PROXI +50

Sebastián Campanario

Fragmento

PROXI 50. 50 ideas para tus próximos 50 años

La caja de herramientas de la revolución senior

La segunda mitad de la vida puede ser mejor que la primera. Hace no mucho tiempo, esta idea hubiera provocado escepticismo, negación, burla o un ceño fruncido en el mejor de los casos. Hoy, sin pecar de ingenuos y reconociendo que en la adultez hay distintas realidades, el concepto suena mucho menos alocado y más realizable que en décadas pasadas. Cada día se suman nuevos avances, que van más allá de la ciencia y la tecnología, y que ayudan a configurar un nuevo panorama para la adultez. Un mapa en el cual disfrutar de una segunda mitad de la vida mejor que la primera sumó chances y probabilidades de manera radical.

Para las decenas de fuentes entrevistadas para este libro se trata, de hecho, de una obviedad, que no necesita ser remarcada. “Las verdaderas libertad e independencia llegan a los 50; antes sos un esclavo de tus preconceptos, de los mandatos familiares y sociales, del qué dirán”, me dijo un sábado soleado de octubre de 2022 Alberto Naisberg, por entonces de 97 años, café de por medio en su bar favorito, el Kainos, de la calle Rojas al 600, en Caballito.

Con Alberto, un ingeniero que vive con su esposa Celia a dos cuadras del bar y tiene su agenda llena de proyectos que lo entusiasman, nos reunimos seguido y en una de esas conversaciones surgió la idea de este libro: “Campa, a vos te gusta mucho escribir del hombre de 100 años que corre más rápido que un tren, o del de 110 que levanta mil kilos con una mano… Tenés que hacer algo que sirva, aplicable, que ayude al lector a construir una estrategia propia”.

Fue después de que le contara que el domingo anterior me había pasado un buen rato frente a la pantalla de la tablet mirando por streaming la competencia de Iron Man de Hawái, una actividad bastante insólita para mis domingos. Y con un agregado que lo volvía más extraño aún: estaba “hinchando” por el japonés Hiromu Inada, quien cerca de cumplir 90 años quería batir su propio récord de completar la competencia, que incluye 3,8 kilómetros de natación, 180 kilómetros de bicicleta y una maratón completa (42,195 kilómetros). Inada no la pudo terminar (su récord anterior, de haberlo logrado a los 86 años, se mantiene en pie), pero sí llegaron a la meta hombres y mujeres de más de 70 años.

Entendí el mensaje de Alberto en el café Kainos y me puse a trabajar en una “caja de herramientas de la revolución senior”, en ideas que fueran útiles, accionables, y en lo posible poco conocidas. Anoté en una libreta más de 200, muy variadas y con cruces con los temas que habitualmente me llaman la atención: desde biotecnología hasta complejidad, pasando por creatividad, hábitos, filosofía, sexo, cubo Rubik, tácticas de reinvención, economía, inteligencia artificial y cultura nórdica, entre otros.

Elegí las 50 ideas que me parecía que podían generar más valor, un número que resuena con la segunda mitad de la vida, los próximos 50 años, o los próximos 50 conceptos que nos inspirarán hacia algún cambio, lo que a cada lector le guste más. El formato es distinto al de mis seis libros anteriores: son 50 capítulos cortos, que se pueden leer en cualquier orden y no están agrupados con un criterio temático, sino intercalados, a propósito, para que la lectura sea más fluida. Una vez que terminé de escribirlos armé 50 tarjetas con cada título, las pinté de un color por tema y les puse un puntaje del 1 al 10, las desparramé por el piso de la sala donde escribo y ahí se definió este “orden desordenado”.

Me gusta pensar que de este bombardeo de estímulos puedan surgir al menos 3 o 4 semillas de inspiración hacia una modificación de actitudes o formas de pensar con respecto a la longevidad. Que acerquen al lector hacia el cuadrante del conocimiento de “lo que no sabemos que no sabemos”, que desvíen la caminata desde el sesgo de confirmación en el cual caemos (porque nuestro cerebro así está diseñado) por default. Los humanos somos muy malos para predecir qué nos va a hacer felices, y para determinar en qué somos buenos o qué nos va a entusiasmar: la estrategia más razonable es, entonces, probar la mayor cantidad de ideas y estímulos posibles.

Ola desplegada

La ola de la revolución senior se está desplegando. Aún está en su etapa inicial, pero desde que publiqué el libro homónimo en 2017 los avances en esta agenda son muy notorios.

Para empezar, lo obvio: la demografía está mutando, y más rápido de lo que pensábamos. La “pirámide” poblacional está dejando de ser, justamente, una pirámide, para convertirse en un rectángulo, con un tercio de la población por encima de los 60 años como sucede actualmente en Japón, la nación hiperlongeva, y como ocurrirá pronto en Corea del Sur, Hong Kong, Italia, España y otros países. América Latina aún goza de lo que se conoce como “ventana de oportunidad demográfica”, o “bono demográfico”, con poblaciones en promedio más jóvenes que las de los países recién mencionados, pero esta ventana se está cerrando mucho más rápido.

“América Latina se está volviendo adulta al doble de velocidad que lo hizo Europa: allí tardaron sesenta años en llegar a una estructura demográfica con entre un tercio y un cuarto de las personas arriba de los 60 años, y en nuestra región ocurrirá en treinta años”, me precisó Ricardo Jáuregui, un argentino que preside la Sociedad Mundial de Geriatría. Esto sucede por el aumento de la expectativa de vida, pero fundamentalmente por la caída drástica en la tasa de natalidad, que ya en decenas de países está por debajo del 2,1% necesario para mantener el número total de la población. Hay una ceguera social muy notable con este tema, marca Jáuregui, y resalta el hecho de que se siguen recibiendo en las universidades de medicina más pediatras que especialistas en adultos.

El fenómeno es, en términos históricos, bastante reciente: en la posguerra, en los países en vías de desarrollo, la esperanza de vida era de 51 años. En contraste, quienes nacieron en este siglo tienen un 30% más de probabilidades de llegar a los 100 años. Como dice el futurólogo Marcelo Rinesi, “tal vez la parte de lo que estamos viviendo no sea ninguna innovación o efecto específico, sino la forma en la que los cambios se van acumulando e interactúan constantemente, una especie de música de fondo de ‘rareza’ que subestimamos porque ya nos acostumbramos a ella”. Las modificaciones demográficas, como sucede con la dinámica de cambios en la complejidad, para la tecnología y para todo, “ocurren lentamente hasta que se precipitan de golpe, y ya no nos sorprenden porque forman parte de la infraestructura de nuestra realidad”.

Más allá de la macro de la demografía, es interesante ver cómo la ola de la revolución senior se refleja en el aumento de las edades promedio a las que se consiguen grandes logros. Sacando casos extremos como el del atleta japonés Inada, hay incontables ejemplos para ilustrar esta tendencia. Los CEO de las compañías del S&P 500 tenían en 2005 en promedio 46 años, contra 55 años en la actualidad. Desde 2001, la edad promedio de los actores protagónicos de Hollywood subió de 38 a 50 años (la última Indiana Jones se filmó con un Harrison Ford impecable a sus casi 80). Pasa lo mismo en los deportes: miremos las edades de esplendor de Nadal, Djokovic o Federer en tenis, de Messi y Cristiano Ronaldo en fútbol, por no hablar de las carreras de Le Bron James y otros basquetbolistas en la NBA. Pasa en ciencia, con un aumento notable en la edad promedio de los galardonados con el Premio Nobel, por ejemplo, lo cual no es casual en un concepto donde la acumulación de conocimiento hace que cada vez se necesiten más años para ser un experto y para lograr un aporte sustancial en una determinada disciplina.

Hagan la prueba de ver (o volver a visitar) grandes series de hace veinte años o más. Traten de adivinar la edad de cada actor o actriz, y luego sorpréndanse cuando en el guion se revela la edad del personaje que componen: probablemente sea de diez años menos de lo que uno le da con la lupa actual.

A mí me pasó con The Office, The Wire o Los Soprano, todas de fines de los 90 o principios de este siglo. Tony Soprano (el actor James Gandolfini) arranca la serie con cuarenta y pocos, y uno le daría 55 años o más. La falta total de conciencia de hábitos saludables (dormir bien, comer sano, hacer ejercicio, etc.) resuena en estos clásicos de la TV de manera más anacrónica que los cambios tecnológicos (que no haya celular, por ejemplo).

Gandolfini, dicho sea de paso, falleció en la vida real en Italia a los 51 años de un ataque cardíaco. Casi la mitad de los Cent’anni con el que él y sus colegas de la mafia de New Jersey brindaban en cada ocasión que lo ameritaba: significa, en italiano, “cien años” y en muchas regiones de ese país se utiliza como expresión para desear cien años de felicidad, salud, riqueza y amistad; por supuesto, acompañado por buena comida y bebida.

Una pequeña nota al pie: en las páginas que vienen van a encontrar salteada la expresión “50+” y “+50”: ambas son correctas. 50+ es la más usada y la que aparece en textos académicos de demografía, por ejemplo, para referirse a la población de más de 50 años. Pero, aunque suele utilizarse menos, “+50” tiene “mejor música” (esto es completamente subjetivo), así que, como diría Silvio Soldán (¡esta sí que es una referencia senior!): “Las dos a la final”.

Cent’anni: mentalidad centenaria

Cuando se abre la conversación sobre nueva longevidad, es muy común escuchar esta reflexión: “Prefiero vivir bien hasta los 80 años y no mal hasta los 100”. De lo que se trata es, justamente, de romper esta dicotomía, de entender que con todos los avances que estamos viendo en ciencias de la vida, hábitos, cambios de modelos mentales y de formas de pensar hoy tenemos muchas más herramientas para sumar décadas con calidad de vida. Y que la caja de herramientas en su mayor parte está integrada por ideas de costo cero, o muy bajo. Como diría un vendedor ambulante en el subte o colectivo: lleva precio, calidad y cantidad.

Un primer paso es empezar a construir un “mindset de longevidad” (varios de los capítulos de este libro van en esta dirección), que implica una planificación diferente, donde surgen distintas preguntas que llevan a otras respuestas. Esto pasa en todos los campos de la vida, pero un ejemplo muy claro es el del ejercicio físico. El médico Peter Attia, divulgador estrella en los Estados Unidos de la agenda de longevidad, habla del “decatlón centenario”: la mayoría de las personas entrenan para bajar su tiempo en la carrera local de 10 kilómetros, por caso, cuando uno podría preguntarse: “¿Qué tipo de rutina necesito para poder alzar a mi nieto a los 90 años, o para poder acomodar el equipaje en el compartimento de arriba en el avión en un viaje a los 95 años?”.

Yo le escuché desplegar este mindset de longevidad, mucho antes que Attia, al basquetbolista Juan Ignacio “Pepe” Sánchez, cuando lo entrevisté por primera vez para la revista dominical de La Nación, a mediados de la década pasada. Pepe es un laboratorio caminante de frontera de bienestar, prueba y hace absolutamente todo, se siente mucho más joven que cuando competía en la NBA: “Y no me refiero a nivel estético, el cuerpo cambia y está perfecto que lo haga. Las arrugas son un mapa de lo que vivimos y eso está buenísimo. Me refiero a nivel interno”, me dijo en una conversación larga antes del cierre de este libro. Hace años que no toma ibuprofeno y desarma dolores con meditación. Su objetivo es llegar con la máxima capacidad de disfrute y realización a los 90, 100 o la cantidad de años que le toque vivir.

Algo similar me dijo en una entrevista para uno de los capítulos el neurocientífico de Stanford Andrew Huberman. Con un mindset de longevidad, a la rutina de ejercicios “cardio” hay que combinarla con fuerza, con equilibrio (Huberman sigue haciendo skateboard) y con atención a la postura. El neurocientífico recomienda volver a saltar, algo que dejamos de hacer pasada la infancia: “Toda la gente que conozco que está increíble a los 80 conserva su capacidad de salto”, me contó.

Amabilidad

Cada estrategia de longevidad positiva va a ser muy personal, y por lo tanto distinta. Cada uno tiene diferentes cuerpos, dosis de energía, intereses. Pero hay algo seguro: si este es un plan para varias décadas, los cambios tienen que ser sostenibles, y por lo tanto su incorporación debe ser “amable”, como me resaltó la experta española en longevidad positiva Bárbara Rey Actis. De nada sirve una dieta imposible que dure una semana, u obligarnos a escribir con la mano “mala” (la que no usamos) para ejercitar otras partes del cerebro en un programa de brain gym.

El plan tiene que ser disfrutable porque, como remarqué en El futuro del bienestar, es muy difícil competir con la gente que se divierte haciendo lo que hace. Y por eso cobra mucho sentido enterarse, curiosear en la frontera y probar la mayor cantidad de movidas posibles, en la búsqueda de un nuevo set de hábitos, actitudes y pensamientos que hagan un fit natural con una estrategia personal, curada para cada uno, de longevidad positiva.

A mí me pasó con la práctica de cubo Rubik, que me sumó foco, atención, creatividad y memoria pero que, sobre todo, me divierte muchísimo y es la excusa ideal para compartir horas con mi hijo del medio, Nicolás, que es campeón nacional de Multi-blind (memoriza y resuelve más de 30 cubos a ciegas en menos de una hora).

Yo compito en cinco categorías (3 × 3, 2 × 2, Pyraminx, Skewb y Clock), y por ahora somos muy pocos +50. Como me dijo un amigo, cuando le conté que estaba en primeros puestos de Clock senior en Sudamérica, lo mío es algo parecido a lo de Daniel Scioli con la motonáutica, que era campeón mundial en una categoría en la que competían él y tres gatos locos más. Pero lo importante es disfrutar algo que hace muy bien, y que “no sabía que no sabía” hace poco tiempo. A fines de 2023, un fin de semana en el que Nico se fue a competir a Uruguay, me quise anotar en un abierto de La Plata (que luego se postergó), al que iba a ir por primera vez solo, “independizado” de mi hijo de 15 años. “Mentoría inversa”, que le dicen.

Día de la independencia

A fines de la década del 90 entré a trabajar como pasante en el suplemento Económico de Clarín. El diario estaba por entonces en su mejor momento de tirada (llegó a vender más de 1,2 millones de ejemplares un domingo de 1998) y el suple de economía de por sí tenía más páginas que todo el periódico en la actualidad. Decenas de colaboradores hacíamos cola todos los martes con nuestros sumarios para que nos “compraran” una o dos notas para encarar.

En el prólogo de Revolución senior conté cómo en esas esperas charlaba con colaboradores del suplemento Palabras Mayores, para la “tercera edad”, un espacio que dentro del diario era la “Siberia” (donde mandaban a los periodistas castigados, que no podían echar) y donde ninguna fuente quería salir. A pesar de la velocidad de cambio acelerada en las dos décadas siguientes, cuando quise escribir una tapa de la revista de La Nación en 2017 sobre “La próxima revolución inclusiva” (la etaria), también me topé con negativas a salir con nombre y apellido: tan grande y sólido es (o era, ya veremos por qué) el estigma de la vejez. Pero esta caja negra de prejuicios que asocian a la adultez con valores o cosas negativas también está empezando a resquebrajarse.

En la pospandemia me crucé con un amigo que me comentó que su mamá, de 73 años, se había anotado en una carrera larga en la universidad. Pensé que era un buen tema para una tapa del suplemento Sábado, lo propuse y tuitié para conseguir un par de casos más (así como dos números definen una recta, en periodismo tres casos y la opinión de un experto definen una tendencia).

Contra mi propio prejuicio, no tuve un par, sino decenas de casos que me acercaron de personas de más de 80 años que estaban terminando carreras tan difíciles como Matemática en la UBA (hay un capítulo que cuenta esta historia). Y en algunos aspectos el prejuicio se invirtió: noté que las personas con quienes hablaba se “sumaban” años: “tengo 82, pero el mes que viene cumplo 83”, con un orgullo por contar que estaban cursando una carrera a la edad más alta posible. Antes la gente en público se restaba años.

Esto me pasa seguido con Alberto Naisberg. “Estoy muy ofendido por un error imperdonable que cometiste cuando me citaste en tu nota”, me dijo en un mensaje de WhatsApp el año pasado, “pusiste que ten

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