Anthony
Al recordarla ahora, no cambiaría gran cosa de la noche de mi muerte. Exceptuando el final, algo que, evidentemente, no puedo hacer, fue una velada bastante fantástica. Si uno se enterara con antelación de que va a exhalar su último suspiro, es probable que echara a correr y a gritar «Quiero vivir» al dios con el que creyera que tendría más probabilidades de ser escuchado, desperdiciando así sus últimos y preciados momentos. Yo me alegro de no haberlo sabido, porque así me pasé la velada bebiendo champán como si fuera agua y recibiendo tal cantidad de alabanzas que podría haber pasado por el dictador de un pequeño pero próspero país. De arrepentirme de algo, sería de los ocho preciados minutos de mi última noche en la tierra que dediqué a Mary Chambers y a su empeño en contarme todos los detalles de su nuevo proyecto filantrópico.
Se suponía que no tenían que dejarla acercarse a mí. Decidí saludarla brevemente y después dejar que alguien más importante me reclamara, y casi todo el mundo era más importante que Mary Chambers. Aquella mujer insufrible me llamaba a la oficina varias veces a la semana, siempre sin éxito. Yo no le devolví ni una sola llamada, claro que ella tampoco pilló jamás la indirecta tamaño asteroide. Su marido le había dejado una fortuna devastadoramente inmensa cuando murió el año pasado. Se cayó de su yate en plena noche cerca de Portofino. Os aseguro que la noticia levantó muchas cejas. Sobre todo las de su hija de un matrimonio anterior, que montó en cólera al enterarse de que su nombre no figuraba en el testamento y demandó sin éxito a Mary por su parte de herencia. Yo sabía lo desesperada que estaba por invertir conmigo, y la mera magnitud de su fortuna me tentó en más de una ocasión, pero siempre terminé diciendo no. Era una mujer demasiado cotilla, demasiado preguntona. Yo necesitaba inversores que no anduvieran husmeando, y husmear era la razón de ser de alguien como Mary. Si Mary Chambers había tenido algo que ver en la muerte de su marido, tal y como insistía en proclamar a los cuatro vientos la hija de él, me habría resultado mucho más interesante, pero le faltaba visión de futuro para hacer algo así. La verdad de los hechos es que John Chambers era un borracho sin remisión al que le pesaba tanto la barriga que perdió el equilibrio y se cayó por la borda.
Aburrido, pero nada siniestro. No, Mary no tenía la capacidad de hacer algo así. En lo único que sobresalía esa mujer era en parlotear. Y aun así la invitamos a la fiesta. Por algún motivo, mi mujer pensó que era importante que asistiera. «¡Está en el consejo de la Fundación Lamcusi!», me informó, como si eso lo explicara todo.
Mi gran error fue drogarme antes de la cena. Hacerlo después era algo que se esperaba, se fomentaba incluso. Pero ¿antes? Me hizo bajar la guardia. En mi defensa, he de decir que había estado sometido a un estrés máximo y estaba loco por desparramar un poco. Miré los jardines, centelleantes y ridículamente hermosos, y noté el subidón. Olivia había tirado la casa por la ventana y, aunque los meses de preparativos habían sido una pesadez, la casa estaba espectacular. Habíamos empezado la fiesta junto al lago, decorado como el escenario de un cuento de hadas en una noche de verano. Había cientos de farolillos redondos entreverados en las ramas de los árboles que rodeaban el agua. «Quiero una iluminación suave», le había susurrado furiosa mi mujer antes a uno de los organizadores cuando cometió el error de poner unas bombillas demasiado fuertes. El muelle, encerado esa misma mañana, estaba adornado con farolillos más pequeños. Y había otros más colgados de estacas en las orillas del lago. Pero la joya de la corona era un enorme globo iluminado que diez tipos fornidos habían hundido hasta el fondo del lago esa misma mañana. Mi mujer había querido «agua iluminada desde arriba y también desde abajo» y, con el dineral que le pagábamos al organizador, no estaba dispuesta a aceptar un no por respuesta. El globo estaba hecho a mano en Italia y, mientras lo desembalaban y empujaban colina abajo hasta su puesto, estuvo dos veces a punto de romperse. Pero mereció la pena; las bocas abiertas de los invitados al cruzar los grandes arcos y ver el resultado final bastaron para convencerme de que mi fiesta de cumpleaños pasaría a la historia. Y así fue, aunque quizá no por las razones que imaginé entonces.
Después de los aperitivos, fuimos guiados a las carpas por jóvenes mujeres sonrientes enfundadas en vestidos negros agradablemente ceñidos. Mientras mis amigos pasaban de la primera y bonita sala decorada por un ejército de subalternos contratado por Olivia a la segunda, donde se serviría la cena, empecé a sentirme, por primera vez en meses, casi relajado. Te crees que los problemas no tienen solución y entonces un camarero te ofrece una copa de un vino excepcional. Luego te sirve varias más y, cuando quieres darte cuenta, estás en el cuarto de baño con George metiéndote una raya o dos de su mejor nieve y temporalmente liberado de ese peso del tamaño de un puto elefante que tenías alojado en el pecho. A veces un pequeño remedio recreativo puede ser una gran idea; no soporto la sociedad puritana en que nos hemos convertido, donde la obsesión por la salud y la longevidad priman sobre cualquier idea de diversión. Claro que yo a los sesenta ya estaba muerto, así que quizá no sea el más adecuado para dar consejos.
De camino a mi mesa, los hombres me interceptaban para darme la mano y una palmada en la espalda, las mujeres me besaban en la mejilla y se demoraban un segundo con sus dedos en los míos. Todas querían una oportunidad con Wistern; en ese momento podría haber elegido a la que quisiera. Menudo subidón para un hombre al borde del abismo. Igual no pasa nada, empezó a pensar mi cerebro. Había allí cientos de personas y eso que solo estaba invitada la flor y nata. Olivia había pasado semanas lidiando con llamadas de quienes no habían cumplido los requisitos suplicando que los dejaran venir a rendir pleitesía. Sin duda alguno se pondría de mi parte. Un hombre en mi situación no puede perderlo todo de un plumazo. Tanta seguridad era fruto de las drogas, ahora me doy cuenta. A veces me paso de seguridad en mí mismo, pero no suelo perder de vista la realidad. Aun así, me alegro de haber sentido durante un rato de mi última noche en la tierra algo parecido a la esperanza. Lo necesitaba. Pero eso también quiere decir que no estaba atento a quién estaba dónde y al cruzar el comedor me topé con Mary Chambers agitando la mano como si yo fuera un taxi y quisiera pararme.
Nunca he sido de perder los estribos. Pagaba miles de libras a una colección de expertos en artes marciales para que se pelearan conmigo en gimnasios de todo el mundo con el fin de dar salida a mi agresividad. Un tipo que entrena a atletas de artes marciales me dijo una vez que mi gancho de derecha estaba a la altura de los mejores, pero que necesitaba controlarlo. Son muchos los hombres que se meten en finanzas pensando que la clave del éxito es rezumar testosterona. Existe una frontera muy delgada entre intimidar con inteligencia y asustar, y yo siempre me he cuidado de no traspasarla. Pero al ver a Mary Chambers esperando a saltarme al cuello, tuve ganas de pegar un puñetazo a un camarero que estaba a mi derecha. Di media vuelta rápidamente, con la esperanza de encontrar a alguien, quien fuera, que me rescatara. Pero era demasiado tarde. Mary me había cogido el brazo y estaba tan pegada a mí que le olía el aliento. Entonces ocurrió algo muy curioso. La desesperación que había mantenido a raya durante semanas, meses incluso, me cayó en la cabeza igual que un globo desinflado. Las cosas no iban a salir bien. Mary Chambers se puso a hablarme con vehemencia de gatos en zonas de guerra y yo asentí con la cabeza sintiéndome de pronto igual que uno de ellos. No tenía escapatoria; lo supe mientras miraba la cara de aquella petarda que me decía no sé qué de «vivir con su propia inmundicia». Era probable que fuera a la cárcel, pensé, e intenté imaginar cómo sería. ¿Tendría que vivir con mi propia inmundicia? Desde luego Mary Chambers no me defendería con el mismo entusiasmo con el que abogaba por aquellos dichosos animales. Al igual que todos los demás, murmuraría sobre mis malas acciones, le haría el vacío a mi mujer en las fiestas, siempre tan santurrona ella, lo mismo que el resto de los invitados que había allí. Prácticamente ninguno de los que estaban en aquella carpa tenía verdaderos principios morales; mirara donde mirara, solo veía pecados. Rohan, fraude fiscal. Jeremy, extorsionador inmobiliario. Chuck, que le dio una paliza a alguien en la puerta de un club privado por rozarlo al pasar. Y Alice Begby. Una mujer cuyo linaje se remontaba a la época Tudor, pero que en un momento de su vida había tenido tal adicción a robar en las tiendas que le habían prohibido la entrada en Harrods. Claro que ninguno de ellos hacía daño a los suyos, sus transgresiones iban dirigidas a personas con las que nunca tendrían que confraternizar. Ahí era donde yo la había cagado.
Mary Chambers me miraba con preocupación y fui consciente de que me bajaba sudor por la nuca y tenía el cuello de la camisa pegado a la piel. Cogí otra copa de champán de la bandeja de un camarero y rechacé su ofrecimiento de traerme una silla con un gesto de la mano. Después de un nuevo y vehemente discurso de Mary sobre el sufrimiento de los niños esclavos, sentí por fin la mano de mi mujer en el brazo diciéndome que era hora de cenar. Mientras me guiaba a la cabecera de la mesa, me susurró: «Qué pesadez de mujer, por Dios. Cuando la he visto, ya era demasiado tarde». Yo me sentía indispuesto e irritable, también injustamente furioso con Olivia por no hacer mejor su trabajo.
—Joder, Liv, es intolerable tener que soportar a gente así. Ya te dije que esto era una equivocación. —Frunció los labios y pareció ir a regañarme, pero no le di ocasión—. Ahórratelo, por favor. No estoy de humor para uno de tus interminables sermones.
Me solté de su brazo y me senté justo cuando el ridículo maestro de ceremonias vestido de frac que Olivia se había empeñado en contratar anunció que la cena estaba servida. Había conseguido evitar una discusión cansina con mi mujer, pero una hora más tarde estaba muerto. Unas veces se gana y otras se pierde.
Olivia
La noche se había pasado en un suspiro. Aperitivo a las siete, cena a las nueve y, entre medias, discursos. El de los chicos fue apropiadamente efusivo sobre lo buen padre que era Anthony. Desde luego sonó sincero, lo que es normal si has pagado lo suficiente a un buen escritor de discursos. Su madre le dedicó un homenaje breve, menos mal, en el que se notó mucho que lo estaba confundiendo con su hermano mayor porque no dejaba de llamarlo Andrew. No habría tenido tanta importancia de no ser porque Andrew murió a los ocho años, algo que tuvo traumatizado a Anthony mucho tiempo, y no voy a negar que empañó un poco la alegría. El resto de la velada transcurrió a la perfección, y yo me relajé una barbaridad en cuanto los invitados pasaron a la segunda carpa.
Cada vez que el papel de anfitriona encantadora se me hacía insoportable, me salía a fumar un pitillo, y antes de la cena incluso bajé hasta el lago para enseñarle las luces a Allegra, que había llegado escandalosamente tarde y por tanto se había perdido el espectáculo. Vi a mi marido en la orilla contraria fumando un puro e intercambiando confidencias con Giles. Nos saludamos con la cabeza, pero eso fue todo lo que interactuamos en toda la fiesta. Y sin duda la razón de que me lo pasara tan bien.
Era más de medianoche cuando me informaron de lo que ocurría en el lago, con la orquesta en su momento álgido y casi todos los invitados bailando. Yo no bailo jamás. Me horroriza la gente borracha y sin sentido del ridículo y me pongo enferma cada vez que veo a personas a las que normalmente respeto dar saltos en una pista de baile. Así que me había hecho fuerte en la zona de asientos junto al piano de cola y estaba concentrada en no estremecerme cada vez que Alex Lawson pasaba a mi lado. Aquella mujer era una de las abogadas de la Corona más reputadas de Londres y allí estaba, tratando de convencer a Roger Simons, quien daba la casualidad de que era magistrado del tribunal superior de justicia, de que bailara el limbo. Le susurré: «¡Un poco de dignidad!», cuando pasó a mi lado, pero estaba demasiado poseída para prestarme la menor atención.
Yo estaba charlando con mi querida amiga Lou Molton sobre lo bien que había salido la fiesta. Lou es una interiorista de mucho talento a la que se le da fatal conservar el dinero y los maridos, y, aunque lo disimula mejor que la mayoría, me consta que me tiene envidia, cosa lógica, por otro lado. Me estaba diciendo lo bonita que había quedado la carpa, cuando apareció Lyra abriéndose paso entre la gente. No había visto el pelo a mis hijos desde la cena. Ninguno se había mostrado especialmente entusiasta sobre la fiesta, pero yo no les había dado elección. Les había dicho que tenían que hacer un esfuerzo y aguantar hasta después de los discursos con la promesa de que después serían libres de hacer lo que quisieran.
Como siempre me ocurre con Lyra, mi tercera hija, lo primero que sentí al verla fue irritación. Desoyendo mis súplicas, se había plantado un vestido negro corto con zapatillas de deporte y una sombra de ojos que le daba aspecto de oso panda. El atuendo es una cuestión de respeto y Lyra siempre se viste como si se burlara de ti. O quizá solo de mí.
—Algo ha pasado… Fred y Giles están en el lago. Papá no está bien.
Lo dijo en voz alta, haciéndose oír por encima de la música, y varias personas se giraron. Le chisté un poco para darle a entender que estaba dando la nota, pero como de costumbre hizo caso omiso y me tiró del brazo hasta que no me quedó otra opción que seguirla. Lou me pisaba los talones, atenta como siempre a cualquier situación potencialmente dramática, y, para cuando enfilamos el sendero del lago, se nos habían unido varias personas más. Me volví y vi a Hamish McWhirter, seguido de varias mujeres a las que conocía solo de vista y no de nombre, del club de segundas esposas y novias. El lago está a pocos minutos, pero se me hicieron eternos porque los tacones se me hundían todo el rato en el dichoso camino de grava que Fred se había empeñado en hacer. Yo había querido arenisca, pero él había puesto mala cara y dicho que era un material demasiado violento para un jardín, signifique eso lo que signifique. A aquellas alturas de la velada no estaba previsto que hubiera nadie en el lago. Tenía preparado un espectáculo precioso de fuegos artificiales en la explanada de césped delante de la casa como fin de fiesta y no quería que la gente se dispersara y echara a perder mi cuidadoso planning. Los fuegos iluminarían el capricho del jardín de una forma absolutamente espectacular. En los Cotswolds puede haber unas casas maravillosas, pero mi capricho es la envidia de todos.
Siempre supe que Anthony terminaría por estropear la noche, era incapaz de tomarse nada en serio. Yo le organizaba una fiesta para celebrar nuestra familia y nuestro éxito y él se iba a hacer el gilipollas al lago. Intenté reprimir mi irritación cuando vi la cantidad de curiosos que corrían a ver qué había armado mi marido esta vez, pero la rabia se había apoderado de mí y no conseguía quitarme el rictus. Con lo que envejece un rictus.
Alguien a mi espalda dio un respingo. «¡Está en el lago!». El lago de marras. Los chicos querían una piscina, habían suplicado, implorado una piscina, pero me resultan demasiado espantosas. Las piscinas son para las villas en el sur de Francia, no los Cotswolds, donde llueve mucho y no hace verdadero calor hasta julio. Así que hice que dragaran el lago, lo llenaran con agua dulce y un día a la semana lo limpiaba el guardabosques. Si tantas ganas tenían de nadar, les dije, que nadaran allí. Mi hijo, tengo que reconocerlo, aceptó el desafío y se metía cada mañana, pero los demás ni se acercaban al agua. En cuanto a Anthony, era un auténtico gallina en lo referido al agua fría y solo se metió dos veces en su vida. Deseé haber seguido adelante con mi plan original, que había sido encargar un laberinto. Siempre pensé que un laberinto quedaría muy chic, pero Anthony dijo no sé qué sobre que, cuando quisiera pasarse un fin de semana perdido, se iría a Ibiza, y no se habló más del tema.
La escena casi parecía sacada de una pintura renacentista. Giles y Freddy estaban dentro del lago, moviendo las manos como si dirigieran una orquesta invisible. Y entre los dos estaba mi marido. En una postura imposible, casi suspendido encima del agua. Tenía la cara sumergida, los brazos colgando igual que un niño al que están desnudando. Y las piernas…, las piernas apuntaban hacia arriba. «¡Lo han empalado!», gritó una mujer con un vestido rojo que no dejaba demasiado espacio a la imaginación. Hamish la hizo callar, pero la señora tenía razón. Mi marido estaba ensartado en una de las estacas que sujetaban los bonitos globos repartidos por el lago. Espetado como una sardina.
Me acerqué más y me fijé en el reloj de pulsera de mi marido, que le había regalado justo el día anterior. El vendedor había insistido muchísimo en que se podía bucear a hasta treinta metros de profundidad con él puesto, pero un lago en los Cotswolds no tiene nada que ver con las aguas claras del Mediterráneo. Era muy propio de Anthony tratarlo con tan poco cuidado. A aquellas alturas, varias personas habían empezado a gritar, así que me volví y las fulminé con la mirada.
—Está muerto —dijo Fred, como si el palo ensangrentado no fuera prueba suficiente. Siempre está diciendo obviedades. Tiene un cerebro de lo más literal, desde luego no el que habría querido para un hijo mío, pero tampoco es que sus hermanas sean unas lumbreras. Yo no podía quitar los ojos del globo, que centelleaba debajo del agua iluminando la sangre. La verdad es que esa fue la peor parte. Lo lógico habría sido que lo peor fuera ver a Anthony colgado igual que un muñeco diabólico de un poste de metal, pero, por algún motivo, el agua color rojo oscuro resultaba mucho más inquietante. Quiero iluminación suave, había insistido yo a los organizadores. Pues ya la tenía.
Hamish se había puesto a consolar al club de segundas esposas con entusiasmo excesivo, dicho sea de paso. Lyra corrió hacia su hermano, pero cayó de rodillas al llegar a la orilla. Siempre tan pragmático, Giles se había esforzado por mantener a los curiosos lejos del cuerpo, pero tampoco es que tuviera que hacer demasiado esfuerzo. Nadie tenía prisa por acercarse a aquel espanto. Los globos ensangrentados iluminaban la escena a la perfección, casi parecía una coreografía.
Lou dio media vuelta y echó a andar hacia la carpa gritando que iba a pedir ayuda. La muy cobarde. Y yo ¿qué hice? Pues no me moví. Ni un milímetro. En mis peores momentos de enfado, había deseado la muerte a mi marido. Incluso había imaginado las maneras en que esa muerte podía ocurrir, había construido meditados escenarios en los que una ola furiosa lo arrastraba mar adentro, o terminaba igual que un churrasco en un atroz accidente de helicóptero. Pero no eran más que fantasías en las que nos refugiamos las mujeres durante los muchos momentos de crisis que hay en los matrimonios largos. Después de demasiados martinis, la gran amiga de mi madre, Jessica De Palmer, me contó una vez que se consolaba pensando que era probable que su marido muriera de un infarto fulminante igual que los demás hombres de su familia. Me dijo riendo que se aseguraba siempre de que la empleada doméstica cocinaba platos lo menos sanos posibles para acelerar el proceso. Luego resultó que William De Palmer sobrevivió a su esposa y ahora está casado con una mujer mucho más joven que lo obliga a llevar una vida saludable y no le deja beber alcohol. Sospecho que preferiría estar muerto.
Yo puedo ser muy práctica si la situación lo requiere. Algunos lo llaman ser «fría» y más de un periódico se ha referido a mí como «gélida», pero es útil ser capaz de suprimir emociones innecesarias cuando amenazan con interferir con tus obligaciones. En aquel momento me pasaron dos cosas por la cabeza. La primera fue que no tenía que llorar ni lamentarme delante de aquellas plañideras. Sabía de buena tinta que a las segundas mujeres les encanta chismorrear sobre sus predecesoras, y que las que estaban allí disfrutarían comentando mi desmoronamiento si demostraba la más mínima emoción. En segundo lugar, afloró mi instinto maternal. Puede que se haga esperar más que el de otras mujeres, nunca he sido de obsesionarme con mis hijos como hacen otras —después de todo, la genética no garantiza el carisma—, pero está en algún rincón de mi interior.
Venid aquí, grité a Lyra y Freddy con voz tan seria que, a pesar de su conmoción, enseguida se pusieron de pie y echaron a andar. Vamos a la casa, vamos a la casa, dije cogiéndolos de la mano. Nos abrimos camino entre las segundas esposas y novias, muchas de las cuales ya habían empezado a llorar, supongo que lamentando la oportunidad perdida, y enfilamos el camino de grava. Recuerdo ver las luces parpadeantes de las carpas y oír la orquesta tocar «Oh, What a Night» a medida que nos acercábamos. Desde luego el título no podía ser más apropiado: menuda nochecita.
—Por aquí no —suplicó Lyra.
Yo la entendía, la idea de enfrentarse a cientos de personas, la mayoría borrachas, era casi inconcebible. Pero no pensaba permitir que Clara y Jemima se enteraran de lo ocurrido por un conocido, o, peor aún, por un camarero. Las facturas de psicoterapia para mis hijos que había pagado ya eran un abuso. ¿Para qué echar más leña al fuego?
Cruzamos la pista de baile a toda velocidad, tropezando con personas de juerga. Freddy seguía cubierto de barro, gran parte del cual había transferido a Lyra, que por tanto tenía más aspecto aún de pordiosera. Yo trataba de sonreír, como si así fuera a tranquilizar de alguna manera a mis invitados. La asistente personal de Anthony estaba bailando con un hombre que no reconocí. Meneaba las caderas de una forma levemente obscena. Me vio al pasar y vi cómo su expresión cambiaba de la seducción a la sorpresa. Dejé de sonreír. Detestaba profundamente a Lainey y lo último que quería era que nos siguiera, que nos ofreciera su ayuda con esa voz siempre un poco jadeante que me disparaba la tensión arterial. Le dije que no con la cabeza y se concentró de nuevo en el hombre que tenía delante. Este parecía de lo más absorto, le miraba el escote con una concentración que a mí me habría dado migraña.
Por fin encontramos a Clara. Al ser la hija pequeña, estaba sentada en el bar con su amiga Willa, aburrida ya de la fiesta y aprovechando la oportunidad para emborracharse lo más deprisa posible. Tenemos que irnos, le dije obligándola a bajar del taburete y sin hacer caso de sus airadas protestas. Por fin Lyra, que se había perdido por el camino, reapareció a mi lado. Traía a Will, con pinta de estar más aturullado de lo habitual. Reprimí mi irritación. Era el marido de Jemima y, como tal, había que considerarlo familia cercana, algo que me costaba aceptar. Era un insulso y me repateaba que la gente lo considerara un Wistern, algo que él se ocupaba de fomentar, estaba segura.
No sabía dónde estaba su mujer, farfulló, y lo miré con tal cara de fastidio que se encogió un poco. En cualquier otro momento eso me habría producido satisfacción, pero por desgracia aquella noche no pude disfrutarlo.
Sabía que no podíamos quedarnos mucho más en la carpa. Por el rabillo del ojo vi a Richard Price viniendo hacia mí, claramente decidido a que, pasara lo que pasara, contáramos con él. Lo saludé con la mano y empujé a mi familia fuera de la carpa. Los últimos metros hasta la casa los hicimos casi corriendo. Fred pasó un brazo por los hombros de cada una de sus hermanas, Will me tendió una mano, pero la retiró en cuanto vio que yo no pensaba aceptarla. Cuando llegamos a las puertas acristaladas del salón, apareció Jemima en albornoz y con el pelo envuelto en una toalla. Nos miró sorprendida y justo en ese momento oímos sirenas de la policía en el camino de entrada.
La Sabuesa
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La noche en que ocurrió todo, yo estaba a menos de cinco kilómetros y a todo un mundo de distancia en mi dormitorio infantil. Cuando me fui a la universidad, estaba tan convencida de que no volvería que tiré casi todas mis cosas. ¿De qué me iban a servir en una vida adulta y emocionante en Londres? Ahora lo lamentaba amargamente, sobre todo porque mi madre había convertido mi habitación en su cuarto de tejer y forrado las paredes con un papel chillón. Conchitas con inconfundible aspecto de penes a los que se te iba la vista automáticamente. Era tarde y estaba sentada en mi escritorio viendo en el portátil un documental sobre un asesino en Crawley que mataba a sus víctimas cubriéndoles la cabeza con un globo hasta asfixiarlas. El documental tenía el original título de La bestia del globo y, si soy sincera, no era demasiado apasionante. Tampoco sé si un globo es la manera más eficaz de matar a alguien; este señor había fallado en tres ocasiones y necesitado un cuchillo para rematar la faena. Debería haberse llamado directamente El asesino del cuchillo, pero, claro, ese título tiene mucho menos tirón.
El portátil tenía una grieta que atravesaba toda la pantalla de cuando lo estrellé contra el suelo seis meses antes. Lo hice en un ataque de ira y con la vista nublada después de que el moderador trepa de Sabuesos al Acecho me baneara por publicar demasiados posts. Lo de la vista nublada es literal. Cuando me enfado, me aparece una bola en llamas brillante delante de los ojos. ¿Cómo se puede reprochar a alguien que haga demasiadas preguntas? ¿No estamos aquí para escarbar más profundo que los demás? ¿No es esa nuestra razón de ser? El moderador dijo que era spam, que estaba publicando demasiado a menudo sin dar la oportunidad de intervenir a otros. Al parecer, también en los foros sobre true crime hay siempre un líder autoproclamado decidido a silenciar a las masas cuando van a contracorriente. Incluso si es el usuario más activo, alguien a quien recurren otros para informarse de un caso nuevo.
Después de una noche de sueño reparador, había llegado a la conclusión de que, en cualquier caso, el foro últimamente era un rollo, con excesivo protagonismo de los asesinos en serie norteamericanos de siempre. Todos se apuntaban al tren de lo gore, no tenían verdadero interés en la injusticia, solo en entretenerse a la hora de la comida con algo que les hiciera sentir mejor sobre sus propias vidas. Si no valoraban mi trabajo, me iría con la música a otra parte.
Debería haber puesto en marcha un pódcast; aún me doy de tortas por no haberlo hecho antes de que se volvieran tan populares y todo quisque lanzara uno. El puto Viciosas del crimen tiene millones de seguidores y gana dinero a espuertas cuando lo único que aporta son refritos de artículos de Wikipedia sobre asesinos de hace mil años.
Lo que yo hice fue crear un canal de YouTube y aprender a usar TikTok. Al principio mi número de seguidores no era muy prometedor, pero poco a poco fui atrayendo a más, personas que querían de verdad ayudar a resolver asesinatos y no solo plantar el culo en una silla y ver documentales casposos para pasar un poco de miedo. Pero yo no me conformaba con seguir los casos que seguían todos los demás. Yo quería hacerme oír de verdad. Y para eso necesitaba contar mi propia historia. Una que, por casualidades de la vida, le estaba ocurriendo en ese preciso momento, bajando por la carretera de mi casa, a un hombre al que yo conocía demasiado bien.
Anthony
La verdad es que es rarísimo estar vivo y, al minuto siguiente, muerto. Aquí no te dan tiempo suficiente para hacerte a la idea y creedme que, cuando descubres que estás en un centro de procesamiento, lo necesitas. Siempre me he considerado un hombre capaz de enfrentarse a cualquier situación, pero, a falta de una explicación sobre lo que me estaba pasando, creí que me estaba volviendo loco. Eso o que los colegas me habían dado una farlopa de mala calidad. ¿Cómo podía estar en una fiesta por todo lo alto en mi honor y al minuto siguiente en un cuarto beis y sin ventanas?
Al principio no fui consciente de haberme muerto. Tardé varias horas en serlo. Inicialmente pensé que estaba en la cárcel, aquellos interiores tan desolados me recordaban a un drama carcelario de bajo presupuesto, y me preparé para la inevitable imputación. Pero no había guardas y yo no estaba esposado. Sentado en la sala de espera, reparé en grandes letreros plastificados con frases como: «Estás a salvo. Por favor, mantén la calma y espera a las explicaciones del personal». Y: «No molestes a nuestros voluntarios, están muy ocupados y te llamarán por tu número en cuanto puedan». Me miré las manos y, oh sorpresa, tenía una papeleta con el número 69. Mi favorito, bromeé en voz alta, aunque nadie se rio. La señora sentada a mi lado lloraba a moco tendido, cosa que me estaba poniendo de los nervios, y luego había un tipo con gabardina tirado en el suelo igual que un borracho. Tal vez las drogas me habían sentado mal, quizá todo aquello no era más que una alucinación rara y solo necesitaba aguantar el tirón. Cada vez que me acercaba a la recepción a preguntar qué pasaba, una chica joven de pelo estropajoso se limitaba a menear la cabeza y a decirme que esperara mi turno.
Cuando por fin dijeron mi número, una mujer con conjunto de suéter y chaqueta me llevó a otra habitación sin ventanas donde, cosa rara, oí el sonido tenue de la canción «Come on Eileen» procedente de alguna parte. La subdirectora de admisiones (pues eso decía su identificador plastificado) puso cara de fastidio al oírla y pidió a la recepcionista que pusiera algo más apropiado («Necesitan tranquilizarse, Cathy, esto no es una fiesta») antes de cerrar la puerta.
Ruido de papeles, ausencia deliberada de sonrisa. Su discurso fue breve e impreciso.
—Bienvenido al centro de procesamiento, soy Susan. Siento mucho que esté con nosotros e imagino que lo que me dispongo a decirle será un shock, pero recibirá las explicaciones necesarias cuando haga falta.
A continuación esperó tres segundos exactos antes de anunciarme que estaba muerto y en la delicada morada que separa la vida del más allá. Como podéis imaginar, yo tenía muchas preguntas. También era mala suerte que mi alucinación incluyera aquella mujer insulsa diciéndome que estaba muerto y negándose a darme más detalles. Me había esperado elefantes rosa y por lo menos una orgía de esas que no son factibles estando sobrio. Pero, incluso mientras me aferraba a esta idea, una parte de mí sabía que no estaba soñando. Resultaba todo desoladoramente real, desde el suelo de linóleo barato hasta las esquinas curvadas del cartel de la pared, de un amanecer en un mar sin identificar y con las palabras: «Dónde vayas después de muerto dependerá de dónde hayas ido mientras estabas vivo». En mi caso, eso equivalía a decir a cualquier parte. Capri, Saint-Tropez, la isla que está al lado de la de Richard Branson, Necker, que todo el mundo reconoce secretamente que es mucho más bonita que su roca regordeta. Pero desde luego aquí no. A un sitio donde ponen música de los Dexys Midnight Runners, no.
Después de un tenso tira y afloja durante el cual la mujer me dijo que tenía que recordar cómo había muerto antes de pasar a la «etapa siguiente», yo le pedí varias veces que dejara de decir tonterías y ella se impacientó bastante y me soltó que más me valía aceptar mi muerte cuanto antes, me levanté y me acerqué a la mesa en busca del teléfono. Mis abogados solucionarían esto, no pago miles de libras la hora a un bufete apodado «las hienas» para tener que perder tiempo en el despacho de un subalterno con una señora así. No tenían teléfono. La mujer suspiró y se puso de pie.
—Veo que voy a tener que hacerle una demostración, señor Wistern —dijo y me metió la mano en el estómago. Sentí frío, como si me hubiera echado agua en el abdomen, y bajé la vista, desconcertado. La mano de la mujer me atravesaba el estómago y solo se veía su muñeca sobresaliendo del ombligo.
—Agresión —dije retrocediendo—. Eso es agresión. No pienso tolerarlo. No sé qué chanchullo es este, pero conmigo no cuela. Quiero hablar con su superior.
En lugar de disculparse o de parecer asustada por mi arrebato, la muy tonta se limitó a sonreír con suficiencia.
—Pensé que eso lo convencería. Le he atravesado el estómago con la mano, señor Wistern. Puesto que nuestros seres corpóreos ya no existen, no le he hecho daño. Imagino que ahora entiende que no está usted vivo.
—Llame a su superior —dije con firmeza, lo que la hizo sonreír de nuevo.
—No hay nadie en dirección ahora mismo, pero me ocuparé de transmitir su petición. Y ahora me temo que tengo que hacer el ingreso de la persona siguiente, hoy estamos muy ocupados. Un ordenanza lo acompañará a su habitación.
Me guio hasta a la puerta sin que yo dejara de insultarla y una mujer vestida con mono de albañil me llevó a mi nuevo dormitorio.
—Con un poco de suerte, no estará mucho aquí —me dijo dándome una bolsa de plástico con ropa y zapatos nuevos—. En cuanto sepamos los detalles de su muerte, irá a otro sitio. Pero primero tiene que entender lo que ha pasado.
Cuando le pregunté qué quería decir con eso, se limitó a guiñarme un ojo y a salir.
Me senté en una cama individual de lo más incómoda y me miré la tripa. No tenía una sola marca. Entonces comprendí lo que pasaba y fue un puto shock. Así que eso era estar muerto. No lo que siempre había imaginado, un agujero negro de absoluta nada, sino algo parecido a alojarte en un hostal de mala muerte. Si al final resultaba que el cielo estaba gestionado por un colectivo hippy de alguna clase, no me interesaba lo más mínimo ir.
Cogí el folleto que me había dado la ordenanza. «Procesa tu fallecimiento». La primera página tenía un dibujo tosco de una persona agitando el puño en dirección al cielo, con las palabras: «Por qué es tan importante aceptar que has muerto». Estaba escrito en un lenguaje que parecía pensado para un niño de ocho años. «Cuando sepas que has muerto estarás triste, ¡pero eso no es malo! En los últimos momentos de vida, el cerebro se apaga, y es para protegerte: la muerte puede ser muy dolorosa. ¡Buen trabajo, cerebro! Como resultado, normalmente hay una laguna en tu memoria de unos treinta minutos y tendrás que convertirte en detective y aprender a recuperar los recuerdos. La mayoría de las personas mueren de enfermedad, así que quizá es la primera opción que debas explorar. O tal vez has muerto en un accidente de tráfico. ¡Ay! Las sesiones de meditación que proporcionamos serán vitales para desenterrar esos recuerdos; son optativas, pero muy importantes». ¿Por qué tenía que averiguar cómo había muerto? «Somos conscientes de que puede parecer una tontería querer recordar algo así, pero miles de años de experiencia nos dicen que las personas que pasan a la fase siguiente del más allá a menudo experimentan ansiedad e ira si no lo hacen, ¡y eso repercute luego en la comunidad entera! Saber cómo has muerto equivale, en cierto sentido, a saber cómo has vivido. Esperamos que entiendas que esta información, por dolorosa que resulte, te ayudará a vivir la mejor muerte posible». En la parte de atrás había una lista de instrucciones mucho más directas. «El recuerdo debe ser pleno y completo, no se aceptan recuerdos vagos o parciales. Puedes escribir la respuesta tantas veces como quieras, pero solo se aceptará una descripción precisa y detallada. Si tu muerte fue traumática, tendrás asesoramiento psicológico, pero debes saber que la lista de espera ahora mismo es muy larga. No pidas ayuda a otras personas».
Tiré el folleto al suelo, asqueado.
Pero entonces me salió la vena competitiva. Incluso si aquella era la cosa más tonta que había oído en mi vida, pensaba ganar. El éxito estaba en mi naturaleza. Hice memoria de la fiesta. Una fiesta para celebrar mi sesenta cumpleaños, pensada para alardear de mi estatus, mi éxito y mi poder. Menudo momento para irse al otro barrio. Aunque, si el estatus, el éxito y el poder estaban a punto de esfumarse, quizá había tenido un nuevo golpe de suerte. Y otra cosa: considerando la cantidad de gente que no me podía ni ver, lo mismo me habían asesinado. Eso sí que sería emocionante.
Anthony
Me acompañó a la sala de visionado Vince, otro «interno» como se refirió a sí mismo, y, a juzgar por su aspecto, alguien quien sin duda había estado en la sombra y sabía de qué hablaba. Cubículos separados por paredes delgadas y mesas espartanas en las que solo había monitores y ratones. «Puedes verlos a todos desde aquí —me explicó Vince—. Ver qué tal se las arreglan ahora que estás finado». Lo miré sin entender y sonrió. «Finado, muerto. Era una broma para animarte, colega. Pero ten cuidado, a veces los pillas haciendo cosas que te gustaría no haber visto. Yo estuve casado treinta años y no tenía ni idea de los pedos que se tiraba mi mujer hasta ayer».
Simuló estremecerse y se fue.
En el monitor se reproducía un vídeo. De mi familia. Se me hizo muy raro verlos a todos sentados en el salón, mi aturdida mujer y mis desconcertados hijos, sabiendo que trescientos de nuestros amigos cercanos estaban a solo unos metros, en las carpas, pimplando vino y bailando. Sabiendo que mi cadáver andaba por alguna parte. Me vino a la cabeza una imagen del lago; ¿me había ahogado? Por lo menos quería ver alguna lágrima, quizá incluso un amago de rasgarse las vestiduras. Todos parecían demasiado cómodos con la situación para mi gusto. Oí música lejana y me concentré en identificar la canción para ahuyentar la irritación. «What a way to make a living», «Menuda forma de ganarse la vida»… ¡Dolly Parton! El DJ había contravenido expresamente mis deseos, se había salido de la lista de reproducción que yo le había encargado a mi maravilloso amigo Johnny. Un músico que llenaba teatros de todo el mundo jamás habría elegido una canción tan chabacana. Era el sesenta cumpleaños de un triunfador, no una despedida de soltera en Southend.
Mis hijos estaban repartidos por la habitación en asientos varios. Lyra, blanca como el papel, tenía los pies encima de una mesa, casi como si buscara la reprobación de su madre. Siempre ha sido mi favorita, en parte porque ha hecho un arte de cabrear a Liv. Clara estaba con la cabeza gacha y sollozando de forma muy exagerada, Fred junto a las puertas acristaladas, como si quisiera estar lejos del resto, y Jemima, en el sofá y con una toalla al lado que estaba empapando la tapicería. Olivia miraba furiosa a nuestra hija mayor, la cual, o no se daba cuenta, o le daba igual.
Will, que había estado hablando con un agente de policía en el pasillo, entró justo cuando por fin cesó la música.
—Están explicándoles qué ha pasado —dijo secándose la frente como si llegara de hacer trabajos forzados—. Bueno, no se lo dirán exactamente, pero es obvio que los invitados tienen que sospechar que algo pasa.
Entonces Clara levantó la vista, furiosa.
—¿Cómo que algo pasa? Papá está muerto, Will. ¿Podrías no decirlo como si fuera un puto contratiempo sin importancia?
Will se puso rojo como un tomate y procedió a disculparse. Mi yerno nunca ha tenido personalidad, pero verlo claudicar ante una adolescente histérica me pareció especialmente lamentable. Quedó claro que Jemima pensaba lo mismo, pues, mientras su marido hablaba, hizo una mueca.
—Y Lainey está fuera. Muy afectada. ¿Le digo que entre? Creo que no tiene coche…
Calló cuando vio la cara de su mujer. Jemima había heredado de su madre el don de reducir a un hombre a papilla con solo una mirada.
—Sí, claro, Will. Y, ya de paso, ¿por qué no invitas a los del catering?
Olivia ni se dignó a contestar y mi yerno pilló la indirecta.
—¿Qué coño ha pasado? —Lyra bajó las piernas de la mesa y se inclinó hacia delante. Me fijé en que le temblaban las manos—. ¿Cómo ha terminado papá ensartado en un poste? Es… de locos. Parece una comedia negra. Anthony Wistern empalado, joder.
Meneó la cabeza y yo tuve ganas de vomitar. Ay, Dios mío, me habían empalado. Recordé caer, ver la superficie del lago acercarse y después una puñalada debajo de las costillas. El recuerdo se desvanecía, pero el horror persistía. ¿Cómo coño había pasado algo así? ¿Cómo termina alguien empalado a estas alturas del siglo XXI?
—¿Lo dices en serio? —Era Will otra vez con un tono extrañamente agudo—. Yo lo encuentro algo muy propio de Anthony. Irse llamando al máximo la atención. Supongo que morir en su cama de viejo le resultaba demasiado anodino.
Cualquiera supondría que es imposible dejar de pensar en que has muerto empalado una vez te lo recuerdan, pero el caso es que de pronto me vino otra imagen a la cabeza. De Will acercándoseme con sonrisa culpable en el jardín cuando me estaba fumando un Montecristo con Rufus Lowe. Como sabía lo que quería y muy a mi pesar, me disculpé con mi amigo y me perdí el final de una historia buenísima que me estaba contando sobre que acababa de comprar un colegio con problemas de solvencia con la promesa de salvarlo. «¡Esos niños estudian en una propiedad en pleno centro de Londres, solo el salón de actos da para un apartamento de tres habitaciones!».
Mientras bajaba con Will por el césped, me susurró: «¿Podemos hablar un momento de cuándo voy a cobrar? Ya sé que últimamente has estado muy ocupado, pero me temo que es bastante urgente».
Debería haberle menospreciado, hecho sentir un estúpido por pedir algo así. Pero no siempre lograba disimular lo mucho que me irritaba mi yerno y tampoco era capaz de enmascarar mi arrepentimiento por haberle dejado invertir. En un momento de debilidad después de una larga comida de Pascua, ablandado por una botella de un excelente Château Ausone y un sueñecito al sol, había sucumbido por fin a sus súplicas. Ese día se mostró servilmente agradecido, pero oyéndolo ahora fui consciente de que estaba lleno de resentimiento. Mi cerebro, satisfecho por haber logrado evocar el recuerdo, volvió a concentrarse en lo de acabar ensartado en una estaca. Se me puso otra vez mal cuerpo.
—¿Te crees que me he pasado meses organizando esta fiesta para que mi marido tuviera una muerte emocionante? Estaba borracho, salta a la vista que se cayó del embarcadero, William. —Olivia lo miró con fría furia y Will se encogió y murmuró algo sobre seguir en shock. —No le pasaba nada, salvo que había bebido grandes cantidades de alcohol.
—Eso, William —dijo Lyra, encantada de echar más leña al fuego—. Me parece un escándalo que insinúes que pudo suicidarse. Estaba tan feliz como siempre.
Olivia asintió con la cabeza al oír aquello, pero sabía que no era verdad. El mes antes de mi muerte discutimos más que en todo nuestro matrimonio. Ella estaba muy fría conmigo, yo supuse que pensaba que había otra mujer y le dije que estaba siendo irracional, lo cual no le impidió husmear en mis cosas. Una noche me la encontré en mi despacho cuando me creía dormido mirando mi portátil; el resplandor de la pantalla le iluminaba las facciones. Allí no iba a encontrar prueba alguna. Yo no era tan tonto como para guardar comunicaciones extramaritales en mi ordenador. Un segundo móvil es lo que usan los hombres inteligentes. A veces incluso un tercero, si quieres tenerlo todo verdaderamente controlado.
—Joder. ¡Joder! —dijo Jemima meciéndose un poco de atrás adelante—. Fred, ¿tú estabas ahí? —preguntó casi demasiado deprisa—. Aún no nos has dicho lo que viste.
Todos los ojos se volvieron a la figura junto a la puerta acristalada, pero Fred no se giró y se tomó un momento para contestar.
—Oí gritar a Giles, así que bajé corriendo desde los árboles a ver qué pasaba. Se había metido en el lago; al principio no entendí por qué, hasta que lo vi agarrar algo. Un brazo…
Mi hijo no terminó la frase y exhaló sonoramente, como si fuera un motor de combustión. Luego tiró del picaporte y salió al jardín antes de que pudieran detener
