Las noches de insomnio

Juanjo Ibáñez

Fragmento

Agradecimientos

Agradecimientos

Mi agradecimiento para siempre a quienes han hecho posible este sueño que no deja de ser un regalo para una banda que me hizo feliz.

A Eva Mariscal, mi agente y cómplice en esta aventura.

A Roca Editorial, por apostar por este libro de la manera en que lo ha hecho.

A Javier Martín Ruiz, amigo y cómplice necesario siempre que haga falta una buena foto, memoria gráfica de la música en Granada.

A Javier Gilabert, por aceptar el reto de escribir un capítulo en tiempo récord con una calidad impresionante y regalarnos la historia de trece canciones.

A los establecimientos hosteleros de Granada que nos permitieron grabar todas las entrevistas: Alameda, en la calle Rector Morata, con la atención de Manolo Romero, uno de los mejores camareros de la ciudad; La Castellana, en la calle Ángel Ganivet; las cafeterías Puerta Bernina de la calle Recogidas y de la Fuente de las Batallas; la Cueva de 1900, de calle Reyes Católicos; la cafetería Flamboyant, en calle Poeta Manuel de Góngora; La Chicotá, en la calle Navas y el Papaupa, en la calle Molinos.

A Amanda Martínez, responsable del archivo de Ideal, o lo que es lo mismo, archivera principal del Reino, en cuyas manos descansa un siglo de periodismo.

A Juan Jesús García, testigo omnipresente de la música en Granada y persona imprescindible en la caja sonora de la ciudad.

A los MMB, por su deportividad y entrega, por su cariño, por la música.

A Virginia Díaz, por decir que sí sin pensarlo.

A Raffa Ávila, compañero y amigo, que me abrió la puerta de la SER para este libro.

A Josué Coello, corresponsal de la Cadena SER en el Congreso de los Diputados, cómplice de Raffa.

A Nacho Palomo, del equipo de Hoy por Hoy, de la Cadena SER, por su paciencia, su amabilidad y predisposición. Al final fue posible.

A Àngels Barceló, que no se lo quiso perder e hizo realidad un sueño personal.

A Julio Ruiz, por su entusiasmo.

A Jorge Martí, de La Habitación Roja: al final lo conseguimos.

A Viva Suecia, por sus ganas de participar en este libro, a pesar de las agendas, y a Lucía Ruiz, de The Music Republic, que lo hizo todo muy fácil.

A Josiño, por su implicación en el libro y su amor por los Mutantes.

A las Niñas Mutantes: Rebeca, Pepa, Virginia y Raquel, por su cariño y todo lo que han hecho durante tanto tiempo.

A Josefa, Ricky Falkner y Ángel Luján, por habernos regalado el sonido mutante.

A Eloy Aróstegui, por tantos kilómetros de furgoneta haciendo que siempre llegaran a buen puerto.

A Manolo Requena, por querer recordar.

A Toni y a Alonso, futuro de la música de Granada.

A Nani, puerta mutante y hacedor de milagros. Con él he compartido retos, desafíos y sueños. Este que tienes en tus manos ahora mismo tiene el calor de su empujón y complicidad.

A ellos cuatro, a Niños Mutantes, por no rendirse y haber sido gente normal.

NM

Juan Alberto Martínez. Compositor, voz, guitarra, teclados y alma de la banda. El resto de sus compañeros lo definen como el líder, el responsable de que Niños Mutantes haya llegado a los lugares conquistados por su música. Hay quien sostiene que él es Niños Mutantes. En el Simca de sus padres empezó todo. Nunca quiso cantar, pero afortunadamente lo hizo.

Migue Haro. Bajista y pegamento del grupo. De natural discreto, pero imprescindible, es de los que prefieren hablar el último para calmar los ánimos. Bajo su gorra se esconde una tonelada por metro cuadrado de sensibilidad bien administrada. Hace un trabajo oscuro entre bastidores sin el que todo se caería. Es el contable de la banda y responsable de que a todos les picara el bicho de la música en el instituto. Ha sido al que más le ha costado separarse.

Nani Castañeda. Batería y librero —o al revés—. Tiene alma de tertuliano polemista, es un agitador cultural en la ciudad. Considerado por ellos mismos como el más empresario del grupo. Le conocen como el frontman de atrás o el Camerún de la Isla. Llegó al instrumento por descarte y hoy nadie se imagina las canciones mutantes sin el son de sus baquetas.

Andrés López. Guitarra, teclados, coros y decorador de interiores del grupo. Aterrizó en la vida mutante una década después de que el grupo diese sus primeros pasos. Con él cambió todo. Sevillano errante con vocación de granadino, no puede evitar, en ocasiones, dejarse llevar por su ser hispalense. Relaciones públicas natural de la banda, ha sido el antídoto de la malafollá innata del trío fundador.

Como yo os amo…

(por Virginia Díaz)

En 2005, cuando yo llevaba dos años presentando Música es 3, me llegó a la redacción de Radio 3 una caja que ponía «Una colección de singles»; la abrías y eran cuatro discos: Las horas perdidas, Mil disparos, Capitán cobarde, oso polar y otros cuentos, y Me da igual lo que te pase. Del último, me encantaba —y me encanta— «En avión», tiene un bajo de los que te marca el pulso y un punto nirvanero que me hipnotizaba.

En la estantería de casa, esa caja roja con letras blancas y negras ocupaba su lugar al lado de otras bandas y artistas cuyo nombre empieza por la «N», y, por algún motivo, cuatro años después, cuando mi hija mayor tenía poco más de un año, era el único CD que cogía de todos los que había en esa estantería.

«En avión» es la canción que también abre Canciones para el primer día en la Tierra y creo que fue la primera de Niños Mutantes que puse en ese programa con el que yo me estrené en Radio 3. Aunque ya los conocía de antes, habían pasado por Los conciertos de Radio 3 con Mano, parque, paseo, y yo ya había sucumbido con «Veneno-polen».

Estoy buscando vídeos y no encuentro el primero en el que yo presenté a los Mutantes en ese plató, pero estoy segura de que era 2005 y tocaron «En avión» y «El fuego dentro». En 2010 volvieron con el disco que marcó un antes y un después en su carrera y en la presentación yo decía algo así como esto:

Es el primer disco cien por cien mutante porque ellos se han encargado de la producción. Es el quinto disco de una de las mejores y más infravaloradas bandas que tenemos en nuestro territorio. Dicen que la falta de sueño y de luz es el extraño denominador común de sus nuevas canciones, pero son todas sinceras, auténticas, honestas y nada oscuras. Lo que pretenden es luchar contra la desesperanza, el vacío y lo insustancial. Muchas horas de trabajo y muchas noches sin dormir, el resultado es su mejor álbum.

Después de diez años, Niños Mutantes cambiaba de «camiseta» —como diría mi querido Julio Ruiz— y, efectivamente, presentaba su mejor disco: Las noches de insomnio. Catorce canciones entre las que se encontraban la que dio título al álbum, «Mi niño no quiere dormir», «La voz» y su buque insignia, su canción eterna: «Errante (Canción mutante)». Si hay alguien a quien no se le erice la piel con «Errante» es que está muerto por dentro.

Recuerdo haber tenido la gran suerte de ser la primera en poner «Errante» en 180 grados, de Radio 3. Fue el 17 de febrero de 2010. Y ese año, cuando el disco estuvo listo, los cuatro mutantes, Juan Alberto, Nani, Migue y Andrés, se vinieron al estudio a presentar el álbum en directo. Si la memoria no me falla, fue la primera vez que yo hacía un monográfico en el programa y fue con ellos y fue con semejante patrimonio nacional.

Hay una foto de ese encuentro que guardo como un tesoro y que recuerdo con muchísimo cariño. A partir de ahí, entré en la familia mutante; quisieron ellos y yo lo estaba deseando. Ser parte de su familia es quererlos con la fuerza de los mares y sentir verdadera devoción y admiración por sus canciones y, ojo, por su directo.

Los he visto muchísimas veces sobre el escenario y siempre he pensado que ellos transmitían algo especial, que conectaban más que otras bandas y que para saber su valía había que verlos en concierto. He tenido la suerte de retransmitir directos suyos en festivales y especiales de Radio 3, he tenido la suerte de decir delante de cientos de personas aquello de «todos somos contingentes pero los Niños Mutantes son necesarios». He tenido la suerte de escribirles la hoja de promo para El futuro y también de redactar el prólogo de 20 años, 20 canciones. He tenido la suerte de hablar con ellos de música y de vida y de compartir momentos personales inolvidables. Una vez me enfadé con la banda y me escribieron la carta de «perdón» más bonita y más real que he recibido nunca, y que leo de vez en cuando para recordar cuál es la verdadera amistad y los verdaderos principios.

Podría enumerar todas las veces que hemos hecho radio juntos, todas las veces que he ido a Granada a trabajar y disfrutar con ellos, todas las veces que hemos brindado, todas las veces que he acudido a un concierto suyo..., pero quiero detenerme en noviembre de 2023, en uno de los conciertos de la presentación de Cuchillos y diamantes, en Madrid. Me dedicaron «Errante», y, aunque me emocionó muchísimo, sospeché que podría estar pasando algo dentro de la banda que yo desconocía. Pero no le di más importancia.

Al mes, recibí la llamada de Juan Alberto y no supe cómo reaccionar, ni qué decir, solo lloré porque gran parte de mi vida profesional y personal se iba con ellos, con su adiós. A las pocas horas, lo anunciaron en redes sociales y fue un duro golpe para toda una generación. Imagínate cómo abrí 180 grados, al día siguiente; el nudo en la garganta no me dejaba hablar.

No quiero ponerme triste para despedir esta carta porque, aunque esto se lea cuando ya haya terminado todo, a mí me quedan los mejores conciertos mutantes por vivir y los voy a exprimir. Estaré en primera fila y sumamente orgullosa de haber caminado a su lado durante todos estos años. Siempre responderé a su llamada, donde me digan que vaya iré, cuando sea, para el resto de mi vida.

Como yo os amo...

Veneno-polen

Esta es la historia de tres chavales que a los catorce años se tropiezan en un instituto de barrio, en una ciudad del sur, cuando los noventa del siglo XX daban sus primeros pasos. Jóvenes hijos de su tiempo, todos procedentes de familias trabajadoras, con las mismas inquietudes que podían tener sus compañeros de generación, que se cruzaban con ellos en los pasillos del granadino Mariana Pineda, en los garitos de la zona de Pedro Antonio de Alarcón o tomando el sol en una playa de Salobreña. Tres chicos a los que empieza a unirlos la música de manera muy casual. Solo uno de ellos tenía relación directa con ella. Sus hermanos mayores abrían camino y dibujaban los sueños que alimentaban al pequeño mientras escuchaba por primera vez una guitarra eléctrica o veía cómo manipulaban los amplis. Los otros dos tenían más bien inquietudes literarias, pero las canalizaron en los trastes de una guitarra y en las baquetas de una batería. Nada les hacía pensar que muchos años después iban a poner un ladrillo en la inmensa pared de la historia de la música desde Granada. Mientras ellos escuchaban a 091 o Lagartija Nick o Nirvana o Los Pixies o Los Brincos, en su interior crecían ya las raíces del árbol que serían. Fue mucho más tarde cuando las primeras hojas, las primeras ramas, serían visibles, pero bajo ellas, una tupida red tubercular había arraigado en el pecho de tres chicos que eran tremendamente felices yendo a conciertos subidos en un Simca 1200 o soñando con ser grandes en lo alto de un escenario.

Suele decirse que hay que tener mucho cuidado con lo que se desea pues se corre el riesgo de que esa ilusión se haga realidad. Ellos fueron los elegidos por los dioses para vivir un sueño que en la inmensa mayoría de los casos queda simplemente en una lejana quimera. Aquellos tres jóvenes empezaron a construir un universo en el que cada vez más gente encontraba un lugar plácido donde compartir, al que viajar, donde ser feliz. Con cada letra, en cada disco, escribieron la canción de sus vidas, enriqueciéndose en matices a medida que pasaba el tiempo. Eran perseverantes, se venían arriba ante las dificultades, crecían, aunque no tanto como aspiraban o pensaban merecer. Eso sí, jamás despegaron los pies del suelo.

En el momento preciso abrieron la puerta a un cuarto tipo. Habían pasado diez años desde que empezaran la aventura y tenían más cicatrices que juventud en las cuerdas de las guitarras. Dejaron atrás la trinidad fundacional para convertirse en los cuatro evangelistas de una idea que se expandía y llegó a ser irrefrenable. Los escenarios se hacían más anchos, las voces que coreaban sus letras se alzaban cada vez más. Los kilómetros en furgonetas se multiplicaban. Y ellos seguían unidos en la necesidad de crear una nueva canción que mejorase la anterior sin perder la normalidad que les hacía únicos.

Bien sujetos en una realidad a la que jamás dieron la espalda, tal vez les hubiese gustado vivir una vida que tuvieron muy cerca en algunos momentos, pero que se les resistió hasta el punto de hacerse inalcanzable. Lo intentaron y, en cierto modo, consiguieron lo que seguramente hablaran en aquel viaje de estudios de tercero de BUP o de COU, donde la mecha prendió en una playa catalana.

Tres décadas después bajan la persiana, casi con toda seguridad para siempre. Imagino el vértigo del día después cuando ya no haya un ensayo al que acudir, un disco que componer, una gira que realizar. Intuyo el miedo tras treinta años compartiéndolo todo. Nos quedará la duda de saber si alguna vez se enfrentarán a una maniobra de resurrección que los suba de nuevo a un escenario. Creo que será difícil; al menos con el actual cuarteto. Hay un cansancio que no esconden; hay heridas que no ocultan; hay necesidad de distancia y abrirse a otras aventuras en las que no caben ya los cuatro juntos. Estoy seguro de que algunos de ellos no querían parar, tanto como sé que otros necesitaban hacerlo. Y como ha sido siempre en la vida de Niños Mutantes, la democracia ocupó su lugar y esta vez salió cruz. Era el momento de tirar la moneda que tantas veces se había quedado en la mano, dentro del bolsillo, en un amago casi amenazante. Sin embargo, siempre pudo, como ahora también lo ha hecho, eso que ha mantenido vivo este proyecto durante tanto tiempo, a pesar de todo el desgaste, a pesar de todo el cansancio: la mirada honesta de cuatro hermanos que jamás se harían más daño del que estuvieran dispuestos a soportar. Les ha llegado el momento de bajar del escenario y de guardar en la maleta a unos niños que ya son padres, peinan canas y les duelen las rodillas, y que, mutando mutando, se han convertido en una canción perfectamente afinada para aquellos que encontramos en sus notas una playa en calma con un sol a punto de caer tras el horizonte, una brisa tras un calor asfixiante.

Los Niños Mutantes se han ganado el derecho a decir adiós como les dé la gana y han elegido hacerlo precisamente cuando es más fácil preguntarles por qué y no reprocharles un a qué esperáis. Se van con el cariño de varias generaciones de seguidores, que a lo largo de la vida del grupo han compartido discos y muchas historias. Nos hemos hecho viejos a su lado mientras nos cantaban al oído para que no nos diésemos cuenta. A la sombra de sus letras, nuestros hijos también han estado arropados por alguna canción que ha hecho de la banda el sillón más confortable de nuestro hogar, ese del que jamás nos desprendemos por muchas mudanzas que hagamos.

Nos tomaron de la mano para llevarnos a su parque de paseo desde una ciudad que no disfrutará de un otoño en agosto y que sí es generosa de sol de invierno. Nos recordarán que todo es el momento, como Machado nos dice que «hoy es siempre todavía». Nos acompañaron náufragos en nuestros fracasos y hundimientos, y nos señalaron el futuro, que no es más que un presente bien trabajado. Nos demostraron que la constancia brinda la posibilidad de acercarnos al diez de la excelencia, y que las ventanas han de estar siempre abiertas, porque a través de ellas pueden entrar cuchillos y diamantes que usaremos con la mejor diligencia posible. Es nuestra responsabilidad en un mundo errante.

A ellos, a estos músicos con alma de antihéroes, a esta gente tan normal, solo cabe darles las gracias por tanta honestidad. Empezamos.

Gente normal

Corrían los años noventa de un siglo que ya se fue. Me encontraba en casa. A esa hora siempre se veía el telediario. Daba igual lo que pasara en otros canales. La liturgia diaria impuesta por mi padre exigía estar sentados a las 14.30 horas con la mesa puesta y comer mientras se emitía el informativo de RTVE, que era el quinto elemento en el comedor del hogar. Unas veces le prestábamos más atención que otras, como es natural. En cualquier caso, ese instante no era más que el prolegómeno de la siesta de mi progenitor que, con el soniquete de los deportes (nunca llegaba despierto al inicio de la sección) entraba en un sopor curioso, pues, aunque se quedara completamente dormido, cualquier conato de cambio de canal accionaba un desconocido mecanismo en su cerebro que le sacaba del sopor de una manera mágica, como por obra de santería.

Navegando por esa cotidiana rutina, de repente, una pieza en la tele llamó mi atención por dos motivos. El primero de ellos, el redactor, cuyo nombre ahora no recuerdo, pero debió ser el antecesor del gran Carlos del Amor, mencionó una banda granadina con un curioso —y algo estrambótico— nombre, «Niños Mutantes», que había logrado no sé qué mérito para estar en el todopoderoso telediario, y eso, para un joven que se dedicaba profesionalmente a la comunicación y que era el encargado de dirigir la desconexión local del programa matinal más potente de la Cadena SER, y de la radio española, recogiendo el testigo diario de Iñaki Gabilondo, era importante. Mucho. Me estaban brindando un tema para los próximos días con el que poder cubrir un hueco en la programación de la que era responsable. La segunda razón fue mucho más impactante. Uno de los chavales que formaba parte de aquel grupo de música era Daniel Castañeda, el colaborador que yo tenía una vez a la semana hablando de libros en la radio y que venía en nombre de la Librería Babel, un santuario librero en la ciudad de Granada, aún vivo afortunadamente. En mi cabeza algo hizo boom. «¿Qué diablos hacía ahí Dani? ¿Por qué nunca me había dicho que era el batería de los Mutantes? ¿Quiénes eran esos Mutantes que habían conseguido hacerse un hueco en la televisión nacional?». Estaba claro que aquellos tipos eran algo más que una de esas bandas locales que, en el caso de Granada, tanto proliferan. Y lo más importante, ¿por qué Daniel era Nani para el informativo?

Te puedes imaginar lo que hice nada más verle el día que vino al Hoy por Hoy en la semana siguiente a la famosa pieza. Estamos hablando de una época en la que el WhatsApp no existía y que no teníamos en propiedad algo parecido a un teléfono móvil. Tuve que esperar. No se me olvidará su reacción. Nani es un tipo que suele dar las cosas por sabidas en m

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