Capítulo 1
CORTARSE LAS PUNTAS O CORTARSE LAS VENAS
Alison
Edu lleva cinco minutos sopesando cambios de look para mi melena. Para comprobar la viabilidad de sus propuestas, gira y ladea la cabeza hacia todos los puntos cardinales, para confirmar que tengo dos buenos perfiles. Asegura estudiar perspectiva.
El objetivo del show que se monta en torno a mí, y al que el resto de los peluqueros y clientes atienden con curiosidad, no es otro que pasarse por el forro las indicaciones que le he dado: no importa que le pida lavado y peinado. Él sigue y seguirá barruntando un peinado novedoso que deje a todo el mundo boquiabierto.
Puede que esté pecando de inocente al creer que no doblegará mi voluntad. No pierdo de vista que estoy ante una bestia del tinte, un artista voluble. Pero no me dan miedo los peluqueros fanáticos de Liza Minnelli. Ni siquiera si la última vez que su triste condición de autónomos les permitió dormir cinco horas de corrido fue en la dulce infancia, lo que siempre afecta al coco. Pero sí es verdad que, esta vez, Edu está armado, además de con su incisivo poder de persuasión, con unas tijeras. Y esas tijeras reposan con tanta sutileza como significación en mi hombro, lanzando un claro mensaje: «Aceptarás mis consejos de estilismo aunque tenga que seccionarte la carótida».
La última vez que lo miré, España era un país libre. Pero la libertad de opinión y elección termina justo donde empieza el salón de peluquería de Eduardo: The Pelu King - ULTRA-HAIR.
—¿Y por qué no una melena muy mini? No digo un pixie, aunque a la forma de tu cara también le iría de maravilla. Digo un corte bob, o blunt bob. ¡O un swag con flequillo!
—No me haría un corte de pelo con la clase de nombre que Wiz Khalifa le pondría a un porro.
—¿No sabes a qué me refiero? ¿Quieres que te enseñe muestras? ¡Anita, trae la revista!
Ni Anita suelta tan rápido el teléfono para obedecer como yo cuando le advierto con el dedo.
—Ana, deja el ¡Hola! donde le pertenece: tan lejos de mí como lo permita la física.
La dulce Anita me dedica una sonrisa resignada que viene a decir: «Lo siento, pero es mi empleador. Y vivimos en el capitalismo. Le abanicaré con una hoja de palmera si me lo pide».
Anita ejerce de recepcionista mientras termina de formarse en el bello arte de lavar y cortar. Dentro de unos meses le tomará la palabra a su jefe y empezará a amenazar a los clientes con un corte a lo Úrsula Corberó.
Que, por si no lo saben aún, solo le queda bien a Úrsula Corberó.
—¡Vamos, Alison! —insiste Edu, al borde del berrinche—. ¡Atrévete con algo diferente!
—Si quisiera atreverme con algo diferente, me compraría unos tejanos amarillos, no me trasquilaría media cabeza para parecerme a un Jackson 5.
—En Madrid no decimos «tejanos» —me advierte Zulema desde el lavadero de cabezas. Hasta el momento había estado sollozando por lo bajo porque ayer fue al salón de manicura y le preocupa perder sus uñas de trapera aplicando el acondicionador. Casi tanto como la aterrorizada pensionista a la que está lavándole la cabeza teme perder su vida a manos de sus afilados cuchillos de gel acrílico—. Tejana eres tú, que pa eso naciste en Texas.
—Y, por lo visto, en Texas la gente no se corta el pelo —refunfuña Edu.
—En esta peluquería tampoco os cortáis un pelo vosotros, si a esas vamos... Pesados —agrego por lo bajini.
—Vale, no quieres mandar la melena pasada de moda al infierno, lo acepto —cede Edu a regañadientes. Miente como un bellaco. Dentro de cinco minutos volverá a la carga. Nuestra cita bimestral siempre se desarrolla de acuerdo a la tradición: «Córtate el pelo»; «no me da la puta gana»—. Pero ¿qué hay de un flequillo baby bang? Se va a llevar muchísimo este año. ¡O un flequillo recto!
—Solo las puntas, Eduardo.
Creo que he repetido más esta frase en las últimas veinticuatro horas que «hola, me llamo Alison» a lo largo de mis treinta y tres años. En inglés y en castellano.
—Solo las puntas, solo las puntas... —dice, imitándome, mientras airea las tijeras con esa energía que solo tiene él, obligándome a seguir la trayectoria de su mano armada con el culo apretado—. Qué aburrimiento, madre mía. ¿Qué tiene que hacer un peluquero profesional para ganar clientas que no se sientan emocionalmente implicadas con la extensión de su pelo?
—Como si tú no estuvieras emocionalmente vinculado con tu melena. No te la cortas desde hace diez meses —interviene Zulema.
Se agradece que haya alguien más de mi parte en este sitio, sobre todo alguien preparado para embarcarse en una pelea de gatas contra Edu. Puede que el propietario porte unas tijeras, pero, insisto: con la manicura de Zulema se le podría hacer cirugía cardiovascular a un recién nacido con precisión quirúrgica.
—Yo no me lo corto porque es justo lo que se espera de mí como hombre, y además, voy contra lo establecido. —Edu apoya de nuevo las tijeras junto a mi garganta. Creo que percibe mi pulso acelerado, porque sonríe, perverso—. ¿Sabes por qué las mujeres están tan obsesionadas con conservar el pelo largo? Porque a los hombres no les pone el pelo corto. En la Antigüedad, los machos se acercaban a las hembras de larga melena porque era un símbolo de fertilidad, además de estar relacionado con la feminidad más rancia.
—¿Y eso de dónde te lo has sacado? ¿De un documental de La 2? —se mofa Gaspar, un profesional con la barba castaña larga hasta el ombligo y también fanático de Liza Minnelli. Se trae entre manos el tinte colorido de una chica que se ha inspirado en la bandera arcoíris para su cambio de look—. Déjala en paz. Si tantas ganas tienes de hacer virguerías con el pelo de una mujer, coge las muñecas de prueba de Anita y quédate a gusto. Y no espantes a más clientas metiéndoles la tijerita en la aorta, que yo también vivo de la caja que haces.
—Pero ¿tú has visto el pelo que tiene? —Me ahueca la melena, haciendo un puchero—. Podría hacer maravillas con él. Al menos deja que te ponga unas mechitas. Un rubio dorado te favorecería. Incluso el rojo oscuro. Cualquier cosa menos esto. —Tuerce la boca en un gesto asqueado—. Si te viera por la calle con este aburrido corte de Lindsay Lohan en sus películas de instituto, pensaría que eres una adicta al trabajo que sueña con la noche del viernes para pintarse las uñas junto a la chimenea.
—Es un análisis muy acertado de mi carácter.
—¡Y sin glamour alguno!
—Vivo en un estudio de Vallecas y soy mileurista, Eduardo. No necesito que me miren y vean glamour.
—Pero ¿qué hay del misterio? La gente debería hablar sobre ti, decir algo como... «una mujer que lleva el pelo así debe ser una mujer fascinante, atrevida, aventurera, sexy. Necesito conocerla o de lo contrario me moriré».
—Exijo mi aburrido saneamiento de melena habitual... o la hoja de reclamaciones. Tú decides.
Edu sabe que podría convencer a Paris Hilton de hacerse una permanente, pero no puede contra mí. Acaba mascullando una maldición y poniéndose manos a la obra.
La aparición de nueva clientela lo obliga a callar. Salvada por la campana. Edu no habría cerrado el pico hasta salirse con la suya, aunque para ello hubiera tenido que maniatarme a la silla y ponerme un pie en el pecho para trasquilarme el condenado flequillo. Y entonces a mí me habrían tenido que sacar de aquí detenida, porque tras ese crimen, yo habría cometido otro peor.
—No le hagas caso, Alison —interviene Anita. Fue la última en incorporarse a la peluquería y ya se ha convertido en la encargada de suavizar el ambiente—. Con o sin decoloración, eres una mujer muy enigmática y estoy segura de que atraes a los hombres como la que más.
La nueva clienta, a la que tengo la mala fortuna de conocer, llega justo a tiempo para enterarse de la conversación y hacer su malintencionada aportación:
—Puede que los atraiga, pero no le interesa en absoluto hacer nada con su interés.
Si María Sebastiana no me acabara de clavar su mirada de halcón (o de un depredador aún más peligroso y sabiamente temido por la naturaleza: de madre casamentera), cerraría los ojos para maldecir para mis adentros.
Es superior a sus fuerzas. María Sebastiana Román no puede coincidir conmigo en el recibidor del edificio en el que ella vive y yo trabajo, en la peluquería, en la calle, en el aparcamiento (esto no ha sucedido, pero me preocuparía encontrarme con ella a solas en la oscuridad) y no recordarme por activa y por pasiva que soy heredera del demonio por negarme a salir con su hijo.
Me limito a dedicarle una sonrisa tirante y agachar la cabeza para que el pelo me cubra parte de la cara. Quizá sí me habría venido bien que Anita me alcanzara el ¡Hola!, aunque ni cien gramos de celulosa con cotilleos sobre la familia real ni un tanque de guerra podrían salvarme de esa señora. Ni tampoco de la curiosidad que mantiene unidos a los peluqueros y a la comunidad vecinal del edificio donde desempeño mi empleo, que, sumados a la insistencia de María Sebastiana, conforman un cóctel explosivo que se me obliga a tragar contra mi voluntad cada vez que se me ocurre salir de mi consulta, también denominada La Trinchera.
—¿Alison sigue sin querer quedar con tu hijo, Sebastiana? —le pregunta Edu con cariño, lanzándome una mirada que rezuma venganza. La invita a sentarse en el sillón más cercano al mío para su permanente, meneando la cabeza con desaprobación—. Qué vergüenza. Con lo atractivo que es Álvaro.
Dice «con lo atractivo que es Álvaro» porque no he querido someterme a su fabulosa experimentación. De lo contrario, habría dicho la verdad: que Álvaro puede ser todo lo atractivo que quiera, pero no lo tocaría ni con un palo.
Si los mencionados vecinos —Edu, María Sebastiana y otro sinfín de conocidos— solo quisieran meterse con mi pelo, no tendría problema. Ya ha habido presencias mucho menos bienvenidas en mi terreno capilar con anterioridad, como, por ejemplo, piojos, la nariz del clásico y licencioso babas de discoteca que se cree que te gusta que te olisqueen entre halagos hacia tu perfume o una gorra de Make America Great Again.
Me crucé con una manifestación pro-Trump y me la encajaron contra mi voluntad, yo no tuve nada que ver con eso.
El caso es que a mi peluquero y a su tropa no les interesa tanto mi cuero cabelludo como lo que hay debajo: mis MISTERIOSOS pensamientos. A Edu en concreto le importa el talento creativo, pero por encima de eso exige a sus empleados que se entreguen a la persecución del conocimiento de los más íntimos secretos de cada miembro de la comunidad. Yo no me libro de esta tortura por no ser propietaria de un bonito loft en el número trece de la calle Julio Cortázar. De hecho, sé que estoy en su punto de mira por encima del resto porque, en sus palabras, «me hago la difícil». Vamos, que no voy aireando las miserias de mi vida como quien sacude las sábanas antes de tenderlas. Pero no me queda otro remedio que tolerar estas tonterías día sí y día también. Al ático donde alcé mi clínica de psicología solo se puede acceder por el mismo ascensor que toman los cotillas para regresar a casa a descansar de un ajetreado día de metomentodismo.
A la gente le sorprendería la facilidad que tiene cualquier vecino para aplicarte el tercer grado en un trayecto de siete plantas. «¿De dónde vienes?», «¿Qué talla tienes de pantalón?», «¿Estás en la lista de donante de órganos?», «¿Hace cuánto que no te acuestas con un tío?», «¿Y con una tía?». Y si no les gusta tu respuesta, siguen erre que erre: «¿Cómo que no? Vamos, seguro que te has enrollado con una mujer. Aunque fuera borracha de gin-tonics en una fiesta de fraternidad universitaria».
Alguna que otra vez he subido por las escaleras para evitarme el interrogatorio. Así tengo el culo, tras siete plantas de ejercicio.
—Pues sí, hijo —responde María Sebastiana en tono cansino. He visto su pose de ofendida más veces en los últimos meses que a mi familia de sangre—. La verdad es que Alison, para ser psicóloga, tiene muy poca empatía. No es capaz de comprender lo preocupada que estoy por mi hijo. Me desespera tantísimo su situación que no veo otra alternativa que encargarme de buscarle una mujer con quien hablar, pero nada, que esta no se presta a ser la que lo consuele.
¿Cuántas veces habrá recitado ese monólogo victimista conmigo delante? No creo que espere a tenerme de público para desahogarse. Estoy segura de que se deshace en lloros ante el primero que se le acerca, aunque solo sea para preguntarle: «Oiga, ¿tiene hora?».
Ella respondería algo como: «Sí, es la hora DE QUE MI HIJO SE ECHE NOVIA».
—Álvaro es lo bastante mayorcito para decidir por sí mismo si le conviene o no acudir a terapia. No es una decisión que sus mayores puedan tomar por él.
«Además, y por si no se ha dado cuenta —me dan ganas de añadir—, su hijo Álvaro superó la adolescencia cuando aún se pagaba con pesetas. Su derecho a comportarse como un crío y un niño de mamá prescribió hace mucho tiempo».
El que no se debe dar cuenta del fenómeno del crecimiento y posterior paso a la madurez es el propio Álvaro, pero no me extraña que se esconda tras las faldas de su madre cuando es la propia María Sebastiana la que le chilla si quiere que le traiga natillas Danet cada vez que va al supermercado.
Esa es otra cosa: en este edificio se oye todo. Especialmente desde el ático. Si quisiera, podría llevar una cuenta rigurosa de las veces que Álvaro Román ha ganado al FIFA. Demasiadas, pero porque se bate en duelo con críos que podrían ser sus hijos y a los que uno debería dejar ganar si tuviera un mínimo de decencia. También sé que le fascina el mousse de chocolate, que es del Real Madrid hasta la muerte y que no supera todavía que El Canto del Loco se separase.
Que lo hicieron también cuando aún se pagaba con pesetas, o casi.
—De todos modos, yo estaría encantada de hacerle hueco en la agenda si quisiera pasarse —agrego en tono amable. Estoy rodeada de potenciales pacientes y la psicología está bastante más estigmatizada en Madrid que en Norteamérica. Debo velar por la buena publicidad de mi negocio—. La primera sesión sale por solo veintinueve euros.
«Y no creo que necesite mucho más que una sesión», me cuido de apuntar. «A ese hombre lo único que le hace falta es aprender a freírse un huevo».
María Sebastiana olvida que puede mirarme a través del espejo y se gira sobre su asiento para fulminarme con la mirada.
—Cuando digo que Álvaro necesita hablar, no me refiero a con un loquero. Mi hijo no está loco. ¡Y tuvo una infancia maravillosa! —se defiende, abochornada.
—¿Perdón?
—Lo que oyes. No necesita hacer «sesiones de terapia» para que le digan que tiene un trauma porque su madre no lo cogía en brazos o su padre se fue a por tabaco y nunca volvió. Su problemilla se resolvería si quedara para tomarse un café con una mujer de su gusto.
Dios santo, qué daño ha hecho el psicoanálisis freudiano.
—En ese caso —continúo con aparente calma—, hay unas cuantas agencias de escorts en Madrid. Escoja la que se ajuste a sus necesidades.
—¿Qué estás insinuando? No voy a recurrir a la prostitución.
«Pero bien que quiere que me prostituya yo, ¿verdad?».
—No es prostitución. —Hago una pausa pensativa. ¿Quiero entrar en un debate sociológico sobre el trabajo sexual? Me niego en redondo y resumo—: No con exactitud. Y no hace falta estar loco para ver a un terapeuta. A nadie le viene mal hablar con alguien que pueda proponer soluciones a sus problemas.
Una que se me ocurre a mí es que eche currículums y salga de casa de sus padres.
—¿Se supone que yo no le he propuesto soluciones?
—Seguro que sí, pero quizá escuche con atención a un profesional, aunque solo sea porque le paga la hora. Cuando a uno le salen caros los consejos, se muestra más dispuesto a tenerlos en cuenta.
María Sebastiana decide ignorarme.
—¡He propuesto todas las soluciones imaginables! Le creé un perfil en una página de citas, lo arrastré conmigo a mis reuniones de jubiladas cuando mis amigas se llevaban a sus hijas solteras, le concerté cenas con exparejas con las que siempre se ha llevado bien... y nada ha dado resultado.
—¿Por qué iba a dar resultado? —se mete Edu—. ¿Por qué Álvaro querría embarcarse en el complicado mundo de las citas (para luego aterrizar en la aún más compleja vida de pareja) cuando llega al comedor a mesa puesta cuatro veces al día y cobra el subsidio por desempleo?
Ahí le has dado, Edu. Me alegro de que utilices tu inteligencia para algo más que para hacer el mal.
—¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Todo el mundo busca el amor en este país! Tú que eres americana, Alison, has debido escuchar a Los Beatles cantar All You Need Is Love.
—Los Beatles eran británicos, pero sí, entiendo lo que quiere decir. Entienda usted lo que Eduardo y yo queremos decir: no creemos que Álvaro sienta que le falte de nada en casa de sus padres.
—Secundo la moción —interviene Gaspar—. Un heterazo con la PlayStation, suscripción al Canal Deportes y un par de manos para proporcionarse los placeres del onanismo no necesita compañía. Tiene todo cuanto podría desear.
—¡Que no, que mi hijo está devastado por su divorcio y por eso sigue en casa! ¡Él antes no era así!
—Desde luego que antes no era así —coincide Edu, que procede a poner al corriente de la situación a todos los clientes que no se hayan enterado aún—. Álvaro era un personaje muy relevante en la empresa en la que trabajaba, ganaba dinero por un tubo y una mujer lo esperaba en casa con los brazos (o las piernas) abiertos. Ahora, desempleado, divorciado y harto de ganar a los adolescentes frikis en partiditas online del League of Legends, salta a la vista que no estamos hablando de la misma persona.
Viendo que María Sebastiana empieza a removerse en el sillón con incomodidad, acudo en su ayuda tratando de mostrarme amable.
—Mire, no conozco a su hijo. No he tenido el placer de hablar con él, y no pretendo dármelas de sabionda soltando aquí y ahora un diagnóstico inventado, pero... piénselo: ¿es o no es verdad que le cocina usted los bistecs al punto cuando Álvaro se empecina en probar algo distinto a la carne poco hecha? ¿Es o no es cierto que su padre es otro hincha del Real Madrid que le apoya en sus delirios deportivos? Si no tiene que encargarse de las tareas domésticas, está cobrando el paro y encima su familia le proporciona apoyo moral durante los clásicos, que son los únicos momentos de máxima tensión en los que es posible que padezca la ansiedad que sí debería ser tratada por un especialista, ¿por qué iba a querer irse?
Huelga decir que no tengo la formación necesaria para siquiera entender fenómenos sociológicos tan extendidos (y a veces, por su carácter obsesivo, dañinos) como la afición al fútbol.
—Sí, sé que mi hijo se ha acomodado —acepta a regañadientes—, pero yo le conozco y sé que en el fondo está sufriendo. Que se avergüenza de haberse quedado estancado. Que aún le duele el divorcio. Y como no cree en la psicología ni en las citas por internet porque él, en sus palabras, «es un hombre que liga a la vieja usanza», lo único que se me ocurre para animarlo es que quede con una mujer que le interese. Y ha mostrado interés en ti, Alison.
Y lo dice como si debiera desmayarme de emoción.
Por favor, otra vez no. Si no la detengo, va a proceder a relatar la breve —pero, según parece, impactante— historia de cuando a Álvaro se le escapó durante la cena que «la hermana de Julian Bale, el antiguo propietario del ático, es un bombón explosivo al que le encantaría hincar el diente».
¿Por qué no pudo Álvaro recurrir a algún símbolo sexual mundialmente conocido en todo el mundo para revelar que sigue siendo un adulto sexualmente activo, como, por ejemplo, Angelina Jolie? Así María Sebastiana habría tomado un avión directo a Los Ángeles y habría perseguido a la exmujer de Brad Pitt con una foto tamaño carnet de su adorable hijito gritando sus cualidades más remarcables, entre las cuales no figurará la de realizar las tareas domésticas.
—Estoy segura de que hay decenas de mujeres dispuestas a salir con su hijo solo en el barrio de Chamberí —insisto con tiento—. No tengo por qué ser yo.
Quizá «decenas» parezca mucho decir, porque aunque el tipo no esté de mal ver, se pasa el día con las maquinitas y ya está cerca de los cuarenta tacos sin cuenta de ahorro. Lo que se dice «un buen partido» tampoco es. Pero como psicóloga puedo asegurar que refiriéndome a las personas autodestructivas por decenas estaría quedándome corta. Por lo menos debe de haber miles. Solo en Norteamérica, de hecho, se alcanza la friolera de casi seiscientos millones de tarados, lo que viene siendo la totalidad de la ciudadanía, y ni confirmo ni desmiento que me largara por ese motivo.
—Bueno, sí que las habrá, pero tú eres sexóloga —insiste María Sebastiana.
Vuelvo a armarme de paciencia con una bocanada de aire.
—Eso no significa que tenga sexo con mis pacientes, señora.
O que quiera hacerlo.
Aunque tampoco significa que no lo haya hecho alguna vez.
Cosa de la que me arrepiento.
Estaba en un mal momento vital.
—¿Y qué significa, entonces? —replica con la nariz alzada—. Porque yo he oído que sí que lo tienen. Y que son muy cariñosos y atentos con el paciente.
—Un sexólogo, un terapeuta sexual y un coach sentimental son cosas diferentes. Lo que usted quiere, o lo que cree que quiere porque lo ha oído, es un terapeuta sexual, y ni siquiera es eso lo que su hijo necesitaría para echarse novia. Los terapeutas sexuales se encargan de iniciar en las relaciones íntimas a aquellas personas que hayan sufrido un...
—Si te pago la hora, ¿qué más te da que sea para hablar con mi hijo de sus dramas o para seguirle un poco la corriente y echar una canita al aire?
—Señora, que no me voy a prostituir.
—¡Y no te tienes que prostituir! Solo digo que puedes enfocar esa hora de trabajo como... una quedada agradable. En vez de hablar de sus traumas, podéis departir sobre asuntos personales. Y si luego os ponéis cariñosos...
Pero por Dios, que me deje en paz.
—Mis asuntos personales no tienen precio.
—¿Y los de mi hijo sí? —Y se ofende. Manda huevos la cosa, como dicen los españoles—. A lo mejor no eres la mujer apropiada, después de todo.
—Qué bien que lo haya entendido por usted misma y no tenga que recurrir a la violencia —mascullo por lo bajo... muy bajo, porque aunque María Sebastiana lleva desquiciándome los nervios desde que Álvaro tuvo la mala idea de mencionar mi nombre, entiendo su preocupación.
Aparte de los problemas obvios que representa tener a un hijo de casi cuarenta en casa, como, por ejemplo, verse obligada a renunciar a toda intimidad con tu marido y convertirte de nuevo en la criada de un tirano egoísta, se intensifican las inquietudes maternales. Todas las (buenas) madres de este mundo quieren que sus hijos sean felices y que la respuesta no sea para echarse a temblar al preguntarse: «Cuando me muera, ¿qué será de mi hijo?». Si, para colmo, está convencida de que Álvaro está tirando su vida por la borda porque el divorcio le dejó una herida incurable en el alma (cuestionable, en mi opinión), poco me está persiguiendo para la increíble preocupación que María Sebastiana debe cargar sobre los hombros.
De todos modos, sigo convencida de que a quien debería tratar en la clínica es a la señora.
Como si Eduardo me hubiera leído el pensamiento, interviene como quien no quiere la cosa:
—Oye, no es por meterme donde no me llaman... —No, claro que no, jamás harías tal cosa—, pero, Alison, tú sabes lo que es ver a un ser querido estancado. Sabes lo que es que alguien que quieres se pase el día encerrado en su casa con la vista clavada en el ordenador. Y aunque lo que te propone Marise no es lo más ortodoxo, por decirlo de alguna manera, no hace mucho que tú misma ideaste un plan rocambolesco para que tu hermano Julian saliera del caparazón.
Como buen cotilla que es, Edu conoce la historia de mi hermano, sabe que es mi gran punto débil y, por lo visto, ha considerado necesario sacarlo a colación para acudir en rescate de Álvaro. Juega bien sus cartas, y tiene más razón que un santo.
En el momento en que mi hermano abandonó la terapia, como también toda pretensión de aligerar sus cargas para abrazar una vida sana y feliz, tomé las mismas medidas que María Sebastiana. Solo que yo no involucré a nadie más que a la chica que enviaría a casa de mi hermano para encargarse de sus recados, y tampoco pretendí que se acostaran, por lo que no hice tanto ruido ni compré el cuerpo de nadie. Dejé que las cosas siguieran su cauce confiando en mis pálpitos, y es cierto que hoy día no puedo arrepentirme de haber ejercido de carabina, porque están viviendo juntos con un collie adorable y, encima, ahora Julian sale a hacer la compra como todo hijo de vecino.
Aun y con todo, me saca de mis cabales que Edu se atreva a equiparar las circunstancias que encerraron a Julian con la idílica vida de no dar un palo al agua que lleva Álvaro.
Trato de controlar el genio, pero no puedo evitar levantar la voz.
—Que yo sepa, Álvaro no ha vivido una experiencia traumática ni ha intentado solucionar sus problemas de miles de maneras distintas antes de rendirse.
Edu levanta las palmas de las manos en señal de inocencia.
—Oye, claro que no. No los quería comparar en ese sentido. Solo decía que tu preocupación por él y la preocupación de Marise tienen sus puntos comunes.
Toda la peluquería nos observa con el aliento contenido.
Antes de que a ningún despistado se le ocurra bombardearme con preguntas del tipo: «¿De qué está hablando? ¿Quién es tu hermano?» (que lo dudo, porque la historia de mi hermano es ampliamente conocida, y, de hecho, no me sorprendería que quisieran hacer una película sobre ella, porque libro ya hay, Corazón dulce, una novela romántica con vikingos escrita por su vecina), intento salvarme con una réplica insegura:
—No era mi intención que mi hermano se enamorase de la mujer que mandé para hacerle los recados.
—Pero lo hizo —se apresura a responder Edu—, y no me negarás que Matilda ayudó a sacarle del pozo de mierda. Puede que Julian se esforzara porque estaba harto de su situación, pero que Matty apareciera fue determinante.
—Si lo que quieres decir es que yo podría obrar un milagro semejante con Álvaro, te equivocas. Yo no soy la novia de mi hermano. Matilda es un rayo de luz, la personificación del optimismo. Y una humilde servidora tiene... una mente lógico-matemática, por ponerlo de forma suave.
—La personalidad de Matilda ayudó —replica Edu—, pero yo diría que fue el enamoramiento lo que lo cambió. Cuando estamos enamorados, el mundo se convierte de inmediato en un lugar mucho más afable y nos entra la sed de aventuras. El amor hace que queramos ser mejores, ¿no? —Su semblante adquiere un aire melancólico. Siento compasión por él de inmediato, recordando que no hace mucho desde que rompió su compromiso con su pareja formal—. En fin, no es como si yo supiera nada de eso, que solo siento amor por mi trabajo y mis masturbadores de Platanomelón. Suspiro.
—A ver si lo he entendido... ¿Se supone que tengo que ser la amante de Álvaro para alegrarle los días? ¿Para sacarle del pozo? ¿Para que vuelva a sentir alegría de vivir?
Me callo el hecho de que el amor, al contrario de lo que ellos dicen, no resuelve tus problemas, no te quita la depresión, no te cura los traumas... y, desde luego, no cambia a quien no quiere cambiar.
—¡No! —exclama María Sebastiana, exultante al intuir que va a conseguir lo que quiere—. Solo queda con él, por favor. Necesita relacionarse con mujeres que le gusten para recordar lo maravillosa que es la vida en pareja. Como en aquella película de Sarah Jessica Parker, ¿sabes la que te digo?
—No.
Claro que sí. Pero me avergüenza admitir que me gustan las comedias de SJP.
Es algo en lo que aún estoy trabajando. No en quitarme el vicio, sino en aceptarlo.
—Por favor, Alison —me ruega María Sebastiana. Hemos llegado a la parte de las súplicas. Pronto podré suspirar aliviada, habiendo superado las insinuaciones, los reproches y las lágrimas, en ese orden—. Queda con él un día, solo un día. Tened una charla sin pretensiones. ¿Qué daño puede hacerte?
Abro la boca para enumerar la cantidad de daños que podría hacerme, pero no se me ocurre ni una sola razón por la que me estaría comprometiendo a lo imposible haciéndole caso por un día a Álvaro Román. Esta inesperada laguna mental me deja a merced de la mirada vidriosa de María Sebastiana, que siento que podría romper a llorar en cualquier momento si volviera a negarme.
Por un breve pero determinante instante, me veo reflejada en su angustia. Me acuerdo de todas las noches que he pasado mirando el techo en busca de una solución que le cambiara la vida a mi hermano, que deben de ser equivalentes en cantidad a las que habrá sufrido María Sebastiana. Me acuerdo de cada día que volvía a casa, desgarrada, tras comprobar durante la visita de rigor que Julian seguía hundido e incluso iba a peor con el transcurso de los meses.
Una pequeña punzada de culpabilidad me atraviesa al comprender lo dura que estoy siendo con Álvaro Román.
Por Dios, ¡soy psicóloga! Eso no me exime de guardarme para mí los prejuicios de los que somos víctimas todos y cada uno de los ciudadanos del mundo, pero, joder, he estudiado las distintas formas en las que el dolor se manifiesta en los pacientes y es ridículo asumir que solo aquellos que se hacen un ovillo en la cama y no se levantan ni para vaciar la vejiga, prestándose a sufrir calambres y escalofríos por la incontinencia solo para sentir algo, son los únicos que padecen un trastorno clínico. A lo mejor María Sebastiana tiene razón (¿por qué no iba a tenerla? Es su madre, lo conoce mejor que nadie) y Álvaro está enfermo de melancolía. A lo mejor se refugia bajo el techo de sus seres queridos y en hobbies que le permiten desconectar del mundo porque no soporta la realidad de sus fracasos. A lo mejor, si lo ignoro y lo abandono a su suerte, acaba convirtiéndose en uno de esos pacientes que niegan la verdad y viven tan alejados de la realidad que pierden el norte por completo.
Pero es que esta humilde servidora tiene asuntos personales que atender. Asuntos urgentes que no puede posponer ni por un segundo más. No si no quiere que el reloj biológico se pase de la hora y pierda su última oportunidad.
No puedo meterme en berenjenales que no me corresponden.
Y aun así...
—Mire —claudico al fin—, dígale que, si se digna a venir a la consulta por su propio pie, no le cobraré la primera sesión. Eso es todo lo que puedo y pienso ofrecer, ¿de acuerdo?
María Sebastiana comienza a rezongar por lo bajini, en absoluto satisfecha. Pero hasta ella, que no se da cuenta de lo plasta que puede llegar a ser, debe haberse percatado de que ya está bien de tensar la cuerda por hoy.
Edu no lo cree así, porque empieza a menear la cabeza con energía.
—¡Hay que ver! He malgastado mis poderes de persuasión convenciéndola de que se vea con un tío con el que yo no saldría ni harto de vino. Supongo que no te prestarás a ceder en lo del flequillo, ¿no? Y tampoco en unas mechitas más rubias para dar un toque de claridad a tu melena... ¿Unas shatush tampoco? ¿Babylights?
Cierro los ojos sin mediar palabra, preparándome mentalmente para un segundo asalto.
Al final le voy a pedir que me corte, pero las venas.
Capítulo 2
EL BUENO, EL FEO, EL MALO Y YO
Álvaro
—Está decidido. —Palmeo la mesa con buen ánimo—. Voy a pedirle salir.
La mano con la que Óscar sujetaba el café se queda suspendida en el aire a tan solo unos centímetros de su boca entreabierta.
Mi hermano y el vecino guiri, Elliot, están sentados frente a nosotros. El británico pone su habitual cara de incomprensión, como cada vez que se menciona algún vocablo del diccionario de citas. Entiende el inglés y el castellano y los habla con fluidez, pero el idioma del ligoteo todavía se le resiste. Pablo, en cambio, está tan familiarizado con el asunto del roneo —y, más concretamente, con mis asuntos del roneo— que no puede aguantarse una sonrisilla.
—¿Que vas a pedirle salir? —repite Pablo, haciéndose el imbécil—. ¿A quién?
—A la tentación que vive arriba.
—¿Arriba? ¿Te refieres al segundo? —Óscar también finge que no sabe de lo que hablo, cuando he debido de mencionarle mi interés hacia Alison Bale en todos los descansos del FIFA—. Susana es muy atractiva, pero te recuerdo que Elliot consiguió darle la suficiente lástima para convencerla de salir con él.
—Ja, ja, festival del humor —farfulla Elliot, dando un sorbo a su té.
Es de Birmingham. O de Liverpool. O de Exeter. La cosa es que es de donde los hombres pueden beber té sin que los acusen de finolis, el único motivo por el que no me he levantado en medio del bar formando una bocina con las manos para aclarar que no lo conozco.
—No me refiero al segundo —especifico cansinamente.
—Queda descartada nuestra querida Sonsoles, entonces.
Estoy a punto de apostillar que no la descarte tan rápido en nuestra travesía por todas las féminas de la comunidad. Vengo de un pueblo remoto de la España vaciada y allí mi única diversión era pervertir a las beatas, convencerlas de abandonar sus planes de ingresar en un convento con tan solo un beso francés. No sería la primera señora que me dobla la edad con la que me enrolo en una aventura, ni tampoco la mayor de sesenta que inaugura mi lista de fantasías.
Susan Sarandon siempre se ha conservado de maravilla.
Si no lo comento en voz alta es porque, en primer lugar, un hombre de verdad no alardea de sus conquistas, y, en segundo lugar, estamos hablando de la madre de Elliot. No me apetece morir de un puñetazo.
Elliot no es el clásico inglesito de pelo ralo, nuca permanentemente ruborizada y bermudas estampadas. Cuando lleva gafas es Clark Kent en rubio, y cuando se las quita para desmelenarse, es el puto Thanos.
—¿En el cuarto, entonces? —continúa sondeando Óscar—. Espero que no te refieras a mi novia.
Sí, claro, a su novia. Óscar es un tipo tranquilo, pero sospecho que si le tocara a la parienta, usaría sus muslos desarrollados por el yoga para asfixiarme mientras duermo. Ya los usa para romper melones en vídeos de TikTok.
No quiero confirmar mis pesquisas.
—¿O es Tamara? —insiste.
—No, no es Tamara.
—¿Tienes algo en contra de las mexicanas?
—En contra de las mexicanas no, pero Tamara no tiene ese lunar, cielito lindo.[1]
—¿Tu supuesta tentación habita en el quinto? —se une Elliot—. Porque me parece que Gloria es muy joven para ti. Todavía no ha terminado su carrera universitaria, y tú eres del ochenta y tres. No seas baboso, ¿quieres?
—Arriba, capullos. Arriba del todo. La tentación vive al final de la escalera.
—¿Al final de la escalera? ¿Te refieres... en la clínica de psicología? —Elliot pestañea, asombrado—. Nadie vive en el ático ya.
—Anda que no. Alison Bale trabaja tanto que echa más tiempo allí que en su apartamento.
—Y eso seguro que lo sabes gracias a tus revoloteos de halcón predador, que te han permitido hacerte un esquema horario —interviene por fin mi hermano, que había estado escuchando con una sonrisilla displicente—. No me sorprendería que apuntaras en tu agenda las horas a las que entra y a las que sale como el mejor fichero de empresa.
Dicha sonrisilla se ensancha, sacándome de quicio.
—¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
—Que haya tenido que venir tu madre a sacarte las castañas del fuego para que muevas ficha. ¿A ti no te llamaban «El Buitre» en el instituto porque siempre andabas a la caza de carroña? Qué mal has envejecido, Casanova.
—A ver si me entero: ¿soy un buitre o soy un halcón?
—¿Importa? La moraleja es que estás hecho un pájaro.
—Pues si pretendes avergonzarme con eso, no te va a salir bien. Cuando te ponían un apodo en el instituto que no tuviera que ver con tu acné o con tus cartucheras, es porque eras alguien.
—No te quería avergonzar por lo del apodo, Álvaro, sino por lo curioso que es que, justo el día que mamá te anuncia que Alison Bale está interesada en ti, tomes la decisión de ir a solicitarle el vals de apertura.
El vals de apertura, dice. Se nota que a mi hermano le encantaron Los Bridgerton.
Bueno, sería más justo decir que le encantó el protagonista de la serie, el que la abandonó para hacer anuncios de coches.
—No me puedo creer que estés hablando de quedar con Alison. —Óscar pone los ojos como platos y hace ademán de abrazarme, como si acabara de anunciar que voy a ser padre—. ¿Alison Bale? ¿Por fin? ¡Estamos de enhorabuena, entonces! ¿Deberíamos dejar los cafés y pedir una ronda de chupitos? Seguro que para tal acontecimiento sacan el anís navideño y hasta invita la casa.
Elliot se muestra bastante más comedido al hacer su nueva aportación con ese acentazo guiri que le ha conseguido un pase vip a mi club de colegas. Todo grupo necesita la incorporación del conocido como «El Gracioso», y si bien Elliot tiene la gracia en la misma zona que la almorrana, todos aquí somos lo bastante infantiles para reírnos con su deje británico.
—¿Te interesaba Alison Bale? ¿Desde cuándo?
—Pues más o menos desde que la mezquita de Córdoba era un solar —resume Pablo, abrazando el respaldo de su asiento con su típica postura destroyer—. ¿Qué piso has ocupado tú durante el último año y medio, Elliot? ¿Uno con ventanas al callejón del basurero? Habría que estar más ciego que un topo para no darse cuenta de que mi hermano le suspira al final de la escalera como la princesa de la más alta torre, esperando a que la doctora caiga accidentalmente en sus brazos.
—Accidentalmente no, pero porque preferiría que lo hiciera queriendo —aporta Óscar.
—Tampoco exageremos, eh.
—¿Que no exageremos? Menos mal que no eres un perro, o habríamos tenido que atarte para que no la persiguieras oliéndole el culo —insiste Pablo—. Si la mujer no viviera despistada, tendrías una orden de alejamiento.
—Pero ¿qué dices?
—Pablo tiene razón. Vives en el primer piso del edificio y es muy sospechosa la cantidad de veces que te he visto pulsando el botón de la última planta del ascensor —corrobora Óscar mientras apoya con delicadeza la taza de café sobre el platillo.
Óscar es esa clase de tío. No me refiero al que le da siempre la razón a tu enemigo, que también, sino al que reposa las tazas donde no puedan dejar el cerco de humedad. En su casa demuestra habilidades de espía samurái sacando un posavasos de la nada y colocándolo grácilmente un nanosegundo antes de que deposites la cerveza en su mesita caoba.
Lo de «mesita caoba» es cosa suya, no mía.
Es, asimismo, el que pide el café con un sobrecito de sacarina y un toquecito de canela —sí, con el sufijo «-ito»— y el que le regala los terrones de azúcar estampados con frases motivadoras a una de las clientas frecuentes que los coleccionan, ganándose una bendición a primera hora de la mañana. Por eso —y supongo que también porque se parece al Capitán América— toda la plantilla de nuestra cafetería de confianza está total y perdidamente enamorada de él. Hombres incluidos. ¿O debería decir sobre todo los hombres?
Óscar tiene mucho tirón entre la comunidad gay. Más que mi hermano, incluso, y eso que Pablo lleva bateando en el otro equipo el suficiente tiempo para que se le respete un poco más como jugador.
A los tíos como Óscar la sociología los denomina «metrosexuales». Las mujeres que se lo quieren pasar por la piedra los describen como «hombres sensibles». Para mí, si me preguntan, son un auténtico coñazo.
—A lo mejor me ves subiendo a la clínica porque voy a terapia —me defiendo sin mucha convicción.
—Ah, claro, vas a terapia. Entonces ¿has decidido tratarte por fin la enfermiza obsesión con Alison Bale?
El capullo de Pablo tiene respuestas para todo.
—Vale, lo reconozco. No he estado en la última planta en mi vida.
—Pero seguro que has flirteado con la posibilidad de fingir una crisis nerviosa para prestarle una visita.
Mi hermano es esa misma clase de hombre que Óscar. Hombre sensible. Metrosexual. Coñazo auténtico. Utiliza expresiones literarias como «flirtear con la posibilidad» o «prestar una visita». A veces parece que viva en una novela de Jane Austen, y no solo por el lenguaje florido, sino porque, al igual que las Bennet, dedica su vida a ir de visita a la casa de gente más rica que él —decora el interior de las mansiones de las zonas privilegiadas de Barcelona— y rechaza a todos los tipos que le piden amistad en Facebook porque «no son lo bastante guapos para tentarle».
—Ya no se llama crisis nerviosa —corrige Óscar—. Ahora lo llaman por su nombre: depresión o ansiedad.
—Si hubieras salido antes con Alison, dispondrías de esta información tan valiosa, Álvaro —se mofa Pablo.
Elliot sigue orbitando en su planeta particular.
—No sabía que estuvieras interesado en Alison.
—Descuida, Elliot. Me sorprendería que recordaras siquiera cómo atarte los cordones teniendo la novia que tienes. —Le palmeo la espalda—. Si yo fuera tú, viviría abducido por la imagen de Susana, disociado de la realidad, y solo pensaría en cómo volver a sus brazos. —Me giro hacia mi hermano—. Fíjate, no he necesitado quedar con Alison para saber lo que es la «disociación».
—Enhorabuena, ya tienes un posible tema de conversación para proponerle.
—Con la agenda que tiene esa mujer, no te recomiendo pedirle salir bajo la premisa de mantener una conversación sobre trastornos mentales —interviene Elliot—. Se pasa todo el día trabajando.
—¿Lo has oído? —Pablo suspira, resignado—. Abandona toda intención, Álvaro. Se pasa todo el día trabajando, por lo que no va a necesitar que te la trabajes.
—Oye, Alison lleva paseándose por la zona una eternidad y no has movido ficha. ¿Qué te ha dado para decidirte a hacerlo ahora, aparte de lo de tu madre? —pregunta Óscar, recostado en el borde de la mesa—. Porque no es como si fueras un tío tímido y necesitaras una red de seguridad antes de entrarle a una mujer.
Me reclino en el respaldo, pensativo.
—¿La verdad? Porque se nota a simple vista que la chica me va a dar trabajo.
—¿Y no será porque se nota a simple vista que la chica pasaría de ti? —rebate Pablo.
A diferencia de otros, Óscar no intenta robarme el protagonismo y continúa su afable interrogatorio:
—¿Qué te hace pensar que te daría trabajo?
—Que es psicóloga. Y, por si no lo sabes, los psicólogos son los que más necesitan terapia. Aparte de eso, te recuerdo que es la hermana carnal del famoso ermitaño del ático. —Levanto las cejas, tratando de dar a entender lo que no diría en voz alta por mera decencia: que, a lo mejor, por la relación sanguínea, ambos comparten la tendencia a manifestar ciertos... comportamientos psicóticos.
Aunque, más que psicótico, Julian Bale es excéntrico.
—Lo de su hermano explicaría que esté acostumbrada a tratar con tíos raros —corrobora Pablo sin una sola pizca de tacto—. Solo por eso albergo el pálpito de que tendrás una oportunidad con ella, Álvaro.
—«Albergo el pálpito», dijo el señor Darcy —apostillo, engolando la voz—. Y, eh, Julian no es un tío raro —le advierto con el dedo en alto, avergonzado por haber sacado el tema—. Es un tío con problemas, ¿vale?
—Tranquilo, no lo decía en un sentido despectivo. Pero miradlo —silba, admirativo—, defendiendo a su cuñado con uñas y dientes antes de conocer siquiera a la parienta. Porque no te has acercado a decirle ni tu nombre, ¿verdad que no?
—¿Para qué? Vivo en el número trece de la calle Julio Cortázar, Pablo. Las paredes son de papel de fumar y me rodea un grupo de pirados que se divierten jugando al teléfono escacharrado. Decirle mi nombre habría sido una redundancia. Se lo habría puesto a huevo para que me respondiera: «Ya sé que eres Álvaro. Sé incluso a la hora a la que te levantas porque se oye en todo el edificio cuando tiras de la cadena».
—¿Has estado permitiendo que la cadena se dé a conocer por ti? Insisto, estás perdiendo facultades.
Óscar se echa a reír y Elliot le acompaña. Yo acabo dejándome llevar por la risa también.
—En fin, amigos, ha llegado el momento. Me espera mi destino. —Apoyo la mano en el pecho con dramatismo y clavo la vista en el zócalo superior de la pared.
Pablo trata de retenerme alzando los brazos. Los carísimos gemelos que acompañan su traje azul marino centellean como diamantes. ¿O son diamantes? No me sorprendería.
—¡Espera! ¿No nos vas a contar cómo pretendes dar el primer paso? Llevas fuera de juego demasiado tiempo, Álvaro. Me sorprendería que supieras cómo chutar un gol.
—¿Y debería pedirte consejo a ti, que todo lo que sabes de fútbol lo aprendiste de mí?
—A veces el alumno supera al maestro.
—Sí, claro. Sería lo que me faltaba, nombrar mi fuente de información sobre técnicas seductoras a un tío que no se ha acercado a una mujer ni para pedirle fuego.
Pablo acepta resignado su nula experiencia con las señoritas. Y cuando digo «nula», me refiero a NULA. No se molestó en usar a alguna pobre chica como tapadera durante su periodo adolescente, ni fingió ser quien no era robándose unos besitos con la amiga de toda la vida durante las ferias.
No sé cómo puede haber alguien en el mundo a quien no le gusten las mujeres. Lo digo en serio. Las flores delicadas que acaparan portadas de revistas de moda con aspecto de huérfanas desnutridas, las que se prohíben ir a trabajar con unas mallas porque sus despampanantes atributos impedirían que sus compañeros se concentraran en su trabajo; las maravillosas jugadoras de vóley-playa, con sus pantaloncitos ajustados, y las de naturaleza agitanada que no temen reírse a carcajadas mientras se abanican con energía en las terrazas de los bares. Todas ellas, sin faltar una, son la raza superior. La octava maravilla del mundo. ¿Quién podría negarse a la contemplación o a los placeres táctiles de tan deliciosas criaturas? ¿Quién preferiría ver la vida pasar en compañía de bichos peludos que se secan la espuma de la Mahou con el dorso de la mano y no les avergüenza enseñar la hucha cuando se agachan, porque, además, a mi hermano le gustan los cerveceros que huelen a sudor ácido?
En fin. Él y sus compañeros de orientación sabrán lo que hacen.
Nunca dejará de apasionarme este misterio de la naturaleza, pero doy gracias a que tanto él como el resto de los hombres atractivos pertenezcan a la comunidad gay. Así los demás podemos tener una oportunidad con las jugadoras de vóley-playa. Si mi hermano fuera heterosexual, jamás habría ligado cuando salía de fiesta con él. Y eso no creo que pudiera habérselo perdonado, incluso si nunca ha tenido la culpa de ser mucho más guapo que yo.
Pablo potencia su atractivo gastándose un dineral en aftershaves olorosos y camisas slim —si no fuera porque no se palmea la cara descuidadamente tras afeitarse, como hace el resto de la raza, nadie diría que las mujeres son para él una percha—, pero nació con el gen homosexual y eso ya supone una indiscutible ventaja frente a mí. Es bien sabido que a las mujeres les gustan los tíos sensibles, guapos e inalcanzables, y Pablo, Óscar —que no es gay, pero les roba la cultura a los gais— y Eduardo, así como Ricky Martin y el protagonista de Prison Break cumplen todos los requisitos.
Yo hago lo que puedo, que no es mucho, pero estoy contento con lo mío. Tengo mi público.
Nadie a simple vista diría que poseo toda esta información sobre la comunidad, pero es lo que he mamado desde que mi hermano, a la tierna edad de siete años, me confesó sus fervorosos sentimientos hacia nuestro profesor de Religión.
Aun con nuestras diferencias, Pablo es el primer tipo al que recurriría para pedir consejo romántico si lo necesitara, porque los otros dos no destacan en este ámbito. O sea, no creo que Óscar se haya esforzado a la hora de ligar en sus veintipico años de vida, básicamente porque no lo habrá necesitado. Es profesor de yoga —con lo cual vive rodeado de mujeres—, le gustan los niños —venga ya, ¿qué más?— y su condición de repipi de cojones lo convierte en el deseable hombre moderno. Óscar inventó las nuevas masculinidades que no temen romper a llorar en público, ayudan en casa para algo más que cortar el césped —tarea de macho por excelencia— y acumulan libritos de autoayuda en la mesilla de noche sobre cómo conectar con su fémina interior.
En cuanto a Elliot, basta con decir que ha tenido que ir a terapia para poder echarse novia.
Aun así, no me despido sin antes preguntar:
—¿Algunas recomendaciones para este primer round?
—Sé tú mismo —resuelve Óscar.
No dudo que me da el consejo que a él le ha funcionado.
—No me sirve. No todos somos Gary Stu.[2] ¿Pablo?
—No seas tú mismo.
Tampoco dudo que me esté dando el consejo que en su caso es infalible.
Todos los ojos —los míos también— se posan en Elliot.
—No le digas que ha engordado —nos sorprende respondiendo. Su cara de agobio lo dice todo—. Susana me preguntó anoche si la veo más inflada, he sido sincero y ahora no me habla.
—Elliot, por Dios... —Suspira Óscar—. Eso es de primero de Mujeres.
—Ya, bueno, pero es que a él le queda un rato para entrar en la facultad de las bellas artes (del ligoteo) —bromeo yo—. Antes de entrar en primero tendría que pasar el examen de acceso, y le queda temario por ver.
—Menos mal que tu profe es paciente, amigo. —Pablo le palmea el hombro en ademán amistoso.
«Paciente» es la cualidad menos relevante de las que acumula su novia. Este tío es el cabrón afortunado entre los cabrones afortunados por la mujer que le acompaña. Susana tiene más gracia que Cruz y Raya, un gusto musical cojonudo y la cara de Elsa Pataky, y va y le dice que ha engordado.
—Reza para que Alison no me rechace, Elliot, o la siguiente señora de Román será Susana —le advierto, medio en broma, medio en serio. No me gustan las rubias y nadie tiene el poder de levantarle Susana a Elliot si ella misma no se quiere mover de donde está, porque tiene un par de huevos de titanio, pero merecería la pena el esfuerzo.
Eso Elliot lo sabe el primero, porque apenas me doy la vuelta le oigo mascullar:
—Adelante, acércate a ella y el siguiente cadáver del cementerio serás tú.
Capítulo 3
UN JE NE SAIS QUOI DE MARION COTILLARD
Álvaro
No, no he suspirado al pie de la escalera aguardando a que «mi dama» se asomara para besarle la mano. Pero es cierto que, los días que me ha vencido la pereza, he sustituido el footing por el Retiro para subir los escalones y bajarlos a máxima velocidad, y no he realizado este ejercicio exento de esperanza. Tengo entendido que Alison utiliza la escalera cuando ve a alguien esperando el ascensor —no es la persona más sociable del mundo— y confiaba en que nos cruzaríamos en alguna ocasión.
Yo le diría: «Buenos días, Alison». Con suerte, ella se detendría, sorprendida, me miraría por encima del hombro y me respondería con asombro: «¿Cómo sabes mi nombre?». Supongo que yo le sonreiría con el misterio de Humphrey Bogart y le diría: «Sé muchas cosas sobre ti. Y las que se me escapan me gustaría conocerlas. ¿Un café?». O, más pretencioso todavía, pero emulando a mi héroe, Bond: «¿Un martini?».
Estas referencias cinéfilas han sido patrocinadas por mi hermano mayor, que era quien me obligaba a culturizarme.
A Pablo le gusta el cine en blanco y negro. Nuestros tratos infantiles versaban a menudo en intercambios un tanto desequilibrados: yo me tragaba tres clásicos de Bette Davis o veía a Sean Connery en las pelis de 007 y luego él me permitía ver medio partido en la tele por cable. Con esto quiero decir que Pablo no era un niño sensible e intimidado por sus compañeros del jardín de infancia. Es mi hermano mayor, lo que ya determina quién repartía las hostias como panes. Tardó años en comprender que usar el mando de la tele para chantajearme o hacerme chichones con el canto en la cabeza no era lo más cristiano y así no iba a enamorar a su profesor de Religión.
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