1985
El 23 de abril de 1985, en la Universidad de Alcalá, el novelista Torrente Ballester acababa de pronunciar en el paraninfo el discurso de aceptación del Premio Cervantes, y después de la ceremonia, con la imposición de la inevitable medalla, se celebraba un vino español en el severo claustro renacentista alegrado con algunas flores y setos trasquilados. Bandejas de canapés y chorizos de Cantimpalos, cuya grasa brillaba de forma obscena bajo un sol de primavera, pasaban a ras del pecho de un centenar de invitados, gente de la cultura, escritores, políticos, editores, poetas. Uno de ellos era Jesús Aguirre, duque de Alba. Lo descubrí en medio del sarao, transfigurado, redivivo, como recién descendido del monte Tabor. Me acerqué y le dije bromeando: «Jesús, ¿puedo tocarte para comprobar si eres mortal?». El duque me contestó: «Querido, a ti te dejo que me toques incluso las tetillas». Vista la proposición, expresada con una dosis exacta de ironía y malicia, le confesé que me proponía saludar al Rey, pero que en este caso prefería la compañía de un Alba a la de un Borbón. «¿No conoces a Su Majestad?». El duque tiró de mí para conducirme ante la presencia del monarca. Saludar al Rey después del frustrado golpe de Tejero del 23-F era un acto que estaba ya bien visto, incluso era buscado por los ácratas más crudos. El anarquista celeste Gil-Albert, poeta de la generación del 27, regresado del exilio de México, me dijo un día: «He rechazado muchas invitaciones a palacio, pero ahora no me importaría ir a Madrid a darle la mano a ese chico».
Don Juan Carlos vestía chaqué, empuñaba una vara de mando, se adornaba con el toisón de oro, un collarón con catorce chapas doradas, instituido en 1430 por Felipe III de Borgoña en honor de sus catorce amantes, que al parecer tenían todas el sexo rubio, como el vellocino de oro. Nuestro Rey lucía esa orden y ahora estaba rodeado de tunos cuarentones que se daban con la pandereta en la cabeza, en el codo, en las nalgas, en los talones y le cantaban asómate al balcón carita de azucena y no sé qué más, como si fuera una señorita casadera. Jesús Aguirre se abrió paso en el enjambre de guitarras y plantado ante el Rey dijo muy entonado: «Majestad, le presento a mi futuro biógrafo». Y a continuación pronunció mi nombre y apellido, mascando con fruición las sílabas de cada palabra. El Rey echó el tronco atrás con una carcajada muy espontánea y exclamó: «Coño, Jesús, pues como lo cuente todo, vas aviado». Esta salida tan franca no logró que el duque agitara una sola pestaña, sino una sonrisa cínica, marca de la casa. En ese momento, entre el rey de España, el duque de Alba y este simple paisano apareció a media altura una bandeja de aluminio llena de chorizos de regular tamaño, cada uno traspasado por un mondadientes, como se ven en la barra de los bares de carretera a merced de los camioneros. Una señora vestida en traje regional, de alcarreña o algo así, ofreció el presente con estas palabras: «¿Un choricito, Majestad?». Y Su Majestad exclamó: «¡Hombre, un chorizo! ¡Venga, a por él!». Jesús Aguirre, obligado tal vez por el protocolo, alargó también la mano. Con un chorizo ibérico en el aire trincado con el mondadientes, Su Majestad me dijo: «Y tú qué, ¿no te animas?». Contesté algo confuso: «No puedo, señor, estoy cultivando una úlcera de duodeno con mucho cariño».
Con la boca llena de chorizo, ni el Rey ni el duque podían emitir palabra alguna y menos una opinión que no fuera el placer que se les escapaba a través de una mirada turbia, y por mi parte yo no encontraba un pensamiento que fuera el apropiado para la ocasión. Mientras ambos en silencio salivaban el don del cerdo, pude contemplar cómo por la barbilla real y por la comisura del duque se deslizaba una espesa veta de grasa, imagen de una felicidad que más que a la monarquía y al ducado correspondía al pueblo llano. «No sabes lo que te pierdes», dijo el rey de España cuando ya pudo hablar. Los tunos habían acompañado este encuentro con la canción de Clavelitos y luego se fueron a dar la tabarra a otros invitados.
En la fiesta se comentaba el atentado acaecido unos días antes en el restaurante El Descanso, cerca de Torrejón, atribuido a la Yihad Islámica, que había cosechado dieciocho muertos y más de ochenta heridos. La posibilidad de saltar por los aires mientras uno come chuletas con la familia en un merendero, a causa de un hipotético agravio a una secta religiosa o por una injusticia social que sucede en cualquier rincón del mundo, comenzaba a ser incorporada a la conciencia colectiva española. El sentido de la culpa universal era una dádiva que acababa de regalarnos la historia y que ya no nos iba a abandonar. Usted es responsable de la cólera de un fanático, que expresa su venganza a diez mil kilómetros de distancia. «¿Otro choricito, Majestad?». «No, gracias», dijo el monarca.
El galardonado Torrente Ballester andaba cegato, irónico y un poco perdido recibiendo parabienes de todo el mundo en medio del cotarro. El duque de Alba y el escritor se encontraron y, después de abrazarse y felicitarse mutuamente, comenzaron a recordar detalles de una escena extraña que, al parecer, habían compartido hacía ya muchos años. «Fue en mi piso de la avenida de los Toreros —dijo Torrente— cuando sucedió aquel prodigio. De pronto, Dios se apareció debajo de la cama de mi hijo Gonzalito y, como tú entonces eras el cura más moderno del mundo, te llamó Ridruejo para que nos sacaras de aquel apuro». El duque sonrió: «Lo recuerdo muy bien. Fue prácticamente la última vez que ejercí el ministerio eclesiástico antes de abrirme al laicado. No está mal haber terminado con aquello asistiendo a un milagro, ¿no te parece?». El relato de este lance surrealista quedó interrumpido porque en ese momento vino alguien con la noticia de que Camilo José Cela, al que negaban el galardón año tras año, acababa de declarar en Radio Nacional que el Premio Cervantes era una mierda. «Este Camilón ha ido a Estocolmo a promocionarse para el Nobel. Ante el pleno de la Academia Sueca ha afirmado que puede absorber por el culo una palangana llena de agua», comentó Torrente. «En ese caso, seguro que le dan el Nobel de Física», dijo el duque.
Puesto que me había nombrado su biógrafo oficial siendo testigo el rey de España, lamenté no tener el talento de Valle-Inclán, ya que Jesús Aguirre, como personaje, podía desafiar con ventaja a cualquier ejemplar de la corte de los milagros. Según Valle-Inclán, el esperpento consiste en reflejar la historia de España en los espejos deformantes del callejón del Gato. Si este hijo natural, clérigo volteriano, luego secularizado y transformado en duque de Alba, se hubiera expuesto ante esos espejos, probablemente los habría roto en pedazos sin tocarlos o tal vez en el fondo del vidrio polvoriento habría aparecido la figura del Capitán Araña.
Terminado el acto académico en Alcalá de Henares, cuando regresaba a Madrid, en la radio del coche balaba la cabrita de Julio Iglesias echando caramelos por la boca. El locutor interrumpió la canción Soy un truhan, soy un señor para dar la noticia de la muerte de otro militar a manos de ETA, seguida de las condolencias y repulsas de los políticos, entre las que sobresalía la voz engallada del ministro socialista de Interior con la amenaza difusa de tomar represalias. Luego en la radio sonó El vals de las mariposas, de Danny Daniel, mientras yo trataba de recordar cuándo y en qué lugar me había encontrado por primera vez con Jesús Aguirre.
1970
Un bello dálmata se paseaba entre libros de la Escuela de Fráncfort y el odio comenzó rompiendo algunos escaparates.
1970
La memoria me llevó al palacete con jardín de la plaza del Marqués de Salamanca, donde estaba ubicada la editorial Taurus, que entonces era un negocio del banquero Alfonso Fierro, adquirido a Pancho Pérez González, su fundador. Se movía por allí un gerente barbudo llamado Sanabria, de la confianza del Banco Ibérico, con aspecto de no tener idea de libros, aunque en aquel tiempo con sólo llevar barba ya se tenía mucho ganado como intelectual. Sentado a una mesa en un rincón se hallaba un jovencito silencioso, muy introspectivo, que después sería el novelista José María Guelbenzu. En el zaguán se había cruzado conmigo un muchacho, a quien alguien llamó Jaime. Llevaba de la correa a un perro, los dos tan bellos como distantes. Ni el uno me ladró ni el otro se dignó mirarme. El perro era un dálmata y Jaime era hijo de Fierro, el amo del asunto, quien, según decían, había sido imantado por la inteligencia de Jesús Aguirre.
Probablemente era la primavera de 1970, cuando yo pretendía escribir una biografía de Azaña, una estampa política o cosa parecida. Tenía una amiga feminista de la vía dura, con una tijera estampada en la camiseta entre los senos, Vicki Lobo, a quien todos los años al llegar el 14 de abril, excitada con la flor de las acacias, le salían ronchas republicanas en la cara, y alentado por ella me presenté sin previo aviso en la editorial Taurus. Tenía entendido que para hablar con Aguirre había que pedir audiencia como si se tratara de un ministro o más y que él la concedía a capricho y con mucha reserva, pero ante mi sorpresa fui introducido enseguida por la secretaria Maripi en su despacho y sin conocerme de nada me recibió muy afable, incluso sonriente. En ese momento yo creía que Jesús Aguirre era cura y esperaba verlo con sotana o con alzacuello de clergyman, pero lo encontré muy visual con chaqueta blanca, corbata de seda natural llena de elefantes con la trompa alzada, un chal sobre los hombros color fucsia y media melena que le cubría las orejas, signo de la modernidad progresista de la época. Del respaldo de su sillón colgaba un bolso bandolera de lona, marca Yves Saint Laurent, pero no pude ver si calzaba zapatos italianos de tafilete con dos borlitas saltarinas y los famosos lacitos de colores en el empeine, de los que todo el mundo hablaba.
En ese tiempo la dictadura franquista se dejaba dar algún pellizco de monja por el diario Madrid, donde yo escribía artículos en la Tercera Página y ejercía la crítica de arte, sobre todo de los pintores del grupo El Paso, que exponían en la galería de Juana Mordó. La ley de prensa de Fraga acababa de suprimir la censura previa. Ya no era obligado ir con las galeradas al ministerio o a la delegación de Información en las capitales de provincias para que un censor dispéptico, oliendo a semen seco, tachara a su antojo con un lápiz rojo cualquier palabra, frase, pensamiento u opinión que no le gustara. En cierto modo, Fraga había cortado las alambradas, pero había dejado el campo sembrado de minas y cualquier periódico se jugaba la edición entera y una editorial toda la tirada del libro impreso si una mina estallaba al pisarla. Poco después de aquella primera cita con Jesús Aguirre, el diario Madrid saltó por los aires, como aviso a navegantes.
Franco todavía pescaba cachalotes en ese tiempo y mataba venados, perdices rojas y toda clase de marranos con rostro inexpresivo, el belfo entreabierto y la barbilla caída. Un día de Navidad en que para celebrar el nacimiento del Niño Dios el dictador tiraba a las palomas desde una ventana del Palacio de El Pardo, la escopeta de caza le reventó la mano y no por eso dejó de firmar sentencias de muerte con la mano que le había quedado intacta.
La rebeldía tenía varios frentes. En la Universitaria los estudiantes arrojaban tazas de retrete desde las ventanas de las facultades sobre los caballos de los guardias. En una de aquellas asonadas alguien descolgó un crucifijo que presidía un aula de Filosofía y Letras, lo utilizó como arma ofensiva lanzándolo por los aires y el crucifijo quedó abandonado en el solar del paraninfo, pisoteado por la estampida de los búfalos. Por este sacrilegio hubo un acto multitudinario de desagravio en la iglesia de San Francisco el Grande, en el que participaron todas las autoridades académicas.
Cada reunión clandestina se cerraba con la ceremonia de la recaudación de la voluntad para los presos políticos y la nueva expedición de los argonautas consistía en llevarles por Navidad turrones a Carabanchel, aunque la cárcel de Carabanchel comenzaba a parecer una universidad expendedora de títulos antifranquistas y algunos temían que se les pasara el tiempo de adquirir su certificado para colocarse en la parrilla de salida que los llevaría al poder. Manuel Azaña era entonces un valor creciente en el hipotético horizonte republicano, con un sueño que rebrotaba cada año en el aire de abril junto con las flores de las acacias.
Por otra parte, la Iglesia se estaba renovando merced al Concilio Vaticano II. Habían aparecido los curas obreros, las comunidades cristianas de base y algunos obispos contestatarios. El cardenal Tarancón, a la hora de tomarse una paella entre naranjos en la huerta de Burriana, se subía las faldas de la sotana hasta las rodillas, se liberaba del alzacuello, se fumaba un puro en la sobremesa huertana y no veía mal que los curas echaran alguna vez una cana al aire, aunque este hedonismo mediterráneo escondía a un pragmático que usaba el sentido común como un revulsivo en medio de la caspa de Trento. El obispo Iniesta iba por el barrio de Doña Carlota de Vallecas con una cartera de fuelle como un practicante del seguro y le saludaban los mecánicos de taller, los tenderos, los mozalbetes tirados en la acera, que llevaban una navaja de labor en el bolsillo y una cerveza en la mano. Este obispo, que ya había recibido alguna paliza por parte de los fascistas, impartía teología evangélica entre la gente subalterna, convencido de que la justicia social abrigaba más que la caridad. Xabier Arzalluz era un jesuita que había hecho apostolado entre los españoles emigrados en Alemania; el cura Miguel Benzo comenzó a introducir una rebeldía espiritual entre universitarios de Acción Católica; el padre Llanos, que en los años cincuenta, al frente de unos falangistas beatos, arrojó huevos podridos contra los carteles de la película Gilda en un cine de la Gran Vía, se fue a predicar el Evangelio de los pobres a El Pozo del Tío Raimundo; el canónigo Espasa, en Valencia, abrió la facultad de Filosofía a la espiritualidad moderna y en las clases de religión hablaba de Sartre y de Camus; el padre Gamo soliviantaba a los fieles en Moratalaz; en los templos, el gregoriano había sido sustituido por las guitarras y se consagraba la eucaristía con pan de pueblo de cuatro cereales, y para la sangre de Cristo servía el vino peleón o un Vega Sicilia si se quería ver más bueno a Dios. Pero Jesús Aguirre era un clérigo fino que se hacía pasar por jesuita, aunque sólo era cura secular, que había estudiado Teología en Múnich y a quien se supone que algún desaprensivo había jurado que en el mundo había obreros, cosa que él parecía ignorar, aunque había visto de cerca a los emigrantes españoles por las calles de la capital de Baviera, encaramados en los andamios y durmiendo en barracones con gesto indigente. Dios le había llamado para una misión mucho más elevada.
Primero Jesús Aguirre fue asesor de publicaciones religiosas. Después se hizo cargo de Cuadernos Taurus, pero al tomar por asalto el mando absoluto de la editorial, quedó desbancado su predecesor García Pavón, el autor manchego del detective Plinio, y el espíritu de Tomelloso pasó a la estética de la Escuela de Fráncfort. Los partidarios de García Pavón, al verlo en la calle, contraatacaron y en las mesas del café Gijón aparecieron octavillas malévolas en las que se decía que, más que de Adorno y Walter Benjamin, el cura Aguirre entendía de jóvenes griegos y en ese asunto era todo un Platón. «¿Me puedes decir qué significa esto de Platón? —se preguntaban los enemigos del cura en el café—. ¿Tenía Platón un dálmata?». Pero las calumnias cesaron y José Luis Aranguren, llamado por algunos Amarguren, ya había dejado de ser un moralista cenizo y después de fumarse unos porros con los estudiantes en el campus de La Jolla se había traído del exilio la felicidad californiana que impartía Marcuse para convertirse en el intelectual de guardia en Taurus a pleno rendimiento, y en el palacete de la plaza del Marqués de Salamanca comenzaron a entrar y salir Fernando Savater, Juan Benet, Javier Pradera, Juan García Hortelano, Jaime Salinas y los catalanes Gil de Biedma, Carlos Barral y José María Castellet. Nunca se había visto hasta entonces una editorial con perro de lujo incorporado. El dálmata confería a la Escuela de Fráncfort una elegancia inusitada. Se paseaba por los despachos y según una maldad de Aguirre estaba especializado en comerse crudos los manuscritos de Baltasar Porcel. Después Baltasar Porcel se vengó de semejante afrenta escribiendo contra Jesús Aguirre un artículo brutal, sangrante, titulado «Un duque de zarzuela», cuando éste subió a los cielos de la Casa de Alba.
La cultura se había sacudido por fin el yugo de Ortega: el-que-lo-había-dicho-todo-antes-que-Heidegger, según contaba maliciosamente Juan Benet. Martín Santos parodiaba en la tertulia de Gambrinus la famosa conferencia en la que el filósofo analizó una manzana en la mano desde cuatro puntos de vista; después de escribir un libro de éxito, Naturaleza, Historia, Dios, que incluso se entendía, Zubiri quedó encerrado en una caja fuerte del Banco Urquijo, pero su presidente Juan Lladó lo sacaba una vez al año para que explicara a unas señoras de la burguesía perfumada en qué consistía la inteligencia sentiente; Aguirre servía a los suyos un martini seco con Adorno y Walter Benjamin como gotas de angostura, en la barra de Taurus, en la tertulia de Parsifal o en el pub de Santa Bárbara.
Aquel día de primavera del difuso 1970, sentado frente a Aguirre, mientras él cerraba unas carpetas antes de hablar, pensé que podía aplicársele el verso de Auden: «La rotura de una taza de té es el camino que lleva al país de los muertos». Tenía cada gesto exactamente estudiado y se le veía pulcro, sobrado, dominador del medio, pero era de esos intelectuales excesivamente cultos que no logran afianzarse del todo en el sillón de mando si antes no se apoyan en una maldad contra un colega que les cae antipático. «Le he pedido un original a este fulano —fue lo primero que me dijo blandiendo en el aire un mazo de folios encuadernado— sólo por el placer de devolvérselo». Y luego se adornó con una cita, que en este caso fue esta máxima de Goethe: «La Iglesia lo debilita todo». La pronunció en alemán y, después de traducirla bien o mal, añadió: «Algunos ya me consideran un hereje». Me dije: he aquí a un tipo fuera de lo común, vestido como un veraneante del Adriático sin ser del todo ridículo, con una inteligencia que se salva de la pedantería por el cinismo. ¿Será realmente tan culto como parece o será todo él un simulacro?
Yo tenía entonces una vaga idea del pasado de Jesús Aguirre. Lo cierto es que en esa época constituía ya un referente cultural del progresismo religioso de la sociedad madrileña, amamantador de teología alemana para ovejas selectas descarriadas, lo que le había merecido ser árbitro en el diálogo entre marxistas y cristianos con el diplomático Julio Cerón, Aranguren y Alfonso Carlos Comín, en el que Aguirre hacía de diablo, pero en ese momento aún debía sobre todo la fama a su lengua mordaz contra sus enemigos y a sus sermones en la iglesia de Santo Tomás de Aquino en la Universitaria, que habían dejado admirados a creyentes y agnósticos, gracias a que no se entendían nada, pero parecían muy osados.
Un domingo de mayo de 1962 yo asistí a uno de ellos. El recuerdo más antiguo que tenía del personaje era aquella misa en latín, que Aguirre celebraba de espaldas a los fieles, a los que sólo daba la cara en el momento de volverse para emitir el dominus vobiscum abierto de brazos, cantándolo muy entonado. Prácticamente sólo le recordaba el cogote bien trasquilado y la coronilla tonsurada, pero el vuelo de manos y el desparpajo litúrgico con la hostia, el cáliz y los corporales sobre el altar eran idénticos a los que ahora usaba sobre la mesa cargada de supuestos libros de la Escuela de Fráncfort.
Sentado frente a él, después de algunos titubeos de principiante en el oficio, temiendo una respuesta cruel, le manifesté mi proyecto literario. «Quiero escribir un libro sobre Azaña», le dije. Ante mi sorpresa, Jesús Aguirre se mostró casi eufórico. «Éste es el momento preciso para que escribas ese libro. Podría ser una bomba. ¿Por qué quieres hacerlo?». Le dije: «Tengo una amiga republicana que cada 14 de abril entra en erupción. Es la única forma de calmarla». No le sorprendió una respuesta tan cursi e imaginaria. «No escribas nunca por amor», dijo, pero me animó a complacerla. Fue un proyecto frustrado, uno más. Los cuatro tomos de las obras completas de Azaña editadas por la editorial Oasis, que me había traído de un viaje por México, quedaron en un anaquel de mi biblioteca testigos de mi abulia. Estaba en esa época rodeado de aventuras, pasiones, sueños y proyectos nunca realizados. Ésa parecía ser mi especialidad. Después de haber ganado un premio literario pasaba por un periodo de desánimo y Jesús Aguirre comenzó a formar parte de las personas que me habían dado una nueva oportunidad desaprovechada. El recuerdo de esta visita a su despacho no hacía sino acrecentar mi frustración y durante un tiempo hice todo lo posible por rehuir su presencia.
Pero un día me enfrenté de nuevo con Jesús Aguirre en la presentación de su libro Sermones en España, editado por Cuadernos para el Diálogo, en la librería Rayuela, de la calle Tutor, en el barrio de Argüelles. Me llevó a remolque una vez más Vicki Lobo, la republicana, recién licenciada en Arqueología, vestida para la ocasión con atuendo específico: jersey de grano gordo, minifalda escocesa con un gran imperdible, botas altas, pendientes y collares de nueces indígenas. Mi amiga venció mi última resistencia. Quería que renovara ante el editor de Taurus, siendo ella testigo, la promesa de escribir el libro sobre Azaña o cualquier otra cosa que me hiciera recuperar la autoestima.
Las chicas más libres de entonces ya habían dejado de tomar los temas a sus novios que preparaban oposiciones a notarías. Tampoco mataban el tedio de las tardes de domingo con su pareja ante un café con leche en una cafetería a la espera de entrar en un cine de barrio y rendir en la última fila de butacas un homenaje a Onán. A partir del Mayo del 68 iban ya en vaqueros, abiertas en el transportín de las motocicletas de los primeros centauros de la progresía, que habían dado de lado a las oposiciones y comenzaban a agarrar la vida directamente por el rabo y se hicieron cineastas, sociólogos, publicitarios, interioristas e incluso gastrónomos, pero en los primeros años setenta la vanguardia femenina había tomado la iniciativa en los abrevaderos, en las aulas de la facultad, en las carreras delante de los guardias y también en el sexo, hasta el punto de que los más tímidos se protegían juntos en un extremo de la barra de las discotecas temiendo ser asaltados por aquellas guerreras. Vicki era una de ésas. Tenía una belleza lavada, los labios carnosos sin carmín, los ojos negros sin rímel, los senos sin sostén, el alma delicada y fiera al mismo tiempo y sólo olía a jabón Lux, aunque se mordía las uñas y llevaba los dedos manchados de bolígrafo. La tijera abierta aún la llevaba en el pecho dispuesta a cortar el esqueje de cualquier clase de rosal. No había una causa noble, desprendida, arriesgada e inútil, pero romántica, que no tuviera a Vicki Lobo en primera fila llevando a remolque a los más remisos de la cuadrilla. En esa época no sé si era maoísta, trotskista, de la ORT, del FRAP o todo a la vez. Creo que sólo era una rebelde, una radical contra todo y nada.
La librería Rayuela tenía una sala de exposiciones en la trastienda, repleta en este acto de feministas del estilo de mi amiga, y no sé por qué el cura Aguirre, como entonces se le llamaba, atraía a un público femenino tan entregado. Había dejado de decir misa en la Universitaria y aquel rito lo había sustituido por estos actos culturales casi con la misma liturgia pero con unos fieles distintos, que la policía tomaba como elementos subversivos y a muchos de los cuales tenía fichados. Jesús Aguirre llevaba chaqueta a cuadros y bufanda de seda color lila y estaba detrás de una mesa al fondo, su nuevo altar, con el presentador, un micrófono, un botellín de agua mineral y una copa, su nuevo cáliz, su nueva misa. Los asistentes ocupaban toda la sala, sentados en sillas de tijera, y había oyentes de pie por todos los flancos, entre los que se contaban un par de policías de la Brigada Social y otros con aspecto torvo, a simple vista fuera de contexto.
Jesús Aguirre empezó a contar que su obra recogía una selección de pláticas que había dado durante las misas en la iglesia de la Universitaria. Luego se demoró explicando que el libro había sido retenido por la censura dos años porque estaba dedicado a la memoria de Enrique Ruano, el estudiante de Derecho al que la policía, después de torturar, pegó un tiro y arrojó por una ventana desde un séptimo piso en la calle General Mola simulando una huida. En ese momento se produjo un barullo en la última fila. Un sujeto con gabardina plegada en el antebrazo gritó: «¡Eso es mentira, cura maricón!». Hubo un conato de pelea y gritos de protesta, pero el provocador, lejos de largarse de la sala o de ser expulsado a la fuerza, quedó en pie muy engallado. Recuperada la calma, Aguirre entró en materia de forma alambicada y conceptuosa para hablar de la inmortalidad y la resurrección, de la desesperanza y la violencia, del amor célibe, de la muerte como acto político, y se refirió a un teólogo alemán, amigo y maestro suyo en Múnich, un tal Joseph Ratzinger, que había dicho que una generación debe morir para que renazca otra más avanzada, algo que estaba sucediendo ahora ante nuestros ojos. «¡Una generación de rojos, hijos de puta!», volvió a gritar aquel cabestro de la gabardina. Se armó una pelea verbal considerable e incluso hubo algunos golpes, más insultos, hasta que aquel sujeto abandonó la sala no sin amenazar de muerte al conferenciante. «Sí, señor, a usted y a sus nuevos acólitos», aulló ya desde la calle. Pero Vicki Lobo se había desprendido de mi lado y fue a por él. Le cogió de la solapa y le gritó a la cara: «Te conozco, eres el jefe de esos gilipollas hijos de puta guerrilleros de Cristo Rey que habéis destrozado los grabados de Picasso de la galería Theo y habéis robado dos». Entre varios esbirros la apartaron a patadas. Volvió a la sala con el collar de nueces destrozado y entonces me di cuenta de que era amigo de una leona. Calmada a duras penas la parroquia, el cura Aguirre comenzó a hablar del diablo como comparsa. Esta vez fue la bronca una excusa a la que me acogí para demorar mi proyecto de escribir sobre Azaña.
Aquella noche caminaba con Vicki por la calle Hortaleza, hacia el pub de Santa Bárbara, por una acera muy estrecha donde había un cubo de basura en cada portal. Para que mi amiga no pasara pegada a ellos, tratando de ser delicado, hice que se cambiara de lado y la coloqué a mi izquierda. Lo tomó como una afrenta. Vicki se volvió hacia mí y, tras llamarme machista con sumo despecho, añadió: «Puedo soportar como tú toda la basura que genera cualquier familia cristiana y la puta colza del imperio americano».
El pub de Santa Bárbara era un moderno abrevadero de la calle Fernando VI donde se reunían los primeros modernos barbudos habitantes de la alcantarilla política. A esa hora estaba lleno de progres con patillas de hacha y pantalones de campana, distintas camadas clandestinas de rojos, unificadas por la trenca con trabillas de falsos dientes de jabalí, que compartían abrevaderos en el triángulo que formaba este pub con Bocaccio y Oliver. Escritores alcohólicos, artistas de cine y de teatro, jueces jacobinos, chulos y bohemios comenzaban a atravesar las noches de Malasaña. En el pub de Santa Bárbara, un psicoanalista, discípulo de Castilla del Pino, nos explicaba a Vicki y a mí la forma de tomar LSD con cierta garantía que te permitiera arrojarte por la ventana, levantar el vuelo sobre los tejados, dar la vuelta a la noche de Madrid llena de colores psicodélicos y aterrizar suavemente en la cama sin ninguna paranoia. Mientras la penumbra unificaba todos los licores y por encima de mi gin tonic sonaban baladas aguardentosas de Ray Charles, Otis Redding y los Beach Boys, de pronto se oyó un griterío en la calle y poco después comenzaron a cantar algunas sirenas de la policía. «Los fachas acaban de romper otra vez el escaparate de la librería Antonio Machado», llegó diciendo alguien. Los cristales rotos reflejaban en la oscuridad los nuevos tiempos que se cernían sobre España. Iluminados por los faros de los furgones de la policía, pisamos las esquirlas esparcidas por el asfalto y antes de despedirla en el portal de su casa mi amiga me amenazó: «Si no escribes ese libro, me vas a perder. Y si lo escribes, haremos un viaje a Egipto a ver si descubrimos juntos alguna momia». «No es necesario ir a Egipto. Madrid está lleno de momias con corbata que van por la calle», le dije. Un tiempo después Azaña fue estudiado y presentado de nuevo en sociedad en España por Juan Marichal y se puso de moda. Mi proyecto se perdió en la nada. Y la arqueóloga, también.
1965
La palabra sagrada se derrama desde la colina de la Universitaria y llena de preguntas el dulce corazón de los agnósticos.
1965
Jesús Aguirre había alcanzado la primera cumbre ejerciendo la palabra sagrada con un toque de marxismo cristiano mezclado con la teología cósmica de Teilhard de Chardin. Servía ese cóctel con una labia exquisita, alambicada y conceptuosa en la iglesia de la Universitaria, que algunos llamaban Casa Sopeña, porque era este monseñor quien regentaba esa parroquia, instalada en los locales del museo de América. Los sermones de Aguirre tenían una clientela heterogénea. Algunos fieles sólo iban a misa porque esa iglesia les pillaba cerca, como era el caso del comandante del cuartel Inmemorial que me llevó a mí, pero su grey específica estaba compuesta por estudiantes católicos inconformistas, por ejemplo Enrique Ruano junto con algunos profesores con cargos políticos que querían oírlo predicar en el filo de la navaja para denunciarlo si, llevado por la lengua de fuego, metía la pata; había también hombres maduros de izquierdas que intentaban comprender los nuevos tiempos del Concilio Vaticano, dispuestos a volver a la práctica religiosa con sermones como éstos. Después estaban los amigos del predicador, y por último los frívolos que iban porque estaba de moda oír al padre Aguirre. De hecho, algunos abandonaban el templo en cuanto terminaba la predicación y entonaba el credo; en cambio, otros entraban en la sacristía al final de la misa para felicitarle por el sermón como si se tratara del camerino de un actor al final de una obra de teatro. «Un pico de oro, sí señor, y con un elegante movimiento de brazos», le decía abrazándolo el viejo e ilustre historiador Ramón Carande, que había arrastrado a misa a su discípulo Gonzalo Anes, ambos agnósticos pero prendados por la retórica barroca y sibilina del cura. «Hoy has estado fantástico, Jesús, mucho mejor que el domingo pasado. Más valiente», le decía el profesor Tierno Galván. «¡Torero, torero!», exclamaba el catedrático Maravall, mientras Jesús Aguirre, sudoroso, se despojaba ceremoniosamente de la casulla, de la estola, del alba y el amito, dando un beso a cada una de estas vestiduras; luego se lavaba las manos ante la admiración e impaciencia de sus amigos y se las daba a besar a todos, también a las feligresas, que las había de dos clases, unas con collares de perlas y hablar melifluo, otras de las que se mordían las uñas y soltaban muchos tacos, «joder, cabrón, Jesús, qué bien has estado», pero todas besaban la mano del padre Aguirre con unción y le dejaban en el dorso una leve mancha de carmín. Sobre todo, tenía enamoradas a tres mujeres que jugarían un gran papel en su destino: a Nena Guerra Zunzunegui, la esposa de Alfonso Fierro, que le ayudó a entrar en Taurus como asesor de publicaciones religiosas; a Trini Sánchez Pacheco, mangoneadora del Frente de Liberación Popular, que vestía de forma exorbitante con medias rojas y sombrero malva, y a Mabel Pérez Serrano, hija del famoso catedrático de Derecho Político. Las tres se le cruzaron en momentos delicados de su vida.
Aparte de bien sermoneados, Aguirre tenía arrodillados en su confesonario a universitarios que luego serían prohombres del gobierno socialista y padres de la patria. Alrededor de su sotana campaban los hermanos Solana, los hermanos Bustelo, Miguel Boyer, Nicolás Sartorius, toda la familia Maravall, Peces Barba, Tamames, Fernando Morán, Herrero de Miñón, cualquier componente de la burguesía progresista con su novia respectiva. A casi todos los ejemplares de la izquierda fina madrileña los había casado, había bautizado a sus hijos, había dado un responso a sus finados y por supuesto conocía con todo pormenor las flaquezas de la carne de cada uno. «Sé muy bien de sus caídas, de sus pecados solitarios y los que cometieron con sus parejas esos personajes, que luego han sido ministros, diputados, altos funcionarios del Estado e incluso banqueros —me dijo cuando ya era duque de Alba—. Pero no olvides, querido, que estoy ligado al secreto de la confesión. No me pidas ahora que te cuente sus miserias. Por otra parte, sus pecados no fueron nada del otro mundo. Te juro que el diablo no estaba orgulloso de ninguno de ellos». Sentado en el interior del confesonario con sotana y estola morada, Jesús Aguirre los tenía ante él de rodillas y los abrazaba, les acariciaba el lóbulo de la oreja y los empujaba con un leve pescozón en la mejilla, a medias caricia y acicate, a vaciar su corazón si se atascaban en algún pecado que solía ser casi siempre contra el sexto mandamiento. Pegados mejilla contra mejilla tuvo a próceres de la política, a señoritos intelectuales, a burguesitas posconciliares liberadas y sus alientos se mezclaban unos transportando culpas y caídas, y otro el consejo y el perdón. Pasados los años, yo contemplaba desde la tribuna de prensa toda la bancada de los socialistas en el hemiciclo del Congreso en las Cortes Constituyentes y Luis Carandell me decía: «A todos estos los ha confesado y casado Jesús Aguirre, pero se ve que su bendición no servía porque todos se han divorciado». Cuando casaba a una amiga embarazada, después de la bendición, le decía: «El amor está por encima de todo». A otras parejas les preguntaba: «¿Cómo queréis que os case?, ¿línea Pío XII o modelo Juan XXIII?». Al final de la ceremonia muchos novios se preguntaban: «¿Tú crees que estamos realmente casados?». El cura les aseguraba que lo importante era celebrarlo con un cochinillo en Botín.
Un domingo de mayo asistí a una de las misas del padre Aguirre para oír la famosa plática. La iglesia, situada en una loma cerca del arco de triunfo de la Moncloa, estaba muy cerca del cuartel Inmemorial, del paseo de Moret, donde yo realizaba las prácticas de alférez de milicias. En el regimiento había un comandante muy caballista con bigote de espadachín, que tenía una novia alemana muy rubia y una yegua que atendía al nombre de Salina. En el comedor del cuartel, recién llegado del picadero, oliendo a establo todavía, este comandante solía repetir que a este mundo se había venido sólo a creer en Dios y a montar a caballo. De hecho, algunos domingos iba a la misa del padre Aguirre montado en su yegua, que dejaba atada a un chopo como los vaqueros del Oeste lo hacen antes de entrar en la cantina. Siempre me animaba a acompañarle. «Iré si me lleva usted en la grupa, mi comandante», le dije bromeando. «Eso está hecho, alférez. Y si no me acompaña usted, le mando al calabozo». No obstante, el comandante y su novia aquel domingo fueron a misa cabalgando a través del parque del Oeste cada uno en su jaca respectiva y yo fui caminando entre las dos yeguas con la estrella de oficial del Ejército español en la frente.
Allí estaba con la iglesia repleta Jesús Aguirre, revestido con alba, estola y casulla verde bordada con grecas de plata, envuelto en latín, de espaldas a los fieles, muchos de ellos de pie desbordando la entrada. No recuerdo de qué habló en la plática. Me pareció conceptuoso. Daba la sensación de que en medio de la oscuridad de su predicación tocaba alguna materia inflamable que yo no percibía. Puede que fuera peligrosa porque era recibida por el ceño fruncido de algunos fieles, por la sonrisa maliciosa de otros y ciertos murmullos de aprobación al término de alguna frase redonda. A mi lado, un señor de bigote espeso, con calva apostólica perlada de sudor, murmuró: «Este curita se la está jugando, el muy jodido». Imaginé que sería un tipo de la Secreta.
Tiempo después, cuando esa misa era un suceso místico y social donde se daban cita seres muy evanescentes, sucedió un percance que alcanzó la cota máxima de la estética. Al parecer uno de sus amigos predilectos, con quien el cura había establecido una relación particular, lo había abandonado. El neófito había perdido la fe, había dejado la práctica religiosa y había desaparecido de su vida. Hacía casi un año que no se veían y se condolía de su ausencia. Jesús Aguirre ignoraba su paradero, le dijeron que se había ido a París, pero un domingo de primavera en que el cura lo daba por perdido y rememoraba aquel platonismo griego como una amarga dulzura del corazón, el amigo tornó al redil y acudió a misa. Cuando Jesús Aguirre se volvió hacia los fieles para decir dominus vobiscum, de pronto, con los brazos abiertos, vio muy sorprendido a su amigo, que sonreía sentado en la cabecera del primer banco. El cura también le sonrió y, en lugar de decir dominus vobiscum, realizó un silencio muy medido, cinco segundos de eternidad, y después, con los ojos fijos en su amigo recuperado, exclamó: «Bonjour, tristesse». Quién era ese amigo no lo supe hasta unos años más tarde.
1980
Un gabinete del siglo XVIII a salvo de los gritos histéricos y la magia de un retrato en el palacio de Liria.
1980
Un domingo de otoño de 1980, cuando a media tarde me dirigía al palacio de Liria, pasaban coches por la calle de la Princesa de Madrid con banderas españolas enarboladas por las ventanillas, bajo el clamor de los megáfonos que expandían consignas patrióticas en el aire. Grupos de neonazis armados con cadenas campaban a sus anchas por la plaza de los Cubos; irrumpían en las cafeterías y ponían algunas mesas patas arriba con todas las meriendas, tazas de cafés con leche, platos con medias tostadas y cruasanes, botellas y cucharillas, por el solo placer de sembrar el terror entre los clientes, en su mayoría parejas apacibles de mediana edad. Otra fracción de estos cachorros engominados también se fajaba con las primeras tribus de la movida, que ya lucían la cabeza con crestas de gallo pintadas de verde o rojo, en la cola de los minicines Alphaville, donde se exhibía la película de Almodóvar Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. Ante mis propios ojos sucedió un hecho brutal. Un yonqui que pedía con voz gangosa cien pesetas para un bocadillo en la puerta del Vips fue apaleado a fondo con bates de béisbol, arrastrado luego por los pies y depositado dentro de un gran tambor de basura del McDonald’s junto con los restos de hamburguesas, crocantis, botes de cocacolas y la nueva bollería industrial, dobos, dónuts, conguitos, en cuyos envases se notaba, más que en las ideas, la modernidad recién llegada a este país. Después de la concentración celebrada por la mañana en la plaza de Oriente para conmemorar el quinto aniversario de la muerte de Franco, los patriotas excitados se habían diseminado por la ciudad para reconquistar el nuevo terror y la antigua gloria, que la historia les estaba arrebatando de las manos.
En un piso de la plaza de los Cubos vivía el poeta Rafael Alberti, que en ese tiempo de zozobra andaba siempre con un pequeño transistor abierto en el bolsillo de la solapa, conectado día y noche con la Cadena Ser, por si tenía que huir de nuevo al exilio en caso de que se levantaran los militares, según el rumor cada día más espeso. Conociendo su natural cobardía, pensé en el espanto que sentiría el poeta si llegaban hasta su apartamento las violentas ráfagas de los altavoces. A unos pasos, en la Torre de Madrid, vivía también Luis Buñuel, pero este cineasta era sordo y lo lógico era que no oyera nada.
A salvo ya de los gritos histéricos, llamé al timbre del palacio de Liria y una voz a través del portero automático preguntó quién era yo, una cuestión que siempre he considerado metafísica. Dije mi nombre y los dos apellidos, seguidos del número del carné de identidad. Junto a la verja de lanzas doradas, mientras esperaba a que me abrieran la cancela, pasó por mi lado otra reata de falangistas muy jóvenes con camisa azul, aventada por un cojo cincuentón de paisano, bigote de cepillo, gafas negras y algunas muelas de oro. Pese a que había dos policías de carne y hueso guardando la entrada del palacio bajo la pareja de leones mesopotámicos de granito encaramada en las jambas, el cojo se vino hacia mí y señalándome con su bastón, que ejercía como vara de pastor, se dirigió a su ganado con estas palabras: «Mirad, éste es uno de esos progres de mierda». Luego se golpeó la patilla entrecana con la punta de los dedos a modo de saludo paramilitar, seguido de una mueca de orgullo, y habló a los policías con la boca rasgada: «Un día como hoy tengo a los chavales muy nerviosos, puede pasar cualquier cosa», les dijo. «Sujétalos, Rufino, sujétalos bien, no vayamos a joderla otra vez. Lo que tengas que hacer, lejos de aquí», le advirtió uno de los guardias, que, al parecer, sabía su nombre de pila de alguna gloria anterior. El cojo y su recua siguieron camino hacia la plaza de la Moncloa.
En ese momento, desde un mando a distancia se abrió la cancela, cuyos cerrojos eran de alta calidad, de esos que separan dos mundos, dada la forma rotunda con que sonaron. Comencé a caminar por la pradera trasquilada pisando hojas crujientes de álamo que la ventolina de aquella tarde de otoño arrumbaba hacia la fachada neoclásica del palacio de Liria. Mi visita constaba en el orden del día y estaba anunciada para las seis de la tarde. El mayordomo, que supe luego que se llamaba Ángel, adornado con galones verdes, me recibió en la puerta de cristal y bruñidos metales, y me precedió en la escalinata que desde el vestíbulo llevaba a la segunda planta.
El palacio estaba a media luz. A medida que avanzaba por un pasillo en penumbra, tuve la sensación de que el siglo XX iba quedando a mi espalda. Sobre algunas consolas de palosanto brillaban los candelabros y las porcelanas, en medio de un silencio absorbido por el sabor a melaza, que expandían en el aire las alfombras, los tapices y las maderas nobles. En los salones apagados tal vez dormían en las paredes cuadros de Tiziano, de Rubens, de Murillo y de Goya. Así iba quedando atrás la historia de España hasta que el mayordomo dio con los nudillos en una puerta con taraceas de limoncillo que al abrirse me dejó en un gabinete donde estaba Jesús Aguirre, decimoctavo duque de Alba, medio extendido en una cama turca, acompañado del escritor Juan García Hortelano. Aunque Jesús Aguirre no llevaba calzón corto de terciopelo color berenjena ni peluca empolvada como un Diderot cualquiera, sino pantalones de pana fina y jersey rojo semáforo de fancy man, y fumaba un cigarrillo Winston extrafino, por sus maneras parecía un personaje instalado en el siglo XVIII; en cambio, Hortelano fumaba Ducados repantigado en un sofá, con suéter gris de mezclilla, al que faltaba uno de los botones de la tripa, lo cual le confería un aire apaisado, de auténtica y plena actualidad.
A modo de saludo les dije que en la calle los fachas habían montado una buena y que me había salvado de milagro de que unos niñatos de mierda alentados por un cojo llamado Rufino me dieran una paliza. «¡Otra vez Rufino, ese hijo de perra! —exclamó Jesús Aguirre y añadió—: Hoy es mal día para andar por la calle. Lo de siempre. Unos tenderos cabreados, en nombre de la patria, lanzan al asfalto a sus cachorros con la camisa arremangada, como todos los años. Pero si se levantan los militares, como parece, y vienen a por mí, los esperaré en este gabinete leyendo tranquilamente a Ovidio». Y dicho esto, dio una calada al extrafino de Winston e hizo un ademán despectivo sobre su frente como si aventara un mal pensamiento. En todo caso, el gabinete del duque de Alba estaba insonorizado y hasta allí no llegaban los himnos, las marchas militares ni las consignas patrióticas que impartían los altavoces. «Por lo visto, a Adolfo Suárez los militares le han puesto varias veces una pistola en el pecho para que dimita. Pero lo único malo que ha hecho este hombre ha sido no venir a mi boda, a la que le invité personalmente». En el gabinete de Jesús Aguirre había un óleo de Thomas Gainsborough y en un anaquel de su biblioteca privada estaban los retratos enmarcados en plata de Walter Benjamin, del profesor Aranguren y del joven Enrique Ruano.
Aquella tarde de otoño de 1980, después de muchos avatares de su historia particular, el duque de Alba, con sus dedos largos de ave, su alta cadera cuadrada, sus ojos saltones a los que los lentes daban un aire de libélula intelectual, era un producto cultural lo más alejado posible de la naturaleza, capaz de sobrevolar todas las charcas. Pese a su delgadez de histérico exquisito, podía pasar también por un abate exclaustrado que se hubiera salvado de la guillotina por su labia, y en aquel gabinete, su boudoir privado, que parecía decorado por Boucher, hablaba ya como un volteriano, que en efecto leía a Ovidio, aunque también lo podías imaginar leyendo la revista Hola y tenía la gracia de tomar el té con lascivia. Ya no le quedaba ni de lejos ningún vestigio de cura. Sus silogismos escolásticos habían sido sustituidos por las réplicas irónicas, incluso por chismes hirientes, aunque Hortelano, en un momento en que se pasó de malvado, le dijo: «Ándate con cuidado, Jesús, que tú no eres duque de Alba. En realidad sólo has conseguido la beca Alba y si te vas de la lengua y no te portas bien, te la van a quitar».
Entre las docenas de títulos nobiliarios que ostenta la Casa de Alba, Cayetana le había ofrecido la oportunidad de que escogiera el que más le gustara. «Querido —me dijo—, imagino que no te sorprenderá que haya elegido el de conde de Aranda, un ilustrado, un afrancesado enciclopedista, que introdujo la modernidad en España. Pero este título sólo lo uso cuando viajo de incógnito».
Dicho esto, gustándose, Jesús Aguirre encendió otro extrafino de Winston y estiró las piernas en la cama turca envuelto en humo. Entonces me fijé en sus zapatos. Nunca había visto que zapatos de esa clase los calzara nadie en este perro mundo. Tenían el empeine de lonilla color manteca con horma y remaches de cuero marrón arañado y cordones con botonaduras doradas. Estaban elegantemente gastados. Zapatos de esa hechura sólo pudo haberlos llevado algún millonario exquisito de entreguerras en la Promenade des Anglais en Niza, acompañado de una dama con pamela y un caniche en brazos, instalados en el hotel Negresco. Me parecía poco apropiado interesarme en ese momento por el origen del calzado, pero cuando Jesús Aguirre me preguntó si quería contemplar el famoso retrato de Cayetana de Alba, pintado por Goya, o leer la carta autógrafa de Cristóbal Colón y el testamento de Felipe II o tener en mis manos la primera edición del Quijote, que se conservaban en el archivo de la familia, le dije que prefería que me mostrara primero su fondo de armario.
No lo dudó un segundo. Junto con el escritor Juan García Hortelano, le seguí los pasos por varios salones en penumbra, que era como hacer espeleología en la gruta del gran dragón. Desde los óleos de las paredes algunos próceres, que el duque ya había comenzado a interiorizar como sus propios antepasados, tal vez nos acompañaban también con la mirada. En la intimidad de unas estancias privadas había un gran vestidor forrado de caoba. En una tabla al pie de las cajoneras se alineaban varias docenas de zapatos, podían ser cincuenta o cien, entre ellos algunos pares de terciopelo en forma de botines de media caña como los que calzaban los pajes de Lorenzo el Magnífico, en Florencia, según aparecen en el cuadro de Gozzoli El cortejo de los Reyes Magos. Eran los zapatos del padre de Cayetana, que fue embajador en Londres, al que Jesús llamaba su suegro con absoluto desparpajo. Abrió el primer armario y apareció un mono color azul mahón desgastado. «Jacobo, mi suegro, el embajador, era muy elegante. En Londres, durante la guerra, en la embajada cenaba siempre con esmoquin. Cuando empezaba el bombardeo, los famosos V-2, entraba el mayordomo, le ayudaba a quitarse el esmoquin y le ponía este mono de obrero por si se desplomaba el techo, le cubría la cabeza con un casco de acero y seguía cenando como si nada. A veces me visto con este mono para escribir los artículos de El País. Un día voy a recibir con él a Javier Pradera y a Juan Benet. También uso los zapatos de mi suegro, aunque algunos me aprietan demasiado porque calzo un número más. No importa», dijo. A continuación abrió otra hoja de un armario y nos mostró un uniforme colgado en la primera palomilla. Era un uniforme de capitán general, de color azul oscuro, con los correspondientes entorchados, las estrellas de cuatro puntas y bastones de mando en las hombreras y en la gorra de plato. «A ver si sabéis a quién pertenecía», preguntó. García Hortelano comentó con ironía que podía ser de Franco, aunque aquel tirano era más corto de talla.
El uniforme pertenecía al rey don Juan Carlos. El duque contó que era tradición de la monarquía española regalar a la Casa de Alba el uniforme que ha llevado el rey en el acto de su coronación o del juramento de la Constitución. Yo lo recordaba perfectamente, puesto que había asistido a aquel acto desde la tribuna de prensa en el Congreso de los Diputados. «¿Lo usas alguna vez, Jesús, en tus delirios de grandeza?», bromeó Hortelano. «Delirios no, querido, lo mío son realidades de grandeza, aunque el Rey es mucho más alto que yo. Puesto a travestirme, elegiría el vestido que lució la reina María Luisa de Parma el día de su boda con Carlos IV», exclamó Jesús Aguirre sacando un vestido de novia de otro armario.
Así lo hicieron en su día las trescientas damas, dueñas, doncellas y criadas que la duquesa de Alba, la primera Cayetana, tenía a su servicio, a las que engalanó con el mismo vestido de la reina para que asistieran a la boda real. Fue un acto de maldad femenina. La rivalidad de la reina María Luisa y la duquesa era muy conocida en la corte de Carlos IV. Durante los preparativos de la boda real, Cayetana pagó a espías para enterarse de las galas que iba a lucir la futura reina en la ceremonia nupcial y para humillarla mandó que toda la servidumbre femenina de la Casa de Alba luciera el mismo vestido que la novia. Según Aguirre, una de aquellas copias se conservaba en la guardarropía del palacio de Liria. Imaginé como un esperpento de Valle-Inclán a Jesús Aguirre cruzando los salones en penumbra vestido de reina María Luisa hacia el espacio de cocinas de palacio a altas horas de la noche, y una vez allí, abriendo armarios y haciendo sonar las perolas por si en ellas el jefe de compras había guardado algunas monedas que le hubieran sobrado al volver del mercado. Ésa era una de las maldades con que solía crucificar al duque el escritor Juan Benet.
En las tertulias de los sábados en el bar Parsifal, de la calle Concha Espina, participaba Jesús Aguirre, antes y después de convertirse en un Alba, con el editor y periodista Javier Pradera, con el magistrado Clemente Auger, con los escritores Juan Benet, García Hortelano, José María Guelbenzu y el cineasta Elías Querejeta. Nadie recordaba nunca que Jesús Aguirre hubiera pagado un café. Juan Benet decía que la duquesa le había asignado una exigua cantidad mensual para tabaco, unas dos mil pesetas, y el resto para sus vicios se lo agenciaba él personalmente rebuscando en las perolas de la cocina el producto de algunas sisas y el dinero reservado para las propinas al chico de la tienda que llegaba con el pedido.
Jesús Aguirre siempre andaba pillado de dinero y siendo duque odiaba que en pago de sus conferencias lo despacharan con una placa de recuerdo, con una bandeja o con una pluma estilográfica. Deseaba ser resarcido con dinero, pero ¿no era humillante ofrecerle unos sucios billetes en un sobre a un duque de Alba? Ninguna casa de cultura, universidad, caja de ahorros o centro de estudios osaba pagarle en metálico y él blasfemaba por lo bajo cuando recibía un presente simbólico al final de la charla. Un día lo llamó el librero y galerista de arte Manuel Arce, viejo amigo de juventud, para dar una conferencia en una institución de Santander. «Manolo, querido —le dijo el duque—, nada de plaquitas esta vez, ¿de acuerdo? Quiero dinero, dinero, dinero». Al final de la charla se le acercó el director del evento y le entregó de nuevo un paquete envuelto con papel de regalo. Maldijo su suerte por lo bajo. Otra mierda de placa, pensó, pero al abrir el envoltorio se encontró con un delicioso dibujo de Riancho, cotizado pintor santanderino del siglo XIX. «Oooh, bellísimo, bellísimo. Lo colgaré en mi gabinete de Liria», exclamó, pero enseguida llamó a Manolo Arce para que lo vendiera en secreto. La galería Sur lo colocó por cuatrocientas cincuenta mil pesetas, que el duque se embolsó, pero no por eso pagó esta vez el café de sus amigos de la tertulia.
Al salir del vestidor, Jesús Aguirre se detuvo ante el cuadro de Goya. Encendió una luz que daba directamente al lienzo y comenzó a explicar con buen vuelo de manos todos los pormenores técnicos de la pintura. Hablaba con la pasión de quien, en verdad, se creía uno de la familia. «Ésta es nuestra famosa María Teresa Cayetana, la de la leyenda. La pintó Goya en 1795. Ella tenía entonces treinta y tres años. Fijaos en la elegancia de esos blancos estampados y en su contraste con los rojos ardientes del fajín. Se la ve triunfante, autoritaria, envuelta en la espesa cabellera negra de la que se sentía tan orgullosa. Con el brazo extendido señala la dedicatoria trazada en el suelo. ¿Es ésta la famosa maja que Goya pintó desnuda? La maja que pintó Goya era una mujer de dieciséis años, y después de analizar las pinturas se comprobó que las fechas no coincidían. Por eso mi suegro sostuvo que la duquesa y la maja no eran la misma persona: ¡nada lo prueba, ni siquiera una carta! Y además, mon Dieu!, una diferencia de cuarenta años o más. El pintor ya tenía setenta cuando la conoció y ella estaba entre los veinte y los treinta. ¡Qué horror! Sin embargo, si ahora se le pregunta a mi mujer por su antepasado más querido, contesta que siente gran simpatía por esta Cayetana».
Simplemente por cortar su parrafada erudita, que sin duda había aprendido en algún libro de arte, le pregunté cómo se llamaba el perrito con el lazo rojo en una pata trasera que aparece a los pies de la duquesa. «Lo ignoro, querido», contestó Jesús Aguirre no sin un deje de desolación, como pillado en falta. «¿No lo sabes? ¿Ni siquiera de qué raza era? ¿Caniche? ¿Grifón? Entonces olvídate de la Escuela de Fráncfort, de Adorno, de Walter Benjamin y ponte a ello. Escribe una tesis doctoral sobre este chucho y si descubres cómo se llamaba y las gracias que hacía, ingresarás en la Academia de Bellas Artes», exclamó Hortelano soltando una carcajada, y no había terminado de reír cuando se me ocurrió una idea. «Te propongo un negocio —le dije al duque necesitado—. ¿Por qué no llevas este cuadro al Japón, lo expones en un museo o en el vestíbulo de una empresa, en la Sony o en la Toyota, y cobras la entrada? Se formaría una cola de tres kilómetros de nipones. Conozco a un marchante de Tokio. Yo te gestiono el proyecto, das allí una conferencia para difuminar culturalmente el acto y vamos a medias». El duque quedó sorprendido. «¿Lo dices en serio? Un día hablaremos de eso», exclamó relamiéndose como un gato antes de comerse al canario.
La sombra del mayordomo cruzó el salón, se acercó a Jesús Aguirre y le preguntó si no prefería que abriera una de las ventanas que daban a la fachada principal, puesto que, sin duda, el aire olía un poco a cerrado. Se notaba que la duquesa estaba en Las Dueñas, en Sevilla, y desde que se fuera la sala no se había oreado. En efecto, el cúmulo de tapices, óleos, muebles, lámparas y alfombras hacía más pesado el sabor de la riqueza.
Junto con el aire fresco de noviembre, por la ventana llegó hasta el salón principal del palacio el sonido de ambulancias y de furgones de policía formando una algarabía, que se mezclaba con un clamor de bocinas de coches y ráfagas de himnos patrióticos, marchas militares y arengas que a través de los megáfonos no habían dejado de sonar en aquella tarde de otoño. «Jesús, acaba de entrar en tu palacio otra vez el sucio siglo XX con toda su morralla de héroes, que saludan a la romana», dije. Hortelano exclamó: «¿A la romana? Estos héroes comparten el saludo con la forma de preparar la merluza y los calamares». Jesús Aguirre comentó: «No es normal tanto ruido. Parece como si hubiera pasado alguna desgracia ahí fuera». El mayordomo descorrió un cortinaje: «Señor, he oído algo por la radio, pero no he logrado saber… Creo que han matado a alguien. ¿Desea el señor duque que me entere?», preguntó. «No. Cierre la ventana, Ángel», ordenó Jesús Aguirre.
El salón de palacio volvió a tomar un silencio envasado en el siglo XVIII. En el gabinete privado, ante las miradas de Aranguren, de Walter Benjamin y del joven Enrique Ruano, tomamos un té con pastas, que ciertamente estaban un poco rancias, como correspondía a la alta alcurnia de la casa. Para sacarle de su desánimo le dije a Hortelano que ninguna aristocracia es fidedigna si los pasteles con que obsequia a los invitados no saben un poco a moho, pero él trató de salvarse y pidió un gin tonic y si fuera posible, en caso de que las hubiera en palacio, también unas patatas fritas, marca Lolita, pero en Liria no había patatas fritas esa tarde. Matías Cortés, viejo amigo del duque, decía que siempre que le habían invitado a comer en Liria le habían dado pollo. En uno de esos almuerzos en palacio con Polanco, Pancho Pérez y Pradera, la duquesa dijo a los comensales: «No sé si sabéis que estáis comiendo con el hombre más inteligente de España». Matías Cortés contestó: «Sí, pero este vino está oxidado». Yo pensaba que en eso consistía la verdadera nobleza. Por mi parte echaba de menos que en Liria no hubiera goteras. Un palacio que se precie debe tener goteras. Cuantas más palanganas en los salones, más grandezas de España. Tantos baldes, tantos blasones.
Luego las palabras se fueron dilatando hacia territorios de la memoria. Jesús Aguirre trató primero de desviar la conversación cuando le hablé de aquella ocasión en que en la iglesia de la Universitaria cambió el dominus vobiscum por el bonjour, tristesse. «¿Podemos saber de una vez quién era ese chico?». El duque de Alba no quería hablar del asunto, pero de pronto se levantó de la cama turca, se acercó a la biblioteca, cogió el retrato de Enrique Ruano y pasó la yema del dedo índice delicadamente por el marco de plata y luego la demoró sobre la frente bajo el flequillo de su joven amigo. «Buenos días, tristeza —exclamó el duque y añadió—: Fui su confesor y director espiritual, pese a que ya en ese tiempo me había decidido a dejar el ministerio eclesiástico y el padre Martín Patino me estaba arreglando los papeles con el Vaticano para volver al laicado. Enrique murió cinco días después de hacerse esta foto que le pedían para el servicio militar obligatorio. Tenía veintiún años. Un chico idealista, un dandi, muy atractivo, como veis. Algunos envidiosos decían que era un exhibicionista. No es así. Enrique estudiaba Derecho y pertenecía al Frente de Liberación Nacional, en el que también yo participé. Tres policías de la Brigada Social lo arrojaron por la ventana de un séptimo piso de la calle General Mola, el 20 de enero de 1969. Fue un asesinato. Tres días antes de su muerte, la tarde en que lo apresaron en la plaza de Castilla, había estado conmigo: acababa de salir del piso de soltero que yo tenía en la plaza de María Guerrero, en El Viso. Lo detuvieron junto con su novia Lola, una chica estupenda que después se casó con Javier Sauquillo, al que asesinaron en el despacho de abogados en Atocha y a ella le dieron un balazo en la mandíbula». El duque dio una honda calada de Winston, que le llegó más abajo del diafragma, y luego quedó callado con el retrato en las manos.
Fue una caída muy sonada en el ambiente de la clandestinidad. Se contaba que a la novia de Ruano la interrogaron en los sótanos de la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol. Los esbirros se sabían por completo la vida de los dos. A ella la pasearon por todo Madrid para que confesara de dónde eran las llaves que llevaba en el bolsillo, un piso donde guardaban ciertas evidencias, panfletos y un ciclostil. La chica resistió la tortura hasta dar tiempo a que escaparan otros amigos. Se comportó como una heroína. Finalmente ya no pudo aguantar. Después de torturarlo, a Enrique Ruano lo llevaron a ese piso de General Mola. A las tres de la tarde su madre aún logró verlo salir esposado de la Dirección General de Seguridad hacia el registro, se abrazó a él y al ver que no llevaba cazadora le dijo: «Vas a coger frío». A las seis la llamó la policía y le dijo: «Su hijo se ha suicidado».
Corrían muchas versiones de este suceso. En el atestado no constaba que al cadáver le habían serrado una clavícula que habría sido determinante para el esclarecimiento de los hechos. Esa lesión provocada por un objeto cilíndrico cónico, una bala, era incompatible con la caída, pero alguien había hecho desaparecer el hueso. No se hicieron pruebas de balística. El atestado sólo decía que el cadáver estaba boca arriba, con los brazos encogidos, las piernas flexionadas y un charco de sangre a la altura de la cabeza en el lado derecho. Estaba vestido con ropa interior blanca, jersey azul oscuro, pantalón gris, calcetines verdes y zapatos marrones. Se prohibió publicar una esquela. Lo peor sucedió al día siguiente, cuando el ABC sacó en primera página un supuesto diario de Enrique Ruano en el que expresaba intenciones suicidas. Eran fragmentos manipulados de una carta a su psiquiatra Castilla del Pino. El franquismo mantuvo que se había suicidado, que en un descuido había conseguido zafarse de los tres agentes armados sin que ninguno lograra contenerle y se había arrojado por la ventana.
Fue un crimen simbólico. Enrique pertenecía a una clase acomodada, su padre era procurador, vivía en un piso confortable del barrio de Salamanca y era la primera vez que el franquismo mataba a un hijo de vencedores de la guerra que se había puesto del lado de los vencidos. Aquellos padres de derechas que hicieron la guerra con Franco y que, tal vez, fueron a la División Azul engendraron algunos hijos rebeldes e idealistas, que en la universidad se enfrentaban a los guardias en una larga pelea contra la dictadura. En la década de los sesenta, entre las dos generaciones se estableció un abismo infranqueable. En la mesa, ante el plato de sopa, si se hablaba de pol
