PREFACIO
Viví en Sídney cuando tenía solo veintidós años y decidí volver a sumergirme en esos recuerdos. Otra aventura, otro viaje, otro destino bien lejos de casa… Otra historia que, si bien es compartida por millones de jóvenes que viajan por el mundo, no deja de ser extraordinaria. Porque es la mía. En el prefacio de mi primera novela, Una Lady en la Patagonia, escribí: “Esta historia no es sobre una persona ni una hazaña extraordinaria”. Me corrijo, ¿puedo? Con el tiempo aprendí que mi vida es extraordinaria. Pero no solo eso. La vida de todos lo es. Única e irrepetible. Lo que quise decir en ese primer prefacio es que yo no subí a la cima del Everest. Quería ser sincera con mis lectores y que entendieran el tipo de novela que estaban por leer. No es sobre montañismo extremo, es sobre todas las emociones que nos atraviesan y forman parte desde el comienzo de la historia de la humanidad. Esta humanidad que nos une a todos. Tan singulares pero con sueños y miedos tan parecidos. ¿Qué hago acá? ¿Cuál es mi propósito en la vida? ¿Soy suficiente? ¿De dónde saco la fuerza para superar esta crisis?
Aspiro a que esta historia te lleve a viajar tanto exterior como interiormente y puedas reconocer tu propio valor y tu magia para transformar tu vida en lo que te gustaría que sea. Me quedan solo quince fotos del año que viví en Australia. Perdí el resto en algún cambio de computadora o disco rígido. Entré en pánico porque no sabía si podría escribir sobre algo que pasó hace tanto tiempo sin ver esas fotos… Y de repente, algo hizo ¡clic! Un latido me dice que hay un lugar dentro de mí que contiene toda esa información empolvada. Es hora de sacar la escoba, limpiar mis recuerdos y poner orden en casa. Todo lo que necesitamos saber, lo llevamos adentro. Se asoma una luz rosa por el horizonte azul mientras escribo en la madrugada. Este prólogo no me deja dormir. Si no me animo a ser yo, nunca voy a poder dormir tranquila.
Pasaron tres años desde la publicación de Una Lady en la Patagonia. Todavía hoy, cuando la sostengo entre mis manos, no me lo creo. Lo hice, lo logré. Publiqué un libro. Soy escritora. Después de que mi novela hizo su aparición en librerías por todo el país y luego de hacer alguna que otra nota en revistas de actualidad, se hizo un silencio. Aquello que alguna vez me parecía lo más importante del mundo fue arrastrado por el río junto a tantos otros escombros de lo que vivimos. Mi novela: una piedra erosionada por el camino que hoy descansa en el fondo del río hasta que un nuevo lector se atreva a hundir su brazo, tome mi libro y al leerlo conozca un poquito de mí. Estoy muy agradecida con cada persona que me llevó a su casa. A quienes me permitieron compartir mi historia con la suya. A los que se rieron y lloraron conmigo. A los que mi novela haya tocado de cualquier modo. Nada me ha dado más satisfacción en la vida.
Junto al descubrimiento de que el mundo sigue girando a pesar de que yo haya cumplido mi sueño de publicar un libro, vino una sensación de liviandad. Antes de publicarlo, me imaginaba que el día que saliera mi libro la tapa del diario diría: “La Lady publicó su libro. ¡Hoy se declara feriado nacional!”. No podía ser nada menos para alguien con mis delirios de grandeza. Bueno, eso no sucedió… No es tan importante, nada lo es. De a poco, empecé a rastrear los pasos de la Lady y todo su camino recorrido. ¿Qué pasó antes de Torres del Paine? ¿Cómo llega una chica citadina a vivir en un parque nacional en el fin del mundo? ¿Qué es lo que la movía y emocionaba cuando era más joven? ¿Qué estaba buscando?
Mi nombre es Lady y tengo treinta y cinco años. Mi vida no deja de asombrarme. Nunca me imaginé que iba a ser así, a esta edad. Aún no estoy casada, ni tengo hijos, ni soy dueña de mi casa ni administro bien mi economía. Tampoco cocino, aunque lo intento. Me dedico a escribir para entender qué pasó en mi vida y por qué. Escribo con la certeza de que allá afuera hay personas en la misma búsqueda que yo: sentir que soy suficiente. Valgo por lo que soy. No por lo que hice, hago o dejo de hacer. Me animo a ser quien soy. Y dándome ese permiso quiero crear el espacio para que otros puedan hacer lo mismo. Soy un puntapié.
En mis novelas voy hacia atrás en el tiempo porque hago muchas cosas al revés. Me siento como Benjamin Button. Nací viejita con muchas huellas y marcas en la piel. Llena de miedos y dudas. Pero con el paso del tiempo me voy sanando. Cada día me divierto más, soy más liviana y vital. Entiendo, por fin, que vine a ocupar espacio en este mundo. Que estar viva es un regalo. Que compartir los dones que traje es mi responsabilidad. Que no hay motivo para alarmarme cuando las cosas me salen bien. Que soy merecedora de todo lo bueno. Que soy abundancia. Que no vine a pasarla mal, vine a disfrutar cada segundo. Y soy una ferviente creyente de que vos viniste a hacer lo mismo. A veces lo olvidamos. Recordamos pagar el alquiler y las expensas, cómo llegar a la oficina y cuándo sale la próxima temporada de nuestra serie preferida. Pero solemos olvidar lo más elemental. Frenar a escuchar el ritmo de nuestro corazón, respirar bien profundo, sentir las sensaciones que recorren nuestro cuerpo, confiar en lo que dice nuestra intuición, reírnos, y decir lo que pensamos de verdad.
Te invito a viajar conmigo en las próximas páginas y descubrir los pasos de una Lady recién recibida de la facultad, con ganas de salir al mundo. De explorar, conocer y conocerse. Acompañame una vez más y recordemos que la vida no es un viaje lineal. Se parece más al Juego de la Oca: avanzás tres casilleros y retrocedés dos. Avanzás uno. No te muevas, salteás un turno. Retrocedés cuatro y avanzás seis. Sí, esto se parece más a lo que nos pasa en la vida real. Porque a veces para avanzar, tenés que retroceder un par de casilleros. Y eso estoy haciendo yo. Volviendo a revisar mi entrada en el mundo adulto, volviendo al año que viví en Sídney con Alain. Repasé las fotos que me quedan de este viaje una y otra vez intentando recrear lo que había vivido. Era más fácil basarme en fotografías que tener que volver a sentir lo que sucedió ese año. Pero las quince fotos no alcanzan. Pucha… no hay un atajo. Tengo que retroceder y zambullirme en mi historia. Trece años más tarde, estoy lista para volver a Sídney.
¿Vamos?
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Todo empezó cuando tenía veintiún años y estaba a punto de recibirme de licenciada en Gestión e Historia de las Artes Visuales en la Universidad del Salvador. Era el mes de diciembre de 2009, y estaba a menos de doce horas de liberarme para siempre de la facultad. Liberarme es una manera de decir. Me encantó estudiar mi carrera. Aprendí mucho sobre cultura e historia general, y el hecho de que todos los exámenes fueran orales había sido fácil para mí. Era una Lady con don de gente. Charlar con las personas es una de mis actividades preferidas. Siempre me interesó hablar, con todo el mundo, con gente de mi edad, con los más chicos y los más grandes. Tenía íntimas amigas con casi el doble de mis años y charlaba con ellas de igual a igual. Podía escucharlas, pedirles consejos y aprender. También me gustaba cuando alguien más chico que yo me consultaba por algo. Me sentía útil, al fin.
La facultad quedaba muy cerca de casa, a quince minutos si tomaba el colectivo 37 que a la ida subía por Rodríguez Peña hasta la avenida Córdoba, y a la vuelta bajaba por Callao, doblaba en Las Heras y me dejaba en la esquina de casa. A veces iba caminando y tardaba media hora. Fueron cuatro años de fines de semana largos. Los viernes no había clase. Qué bien pensada está esta carrera. Cuando terminé el secundario me había debatido entre estudiar Arte o Letras. Al final decidí que Historia del Arte tenía mejor salida laboral. Ahí sí que le pegaste, Lady. Papá me decía que tenía pasta para ser abogada, como él, porque declaraba mi opinión con una confianza y seguridad totales.
Ahora, solo tenía que aprobar mi último final. Lo recuerdo como si fuese ayer. Iba a rendir Arte Americano IV con uno de los mejores profesores, Miguel Ángel Muñoz. Por una de esas casualidades de la vida, el primer examen que había dado había sido Arte Americano I. Me había ido pésimo, pero la profesora me puso un cuatro y la aprobé. Iba a terminar la carrera como la empecé: rindiendo Arte Americano. Era el final de un ciclo importante en mi vida. La noche anterior, Cipi, que había sido mi niñera adorada cuando yo era chica y seguía trabajando en mi casa desde entonces, me preparó una sopa y cuando me estaba acomodando en el sillón de la tele, me volqué la sopa hirviendo encima. Pegué un grito y salí corriendo a meter las piernas debajo de la ducha fría. Mamá me puso Platsul-A mientras yo me quejaba: “Justo hoy. Justo la noche antes de mi último final. ¡No puedo ir a rendir así, me duele demasiado!”. Lloraba embroncada con la sopa y con la vida. Pero era una mujer decidida: con o sin quemaduras tenía que aprobar esa materia. A la mañana siguiente, bien temprano, estaba yendo a rendir. Llegué a la esquina de la facultad que era bastante fea con una galería más fea aún al lado donde devoraba alfajores Jorgito en los recreos de la mañana. Nunca volvería a pasar por esa esquina sin decir: “Esa es mi facultad. Yo estudié ahí”. No me acuerdo de los temas sobre los que rendí. Pero se ve que me fue bien porque Miguel Ángel —que era exigente— me puso un diez. Y me pude recibir con diploma de honor. A la salida, me esperaban mi familia y amigos para la clásica tirada de huevos. Volver caminando a casa en ojotas, con huevo crudo entre los dedos de los pies, esa era la marca de una chica recibida.
Durante mis años de facultad había tenido mucho tiempo libre para juntarme con mis amigas y salir a bailar. Qué suerte la mía. Pero no había hecho solo eso. Había encontrado una forma más rebuscada de matar mis horas libres: me había enamorado de Alain. Chan. Un chico que conocí en un viaje a Bélgica y con quien mantenía una relación a larga distancia. Y, claro, sostener el vínculo me llevaba muchísimo tiempo. Para empezar, nuestros llamados por Skype duraban horas. Nos mandábamos cartas y regalos por correo. Recibía ramos de flores enormes. Y entre medio estaban nuestros viajes. Él venía y después iba yo. O nos encontrábamos en alguna parte del mundo. Después de tanto esfuerzo y horas de llanto a causa de vivir en un continente distinto que el de mi enamorado, me liberaba de la facultad y podía hacer lo que quisiera. Ir a donde tuviera ganas. Me atreví a soñar con vivir en la misma ciudad que Alain. Ya nada podría detener o separarnos.
Después de mucha deliberación, Alain y yo decidimos que lo mejor era mudarnos juntos, pero a un lugar neutro. Ni que él viniese a la Argentina y fuera un outsider ni yo a Bélgica a convertirme en sapo de otro pozo. Alain me dijo: “Siempre quise vivir en Australia”. “¿Australia?”, repetí azorada, nunca se me hubiese ocurrido. En ese momento, no conocía a nadie que se fuera a vivir a Australia. Se puso de moda muchos años después y miles de jóvenes se van a estudiar o a trabajar mientras disfrutan del mar y del surf. Pero en ese momento se sentía muy lejano, remoto; es realmente la otra punta del mundo. “¡Vamos!”, le dije sin pensarlo mucho. Alain iba a hacer un máster en la universidad de Sídney y yo trabajaría. Tenía dos o tres contactos, y con la confianza que me caracteriza me dije: “Algo va a salir”.
Mi primera misión fue sacar una visa Work & Travel, que me permitiese trabajar de manera legal, pero los cupos ya se habían agotado hasta el año siguiente. Entonces viajaría con una llana visa de turista que me permitía quedarme en Australia durante tres meses. ¿Qué iba a hacer después de esos tres meses? ¿Cómo iba a resolver mi estatus de turista si pretendía quedarme a vivir durante al menos dos años, que era lo que duraba el máster de Alain? Lo vería allá. “Si me detengo en cada detalle, no me voy más…”, pensé.
Decidí viajar en mayo y quedarme para el casamiento de Agus con Bernie. Era una de mis primeras primas en casarse y no quería perdérmelo por nada del mundo. Me acuerdo cuando empezaron a salir y vivían en departamentos casi enfrentados, con una plaza enorme de por medio, y podían verse —o espiarse— desde las ventanas de sus cuartos. Pensar en las vueltas que damos por el mundo buscándolo a Él mientras que puede estar acostado en un sillón viendo tele en el edificio al lado de tu casa. ¡Levantate, pibe, dale, que te están esperando…!
Desde diciembre no hacía nada porque, recién recibida y con planes de mudarme a Sídney, no iba a buscar trabajo en Buenos Aires. Fue un verano maravilloso y eterno. Mi único plan del día era salir a caminar todas las mañanas al sol y, eventualmente, tomé color.
