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Una voz de mujer dijo que la tarde parecía la de un domingo, pero en el instante de mirar hacia atrás Federico pensó que no era una voz de verdad, un sonido con cuerpo, sino otro más de tantos ecos que traía el tiempo, voces ajadas y viejas. Después reparó en las doñas que conversaban a ambos lados de una reja, cada una en su jardín: pero si todas las tardes parecen de domingo ahora, y ambas rieron.
Era martes, en realidad, y ahí terminaba el pueblo. Las viejitas podrían ser fantasmas de un domingo eterno, pero todo lo que las rodeaba se doblaba ante el peso de su realidad hecha del calor del sol, la luz hinchada en la cara, los tonos anaranjados y olores a tilo, a hojas quemadas, leche hervida, tostadas y mermelada, una milonga tocada con un tempo de pacotilla y una voz tímida que quería cantar, más el golpe en el suelo de los zapatos y los gritos de entusiasmo de un montón de niñas y niños que jugaban a la pelota. Había sido fácil dar con la ubicación: estaban el edificio de ladrillo expuesto, la perpendicular a la avenida principal, las siete cuadras; un barrio apacible, de árboles grandes, sauces y eucaliptus, casas sin rejas y jardines amplios.
Y así Federico creyó que ya no vendrían a buscarlo. Guardó las manos en los bolsillos y se puso a mirar el edificio, ahora oscurecido o tiznado, que se paraba como una lápida al final del pueblo. Lo habían descrito bien: sin gracia y horrible, y por eso empezó a disfrutarlo. Se puso a imaginar la vida allí, las habitaciones hundidas y los pasillos vacíos; allí: las tardes que habían sido fijadas en el domingo o de vez en cuando una noche ocasional de viernes, cuando zumbaba energía en el aire, cuando la electricidad de las tormentas y la inminencia de algo maravilloso —un beso, alguien que reía— sonaban sobre el viento como una polonesa desde la banda sonora de una película grave y triste. Y las mañanas de los niños pequeños que bajaban con sus madres a jugar en el fondo, donde se mecían las hamacas, el subibaja y el tobogán, todo cercado por una reja apenas de la altura de una persona, pintada cuidadosamente con ese color que de todas formas le habría dado el óxido. Para Federico era fácil; siempre lo había sido, una empatía del paisaje, imaginar no solo estar allí, sino haber estado allí siempre: haber pasado la infancia, la adolescencia, haber levantado y socavado la rutina en ese recoveco de realidad. Bastaba un esfuerzo un poco mayor de concentración para imaginar el sol sobre el hormigón, el olor del pasto recién cortado, los juguetes de plástico que habían poblado su infancia, luchando entre las plantas. Y la tristeza, claro, pero eso a veces se demoraba un poco más en aparecer.
Esta vez lo que estaba más allá era el monte, sin embargo, como el alien invitado a la escena, y podía verse la entrada del camino, con las columnas y el arco. Eso no, pensó, eso no pertenece: parecía un collage de fotos viejas. Se lo habían contado en la cena, después de que las señoras y los promotores inagotables de la cultura insistieran en hacerlo hablar de su juventud, después de que Ramírez huyera antes de conocer el mejor restaurante del pueblo con una sonrisa cobarde, y le habían explicado que el monte era joven, de los primeros días de la maraña, porque antes allí solo había habido campo, granjitas y una estancia a lo lejos, y ahora quedaban el camino y las ruinas, una cosa hermosa de ver, aunque es una lástima que le hayan plantado ese edificio sin gracia y horrible, una locura, porque además no vive casi nadie ahí, qué desperdicio. Pero el bosque es una cosa hermosa de ver, repitieron, y se ofrecieron para acompañarlo al día siguiente, por la tarde mejor, porque para la poesía y la maraña esa era la hora correcta y eso no se discutía, él mismo se daría cuenta. Era una invitación cursi e incómoda, pero Federico jamás había aprendido a decir que no, de modo que, cuando le dijeron que más que llevarlo hasta allí lo esperarían donde terminaba el pueblo, no hizo otra cosa que asentir.
Al final apareció una de las mujeres, la más joven. María Fernanda era su nombre; se disculpó en nombre de los otros y Federico creyó entender que le habían hecho la invitación porque daban por sentado que no iba a aceptar.
—Pero a mí me gusta mucho venir acá —añadió ella como librándose de una carga—, y no vivo lejos.
—El hotel está acá nomás también; bah, a unas cuadras. En línea recta.
—Es que no es grande el pueblo; antes era un poco más, pero ahora.
Ahí terminaba la oración.
—Es por ahí, ¿no?
Era por ahí, sí, y en cuestión de minutos los dos caminaban entre los árboles como personajes de un cuento de hadas envejecido y gastado, rodeados por el olor de las hojas y la tierra fresca. La luz del día se había retirado y dejado en su lugar un fantasma, un halo plateado que rodeaba ramas y hojas, como si de pronto hubiesen pasado las horas y fuera la luna llena lo que iluminaba la noche.
El camino se ensanchaba y retraía, pero era fácil de seguir. Federico pensó que no podía haber otro lugar en el pueblo al que fueran las parejas jóvenes o los grupos de adolescentes, y se lo preguntó a María Fernanda, quien respondió que no, que la verdad allí no iba nadie, menos aun la muchachada, que prefería más bien juntarse en un baldío cerca del centro, donde había habido un teatro, demolido del todo después del derrumbe.
—O van a las afueras, pero las del otro lado, a la fábrica abandonada.
Federico imaginó el pueblo como una isla entre paisajes vagamente oníricos, descuidados, de una magia aburrida.
—No se oye un solo bicho. —Y de inmediato le respondió un grillo.
—Qué oportuno, ¿no?
—Bueno, yo quería decir animales grandes…
Qué estupidez, pensó.
Se quedaron un rato en silencio. Habían llegado a un tramo más ancho del camino, expandido de pronto como para dar lugar a una placita o una rotonda. Frente a ambos se levantaba una columna de alumbrado, altísima y verde.
—Qué raro esto, una luz acá.
—Esto era un parque cuando yo era chica. Pero después el pasto se fue comiendo todo. Algunas de las columnas se cayeron; esta justo quedó en medio del camino.
—¡Ah! Pero yo había entendido otra cosa, que acá había campo, granjas…
—No, lo que pasa es que los veteranos de la Cátedra se confunden. Con las chicas ya hace rato que no los corregimos cuando dicen estas cosas, así son los hombres con eso… Pero acá había un parque. Las granjitas estaban todavía más allá. Mire, acá lo más lindo.
Le señaló un camino borroneado, que divergía del principal a partir del ensanche o rotonda. El bosque era más espeso en esa dirección y la luz parecía atenuarse a la distancia.
—¿Se anima?
Había pasado hacía rato el momento de preguntarse a dónde lo estaba llevando esa mujer. Caminaron menos de veinte minutos, pero ya todo rastro del pueblo había desaparecido, como si el paseo por el bosque lo hubiese borrado de la historia y ahora se tratase de un mundo nuevo, hecho de bosques, en el que poco a poco irían olvidando de dónde venían, qué habían hecho esa tarde, cómo se llamaban. A la manera de los cuentos, estaba a la merced de una bruja. Y avanzaban inexorablemente hacia su casa en medio del bosque; una casa, pensó Federico, que bien podía estar hecha de troncos, hojas y ramas, pero que en realidad era una boca, espesa y tibia.
Bueno, todos los pueblos tienen sus historias de brujas. Federico había constatado que esos cuentos se habían multiplicado en los últimos veinte años o asomado desde abajo de la historia (la otra historia, la de los hombres), como si las brujas hubiesen estado allí siempre y solo ahora, que el resto de las cosas entraba en remisión, podían permitirse salir, caminar entre los árboles y llevar incautos a sus cuevas. Las historias se multiplicaban, como moho en la fruta pasada, sobre el cuerpo muerto de la historia.
—Me gustó mucho eso que dijo en el recital, cuando habló de Bach, El arte de la fuga, La ofrenda musical, y me gustaría, si a usted le parece, que me contara un poco más. No es que una no tenga su música conocida, pero es verdad que últimamente mucha oportunidad de escucharla no hay. Aun así, yo todavía tengo algunos discos. Los equipos se nos quemaron hace rato, pero cada tanto leo los librillos. ¿Se acuerda de los librillos?
—¿El CD? Era un plástico especial, lo retiraron al principio, ¿no? Eso debe valer bastante.
—El valor sentimental es más importante.
—Yo pienso lo mismo. De hecho —mintió—, todavía conservo mi colección intacta. En casa, claro.
—Claro, no va a andar cargando todo eso en sus viajes.
—Y, no.
—Además, si quiere oír algo, lo toca. Me hace acordar a mi hermano; de muchacho cada vez que quería…, bueno, usted se imaginará qué, se ponía a dibujar mujeres. A mí me hacían mucha gracia los dibujos. Tetas y culos, si me perdona el lenguaje… —Federico sonrió—. Pero qué le estoy diciendo: usted toca la música de Bach, cómo lo voy a comparar con…
—No, no, está muy bien el símil. Me imagino que a su hermano no le gustaba que le encontrara los dibujitos.
—Se cagaba de la risa… Disculpe.
La palabra le sonó incómoda, con un ligero toque amargo, y Federico pensó que todas las mujeres y los hombres que se reunían en esas comisiones de cultura o casas de la cultura o sociedad de amigos de la cultura estaban dañados irremediablemente, como gente incompleta, amputados del espíritu o heridos de guerra. En otra historia, en otro mundo, habrían sido miembros de una clase snob, se habrían reunido en inauguraciones, vernissages, presentaciones de libros, habrían integrado comités de museos o fundado ciclos de poesía en bares de moda, pero ahora solo les quedaban paseos al atardecer y bosques al borde del pueblo.
—Le gusta Bach, entonces.
—Muchísimo. ¿Qué fue lo que tocó ayer, si me hace el favor de recordármelo?
—Bueno, la verdad fueron bastantes cosas… Una giga, la de la Suite francesa número cinco; después una de las obras de teclado más conocidas, el preludio y fuga en do mayor de El clave bien temperado, el libro primero…
—¿Nunca tocó las Variaciones Goldberg?
¿Eh?
Y el bosque podría haberse desvanecido en ese momento y el pueblo convertido en un campo de guerra, la tarde en el engranaje de una conspiración y la mujer en una enviada de Ramírez para terminar de quebrarlo. O mejor no ceder a la paranoia. La coincidencia no esconde significado, no hay significado, Federico, una y otra vez estamos acá solos, tratando de imponer agencias y sujetos a los cambios en un universo indiferente, atentos entre los árboles y sin entender (porque no hay nada que entender ni nadie que entienda).
—No es tarea fácil. Las G son una pieza complicada. Piezas, mejor dicho. Es una, es muchas, como el demonio de Gerasa, decía un pianista famoso. ¿Las conoce bien?
La mujer se detuvo y extendió su palma derecha abierta.
—Llegamos. Después me cuenta.
Podría haber descorrido una cortina de hojas, lianas o enredaderas, pero en lugar de ello señaló un poco más allá de los árboles, donde se adivinaba un claro o un cambio en la luz, ya no el resplandor del bosque ni tampoco el naranja, rosado o violeta del atardecer. Era más bien una luz pesada y densa, estancada y podrida. Federico dudó antes de avanzar, por primera vez en el recorrido, pero María Fernanda no se dio cuenta. Caminaba decidida, como si hubiese sentido la urgencia de llegar, cansada del bosque.
La siguió y apuró el paso. Los árboles se terminaban de pronto y en su lugar había una casona abandonada y abierta. Debía datar de comienzos del siglo XX, aunque Federico no sabía leer la decoración y las estructuras para determinar estilos o épocas, sino más bien responder a una suerte de antigüedad evidente, de forma suspendida en un pasado con el que se han perdido todos los puentes. Porque no había nada en ese pasado que importara: la casa, o lo que quedaba de aquello que la había hecho una casa señorial, hablaba de la vorágine, de la naturaleza antigua, de la retirada de aquella historia en la que habitaciones, paredes, puertas, ventanas y ornamentos habrían sido la residencia de un gobernador, un oligarca, un noble, o en una de esas una embajada, un museo, un instituto de investigación fundado en la residencia patriarcal de un hombre importante. Y podía muy bien ser todavía más antigua, haber sido reconstruida a partir de una estancia colonial, el centro de una plantación, un fundo con sus esclavos y capataces. Pero ahora, mientras María Fernanda y Federico la rodeaban, había sido vaciada de todo pasado, como un árbol frondoso al que se le podó todo lo que hacía el significado de la historia.
Federico imaginó perros corriendo por el suelo de grava, niños que venían del bosque y jugaban ante la fachada, paredes enteras cubiertas por musgo o enredaderas llenas de insectos.
—Ahí está.
Del otro lado de la casa había una pared, la ruina de una construcción diferente, un galpón o una caballeriza, invadida por la maraña. Las lianas y zarcillos habían roto los bloques, abierto agujeros por los que fluir y multiplicarse, y lo que en algún momento habría sido ladrillo revocado y pintado había dejado paso a un sedimento verde, contaminado por la maraña. El bioplástico brillaba en aquella luz empozada, pero no estaba claro si reflejaba el resplandor o si era más bien su fuente; había algo húmedo y fino, un aceite sutil que se dejaba ver en las superficies. No era la primera vez que Federico contemplaba un pedazo de maraña, pero jamás lo había visto así, libre y salvaje, gritando entre las paredes.
—¿Y qué hay detrás?
María Fernanda no se había detenido. La maraña manaba hacia el bosque y, como en tantos otros lugares del mundo (aunque nunca tan al sur), la vegetación se había fundido con el bioplástico, como un plantío infectado por un hongo sin que estuviera claro qué infectaba qué, la vida lo sintético, lo sintético la vida, otra cosa misteriosa (y más real) a ambos.
Federico pensó en los lugares comunes de siempre: la catedral, los nervios, las arterias, el cuerpo de un mamut o un mastodonte atrapado por la vegetación y atravesado por las ramas y las lianas. Había visto fotografías: reliquias que pasaban de mano en mano, algunas de los primeros avistamientos y otras ya posteriores, en las grandes ciudades, haciendo añicos el hormigón y el cristal. Pensó en todas las historias que había escuchado en los últimos treinta años, una acumulación no tan distinta a la maraña. Pero se había detenido, ¿cuándo? 2013 era la respuesta consabida. A partir de ese momento ya no se propagó más, sino que se mantuvo allí, donde ya había estado, apenas desplazándose, fluyendo de aquí a allá, como la frontera complicada entre un mundo cercano a lo humano y otro que había comenzado para Federico, de pronto, a pocos metros de su cuerpo, una tarde de martes. O domingo. Sintió el perfume del que hablaban las historias, esa carga dulce y decadente en el aire, un olor que se sentía en la piel, un susurro casi infrasónico, un halo brillante que desenfocaba los bordes de las cosas y las tenía en ese laberinto de bioplástico verde, esa cosa que en realidad no era plástico ni tampoco vegetación, ni mohos ni hongos, sino una cosa nueva, la primera vida realmente nueva en la tierra desde hacía miles de millones de años.
María Fernanda seguía caminando
