uno
Mi madre es divina y suicida, como las mujeres norteamericanas de los años cincuenta que se cansaban de sus maridos y metían la cabeza en el horno en el que iban a hacer la tarta de cumpleaños. O que se atiborraban de barbitúricos. Ya no se pueden conseguir los barbitúricos debido al brutal número de suicidios que los pusieron de moda. Pienso mucho en esas mujeres: no querían casarse, y se casaron; no querían tener hijos, y los tuvieron; no querían jabón para abrillantar suelos, y lo terminaron comprando. Mi madre no soporta ese desfase entre lo que quiso y lo que tuvo. Supongo que en eso nos parecemos. Yo no quería una madre como ella, y es todo lo que tengo.
Lo que tuvo mi madre fue un conflicto demasiado pronto. Se quedó embarazada a los dieciséis. Y a los ocho meses quiso tirarse por un puente. Ahí estábamos: ella y yo dentro de ella. Con los coches pasando por debajo. Durante un segundo las dos estuvimos muertas. Soltó una de las manos y se inclinó hacia delante. Ahí estuvimos muertas. Algo instintivo y mamífero la hizo balancearse hacia atrás y fue cuando empezamos a estar vivas. «Me diste una patada», me contó mucho después, «y pensé que era mi corazón que había vuelto a latir. Pero ya ves, solo eras tú».
No deja de resultarme fascinante que nuestra relación se iniciara antes de que yo naciera. Ya en ese puente las dos gestamos nuestros roles. El ratón y el gato. El coyote y el correcaminos. He tenido que darle muchas patadas después para que respirara, para que vomitara, para que abriera los ojos y me diera de comer.
Ahora las patadas son cada vez más suaves: una llamada a la clínica para desearle buenas noches, un par de visitas a la semana. A veces, una caja de bombones. Algo de ropa nueva. Unos pendientes que puedan pasar el control, carísimos pero diminutos, con los que ni un bebé pueda atragantarse.
Como hoy he venido corriendo desde casa de Diana, lo único que traigo es el sudor pegado a mi piel. Nada más entrar me dirijo a la enfermera que está en la recepción. Me reconoce perfectamente porque una vez mi madre montó una escena en el hall y tuvieron que separarnos. Rompió alguna de las macetas y un reloj y ese mes la factura me subió al doble. La forma de disculparse de mi madre fue diciendo «pero ahora ha quedado más bonita la sala, ¿no te parece?». No hace falta que abra la boca, porque, en cuanto me ve llegar, la enfermera se me adelanta.
Si te lo estás preguntando, no le pasa nada. Tu madre está en el jardín, como siempre. Y también me dice, alzando un poco la ceja izquierda y poniendo la voz grave, ¿quieres que te acompañe alguien?
Mi madre solo es peligrosa consigo misma y normalmente sabe comportarse, pero a veces le dan ataques de rabia incontrolables. No sé cuántas noches ha pasado ya internada en la Unidad de Agudos desde que está aquí. «Imagínate una pantalla con interferencias», me dijo una vez su psiquiatra, «algo así le ocurre al cerebro de tu madre por dentro. Se le descompensan los niveles de serotonina y la medicación no puede controlar siempre esas bajadas». Dibujó una montaña y señaló el pico y luego lo hizo descender hasta el final de la hoja. Yo miraba el boli pensando que no iba a terminar nunca.
No hace falta, le respondo a la enfermera. Todo va a ir bien.
No hay teléfono en el jardín, por eso mi madre se pasa allí el tiempo. Y por eso mi madre no contesta nunca cuando le devuelvo una llamada media hora después. Y siempre cabe la posibilidad de que esté muerta. Casi lo consigue una vez aquí dentro. Descubrió que podía guardarse las pastillas en el hueco de una muela y tragar solo el agua. Engañó a los enfermeros, que veían en mi madre a un cordero dócil y servicial. Luego reunió unas cuantas pastillas y se las metió de golpe. Me llamaron para decirme que le estaban haciendo un lavado de estómago de urgencia. Desde entonces le hacen abrir la boca después de tragar. Revisan caries e incisivos.
El jardín es una especie de paraíso perdido. Es lo primero que vi en el panfleto cuando decidí traer a mi madre aquí. Lo segundo que vi fue el precio. No mato ancianas por gusto, si es lo que te estás preguntando.
Por fin, dice mi madre cuando me ve, y agita los brazos para que me acerque. ¿Por qué no contestabas? Pensaba que te habías muerto.
Está sentada en uno de los bancos al lado de Silvia, una mujer rubia y tímida en lo externo, pero agitada y muy suicida en lo interno. Después de conocerla, mi madre me cotilleó que su primer intento de suicidio había sido con pastillas para dormir y que Silvia lo llamaba su escándalo de verano. «Tampoco fue tan escandaloso», me dijo mi madre, haciendo un gesto de indiferencia, «solo eran Diazepames». Creo que se olieron y que por eso se hicieron amigas. Los perros huelen la regla, y mi madre, las hormonas suicidas que flotan en el aire.
¿Qué ha pasado?, pregunto.
Le estaba contando a Silvia lo de la abuela. ¿Tú te acuerdas de cómo se murió?
¿Cómo?
Que si te acuerdas de cómo se murió.
Miro primero a Silvia para intentar entender y luego a mi madre, que me observa con cara divertida.
¿En serio me has llamado para que te diga cómo se murió la abuela? ¿Diez llamadas perdidas para eso?
Me gusta recrearme.
Sí que le gusta. Le encanta. Lo necesita. Además, mi madre nunca olvidaría la muerte de la abuela ni aunque le hicieran una lobotomía, la lleva tatuada en cada poro de su piel. Me retira la mirada y se la entrega a Silvia.
Prácticamente de la noche a la mañana desapareció, como un insecto.
Y, mientras lo dice, se da un golpe en el brazo para espantar algo.
¿Un infarto?, pregunta Silvia.
No, un tumor, contesta mi madre. Pero tuvo suerte. La fulminó.
Ya quisiéramos nosotras uno de esos, dice Silvia.
Ya ves. Las más afortunadas son las que menos lo merecen, dice mi madre y empiezan a reírse.
Yo las miro y sé que ya no estoy ahí, que soy la persona a la que no han invitado a la fiesta de pijamas suicida y mira todo desde una ventanita aparte. La cabeza me quiere estallar. Me siento idiota habiendo venido para nada.
No vuelvas a hacerlo, ¿vale?, le digo a mi madre. No me llames por la mañana si no es importante. Estaba trabajando y me he preocupado. He dejado a una anciana sola para venir a verte.
Y entonces la mirada de mi madre me atraviesa.
Ah, escucha esto, Silvia, es divertido. Mi hija cuida viejitas, ¿sabes? Las saca a pasear, les da de comer, les limpia el culo. A mí me deja tirada y a ellas les limpia el culo. ¿Qué te parece?
Que te jodan.
Es lo último que digo antes de que mi madre se levante y me dé una bofetada. Las palabras caen al suelo como una estela. No, qué va, las palabras caen una a una al suelo como los dientes de un boxeador en el ring.
dos
En casa de Diana le pido una bolsa de hielo. Tiene guisantes congelados. Cuando me da la bolsa pienso en que nadie se comerá esos guisantes, que mañana uno de sus hijos, el pequeño, los cogerá de la pila, los sostendrá en alto intentando descubrir por qué coño sacaría eso su madre antes de morirse y los tirará junto con un montón de cosas que todavía hoy son un tesoro para Diana. De repente quisiera llevármelos conmigo. Hacerle la promesa de que los comeré.
¿Y dices que eso te lo ha hecho tu madre?, pregunta Diana.
Asiento y, mientras lo hago, me coloco la bolsa en la mejilla izquierda. He venido con la marca de la mano de mi madre pegada a la cara como un incendio. Es lo primero que ha visto Diana cuando me ha abierto la puerta.
Mira, toca, digo. Quema.
Pero, al poner su mano sobre mi mejilla, siento alivio. Está fría. Está helada. Está como están las cosas que van a morir pronto. Han pasado cinco horas desde que empezó a beber el zumo y las primeras reacciones tienen que estar a punto de manifestarse. Espero palpitaciones, confusión, espasmos, pupilas dilatadas. «Mamá quería cenar guisantes», dirá el hijo pequeño mañana dándose la vuelta en el asiento de copiloto de camino al tanatorio, sobresaltado por el descubrimiento. «Guisantes, ¿sabéis?». Y también dirá «¿no os parece un poco triste?». Aunque tal vez no diga nada y eso sí que será triste.
Todavía con la mano sobre mi mejilla, Diana me mira a los ojos y deja de sonreír.
Sí que está caliente. Imagino que te duele mucho. Luego la aparta y se sienta en una de las banquetas de la cocina. No me está mirando a mí, mira al suelo o a un recuerdo que se ha quedado pegado en el suelo. Yo a mis hijos no los toqué jamás. Pero hay algo en el fondo, ¿sabes? Una decepción que quisieras poder trasmitirles. Es fácil perder los papeles.
Una vez, una de mis ancianas me confesó que no había querido nunca a «esos pedazo de hijos de puta», así los llamó. Yo estaba por inyectarle una dosis desproporcionada de insulina y esperé un rato porque quería escuchar la historia. Años sin ir a verla. Sablazos a su cuenta corriente. Lo veo cada día. Cría cuervos y.
¿Estás bien?, le pregunto a Diana para sacarla de donde quiera que se le hayan metido los ojos.
La verdad es que no, no me encuentro muy bien y he llamado a mi hijo. Al mayor. Tiene su
