Biografía del poder

Alberto Lederman

Fragmento

Biografía del poder

ENTREGUERRAS

Esta historia se inicia con mi nacimiento, meses antes de la Noche de los Cristales Rotos y poco más de un año antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. Nací en Buenos Aires en 1938, nieto de cuatro abuelos polacos víctimas del Holocausto e hijo de inmigrantes que lo sobrevivieron. Es decir, mi vida empezó con una guerra y, de algún modo, termina con otra. Con otras, en rigor. Con la pandemia y, casi sin pausa, con una nueva guerra en Europa y otra en Medio Oriente.

Mi padre y mi madre eran inmigrantes judíos, de origen polaco, que habían llegado a Buenos Aires en 1926 y 1928, respectivamente. Una vez en la Argentina, fueron enterándose de que sus padres —mis abuelos maternos y paternos—, que habían quedado en Polonia, iban siendo exterminados en campos de concentración. Mis padres emigraron a tiempo y eso permitió que, de algún modo, las familias pudieran continuar su historia, pero quedó en ellos el trauma.

Hay hechos dolorosos que nos ocurren a temprana edad y que dejan una huella permanente. Que, a pesar del paso de los años, siguen teniendo presencia en la propia vida y, con frecuencia, en la de las generaciones siguientes. Nací en una casa signada por este hecho traumático, el Holocausto, y crecí observando el dolor de mis padres como experiencia primordial. El Holocausto cambió el mundo que habíamos conocido hasta entonces. Cambió la historia de la humanidad y también mi historia. De ahí partió mi vida adulta, y mi biografía ha sido en todo sentido una respuesta a aquel trauma.

EL TRAUMA ORIGINARIO

Soy el menor de tres hermanos. Cuando empezó la Segunda Guerra y yo tenía poco más de un año, a mi hermano mayor le diagnosticaron diabetes infantil. Es muy probable que el contexto familiar influyese en su enfermedad, pero, en cualquier caso, el efecto para mis padres fue muy intenso. A la historia de sus propios padres exterminados en Polonia se sumaba ahora la historia del hijo enfermo, que sufrió toda su vida breve y murió con poco más de treinta años.

Mis padres fueron personas extraordinarias, pero necesité décadas para darme cuenta de eso, porque me habían transmitido una historia dramática que no me dejaba vivir. Yo era un chico muy nervioso, inquieto. Me costaba estar tranquilo, incluso me costó aprender a leer y escribir, y cuando tenía cinco o seis años me recetaron sedantes por primera vez. Tengo memorias fuertes de esa etapa, de la ansiedad, de la falta de serenidad. Aún hoy me cuesta estar en calma, hay una inquietud de fondo que conservo de aquellos años. Solo recientemente pude relacionar mi hiperactividad siendo adulto con una sensación de orfandad producto de mi historia infantil, de haber sido dejado de lado, relegado, cuando mi hermano se enfermó.

Mi madre era una mujer dulce, que entendía bien lo que pasaba a su alrededor, pero no pudo cuidarme adecuadamente y estar plenamente disponible para mí durante mi infancia. A diferencia de ella, mi padre era un hombre muy riguroso del que no tengo registro que cometiese transgresiones de ningún tipo. Era comerciante, un pequeño fabricante de marroquinería, de pensamiento socialista. Era judío laico y, aunque respetaba ciertas tradiciones y rituales, no era creyente, porque los socialistas no eran religiosos.

Para él, el judaísmo era una ética, una definición bellísima que me acompañó toda la vida. En cambio, estaba vinculado con la corriente cultural judía europea y con la Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia, conocida como Bund, un movimiento político que había sido creado a finales del siglo XIX, en contraposición tanto al sionismo como al centralismo de los bolcheviques rusos.

Entre nosotros dos, todo era hostilidad y confrontación. Mis primeros recuerdos de mi papá son de puro dolor porque, para él, todo estaba teñido por el sufrimiento. Era un hombre fuerte espiritual y físicamente, pero sufría y lloraba porque los suyos estaban siendo aniquilados en Polonia, y expresaba su angustia con una veta dramática, con la misma intensidad de un personaje de ópera. A los gritos, con alaridos. Era notable la vitalidad que tenía para reflejar la tristeza. No la tamizaba. Al contrario, la manifestaba con una enorme elocuencia, demasiada para mí. Mi papá era un forzudo, y lo forzudo, en vez de ayudar a neutralizar su sensibilidad, la potenciaba.

Escribía poemas en ídish en los que hablaba de ese dolor y del sufrimiento de sus padres. Desde que yo era chico, y después, en distintos momentos de su vida, muchas veces me preguntó si quería escucharlos, y se ofrecía a traducírmelos porque no sé ídish ni leer el alfabeto hebreo, pero siempre me negué. No soportaba la carga emocional que había en ellos. La melodía infantil de mis padres hablando entre ellos en ídish tenía para mí una belleza enorme, pero aquellos poemas me resultaban desgarradores, intolerables, aun sin entenderlos. Eran llantos. Mi modo de preservarme de su dolor era no exponerme a sus emociones. Cuando murió, a los ochenta y cinco años, yo tenía más de cincuenta: podría haber escuchado

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