Hace unos años viví en un pueblito de Bolivia donde trabajaba como psicóloga voluntaria en un orfanato. Habitualmente, además de mis labores como psicóloga, era la encargada de ir a comprar a la ciudad la comida para toda la semana. En una de las ocasiones en que me dirigía al mercado, me encontré con que la carretera que siempre tomaba se encontraba cortada debido a las inundaciones que habían dejado las lluvias torrenciales y tuve que optar por una ruta secundaria que no conocía. No tenía ningún mapa ni señal de GPS, así que mi única manera de llegar a la ciudad era siguiendo las señales.
Llevaba ya veinte minutos conduciendo bajo la intensa lluvia cuando me percaté de que no había visto aún ninguna señal de tráfico: ni indicaciones de alguna localidad, ni límites de velocidad, ni cruces de vías, ni stops, ni distancia hasta la ciudad... Ni siquiera las líneas de los carriles estaban señalizadas. Aquello parecía más una interminable pista de aterrizaje que una carretera.
De repente, divisé un coche dirigiéndose hacia mí a toda velocidad en sentido contrario. El pánico se apoderó de mí, mi cuerpo entero se tensó y mis manos agarraron con fuerza el volante mientras lo hacía girar hacia mi derecha para intentar no chocar con el vehículo que venía de frente.
Aun no sé cómo, pero nos esquivamos.
Me detuve en la cuneta para calmar mis nervios al tiempo que miles de preguntas asaltaban mi mente: ¿era yo quien estaba circulando en dirección contraria? ¿Había invadido yo el carril contrario o el otro coche había invadido el mío? ¿Dónde estaba mi salida? ¿Cuántos kilómetros me quedaban para llegar? ¿A qué velocidad podía circular?... Estaba completamente confundida.
Una carretera sin indicaciones es igual que una relación sin límites: nadie sabe lo que está permitido y lo que no, o qué esperar de los demás o si los demás esperan algo de uno; no existen códigos sencillos que establezcan lo que está bien o mal; tampoco puede saberse si uno respeta el espacio del otro ni este sabe si respeta el de uno, ni está claro dónde empieza y dónde termina la responsabilidad de cada individuo... y así, es altamente probable que ocurra un accidente.
Del mismo modo que las señales de tráfico nos ayudan a conducir con seguridad para arribar sanos y salvos a nuestro destino, los límites en las relaciones ejercen esa misma función: garantizar que los vínculos sean sanos y seguros para proteger la integridad de todos.
Sin embargo, no nos han educado para que entendamos los límites de esta manera, sino que nos han criado en la creencia de que poner topes es un gesto egoísta y que cuando uno ama de verdad debe hacerlo incondicionalmente. Estas ideas que hemos ido adquiriendo desde nuestra infancia forman ahora parte de la base de nuestra conducta y de nuestra forma de asimilar e interpretar las relaciones y hacen que nos culpemos cuando establecemos límites para los demás y que los consideremos como una falta de afecto cuando los demás nos marcan los suyos. Esta interpretación errónea nos lleva a mantener relaciones tóxicas, dependientes o abusivas, a decir «sí» cuando queremos decir «no» y a no sentirnos libres de expresar nuestras necesidades y emociones aun con las personas que más queremos.
De la mano de estas creencias totalmente equivocadas sobre lo que son los límites está la ausencia en educación emocional y en comunicación asertiva. Hoy en día, en algunas escuelas ya están empezando a ofrecer educación emocional a los niños y las niñas desde una tierna edad, pero la mayoría de los que nacimos antes de los 2000 no recibimos ningún tipo de pautas para desarrollar herramientas que nos permitan identificar y poner nombre a nuestras emociones, darles valor y transmitirlas de forma empática y asertiva. Por ello, cuando ya somos adultos y queremos expresar cómo nos sentimos, decir «no» o mostrar nuestra disconformidad nos cuesta encontrar las palabras adecuadas. Jamás nos enseñaron a comunicarnos de una manera sincera y honesta a la vez que respetuosa con las otras personas; no nos enseñaron de qué forma exteriorizar nuestro enfado sin atacar al otro, ni cómo podemos ser más elocuentes a la hora de manifestarle a otra persona nuestras necesidades.
En consecuencia, solemos callar lo que nos gustaría decir porque no encontramos una manera asertiva de hacerlo. Nos decimos «no tiene importancia» o «no quiero causar un conflicto» o «no me gustaría hacer enfadar a la otra persona», es decir, nos autorreprimimos. Pero cuando nos reprimimos, lejos de reducir la intensidad de nuestras emociones, esta aumenta en nuestro interior y vamos acumulándola hasta que un día explotamos como un volcán y terminamos expresándonos de la peor forma. Es entonces cuando causamos daño y nuestras relaciones se deterioran.
Tenemos derecho a establecer límites, pero no de cualquier modo. Saber hacerlo teniendo en cuenta las emociones de los demás y las nuestras propias, con las palabras precisas y en el momento adecuado, es clave para que tales límites sean sanos y nos ayuden a construir, no a destruir, relaciones tanto con los demás como con nosotros mismos. Para ello hace falta no solo ser asertivos, sino también conocer estrategias de comunicación efectiva y claves de comunicación no verbal que nos faciliten esta ardua tarea con eficacia y sin menoscabar nuestras relaciones.
Pero empecemos por el principio.
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LOS LÍMITES:
¿QUÉ SON Y QUÉ NO SON?
Todos nos transformaríamos si nos atreviéramos a ser lo que somos.
MARGUERITE YOURCENAR
¿Qué son los límites?
Un límite se define como una línea real o simbólica que marca el fin de algo, ya sea material o no material, o la separación entre una cosa y otra. Indica un punto que no debe o no puede traspasarse. En el ámbito de la psicología hablamos de límites interpersonales, y podríamos definirlos como las reglas y líneas que establecemos en nuestras relaciones (y con nosotros mismos) para que estas sean sanas. Existen diferentes tipos, como veremos a continuación.
Por un lado, están los límites físicos, que se refieren al espacio personal y al contacto físico. Hay personas que se sienten cómodas con el contacto físico y son más cercanas cuando se relacionan con los demás (tocan la mano o el brazo del otro mientras hablan, saludan con un abrazo, les gusta expresar y recibir afecto por medio del contacto físico...) y otras prefieren mantener más distancia (saludan con un apretón de manos, se sienten invadidas cuando alguien se les acerca demasiado, les incomoda que otros traten de mostrar afecto por medio de besos o tocándolas...). En los límites físicos, además de las preferencias personales individuales, también juega un papel importante la cultura de cada país. Por ejemplo, las naciones del norte de Europa establecen unos límites físicos más distantes que las del sur.
Por otro lado, los límites del espacio personal hacen referencia al espacio privado, por ejemplo, nuestra habitación, nuestra mochila o los bolsillos de nuestro pantalón. Las agresiones físicas suponen el traspaso más grave de los límites físicos, pero también se traspasan (aunque de forma más leve) cuando alguien nos toca más de lo que nosotros deseamos, invade nuestros espacios privados o hurga en nuestras pertenencias sin permiso.
Existen también los límites emocionales, relacionados con la forma, el momento, las personas y el contexto en que decidimos expresar nuestras emociones. Se transgreden cuando alguien nos manipula emocionalmente, nos juzga por exteriorizar nuestras emociones o las invalida. También se da una violación de nuestros límites emocionales cuando alguien se entromete en nuestras conversaciones afectivas (por ejemplo, escuchándolas o leyendo mensajes o e-mails que intercambiamos con otras personas) o indaga en lugares donde hemos podido plasmar nuestras emociones y pensamientos (como un diario personal), sin nuestro permiso.
Hablamos asimismo de límites sexuales. Estos tienen que ver con los aspectos afectivos, comunicativos y físicos implicados en las relaciones sexuales. Quebrantarlos no implica únicamente el contacto físico o sexual no consentido, sino también comentarios lascivos y gestos obscenos o ejercer cualquier tipo de presión o manipulación para conseguir contacto sexual.
Los límites temporales hacen referencia a cómo administramos nuestro tiempo para dedicárselo a las diferentes actividades de nuestra vida y a las personas de nuestro entorno. Cuando alguien nos exige pasar con él o ella más tiempo del que deseamos o del previamente establecido para una actividad (por ejemplo, en el trabajo), está violando nuestros límites temporales.
Por último, los límites materiales aluden a la propiedad privada de objetos o bienes materiales. Tienen que ver con cómo decidimos hacer uso de ellos, cuáles queremos compartir y con quién. Cuando alguien nos roba, coge algo prestado sin nuestro permiso, lo daña sin intención de reponerlo o nos presiona para utilizar nuestras pertenencias, está traspasando nuestros límites materiales.
Algunos tipos de límites interpersonales son más difíciles de identificar y establecer que otros. Nos cuesta menos marcar los que podemos ver, como los materiales o los físicos, que los que no podemos ver, por ejemplo, los emocionales. Por eso, tenemos muy claro que nadie puede coger las llaves de nuestro coche y llevárselo como si nada, pero no tenemos tan claro que nadie puede manipular nuestros sentimientos para que hagamos lo que a esa persona le conviene.
Del mismo modo, nos resulta más sencillo delimitar los límites que podemos cuantificar, por ejemplo, los temporales, que los no cuantificables, entre ellos, los sexuales. Nos sentimos con pleno derecho a mostrarnos molestos si alguien llega una hora más tarde de lo que habíamos acordado, pero no creemos igual de lícito expresar nuestro enojo cuando nos han lanzado una mirada obscena.
Por otro lado, las creencias que nos han inculcado a través de nuestra educación y cultura tampoco influyen en todos los tipos de límites de la misma forma. Por ejemplo, si se nos agrede físicamente, no albergamos duda alguna de que tenemos derecho a intentar defendernos y no nos sentimos culpables por ello. Sin embargo, cuando alguien hiere nuestros sentimientos y daña nuestra integridad psicológica, nos invade la culpa al decirle que cambie su comportamiento.
¿Por qué, si en ambos casos estamos intentando protegernos de un daño?
La primera tarea que se nos plantea cuando queremos empezar a establecer límites es darles a todos los tipos la misma importancia.
Veamos un ejemplo. Nunca se nos ocurriría quitar la puerta de nuestra casa para que entrara todo aquel que quisiera cuando quisiera, ¿verdad? Al hacerlo, correríamos el riesgo de que entraran a robarnos o a hacernos daño, y eso pondría en riesgo nuestra integridad y la de nuestra familia. Por eso, todos tenemos una puerta en nuestra casa que solo podemos abrir con una llave los que allí vivimos y, si alguien quiere entrar, tiene que tocar el timbre, y entonces nosotros decidimos si lo dejamos o no pasar. De igual modo, en nuestros hogares hay otras puertas que delimitan las habitaciones de cada uno y demás espacios. A nadie le resulta ofensivo que cada individuo que vive en la casa tenga su espacio personal y mantenga la puerta abierta o cerrada a su voluntad. Tampoco nadie se molesta porque uno cierre la puerta del baño cuando va a hacer uso de él, ni nos sentimos culpables por hacerlo. Percibimos estos límites como totalmente normales y necesarios para una convivencia armónica.
¿Cómo reaccionaríamos si un amigo se ofendiera porque no le hemos dado la llave? ¿Qué le responderíamos si él argumentara que, si lo queremos de verdad, tiene que poder entrar y salir de nuestra casa cuando quiera? ¿Qué haríamos si nos dijera que para él es una falta total de confianza y de afecto que no le demos la llave?
Probablemente nos sonaría a un auténtico disparate y, a no ser que reconociera pronto haber tenido un ataque de locura, daríamos por finalizada nuestra amistad con esta persona.
Cuando no se respeta cualquier tipo de límite, cuando se espera que nuestro amor sea plenamente incondicional, cuando alguien se incomoda porque le decimos «no» o le molesta que le expresemos nuestras necesidades afectivas... estamos ante un «amigo» tan caradura e irrespetuoso como el que quiere tener la llave de nuestra casa. Ante tal chantaje, no podemos ceder, por mucho, incluso, que queramos a esa persona.
Los límites, lejos de lo que siempre nos han hecho creer, son un acto de amor hacia los demás. Cuando expresamos claramente lo que queremos y necesitamos en una relación, lo que estamos haciendo es facilitar a la otra persona el saber cómo actuar con nosotros para que nos sintamos cómodos y seguros y, así, poder mantener una relación sana y duradera. Es una forma de decir «como te quiero y deseo que tengamos una relación larga y bonita, quiero decirte lo que me hace sentir bien para que no tengas que estar adivinándolo o sin querer hagas algo que me haga daño y provoque que nos distanciemos». Del mismo modo, interesarnos por saber cuáles son los límites de la otra persona es una muestra de querer apostar por una relación lo más sana posible y hacerlo de la forma que ella se sienta más segura. También constituyen un acto de amor hacia uno mismo porque, al establecerlos, estamos escuchando y respetando nuestras necesidades y tratando de darnos eso y no menos en nuestras relaciones.
Los límites son asimismo un acto de respeto, primero, para con el otro ya que le decimos que «igual que yo te comunico mis límites y espero que los respetes, también quiero que compartas conmigo los tuyos y respetarlos», y, segundo, para con uno mismo porque al valorar nuestros propios derechos y necesidades, procurando también que los demás los respeten, nos estamos honrando como personas.
Los límites implican un acto de aceptación del otro porque conllevan aceptar que lo que esta persona está dispuesta a permitir en una relación puede ser muy diferente a lo que nosotros permitiríamos y que no por eso son menos válidos; y un acto de aceptación de uno mismo puesto que conllevan reconocer y validar nuestras necesidades y deseos sin juzgarlos ni sentirnos culpables por ello.
No podemos comprender lo que son los límites sin hablar de los derechos asertivos básicos, es decir, los derechos que tenemos todos por el simple hecho de ser personas y que defienden nuestras propias necesidades y las de los demás determinando dónde empieza y dónde termina la libertad propia y la ajena. De acuerdo con ellos se establecen el respeto y los códigos éticos y morales, a la vez que, sobre estos, se justifican los límites interpersonales que nos imponemos a nosotros mismos y a los demás. Los derechos asertivos básicos son los siguientes:
• Poder expresar nuestros sentimientos, emociones, pensamientos y necesidades
• Ser tratado con respeto y dignidad
• Manifestar desacuerdo
• Decir «no»
• Querer algo
• No querer algo
• Cambiar de opinión
• Equivocarse
• Decidir sobre nuestra propia vida, nuestro cuerpo y nuestro tiempo, y
• Tener nuestro propio orden de prioridades.
Por supuesto, ejercer derechos conlleva asumir responsabilidades. En este caso, estos diez derechos comportan únicamente una responsabilidad: respetarlos en todas las demás personas.
A excepción de los dos últimos derechos asertivos, los niños y las niñas también poseen los mismos derechos (siempre y cuando sus decisiones no atenten contra su integridad o la de otros). Es muy importante respetar estos derechos en la infancia porque es durante esta etapa cuando se va formando el sistema de creencias sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre el mundo. Si de pequeños nos hacen sentir que carecemos de alguno de estos derechos, cuando seamos adultos nos será muy difícil creer que sí los tenemos y, por tanto, defenderlos. Al privar a un niño o niña de sus derechos asertivos, lo condenamos a convertirse en una persona manipulable y vulnerable a los abusos de otros, pues ella misma no considerará tener derecho a expresar sus emociones, a decir «no», a comunicar lo que piensa y tomar sus propias decisiones. Por este motivo, debemos poner especial atención en respetar sus derechos asertivos, pues en la medida que nosotros los respetemos, aprenderán a ejercerlos y defenderlos.
Una de las principales vías de aprendizaje de los seres humanos es la imitación. Los niños adquieren enseñanzas y hábitos imitando lo que hacen sus hermanos mayores, sus compañeros de clase, sus superhéroes de los dibujos animados y, sobre todo, lo que hacen sus padres. Por eso, como madres y padres, además de respetar los derechos asertivos del niño, debemos ser ejemplo para ellos defendiendo los nuestros y respetando también los de los demás. De nada sirve decirle a un niño lo que debe hacer si nosotros mismos no llevamos a cabo lo que predicamos.
¿Qué no son los límites?
Los límites no son decirle a alguien lo que debe o no debe hacer. En ningún caso se trata de exigir o prohibir al otro qué hacer, sino de expresarle nuestras necesidades en la relación y lo que nos hace sentir bien. Poseer el derecho a manifestar lo que necesitamos no significa que podamos hacerlo de cualquier manera y sin tener en cuenta los sentimientos del otro, pues no debemos confundir la libertad de expresión con exponer lo que nos plazca y como nos plazca: la libertad de uno termina donde empiezan los derechos del otro. Por ejemplo, un límite no es decir «Quiero que me escribas un mensaje cada día cuando llegues a casa». De esta forma estaríamos imponiendo, obligando, a la otra persona a realizar algo sin respetar su derecho a decidir si quiere hacerlo o no. Sin embargo, sí podemos expresar nuestro deseo o necesidad argumentando que «Me gustaría que me escribieras cuando llegues a casa porque, si no, me preocupo». Es entonces cuando la otra persona tiene que expresar honestamente si acepta o no tal petición.
Los límites no son juzgables. Uno no escoge lo que desea o lo que necesita (simplemente, lo siente así), por lo que no podemos juzgar nuestros propios límites. Por la misma razón, tampoco podemos hacerlo con los de los demás, solo aceptarlos y respetarlos, o, en caso de no ser compatibles con los nuestros, decidir si queremos seguir manteniendo esa relación o no.
Este punto es más controvertido de lo que pueda parecer en un principio, pues hay algunos deseos o necesidades que no son sanos. Están fundamentados en creencias limitantes o en inseguridades personales y son perjudiciales para nosotros mismos y para nuestras relaciones. Por ejemplo, si sentimos una excesiva necesidad de control, probablemente termine siendo dañina para nosotros y para las personas con quienes creamos vínculos. En estos casos, no debemos juzgar esta necesidad, pero sí cuestionárnosla: ¿por qué tengo tal necesidad de control? ¿Esto me hace bien o me hace mal? ¿Cómo influye en mis relaciones y a las personas que quiero? ¿Está relacionada con alguna inseguridad personal? Al reflexionar sobre ella sin juzgarla, podremos trabajar para mejorar en este aspecto.
Por último, los límites no son un acto de egoísmo. No se trata de actuar egoístamente, sino en pro de que la relación funcione de la mejor manera posible, y eso solo se consigue si sus integrantes se sienten bien en ella, y entonces podrán entregar lo mejor de sí.
Cuando asumimos qué son y qué no son los límites, empezamos a entenderlos como una herramienta que fortalece las relaciones con los demás y con uno mismo, que sostienen la dignidad propia y ajena, y como un elemento imprescindible para construir un amor sano.
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RELACIONES, SALUD Y FELICIDAD
La buena vida se construye con buenas relaciones.
ROBERT WALDINGER
Un estudio revelador
A lo largo de la historia, desde Aristóteles hasta la actualidad, grandes pensadores, filósofos, psicólogos, antropólogos, científicos y demás mentes ilustradas se han interesado por estudiar qué es la felicidad y qué nos lleva a sentirla. ¿Qué hace que algunas personas se sientan más felices que otras? ¿Se puede cultivar la felicidad? ¿Qué factores influyen en nuestra percepción de felicidad? ¿Nacemos o nos hacemos felices? Desde hace siglos, los seres humanos nos hemos estado haciendo infinitas preguntas sobre la felicidad sin hallar respuestas demasiado contundentes. Hasta hoy. La Universidad de Harvard está llevando a cabo una de las investigaciones más longevas y extraordinarias que se han hecho nunca en materia de la felicidad: durante más de setenta y cinco años han seguido a (en un inicio) 724 personas con el fin de averiguar qué las hacía felices. En el experimento participan personas de diferentes condiciones socioeconómicas, desde su adolescencia hasta la edad adulta, y se han registrado, año tras año, datos sobre su vida profesional, familiar, sexual y sobre sus hábitos, su salud, su economía, etc.
Durante estos años, no solo se ha estudiado a los sujetos que empezaron la investigación, sino que se ha ido introduciendo también a sus hijos, hijas y cónyuges, por lo que los datos recopilados ocupan miles de páginas y su análisis ha revelado algo totalmente sorprendente para los científicos. El director actual del estudio, Robert Waldinger, anunció que el resultado de estas ocho décadas de estudio sobre la felicidad era claro:
La felicidad no tiene nada que ver con el nivel económico, los estudios cursados, el lugar en el que vivimos o la comida que comemos. Lo que determina nuestra felicidad es la calidad de nuestras relaciones más cercanas.
Esta conclusión causó sorpresa porque por primera vez se demostró, a través de un método científico, que la clave de nuestra felicidad está en la manera en la que nos relacionamos con los demás. Y no solo eso, también se probó que era determinante en nuestra salud.
George Vaillant, el psiquiatra que dirigió el experimento entre 1976 y 2004, publicó un libro sobre los factores que más influyen en nuestra salud mientras envejecemos. En él explica de qué manera nos afectan aspectos como la genética, el ejercicio físico, la alimentación, el abuso de alcohol y drogas, entre otros. Su tesis final fue muy contundente: «La clave para un envejecimiento saludable son las relaciones, las relaciones y las relaciones».
Descubrir que nuestras relaciones ejercen un impacto decisivo en nuestra salud y en nuestra longevidad fue uno de los hallazgos más asombrosos de la investigación. Se pudo comprobar que, por ejemplo, las personas de cincuenta años que vivían relaciones sanas y de calidad llegaban a los ochenta con una mejor salud y que las personas de la tercera edad con vínculos seguros presentaban un menor deterioro cognitivo y físico y conservaban una buena memoria a largo plazo que aquellas que no los mantenían. Por otro lado, también se dedujo que las relaciones plenas tenían un efecto positivo en el control del estrés y en la calidad del sueño, por lo que constituían un importantísimo factor de prevención de múltiples enfermedades graves.
Múltiples estudios posteriores han respaldado estas conclusiones, estudios que se han hecho desde diferentes disciplinas y han supuesto un antes y un después en la forma de entender y abordar la salud física, psíquica y emocional.
Una obra de arte
Hay obras de arte maravillosas, que te atraviesan las pupilas hasta tocarte el alma, capaces de desatar nudos en las gargantas más enmarañadas y que te erizan la piel con solo escuchar sus tres primeras notas. Pero hay una, una jodidamente extraordinaria y suprema que permite que existan todas las otras obras de arte que le dan sentido al mundo: el cerebro.
Los estudios sobre el funcionamiento del cerebro son asombrosos. Nos han desvelado cómo cada área, cada estructura, cada neurona, cada partícula atómica que forma parte de una neurona desempeñan una función específica en nuestro cerebro. Y eso es lo que hace a la naturaleza tan absolutamente admirable.
Cuando nos emocionamos al escuchar una canción, cuando un olor nos transporta a la infancia, cuando nos enamoramos, cuando leemos una novela, cuando aprendemos algo nuevo, cuando nos levantamos de la cama y nos preparamos un café... Todas y cada una de las pequeñas y grandes acciones que llevamos a cabo a lo largo de nuestra vida, y todo lo que sentimos y pensamos, ocurren gracias a que existen neuronas especializadas en procesar un tipo específico de información.
Pongamos un ejemplo. Imaginemos que estamos en una comida familiar y uno de los comensales, sentado al otro extremo de la mesa, de repente nos grita: «¡Ahí va, cógela!», y nos lanza algo por el aire. En los escasos segundos que dura el vuelo del objeto en cuestión, en nuestro cerebro se activan miles de millones de neuronas de unas áreas concretas especializadas en percibir, analizar y reaccionar a lo que está a punto de ocurrir sin que ni siquiera seamos conscientes de ello.
En el cerebro tenemos unas neuronas que forman parte del sistema de visión, situadas en el lóbulo occipital (la parte posterior de la cabeza). Dentro de este sistema, unas neuronas concretas ejercen la función de analizar la superficie de un objeto; otras se encargan de detectar el color; otras, la forma; otras, el tamaño; otras, la velocidad; otras, la dirección del movimiento... y así, en cuestión de milésimas de segundo, estos grupos neuronales especializados envían su información a otra área específica de neuronas, que la asimila. Inmediatamente, se activa nuestra memoria semántica, es decir, nuestra enciclopedia mental donde guardamos los datos de todos los objetos que conocemos, y asocia la información que ha integrado proveniente del sistema visual con la palabra de nuestra enciclopedia que mejor encaje con ella. Entonces, determina que el objeto que viene volando directamente hacia nosotros es una naranja, y concretamente una naranja, no una manzana o una pelota de tenis, sino una naranja.
Por si esto fuera poco, mientras procesamos toda esa información, nuestro lóbulo prefrontal toma la decisión de hacer un movimiento que nos permita esquivar el objeto, así que envía a las neuronas responsables del movimiento de la parte superior del cuerpo la orden de que los músculos del torso, los brazos y la cabeza se desplacen hacia un lado para evitar que la naranja impacte directamente en nuestra cara. A su vez, otra área cerebral, la de los actos reflejos, nos hace cerrar los ojos para protegerlos del posible impacto. Y esto no termina aquí, sino que además continúan activos otros miles de millones de neuronas que nos facultan, mientras todo esto ocurre, para respirar, bombear sangre, mantener el tono muscular, controlar los esfínteres, pestañear, hacer la digestión... Si, además, mientras esquivamos esa naranja, gritamos: «Pero ¡¿qué haces?!», en ese momento se movilizaría asimismo el complejo sistema del lenguaje para intercambiar otro tanto de información entre áreas neuronales y hacer posible nuestra exclamación. Así de fascinante y complejo es el funcionamiento del cerebro.
Como decíamos, esto ocurre en milésimas de segundo, de forma automática, y constituye una de las funciones más básicas para nuestro cerebro. Solo cabe imaginar el intrincado mecanismo que se pone en marcha con actividades más difíciles como escribir, tocar un instrumento, planificar unas vacaciones o resolver un problema matemático.
Volviendo a los estudios neuropsicológicos sobre cómo influyen las relaciones en nuestra salud y nuestra percepción subjetiva de la felicidad, algunos neurocientíficos han ido más allá para desvelar bajo qué mecanismos ocurre esto y nos han permitido entender de qué manera estas afectan en nuestro cerebro.
Todos hemos podido comprobar que, cuando alguien nos trata de forma hostil, se experimentan sensaciones negativas y que, cuando recibimos un trato amable, experimentamos sensaciones agradables. Estas sensaciones son lo que denominamos emociones y son generadas por el sistema límbico de nuestro cerebro (la principal estructura implicada en el procesamiento emocional) en respuesta a un estímulo (en este caso, las palabras o la conducta de la otra persona).
Lo que hace que una emoción sea agradable/placentera o desagradable/dolorosa es el tipo de hormona o neurotransmisor que se libera en nuestro cerebro en reacción al estímulo. Cuando alguien nos trata de forma hostil, se producen una serie de cambios en nuestros niveles de neurotransmisores y hormonas, que hace que tengamos una sensación emocional desagradable, y cuando alguien nos trata de forma amable provoca otro tipo de cambios químicos, en nuestro cerebro, que generan emociones agradables.
