaba loco por lo que hacíamos, sino por mí. Me tocaba por todas partes y no daba un respiro a mis labios. Poco le importaba si yo le sobaba o no; él solo quería sentirme a mí, y eso es casi revolucionario cuando solo has tratado con egoístas en la cama.

No me sabía ni su nombre, pero si me lo hubiera pedido, me habría sacado la ropa allí mismo. 

—Voy... voy por mi chaqueta —conseguí balbucear en cuanto me separé. Se me habían dormido los labios—. Vuelvo enseguida, ¿de acuerdo? 

Él me miró sin comprender. No soltó ni mi cintura ni mi trasero, que seguía apretando con ansiedad.

—¿Para qué? —preguntó contra mis labios, sin voz.

—Para irnos... —Lo besé de nuevo, incapaz de resistirme—. A tu casa... —Otro beso—. O a algún hotel. —Le lamí el borde del labio inferior—. No pretenderás follarme en medio de la calle, ¿verdad? 

Él no dijo nada. Me quité sus manos de encima, porque el tipo no parecía por la labor de hacer los (des)honores, y le sonreí antes de recordarle que estaría ahí en un minuto. 

De pronto, oigo un suspiro de Virtudes.

—Madre mía, niña. ¿Seguro que no quieres participar en alguna de mis antologías eróticas como autora?

—Claro que sí. Esta sería la apoteosis del relato. —Cojo aire para crear expectación y sonrío de oreja a oreja al decir—: Cuando volví, ya no estaba.

Tamara abre su boca de rape simulando una perfecta circunferencia.

—Me estás choreando,[3] ¿verdad?

Por desgracia, no. No estoy de coña. Salir del pub con las piernas hechas gelatina y ver que se había dado a la fuga entra en el top de los cinco peores momentos de mi vida, y lo dice una mujer que no ha tenido una vida fácil.

Creo que nadie se ha reído tanto de mí jamás.

—A lo mejor es un ilusionista de finales del siglo XIX —sigue inventando Edu—. O lo abdujeron los alienígenas. O lo llamaron de una misión de espionaje espaciotemporal y tuvo que largarse sobre la marcha, como le pasaba a Eric Bana en aquella peli tan bonita con la McAdams.

—O a lo mejor es un calientabragas despreciable que en el último momento se sintió culpable porque pensó que su esposa, una pelirroja pecosa aficionada a coleccionar manoplas estampadas y que se niega a innovar más allá del misionero porque «sería pecado», no se merecía que le pusiera los tochos. —Hago una pausa para tomar aliento—. Si eso fuera así, agradezco que se largara. Siempre digo que, si salí con un tío sin circuncidar, puedo aguantar cualquier defecto, porque el exceso de carne de cilindro es lo más traumático con mucho, pero en realidad no me metería con un casado ni harta de vino.

—Hombre, yo creo que ser «la otra» tendría su qué —comenta Edu, meditabundo.

—Pero ¿a ese güey no le han enseñado que prender el boiler para luego no bañarse es el gasto más innecesario que existe? —interviene Tamara, soltando un bufido—. ¡Con lo cara que está la luz!

—No entiendo nada —confiesa Virtudes—. Se supone que habíais conectado, ¿no?

—Solo en términos físicos. No es que mantuviéramos una conversación trascendental. —Aireo la mano para quitarle hierro al asunto—. Fue un duro golpe para mi ego, pero me recuperaré.

Mentira. No creo que lo haga. Una mujer no olvida con facilidad al hombre que mejor la ha besado de todos con los que ha estado, y como Sonsoles —la vecina cristiana que me odia, pero que sin embargo adora a mi niño— no se cansa de repetir, no han sido pocos.

La pérdida fue brutal.

Pero mi enfado es incluso superior. 

—Y ahora me tengo que largar, queridos. Como no salga ya, voy a llegar tarde a la cita con el jefe de estudios.

Espero que me dé una buena noticia, porque menuda rachita que llevo.

bajo_el_mismo_techo-5

Capítulo 2

Aunque la mami se vista de nena,

mami se queda

Elliot

«Ahora mismo podrías estar reunido con los mejores catedráticos de la Universidad de Cambridge».

Esa es una de las frases que mi padre solía repetirme y, por lo visto, también una de las pocas costumbres que no he heredado de él, la de repetirme sus comentarios sin malicia hasta la saciedad. Ya me he habituado a que la desagradable voz de mi conciencia se parezca sospechosamente a la suya. La única diferencia es el tono. Yo me lo recuerdo con acritud, y él lo dice con un orgullo que le infla el pecho.

No sé de dónde habré sacado mi conciencia realista, porque mi padre, dentro de su hermetismo y sus rutinas, no solo está orgulloso de mí por lo que he conseguido —un puesto de jefe de estudios en uno de los mejores institutos públicos de Madrid—, sino por lo que podría conseguir si quisiera apuntar más alto. Debe ser divertidísimo verle hablar con sus amigos cuando estos le preguntan a qué se dedica su hijo. «Es profesor de Lengua y literatura españolas para alumnos de la ESO y Bachillerato, pero está formado de sobra para ser catedrático de Cambridge y, de hecho, es tan bueno jugando al baloncesto que podría ser campeón olímpico».

Si no conociera a mi padre, creería que intenta engrandecerme porque en el fondo de su corazón sabe que estoy trabajando muy por debajo de mis posibilidades. Pero como lo conozco, y sé que no muchos hombres de mi edad pueden decir lo mismo de sus progenitores, me consta que habría estado orgulloso de mí incluso si hubiera aguantado calentando un asiento en la escuela solo hasta los dieciséis.

Por lo menos ahora mismo tengo la impresión de que llevo dieciséis años calentando la silla de mi despacho. Tenía una cita con la madre de Eric Márquez a las nueve y media de la mañana y faltan cinco minutos para las diez. No soporto la impuntualidad, y no tiene que ver con que sea británico y lleve mis horarios a rajatabla; tiene que ver con la falta de respeto que denota la otra persona. Indirectamente, está dejando claro que mi tiempo no es lo bastante valioso para respetar la hora acordada.

O que ella es la reina de Saba.

Tampoco parece lo bastante educada para llamar a la puerta antes de entrar. Se abre de golpe y una mujer rubia, jadeando como si hubiera venido corriendo, cosa que dudo viendo los tacones que lleva, entra apartándose el pelo de la cara con movimientos enérgicos.

—Discúlpeme por la tardanza, ¡es que había un tráfico...! He cometido el error de coger la Gran Vía, y a estas horas hay un colapso criminal.

—El...

—¡Arg!

«El escalón». Eso era lo que iba a advertir antes de que se tropezara con él y diera de bruces en el suelo.

En mi despacho se imparten algunas clases de refuerzo, por lo que cuenta con el correspondiente estrado, donde se elevan la pizarra y la mesa del profesor para proporcionar una mejor visibilidad a los alumnos.

La visión de esta mujer, en cambio, parece ser bastante reducida.

Me levanto enseguida para ayudarla a incorporarse. Ella acepta mi mano de buena gana, mascullando por lo bajo una serie de imprecaciones. Y entonces alza la mirada para darme las gracias con una sonrisa.

Una sonrisa que no le dura mucho.

No, no es la reina de Saba. Pero podría serlo si quisiera. Podría incluso ser Medusa, porque me deja de piedra en cuanto reconozco sus ojos.

—Oh, joder... Esto debe ser una puta broma —suelta, poniendo los ojos en blanco antes de mirarme, acusadora—. ¿Tú eres el jefe de estudios?

Podría responder con una pregunta del mismo tipo —«¿Tú eres una madre?»—, pero me temo que eso ya lo sabía —o, al menos, lo sospechaba— antes de que resbalara en mi despacho.

Me obligo a despegar la lengua del paladar, donde parece que quiere quedarse para siempre.

—¿Por qué? —Me sale una voz patética, pero me sale, así que no me quejo. Eso ya es una victoria de por sí—. ¿No me pega el puesto?

—No, pero tampoco habría dicho que te pegara dejar a la gente tirada cuando regresa a un pub para recoger su chaqueta.

Suelta la mano con la que la he ayudado a ponerse en pie y se recoloca la blusa.

No quiero mirar la blusa. No puedo mirar la blusa. Pero la blusa me está mirando a mí, y es mi deber honrar los tra­dicionales modales de mi país devolviéndole cortésmente la mirada.

Mierda, joder, esto no lo esperaba.

—¿Te abdujeron anoche los alienígenas? —pregunta, poniéndose una mano en la cintura.

Carraspeo con el puño pegado a la boca.

—No sé de qué me habla.

—¿Que no sabes de qué...? Oye, anoche estaba oscuro, pero un tío de tu estatura es fácilmente reconocible a primera vista, a la segunda y a las que hagan falta. ¿Es que te has olvidado de mí ya? —Arruga el ceño—. ¿Tan ciego ibas?

Lo suficiente para ir detrás de ella, pero mucho me temo que me habrían hecho falta tres copas más de las que llevaba para, por lo visto, hacer sus sueños realidad invitándola a mi apartamento. O un coma etílico, porque solo podría haberle quitado la ropa en mis fantasías.

Claro que eso no se lo digo. Decido, en su lugar, hacerle un gesto hacia la silla, ignorando su reproche.

—Siéntese, por favor.

Ella lo hace con el cuerpo en tensión, mirándome con una mezcla de cautela y asombro. Yo no estaba mejor preparado para una casualidad de estas características, pero lo disimulo a base de empeño. Solo tengo que descartar pensamientos en los que recuerdo cómo la manoseé en la entrada de un pub abarrotado y todo irá bien.

Mientras organizo los papeles sobre la mesa, lanzo una mirada a su generoso escote.

Joder, no. Nada va a ir bien.

—La madre de Eric, supongo.

—Tengo otras atribuciones aparte de la de madre, así que puedes llamarme Susana.

—Las únicas atribuciones que importan aquí son las de madre —le recuerdo con rigidez, y la observo con los ojos entornados—. Si no es molestia, hablaremos del motivo por el que está en mi despacho.

«No te pongas a la defensiva. Solo es una mujer», me implora la voz interior, que sabe cómo me las gasto.

—Y si no es molestia para ti, podrías decirme tu nombre —contraataca con retintín—, ya que no me vas a decir por qué hiciste bomba de humo anoche.

—Elliot Landon. Jefe de estudios de Secundaria y Bachillerato y profesor de Lengua y literatura españolas. Tanto el profesor de Gimnasia de Eric como su tutor me pidieron que la citase para... —carraspeo y desvío la mirada al montón de papeles—, para hablar de su hijo. —«Vamos, concéntrate»—. Lo primero que me gustaría saber es el motivo de que no acudiera a la reunión de inicio de curso con el tutor, pero ya puedo imaginarme con qué estaba ocupada.

No sé por qué he dicho eso.

Gracias al cielo, Susana no se da cuenta del reproche y se muestra desorientada:

—¿Qué reunión de inicio de curso?

—La que se anunció en la tutoría virtual y en una circular que se repartió a todos los alumnos.

—A mí Eric no me dio nada —se defiende, perpleja—. Sé que la del 1.º A ya ha sido porque conozco a los padres de unas antiguas compañeras suyas que están en esa clase, pero la clase de mi hijo es la B. ¿Estás seguro de que ya ha sido esa reunión? Voy todos los años sin falta, no es posible que me la haya perdido.

Sé que viene al colegio todos los años. Bueno, sé que viene todos los años que llevo de jefe de estudios, porque la he visto unas cuantas veces en la portería, en los pasillos de las aulas y en eventos señalados que organiza el instituto. Las suficientes para reconocerla de lejos en una discoteca para adultos y no poder quitarle el ojo de encima. Me gustaría decir que la «acosé con la mirada» solo para cerciorarme de que era ella y porque estaba bastante borracho, pero eso no tiene nada que ver. También la acosaba con la mirada en la galería del instituto y no acostumbro a presentarme en mi lugar de trabajo más doblado por el vodka con limón que un barquito de origami.

Pero no sabía que era una madre. Imaginaba que sería la tita cool, esa que reparte condones como churros, la hermana mayor o...

¡Es demasiado joven!

—F-fue anteayer —acoto, incómodo. No puedo mirar a los ojos a las mujeres atractivas sin tartamudear, pero es mi deber enfrentar a las madres problemáticas con relativa cercanía—. Ya veo que los temores del profesor de Educación Física no eran infundados. Parece que la comunicación entre Eric y usted deja mucho que desear.

Tampoco sé por qué he dicho eso. Ah, sí: porque cuando me pongo nervioso suelo atacar irracional e inconscientemente a quien tengo delante.

Su indignación no se hace de rogar.

—Perdona, pero yo me llevo de maravilla con mi hijo. Si te basas en esa estúpida circular que no me ha dado, puede haber una explicación lógica. A lo mejor se le olvidó. Todos los niños se ponen histéricos al cambiar de ciclo y tienen asuntos más importantes de los que encargarse que de una reunión para hablar de asignaturas, de que los críos han de venir limpios al colegio y de que hay que dejarlos en casa si tienen piojos... —Viendo que no me lo trago (¿por qué debería?), insiste, mosqueada—: ¡Eric y yo nos lo contamos todo!

—¿Sí? ¿Y le ha contado por qué ha suspendido todas las pruebas iniciales con las notas más bajas de la historia del instituto? —Arqueo una ceja y le acerco los resultados de los exámenes. «Eso es, nos centramos en lo que hemos venido a hacer», aplaude la voz interior. Susana me mira un momento en shock y luego revisa las gráficas sin dar crédito—. La mayoría de las preguntas ni las contestó.

—Me dijo... —Se ruboriza—. Me dijo que había aprobado. Con un cinco, sí, pero aprobado.

—¿Y sobre su historial de faltas de asistencia? —Le acerco otra hoja—. De seis horas al día durante la semana lectiva no llega a cumplir ni el cuarenta por ciento. Asiste un par de horas, tres como mucho, y eso cuando decide venir.

Susana sacude la cabeza, con lo que las ondas doradas le acarician las mejillas. Lleva el pelo recogido en una coleta salvo por esos dos bucles que le enmarcan la cara, una cara suave, dulce y atractiva que podría hechizarte como un péndulo de hipnosis.

Aprieto los puños sobre los muslos, frustrado.

Tengo un serio problema con las mujeres en general, pero con las mujeres atractivas, y concretamente con aquellas a las que he besado, ese problema se magnifica hasta un punto insoportable. Me pica la piel debajo de la camisa y no sé adónde mirar. Quiero mirarla a ella y tratar este asunto con la importancia que merece, pero su perfume a vainilla me descoloca, su belleza me desconcierta y su carácter... Ya ha demostrado que lo tiene, pero incluso callada siento su sangre caliente bulléndole bajo la piel.

Su carácter me llena de impotencia.

—En casa no se queda —replica, mirándome con fijeza—. Alguno de los vecinos me lo habrían dicho, por eso apuesto mi vida. Yo es que trabajo por las mañanas y no puedo saberlo —agrega, retirándose el pelo de la cara con un gesto nervioso—, pero estoy segura de que va al colegio.

—¿Es que no lo trae usted?

—No. Me dijo que no hacía falta, que ya era mayorcito y todas esas estupideces de niños de doce años que se creen invencibles; órdenes que más te vale acatar si no quieres darte de cabezazos contra una pared o que directamente te pidan emanciparse. —Posa la mirada en el papel, poco a poco encajando las noticias—. Pero si yo... lo veo bien. A él, me refiero. Me cuenta lo que ha hecho en el instituto y me... ¿Estás seguro de que esto es de Eric Márquez?

Señalo el nombre junto al número de clase en la esquina superior derecha.

Al margen de que esta mujer sea lo más bonito que he visto en mi vida, elemento distractor sobrado para alejarme del tema que nos ocupa, no me creo ni por un momento su cara de madre preocupada. He tratado a suficientes para calar a las que obtuvieron el título de maternidad en la tómbola, y Susana es la típica que se cree que para criar a un niño basta con echarle de comer y sacarlo a veces de paseo.

—Es evidente que su hijo no confía tanto en usted como pensaba, aunque, francamente, no me extraña.

Susana tarda un poco en reaccionar. Entonces clava en mí sus ojos claros con rudeza.

—¿Cómo que no te extraña?

Carraspeo y trato de concentrarme.

Este es mi campo. Sé de lo que hablo. No debería ser tan complicado.

—Es difícil entablar un vínculo afectivo importante entre madre e hijo cuando la madre prefiere irse de farra entre semana a quedarse en casa con él. Un niño siente el desinterés de sus familiares con detalles como ese.

—Pero ¿qué te has creído? —me espeta, inclinándose hacia delante con el rostro colorado—. ¿Que me voy de copas todos los días? Y, aunque así fuera, ¿cuál sería el problema si mi hijo estuviera debidamente atendido?

—Es evidente que entre el ocio y el trabajo no le puede dedicar mucho tiempo a Eric. Lo demuestra su total desconocimiento de la situación crítica en la que se encuentra.

Ella suelta una carcajada lacónica, mirando alrededor en busca de un público invisible al que preguntarle: «¿Habéis oído lo que acaba de decirme?».

—Esto es flipante. ¿Me estás informando o me estás reprochando? Porque no tienes ningún derecho a hacer lo segundo.

No, no lo tengo. Pero las mujeres como ella me inflan las narices, especialmente cuando tienen el descaro de comportarse como lo hacen con niños a su cargo.

Ya debería haber imaginado que lo que tiene de guapa lo tiene de arpía.

—No es culpa mía que la información le haya caído como un jarro de agua fría. Mi cometido es plantear los hechos tal como son. Y deje que le diga que tampoco es un gran ejemplo para un chico que una madre lleve a su casa a un hombre diferente cada día.

Susana se pone en pie de golpe. La vena del cuello se le infla por momentos.

—¿Quién te ha dicho a ti que llevo a un hombre diferente cada día?

Si ella supiera que su historial sexual es de dominio público en la escuela... Quizá debiera decírselo, pero tengo un umbral de la vergüenza ajena muy fino, aunque ahora no lo esté pareciendo, y no sería capaz de soltarlo sin más.

—¿No los lleva a su casa? Supongo que eso es un punto para su marido. ¿Qué opina el padre de Eric sobre todo esto? ¿No puede venir él a la próxima tutoría?

Susana agarra el mango del bolso hasta que se le ponen los nudillos blancos.

—Eric no tiene padre —sisea entre dientes—, ni yo tengo marido, y esto no es en absoluto asunto tuyo.

«Eric no tiene padre».

La noticia me deja estupefacto, a la vez que una remota y desconcertante parte de mí siente alivio porque ella no esté comprometida. Bueno, supongo que no me habría perdonado por haberme enrollado con una mujer casada. Y con una mujer casada y con un hijo, menos todavía.

Dios santo. Estar a merced de una madre como esta...

Pobre crío.

—¿No tiene ningún otro familiar? ¿Una abuela, un tío?

—No. Me tiene a mí. Y es suficiente, ¿me oyes? —Me apunta con el dedo, furiosa—. Eric y yo somos un equipo. Es lo más importante en el mundo para mí, y él me quiere más que a nadie. No tengo que defenderme de tus estúpidos ataques porque no hay razón de ser, y...

—¿Ah, no? ¿No la hay? —Me pongo en pie también, pero con cansancio—. Estaba allí cuando daban las cuatro de la madrugada y se acercaba a un hombre para dormir en su casa. ¿Se ha parado a pensar en cómo se sentiría Eric al verla llegar a las tantas, o no viéndola aparecer hasta el día siguiente? ¿Se cree que esa es manera de criar a un niño?

—¿Acaso tú tienes niños? ¿Sabes lo que es? —replica, taladrándome con la mirada—. No va a venir a darme lecciones de maternidad un tío prejuicioso y machista como tú. Tengo todo el derecho a divertirme una noche al mes, y para tu maldita información, mi hijo sabía muy bien a dónde iba y la hora a la que volvería.

—Me consta. Los niños de su curso lo comentan bastante, así que es de suponer que Eric sepa de sobra qué clase de madre tiene y cuáles son sus andanzas nocturnas.

Susana pierde el habla un segundo.

—¿De qué hablas?

Doy un paso hacia ella, incapaz de contener ya el impulso que me quema.

Quiero castigarla por su irresponsabilidad y por estar convirtiendo en un auténtico infierno la vida de su hijo. Quiero que sepa que no es tan perfecta como se cree. Quiero que cambie: aún está a tiempo antes de perder al chico para siempre. Empiezan alejándose y terminan odiando a sus familiares, un odio que les impide desarrollarse como adultos funcionales.

—Las mujeres como usted no deberían ser madres si no están dispuestas a hacer sacrificios —aclaro en tono solemne—. Para llevar la vida desahogada de una veinteañera necesita no haber cumplido aún los treinta años, o, por lo menos, no tener a un preadolescente a su cargo.

—¡Tú no sabes nada! —me grita, ya sin ningún autocontrol.

—Sí que lo sé —replico en tono relajado—. Sé que es de las que desatienden a sus hijos y anteponen su ocio y sus deseos a las necesidades de los chicos. La clásica madre que acaba provocando que un crío se salga del redil porque sabe que nadie le va a decir nada.

Susana suelta una risa incrédula.

—¿Y todo esto viene porque salí a bailar un rato? Tú también estabas allí —me recrimina, lanzándome una mirada afilada.

—Yo estoy soltero y no tengo hijos.

—Exacto —replica, y sonríe como si me hubiera tropezado con mis propios pies—. Estás soltero y no tienes hijos, así que no estás precisamente capacitado para decirle a una mujer que lleva doce años cuidando de un niño cómo tiene que hacerlo.

—Cuando esa madre aparece en el despacho del jefe de estudios con la intención de reprocharle que la dejara a dos velas en lugar de preguntarle qué pasa con su hijo, me parece que sí que necesita que alguien le diga cuatro cosas. —Ella abre la boca, pero vuelve a cerrarla de inmediato—. En cuanto a mi capacitación, resulta que yo me dedico a esto: a proteger a los chicos de ineptitudes como la suya. ¿Se cree que Eric prosperará en su futuro laboral con un ejemplo como el suyo? ¿Y en sus relaciones personales? Los niños son esponjas y absorben lo que ven, y si lo único que ven es a una madre desapegada y sin ninguna vergüenza, eso es en lo que se convertirán. Este país no necesita más gandules ni descarados.

Con lo que le he soltado espero que se ponga colorada de nuevo y retome los gritos. Lo espero de verdad. No porque me guste discutir, pues me considero una persona de carácter más frío que temperamental, sino porque debería avergonzarse.

Pero no se avergüenza. En lugar de eso, me enfrenta con serenidad y pregunta, con un tono que suena sorprendentemente tranquilo:

—¿Has hablado con mi hijo alguna vez? ¿Lo has tratado en persona?

—No.

—Hazlo, y después viene

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