Prólogo
Estimado lector que te asomas a este cautivador enjambre de páginas titulado El enjambre, espero que estas breves y modestas líneas sirvan de digna introducción a un libro valioso por tantas cosas; siendo la principal entre ellas el hecho de que entre sus cubiertas late y vibra la personalidad, la experiencia madurada y, en fin, el alma entera, de una persona irrepetible como es mi querido amigo Manuel Medina.
Prologar este libro, quizá el más autobiográfico de todos los que ha publicado, es una tarea que emprendo gustoso no solo por corresponder a la petición de un amigo, sino por los méritos intrínsecos del volumen que el lector tiene en sus manos. De entre ellos cabe señalar el retrato certero de un Madrid conmovedor, el de la década inmediatamente anterior a la Transición, con sus contradicciones y sus zonas de sombra, pero también con la vida irreprimible de una ciudad que recibió por aquellos años a centenares de miles de españoles de las cuatro esquinas de la península —entre ellos, por supuesto, el propio Manuel— y, en el proceso, cambió su fisionomía social y humana para siempre, sentando las bases del luminoso Madrid que disfrutamos hoy en día.
No es tarea fácil contar con ojo agudo el bullir de aquellos años y, haciéndolo tan brillantemente, creo que puede incorporarse el nombre de Manuel Medina al elenco de juristas que han sabido compaginar la toga con la pluma con análogo mérito. Por lo demás, este su último libro parte del más justificado de los impulsos que pueden llevar a alguien a ponerse a escribir: el esfuerzo por transmitir lo recibido, por luchar contra el olvido de todo aquello que se considera valioso.
Y también la voluntad de contagiar la emoción porque, en efecto, como el mismo autor confiesa en las primeras páginas de este libro —su verdadero pórtico más que esta somera presentación— a Manuel le ha movido «la sensibilidad de contar algo que llegue al alma del que lo esté leyendo». Y más adelante, reincidiendo en la misma idea: «Escribir es la forma de dejar constancia del sentimiento del alma».
Desengáñese el lector: no encontrará en El enjambre ni ajustes de cuentas, ni resentimiento alguno. Al contrario: todo el relato está presidido por un optimismo tenaz, por una permanente voluntad de quedarse con lo positivo. Aunque no falten momentos de justificada amargura, como no puede ser de otra manera en un texto sincero.
El enjambre también es el testimonio de un miembro de la generación que hizo y vivió con tanto anhelo de libertad la Transición. De hecho, considero que su lectura será a buen seguro especialmente provechosa para todos aquellos que crecimos ya en democracia. La razón de esto es que el retrato que dibuja el autor de lo que sucedió en aquellos años no es como el que se puede encontrar en los libros de historia; no tiene nada que ver tampoco con las reflexiones de los análisis de teoría política, con todo lo valiosos que tanto unos como otros son, por supuesto. No: el relato de este libro es vital, es una narración que cuenta aquellos trascendentales años como Galdós contó la guerra de la Independencia en sus inmortales Episodios Nacionales; es, en definitiva, un relato a flor de piel, con el aroma de las calles, las conversaciones de los bares y las reflexiones de un fino observador que va hilvanando valiosas intuiciones junto a los acontecimientos.
No quisiera dejar de mencionar la que considero una de las principales virtudes de esta obra porque en la biografía humana que se vislumbra a través de estas páginas se esconde una lección importante, una lección especialmente valiosa en los tiempos que vivimos.
Y la lección de la que hablo es esta: nada se resiste a la voluntad tenaz de una persona con una meta decidida. Esta gran verdad, que palpita en estas páginas y que encarna el Manuel Medina de carne y hueso que todos sus amigos tenemos el privilegio de conocer, es incontrovertible. Desde una perspectiva vital diferente en muchos aspectos a la suya puedo asegurar hasta qué punto esta aseveración es una certeza insoslayable y por ello quería subrayarla como una de las principales aportaciones que la lectura de El enjambre puede realizar, especialmente entre sus lectores más jóvenes.
En efecto, es el esfuerzo, la disciplina y el espíritu de sacrificio que, en su infancia andaluza, conoció Manuel —encarnada icónicamente en la vida de las abejas de las colmenas que su familia mantenía— la que le ha aportado la imagen que sirve como punto de partida o inspiración primigenia para este rosario de recuerdos que es el espinazo central de El enjambre. La imagen no puede ser más apta, pues del aparente zumbar caótico de las abejas, como el de los recuerdos que se van engarzando en el relato, surge el producto más dulce de todos los que aporta la naturaleza. «Nada es fácil, pero aún es más difícil creer que algo se consigue sin esfuerzo», dice el propio autor en un momento determinado resumiendo la tesis de la que hablaba.
Todo esto, y mucho más, encontrará el lector en las páginas que vienen a continuación. Como alcalde de Madrid he de reconocer que el contenido de la obra me ha resultado tan fascinante como su telón de fondo: una capital «verbenera» en la segunda mitad de los sesenta, una ciudad llena de personajes absolutamente cautivadores a lo largo y ancho de la escalera social que son agudísimamente descritos por el autor, que se inserta como un personaje más en la acción que se va describiendo.
Sin embargo, finalmente, quisiera anotar que, por encima del Madrid que se deja traslucir en estas páginas, hay algo más importante: el alma que palpita en ellas, que no es otra que la de Manuel Medina, un hombre al que la experiencia —que a todos con el transcurrir de los años trae tanto derrotas como victorias, tanto dulzuras como sinsabores— ha dotado con un tesoro de reflexiones que comparte con nosotros —sus lectores, sus amigos, todos nosotros— en los capítulos de este sabio enjambre literario.
Su vida y este libro demuestran con toda elocuencia que de todo el bagaje que se va adquiriendo a lo largo de los años, probablemente nada tenga más valor que la más alta de las virtudes: la sabiduría.
JOSÉ LUIS MARTÍNEZ-ALMEIDA
Madrid, 4 de septiembre de 2024
Nota del autor
El camino es largo y nace en el Santuario de la Fuensanta, en el término de Villanueva del Arzobispo. La bajada del arroyo (llamado también de la Fuensanta) es suave, cubierto de cañas, zarzas, mastranzos, álamos y chopos, y lleva hasta las riberas del río Guadalquivir, que atraviesa la cañada de la madera y se pierde con vocación de encontrar el océano por tierras de Mogón, Santo Tomé y las bajas lomas de Úbeda, paseándose por toda Andalucía hasta llegar al estuario de Sanlúcar de Barrameda, donde por fin se abraza con el Atlántico.
Resuenan en mis oídos las pisadas de los mulos, las herraduras de los cascos repiqueteando contra el reducido asfalto de la carretera a un ritmo coordinado, con prisas por llegar al cortijo y disfrutar del pienso y la paja, y después recostarse en el suelo de la cuadra, que siempre estaba cubierto por la paja sobrante que ellos esparcían con cuidado de no mojarla. En esa cama solían descansar plácidamente las muchas noches que azotaban las lluvias, sabedores de que no se trabajaría al día siguiente en el campo. Incluso también ellos escuchaban las canales de las tejas caer sobre los cubos o las latas colocados del revés alrededor del cortijo; el ruido era ensordecedor, pero no nos importaba: no habría que madrugar por la mañana.
Mi abuela esperaba con una gran sartén de migas que devorábamos y que nos daba fuerza para no estarnos quietos todo el día, enfrascados con los juegos de mesa, así que buscábamos alternativas, como cazar con cepos o perchas. Mi padre siempre aprovechaba la tarde para matar algún conejo en la cercana piedra caída, donde había muchas madrigueras; un aliciente perfecto para la caza furtiva. Así concluíamos aquellas jornadas desapacibles, de poco trabajo, repitiendo la misma costumbre.
En mi mente se plasman estos momentos mientras camino despacio junto al arroyo del que nos servíamos para el riego de la huerta. En verano disminuía su caudal y siempre traía trifulcas entre los vecinos por regular las horas de uso en todos los predios regables con arreglo al tamaño. Sigo paseando lentamente por la cañada y observo a mi derecha la ruta de los cortijos abandonados, en muchos casos derruidos, y constato que, al igual que yo, estamos envejeciendo y desapareciendo sin solución.
En esta sucesión de coordinados recuerdos se ampara la vida de diferentes generaciones a las que se evoca y con las que se vivieron los mejores momentos, cuando de críos escuchaban las historias que los mayores contaban siempre alrededor de la lumbre. Nunca rebajaban el dramatismo de sus relatos, para así mantener nuestra atención y que nos emocionara siempre la moraleja de todo aquello que contaban, aunque, en realidad, la mayor parte eran meras invenciones de la guerra, de las costumbres y de las generaciones anteriores, a las que adoraban y a las que siempre dejaron el mejor rincón de la lumbre y la mejor silla de la mesa.
Continúo el camino y a mi derecha veo la silueta de los cortijos abandonados, rotos, como muchos sueños que no lograron florecer. Su apariencia y estado actuales reflejan el abandono; parecen cavernas dispersas donde antaño se alojaron diferentes generaciones de hortelanos, carboneros, cazadores furtivos, cisqueros y modestos jornaleros que bien poco ruido hicieron para el hambre que pasaron. Con el abandono han quedado en el más absoluto olvido y silencio, y hoy mueren sin remedio, sus viejas maderas crujiendo y sus ennegrecidas tejas volviendo a la tierra. En algunos otros lugares tan solo quedan los restos de lo que fue un cortijo junto a un arroyo y un camino que acercaba la ciudad a las personas que gozaban de poco tiempo libre para visitarla. Esas personas eran toda mi familia, gente del siglo XX, y lo más triste de todo es que en la actualidad casi todos están muertos.
Durante este paseo, con idea de escribir este libro, he recordado mi infancia, que transcurrió por los mismos lugares del Santuario, el arroyo y el río, y en esos escasos tres kilómetros he decidido contar las historias más destacadas avanzado el siglo XX hasta nuestros días. Historias contrarias a derecho que sucedieron tanto en la dictadura del general Franco como en la España democrática del último cuarto de siglo y las dos décadas que llevamos del XXI, donde todas las tendencias políticas tuvieron la oportunidad de hacer lo posible para llevar a cabo sus promesas, aunque para todas ellas hay un reproche compartido: no la han aprovechado, alegando aquello de «cuando yo gobierne lo haré diferente», y, mientras tanto, se valen de su situación para atacar al que no piensa como ellos. Incluso han reincidido en iguales comportamientos dentro y fuera del «aparato» del partido, como cualquier otro político que hace de la costumbre su medio de vida y acaba repitiendo actos, omisiones y actitudes del pasado. Esa nueva clase que se denomina «política» en raros casos resuelve su vida en el periodo que le toca gobernar. Después de la vida política, pocos logran mantener una actividad en cualquier tipo de trabajo; sus formas de pensar y de trabajar difieren del acostumbrado celo profesional, comercial o reputacional de los empresarios vocacionales. Estas profesiones liberales requieren una gran credibilidad, además del conocimiento para ejercerlas adecuadamente en un mundo competitivo. En este ámbito, un expolítico en la madurez de su vida tiene dificultades para trabajar por algo que no sea España, como casi todos repiten y algunos todavía se lo creen.
Esta idea de contar historias ocurridas en un régimen u otro se limitan al recuerdo de los hechos. A través del tiempo, todo sucede de forma acostumbrada; es por eso por lo que nuestra segunda fuente del derecho sea la costumbre. Las costumbres hacen leyes, principalmente sin entrar en teorías políticas. La costumbre de hacerse rico siempre fue el gran sueño del pobre, pero dio pocos resultados positivos cuando solo se empleó el esfuerzo. En todo caso, nadie duda que la política es el mejor camino, con unas posibilidades únicas, para introducir el cambio de una ley, siempre apoyada por los que se amparan en ella. La modificación de un punto concreto de un decreto abre un camino a la oportunidad para cambiar algo que puede permanecer igual. Hoy en día, incluso, observamos que se elaboran leyes para amnistiar a alguien que robó, que infringió la ley (que es igual para todos), para beneficiarse y no entrar en la cárcel… Precisamente todos los favorecidos ejercieron en su mayor parte la política, o estuvieron cerca de ella, y realizaron conductas contrarias a derecho. Por tanto, ellos mismos, los políticos, crean normas para que se beneficien otros políticos o ellos mismos sin ninguna impunidad ni remordimiento. Ellos no creen que el Código Civil ni el Penal se deba emplear para todos los ciudadanos, los mismos que confían en que Hacienda somos todos, que la cárcel es para todos y que el comportamiento dentro de la ley debe ser igual para todos… Y esto lo estamos viendo todos los días en los últimos años. Un político puede ejercer ciertas acciones que para cualquier otra persona que lo vota suponen un delito, cuya pena debe cumplir con arreglo a nuestro ordenamiento jurídico. Sin embargo, este ya se suele considerar como el ordenamiento de los pobres o desarraigados, porque para las personas que nacen para trabajar, pagar impuestos y cumplir las penas por un mal comportamiento no existe posibilidad de amparo gracias a una ley de amnistía. Malversación de fondos, blanqueos y comportamientos contrarios a derecho en algún caso especial… En este sentido, muchos que callan, observan y también piensan —aunque no lo parezca— parecen tener bien asumido que hay gente que vive solo para trabajar y pagar, con pocas vacaciones y una cesta de la compra cada día más disparada en precio, mientras que otros viven para cobrar y controlar a sus votantes (y también a los que no lo son), protegiendo a los de su clase de todo tipo de investigaciones y amenazando al poder que tiene el cometido de juzgarlos. Es más, en un momento determinado, estos últimos también pueden ejercer las competencias del Poder Judicial y nombrar directamente a los jueces que ellos consideren adecuados a sus intereses. Y los palmeros de los estrados superiores del Parlamento gritarán, patearán e indicarán a los medios afines, que también comparten este privilegio, que se rebelen contra todo aquello que vaya en contra de los intereses de un político. Pero no se dan cuenta de que el mundo está en proceso de efervescencia y agitación, y ven la posibilidad de refugiarse en una caverna, si es preciso, retrocediendo en libertades y derechos, pero temen que el derecho a la desigualdad se implante y sea bastante peor su situación futura; por tanto, el sentido de la democracia no hay que inflarlo mucho porque puede estallar, y sería lamentable que las personas nos enfrentáramos unos con otros por la desigualdad.
Es un camino este que no debemos frecuentar y seguramente debemos quedarnos con el de la cañada de la Fuensanta como referencia, que seguramente para muchos podrá tener un sentido cavernario, pero se sustenta en pilares firmes de abundante sensibilidad y resistencia. Tengan la seguridad de que resistirá firme ante cualquier emergencia o catástrofe y se saldrá de él cuando el tiempo así lo aconseje, entonces se podrá seguir una vida normal en la que sustentar el bienestar futuro. En todo caso, dejemos al tiempo que pase y a las personas que piensen en todas las clases de la humanidad, y esperemos resultados…
Introducción
No deseo cansar ni aburrir, tan solo me mueve la ilusión de compartir historias del tiempo que, no por repetidas, carecen de sentido e importancia. A veces el pensamiento transmite una fuerza a la narración que seguramente solo se queda en aquel que lo entiende y lo comparte, y posiblemente no logre acercarse a la sensibilidad del que solo encuentra sobre el papel una repetición de palabras sin otro sentido que el del almacenamiento, echando de menos el cuadernillo de las fotografías, como aliciente del que pasa página y no lee mucho. Dudo entre una cosa y otra, pues, por un lado, me sobra el interés por contarlas y, por otro, no tengo claro si mi formación literaria permitirá la exposición adecuada, continuará con el nudo y llegará al desenlace, que son los pilares de cualquier narración o historia digna de contar. No es precisamente almacenar palabras ni mostrar fotos mi objetivo. Me mueve la sensibilidad de contar algo que llegue al alma del que lo esté leyendo. Me cuesta trabajo acercarme a las lindes del entendimiento y, durante algunos minutos más, compartir una modesta historia de la vida de los que nos dejamos la piel por ocupar una plaza en un mundo mejor del que provenimos y, al mismo tiempo, contar aquellas cosas que pasaron hace mucho tiempo y que repetimos para que la gente sepa lo que el tiempo no les pudo enseñar y así nunca las olviden. Somos personas mayores que, aun sabiendo que estamos fuera del organigrama del futuro, nos encanta narrar lo que sucedió y sucede en el solar patrio donde todos compartimos el mismo sol, el mismo aire y el mismo afán por seguir confiando en la bondad del tiempo, y en este caso espero contar con el interés del lector por seguir leyendo mi narración.
En primer lugar se hará un canto a la historia de los años sesenta del pasado siglo y después se traerán a la memoria algunos hechos importantes que señalaron las épocas donde sucedieron actos y actitudes contrarias a derecho y que marcaron situaciones comprometidas para los regímenes que nos tocaron vivir y aceptamos sin hacer mucho ruido, precisamente por no llamar la atención y pasar desapercibidos. Esto se parece mucho a lo que sucede en el siglo XXI, cuyos protagonistas seguimos imitando a nuestros antepasados, y seguramente haciendo más o menos ruido, pero con parecida actitud, criticamos o revisamos lo que ellos dijeron entonces y nosotros puede que repitamos hoy creyendo que hacemos un favor al futuro que tratamos de dar forma en las aristas de nuestro afán desmedido y que endosamos justificando el bienestar de generaciones venideras. No respondas si no te afecta, pero nunca te calles si te interesa, aunque sería mejor entender que todo es interesante si beneficia a alguien y afianza los pilares del futuro; asimismo, consolida ese deseo nuestro de vivir por un ideal que tratamos de recordar, reforzar y transmitir en el juego del paso de los años.
Las siguientes páginas son expresiones, consejos y advertencias de los que casi volamos el espacio infinito y nos limitamos a recomendar la actitud más favorable para los tiempos en los que vivimos a fin de conseguir un futuro más sostenible y firme para los que seguirán estando cuando alguno de los que ahora me están leyendo consiga animar a las nuevas generaciones a no dejar de contar historias y que no decaiga el interés de hacerlas posibles.
Los hechos narrados despacio se entienden mejor que los resumidos por la falta de tiempo, mucho más cuando se trata de escribir lo que aconteció en un siglo tan agitado y convulso como fue el XX. Sus formas y costumbres se prolongaron en el siguiente y han llegado hasta la actualidad para descubrirnos cómo la imaginación debe esforzarse cada vez más para dar la importancia merecida a los años ya concluidos y suavizar la entrada de los que se avecinan desbocados en el próximo cuarto de siglo XXI.
A los que contamos —bien o mal, que cada cual tendrá su opinión— las historias que conocimos de primera mano, y de las que en muchos casos fuimos protagonistas, ya fuera gritando o guardando silencio, tan solo nos cabe pedir perdón por nuestros errores y dar las gracias a todos los que las han conocido a través de la lectura. Como dec
