INTRODUCCIÓN
Hijos del optimismo
Para que tú y yo nos encontremos hoy aquí, a ambos lados de estas páginas, han sido necesarias 12.000 generaciones de Homo sapiens. Las vidas de las primeras 11.990 fueron prácticamente idénticas. La mayoría de aquellos seres humanos nació sin asistencia médica, quizá en el suelo de una choza de barro. La mitad murió antes de cumplir los cinco años, casi siempre por las mismas causas: infecciones, accidentes, malnutrición o violencia. Después de la invención de la escritura, pocos aprendieron a leer o a escribir. Todos vestían ropas similares, hechas de lana, de lino o de piel, y su vida transcurría entre tareas repetidas una y otra vez en comunidades pequeñas que permanecían inalteradas a lo largo del tiempo. Con ligeras variaciones, la vida de un ser humano en el año 3000 a.C. era indistinguible de la vida de sus descendientes doscientas cohortes más tarde.
Hace solo diez generaciones algo cambió, y en los últimos doscientos cincuenta años la humanidad se ha transmutado en una especie distinta. El descubrimiento de nuevas fuentes de energía, la extensión del comercio, la irrupción de varias invenciones y una manera diferente de mirar el mundo dispararon el progreso en todos los ámbitos de la vida. Tanto que nos permitió imaginar, por primera vez, un futuro de opulencia.
Millones de personas dejaron atrás la lucha diaria por la supervivencia y exploraron una experiencia inédita. La riqueza material ensanchó los horizontes de la vida: la educación se volvió universal, la salud pasó a ser un derecho y la seguridad, también. Se disparó la longevidad, disminuyó la violencia, se inauguró la movilidad social y nacieron los derechos humanos. Pudimos soñar con vidas más largas, más plenas, más libres. El futuro dejó de ser una repetición del pasado y se convirtió en la posibilidad de algo distinto. Y de algo mejor.
Todo lo que somos tú y yo es producto de esos últimos doscientos cincuenta años. Todo lo que pensamos emana de las creencias que fueron arraigando en ese lapso de tiempo. La forma en que nos vemos a nosotros mismos y al mundo está cincelada por este fenómeno insólito en la historia de la humanidad.
Hace veinticinco años esa trayectoria se detuvo. Los engranajes que empujaban el progreso económico dejaron de funcionar y todavía hoy no tenemos una explicación convincente para ello. Desde entonces, el mundo anda desnortado, sin rumbo. Tanto que ni siquiera nos atrevemos a admitir abiertamente que el mecanismo que impulsaba el crecimiento desde la Revolución Industrial se ha roto y no contamos con uno nuevo para reemplazarlo.
El declive generalizado de la salud mental, el regreso de la extrema derecha, eso que hemos llamado «guerras culturales» y hasta la crisis de la masculinidad tienen su origen en el fallo de ese pequeño y oscuro mecanismo económico que nos había traído hasta aquí. Hoy millones de personas en todos los países —sin tener relación alguna entre sí— están asustadas, furiosas, desconcertadas y en busca de alguien a quien responsabilizar. De alguien a quien odiar.
Es posible que tú seas una de esas personas. Yo creo que todos lo somos un poco.
En el medio, como protagonistas involuntarios de esta tragedia, quedamos las generaciones de niños y niñas que crecimos en los últimos compases del siglo pasado y que hoy somos adultos más o menos jóvenes. En nosotros se depositó la responsabilidad de seguir haciendo girar el motor del crecimiento, y a nosotros se nos responsabiliza de que haya dejado de funcionar. Sea como fuere, lo que resulta evidente es que es tarea de nuestra generación encontrar la salida de este entuerto. Nos va la vida en ello.
Este libro busca argumentos en la historia, en la economía, en la tecnología y en la antropología para explicar lo que está ocurriendo. No como un ejercicio de entretenimiento intelectual, sino con el fin de encontrar soluciones: para convertirse en una caja de herramientas que nos permita pensar y vivir en este tercer milenio.
Como toda incursión en la naturaleza de las sociedades humanas, no es un mapa estático, sino una historia. Es el relato del instante inédito que nos ha tocado vivir y que aún no hemos terminado de comprender.
Es una invitación a convertir este tercer milenio en un tiempo de oportunidades.
Y es la historia de tu vida, solo que nunca te la han contado así.
PRIMERA PARTE
Ayer
Astronautas
Invoquemos las maravillas de la ciencia, en lugar de sus horrores. Juntos, exploremos las estrellas, conquistemos los desiertos, erradiquemos las enfermedades, alcancemos las profundidades del océano y fomentemos las artes y el comercio.
JOHN F. KENNEDY, discurso inaugural
de la presidencia, 1961
«¿Qué quieres ser de mayor?» era una pregunta de la que no podías escapar de pequeño a finales del siglo XX. Aunque no levantases un palmo del suelo, más te valía tener un plan, y ese plan debía estar a la altura de las expectativas de tu interlocutor: «Astronauta», «Médico», «Arquitecta».
Era un juego; un juego en el que participaba toda la sociedad. Y aunque desde la perspectiva del año 2026 no parezca gran cosa, en aquel momento sí que lo era.
Desde que existe nuestra especie, durante miles y miles de años, ninguna generación se había imaginado nunca ser algo distinto de lo que habían sido sus padres. Cuando mi abuela nació, a nadie se le ocurrió que pudiera ser nada diferente de lo que era: jornalera, pobre y analfabeta. Así había sido para su abuela y para la abuela de su abuela y para todas las abuelas que las antecedieron. Seguramente para la tuya también. En los últimos compases del siglo XX, la noción de «querer» ser algo de mayor y que todo el mundo asumiera que estaba a tu alcance conseguirlo era una especie de milagro. O de truco de magia. Cada ocurrencia se celebraba, se contaba y formaba parte de la identidad y del patrimonio familiar como si ya se hubiera materializado: «Fulanita, de mayor, quiere ser tal cosa».
No era el único milagro que parecía posible en aquel momento. Superada la Segunda Guerra Mundial, reconstruida Europa y tras treinta años de crecimiento récord, la sociedad de finales del siglo pasado vivía convencida de que el futuro sería una utopía de colonias en Marte, coches voladores y robots domésticos. «El crecimiento no tiene límites —decía Ronald Reagan, entonces presidente de Estados Unidos—, porque la inteligencia y la imaginación humanas, y nuestra capacidad de asombro, no tienen límites».
Yo quería ser veterinaria; siempre me he sentido más cómoda con los animales que con las personas. Mis padres, en cambio, creo que tenían otros planes para mí. Sospecho que, con la energía de aquel momento histórico, esperaban en secreto que me dedicara a la política. O a la gestión pública, como habían hecho ellos, como sus amigos, como todas las personas importantes de aquel momento en mi país. «Esta niña va a llegar a presidenta del gobierno».
Y es que, en el fondo, no éramos los niños los que estábamos jugando a qué quieres ser de mayor: eran nuestros padres. Nosotros, lógicamente, ni lográbamos entender qué significaba el juego ni por qué era tan extraordinario. No pillábamos el chiste cuando a todo el mundo le hacía tanta gracia que fuéramos a ser astronautas.
Aquel pasatiempo era la expresión popular del último gran proyecto de Occidente. Después de inventar los antibióticos, los trenes, los coches y los electrodomésticos, los países industrializados se disponían a crear una «sociedad del conocimiento», una nueva realidad en la que la fuente de la riqueza ya no sería la energía, ni la maquinaria, ni siquiera la mano de obra, sino la capacidad de generar, compartir y aplicar la inteligencia. Y los encargados de hacerlo realidad seríamos nosotros; sus hijos, los hijos del optimismo.
Éramos la primera generación(1) de «nativos ricos»: la primera hornada de seres humanos que había nacido lejos del hambre, de la enfermedad y de las guerras. La primera que no sabría lo que se siente —todos y cada uno de los días de la vida— al ser pobre. Nos íbamos a convertir en la «generación más preparada de la historia»; iríamos a la universidad y nos convertiríamos en un activo al servicio de un proyecto de sociedad; una inversión hecha de carne y hueso: «capital humano».
Así fue como, junto con la posibilidad de ser cualquier cosa, nació también la expectativa de que fuéramos una cosa concreta. Empezamos a vivir con la obligación de no defraudar. De la misma manera que cuando alguien preguntaba «¿Qué quieres ser de mayor?», nadie aceptaba como respuesta «Administrativo a tiempo parcial en una ferretería», nuestra biografía se convirtió en una pregunta para la que también había una sola respuesta correcta: teníamos la responsabilidad de materializar un proyecto que no era nuestro, sino de toda la sociedad. Los hijos del optimismo gozamos del privilegio de imaginar qué queríamos ser de mayores a condición de que después lo lográsemos.
Pero no lo conseguimos.
Cuando se cumplen los primeros veinticinco años del tercer milenio podemos afirmar que la utopía de nuestros padres nunca llegó a realizarse. Ni hubo coches voladores, ni vacaciones en la Luna; ni podemos viajar de Madrid a Nueva York en treinta minutos, ni los robots nos han liberado de todas las miserias de la existencia. De hecho, ocurrió justo lo contrario. Coincidiendo con el cambio de milenio y con nuestra mayoría de edad, precisamente cuando tenía que haberse desplegado esa «sociedad del conocimiento», la economía dejó de dar los frutos que había dado en el pasado. El crecimiento en los países desarrollados se ralentizó, los salarios se estancaron y los sueños de progreso del siglo XX se quedaron para siempre en stand by.
Desde entonces, a pesar de que las innovaciones se siguen sucediendo cada vez más rápido, ninguna produce la actividad económica que sus promotores habían anticipado. Al contrario: da la sensación de que, a partir de la expansión de los ordenadores, cuanto más avanza la tecnología, más se ralentiza la economía. «La era de la informática puede verse en todas partes —explica el premio Nobel Robert Solow— menos en las estadísticas de productividad».
Como consecuencia, las expectativas de vida de la población se están deteriorando. Muchos hombres que esperaban replicar la posición de sus padres en la economía industrial se sienten como si se la hubieran arr
