BRUJAS, 1853
Peñaranda:
Esta familia, con razón considerada como una de las más antiguas y nobles de España, ha gozado de gran fama, y varios de sus miembros han ocupado los primeros cargos y las más altas dignidades en el Estado civil y en el Estado militar.
Toma su nombre de la localidad de Peñaranda, situada en Castilla la Vieja, que llegó a ser capital del ducado bajo el rey Felipe III.
El origen de su nobleza se pierde en las brumas de los siglos.
Nobiliare de Belgique, N. J. Vander Heyden, Amberes, 1853
Faltaba una hora para que amaneciera en el castillo Tilleghem de Saint Michel. La majestuosa edificación rectangular de cuatro plantas, con dos torres en sus vértices frontales más una central, y rodeada en su totalidad por una fosa más ancha que profunda, solo era accesible a través de dos puentes. En septiembre de 1873, conservaba su espléndido estilo medieval, con algunas modificaciones neogóticas dispuestas por sus nuevos propietarios, el barón Eugène de Peñaranda y a la baronesa Clotilde de Laage.
Mientras el castillo Tilleghem con su majestuosa historia se erguía tranquilamente bajo la luz de las estrellas, un suceso inminente estaba a punto de sacudir no solo sus antiguas paredes, sino también de capturar la atención de toda la realeza europea.
Su emplazamiento, a cinco kilómetros al sur de Brujas, lo ponía a resguardo del ajetreo característico de las aglomeraciones. Esta próspera ciudad belga había tenido su época dorada como activo puerto en la Edad Media. El protagonismo comercial fue disipándose hasta que una vez más se vio favorecida, en el siglo XIX, gracias al desarrollo del ferrocarril. Brujas volvía a estar en el mapa de los viajeros, y el castillo Tilleghem realzaba la severa hidalguía de aquel rincón del noroeste de Bélgica, una nación en pleno proceso de cambio industrial y social.
En la segunda planta del chateau, el barón de Peñaranda disfrutaba de su acogedora sala de fumar, un rincón en el que las paredes estaban adornadas con tapices bélicos, y los muebles de caoba, siempre brillantes, generaban un armonioso contraste con las molduras doradas. Uno de los mayores placeres del barón era ingresar a la sala y sentirse invadido por su aroma penetrante de cuero y tabaco. Desde allí, minutos antes del amanecer y luego de resolver alguna correspondencia, se permitía encender un puro en su mullido sillón predilecto, herencia del abuelo paterno, y deleitarse con los primeros rayos de sol sobre el parque, que se perdía en un verde de ochenta hectáreas. No podía evitar transportar las imágenes de los tapices a su jardín y dirigir con su imaginación los movimientos de aquellos guerreros del pasado. Cuando la baronesa Clotilde lo encontraba absorto, perdido en sus pensamientos, lejos estaba de suponer que lo que paralizaba a su marido no eran urgentes negocios sino un simple juego de soldados de ensueño.
Como todas las mañanas a las seis, el 4 de septiembre de 1873 el barón se dirigió a su refugio de sosiego. Pero se topó con una novedad. Por primera vez en los quince meses que llevaba en el castillo, la puerta de la sala de fumar estaba cerrada. No tenía sentido. Se resolvió que un lacayo y un jardinero, munidos de una larga escalera y con sumo cuidado, ingresaran por la ventana que daba al jardín para poder desbloquear la puerta.
Los dos empleados lograron acceder al ambiente desde el muro exterior. El problema estaba resuelto, pero la sorpresa sería mayor. El barón de Peñaranda había sido víctima de un gran robo. Salvo algunos papeles quemados y un par de ganchos en el piso, la sala no mostraba signos de violencia. Habían desaparecido acciones nominativas, bonos al portador, joyas, billetes y monedas de oro. El monto se aproximaba a los 85.000 francos, dinero suficiente para darse gustos durante unos diez años o más. Monsieur Eugène, conocido por su elocuencia, quedó encerrado en un nervioso silencio. Las palabras lo abandonaron, a la vez que sus ojos vagaban por las paredes y el techo de la sala, tratando de encontrar la entrada clandestina a su preciado espacio. La luz del amanecer se pintaba en los tapices y traía consigo el sonido de pasos apresurados: la policía, alertada por la noticia del robo, estaba a punto de cruzar el umbral del castillo Tilleghem.
Los agentes que respondieron al llamado se dedicaron a recopilar evidencia para reconstruir el robo. Una prolija observación permitió dar con dos escaleras en la profundidad del foso y algunas sogas, que se sumaban a los papeles quemados y a los ganchos. Al unir las piezas sueltas, los investigadores determinaron que los ladrones habían trepado hasta la ventana empleando las dos escaleras, atadas con cuerdas para duplicar su altura. Era indudable que intentaron quitar la ventana con prolijidad, pero fallaron. Entonces, los delincuentes optaron por quemar parte de la madera y así lograr que cediera, haciendo palanca con un formón. Una vez consumado el robo, trabaron la puerta que comunicaba la sala violentada con el pasillo principal y escaparon por donde habían entrado.
A medida que la policía tejía con oficio los hilos de la escena del crimen, una incógnita sobrevolaba a los presentes: la identidad de los ladrones. El flujo de la investigación estuvo a punto de estancarse, pero un hallazgo providencial proporcionó el punto de partida necesario para desentrañar el enigma.
En los matorrales, no muy lejos de donde habían descubierto las escaleras, se encontró una papeleta rectangular. Era un boleto de tren que tenía la fecha “2 de septiembre”. Cubría el viaje de noventa kilómetros desde Bruselas hasta Brujas. Ese papel se convirtió en la pista que guió por el buen camino a los detectives. Con la esperanza de que el boleto fuera la llave del misterio, se dirigieron rápidamente hacia Bruselas, decididos a rastrear al enigmático pasajero.
De los interrogados en las adyacencias de la estación, fue Charles van Kuyck quien les proporcionó una información clave. El día 2, un joven le había consultado dónde adquirir una escalera para pintar. Juntos concurrieron al almacén de Mathilde Vanlerberghe. Cuando el sujeto vio el tamaño de la escalera que le ofrecían, se desalentó. Pero finalmente dijo: “¡Bah! Se las arreglarán lo mejor que puedan, solo hay que atarlas”. Compró dos y, además, contrató a Van Kuyck para que las llevara a la estación y las despachara a Brujas. Escribió el nombre del destinatario (señor Carlier) y el del remitente (señor Dorbourg, hotel de Hollande en Amberes). Si bien los datos eran falsos, Van Kuyck actuó de buena fe y realizó el envío.
Los agentes obtuvieron una descripción detallada del enigmático comprador: rondaba los veinticuatro años, era alto, delgado, pálido, de ojos azules, con pelo castaño, barbilla larga y bigotitos negros. Se destacaban sus dedos largos, al igual que sus uñas. Tenía una voz suave y agradable. El aspecto general evidenciaba que pertenecía a la sociedad acomodada. Armados con una descripción del comprador misterioso, los agentes telegrafiaron a Brujas. Era hora de confrontar al barón y la baronesa Peñaranda con estas revelaciones, con la esperanza de que la imagen descrita pudiera iluminar la identidad del ladrón.
Eugène y Clotilde estaban convencidos de que los rasgos enunciados correspondían a Gustave Minnaert, un joven soldado que visitaba a menudo a Auguste de Laage, padre de la baronesa. Los pasos a seguir no ofrecían dudas: los auxiliares de la Justicia debían arrestar a Minnaert, obtener su confesión y presentarlo ante quienes lo habían descrito para su debido reconocimiento. Así se resolvería el caso.
Sin embargo, cuando todo indicaba que las piezas encajaban, el barón recibió una carta que no solo establecía que la pista de Minnaert estaba completamente errada, sino que señalaba a un nuevo e inesperado sospechoso.
CAUSA PERDIDA
La majestuosa capilla de la Nunciatura de Bruselas se había transformado en un escenario de opulencia desbordante, el 12 de abril de 1853, para recibir a los distinguidos contrayentes. El ilustre vizconde belga, Eugène de Kerckhove, doctor en Derecho y condecorado por sus servicios como encargado de negocios del emperador de Turquía, aun en sus relucientes 35 años, imponía su presencia en la entrada de la capilla. Su destacada hoja de servicios incluía desde roles relevantes en Estocolmo hasta su posición como primer secretario de la Legación en Constantinopla. En su uniforme de gala, el novio ostentaba variadas distinciones, entre las que se destacaban la Rosa de Brasil, la Legión de Honor y la Orden de los Cuatro Emperadores de Alemania.
A su lado, la encantadora Émilie de Peñaranda, de tan solo veintiún años, hermana del barón Eugène de Peñaranda, aportaba juventud y gracia a la ceremonia. La combinación de la experiencia de Kerckhove con la frescura y el encanto de Émilie equilibraba la solemnidad de la nobleza con la vivacidad de la juventud. Esta unión lograba dar vida a un matrimonio aristocrático de completa armonía y larga duración.
La prole fue numerosa. Una docena de vástagos adornaron el cuadro familiar, según los registros genealógicos y nobiliarios europeos. Sin embargo, suele omitirse al primogénito, nacido en Bruselas el 22 de mayo de 1854. Se llamó Marie Joseph François Louis Alphonse de Kerckhove. Sus padrinos de bautismo fueron su abuelo paterno (solo sus condecoraciones abarcarían tres largos párrafos) y su abuela materna, Rosamond de Spong, también de una familia distinguida.
Desde la cuna, Alphonse tuvo a su disposición todas las comodidades y una educación completa que incluía los exquisitos modales para manejarse en el encumbrado mundo social que lo rodeaba. Pero su adolescencia se volvió agitada. En su entorno lo calificaban de irritable, apasionado, fogoso y exaltado. Preocupaba a sus hermanos que hubiera comprado un revólver más una excéntrica daga y que vociferara sus deseos aventureros de viajar a América, renegando del título nobiliario que alguna vez le correspondería heredar.
Para el vizconde Eugène de Kerckhove su primogénito era una causa perdida. A nadie sorprendía que Alphonse comiera en su cuarto y rara vez se presentara en la mesa de la mansión en Malinas, a veinticinco kilómetros de Bruselas. En 1873, su rebeldía se potenció al iniciar una relación sentimental desaprobada por sus padres.
El romance había comenzado a tomar forma cierta vez que acompañó a sus hermanos menores, Eugène y Vincent, al hogar de los De By. Eran compañeros escolares de los varones de la casa. El grupo familiar estaba compuesto por el taciturno señor De By, hombre huraño, de poquísimas palabras, que se encerraba en un cuarto con su taza de té y parecía más un inquilino que un integrante de la familia. Su esposa, Céline Mohimont, que se mostraba como la antítesis de su marido: era activa conversadora y, sobre todo, ambiciosa. Era una mujer de marcada elegancia, figura esbelta, piel apenas pálida y ojos avellana, siempre centelleantes, que se jactaba de su cabellera oscura como la medianoche, recogida en un rodete cuidadosamente trenzado. Los tres hijos del matrimonio, Paul, Adolphe y la joven Desirée, muy parecidos entre sí, heredaron los rasgos físicos de la dama del hogar. Completaba el cuadro la viuda Mohimont, la madre de Céline, mujer dócil y simple, aunque con su pelo gris ceniza, la nariz aguileña, los ojos vivaces y el cuerpo encorvado aterraba a los niños del vecindario.
La directora de la orquesta familiar era, sin duda, Céline. Ella fue quien tuvo la idea de entrelazar a la poderosa familia Kerckhove con los De By a través de sendos matrimonios. Su hijo Paul se casaría con Marie Émilie, una de las Kerckhove, a la vez que Alphonse contraería enlace con Desirée De By. Si el plan de la dama resultaba, uniría a los suyos con una de las principales familias de Bélgica. Compartió el proyecto con su áspero marido, quien no tuvo mucho que aportar. Lo conminó a obtener un préstamo para comprar tierras y así poder presentarse ante los Kerckhove como latifundistas. Sin embargo, el hombre no pudo lograr nada.
Mientras Céline movía los hilos de la trama, el joven Alphonse visitó en Brujas a su tío materno, el poderoso barón de Peñaranda, aprovechando un par de semanas de vacaciones. Era el verano de 1873. La hospitalidad de los parientes en el exclusivo castillo fue completa. El caballero Eugène no tenía prole, y el hijo mayor de su hermana Émilie era una compañía bienvenida.
Este encuentro veraniego proporcionó a Alphonse información privilegiada sobre la vida y rutinas de los habitantes del chateau Tilleghem. En cuanto regresó a Malinas, el candidato a yerno conspiró con la futura suegra para llevar a cabo el robo a los Peñaranda de Brujas.
EL ROBO EN TILLEGHEM
El plan era sencillo. La tarea de ejecutar el robo recaería en Alphonse, quien poseía el conocimiento detallado: sabía qué ventana debía franquear, en qué parte inferior de la mesa se escondía la llave y cuál era el cajón del escritorio donde se resguardaban los valores. En cuanto a Céline, aportaría el dinero para facilitar la compra de la escalera y el resto de las herramientas.
Se presentaba una última cuestión a resolver: la coartada. Debían asegurarse de que Alphonse no pudiera ser relacionado con Brujas durante la noche del robo. El joven debía trasladarse de Malinas a Bruselas (25 km) y de allí a Brujas (90 km), sustraer los valores y regresar sin despertar sospechas. Era complicado, pero hallaron una solución ingeniosa. Alphonse convenció a su futuro cuñado, Adolphe De By, para que tomara su lugar en la residencia Kerckhove. Adolphe se hallaba físicamente deshonrado, era tuerto, poco inteligente y con facilidad se convertía en juguete de los demás. De todos modos, el papel que le tocaba interpretar no parecía ser complejo, si se tiene en cuenta que Alphonse Kerckhove solía pasar horas encerrado en su cuarto y rara vez bajaba al comedor a la noche. Por lo tanto, bastaba con que el muleto de Alphonse se quedara en el dormitorio. Le había prevenido que hacia las siete u ocho de la tarde un criado le traería su cena habitual, una taza de leche, en la habitación contigua y que en ese momento tendría que bostezar para hacer notar su presencia. Además, tenía que deshacer la cama y usar la palangana, obligando así al personal a realizar los cambios habituales y evitar sospechas.
Convivieron veinticuatro horas para ajustar los detalles. Aprobada la simulación, el 1 de septiembre se puso en marcha el plan. Céline y Alphonse se citaron en la estación de tren de Malinas. La suegra le entregó una bolsa gris con herramientas, ganchos, una máscara de muselina que ella misma confeccionó, más algo de dinero.
Al día siguiente, ya en Bruselas, Alphonse compró las escaleras y las hizo despachar a Brujas, mientras él mismo abordaba el tren como un pasajero más, con su boleto de viaje, el cual se encontró luego cerca de la escena del robo. Finalizado el trayecto, durante la noche del 3 de septiembre algunos curiosos avistaron a un joven esbelto que caminaba pesadamente, llevando con dificultad dos escaleras, por el sendero que conducía a Saint Michel y al castillo Tilleghem.
Alphonse llegó sigiloso antes de la medianoche. Su primer propósito era asegurarse de que su tío y el principal sirviente, una suerte de mayordomo, descansaran sin sobresaltos. El único que lo recibió con entusiasmo fue el perro, que, tras un breve desconcierto inicial, agitó la cola al reconocer el olor del simpático sobrino del barón, quien había visitado la mansión unas semanas atrás.
Con destreza, armó la doble escalera en la penumbra, se enfundó la máscara de muselina y se lanzó a la ascensión hasta el cuarto del barón. Con extrema precaución acercó su rostro al marco de la ventana y constató que dormía. Era el momento de iniciar el robo, pero la fatiga lo venció. Decidió descansar y desechó la máscara que le impedía respirar con comodidad y le perjudicaba la visión.
Recuperado, trepó el muro a la una de la madrugada y trabajó con paciencia para forzar la ventana, pero ésta no cedía. Sin perder la calma, optó por un plan alternativo. Con un taladro manual hizo agujeros en el marco de madera e introdujo cerillas largas encendidas para debilitar la estructura. La combustión fue rápida, y Alphonse tuvo que actuar con destreza para evitar un incendio significativo.
En cuanto penetró en la sala, apagó el fuego, subió la bolsa gris que colgaba de la escalera mediante una cuerda y la llenó con los objetos de valor. Su conocimiento sobre el escondite de la llave resultó innecesario porque el gabinete estaba abierto. Tomó los valiosos objetos, los depositó en la bolsa y se retiró rápidamente del lugar. Aprovechó el foso del castillo para deshacerse de las dos escaleras y las sogas y así eliminar los rastros de su intrusión. Por fin, abordó el tren expreso con destino a Bruselas, que partió a las cinco, dos horas antes del amanecer. Mientras los residentes del chateau se alborotaban por el robo, el astuto sobrino del barón viajaba con su precioso botín hacia Bruselas. Solo restaba completar la última fase luego de aquella intrépida incursión a la residencia de sus tíos. Allí empezarían los problemas.
MAL PASO EN BRUSELAS
Alphonse recorrió todo el trayecto a Bruselas manteniendo su rostro oculto tras un sombrero de paja; asimismo, evitó cualquier contacto visual con los demás pasajeros. Una vez en la capital belga, tenía que encontrarse con la viuda Mohimont, quien solía visitar la ciudad los jueves. Eso era todo lo que debía hacer. Sin embargo, el cóctel de adrenalina e impunidad lo llevó a cometer un error crucial. Imprudentemente, acudió a un cambista de la ciudad con la intención de deshacerse de las acciones y obtener francos. El agente bursátil le hizo un par de preguntas —que el joven no supo contestar— y le señaló que esos títulos eran difíciles de negociar. Con fastidio, el precoz delincuente se retiró del escritorio del experto en divisas, alegando que había olvidado otras acciones y que regresaría más tarde. Nunca volvió. Se encontró con la viuda Mohimont y le entregó la bolsa. El ladrón viajó a Malinas aliviado, ya que el botín era transportado en el mismo tren por una mujer que jamás despertaría sospechas.
A resguardo en el hogar de los De By, Céline y Alphonse ocultaron el producto del robo en una gran olla de cobre con tapa. Tal cual lo habían proyectado, enterraron el caldero en el jardín. Luego Alphonse regresó a su casa para relevar a Adolphe de la tarea de ocupar su lugar. Todo había transcurrido según lo planeado; nadie se había percatado de su ausencia ni de la sustitución por uno de los De By. Lejos estaba de ser el robo perfecto, pero la planificación había mostrado ingenio.
Aun así, el boleto que conectaba a Brujas con Bruselas se convirtió en una valiosa pista para los investigadores. Primero descubrieron la compra de las escaleras. Después, dieron con el agente bursátil. Pero fueron los propios integrantes de la banda quienes terminaron aportando las pistas contundentes.
Paul De By sentía celos de Alphonse. Anhelaba tener un papel destacado en el robo, pero fue descartado tempranamente porque padecía una notoria cojera que lo habría delatado. También se sintió marginado en el momento en que enterraban el botín. En silencio, gestó su venganza. Un par de noches después, mientras todos dormían, desenterró la olla de cobre y tomó la quinta parte, que consideraba que le correspondía.
El hurto se descubrió al día siguiente, cuando yerno y suegra se disponían a hacer el reparto. Paul confesó su delito pero se negó a revelar que lo había escondido sobre una viga del desván de la casa. Furioso, Alphonse tomó hasta el último centavo de lo que aún quedaba y se retiró maldiciendo. Los De By habían dejado de ser dignos de su confianza.
Pero había algo más. En el hogar de los Kerckhove las conversaciones giraban constantemente en torno del robo al pariente en Tilleghem y, sobre todo, se conocían los detalles de la pesquisa. Por ejemplo, que los policías buscaban a los responsables, no en Brujas, sino en Bruselas. La carga de culpabilidad pesaba tanto en Alphonse que sentía que sería capturado en breve. También era posible que Paul De By lo delatara.
Entonces, el joven Kerckhove decidió huir, sin imaginar que su cambio lo pondría en la senda de uno de los grandes sucesos delictivos de su tiempo.
LA FUGA
Alphonse no perdió tiempo en despedidas; se dirigió directamente a Tournai, al borde de Francia. Antes de abandonar el hogar, le escribió una carta a otro de sus tíos, el reverendo padre jesuita Léopold de Peñaranda. En ella le confiaba su determinación de huir del oprobio que supondría una detención y un juicio, deshonras que ni siquiera una absolución podría borrar. Narraba cómo, al volver de las vacaciones en Tilleghem, se encontró bajo la insistente presión de Paul De By y su madre, empeñados en que compartiera cada detalle acerca del chateau del barón. Y admitió que, finalmente, confundido por los efectos del vino, cedió y les trazó un bosquejo de las salas de la mansión.
De esta manera, Alphonse se retrataba a sí mismo como una inocente presa de las intrigas maquinadas por los De By, autores materiales del robo. Aseguró que recién al día siguiente de consumado el delito tuvo conocimiento de lo que habían hecho, y expresaba su vergüenza y su decisión de distanciarse de Bélgica y de su entorno familiar, no sin antes señalar a los verdaderos culpables. A medida que Alphonse dejaba atrás los campos de Bélgica, las repercusiones de sus actos iniciaban un viaje en sentido contrario, rumbo al castillo ultrajado.
El barón Eugène rompió el sello de la carta que le envió su hermano Léopold. En su interior encontró una escueta nota del mismo, a
