Escuela de rebeldes

Charles King

Fragmento

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1

LEJOS

 

 

 

 

El último día de agosto de 1925, un barco de vapor de tres puentes llamado Sonoma, que se hallaba a medio camino en su trayecto habitual entre San Francisco y Sídney, llegó a un puerto formado por un volcán extinto. La isla de Tutuila había sido arrasada por la sequía, pero en las laderas de las colinas seguía creciendo una exuberante maraña de aguacates y jengibre en flor. Unos negros peñascos se cernían sobre la playa de arena blanca. Tras una línea de esbeltas palmeras se veía un grupo de casas sin paredes con techos de paja, en el estilo arquitectónico característico de las islas del Pacífico conocidas como la Samoa Americana.

A bordo del Sonoma viajaba una joven de veintitrés años procedente de Pensilvania, delgada pero musculosa, que no sabía nadar, propensa a padecer conjuntivitis, con un tobillo roto y una dolencia crónica que a veces le impedía utilizar el brazo derecho. Dejaba atrás a un marido en Nueva York y a un novio en Chicago, y se había pasado todo el viaje transcontinental en tren en brazos de una mujer. En su viejo baúl[1] llevaba unos cuadernos como los que empleaban los reporteros, una máquina de escribir, vestidos de noche y una fotografía de un hombre mayor y despeinado al que ella llamaba «papá Franz», y que tenía el rostro marcado por unos cortes de sable y macilento a causa de los daños que una chapucera operación quirúrgica había producido en los nervios de la zona. Él era el motivo por el cual Margaret Mead había emprendido su viaje.

Mead había escrito hacía poco su tesis doctoral bajo su dirección. Era una de las primeras alumnas mujeres que habían terminado los exigentes cursos que se impartían en el Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia. Hasta entonces, sus análisis se habían basado más en materiales que encontraba en la biblioteca que en la vida real. Pero papá Franz —como era conocido el profesor Franz Boas entre sus estudiantes— la había instado a hacer trabajo de campo, a encontrar algún lugar en el que pudiera dejar huella como antropóloga. Con la planificación adecuada y algo de suerte, sus investigaciones podrían convertirse en «el primer intento serio de comprender la actitud mental de un grupo en una sociedad primitiva»,[2] le escribiría él unos meses más tarde. «Creo que su éxito supondrá el comienzo de una nueva era en lo que respecta a la investigación metodológica de las tribus nativas».

Ahora, mirando por encima de la barandilla del barco, se le cayó el alma a los pies.

El puerto estaba lleno de cruceros grisáceos, destructores y buques auxiliares. El petróleo pintaba un arco iris en la superficie del agua. La Samoa Americana y su puerto de Tutuila —Pago Pago— se hallaban bajo el control de Estados Unidos desde la década de 1890. Solo tres años antes de la llegada de Mead, la Marina había desplazado la mayoría de sus navíos del Atlántico al Pacífico, una reorientación estratégica que daba cuenta de los crecientes intereses norteamericanos en Asia. Las islas pronto se convirtieron en una estación de carbón y un taller de reparaciones para la reorganizada flota, que, casualmente, llegaba a Pago Pago justo el mismo día que Mead. Era el mayor despliegue naval que había tenido lugar desde que Theodore Roosevelt había enviado la Gran Flota Blanca a dar la vuelta al mundo como muestra del poderío naval estadounidense.

Los aviones tronaban en el cielo. Debajo, una docena de Fords echaban chispas en una estrecha calle de cemento. En el malae, la plaza pública situada en el centro de Pago Pago, los samoanos habían montado un improvisado mercadillo de cuencos de madera, collares de cuentas, cestos, faldas de hierba y canoas de juguete. Las familias se diseminaban por el parque, disfrutando de un almuerzo temprano. «Siempre hay una banda de un barco tocando ragtime»,[3] se quejó Mead. Así no había manera de estudiar a las tribus primitivas. Prometió marcharse lo más lejos posible de Pago Pago.

El tema de su investigación era una propuesta de papá Franz. ¿Era la transición de la infancia a la adultez, en la que cualquier joven se rebelaba contra sus aburridos padres, producto de un cambio puramente biológico, el comienzo de la pubertad? ¿O la adolescencia existía simplemente porque una sociedad particular había decidido considerarla así? Para descubrirlo, Mead se pasó los meses siguientes cruzando montañas a pie, recorriendo aldeas remotas, recogiendo historias de los niños y adolescentes locales e interrogando a los adultos sobre sus experiencias más íntimas relacionadas con el amor y el sexo.

No tardó demasiado tiempo en llegar a la conclusión de que en Samoa había pocos adolescentes rebeldes. Y eso se debía en gran medida a que había pocas cosas contra las que rebelarse. Las normas en relación con el sexo no eran nada rígidas. La virginidad se celebraba en un nivel teórico, pero en la práctica no tenía demasiado valor. La fidelidad en las relaciones de pareja era algo desconocido. La forma de relacionarse de los samoanos, informó Mead, no era primitiva y retrógrada, sino más bien intensamente moderna. Los samoanos ya se sentían cómodos con muchos de los valores de la generación de la antropóloga: la juventud estadounidense de los años veinte que iba a fiestas y se enrollaba, que bebía ginebra de contrabando y bailaba el charlestón. El objetivo de Mead se convirtió en averiguar cómo hacían los samoanos para evitar los portazos, la delincuencia juvenil y el miedo al hundimiento de la civilización que obsesionaba a los medios de comunicación en su país. ¿Cómo podía haber adolescentes que carecieran de la típica angustia norteamericana?

¿O no era así? «Y, ay, no sabes lo harta que estoy de hablar de sexo, sexo, sexo»,[4] le escribió a su mejor amiga, Ruth Benedict, cuando llevaba unos meses en Samoa. Había llenado cuadernos enteros, había escrito abundantes fichas y había mecanografiado toneladas de informes de campo, que después enviaba en una canoa que atravesaba las olas rompientes e iba hasta más allá del arrecife, donde estaba el barco del correo. Mead se quedaba contemplando con un nudo en el estómago, temerosa de que aquella frágil embarcación volcara y se destruyera la única razón que tenía para estar al otro lado del mundo o, ya puestos, el único indicio que tenía de algo que vagamente podría llamarse «una carrera». «Tengo un montón de datos bonitos y reveladores»,[5] escribió, con un sarcasmo que flotaba en la página, pero en realidad dudaba de que toda esa información supusiera algo significativo. «Me siento una absoluta desequilibrada cuando me doy cuenta de a qué dedico el tiempo y las cosas que pienso […]. Cuando vuelva a casa, voy a trabajar de taquillera en el metro».[6]

Ella no podía saberlo en ese momento, pero allí, entre los banquetes de bienvenida y la pesca en los arrecifes, en las tardes húmedas y frente a los vientos huracanados de una tormenta tropical, Mead estaba en el centro de una revolución. Había comenzado con un conjunto de preguntas complejas e irritantes surgidas en el seno de la filosofía, la religión y las ciencias sociales: ¿Cuáles son las divisiones naturales de la sociedad humana? ¿Es universal la moralidad? ¿Cómo deberíamos tratar a la gente cuyas creencias y costumbres son distintas de las nuestras? Terminaría con una reconsideración radical de lo que implica ser animales sociales y con la renuncia a la cómoda confianza en la superioridad de nuestra civilización. Lo que estaba en juego eran las consecuencias de un descubrimiento asombroso: que nuestros antepasados remotos, en algún momento de su evolución, inventaron una cosa que llamamos «cultura».

 

 

Este libro trata de mujeres y hombres que se hallaron en la primera línea de la batalla moral más importante de nuestro tiempo: la lucha por demostrar que, pese a las diferencias de color de piel, de género, de capacidades o de costumbres, la humanidad es una única cosa indivisible. Cuenta la historia de unos globalistas en una época de nacionalismo y división social, y los orígenes de un enfoque que en la actualidad consideramos moderno y abierto de miras. Es una prehistoria de los trascendentales cambios que han tenido lugar en la sociedad durante los últimos cien años, desde el sufragio femenino y el movimiento por los derechos civiles hasta la revolución sexual y el matrimonio homosexual, así como de las fuerzas que empujan en la dirección contraria, hacia el chovinismo y la intolerancia.

Pero este no es libro sobre política, ética o teología. No es una lección de tolerancia. Es una historia centrada en la ciencia y los científicos.

Hace poco más de un siglo, cualquier persona instruida sabía que el mundo funcionaba de un modo bastante evidente. Los seres humanos eran individuos, pero cada uno era también representativo de una tipología específica, que a su vez era un resumen de un conjunto de características raciales, nacionales y sexuales. Cada tipo estaba predestinado a ser más o menos inteligente, vago, obediente o beligerante. La política era cosa de hombres, mientras que las mujeres, si es que eran aceptadas en la vida pública, se consideraban más productivas cuando se encargaban de organizaciones benéficas, de labores de evangelización o de la instrucción de la infancia. Los inmigrantes tendían a diluir el vigor natural de los países y a engendrar posturas políticas radicales. Los animales merecían que se los tratara con amabilidad, y los pueblos atrasados, que estaban unos escalones por encima de los animales, merecían nuestra ayuda, pero no nuestro respeto. Los criminales tenían una predisposición innata a actuar fuera de la ley, pero era posible reformarlos. Las safistas y los sodomitas escogían su depravación, pero probablemente fuesen incorregibles. Era una época de grandes mejoras, una época que había dejado de justificar la esclavitud, que había comenzado a deshacerse de las restricciones de clase y que, con el tiempo, acabaría con los imperios. Pero a quienes evocaban los defectos de la humanidad —individuos calificados como ciegos, sordos y mudos, lisiados, idiotas, imbéciles, locos y mongoloides— era mejor confinarlos detrás de un muro para que vivieran allí una vida tranquila.

La experiencia confirmaba estas verdades naturales. Ningún país soberano permitía que las mujeres votaran ni que ocuparan cargos públicos de ámbito nacional. En Estados Unidos, el censo dividía a la sociedad entre tipos raciales muy claros y excluyentes, entre los que estaban los blancos, los negros, los chinos y los indios americanos. El censo de 1890 incluyó los términos «mulato», «cuarterón» y «octavón» para distinguir entre los distintos tonos de la gente de color. La categoría de uno era tan evidente que no dependía de lo que uno dijese que era, sino de lo que dijese otra persona, el encuestador del censo (que, por lo general, era un hombre blanco).

Si entrabas en cualquier librería, de París a Londres o Washington, podías encontrar doctos volúmenes que coincidían en todos estos puntos. La primera edición completa de la Enciclopedia Británica, concluida en 1911, definía «raza» como un grupo de individuos «descendientes de un antepasado común», lo cual implicaba que los blancos y los negros, por ejemplo, tenían linajes completamente distintos entre ellos, si nos remontábamos hacia atrás a lo largo de la evolución. La civilización se definía como el periodo transcurrido desde que «las razas más desarrolladas de hombres emplean sistemas de escritura». La primera versión del siglo del Oxford English Dictionary, una concisa edición también publicada en 1911, no incluía los términos «racismo», «colonialismo» ni «homosexualidad».

Según la concepción habitual de la sociedad humana, las diferencias de creencias y costumbres tenían que ver con el nivel de desarrollo y con la desviación de lo normal. Había una línea más o menos recta que iba desde las sociedades primitivas hasta las avanzadas. En la ciudad de Nueva York, uno podía desandar el camino de esta odisea simplemente cruzando de un lado de Central Park al otro. Las exposiciones de objetos creados por los africanos, los habitantes de las islas del Pacífico y los nativos americanos se organizaban (como sigue sucediendo en la actualidad) bajo el mismo techo que los dioramas de alces y los osos pardos embalsamados en el Museo de Historia Natural. Solo había que cruzar el parque y entrar en el Metropolitan Museum of Art para descubrir cuáles eran las verdaderas mejoras. La sociedad contemporánea seguía teniendo defectos: los pobres, los pervertidos sexuales, los débiles mentales, las mujeres demasiado ambiciosas. Pero esto no eran más que muestras del trabajo que todavía faltaba por hacer para perfeccionar una civilización ya muy avanzada.

La idea de que existía una jerarquía natural de los tipos humanos lo empapaba todo: los currículos escolares y universitarios, las sentencias judiciales y las estrategias de vigilancia policial, las políticas sanitarias y la cultura popular, el trabajo de la Oficina de Asuntos Indígenas y los administradores coloniales estadounidenses en las Filipinas, al igual que el de sus homólogos británicos, franceses, alemanes y procedentes de muchos otros imperios, países y territorios. Los pobres eran pobres a causa de su propia incompetencia. La naturaleza prefería al robusto colonizador antes que al ignorante nativo. Las diferencias relativas al aspecto físico, las costumbres y el idioma eran reflejos de una alteridad innata y mucho más profunda. También los progresistas aceptaban estas ideas, añadiendo solo que era posible, si se contaba con suficientes misioneros, profesores y médicos, erradicar ciertas prácticas primitivas y antinaturales y reemplazarlas por otras más ilustradas. Por eso el principal periódico norteamericano sobre política mundial y relaciones internacionales, publicado desde 1922 y ahora el influyente Foreign Affairs, se llamaba originalmente Journal of Race Development [Diario del Desarrollo Racial]. Las razas primitivas eran aquellas que todavía no disfrutaban de los beneficios de la poderosa cristiandad, de los inodoros y de la Ford Motor Company.

Con respecto a todas estas cosas, sin embargo, comenzamos a cambiar de idea en ese momento.

Conceptos como los de raza, identidad étnica, nacionalidad, género, sexualidad y discapacidad siguen siendo algunas de las categorías más básicas que empleamos para comprender el mundo social. Preguntamos sobre algunos de ellos en las solicitudes de empleo. Cuantificamos otros por medio de los cuestionarios del censo. Hablamos sobre todos ellos —de un modo incesante, en Estados Unidos en el siglo XXI— en las carreras de humanidades y en las redes sociales. Pero lo que estos conceptos designan no es lo mismo que designaban en el pasado.

En el censo del año 2000, los estadounidenses por primera vez pudieron dar respuestas múltiples a preguntas relacionadas con su identidad racial o étnica. La Solicitud Común, el formulario empleado por los estudiantes para solicitar su ingreso a más de seiscientas universidades norteamericanas, exigía que el sexo de los aspirantes coincidiera con la descripción legal que figuraba en su partida de nacimiento, pero ahora permite explicar cómo se siente cada cual o cómo representa ese dato. En 2015, los jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos dictaminaron por mayoría que la protección federal de la institución del matrimonio no requería que una pareja consistiera en dos personas con cromosomas masculinos y femeninos. En las escuelas, los edificios públicos, las universidades y los entornos laborales, algunas cosas que hasta hace no mucho se consideraban defectos —desde la sordera hasta el uso de una silla de ruedas o tener un estilo particular de aprender— se tratan ahora como diferencias que deberían admitirse, ante todo para asegurarnos de que no haya ninguna idea, capacidad o talento que pase inadvertido por culpa de una mera onda sonora o de una escalera.

Por lo general, relatamos estos cambios considerándolos una expansión o una contracción de nuestro universo moral. En Estados Unidos, la izquierda tiende a trazar una línea larga y necesaria que parte del desmantelamiento del autoritarismo racial en la época de las llamadas «leyes Jim Crow» (segregacionistas), pasa por los disturbios de Stonewall y por la Ley para Estadounidenses con Discapacidades y llega hasta la primera gran candidata mujer a la presidencia del país. Se trata de un relato de progreso, en el que se da cuenta de la ampliación de los derechos que aparecían recogidos en los documentos fundacionales de la nación. Según la derecha, algunos de estos cambios constriñen la capacidad de las comunidades para decidir sobre sus propias costumbres sociales. Una nueva forma de intolerancia sancionada por el Estado, protegida en espacios seguros y vigilada por una policía del lenguaje que opera en todas partes, desde las escuelas públicas hasta los entornos laborales, insiste en que todos deberíamos estar de acuerdo con respecto a lo que constituyen el matrimonio, una buena broma o una sociedad próspera. Este otro relato habla de extralimitaciones y conductas poco razonables, de un Estado arrogante que invade el espacio del discurso, el pensamiento y los valores individuales. En otros países se está produciendo un combate similar: entre la celebración de ciertas diferencias y la preservación de los valores tradicionales y venerables de las generaciones pasadas.

Sin embargo, hubo un cambio mucho más importante que se produjo antes de que surgieran estos debates. Fue resultado de una serie de descubrimientos hechos por una reducida pandilla de investigadores contestatarios a los que Franz Boas llamaba modestamente «nuestro pequeño grupo».[7] El análisis real, basado en pruebas empíricas, creían, acabaría con uno de los principios más profundamente arraigados en la modernidad: que la ciencia puede decirnos qué individuos y grupos son, por naturaleza, más inteligentes, capaces, honrados y adecuados para gobernar. Su respuesta fue que la ciencia señalaba en la dirección exactamente opuesta, hacia una teoría de la humanidad que abarca las muy diversas maneras de vivir que hemos ideado los seres humanos. Las categorías sociales en las que solemos dividirnos, incluyendo etiquetas como las de la raza y el género, son esencialmente artificiales; son producto del artificio humano, y solo existen en los marcos conceptuales y los hábitos inconscientes de una sociedad dada. Somos animales culturales, sostenían, y estamos limitados por reglas creadas por nosotros mismos, aunque estas reglas sean con frecuencia invisibles o se den por sentadas en las sociedades que las elaboran.

Si merece la pena conocer la historia del círculo de Boas no es porque sus miembros fueran los únicos que alguna vez cuestionaron antiguos malentendidos. La unidad de la especie humana es una idea que aparece en las religiones, los sistemas de valores, el arte y la literatura de todo el mundo. Pero si Boas y sus alumnos fueron especialmente hábiles para captar la distancia que existe entre lo que es real y lo que decimos que es real, es porque estaban viviendo y metidos en un caso práctico. Los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX proclamaban que su origen era una serie de valores ilustrados, pero había perfeccionado un enorme sistema de privación de derechos por motivos raciales. Sus habitantes se consideraban especialmente dotados como nación, pero insistían en la validez universal de su idea de lo que es una buena sociedad. Sus gobiernos se esforzaban por mantener al margen a ciertos tipos de extranjeros mientras destinaban una riqueza y una potencia militar sin precedentes a modificar los países de donde estos procedían. La perspectiva científica del círculo de Boas nació en un momento y en un lugar que parecían necesitarla con urgencia.

Se llamaban a sí mismos «antropólogos culturales» —un término inventado por ellos— y bautizaron su vivificante teoría con el nombre de «relatividad cultural», aunque ahora suele llamarse «relativismo cultural». Durante casi un siglo, sus oponentes los han acusado de todo tipo de cosas, desde justificar la inmoralidad hasta socavar los fundamentos de la civilización. En la actualidad, el relativismo cultural suele contarse entre los enemigos de la tradición y la buena conducta, junto con otros términos como «posmodernidad» y «multiculturalismo». La obra del círculo de Boas aparece como una cosa horrible o un objeto de mofa en los medios de comunicación conservadores y en las páginas web de la extrema derecha, además de en listas del estilo de «Diez libros que jodieron el mundo». ¿Cómo podemos distinguir el bien y el mal, se preguntan sus detractores, si todo es relativo según el momento, el lugar y el contexto en el que tratamos de juzgarlos?

La creencia de que nuestras costumbres son las únicas morales y de sentido común tiene un atractivo muy poderoso, especialmente cuando se expresa por medio del lenguaje de la ciencia, la racionalidad, la religión o la tradición. Todas las sociedades están predispuestas a ver las características propias como logros y las ajenas como defectos. Pero el mensaje básico del círculo de Boas fue que, para vivir en el mundo de una manera inteligente, deberíamos contemplar las vidas de los demás a través de una lente empática. Tendríamos que suspender nuestro juicio sobre otras maneras de considerar la realidad social hasta que realmente las entendiéramos, y al mismo tiempo deberíamos contemplar nuestra propia sociedad con el mismo desapasionamiento y el mismo escepticismo con que estudiamos las sociedades remotas.

La cultura, tal como la entendían Boas y sus discípulos, es la principal fuente de lo que pensamos que constituye el sentido común. Define lo que es evidente o está más allá de toda duda. Nos dice cómo criar a los hijos, cómo escoger un líder, cómo encontrar cosas buenas para comer, cómo casarnos adecuadamente. A lo largo del tiempo, estas cosas cambian, a veces despacio, a veces con rapidez. En cualquier caso, en el ámbito de lo social, la realidad es, ante todo, una creación en cierta medida humana.

Las consecuencias de la idea de que lo que consideramos la verdad es algo construido y acordado por nosotros mismos fueron muy profundas. Socavó la creencia en que el desarrollo social es lineal y va desde las sociedades supuestamente primitivas hasta las consideradas civilizadas. Cuestionó algunas de las piedras angulares del orden político y social, desde la creencia en la obvia existencia de las razas hasta la convicción de que el género y el sexo sencillamente son la misma cosa. El concepto de raza, según Boas, debería considerarse una realidad social, no una realidad biológica; no se trata de algo distinto de otras líneas divisorias profundamente arraigadas pero creadas por los seres humanos, como las que marcan la pertenencia a castas, tribus y sectas, que encontramos en sociedades de todo el mundo. También en el ámbito del sexo las vidas de las mujeres y los hombres están determinadas por ideas flexibles relacionadas con el género, la atracción y el erotismo que varían de un lugar a otro, y no por una sexualidad fija y excluyente. La valoración de la pureza —una raza inmaculada, un cuerpo casto, una nación que surgió completamente formada en una tierra ancestral— debería sustituirse por el punto de vista, corroborado por medio de la observación, de que lo natural es la mezcla.

Con el tiempo, estos cambios conformarían la manera en que los sociólogos entienden la integración o la exclusión de los inmigrantes; en que los responsables de la sanidad pública piensan sobre las enfermedades endémicas, de la diabetes a la drogadicción; en que la policía y los criminólogos buscan las causas profundas de los delitos; y cómo los economistas explican los actos aparentemente irracionales de los consumidores y los vendedores. La creencia en la normalidad de las identidades raciales mixtas, en que el género no es una categoría binaria, en la absoluta variedad de la sexualidad humana, en el hecho de que las normas sociales tiñen nuestra percepción de qué está bien y qué está mal… todo esto tuvo que imaginarse y, en cierto modo, demostrarse antes de que empezara a incorporarse a las leyes, al gobierno y a las políticas públicas. Cuando entramos en un museo o rellenamos un formulario del censo, o cuando nuestros hijos reciben clases de educación sexual o sobre los problemas derivados del consumo de drogas, los efectos de esta revolución intelectual están sobre la mesa. Si en la actualidad no tiene nada de especial que una pareja de homosexuales se despida con un beso en una estación de tren, que un estudiante universitario lea el Bhagavad Gita en una asignatura dedicada a las obras maestras de la literatura, que el racismo se rechace por ser algo moralmente corrupto y evidentemente estúpido y que cualquiera, sea cual sea su identidad de género, pueda aspirar a cualquier puesto de trabajo; si todas estas cosas no son innovaciones ni aspiraciones, sino la manera común y corriente de organizar nuestra sociedad, debemos agradecérselo a las ideas que defendía el círculo de Boas.

 

 

Con su pelo revuelto y su fuerte acento alemán, papá Franz era la imagen misma de un científico loco. En la década de 1930 recibió la distinción de aparecer en la portada de la revista Time, fotografiado, como de costumbre, desde la derecha, para ocultar el caído lado izquierdo de su cara. En esa época, algunos personajes públicos como Franklin D. Roosevelt y Orson Welles lo felicitaban por su cumpleaños. Tras el ascenso al poder de Adolf Hitler en Alemania, los libros de Boas estuvieron entre los primeros que los fanáticos nazis arrojaron al fuego, junto a los de Einstein, Freud y Lenin. Cuando falleció, en 1942, el New York Times publicó una nota especial lamentando su pérdida. Ahora les correspondía a sus antiguos discípulos, escribía el Times, continuar «el trabajo de iluminación en el que fue un audaz pionero».[8]

Ellos lo hicieron y se convirtieron en estrellas intelectuales del siglo XX, o no llegaron a serlo porque no vivieron lo suficiente: Mead, la investigadora de campo sin pelos en la lengua, una de las científicas sociales más relevantes de Estados Unidos; Ruth Benedict, la principal ayudante de Boas y el amor de la vida de Mead, cuyas investigaciones para el Gobierno norteamericano ayudaron a moldear el futuro de Japón tras la Segunda Guerra Mundial; Ella Cara Deloria, que preservó las tradiciones de los indios de las llanuras pero pasó la mayor parte de su vida en la pobreza y el anonimato; Zora Neale Hurston, la preeminente contestataria del Renacimiento de Harlem, cuyos estudios etnográficos, llevados a cabo bajo la dirección de Boas, inspiraron su novela Sus ojos miraban a Dios, hoy convertida en un clásico; y algunos otros profesores e investigadores que fundaron algunos de los principales departamentos de Antropología del mundo en universidades como la de Yale, la de Chicago o la de Berkeley.

Eran científicos y pensadores apasionados por el reto que suponía comprender a otros seres humanos. La más profunda de las ciencias humanas, pensaban, no era la que nos enseñaba lo que estaba arraigado y resultaba inalterable en la naturaleza humana, sino la que revelaba la enorme variación de las distintas sociedades: el inmenso y diverso vocabulario del decoro, las costumbres, la moral y la rectitud. Nuestras tradiciones más preciadas, insistían, son solo una pequeña muestra de las muchas formas que los seres humanos han ideado para resolver problemas básicos, desde cómo organizar la sociedad hasta cómo señalar el paso de la infancia a la adultez. Al igual que la cura para una enfermedad mortal podría hallarse en una planta desconocida que crece en una jungla remota, la solución a los problemas sociales podría descubrirse en la manera en que otros pueblos han abordado ciertos retos que son comunes a toda la humanidad. Y emprender esta tarea es urgente: a medida que los países cambian y el mundo está más interconectado, el catálogo de soluciones a dichos problemas va menguando inevitablemente.

Además, al viajar lejos, uno aprende algo muy profundo sobre su lugar de procedencia: que no tendría por qué ser como es. Ruth Benedict se refirió a esto como la «iluminación que procede de concebir maneras muy distintas de hacer frente a problemas invariables».[9] Ese era el núcleo del trabajo cotidiano que Boas instaba a hacer a sus alumnos (los viajes al extranjero, las visitas a museos y los artículos técnicos sobre las lenguas nativas y las costumbres sexuales): mostrar que no somos la primera cultura en la que la gente se casa, cría a sus hijos, lamenta la pérdida de un progenitor o decide quién establece las reglas.

Boas y sus discípulos no eran escépticos con respecto a la existencia de una verdad y a nuestra posibilidad de conocer la realidad. Creían que el método científico —la asunción de que nuestras conclusiones son provisionales y susceptibles de ser modificadas por medio de nuevos datos— era, de hecho, uno de los mayores avances de la historia de la humanidad. Había alterado nuestro conocimiento del mundo natural y, en su opinión, podía revolucionar también nuestra concepción del mundo social.

Una ciencia que se ocupara de la sociedad tenía que funcionar como una especie de operación de salvamento, creían. Hemos llegado a ser lo que somos por medio de un monumental esfuerzo por olvidar: cómo llamar a esta clase de árbol, cuándo plantar esta semilla, cómo prefieren los dioses que nos dirijamos a ellos. Puede que veneremos a nuestros antepasados, pero ninguno de nosotros los reconocería. Para comprender la sociedad humana, pasada y presente, hay que luchar contra el olvido. Hace falta recoger el tesoro de las distintas culturas humanas antes de que la gente se olvide —o, peor aún, recuerde incorrectamente— los detalles acerca de quiénes fueron alguna vez.

Las antiguas formas de hacer las cosas han ido desapareciendo. Las nuestras también se desvanecerán algún día. Nuestros tataranietos se preguntarán cómo pudimos creer lo que creemos y comportarnos como nos comportamos. Se sorprenderán ante nuestra ignorancia y criticarán nuestros juicios morales. Por eso la palabra «cultura» solo tiene sentido en plural, un empleo del término popularizado por Boas. Van Gogh y Dostoievski son parte de una cultura, pero también lo son los tatuajes faciales, la construcción de canoas y el sistema que establece quién es pariente de quién.

«La buena educación, la humildad, los modales [y] la adecuación a unos valores éticos determinados son universales —escribió Boas en una ocasión—, pero en qué consisten la buena educación, la humildad, los modales y los valores éticos no es algo universal».[10] Boas y sus discípulos sabían que considerar que la naturaleza humana es intemporal sacraliza ciertas conductas y condena otras. Incluso en una época de grandes descubrimientos científicos, es difícil deshacerse de la convicción de que Dios y la tradición están del lado de un tipo de familia o de una clase de amor (siempre aquellos con los que resulta que estamos más familiarizados). Pero el mensaje fundamental del círculo de Boas fue que todos somos, a nuestra manera, piezas de museo. Tenemos nuestros propios tabús y tótems, nuestros propios dioses y demonios. Ya que estas cosas son en gran medida creaciones nuestras, somos nosotros quienes hemos de decidir si venerarlas o exorcizarlas.

Boas comprendió mejor que nadie en su época que los más profundos prejuicios de su propia sociedad no se basaban en argumentos morales, sino en argumentos supuestamente científicos. Los afroamericanos, privados de todo tipo de derechos, eran intelectualmente inferiores porque así lo afirmaban las investigaciones más recientes. Las mujeres no podían ocupar cargos importantes porque sus debilidades y sus tendencias particulares estaban muy bien demostradas. Los débiles mentales debían vivir apartados porque la clave de las mejoras sociales consistía en reducir su número. Los inmigrantes llevaban consigo las desgracias de sus ignorantes países natales, desde las enfermedades hasta el crimen, pasando por los disturbios sociales.

Una ciencia que parecía indicar que la humanidad presenta divisiones insalvables debía criticarse con una ciencia que demostrara que no las tiene. Al hacer que los estadounidenses, en particular, se vieran a sí mismos de un modo ligeramente extraño —su tenaz creencia en eso que llamaban «raza», su ceguera con respecto a la violencia cotidiana, sus vaivenes en materia de sexo, su atraso comparativo en cuanto al papel de las mujeres en el gobierno de la sociedad—, Boas y su círculo dieron un paso de gigante hacia la posibilidad de contemplar el mundo como algo ligeramente más familiar. Este es el descubrimiento que llevaron a cabo los pensadores que aparecen en estas páginas. Mostraron que ninguna sociedad —por supuesto, la nuestra tampoco— es el punto final de la evolución social humana. Ni siquiera estamos en una fase distinta del desarrollo humano. La historia se mueve dando vueltas y haciendo círculos, no en línea recta, y no avanza hacia ningún fin en concreto. Nuestros defectos y nuestros puntos ciegos son tan evidentes como los de cualquier otra sociedad de cualquier otro lugar del mundo.

Los miembros del círculo de Boas lucharon y debatieron, escribieron miles de cartas, pasaron innumerables noches debajo de mosquiteras y en cabañas inundadas por la lluvia y se enamoraron y desenamoraron unos de otros. En el caso de todos ellos, la fama, si es que les llegó, vino acompañada del descrédito: sus carreras profesionales se convirtieron en sinónimos de libertinaje y crudeza, o de la excéntrica idea de que los norteamericanos quizá no habían creado el mejor país que ha existido nunca. Fueron expulsados de sus trabajos, vigilados por el FBI y acosados en la prensa, y todo por sugerir simplemente que la única forma científica de estudiar las sociedades humanas era tratarlas como partes de una humanidad indivisa.

Hace un siglo, en medio de las junglas y sobre témpanos de hielo, en poblados y patios suburbiales, esta pandilla de rebeldes comenzó a sacar a la luz una desconcertante verdad que todavía hoy conforma nuestra vida, en sus dimensiones pública y privada.

Descubrieron que en realidad las costumbres no modelan a los seres humanos.

Es al revés.

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2

LA ISLA DE BAFFIN

 

 

 

 

Medio siglo antes de que Margaret Mead se embarcara rumbo a Samoa, Franz Boas soñaba con correr aventuras mientras aún vivía en su tierra natal, las colinas y marismas de lo que más adelante sería el norte de Alemania. Donde peor se sintió siempre fue en casa.[11] Su libro preferido era Robinson Crusoe, tal como afirmó en unas memorias de infancia, y esa novela lo convenció de que debía prepararse para una futura expedición a África, «o, en cualquier caso, a los trópicos».[12] Se entrenó para hacer frente a la escasez de comida ingiriendo grandes cantidades de alimentos que aborrecía. Cuando un compañero del colegio se ahogó en un río cercano, se pasó varios días en un bote de remos buscando infructuosamente su cuerpo.[13]

Boas nació el 9 de julio de 1858 en el seno de una familia judía asimilada residente en Minden, una pequeña ciudad de Westfalia, que por aquel entonces formaba parte del reino de Prusia. Todos los colegiales de Europa habían oído hablar de la provincia natal de Boas, ya que esta había dado nombre a uno de los tratados más importantes de la historia, la Paz de Westfalia, en 1648. Este acuerdo había marcado el final de la guerra de los Treinta Años y sentado las bases de la diplomacia moderna y del derecho internacional, además de estructurar el mundo como un sistema de estados nación soberanos. El orden, la limitación del poder y la racionalidad fueron aclamados como elementos fundacionales de las relaciones internacionales, mientras los filósofos proclamaban que esos mismos elementos eran la esencia de la civilización en general.

Incluso en un lugar relativamente atrasado como Minden, la gente de la generación de Boas todavía podía vislumbrar el resplandor crepuscular de la Ilustración. Schiller y Goethe habían muerto apenas unas décadas antes. El naturalista, viajero y filósofo Alexander von Humboldt —«el hombre más grande desde el Diluvio Universal», según un observador—,[14] si bien ya incapacitado a causa de una apoplejía, seguía siendo un vínculo viviente con los filósofos del siglo XVIII. Las ideas que estos hombres habían defendido —los debates razonados, los gobiernos sensibles a la realidad, la investigación imparcial— inspiraron en Europa la mayor ola de revoluciones liberales hasta la fecha.

Diez años antes de que naciera Boas, en 1848, una serie de alzamientos armados se extendió por todo el continente, desafiando a los gobernantes autócratas desde las costas del Atlántico hasta los Balcanes. Estudiantes, obreros, intelectuales y pequeños granjeros exigían justicia y reformas. A través de diversos reinos y principados alemanes, se propagaron enormes manifestaciones públicas a favor de la prensa libre, del derecho de reunión y asociación y de la unificación nacional. En París se levantaron barricadas y se hizo caer la monarquía constitucional del rey Luis Felipe. Los patriotas húngaros y croatas empezaron a combatir a su gobernante, el emperador de la casa de Habsburgo. Esos meses de disturbios, violencia y esperanza pasarían a conocerse como «la primavera de los pueblos». Pero el invierno no tardó en llegar. En un país tras otro, los monarcas acabaron reafirmando su poder. Quienes habían apoyado a los viejos «cuarentayochistas», tanto sobre los adoquines como espiritualmente, se refugiaron en las universidades y en sus diversas profesiones liberales o se vieron obligados a exiliarse en el extranjero. La política quedó en manos de individuos como Otto von Bismarck, el primer ministro prusiano, un hombre con una voluntad de hierro.

El repliegue a la vida local era especialmente frecuente si uno era judío. Prusia, en aquella época, era un «reino de jirones y parches»,[15] según un viajero contemporáneo; un país con una compleja diversidad de códigos legales, restricciones religiosas, privilegios gremiales y jurisdicciones municipales y provinciales. La población judía de Minden, como la de muchas otras ciudades del norte de Alemania, era minúscula comparada con la protestante. El antisemitismo, como en casi todo el resto de Europa, era una realidad cotidiana. Y sin embargo, incluso en esa época de renovadas autocracias, los judíos bien situados podían tener una confianza razonable en su posición social. Para la familia de Meier y Sophie Boas, los padres de Franz, ser bürgerlich —urbanos, cultos, librepensadores, burgueses— era un rasgo vital tan determinante como profesar una fe minoritaria.

Los judíos, en un sentido literal y figurado, estaban en el corazón de los asuntos municipales; sus viviendas se hallaban en el centro de las ciudades y sus tiendas en las calles principales. En Minden eran comerciantes y banqueros, artesanos y profesionales, y se gobernaban a sí mismos como una comunidad aparte antes incluso de que Prusia concediera a los judíos derechos civiles y de ciudadanía completos, cosa que finalmente sucedió en 1869. Pagaban impuestos comunales para mantener las sinagogas en funcionamiento y observaban las festividades judías, pero —como hacía la familia Boas— también intercambiaban regalos en Navidad.[16] Formaban parte de una red transnacional de comercio y viajes, y tenían muy asumido su cosmopolitismo. Meier, que en origen había sido un modesto comerciante de grano, se casó bien como para poder entrar a fondo en ese mundo. Dedicó su carrera a ocuparse del negocio familiar que Sophie, cuyo apellido de soltera era Meyer, había aportado a modo de dote y que consistía en exportar mantelería de primera calidad, vajillas y muebles para la empresa Jacob Meyer, de Nueva York.[17]

El joven Franz, único hijo varón con varias hermanas, exasperaba a su pragmático padre y era una fuente de preocupaciones para su complaciente madre. Tenía tendencia a vivir en un mundo de fantasías. Podía ser depresivo y dado a las migrañas, pero también era aventurero y valiente cuando algo le importaba de verdad.[18] Como su familia estaba razonablemente acomodada, pudo matricularse en el instituto local, o Gymnasium, donde se hacía hincapié en el aprendizaje de las lenguas clásicas y la filosofía. Sacaba buenas notas en Latín, Francés y Aritmética, y muy buenas en Geografía.[19] Pero era de esa clase de niños que los profesores califican de buenos estudiantes, aunque no diligentes: un niño que se entusiasmaba mucho por una cosa y pronto pasaba a otra, sin que las pasiones le duraran demasiado tiempo.

 

 

Si tuvo una tendencia duradera, según él mismo explicaría al resumir su trayectoria escolar, fue a comparar de un modo sistemático las cosas que observaba en la naturaleza.[20] Cuando su familia regresó de unas vacaciones de verano en Heligoland, un archipiélago controlado por los británicos y situado en el mar del Norte, Franz se quedó bloqueado frente al agente de aduanas alemán cuando intentó introducir en el país un baúl lleno de piedras que había recogido para realizar investigaciones geológicas.[21] Se llevaba a casa los cadáveres de animales que encontraba en el bosque, y su madre le daba una olla para que pudiera hervirlos y sacarles los huesos para estudiarlos bien.[22]

Cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria —cosa que se esperaba que hicieran los jóvenes de su clase social si no podían convencerlos de que empezaran a trabajar en el negocio familiar—, él vacilaba y eludía el tema. Rechazó la sugerencia de su padre de empezar la carrera de Medicina. Quizá estudiara Matemáticas o Física, aunque no tenía mucha idea de qué clase de trabajos podría conseguir después. Su criterio para decidirse fue el de muchos adolescentes con talento: intentar organizar las cosas para no ser «desconocido y poco valorado», según le escribió a una de sus hermanas.[23] En 1877 se matriculó en la Universidad de Heidelberg, algo equivalente a Oxford en Alemania, donde los espíritus soñadores se elevaban sobre una ciudad medieval. Celebró su primera noche allí de forma extravagante, contratando a un cochero para que lo recogiera en la estación de tren y encargando una cena completa después en uno de los hoteles de la localidad.[24]

Alemania era para entonces un imperio, unificado solo unos años antes tras la guerra franco-prusiana. De niño, Boas había contemplado a una banda militar que marcaba el paso de soldados uniformados, mientras se dirigían a Francia, al lejano frente de combate.[25] Ahora los jóvenes que habían escuchado tantas historias sobre la gloria de las batallas convertían los patios de sus universidades en improvisados escenarios donde se batían en duelo. Los universitarios se dividían en cuanto llegaban a las facultades en asociaciones de amigos y confidentes cuya única labor real era vigilar los límites de las asociaciones que habían creado. Lubricados con alcohol, ataviados con elegantes gorros y armados, en ocasiones, con afilados sables, vivían en una sociedad en la que las faltas de respeto solo podían rectificarse exigiendo una satisfacción en el campo del honor.

En una ocasión, cuando los vecinos se quejaron enérgicamente porque un amigo suyo estaba tocando el piano, Boas hizo que la discusión se convirtiera en una pelea y aceptó el desafío a batirse en duelo. Le hizo un tajo en la mejilla a su oponente —un golpe de suerte, ya que lo único que sabía de esgrima lo había aprendido en unas clases informales con un par de colegas— y perdió un pequeño trozo de cuero cabelludo. Pero por algún motivo se estimó que había ganado.[26] Ambos duelistas acabaron con aquello para lo que los jóvenes alemanes acudían a la universidad: un Schmiss, una cicatriz producto de un duelo, que luego se lucía con tanto orgullo como si se tratara de la casaca de un húsar. Ese fue el primero de los como mínimo cinco duelos en que participó Boas mientras cursaba sus estudios, combates con armas blancas ennoblecidos por un código vagamente caballeresco. Al final de su vida, las cicatrices le hacían parecer tallado, como una vieja morsa, con Schmisse en la frente, la nariz y la mejilla, una línea serrada que le cruzaba la cara desde la boca hasta la oreja.[27]

No era raro que los estudiantes recorrieran el país visitando las grandes universidades alemanas, asistiendo a una conferencia aquí y a unas clases con un profesor famoso allá antes de presentarse a los exámenes finales para obtener el título. Boas se trasladó de Heidelberg a Bonn y luego, en 1879, a la Universidad de Kiel, una institución buena pero no excelente situada en la llanura del norte de Alemania, junto al mar Báltico. Fue una elección principalmente azarosa. Una de sus hermanas, Toni, se estaba recuperando de una enfermedad y se hallaba bajo los cuidados de un médico en esa ciudad; Boas se desplazó allí para ayudar a cuidarla.[28] Continuó sus estudios de matemáticas y física y poco a poco comenzó a pensar, lleno de esperanza, en llevar a cabo un proyecto de investigación independiente que le proporcionara un doctorado; la forma de comenzar una carrera académica que, si todo iba bien, le permitiría alcanzar cierto renombre.

Todas las instituciones en que Boas estudió —y se batió en duelo— eran continuadoras de la línea de pensamiento que el filósofo Immanuel Kant había llamado la «Aufklärung», la versión alemana de la Ilustración. Algunos pensadores franceses, como Descartes, Montesquieu y Diderot, especularon sobre la estructura de la ley natural y la capacidad de la razón para organizar las leyes y el gobierno. Revelaron la elegancia matemática que subyacía al aparente caos de la naturaleza. Sus colegas ingleses y escoceses, como John Locke o David Hume, advirtieron de que el auténtico conocimiento procede de la experiencia directa, no de la especulación abstracta. Pero si estos filósofos estaban preocupados por el Hombre y sus posibilidades de conocer el mundo, los alemanes se interesaban más bien por los hombres y su imperfecta capacidad para imaginarlo.

Para Kant, en particular, los límites humanos para razonar en abstracto debían constituir uno de los temas fundamentales para los filósofos, los especialistas en ética y los investigadores del mundo natural. Según Kant, era posible que viviéramos en un universo gobernado por determinadas leyes y que toda la creación bien podía ser producto de un plan divino, ordenado y perfecto. Sin embargo, sus secretos más profundos siempre quedarían ocultos para nosotros, dada la debilidad de nuestras mentes. Nuestras ideas sobre la realidad proceden de nuestros sentidos, y no deberíamos fiarnos demasiado de ellos. En cualquier caso, en vez de mostrarnos escépticos ante todo lo que estamos seguros de percibir, el camino más seguro hacia el auténtico conocimiento consistiría en centrar nuestra atención en las propias percepciones.

Al fin y al cabo, aunque hay numerosas maneras de formarnos ideas equivocadas sobre algo que aseguramos ver —un espejismo, por ejemplo, o una persona en la calle a quien confundimos con un viejo amigo—, no podemos equivocarnos con respecto a nuestra propia sensación de estar ante algo real. Todos somos, por definición, expertos en nuestra propia experiencia. La tarea de los filósofos debería ser estudiar la distancia que hay entre las percepciones de los sentidos que nos bombardean y las imágenes mentales que construimos de las cosas, es decir, cómo creemos que son. La manera de comprender algo sobre el mundo, según Kant, consistía en avanzar entre la creencia en el poder universal de la razón y un rígido escepticismo con respecto a nuestra capacidad para conocer algo en absoluto. Uno de sus alumnos, Johann Gottfried Herder, incluso sugirió que podía haber pueblos que tuvieran su propio y exclusivo marco de referencia para entender el mundo, un «genio» peculiar de la Kultur específica en la que había surgido. La civilización humana era un rompecabezas constituido por todas estas particulares formas de ser, cada una de las cuales aportaba una pieza —algunas más irregulares que otras— a la gran imagen de los logros de la humanidad.

Ningún alumno de una universidad alemana podía quedar al margen de estas excitantes y liberadoras ideas. Boas leyó a Kant, compró cuarenta volúmenes de las obras completas de Herder y estudió detenidamente las obras de Alexander von Humboldt, que había afirmado que la naturaleza debía considerarse un único sistema lleno de interconexiones.[29] Kiel resultó tener un enfoque muy particular a la hora de llevar a la práctica estas ideas. Los profesores de la universidad insistían en la importancia del rigor científico, de la observación empírica y de estar muy atentos a las cambiantes apariencias de las cosas del mundo. Algunos de los docentes más jóvenes estaban empezando a proponer experimentos centrados en la relación existente entre la realidad física y la percepción humana. Siguiendo su estela, Boas escribió una tesis sobre las propiedades fotométricas de los líquidos. Propuso estudiar la manera en que el agua polariza la luz y la apariencia de esta se modifica cuando avanza a través de cualquier medio. Se trataba de un tema que le permitiría observar la realidad y emplear el equipo del laboratorio para llevar a cabo una investigación original, un requisito exigido para obtener un título superior.

Poco tiempo después se dedicaba a proyectar luz a través de tubos de ensayo que contenían distintas clases de agua y a observar las propiedades que presentaba al salir por el otro lado. Desde la cubierta de un barco alquilado que se mecía en el concurrido puerto de Kiel, introducía platos de porcelana y espejos en el agua turbia con la intención de averiguar el punto en que la luz que reflejaban cambiaba en las profundidades.[30] Era un investigador inexperto y sus actividades eran un tanto improvisadas, pero aquello bastó para que los examinadores lo dieran por bueno sin demasiado entusiasmo. En julio de 1881, Boas obtuvo el título de doctor en Física.

En ese momento, sin embargo, decidió cambiar de rumbo. Se había aburrido de su investigación, como le ocurre a la mayoría de los doctorandos, y los mediocres resultados de sus experimentos con el agua —que le habían proporcionado un título magna cum laude, pero no summa—[31] no iban a lograr impresionar a ningún comité que pudiera concederle una beca u ofrecerle un contrato de trabajo. Además, para poder dar clases en una universidad alemana, necesitaría un doctorado superior —o habilitación—, y para obtenerlo tendría que llevar a cabo otro proyecto de investigación original. Poco a poco, Boas fue dándose cuenta de que no sentía un verdadero interés por comprender las leyes eternas de la física o por hallar rigurosas demostraciones matemáticas, sino por entender la distancia que había entre su propio ojo y esos platos de porcelana que había estado sumergiendo en el agua de la bahía.

Como bien sabía Boas, hay un espectro de color objetivo que cambia de acuerdo con unas leyes predecibles cuando la luz atraviesa un medio como el agua. Pero otra cosa muy distinta es tratar de entender cómo nuestra mente interpreta las sutiles modificaciones de las frecuencias luminosas, cuál es el punto a partir del que tomamos la decisión de que algo ya no es azul, por ejemplo, sino turquesa. Se dio cuenta de que se trataba de cuestiones completamente distintas y que deberían investigarse por separado. Una tenía que ver con el mundo de la realidad concreta y la otra con la percepción sensorial; o, como los universitarios alemanes habían aprendido a decir, siguiendo la terminología de Kant, se trataba de los ámbitos del «noúmeno» y del «fenómeno». Boas quería meterse de lleno en este último y averiguar no lo que ocurre en el mundo natural, sino cómo nosotros llegamos a determinar lo que pensamos que ocurre. Una manera de hacerlo era comenzar a entender en cierta medida cómo ve las cosas la gente que es muy distinta de uno mismo. Y eso, a su vez, requería alejarse todo lo posible de lugares tan familiares como Minden y Kiel.

 

 

Como muchos jóvenes de su generación, Boas había sido educado con relatos sobre las aventuras en el Ártico. Dirigirse hacia el norte era equivalente a la lucha por África que habían emprendido los estados europeos, pero en un clima frío. Sin embargo, como en el Ártico las condiciones eran inhóspitas y las poblaciones, escasas y dispersas, por lo general no eran soldados y comerciantes, sino científicos y patriotas quienes se embarcaban en la carrera por conquistar las regiones polares. En vez de apropiarse de la tierra y del trabajo de quienes vivían allí, el objetivo de estas expediciones era explorar, en el más puro sentido de la palabra. Boas se había empapado de cierto sentido del deber, inculcado en todas las escuelas pudientes de Alemania, que demandaba a los niños que contribuyeran a la grandeza nacional germana llegando a los confines de la tierra antes de que lo hicieran otros países.

Cuarenta años antes, una expedición británica había sido víctima de los hielos movedizos, el escorbuto y la desnutrición. Durante las siguientes décadas, otros exploradores británicos y estadounidenses cartografiaron el océano Ártico, recopilaron información sobre los pueblos de la región y pusieron a prueba los límites de la resistencia humana en climas extremos. A finales de la década de 1860 y comienzos de la de 1870, algunos aventureros y científicos alemanes se les unieron. Dos expediciones polares alemanas lucharon contra placas de hielo, hicieron mapas de la costa de Groenlandia y recogieron muestras botánicas para estudiarlas a fondo en las universidades de su país. No lograron llegar al Polo Norte, pero su fracaso hizo que creciera el entusiasmo por realizar nuevos intentos. Una Alemania unida podía embarcarse en el gran juego de las exploraciones globales.

No mucho después de defender su tesis, Boas escribió con todo detalle el plan de su propia expedición: llevar a cabo un estudio de las pautas migratorias de los pueblos nativos de la isla de Baffin, la quinta más grande del mundo.[32] Se trataba de un lugar que ya resultaba razonablemente familiar a los investigadores científicos alemanes y a los balleneros escoceses y norteamericanos que frecuentaban sus costas. Boas se pasó meses hojeando la literatura científica, aprendiendo algo de inuktitut, el idioma de los inuits, y estableciendo contactos con geógrafos y exploradores que estuvieran dispuestos a ayudar a un joven científico que deseaba empezar desde cero en una nueva área de investigación.[33] Convenció a un periódico, el Berliner Tageblatt, de que le permitiera escribir una serie de artículos sobre sus aventuras. Le dijo a su director que quizá se convirtiera en la versión alemana de Henry Morton Stanley, el periodista que, como todo el mundo sabía, había localizado al explorador David Livingstone en África central. Los artículos escritos por Stanley para el New York Herald habían causado sensación, y Boas pensaba que los suyos podrían tener un efecto parecido, sobre todo si lograba, como él, escribir «exagerando un poco las cosas»,[34] como propuso.

Boas había hecho esos primeros planes sin decirle nada a su familia.[35] Cuando al fin le contó la noticia a su padre, también le hizo una modesta petición: que le subvencionara buena parte del proyecto. Meier Boas debió de pensar que era todo una bobada, otro ataque de entusiasmo de su único hijo varón. En cualquier caso, quizá esto le permitiera sacarse al menos la habilitación y, gracias a ello, conseguir un trabajo de verdad. Meier acabó aceptando de mala gana, pero con una condición: Boas tenía que llevarse consigo a un sirviente de la familia, Wilhelm Weike, en calidad de ayudante y acompañante.

Boas regresó a Minden, recogió a Weike y se despidió de su familia. Se había preparado para enfrentarse al peligro disparando al azar con una pistola, lo que le dejó un zumbido permanente en los oídos.[36] A mediados de junio de 1883, Boas y Weike llegaron a Hamburgo, uno de los centros comerciales más importantes del imperio, donde llegaban los barcos de vapor procedentes de América del Sur, la India y el Lejano Oriente para remontar el río Elba. En el muelle, buscaron el Germania, un viejo barco de vela equipado por la Comisión Polar Alemana, la principal institución imperial que se encargaba de coordinar las expediciones árticas. Su misión era recoger a un grupo de investigadores que justo acababan de completar una estancia de un año en la isla de Baffin. La comisión había decidido permitir que dos viajeros independientes se unieran a ellos gratis. Subieron a bordo todas sus cosas: instrumentos científicos, ropa de invierno, mapas, medicamentos, tiendas y tanta comida como pudieron cargar, además de tabaco, cuchillos, agujas y otros bienes para hacer trueques, todo producto de las aportaciones de la Comisión Polar y de la generosidad de su padre. Después se prepararon para emprender el lento viaje hacia el mar del Norte. «¡Adiós, mi patria querida! ¡Patria querida, adieu!»,[37] apuntó teatralmente Boas en su diario. El Germania, un navío de dos palos, unido por un cable a un remolcador, pronto levó anclas y puso rumbo al mar abierto. A su paso se congregaban multitudes para aclamarlo.[38] En la era del vapor, todavía resultaba emocionante ver zarpar un barco equipado a la antigua usanza, aunque llevase las velas enrolladas. Meier se quedó mirando desde el muelle hasta que el Germania desapareció en el horizonte.[39]

 

 

La primavera anterior, Boas ya había empezado a llamar a los pobladores de la isla de Baffin «mis esquimales».[40] Durante el siglo anterior, las comunidades inuits de la región habían tenido mucho contacto con los balleneros europeos y norteamericanos. Ahora, a raíz del repentino deseo de explorar el polo, se habían vuelto indispensables. Boas sabía muy bien que no resultaba posible viajar por el Ártico sin su ayuda, pese a que apenas figuraban en los relatos que los europeos escribían al regresar a casa. Había pocas cosas que pudieran descubrirse que los inuits no supieran ya. «Contrataré a algunos esquimales para que me ayuden en mi proyecto», había escrito, rebosante de confianza, en el boceto de dos páginas que resumía su plan.[41]

Los europeos conocían a los inuits como mínimo desde el siglo XVI, cuando el corsario inglés Martin Frobisher partió en busca del famoso paso del Noroeste que conecta el Atlántico y el Pacífico. Algunos de los primeros documentos los retratan como violentos y astutos, y afirman que vivían junto a montones de perros semejantes a lobos. «Comen la carne completamente cruda, así como el pescado y las aves, o medio cocida en sangre y agua, que se beben. A falta de agua, comen hielo, que está congelado y duro, con el mismo placer con que nosotros comemos caramelos y otros dulces»,[42] informaba uno de los hombres de Frobisher, Dionyse Settle, en 1577. La tripulación obtuvo pruebas para demostrar la veracidad de sus descubrimientos. «Nos llevamos a dos mujeres, que no pudieron escapar como los hombres, una por su avanzada edad y la otra por ir cargada con un niño pequeño».[43] Cuatro inuits —un hombre, Kalicho; una mujer, Arnak; su hijo, Nutaak; y otro varón cuyo nombre no se menciona— fueron transportados a Inglaterra. Se convirtieron en objeto de la curiosidad de los boquiabiertos británicos de la época isabelina hasta que murieron a causa de diversas enfermedades y de las heridas que les habían infligido cuando los capturaron. Fueron los primeros cautivos norteamericanos cuyos nombres aparecieron en documentos europeos, ya que hasta el momento estos se limitaban a decir «un esquimal» o «un indio».[44]

En el siglo XIX, los viajeros europeos consideraban que los inuits eran menos interesantes que el entorno en el que vivían. Los científicos que el Germania iba a recoger —miembros de un gran equipo de exploración polar, organizado por once países en 1882— estaban interesados en documentar las cuestiones meteorológicas y en comprender los campos magnéticos de la tierra. Pero a Boas le fascinaron los inuits: sus desplazamientos a lo largo de enormes distancias, su capacidad para sobrevivir en un entorno tan hostil y su habilidad para orientarse en un territorio que, a los foráneos, les parecía completamente desolador y carente de forma.

Boas había formulado algunas hipótesis iniciales sobre la relación entre la disponibilidad de alimentos, las pautas migratorias y el entorno. Pero se trataba de ideas vagas y confusas que se le habían ocurrido tras leer los informes científicos que había encontrado y asistir a unos pocos seminarios académicos. Llevar a cabo una investigación original, llenar cuadernos con lo que descubriera y dedujera tras entrar en contacto con las fuentes locales, le llevaría mucho más lejos que los experimentos de aficionado que había realizado para doctorarse. «Me aceptarían de inmediato en los círculos geográficos», le escribió a su tío, el exiliado cuarentayochista y destacado médico neoyorquino Abraham Jacobi, varios meses antes de partir.[45]

Ahora, mientras Boas y Weike se preparaban para una larga travesía, los vientos del mar del Norte aullaban y el Germania ponía rumbo hacia Heligoland, un archipiélago situado frente a la desembocadura del río Elba. Cuando solo llevaban dos días de viaje, Boas ya sufría fuertes mareos.[46] El capitán y la tripulación, compuesta por cuatro hombres, habían establecido un trayecto con forma de arco que pasaría por las islas Shetland y Feroe, después por Islandia y Groenlandia y culminaría en la isla de Baffin, la puerta de entrada al Ártico canadiense.

Cada día hacía más frío y el mar parecía cambiar de color de la mañana a la tarde, un fenómeno que Boas anotó diligentemente en su diario. Pasaba el rato intentando enseñarle algo de inglés a Weike —«pero tiene una cabeza tremendamente dura», escribió— y registrando su estado, que tanto dependía del movimiento de la embarcación: «mareado», muchos días, y «muy mareado», los demás.[47] Transcurrían las semanas —debían recorrer casi cinco mil kilómetros— sin que se viera nada a los lados del barco salvo trozos de hielo que se habían desprendido de icebergs mayores y que, cuando recibían el impacto de las olas, producían un terrible estruendo.[48] Los espejismos se sucedían sobre el mar helado, engañando a la vista y haciendo que ambos pasajeros pensasen que, de algún modo, en mitad del océano, alguien había construido una hermosa iglesia.[49] Resultaba difícil distinguir qué era real y qué no.

A mediados de julio, la isla de Baffin apareció al fin ante sus ojos, pero era imposible llegar a la costa. Pasaron otras seis semanas antes de que el capitán y los marineros lograran encontrar una manera de superar el peligro que suponían los cambiantes vientos y los icebergs a la deriva. Finalmente, el 26 de agosto, el Germania entró en el Cumberland Sound, un poco al sur del círculo polar ártico, y puso rumbo al pequeño asentamiento de la isla Kekerten.

Los perros de la localidad comenzaron a aullar cuando vieron el barco. Las mujeres inuits, vestidas con chaquetas de piel de foca y enaguas de algodón, subieron a sus botes y llevaron un cable hasta el Germania para remolcarlo hasta donde pudiera echar el ancla.[50] Los hombres de la estación ballenera desplegaron banderas británicas y estadounidenses a modo de bienvenida. Cuando llegaron a tierra firme, Boas y Weike tomaron unos sorbos de ron de una jarra de peltre que les ofrecieron y vieron cómo unos perros arrastraban una morsa muerta entre las escasas tiendas que constituían el asentamiento inuit. «No están tan sucias como yo pensaba», escribió Boas sobre las tiendas a las que lo invitaron a pasar.[51] «En la costa vi las primeras flores; qué contento me puse». Arrancó unas hierbas silvestres y, con cuidado, las guardó en su cuaderno; conservó unos cuantos especímenes, como había hecho durante su infancia.[52] «Al cabo de unos días, el barco se marchó —recordaría Boas más adelante— y me quedé solo con mi sirviente entre los esquimales».[53]

En un primer momento, el plan de Boas había sido documentar los desplazamientos de los inuits por la isla y cartografiar los témpanos de hielo, los bancos de nieve y las costumbres de las focas. Pero no tardó mucho en darse cuenta de lo difícil que iba a resultar hacerlo. La severidad del hielo y de las condiciones climatológicas los obligaron, a él y a Weike, a quedarse varios meses en la zona del Cumberland Sound, radicados principalmente en Kekerten. Pero no perdieron el tiempo. Boas había ido preparado con numerosos blocs encuadernados en cuero y con los bordes jaspeados, como se imaginaba que usaban los exploradores profesionales. Durante el viaje había llenado páginas y páginas con números, apuntando diligentemente la dirección del viento, la latitud y la longitud. Ahora ya iba por la mitad de su segundo cuaderno y también se dedicaba a anotar algunas palabras en lengua inuit: una lista con términos aprendidos durante las largas conversaciones que mantuvo en las tiendas y casas de los nativos.

Se hallaba rodeado por aquella gente, cuyo número superaba ampliamente el que sumaban la pequeña comunidad ballenera y los dos aventureros aficionados, y descubrió, con el correr de las semanas, que era imposible hacer nada sin su ayuda. Pasó largas noches de invierno conversando con Signa, un hombre inuit que vivía en la localidad, en una mezcla de idiomas extranjeros, y aprendiendo poco a poco el de los inuits.[54] Para sorpresa de Boas, Sig

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