Cuatro besos y un juicio

Hollie Deschanel

Fragmento

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Capítulo 1

De cuando una abogada gritó «¡protesto!» en mitad de una discusión

Cualquier persona con dos dedos de frente se habría enfrentado antes a su jefe ante una injusticia, expuesto su caso y esperado una resolución favorable. Cualquier persona, en realidad, no habría tardado casi un año en dar un golpe en la mesa y gritar «menuda puta mierda, colega» antes de dimitir —aunque se le quitase el derecho al finiquito, así como una carta de recomendación— y salir por la puerta. Pero Blair era de todo menos una persona coherente; al menos, en lo que injusticias hacia su persona se refería. Por eso le costó once meses darse cuenta de que su jefe la toreaba que daba gusto y la menospreciaba como si su manera de dirigir un juicio fuese la peor de la historia.

Y no solo ella era consciente de su papel en Archibald’s Abogados, sino todo el mundo: desde la secretaria del señor Ezra a los dos limpiadores que frotaban los enormes ventanales con un trapo día sí y día también.

Y esos ni siquiera trabajaban en el despacho como tal.

De ahí que su cara de furia fuese todo un poema para una de sus mejores amigas y, por qué no decirlo, la única persona que la aguantaba en esos momentos.

—Menudo hijo de puta —espetó, rabiosa, sin dejar de mirarse al espejo. Incluso con la mala ostia que le recorría por dentro consiguió hacerse una raya con el eyeliner sin sacarse un ojo en el proceso—. Ha vuelto a ponerme en un caso sobre disputas vecinales. A mí —se señaló con el lápiz negro a modo de punzón—, que me saqué la carrera con honores y la gente me adora.

—Ajá.

—Es que encima no lo entiendo, porque los últimos casos los he ganado todos. Y rapidito, para que no se acumularan informes sobre su escritorio. Que tiene a la pobre secretaria explotada y ni siquiera le sube el sueldo.

—Ajá.

—Y el otro día me viene con esa cara de chulo a decirme que me tocaba enfrentarme a un caso increíble. ¿Sabes cuál es el caso? Dos vecinas que se han enfadado porque una de ellas perdió a su perro cuando estaba cuidándolo unos días y eso le supuso un daño psicológico irreparable. Dime cómo cojones voy a defender eso frente a un juez. ¿Qué le digo: oye, señor juez, la pobre señora sufre de insomnio porque aún teme que su perro vuelva a estar horas y horas por ahí, tirado en la calle, donde cualquiera lo podría atropellar? Se van a reír de mí.

—Ajá.

Blair apartó el lápiz nada más acabar el rabito del segundo ojo y miró a su amiga como si fuera un extraterrestre recién llegado a la Tierra y solo supiera decir una maldita palabra.

—¿Qué pasa? ¿Solo sabes decir ajá? —protestó, molesta porque no se tomase en serio que le doliese los menosprecios a los que le sometía el señor Archibald.

Lena enarcó una ceja como única señal de atención en el rato que llevaban encerradas en el baño de la empresa. Y solo porque Blair se había empeñado en hacerse un eyeliner que dejase tieso a Ezra Archibald nada más cruzárselo por el pasillo. A él le ponía muy nervioso que las mujeres de su empresa se maquillaran de forma muy notable, llevasen ropa ostentosa o se pasaran por el arco del triunfo el protocolo. Por eso, y por la animadversión que sentía la mayoría de personas hacia él, la mejor venganza era demostrarle que en su cuerpo todavía mandaba ella; le gustara o no.

—No, pero no quería interrumpir tu discurso para echarte mierda encima.

—Se la estaba echando al cabrón de Archibald.

—No, te la echabas a ti, cariño —puntualizó Lena, y por fin se movió del sitio donde se había apalancado en los últimos minutos—. ¿Acaso no ves que el tipo te tiene en muy baja estima? Vamos, que no confía en ti. Antes preferiría pedirle a un vagabundo que defendiera a uno de sus clientes que dejarlo en tus manos.

Blair se quedó en silencio unos segundos. Finalmente, y para sorpresa de ambas, bizqueó y se llevó una mano al pecho igual que haría una actriz de los años veinte en una película en blanco y negro después de cazar al amor de su vida con los pantalones por las rodillas y la limpiadora de rodillas frente a él.

—¿Cómo… que no confía… en mí?

—¿En serio, B? ¿No te has dado cuenta en todo este tiempo?

—¿De qué? Se suponía que era la novata y me estaban probando —se defendió ella, sofocada por la noticia—. No le di mayor importancia a sus desplantes porque… Ostras —abrió muchísimo los ojos, y sus iris de color azul intenso se vieron más brillantes que de costumbre—, el muy cabrón se está riendo de mí.

—Más bien intenta empequeñecerte porque le da igual tu opinión, tu método de trabajo y si estás o no en la empresa.

La crudeza de sus palabras encajó en el pecho de Blair con la misma violencia que dos puñales. En algún momento tendría que haberse dado cuenta de la verdad, mas había pecado de ingenua. O simplemente se colocó una venda demasiado gruesa en los ojos que le impedía ser consciente de la realidad más allá de que su vocación era ayudar a la gente desesperada ante la ley.

No estudió derecho para ser ninguneada por un abogado que salía en la prensa únicamente por sus métodos poco ortodoxos y por lo caro que salía ser representado por él. Nadaba en dinero, la gente lo adoraba, las mujeres se peleaban por pisar su cama, aunque fuese una simple noche, sus socios lo tenían en alta estima y el resto del bufete lo admiraba como si hubiese conseguido un puto Nobel. No. Ella estudió porque, en el fondo de su ser, le gustaba estar allí plantada y usar sus conocimientos a favor de los clientes ante un juez despiadado.

Vale, puede que no todos los jueces fueran serios o malas personas, pero algunos sí. Algunos se sentaban y agarraba el mazo con la idea de sentenciar al acusado lo antes posible, añadir otro nombre más a la lista y seguir hasta el final de la jornada como si la vida de seres inocentes no estuviese en sus manos. Las ansias de poder corrompían a cualquiera.

Menos a Blair. A ella aún la mantenía en pie un falso sentimiento de esperanza, tan potente que le había impedido ver la auténtica cara de Ezra Archibald en todos esos meses en los que la trataba como si fuese una inútil, una descerebrada y alguien jodidamente torpe. Algo que no casaba con ella en absoluto.

Se consideraba una mujer más que competente, empática e inteligente, y él si no pensaba verlo por las buenas, le tocaría hacerlo por las malas.

—Menudo hijo de puta —balbuceó, como ida, antes de apoyarse en el lavabo y mirar los dos zapatos de Manolo Blahnik que se había agenciado con su último sueldo—. Es que qué cabrón. ¿Cómo se atreve?

—Porque nunca le has plantado cara. Fue entrar aquí y que te deslumbrara todo; los clientes, las reuniones, tu despacho… Un espacio diminuto donde ha encajado tu culo con tal de no tenerte pululando a su alrededor.

—¿Y a ti no se te ocurrió decírmelo antes? —le acusó, con el dedo en alto.

Lana resopló y puso los ojos en blanco.

—Cariño, yo he tratado por todos los medios de que abrieras los ojos, pero siempre me lo discutías con argumentos súper rebuscados. ¿Qué más quieres que haga? Las personas que se ponen una venda en los ojos como tú son las que se obligan a sí mismas a omitir la verdad.

Su comentario le sentó como una patada en el estómago y no le quedó de otra que admitir la realidad: Lana llevaba razón. Una vez más. Y ella pecaba de inocente al no asumir que su jefe era un pedazo de cabrón que la odiaba por algún motivo que aún escapaba a su razón.

—Pues eso va a acabar hoy mismo —determinó Blair, y sonó como si estuviera en mitad de un juicio, defendiendo a su cliente de la pena de muerte. Hasta las mejillas se le encendieron—. Pienso aparecer en su despacho y…

—Un momento, gata salvaje —se burló Lana. El pelo oscuro le caía por la cara igual que una cortinilla, enmarcando sus facciones de femme fatale que embobaba a los hombres y que, a su vez, los decepcionaba nada más enterarse que ella no jugaba en esa liga—. Lo último que debes hacer es plantarte en el despacho del señor Archibald a decirle que es un cabrón. Te va a despedir al instante.

—Pero es que se lo merece.

—Y yo me merezco un ratito de paz durante mi descanso y aquí estoy, lidiando con tus ataques de histeria.

Una vez más, Lana tenía un punto.

Blair apretó los labios, no sin cierta rabia. Dejar escapar la oportunidad de explicarle a su jefe lo muchísimo que le desagradaba el trato que recibía por su parte se le antojaba la huida más cobarde de la historia de la humanidad. ¿No era mucho mejor enfrentarse a él? Vale, tal vez la echara del trabajo, y eso la tendría dos meses al borde del colapso mental; pero, al menos, sabría que era un cabrón miserable.

Y a los cabrones miserables había que dejarles claro que nunca dejarían de serlo.

—Si te supone un problema escucharme, no es necesario —dijo Blair con todo el dramatismo que en ocasiones la caracterizaba—. No quiero ser yo quien te prohíba meterte una taza de café en el cuerpo para que luego te salga más acné.

Por toda reacción, Lana puso los ojos en blanco.

—Deja tu actitud de «soy una mártir y nadie me entiende», por favor. Esto es un tema serio.

—Y tanto que lo es. Se supone que mi jefe me está puteando.

—Más bien te está infravalorando. A ojos de Ezra Archibald no eres más que una petarda a la que debe pagar a fin de mes por atender clientes que él considera morralla. ¿Lo captas? Eso no es putearte como tal, es desatender su trabajo cuando no le gusta.

—Vamos, que me ha tocado a mí hacer el trabajo sucio.

—Veo que lo captas —Lana arqueó una de sus cejas, y esta casi rozó su flequillo recto—. Te ha costado, pero al final has abierto los ojos.

—Me apetece sacarle uno a él, sinceramente —confesó Blair, sin pizca de culpabilidad. Y ese instinto asesino desentonaba muchísimo si provenía de una abogada que creía en sus clientes por encima de todo—. Con las pinzas de depilar las cejas.

—Intentemos no cometer asesinatos, ¿de acuerdo? La cárcel me da miedo. Tengo un primo lejano encerrado en una por robar en una carnicería y jamás me he atrevido a visitarle, por si acaso había un motín.

—¿Qué iba buscando en la carnicería? ¿Un salchichón?

—La caja fuerte. Dos mil dólares en efectivo y un par de jamones para asar que se llevó.

—¿Y solo por eso lo metieron en la cárcel? —cuestionó Blair, sorprendida.

Los jueces de ese país daban miedo.

Lana negó con la cabeza.

—Anteriormente había atracado una farmacia, le robó un bolso a una chica discapacitada y orinó en la fuente de un hotel de lujo después de coger una botella de champán de una mesa del restaurante. Sus antecedentes le mandaron directo a chirona y ya ves, seis años que se está comiendo.

—Claro, porque los jamones ni los probaría —se cachondeó Blair. Al ver la expresión de pocos amigos de Lana, carraspeó y añadió—: Lo siento, ¿vale? Es que estoy enfadada.

—Y yo también, y no por eso me río de tus desgracias.

—Pero si nunca he oído hablar de ese primo tuyo. Tanto no le querrás.

El baño era demasiado pequeño si se tenía en cuenta que dos mujeres con el ego engrandecido se retaban la una a la otra con la mirada. Menos mal que las unía un lazo de amistad a prueba de balas, o esa misma mañana se habría desatado la tercera guerra mundial entre seis inodoros recién limpiados y un kit de maquillaje de emergencia.

—Aprecio a toda mi familia porque lo es. Y volviendo al punto que nos concierne: tal vez tu única salida sea buscar otro despacho de abogados o hablar con el otro jefe.

Blair casi se atragantó al oír eso último.

El bufete de abogados de Archibald compartía dirección con dos de los mejores abogados de todo Reino Unido. No solo trabajaban en los casos más peliagudos del país, sino que, además, salían en la prensa cada poco tiempo y ganaban una millonada. Datos bastante relevantes para una Blair que anhelaba ser igual de amenazadora que ellos. E igual de rica, ya que estaba. Que los zapatos y los bolsos no se pagaban solos.

El día que Hayden Archibald la aceptó en el bufete se sintió la mujer más feliz del mundo. Era muy raro que una novata cruzara las puertas de ese bufete y recibiera una respuesta positiva. ¿Por qué Hayden la contrató a ella y no a cualquier otro letrado más apto? Aún desconocía ese dato.

Sin embargo, Ezra era harina de otro costal. El muy imbécil miraba a todo el mundo por encima del hombro y trataba a los demás como si le molestaran. Como si él fuese el rey del mundo. El rey de los juzgados. El rey del mismísimo Dios, que ni vivía en la Tierra porque un grupo de fanáticos envidiosos lo clavaron en una cruz y lo enviaron de vuelta al cielo.

Por el contrario, Hayden era más cercano y amable, no descansaba casi nunca, y recibía a todo el mundo por igual, incluso si su queja era una completa absurdez. Su despacho parecía más la consulta de un psicólogo que un espacio privado donde un puñado de personas intentaban contratar sus servicios.

Y para añadir más datos relevantes, también estaba de muy buen ver.

Los cuarenta años le sentaban como un guante y a nadie le desagradaba ver sus canas puntuales en el cabello oscuro o en su barba, así como tampoco le hacían ascos a sus trajes grises hechos a medida, la sonrisa de canalla redomado al más puro estilo Grease y a la cantidad de veces que se relamía los labios mientras se concentraba en hacer algo.

Definitivamente, Hayden Archibald era su baza a su favor en aquella historia. Si iba y hablaba con él, tal vez le daría un caso más relevante que defender a dos señoras aburridas y a un perro al que se la sudaba todo.

—Lana, acabas de tener la idea más increíble del mundo —aplaudió Blair, contentísima—. Iré ahora mismo a hablar con Hayden.

—Tú verás. Eso ya es decisión tuya. Pero, hazme un favor —le pidió antes de que su amiga abandonara el baño en el que llevaba quince minutos de reloj encerradas—, y no suenes como si te fueran a multar por querer algo que te has ganado. Muéstrate fuerte, o quizá solo consigas que se rían de ti durante la comida.

Blair guiñó un ojo.

—Tranquila, voy a demostrarle que soy capaz de estar frente a quien sea y defender mi postura. Aunque en este caso sean mis derechos como abogada.

No lo dijo en voz alta, mas Lana dudaba muchísimo que su amiga fuera consciente de lo mal que sonaba aquello. Quizá hubiera sido mucho mejor practicar un discurso creíble antes de decirle nada a Hayden, frente al espejo, con ella supervisándolo; pero conociendo como conocía a Blair, no se tomaría tantas molestias por algo que creía firmemente. Y ahí no pensaba meterse. Bastantes problemas cargaba ya a las espaldas como para añadir los de su amiga también.

—Suerte —le deseó con toda sinceridad, mordiéndose el labio.

Blair abandonó el baño con una seguridad que no creía posible en ella. Sí era cierto que las rodillas le temblaban muchísimo a medida que avanzaba en dirección al despacho de Hayden Archibald. Estuviera por la labor o no, tendría que escucharla y darle una solución a semejante injusticia: desperdiciar su talento como abogada.

Sin embargo, nada más alcanzar la puerta, se percató que esta se encontraba medio abierta y la secretaria no ocupaba la mesa de al lado. Una arruga apareció en su ceño. ¿Se encontraría el jefe en mitad de una reunión? De ser así, ya podía olvidarse de defender su currículum al menos hasta la tarde.

Planeaba darse media vuelta cuando escuchó su nombre sobrevolar la habitación. Eso hizo que se quedara donde estaba, como si de pronto fuese de granito y le pesara una tonelada cada una de sus extremidades.

—… no como Blair —dijo Ezra Archibald con su habitual tono de todos-sois-unos-insectos—. ¿Por qué pretendes tenerla aquí todavía? ¿Acaso no te has divertido ya?

—¿Divertirme? —La voz de Hayden era más profunda, pero también más tranquila—. Creo que confundes profesionalidad con venganzas absurdas.

—Sé por qué haces esto y me toca los cojones —admitió con desdén Ezra—. Mi intención es despedirla y que se vaya de este bufete cuanto antes. No está preparada para enfrentarse a los casos que nos llegan a diario. Es absurdamente infantil, histérica, poco profesional y, por si eso no fuese poco, encima le gusta pintarse dos rayas en los ojos con los que parece que vaya a apuñalar a alguien.

¿Despedirla? ¿A ella? ¿Cómo que despedirla?

Blair notó que el aire escapaba abruptamente de sus pulmones nada más captar las palabras envenenadas de Ezra Archibald. Resonaron por todo el despacho igual que la sentencia de muerte de un juez hastiado tras un largo juicio. Y su jefe no necesitó golpear la mesa con un mazo para que ella notase que la bilis se le subía por el esófago a la velocidad de un tren.

Sus dedos apretaron la zona de su cuello en un intento inútil por calmarse a sí misma. Interrumpir aquella discusión la dejaría en evidencia y no le reportaría nada positivo. Como mucho, que la enviasen a la cola del paro más rápido.

Sofocada, enfadada y conmocionada a partes iguales, siguió allí parada, con la oreja pegada a la puerta en un intento por comprender qué cojones le pasaba a Ezra Archibald.

—¿Ese es tu verdadero problema?

—¿De qué hablas? —se quejó Ezra. Hubo un corto silencio—. Mi problema con ella es que no debiste contratarla, para empezar.

—Es la mejor de su promoción.

—Me importa un carajo. Es una abogada inútil. Se echaría a llorar delante de cualquier juez únicamente porque no la deja protestar en mitad de una confesión. Y los dos sabemos que tu interés en ella dicta mucho de ser profesional.

—Tenerla en baja estima no significa que sea cierto lo que dices.

—No la quiero en Archibald’s Abogados —la sentencia fue firme, y a Blair le tembló hasta el alma—. Si no la echas tú, la echaré yo.

—¿Solo porque te da miedo que…?

El repiqueteo de unos tacones la despertó de su letargo. Alguien se acercaba y, si la veía allí, con cara de haber visto al mismísimo Ted Bundy levantarse de la tumba y acuchillar a veinte personas sin que le temblara el pulso, daría la voz de alarma.

Por mucho que le apeteciera partirle la cara a Ezra y luego largarse de allí para no recibir la humillación de ser despedida por ser considerada una inútil —ella, ¡habrase visto!—, prefirió salvar un poco de dignidad y esconderse en el cuarto de la limpieza todo lo rápido que le permitieron sus piernas temblorosas.

Los minutos allí dentro se le hicieron eternos. Lejía, amoniaco, jabón… todo tipo de olores a productos químicos penetraba su nariz, mareándola, y, por si eso no fuese suficiente, encima le picaba todo el cuerpo de lo encendida que estaba. Llamas que chisporroteaban sobre su piel como si ella misma fuese un fósforo.

Tanta rabia acumulada estaba acabando con ella. Agudizó el oído, mas no fue hasta diez minutos después que escuchó la puerta del despacho de Hayden abrirse y un par de voces resonando por todo el pasillo.

—Miranda —llamó Ezra a la secretaria de su compañero—, ¿has conseguido los informes que te pedí?

—Tengo que recogerlos de la copistería —repuso la mujer con voz monótona.

—¿Podrías ir ya? Los necesito para esta tarde.

—Sí, señor. Enseguida.

Los mismos tacones de Miranda que la alertaron un rato antes, se alejaron con rapidez. Blair notó que sus neuronas colapsaban al saberse a solas con Ezra Archibald. Al otro lado de la puerta se encontraba su archienemigo número uno, alto, imponente, con cara de haber roto una vajilla entera y con una chulería que rayaba lo desagradable. Era su oportunidad. Y no la desperdició.

Empujó la puerta con toda la decisión del mundo y se topó de frente con el mismísimo diablo, con Jack el destripador, con la malicia en persona y con la cara más atractiva que había pisado la Tierra en los últimos mil doscientos años. Y en esa cara, además, se reflejó el desconcierto y el enfado en una mezcla más perfecta que el queso y la mermelada de arándanos sobre una lámina de pan tostado.

—¿Qué demonios haces en el cuarto de la basura? ¿Te has vuelto loca?

—Así que pretendes echarme porque te da miedo mi eyeliner, ¿no? —Pegó el índice en su pecho y optó por no pensar en lo duro que estaba; más que el granito. A cambio, enarcó una ceja y dejó ir toda la furia que inundaba su ser en las últimas horas—. ¿Qué pasa? ¿Tu último ligue también se maquillaba así y te trae a colación traumas de algún tipo?

Ezra la miró como si hubiese perdido la cordura por completo. Y tal vez era así, claro, porque Blair le estaba enfrentando por una completa tontería. Una pérdida de tiempo a la que no quería someterse en esa mañana de mierda.

—¿De qué hablas? Además de meterte en el cuarto de la limpieza por algún motivo que desconozco… ¿también bebes en el trabajo? ¿Quién te ha dado permiso para tutearme y avasallarme en mitad de un pasillo? Vuelve ahora mismo a tu despacho, que te espera un caso a tu medida.

—Yo misma. Y si tienes algún problema, llamamos a un juez. Me da igual —aseguró Blair, envalentonada. Le hervía la sangre en las venas—. ¿Qué problema tienes conmigo? ¿Es solo mi eyeliner, que me crees tonta de remate o que eres un misógino de tres pares de narices?

A él le palpitó una vena en la mandíbula.

¿Misógino? ¿Él? Demonios, esperaba que aquella lunática tuviera un lugar seguro donde refugiarse después de echarla de una patada de ese lugar. Los payasos como ella no tenían cabida en un bufete serio y de gente responsable.

—Respóndeme, cretino.

Ezra la cogió de la muñeca antes de tirar de ella. A pesar de sus protestas e insultos, no se detuvo hasta alcanzar el final del pasillo y meterla en su despacho. Si iba a faltarle al respeto, sería con una hoja de despido cerca que lanzarle a la cara una vez escuchara todo lo que saldría de su boca.

—¿Te parecen maneras de tratar al hombre que te paga a fin de mes?

—Sí, me pagas por hacer todo eso que tú te niegas —le espetó de malos modos. Blair era muy consciente de dónde estaba: el despacho de Ezra, ese lugar secreto, oscuro y pulcro en el que se escondía el mismísimo diablo en persona cada día de su vida; lloviese o hiciera sol—. Y encima planeas despedirme. Sin motivos.

—¿Sin motivos? Solo por el numerito que te has marcado en el pasillo te mereces que te plante en la calle sin una carta de presentación, señorita Ross. Tu descortesía alcanza límites que nunca imaginé ver.

—Es que no entiendo por qué me tienes tanta manía. He hecho absolutamente todo lo que me has mandado desde que llegué a este despacho, y sin quejarme, que eso también tiene mérito. Vale que he llegado tarde en un par de ocasiones por detenerme a comprar café en mi cafetería favorita, pero no es mi culpa que siempre haya una cola inmensa y que tú seas un inflexible de tres pares de narices —dijo de corrido. Estaba tan nerviosa que casi hiperventilaba—. ¿Por qué me menosprecias? ¿Por qué me tratas como si estuviera muy por debajo de cualquier otro abogado de este bufete?

Ezra apoyó los dedos sobre la superficie de su mesa una vez se inclinó hacia ella. Parecía encantado con tener su escritorio haciendo de barrera entre ambos. Eso le permitía un poco de margen antes de mandar a la mierda a aquella mujer que no hacía más que provocarle dolores de cabeza. Su simple presencia ya le resultaba desagradable.

—¿Tu problema conmigo es que te has dado cuenta que no confío en tus aptitudes como abogada?

—Así que lo admites —ella parpadeó, como si recién despertase de un largo letargo.

Ezra estuvo a un segundo de soltar la carcajada más hosca que el mundo hubiese oído.

—Vamos a ver, porque creo que aquí hay un punto muy importante que se te escapa. Si estás a disgusto trabajando para mí, vete. Si no soportas que te manden casos fáciles, vete. Si tienes alguna otra queja, del tipo que sea, vete. Me da igual. Es más, me ahorrarías preparar un montón de papeleo.

»Pero venir aquí, a mi despacho, a gritarme y a dar una imagen de dignidad que no casa con la realidad no me hará cambiar de opinión respecto a ti. Sigo pensando que eres mediocre.

Todo su cuerpo se tensó de forma casi dolorosa. Oír esas palabras en voz alta distaba mucho a la manera en que sonaba en su cabeza. Después de todo, ella sacó las mejores notas de su promoción y sus profesores la alagaban con frecuencia. ¿Por qué Ezra Archibald no? ¿Por qué él la miraba como si fuese un insecto molesto que le impedía comerse el almuerzo tranquilamente?

De un segundo a otro, toda la fuerza que emanaba de ella, fruto del fuego de su rabia, se evaporó por completo. Desinflada igual que un globo, desvió la mirada hacia uno de los tantos diplomas que adquirió Ezra en sus últimos años. Ella era una polizona entre esas cuatro paredes, una molestia, y él se lo hacía saber con cada una de sus respiraciones. Dios, ¿por qué la odiaba? ¿Por qué la menospreciaba?

Entreabrió los labios y llenó sus pulmones de aire a su capacidad máxima. Luego lo soltó de golpe. Y, del mismo modo que el aire salió propulsado hacia delante, también lo hicieron sus palabras.

—Dame un caso de verdad. Uno que no sea una disputa absurda y en el que tú no me supervises. Déjame demostrarte que sí soy buena abogada.

La reacción de él no se hizo esperar. Sonrió de medio lado, muy despacio, y se dejó caer sobre su sillón.

—¿Un caso? ¿Cuál? Estoy seguro de que declararían culpable a tu cliente a los diez minutos.

Blair aguantó el intento de humillación con una entereza envidiable.

—¿Cómo lo sabes? Nunca me has dado la oportunidad.

—Por algo será.

—No lo entiendo, la verdad. Nunca me has visto en acción y…

—Claro que te he visto en un juicio, y das pena. Un juez es capaz de comerte terreno sin que pongas resistencia.

—Eso no es cierto.

—Sí que lo es —insistió Ezra, más enfadado que hastiado de aquel numerito absurdo—. Y lo que es peor, no sabes imponerte a nadie. Ni siquiera a mí. Por eso estás temblando, evitas mi mirada y aprietas los puños igual que una niña pequeña en mitad de una rabieta. ¿Qué esperas conseguir así, señorita Ross? ¿Un respeto que no te has ganado y que nunca conseguirás?

—¡Protesto! —El grito emergió de su garganta con la misma energía que cuando pedía una segunda cerveza en el bar de sus colegas. Al comprender lo que había pasado, enrojeció hasta la raíz del pelo. Y no ayudó demasiado que Ezra la mirase igual que a un ser de otro planeta—. ¿Y tú qué sabes de lo que soy capaz? Solo me menosprecias y me insultas y pretendes tenerme trabajando aquí hasta que Hayden te permita ponerme de patitas en la calle —rezongó, por fin dispuesta a ir hasta el final—. Si no me vas a decir cuál es tu problema, más allá de inventarte cosas que no son ciertas, entonces dame un caso de verdad. Uno que te permita ver mis cualidades.

—Valoro demasiado a mis clientes como para hacerles semejante putada. Una mujer como tú, que pierde los nervios a la mínima, no le evitaría la cárcel a nadie. Y, de todos modos, ¿quién te crees que eres para exigirme a mí que delegue un caso o no?

—¡Es que eso no lo sabes! —protestó ella, acercándose a su mesa. También apoyó las manos en la superficie y se inclinó hacia él—. Dame un caso, solo uno. Todos los demás han demostrado sus aptitudes a lo largo de los meses, pero a mí nunca se me permite ir más allá de dos personas peleándose por una tontería.

—¿Consideras que los conflictos de tus clientes son una tontería?

—Dos personas peleándose porque se les ha escapado el perro, sí. Un caso de verdad te pone la mente a trabajar a todas horas, te obliga a mirar con lupa cada prueba y cada testimonio, a creer en tu cliente pase lo que pase y, sobre todo, te lleva a mejorar constantemente. Desde que entré aquí, solo he sido la que rellena papeles y va a juicios rápidos por temas absurdos. Y no me parece justo.

—En ningún momento he dicho que tuviera que parecértelo.

—Entonces dame un maldito caso a mi altura. No puedes obligar a la gente a ser unos inútiles toda la vida porque tú tengas miedo de que te supere alguno.

¿Acababa de decir eso? ¿Sin anestesia ni nada? Dios mío, iba a destrozarla. Ezra Archibald la agarraría de la manita y la sacaría de allí para no tener que verla nunca más.

«Siempre la estás liando, coño», pensó, asustada y rabiosa. «Es que no aciertas ni una».

Ezra apretó tanto los dientes que fue un milagro que no se le rompiese ninguno.

—Vuelve ahora mismo a tu despacho si no quieres terminar en la cola del paro esta misma tarde.

—Vas a echarme de todos modos, ¿no? ¿Qué más da si antes me das un caso?

Por insistir no perdía nada, ¿no? Él ya la había amenazado, de todos modos.

—El mundo no funciona así. Y has traspasado todas las líneas posibles en menos de cinco minutos. Si no te echo ahora mismo no es por mí, pero no me importaría enfrentarme a las consecuencias de hacerlo sin tener en cuenta las opiniones de mi socio. Así que no te columpies y ve a ocuparte de tus asuntos de una vez.

Entre los dos flotaba un ambiente electrizante. Lo peor es que la tensión que notaba Blair en las entrañas no era tan desagradable como debería. Más bien lo notaba… excitante. De algún modo la espoleaba a seguir hablando, retándole, poniéndole contra la espada y la pared mientras luchaba por sus derechos.

—Así que tengo razón. Te da miedo que haya abogados mejores que tú.

—Sé lo que intentas, y no funcionará conmigo. Ahora sal por la puerta y no te cruces en mi camino en lo que resta de día —sentenció. Ezra, además, señaló la puerta con el índice en una invitación poco cortés a que desapareciera de su vista—. Y ya veremos si esto no te cuesta un expediente.

Blair se sintió terriblemente desnuda y expuesta de golpe. ¿Ese hombre era inamovible o qué? ¿Nada lo hacía dudar de sus decisiones ni le quitaba la venda de sus ojos? Menudo hijo de puta. Menudo miserable.

Se frotó el cuello con la mano, como si él la hubiese estrangulado, cuando lo cierto era que le dolía por el intento inútil de contener las lágrimas.

No había logrado nada, salvo dejarse en evidencia.

Y dios sabía que mañana igual le tocaba pasar por su despacho a recoger su finiquito y su carta de despido.

«Te has lucido, abogada», pensó, desinflada como un globo.

—Muy bien —atinó a decir—. Gracias por todo.

No le dio pie a decirle nada por obvias razones, y abandonó el despacho con los pies pesándoles una tonelada.

Solo una pregunta le rondó la mente: ¿y ahora qué?

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Capítulo 2

El momento en que un abogado decidió hundir a la novata con todas las de la ley

—¿Cómo has sido capaz de algo semejante? —La voz de su hermana Taylor sonó igual que la de su madre cuando la regañaba por no comerse todas las verduras del plato o no hacer los deberes a tiempo—. ¿Te haces una idea de la imagen que proyectas ahora mismo en la empresa? Apuesto a que después de esto te van a tener de becaria.

Mortificada porque Taylor también la viese de esa manera —una lunática incapaz de hablar como una persona coherente y razonable—, Blair se mordió el labio inferior y se cruzó de brazos en actitud defensiva.

Jamás admitiría —ni ante un juez— que le molestaba enormemente no ser capaz de conseguir aquello que se proponía sin dejar su imagen a la altura del betún.

—Fue lo que se me ocurrió, ¿vale? El muy imbécil me ha tenido meses enteros ocupándome de casos que él considera de tercera división. ¿Qué pasa con lo que siento yo? ¿No es importante?

—No me refiero a eso y lo sabes —Taylor se acomodó en una de las sillas de plástico de la sala de espera—. En un bufete de abogados se debe comportar una, Blair. Se supone que eres una abogada hecha y derecha.

—Y lo soy, pero no me dan la oportunidad de demostrarlo. En serio, no pido tanto. Un único caso —insistió, igual que de pequeña, cuando su madre les negaba otro helado de postre por obvias razones—, y así verá que soy una abogada decente. Una de las buenas.

Ocupó el sitio junto a su hermana, aún frustrada por todo lo ocurrido aquella mañana. Si bien no había recibido un correo ni una carta en la que indicase que Ezra Archibald la despedía, tampoco se encontraba fuera de peligro. Tal vez el muy cretino estuviera regodeándose en sus palabras, escribiendo cada una mientras lo gozaba igual que Jeffrey Dahmer en el momento de acuchillar

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