1
¿Por qué muchos hombres
se evaden ante los
problemas?
Con mucha frecuencia, las mujeres nos sentimos lastimadas y enojadas cuando ante los problemas familiares nuestro hombre parece desinteresado y evasivo. “¿Será que no le importa?…”, nos cuestionamos.
Ayer escuché la breve conversación de dos mujeres mientras hacía fila en el banco: una le comentaba a la otra que “el problema” con su hija seguía igual.
—¿Y qué dice tu marido acerca de eso?
—Ya ni siquiera le cuento nada… De todas maneras no le importa; es como si hablara con la pared. No tiene caso gastar mi tiempo y mi saliva… —respondió la mujer con un tono de voz cargado de frustración. Se quedó en silencio unos segundos y luego, con más frustración todavía, añadió—: ¡Te juro que es como hablar con un sordo, ciego y mudo!…
—¡Ufff!… ¡Ya sé lo que es eso! —contestó la amiga… y acto seguido, mejor cambiaron de tema.
En mi práctica profesional he trabajado con cientos de mujeres en psicoterapia, cursos y talleres, y con gran frecuencia he escuchado comentarios como ésos, llenos de frustración, impotencia, coraje y dolor. Esa conversación de las mujeres en el banco bien podría haber sido sostenida por cualquier otro par de amigas.
Éstas son algunas de las muchas quejas que he escuchado:
Mi hijo en el hospital y mi esposo se fue de viaje de negocios.
El día de mi cirugía trabajó más horas de lo normal en lugar de no haber ido a trabajar.
Cuando le estaba platicando a mi esposo que nuestra hija tenía bulimia, me interrumpió diciendo que ya se le había hecho muy tarde y se tenía que ir… ¡y se fue!
Nuestra bebé en terapia intensiva y él buscando pretextos para salirse del hospital: al banco, a ponerle gasolina al coche, a comprar el periódico, a buscar algo de comer.
Siempre que toco el tema de un problema con nuestros hijos, sin importar la hora que sea, se queda dormido.
¿Es cierto que generalmente los hombres tienden a evadirse ante ciertos problemas familiares, o es sólo una falsa acusación inventada por feministas resentidas? La respuesta es: sí, muchos hombres tienden a evadirse ante los problemas que conllevan fuertes cargas emocionales. Si bien es cierto que esto puede suceder también a las mujeres y que no necesariamente TODOS los hombres reaccionan así, es un hecho que con gran frecuencia encontramos en el género masculino.
Casi siempre, las mujeres interpretamos estas reacciones de nuestro hombre como falta de amor, de interés y de apoyo; pero créeme, no tienen nada que ver con eso.
¿Y por qué lo hacen entonces?
Resulta que en casi todas las culturas, desde que los hombres son pequeños se les prohíbe expresar o, peor aún, siquiera experimentar sentimientos de miedo, dolor, impotencia y preocupación. De los hombres se espera que SIEMPRE puedan, que SIEMPRE sepan, que SIEMPRE sean fuertes, y esto les hace extremadamente difícil entrar en contacto con los sentimientos antes mencionados, así como aceptar el hecho real de que a veces no pueden y a veces no saben.
En nuestra cultura, las mujeres tenemos permiso de llorar, de hacer drama, de no poder, de no saber, de mostrar nuestra debilidad; pero los hombres no. Entonces, cuando experimentan sentimientos de miedo, preocupación, dolor e impotencia en un alto grado, su inconsciente dispara ese mecanismo de evasión para poder soportarlos; para “sobrevivir” emocionalmente.
Así también, en parte por naturaleza y en parte por cultura, los hombres son “solucionadores de problemas”, y cuando no está en sus manos resolver alguno, sienten altos niveles de impotencia, angustia y frustración.
No se trata entonces de que no nos amen y que no les importemos. ¡Al contrario! Nos aman tanto, les importamos tanto, están tan preocupados, que sus sentimientos los rebasan y se evaden, simplemente porque les es muy difícil manejarlos. No significa que sean débiles o inadecuados; es sólo que, al no permitírseles sentirse así, no aprenden a lidiar con eso. Y vale la pena que recordemos que las mujeres, las madres, somos en parte las que los educamos y contribuimos a ello.
Es importante que las mujeres entendamos esto, pero no para adoptar una actitud maternal de “¡pobrecitos!”, y justificar o permitir esa conducta de nuestro hombre, sino para que al comprender lo que hay detrás de la misma, dejemos de malinterpretarla como falta de amor y de interés, agregando así más dolor a la ya de por sí difícil situación por la que estemos pasando. No te digo que no le pidas ayuda o que no lo “empujes” a reaccionar y ponerse las pilas, sino que —independientemente de las medidas que decidas tomar— comprendas el porqué de esa actitud.
Así, pues, ojalá que la próxima vez que tu hombre presente una de esas reacciones evasivas seas capaz de ver “más allá” para que puedas percibir el interés, la preocupación y el amor que hay detrás. Porque, créeme… ¡lo hay!
2
¿Es posible perdonar?
Perdonar no es tarea fácil, ya que los eventos de nuestra vida que son susceptibles de ser perdonados tienen una carga de sentimientos muy dolorosos: rechazo, desilusión, humillación o traición. Nos sentimos profundamente lastimados y expresamos cosas como: “Jamás le perdonaré”, “Después de lo que me hizo, ¿todavía perdonarle?”, como si al disculpar le estuviéramos haciendo un favor al otro. La verdad es que mientras no perdonamos, no podemos tener una verdadera paz interior, pues los seres humanos no estamos “diseñados” para tener al mismo tiempo dos sentimientos opuestos como el rencor y la paz; la segunda no podrá llegar hasta que nos liberemos del primero. Perdonar es entonces un gran favor que te haces a ti mismo.
Perdonar es posible, por supuesto que lo es, pero es necesario permitirnos vivir las diferentes etapas que nos llevan a la curación interior y al perdón; al verdadero, no a ese que es más racional que real, cuando decimos: “Ya le perdoné”, pero tenemos insomnio crónico (si no es por causas orgánicas), o manejamos constantemente la llamada agresión pasiva hacia esa persona, como ridiculizarla en público, hacer bromas sarcásticas y pesadas respecto a ella/él, “olvidar” citas, cumpleaños o cosas importantes para esa persona, o quizá tener “accidentes involuntarios”, como quemar su pantalón favorito, tirar el café sobre sus papeles, etcétera; claro, “involuntariamente”. La verdad es que todos estos incidentes sólo son indicativos de que estamos en negación, la cual es una defensa psicológica activada por nuestro inconsciente, que nos impide aceptar nuestro resentimiento porque reconocerlo nos haría sentir malos o avergonzados.
Cuando salimos de la negación y reconocemos nuestro rencor y resentimiento, cuando aceptamos que en realidad no hemos perdonado, entonces damos un gran paso hacia el perdón. Como resultado de esta aceptación, de forma inevitable entraremos a otra etapa donde muy posiblemente experimentaremos la culpa; podemos creer que de alguna manera somos los causantes de lo sucedido. Nos repetimos en nuestro interior pensamientos como: “Si hubiera sido más delgada…”, “Si hubiera sido más cariñoso…”, “Si me hubiera dado cuenta a tiempo…”, “Si hubiera hecho… si no hubiera hecho…” Ante esto es necesario hacer un inventario de las situaciones o comportamientos de ambas partes que propiciaron ese evento doloroso en nuestra vida, para darnos cuenta de que sólo tenemos una parte de responsabilidad. Y algo muy importante: no evaluemos el pasado desde la mirada, la experiencia y la madurez del presente, ya que en aquel momento hicimos lo mejor que pudimos y usamos las únicas herramientas de que disponíamos entonces.
Para dejar de sentir culpa, la cual es un sentimiento muy difícil de tolerar, inconscientemente nos movemos hacia otra etapa en la que nos ubicamos en el papel de la víctima; así, volcamos toda la responsabilidad de lo sucedido en el otro. Pensamos y expresamos aseveraciones como: “Me hizo”, “Pobre de mí, yo que siempre me porté tan bien, me trató o me trata tan mal”, etcétera. La actitud de víctima es tan cómoda que hasta puede resultar peligrosa, puesto que podemos quedarnos años o el resto de la vida atorados en esa etapa en que todos tienen la culpa menos yo, en que todos son responsables de mi vida y mis sentimientos, excepto yo. Por supuesto, la víctima no es feliz y vive una constante sensación de vulnerabilidad y baja autoestima.
Para salir de esta postura de víctima es necesario confrontarnos decididamente a nosotros mismos, de manera que cada vez que nos oigamos quejándonos de lo que nos pasa, nos preguntemos: “¿Y por qué sigo soportando esto?”, “¿Por qué sigo en esta relación de pareja donde sufro tanto?”, “¿Por qué no renuncio a este empleo y busco uno que me satisfaga?”, “¿Por qué sigo permitiendo tal o cual abuso o maltrato?” Respóndete muy honestamente, y tal vez encontrarás respuestas como: “Sigo en esta relación porque no me puedo mantener sola o porque tengo miedo de vivir solo, o por cuidar una imagen social”, “Soporto este abuso porque no me atrevo a poner límites, o porque no quiero perder la futura herencia, o para que digan que soy muy buena/o, o por simple flojera y comodidad”.
Entonces te darás cuenta de que simplemente estás pagando un precio a cambio de lo que esa situación te proporciona, o dicho de otra forma, estás soportando eso porque encuentras ganancias convenientes para ti. Y siendo así, ¿por qué te quejas? La verdad es que tampoco somos ningunos inocentes: también herimos al otro y de muchas formas nos cobramos las “facturas” que nos debe. Créeme, mientras no dejemos de sentirnos víctimas no podremos perdonar y vivir en paz.
Al dejar la etapa de víctima sin duda tendremos que entrar en contacto con uno de los sentimientos más inaceptables socialmente: la ira. ¡Es tan difícil reconocer: “Tengo mucho rencor hacia mi madre, pareja, hijo o hermano”! Pero si somos tan valientes para aceptarlo, podremos trabajar con nuestra ira para liberarla, haciendo cosas como escribir cartas —todas las que sean necesarias— dirigidas a la persona con la cual estamos resentidos, y que por supuesto no le vamos a entregar. En ellas le permitiremos a esa parte nuestra tan dolida y resentida desahogarse, expresar todos sus reclamos, todo su dolor, toda su ira, y después de horas, días, semanas o meses, cuando estemos listos para hacerlo, quemaremos las cartas dejando ir esos sentimientos que tanto estorban a la felicidad. También es muy útil buscar ayuda profesional para liberarnos de la ira y todos los sentimientos insanos involucrados en esta vivencia.
Esto funciona. Después de algún tiempo comenzaremos a ver la luz; notaremos que aquellos sentimientos tan intensos y abrumadores se han diluido, o por lo menos han bajado de intensidad. Entonces estaremos listos para rescatar todo lo bueno que esa experiencia nos dejó, para reconocer cómo gracias a ella nos fortalecimos, aprendimos, maduramos, crecimos.
Ese incidente sucedió, lo viviste de la mejor manera que pudiste; te causó dolor, pero tú tienes la alternativa de utilizar esa experiencia para aprender y crecer o para llenarte de amargura y rencor, la decisión es tuya. Y quien elige la primera opción puede comprender las palabras de Viktor Frankl cuando expresó: “Sólo existe el perdón cuando te das cuenta de que en realidad no tienes nada que perdonar”.
3
¿Las mascotas curan?
¡Sí! Cada día hay más pruebas de que las mascotas pueden ayudar a las personas a sanar padecimientos tanto emocionales como físicos.
Numerosos estudios científicos muestran que el contacto físico y emocional con las mascotas tiene efectos muy positivos sobre la curación de la hipertensión arterial, la concentración de colesterol y las enfermedades coronarias. En el aspecto emocional, dichos estudios demuestran que la convivencia con mascotas ayuda a aumentar la confianza en uno mismo, da seguridad, alivia la ansiedad y el estrés y también disminuye el sentimiento de soledad.
En mi opinión, los niños deberían tener una mascota, porque al convivir con ella equilibran y sanan sus emociones y desarrollan hermosos valores, como la sensibilidad, la responsabilidad, el compromiso y el interés por otros. También aprenden a cuidar y a mostrar amor tanto física como verbalmente. Todas éstas son cualidades y valores indispensables en cualquier relación o actividad de la vida.
En el aspecto emocional, a través de su mascota los niños pueden superar duelos por sus pérdidas y procesar toda clase de miedos o “sufrimientos”. Esto en parte se debe al hecho de que las mascotas aman mucho e incondicionalmente. No necesitan que el niño se porte “bien”, que saque buenas calificaciones, ni que sea inteligente u obediente. No importa cuántas virtudes o defectos tenga un niño, su mascota lo amará sin condiciones y se lo mostrará sin tapujos.
Algunos padres se resisten al hecho de que sus hijos tengan mascotas, porque las consideran sucias y hasta peligrosas para la salud. Esto puede ser verdad, cuando los animalitos no se atienden de manera adecuada. Si se les aplican las vacunas necesarias en los periodos apropiados, se les asea con la frecuencia y en la forma recomendada según el animalito del que se trate, no hay ninguna razón para preocuparse.
Es muy común que los dueños de mascotas, ya sean niños o adultos, “conversen” con ellas, e incluso que a veces les confíen cosas que no le contarían a una persona. “Mi perro guarda muy bien los secretos que le cuento”, decía un niño que superó de manera impresionante y rápida el duelo por la muerte repentina de su mejor amigo, llorando mientras abrazaba a su perro y platicando con él varias horas al día.
Recuerdo también el caso de una niña a la que atendí, quien tenía como mascota a un tierno gatito al que adoraba. La niña estaba muy triste y enojada porque sus padres habían decidido mudarse a otra ciudad por asuntos del empleo del papá y había resentido mucho tener que dejar a sus amigos y a sus abuelos. En parte por tristeza y en parte por castigar a sus padres, no quería comer, lo cual se había vuelto una fuente de conflicto entre ella y sus preocupados padres. Les sugerí que por un tiempo, en lugar de ponerle la comida al gatito en su plato, ella le diera de comer de su puño. De esta manera, un poco por identificación y otro poco porque esto estrechó aún más la relación emocional entre ella y el minino, ese acto le “recordó” que también ella debía comer… y al paso de unos cuantos días comenzó a hacerlo por sí misma, sin ninguna presión por parte de sus padres. Del mismo modo pudo superar su duelo y comenzó a estar de mejor humor, a tener ganas de hacer nuevos amigos y a abrirse a la experiencia de una nueva vida.
Yo tengo la convicción de que entre el amo y la mascota se crea un profundo lazo que va más allá de las palabras o de la parte superficial de la comunicación. A mi parecer, las mascotas comprenden mejor de lo que nos imaginamos lo que está sucediendo; saben cuándo y qué se necesita de ellas, y están siempre dispuestas a colaborar. Muchos hemos conocido casos o hemos sido testigos de situaciones sorprendentes en las que un animal hace cosas impresionantes y hasta heroicas para salvar, advertir y de cualquier forma ayudar a su amo. Ésos son casos espectaculares, pero en el día a día podemos comprobar constantemente cómo la actitud y el comportamiento de una mascota responden a diferentes situaciones.
Así, pues, nuestras hermosas, tiernas y adoradas mascotas, que nos muestran su amor sin restricciones, nos aman sin condiciones y nos hacen felices, también nos curan. ¡Gracias a la vida por las mascotas!
4
¿Qué hay detrás
de las excusas?
“La reina de las excusas.” Así bauticé para mis adentros a la mujer que más excusas pronuncia en menor tiempo. ¡Es impresionante! La mayoría de ellas son absurdas, increíbles y absolutamente innecesarias; algunas las expresa aun antes de que uno siquiera termine de hablar o, peor aún, incluso antes de que comience. La conocí hace poco por asuntos de negocios. Ella me ha hecho pensar mucho sobre este comportamiento, lamentablemente muy común.
Pero la vida es tan buena conmigo, que también hace poco me puso enfrente a otra mujer que —a diferencia de la acreedora al mencionado título— me ha sorprendido gratamente por su capacidad de reconocer sus errores, ofrecer una disculpa y encontrar la forma de corregir su falta cuanto antes. Interactuar con ella es muy agradable y relajante y me aviva la llama de la confianza.
Las excusas me molestan de verdad porque su función es culpar a algo o a alguien de un error cometido, en lugar de decir una frase tan liberadora y tan simple como: “discúlpame”, “me equivoqué”, “se me olvidó”, etcétera. Algunas son tan ridículas y tontas, que hasta ofenden la inteligencia de quien las escucha. Generalmente, las personas que usan la excusa como estilo de vida creen que el receptor les cree, y si éste confronta, refuta u objeta de alguna manera, el emisor de la excusa se siente ofendido.
El otro día, por ejemplo, llamé a una persona para pedirle, por sexta vez, que me enviara unos papeles que tenía pendientes de mandar. Me respondió con una nueva excusa, tan tonta como todas las anteriores, la cual confronté diciéndole que esperaba que esta vez sí cumpliera, porque cada día se comprometía a que esa tarde los mandaría y no sucedía, y luego, a mi siguiente llamada me sacaba una nueva excusa para justificar que no lo había hecho. Como siempre sucede con las personas que presentan esta inmadura actitud de justificar su ineficiencia o informalidad con excusas, se indignó por mi comentario, que no llevaba dentro más que la verdad. Una verdad que a los amantes de las excusas no les gusta ver. Esta actitud a mí de veras que no me cabe en la cabeza.
¿Qué hay detrás de las excusas? Por una parte, el temor a ser desaprobado y juzgado como tonto, ignorante, malo o inadecuado por haber cometido un error. Esto se da como consecuencia de haber crecido en un hogar donde se exigía perfección y donde los errores y la imperfección se condenaban fuertemente con burla, sarcasmo, castigo o cualquier otra forma de desaprobación y rechazo. También, detrás de las excusas está la soberbia, que no nos deja soportar la idea de que no somos perfectos e infalibles y de que otros se pueden dar cuenta de ello (¡como si no lo supieran ya!). La falta de madurez y de responsabilidad por las propias acciones, y en general por todo lo que tenga que ver con uno mismo, es otro de los factores que hay detrás de las excusas.
De seguro todos hemos experimentado la sensación de libertad y paz que proporciona el reconocer el error que cometimos y disculparnos por ello, y también el estrés que causa inventar excusas, porque tenemos que seguir creando más y más para sustentar la que ya expresamos, formándose una interminable y angustiante cadena de mentiras que nos impiden tener paz. Asimismo, la imagen personal se deteriora y ensucia ante uno mismo, y por supuesto ante los demás, porque ¡te garantizo que se dan cuenta!
En cambio, reconocer nuestro error, disculparnos por ello, asumir las consecuencias y realizar las acciones necesarias para corregirlo, enaltece nuestra imagen ante nosotros mismos y ante los demás, que sentirán (lo expresen o no) una admiración por tan loable, madura y valiente actitud.
Perdámosle el miedo a reconocer nuestros errores y pedir perdón; démonos permiso de experimentar la agradable, liberadora y satisfactoria sensación que este comportamiento nos deja, y lo orgullosos que estaremos de nosotros mismos.
Vamos madurando y volviéndonos auténticos.
¡Dejemos ya de inventar excusas!
5
¿Son crueles los niños?
Enséñales a ser compasivos
Con frecuencia he escuchado a personas que expresan esta idea: “los niños son muy crueles”. Aunque suena fuerte, a veces nos parece que es verdad, cuando los vemos burlándose de alguno porque tiene una deficiencia física, cometió un error o le sucedió algo desagradable.
No obstante, yo creo de verdad que no es que los niños sean crueles, sino que no han desarrollado —porque no les hemos enseñado— la capacidad de empatizar, es decir, la capacidad de “ponerse en los zapatos del otro”, lo cual es una condición necesaria de la compasión y el respeto.
Hace años, cuando mis hijos estaban en la primaria, llegué un día a recogerlos al colegio. Al entrar al patio vi a un grupito de niños cuchicheando entre sí y riéndose quedito, y a otros riendo abiertamente y hasta a carcajadas. Al subir a nuestro coche pregunté a mis hijos qué sucedía y quedé horrorizada cuando escuché la historia que me contaron, que era la causa de la risa. Resulta que uno de los alumnos del colegio era un niño en cuya cara había marcadas secuelas de las fuertes quemaduras que sufrió años atrás, lo que le daba un aspecto extraño. En ese preciso día, uno de sus compañeros le inventó un horrible sobrenombre que gritó a los cuatro vientos para que todos oyeran; tan horrendo y humillante que ni siquiera me atrevo a escribirlo. Cuando mis hijos me lo contaron no pude contener las lágrimas.
Les dije: “Por favor, ustedes no vayan a entrar jamás en ese horrible juego; por favor, jamás le vayan a llamar de esa manera. Imagínense lo que estará sintiendo en este momento ese pobre niño; cómo estará de lastimado. Además de ese accidente tan tremendo que le sucedió, por lo cual tiene así su carita, todavía tiene que soportar esas burlas tan crueles. Imagínense que ustedes fueran quienes tuvieran ese problema; cómo se sentirían de que se burlaran así de ustedes”.
Mis hijos escucharon en un solemne silencio cada palabra que dije. Estoy segura de que estaban poniéndose en el lugar del niño y les dolía. Días después supe por algunos maestros que cuando mis hijos escuchaban a alguien llamar a ese niño por el horrible apodo o burlarse de él, ellos les decían a sus compañeros más o menos las mismas palabras que yo les dije en el coche. Y a su vez esos compañeros las comenzaron a repetir a otros burlones.
Este incidente me hizo pensar y observar mucho la aparente crueldad de los niños, y he llegado a convencerme de que esos actos se deben a que, como mencioné anteriormente, ellos no son del todo conscientes del daño y el dolor que sus acciones están causando.
Hay que enseñarles a ser compasivos; no es cuestión de regañarlos y mucho menos de despreciarlos cuando están siendo crueles, sino de ayudarles a ver lo que no ven. Esto es aplicable a la crueldad de algunos niños hacia los animales. Deben saber que quemar a un animalito, arrancarle las patitas o aventarle pedradas lo hace sufrir inmensamente. Deben saber que los animalitos no están aquí para que los maltraten, sino para que los cuiden y respeten; que son nuestros hermanitos menores y también tienen derecho a compartir este planeta donde todos vivimos. Deben saber, además, que las otras personas tienen sentimientos al igual que ellos y pueden resultar profundamente heridas ante ciertos comentarios o actitudes.
Es muy útil que cada vez que un niño lleve a cabo un acto cruel hacia otro, o hacia un animalito, lo llevemos a imaginar qué sentiría si a él le estuviera sucediendo eso. Esto se llama empatía (ponerse en el lugar del otro) y es un recurso valiosísimo, indispensable para tener relaciones sanas y armoniosas toda la vida.
Yo estoy en total desacuerdo con los padres que, en lugar de enseñarles la empatía y la compasión a sus hijos, los llevan ellos mismos a tirar municiones a los pajaritos o a sacar peces y luego devolverlos al agua con la boca desgarrada y sangrante por el anzuelo. Éstos son actos de crueldad, abuso y agresión hacia los animales; son acciones absurdas y sin sentido, que lo único que provocan es que los niños aprendan a ver el abuso y la agresión como algo normal, y que se crean con derecho a practicarlos sobre otros más débiles e indefensos. Si piensas que esto no influirá en que aprendan comportamientos abusivos y agresivos hacia otros seres humanos, créeme que te equivocas.
La compasión, sin duda, empieza en el hogar. Aportemos algo útil a la sociedad, criando hijos compasivos y respetuosos de los demás.
6
¿Por qué me preocupo
tanto por mis hijos?
La mayoría de los padres viven llenos de miedo y preocupados de que a sus hijos les pasen cosas horrendas: imaginan que se los roban, los atropellan, que chocan, se ahogan y una interminable lista de posibles tragedias que pueden suceder a sus hijos.
Nadie se atrevería a negar que todas esas cosas terribles puedan pasar; de hecho, ocurren todos los días. Basta con leer un periódico o escuchar los noticieros para comprobarlo. Indudablemente, es posible que sucedan, pero también es posible que no.
De hecho, las probabilidades de que no sucedan son mayores que las probabilidades de que sí ocurran. No obstante, la mayoría de los padres viven con ese temor constante, el cual determina en gran medida sus estados emocionales y sus conductas tanto personales como en la relación con sus hijos.
Hay muchas cosas que están fuera de nuestro control. Pero vivir llenos de miedo sólo les enseña a nuestros hijos a hacer lo mismo, y sin duda nos impide disfrutar la vida y a ellos por consiguiente.
Si bien puede haber muchas razones por las que los padres viven con tanto miedo y preocupación, aquí comentaré dos: la tendencia a ver el lado oscuro de la vida y lo que yo llamo “incongruencia espiritual”.
Refiriéndome a la primera, diría que la mayor parte de los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a notar el lado oscuro de la vida, lo cual se traduce en actitudes como fijarnos más en lo que
