El jardín del caballero (Pasiones prohibidas 3)

Alexandra Black

Fragmento

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Introducción

Ravenscroft Hollow, octubre de 1820

El cielo se había teñido de un ominoso gris oscuro, preludio de una tormenta que amenazaba con desatar su furia sobre la tierra. Las nubes, gruesas y pesadas, se arremolinaban sobre el paisaje como una masa plomiza, mientras el viento, con ráfagas heladas y erráticas, barría los campos y acantilados, silbaba entre las ramas desnudas de los árboles y arrancaba hojas muertas del suelo.

Patrick, de regreso a su hogar tras un largo día de cabalgata, espoleaba a su caballo, apremiado por la creciente violencia de la tormenta que se cernía sobre ellos. Cada trueno resonaba como un tambor de guerra, retumbando en el valle y haciendo vibrar el suelo bajo los cascos del animal. Las primeras gotas, gruesas y frías, empezaron a golpear la tierra, aumentando en número y velocidad hasta convertirse en una cortina de agua que nublaba la vista y dificultaba el avance. El caballo, nervioso por los destellos de los relámpagos que rasgaban el cielo con un blanco cegador, se encabritó de repente, lanzando a Patrick al suelo con un movimiento brusco y desesperado. El joven cayó pesadamente sobre la hierba mojada, con el aliento arrancado de sus pulmones en un jadeo doloroso. Aturdido, se incorporó con esfuerzo, sintiendo la lluvia helada penetrar su ropa y enfriar su piel.

Fue entonces cuando lo vio. Frente a él, apenas discernible entre las sombras y la lluvia, yacía un cuerpo inerte. El cabello oscuro del desconocido se pegaba a su rostro pálido y sin vida, y su ropa, empapada, se adhería a su cuerpo. El corazón de Patrick se aceleró con una mezcla de temor y curiosidad. Se arrastró hacia el cuerpo, ignorando el dolor de sus músculos y el frío que le calaba hasta los huesos.

Con manos temblorosas, extendió un brazo para tocar el rostro del hombre. Su piel era extraordinariamente cálida a pesar de la tormenta. Patrick sintió un impulso protector, una necesidad imperiosa de saber quién era ese extraño que el destino había arrojado en su camino. Y, de repente, la luz de un rayo iluminó el cielo y, por un instante, fue capaz de ver con claridad aquel pálido rostro.

—¡Alejandro! —exclamó, horrorizado—. ¡Cristo bendito! ¡Alejandro! ¿Qué demonios...?

Se acercó un poco más a él y se quitó el empapado abrigo con la intención de cubrirlo. Ni siquiera se le ocurrió pensar que aquel gesto era del todo inútil, puesto que no podía brindarle más protección de la que él mismo había recibido.

El viento ululaba a su alrededor, llevando consigo un lamento, como si la misma tierra llorara por aquel encuentro fatídico. La tormenta rugía, pero Patrick no apartó la vista del hombre, consciente de que, en ese momento, su vida había cambiado irrevocablemente.

Capítulo 1

Ravenshield Castle, 1822

Los primeros rayos de sol comenzaban a asomar sobre el horizonte, tiñendo el cielo con una delicada paleta de tonos rosados, anaranjados y dorados que desvanecían el azul profundo de la noche. Desde la ventana de su dormitorio, Alejandro contemplaba ese magnífico espectáculo con sorpresa y admiración. Había presenciado muchos amaneceres a lo largo de su vida, cada uno con su propio encanto, pero en esa ocasión le parecía diferente, aunque no lograba precisar exactamente por qué.

Los jardines, envueltos en la habitual neblina matutina, se extendían ante él. Los rosales, adornados con gotas de rocío, desplegaban sus pétalos buscando la caricia del sol, mientras los setos, cuidadosamente podados, empezaban a revelar sus formas esculpidas bajo la luz del sol naciente.

Alejandro abrió la ventana para refrescar el interior de la habitación y, al mismo tiempo, ahuyentar a los fantasmas que se escondían en las sombras y que lo habían acosado durante toda la noche bajo el amparo de la oscuridad.

Estaba sudando, pero aun así se había envuelto en una gruesa manta de lana. La usaba como si fuera un escudo protector, tratando de aislarse de los entes fantasmagóricos que no lo dejaban en paz. Sentía su corazón latir con fuerza mientras apretaba el tejido contra su cuerpo en un intento desesperado de encontrar seguridad en su calor y grosor. Sin embargo, ni siquiera esa cobertura parecía suficiente. A pesar de tener la manta cubriéndolo hasta la cabeza, un escalofrío helado recorrió su espina dorsal, haciéndolo temblar. El escalofrío no solo lo estremeció, sino que envió un hormigueo desagradable y persistente a su nuca, recordándole que esos seres seguían presentes, acechándolo desde las sombras.

Asustado, regresó a la cama con paso lento. Todavía se estaba recuperando, y caminar le suponía un esfuerzo agotador. Sin soltar la manta que lo envolvía, se tapó con los cobertores hasta la cabeza, dejando una pequeña abertura para los ojos y la nariz. Solo entonces se sintió realmente seguro y protegido.

Miró a su alrededor, buscando rastros de esos fantasmas. Temía que se abalanzasen sobre él si se descuidaba, si bajaba la guardia.

La habitación que ocupaba ahora había sido un pequeño y elegante salón con puertas que daban directamente al jardín, pero poco después de su llegada fue transformado en un refugio acogedor para él, dada su dificultad para moverse. Las paredes de piedra, robustas, estaban revestidas con paneles de madera oscura, decoradas con tapices que narraban la historia de algún caballero —probablemente algún ancestro de los Worthington—, creando un ambiente que le parecía pomposo y un tanto opresivo. En el centro de la estancia, la gran cama con dosel que ocupaba en aquel momento. Las cortinas de terciopelo rojo, pesadas y ricamente bordadas, caían con gracia y podrían haberle ofrecido un refugio si no le resultaran tan agobiantes.

La chimenea de mármol blanco, en reposo, aguardaba la llegada de un invierno que parecía lejano. Sobre la repisa, varios candelabros de hierro forjado sostenían velas consumidas, que él había apagado por temor a incrementar los gastos de su anfitrión. Un escritorio de roble macizo, cubierto de papeles, plumas y tinteros, se encontraba cerca de una de las ventanas. Aquel era el lugar donde su salvador ejercía la mayor parte de su trabajo en Ravenshield Castle. Desde aquella ventana podía observarlo cuando estaba en el jardín con Hugo, su cuidador, o hacerle compañía cuando el clima se mostraba caprichoso, impidiéndole salir a pasear.

A los pies de la cama, un baúl de cuero con herrajes dorados guardaba todas sus pertenencias. Sobre una mesa auxiliar, un jarrón de porcelana china albergaba las flores que una doncella había preparado para él. Pero, o bien habían perdido su aroma, o bien se había acostumbrado ya a él y no podía percibirlo.

Cerca de la cama, justo al lado de la mesita de noche, había un sillón orejero tapizado en el mismo color que las cortinas del dosel. Aquel era el lugar donde Patrick se sentaba para leer las últimas noticias en los periódicos —que solían llegar al castillo con varios días de retraso— o algún libro que había encargado a Londres porque no le apetecía leer los de la biblioteca.

La transformación del salón en dormitorio había sido meticulosa, asegurando que Alejandro pudiera moverse con facilidad por este o, en caso de que lo necesitase, que Hugo pudiera desplazar la silla de ruedas de un lugar a otro.

Era una habitación pensada al detalle para él, para facilitar su recuperación, pero Alejandro la sentía como una cárcel.

No era una persona desagradecida, todo lo contrario. Valoraba enormemente el esfuerzo de Patrick para lograr su mejora, pero eso no significaba que fuese lo que en verdad quería.

No recordaba nada del ataque, y lo que todavía permanecía en su memoria eran fragmentos del momento en el que habían matado a Sombra, el lobo que lo había acompañado durante muchos años y al que había criado él mismo, cargándolo en una bolsa que llevaba atada junto al corazón para que se sintiera seguro, alimentándolo cada dos horas con leche de vaca, en ocasiones mezclada con harina, porque no había encontrado a una madre sustituta que pudiera alimentarlo en condiciones.

Mantenerlo con vida había sido difícil, una odisea que no le deseaba a nadie. Pero había merecido la pena. Sombra era, sin lugar a dudas, el compañero fiel que cualquier hombre desearía. Y se lo habían arrebatado.

No sabía exactamente por qué había sido atacado con aquella violencia, pero tenía sus sospechas. No le gustaba tenerlas, no quería pensar que aquello era así, pero la idea se aferraba a su mente de un modo que no podía ignorar.

Al principio de su convalecencia lo recordaba todo con bastante claridad, pero Patrick —su salvador—, lo había confundido una y otra vez y había jugado con sus recuerdos hasta que había empezado a cuestionar si eran reales o simplemente algo que había conjurado su mente para justificar lo que le había pasado.

Durante dos años, se había abandonado a sí mismo buscando la muerte. Solo tras la visita de lord Hatman y Dominic, sus dos únicos amigos en Inglaterra, había decidido hacer algo por sí mismo. No porque realmente quisiera recuperarse, sino porque no quería morir tan cerca de ellos.

Al principio, apenas tenía fuerzas para moverse. Quería morir y punto. Odiaba a Patrick por obligarlo a vivir y por haber permitido que sus dos amigos lo vieran en aquel deplorable estado. Entonces era un cadáver que respiraba y cuyo corazón latía, pero en el que no había ni un ápice de vida. Aunque, después de pensarlo mucho, decidió que, si iba a morir, no sería en Ravenshield Castle, tampoco en Inglaterra, donde no tenía a nadie, sino en España, cerca de su familia. No le importaba acabar en una tumba anónima, pero quería morir allí donde estaban los suyos. Con suerte, ellos lo acompañarían en el más allá.

La recuperación estaba siendo más lenta de lo que había esperado. Ya asomaba pelo negro en el cráneo lleno de cicatrices, había ganado peso —poco, en realidad— y podía caminar por la habitación sin ayuda. Si quería pasear por el jardín, podía hacerlo siempre y cuando Hugo llevase la silla de ruedas, ya que se cansaba con facilidad y debía sentarse cada dos por tres. Pero los paseos eran cada vez más largos y lo alejaban cada vez más de aquella habitación, lo cual ya era un gran logro.

Ravenshield Castle era un castillo formidable, con sus altas torres y aquellas paredes que parecían haber nacido de la misma piedra del acantilado sobre el que se alzaba. Nunca había podido llegar al mirador que daba al mar, pues estaba demasiado lejos de la zona habilitada para él. Además, Patrick tampoco había permitido que Hugo lo llevase en la silla de ruedas. De hecho, se lo había prohibido terminantemente.

—No queremos que tenga ideas extrañas, ¿verdad? —le había dicho, dando por zanjado el asunto.

Por su mente no había pasado la idea de morir de una forma tan dolorosa. Pero eso a su carcelero parecía darle igual.

Las torres le parecían atractivas porque sentía curiosidad por lo que podía verse desde aquel lugar tan alto y porque en más de una ocasión había visto a Patrick contemplando el mar desde allí.

La imagen que se había formado de él en Wexfordshire Hall, el hogar del duque de Wexfordshire —y ahora de su amigo Dominic—, era muy diferente de la que había visto en Ravenshield Castle. Con él era el mismo tipo amable, un poco frívolo y a veces pícaro que había sido en Yorkshire. Sin embargo, los criados decían tenerle miedo y miraban a Alejandro como si fuera un bicho raro por haber conseguido que lo tratase con amabilidad.

Patrick no era un tirano. En sus interacciones con el servicio era distante, pero no había regañado a nadie por cometer un error —al menos no que él supiera—, aunque sí había cierta frialdad en su mirada que parecía atemorizar incluso a un hombre tan grande como Hugo. Esto quizá se debiese a algo que había sucedido con su anterior cuidador, pero él no conocía toda la historia, así que no podía asegurarlo.

A decir verdad, Alejandro nunca había visto una sola muestra de mal carácter de Patrick. De hecho, parecía ser una persona bastante jovial, hasta el punto de enojarlo de un modo que no podía expresar con palabras. Él, sumido en una tristeza profunda, no soportaba aquella alegría constante. Solo quería que lo dejase en paz con su aflicción y le permitiese un poco de soledad.

Era difícil explicarles a los demás cómo se sentía, ya que ni él mismo lograba comprenderlo del todo. Era como si su alma se encontrara sumida en una profunda penumbra sin motivo aparente. Como si una nube oscura y densa se hubiera posado sobre su espíritu, impidiéndole ver la luz del sol aunque este brillara con todo su esplendor. Esta nube no era visible a simple vista, pero sentía su peso en cada momento, haciendo que incluso las tareas más simples se tornaran pesadas y difíciles.

Aquella «melancolía» iba más allá de la tristeza pasajera que todo el mundo experimentaba de vez en cuando. Era una tristeza constante, una desesperanza que no se aliviaba con las alegrías cotidianas. Esto lo llevaba a sentirse siempre fatigado, sin energía para hacer nada, y las cosas que le proporcionaban placer y regocijo ahora le parecían vacías y sin sentido.

Su mente estaba llena de pensamientos sombríos y de desesperanza. No encontraba solución para sus problemas y el futuro le parecía tan oscuro como el interior de una mina. Incluso se sentía inútil o culpable aunque no hubiese una razón para ello.

¿Cómo explicar que no era solo una cuestión de ánimo, sino un padecimiento constante que afectaba tanto a su cuerpo como a su espíritu? No podía, sencillamente no podía.

***

El amanecer comenzaba a teñir el cielo con tonos rosados y anaranjados mientras Patrick regresaba a casa a caballo. La brisa fresca de la mañana rozaba su rostro, despejando ligeramente el efecto del vino que había bebido en la taberna tras una copiosa cena en la casa del vizconde de Greystone. Con su esposa en Londres preparándose para viajar a Devon en lugar de acompañarlo en Cornualles, el vizconde gozaba de las mozas de la zona y del vino igual que lo hacía cuando era joven. Los dos se conocían desde la infancia y, aunque no eran exactamente amigos, tenían una relación cordial y se llevaban bien.

Iba canturreando con alegría una canción que había escuchado aquella noche y que, debido a su obscenidad, jamás podría cantar en los salones de la alta sociedad, cuando escuchó el sonido de cascos de caballos en la distancia, rompiendo la tranquilidad de su paseo hacia Ravenshield Castle. Patrick tensó las riendas, agudizando sus sentidos. Antes de que pudiera reaccionar, tres figuras emergieron de la penumbra del bosque, bloqueando su camino. Sus rostros estaban cubiertos por pañuelos, dejando al descubierto solo sus ojos fríos y decididos.

—Alto ahí —gritó uno de ellos con voz áspera.

Patrick tiró de las riendas, deteniendo su caballo. Sus ojos buscaron una posible ruta de escape, pero pronto se dio cuenta de que estaba rodeado. Enseguida supo que no eran simples salteadores, pues su postura y la precisión de sus movimientos delataban un entrenamiento meticuloso.

—¿Qué queréis? —demandó Patrick, tratando de sonar más sobrio y seguro de lo que se sentía.

El líder de los atacantes no respondió. En cambio, desenfundó una daga larga y afilada. Sin previo aviso, los tres se lanzaron hacia él. Patrick, que solía ir armado cuando se alejaba de Ravenscroft Hollow, sacó su espada corta, listo para defenderse. Los primeros choques de metal resonaron en el aire tranquilo del amanecer.

Patrick luchaba con valentía, pero la desventaja numérica y su estado ligeramente achispado jugaban en su contra. Logró desviar un golpe dirigido a su pecho, pero no vio venir el corte fino que le abrió la mejilla. Sintió el ardor instantáneo y la cálida sangre resbalando por su piel.

Con un rugido de dolor y furia, Patrick co

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