¿Contigo? ¡Ni loca!

Elizabeth Ellis

Fragmento

Prólogo

Prólogo

El atardecer caía en Houston, solo que esta vez era diferente a otros días. Lo intuía. Tal vez era el hecho de que el otoño se acercaba. Bueno, quizá no era tan distinto, la verdad es que el cielo se veía de la misma manera: entre naranjas, rojos y violetas, salpicado de azules con un trasfondo oscuro y uno muy claro debajo. Era el mismo atardecer del día anterior. Y ese horrible calor húmedo ¡¿cuándo se iría?! En su pueblo, a esta hora, ya corría una brisa amena que mitigaba los rayos del sol, pero aquí... aquí era como estar en un horno.

Suspiró.

Llevaba casi cuatro meses si consideraba que agosto estaba llegando a su fin, y si bien no había conseguido el trabajo de su vida, era un trabajo. Uno que sabía hacer a la perfección: fregar. Trabajaba en un restaurante de moda ubicado en el corazón de la gran ciudad, en el Sole d’Ambar.

¿Estaba contenta?

¡No!

Había buscado y buscado porque no quería hacer allí lo mismo que hacía en su pueblo.

¡No!

Había dejado Wixon Valley atrás porque necesitaba una renovación, solo que no se había dado cuenta de que cambiar de sitio no significaba cambiar de vida. Y ahí estaba, haciendo lo mismo de siempre: fregar.

Una lágrima rodó por su mejilla a la vez que se mordía el labio inferior en un intento por contener el llanto. No quería fregar toda su vida, pero era evidente que había nacido para ello. Era pobre y mestiza. No tenía problemas con sus orígenes, pero sí con su economía. No quería ser rica, solo quería que el dinero le alcanzara para llegar a fin de mes, y sin la universidad, solo conseguiría esa clase de empleos. Siempre le había puesto ganas a la vida, no importaba si estaba cansada, a menudo buscaba el tiempo para distraerse con sus amigas, pero ahora sentía el peso de los años. Se sentía vieja. Trabajaba desde los once; siempre había llevado un sueldo a su casa para ayudar a sus padres con sus hermanos; por el trabajo de ella, los más pequeños gozaron de sus infancias. Había logrado ahorrar durante cinco años, de a cuentagotas, para costearse los estudios universitarios, ahorros que vio diluirse cuando su padre tuvo un accidente en la fábrica en la que trabajaba, entonces ella los tomó y los administró para mantener el bienestar de su hogar. No podía permitir que su madre trabajara más horas de lo que ya lo hacía.

Aprendió a resignarse.

Incluso ahora, enviaba a su casa parte de su sueldo.

Además, y como si fuera poco, parecía que tenía estampada en su cara la insignia de pueblerina, porque ni bien la veían le preguntaban si estaba de pasada o pensaba quedarse en la ciudad. Hasta llegó a creer que el universo conspiraba en contra de ella. El problema real era que su cabeza ya estaba agotada. Debía sentarse y pensar qué necesitaba cambiar para poder conseguir otro empleo. Tal vez fuera su manera de vestir, porque ella era alta, medía poco más del metro setenta, y tenía buenas curvas... Es que le molestaba mucho tener que llamar la atención con su cuerpo para conseguir trabajo. ¿Por qué no se fijaban en las capacidades de las personas? ¡No! Para que se fijaran en sus capacidades debía tener un papelito que lo avalara, el bendito título universitario, o alguna tecnicatura o lo que fuere. Así, sin nada, era lo que era...

Se detuvo enfrente del restaurante en el que trabajaba. Era lujoso. Muy lujoso. Solo acudía gente con dinero... mucho dinero. Y personas como ella, allí solo fregaban. Iba a cruzar cuando un auto negro llamó su atención; una mujer rubia, tan alta como ella, descendió con aire de magnificencia. Carmine abrió la boca del asombro, pues el vestido que llevaba era de ensueño: largo, amoldándose a su cuerpo de sirena, en un tono azul perlado que fulguraba destellos de luz al movimiento. Sonrió. Era una tela preciosa. El llanto que había reprimido por tantos días para evitar derrumbarse sucumbió con fuerza. Extrañaba la Singer viejita de su abuela. Para ella, coser era una terapia que calmaba y elevaba su espíritu y ahora no podía darse ese lujo. Y tanto tiempo sin poner su pie en el pedal y sus manos en una tela era algo que se le estaba haciendo difícil de sobrellevar.

Apretó sus puños con furia.

Si estaba allí, extrañando hasta el aire que respiraba en Wixon Valley, tenía que hacer que valiera la pena. Carmine no se daba por vencida ni aún vencida. La derrota no existía. Solo ella se forjaba su futuro. Ya conseguiría otro empleo, por el momento debía reunir el dinero para pagar el alquiler de la piecita que estaba rentando, y si llegaba tarde a su turno de lavaplatos no recibiría el pago total e incluso corría el riesgo de ser despedida. Ya le habían explicado antes de contratarla que el horario y la puntualidad se respetaban a muerte. Además, había firmado un contrato. Se escurrió las lágrimas con el dorso de su mano y girando hacia la izquierda buscó la entrada trasera.

***

Las ventanas polarizadas del edificio le permitían ver, solapadamente, que el atardecer estaba cayendo sobre la ciudad.

Miró su Rolex y en nada tendría la cena con Pamela Simons, hija de uno de los magnates petroleros más acaudalados del país, lo había contratado hacía nueve meses para llevar a delante su divorcio. Se mesó el cabello. Todavía no sabía por qué razón había aceptado ese caso, pero no se arrepentía. ¡Odiaba litigar con esposos violentos, pero le encantaba dejarlos sin nada o con poco! Suspiró. Recordaba cuando Pamela se había llegado hasta su anterior estudio jurídico para pedirle que la representara, y como él estaba llevando un caso aún más gordo, le había pedido una suma enorme de dinero para que la mujer claudicara y le diera el trabajo a otro, sin éxito. Había dicho que sí. Pues ahora estaba agradecido, haberla representado le había acarreado varios clientes de la talla de Pamela. Y eso era trabajo seguro.

Iba a llamar a Susanna, su secretaria, y recordó que se había marchado a las cinco, como correspondía.

Resopló.

Necesitaba a alguien más. ¿Pero a quién?

Eso de no tener asistente lo retrasaba enormemente.

El último había renunciado dos semanas atrás. No podían seguirle el ritmo.

Sin embargo, le urgía ayuda. Ni siquiera recordaba lo que debía hacer mañana que no fuera trabajo, y su casa era un desorden imperial. Estaba considerando la posibilidad de vivir en un hotel porque su departamento estaba inhabitable. Dos días atrás le había pedido a su hermana que le comprara ropa interior y algunas camisas. No podía seguir así. Debía sacar tiempo de donde no lo tenía y contratar a alguien que le organizara la vida, así él solo ocuparía su cabeza en el bufete.

Se miró al espejo.

Se veía cansado. Hacía dos semanas que no cesaba de trabajar.

La hiperactividad era parte de su vida y últimamente se había excedido en los horarios.

Tal vez debería ducharse y afeitarse y...

No. Iría así. Estaba presentable. Y los perfumes caros que usaba obraban maravillas. Se rozó el mentón. Los pelillos de una incipiente barba se asomaban y le daban ese aspecto de despreocupado que tanto le irritaba. ¡Pues mejor! Así no se fijarían en él. Estaba hasta el moño de las jóvenes que lo buscaban solo porque lo veían apuesto. Y no las podía rechazar de plano porque sus padres eran clientes suyos, y unos muy potables.

Ni modo. Disfrutaría de la cena de victoria por haber dejado casi sin nada al exesposo de Pamela. Aunque faltaba un detallito insignificante, la jueza aún no había dado el veredicto sobre la casa que el matrimonio tenía en Los Hamptons y un Rolls-Royce que el hombre se quería quedar sí o sí. Esperaba que su argumento sobre por qué no debía obtenerlo hubiera sido potente, porque realmente quería dejarlo sin nada.

Sonrió. Estaba satisfecho consigo mismo.

Sin embargo, había algo que lo mantenía intranquilo y era el hecho de que no podía poner orden en su día a día. Ya sabía que para una persona como él era difícil, pero debía encontrar la manera porque de nada valía todo lo que hacía si no podía disfrutarlo y conciliarlo con su vida privada.

¿Tendría que comprarse otra casa?

¡Esa era la solución!

Cuando él desordenara una al punto de que no se pudiera vivir más allí, pues contrataría gente que la ordenara, la limpiara y lo que fuera, mientras él desordenaba la otra.

¡Eso haría!

Bajó al garaje del edificio; con esa idea dándole vueltas en la cabeza, se montó en su Mercedes Classic color peltre y se marchó.

Capítulo 1

—Edwards.

La cara de Carmine era de cuento.

¡Y ahora qué quería! ¿Ponerla verde por no fregar más rápido? ¡Seguro era eso!

Se miró las manos.

Solo habían pasado diez minutos desde que había comenzado a lavar y ya le ardía la piel. Los guantes no eran suficientes para aislarla del detergente. Cada vez los hacían más abrasivos y a ella se le descascaraba la dermis como si fuera el suelo desértico del Sahara. Y esos en especial eran de risa, por demás ordinarios, se agujereaban y les pasaba el agua.

Suspiró.

Le dolían las articulaciones de lavar.

Ese día había cambiado sus horarios, que eran rotativos, por lo que había descansado menos, sin contar que en la mañana había lavado sin parar todo lo del desayuno y parte del almuerzo. Tenía tantas ganas de llorar. Sin embargo, ella era fuerte. Muy fuerte.

—¡Edwards! —Levantó la voz Camile Soung, el segundo al mando de la cocina; la mano derecha del chef ejecutivo; el Sous Chef o chef ejecutivo asistente... Tantas posibilidades tenían de llamarlo que ya no sabía cómo hacerlo, así que se limitaba a «señor Soung».

—Sí, señor Soung. ¿Cómo lo ayudo?

—Sígueme. —El hombre dio media vuelta y caminó. Se detuvo, volvió a girar y la enfrentó—. Quítate los guantes, el delantal y el gorro.

—Sí, señor.

Caminó detrás de Soung hasta traspasar una puerta que nunca había atravesado.

Allí, de pie, con cara enjuta y ojillos escudriñadores, estaba Alan Dirkman, el jefe de sala o maître. Le hizo un repaso de arriba abajo en un santiamén y asintió con la cabeza.

—Sígueme, muchacha. El gerente general quiere verte.

Carmine cerró los ojos.

No podía perder ese trabajo. Le había costado encontrarlo y la habían contratado porque había pasado la prueba de lavar en un tiempo determinado y cortar cebolla en juliana finita y rápido. Y la semana entrante buscaría una habitación mejor para vivir, pero sin ese sueldo le sería imposible. No aguantaba más estar en el sucucho en el que residía. El olor a humedad y orina que destilaban las paredes le daban náuseas. Del tiempo que tenía para dormir, desperdiciaba la mitad llorando. No podía perder ese trabajo. No.

Siguió al maître con el ánimo por los suelos, la esperanza quebrada y el llanto al borde de sus ojos esmeraldas.

El pasillo se volvió más angosto y unas escaleras de mármol emergieron a un costado. Subieron por ellas, y en la cúspide el camino se bifurcaba. Hacia la derecha la claridad hacía gala con el esplendor de las dicroicas. Dos ascensores a cada lado del pasillo luminoso escoltaban el sendero que llevaba a distintas habitaciones, las tan requeridas suites gastronómicas privadas.

Hacia la izquierda la luz iba perdiendo su agudeza, y una sutil oscuridad se adueñaba del entorno. Al final del pasillo, una enorme puerta negra dominaba el panorama. Hacia allí se dirigieron.

Carmine se preparó para ingresar cuando el maître le susurró...

—Esa puerta no, muchacha. Ahí reside el director general, casi nadie tiene trato con él. Aquí. —Señaló una puerta más pequeña a un costado, del mismo color ocre de las paredes, casi imperceptible—. Aquí debemos entrar. Tú solo sígueme.

El maître golpeó dos veces y sin esperar respuesta avanzó.

—Señor Price, la señorita Edwards, como ordenó.

Hugh Price era el gerente general de Sole d’Ambar, un exclusivo restaurant italiano que dominaba la región en cuanto a comida y atención se refería, por esas benditas habitaciones privadas. A él concurría la mayor parte de la población adinerada de Houston y zonas aledañas. Y era el más visitado por famosos y millonarios que frecuentaban la ciudad. En las semanas que llevaba trabajando allí se había enterado de que los hermanos Bertrand eran los propietarios de una cadena gastronómica importante en los Estados Unidos. Tanto Gabriele como Lorenzo regenteaban sus empresas por zonas. Lorenzo lo hacía en el noreste, abarcando Nueva York, Boston y Washington; mientras que Gabriele se ocupaba de las ciudades de Los Ángeles y San Francisco, en la costa oeste, y de Houston, en el sureste del país. Y era de público conocimiento que en breve se expandirían a Europa. Por esa razón, en esas fechas, el director general no se encontraba allí, y Hugh Price era quien llevaba el mando en Sole d’Ambar. El hombre era alto y fornido. De esos que se les nota que van al gimnasio más de lo necesario. Su mirada era amena, pero había en aquellos ojos celestes un dejo inquietante que la invitaba a mantenerse alejada. Era la típica persona que no le inspiraba confianza.

—Señorita Edwards. Tenemos un problema —dijo Price con voz gutural y ronca.

—Lo siento —susurró Carmine, pensando que ella había hecho algo mal.

—No es su problema. Es mi problema. Una de las camareras se ha accidentado y no podrá cubrir el turno correspondiente, y necesito a alguien que la reemplace. De todas las personas aquí, usted es la más presentable. Y en su currículo dice que sirvió de camarera en un restaurante en Wixon Valley. ¿Podrá con el trabajo?

A Carmine se le iluminaron los ojitos.

¡Sería un sueldo mayor!

No podía tener tamaña suerte.

—Sí, señor. Podré.

—Perfecto. Se pondrá a las órdenes del señor Dirkman. Él le indicará todo lo necesario y le proporcionará el vestuario. Puede retirarse. Alan, cualquier cosa, me avisas.

—Sí.

Y sin más caminó detrás del maître.

No regresaron al mismo sitio. No.

Una puerta vaivén se abatió delante de ellos y allí ingresaron.

—Edwards, este es el office. Aquí te cambias. Allí están los uniformes. Tienes de todas las tallas. Elige el que prefieras. El cabello debe estar recogido. Tienes la toilette para arreglarte. Maquíllate con tonos cálidos. En diez minutos vengo por ti. Apura, niña.

Eran las nueve y cinco de la noche y ella estaba nerviosa.

Servir mesas en El Tortugo, el bar local de su pueblo natal, era una cosa, pero estar allí de pie esperando que le alcanzaran la langosta con no recordaba qué y los tallarines al pesto y la mar en coche... ¡era otro nivel! ¡Y que no se le cayeran! Y el rubio de la mesa nueve llamaba cada diez minutos para pedirle una copa de champán. ¡Iba por la cuarta! Esperaba que hubiera protocolo para borrachos porque a ese ritmo... Y el salido de la mesa cinco le había rozado la pierna derecha con el dorso de la mano, iba a hacer el descargo pertinente con el maître cuando su jefe de área la miró y, susurrándole un «el cliente siempre tiene la razón», puso punto final a cualquier reclamo. Carmine apretó los dientes de bronca. Tendría que aprender a esquivar manos, ahora que ya sabía cómo se resolvían (o no se resolvían) las cosas. Esperaba aguantar. Lo más probable era que acabaran con su paciencia.

Suspiró.

—Edwards. La mesa ocho requiere tus servicios. —El señor Tucker, su jefe de área, le llamó la atención—. Debes estar atenta a tus cinco mesas. No es tan difícil.

Y hacia la mesa ocho fue Carmine.

Inhaló y exhaló.

En los veintidós minutos y doce segundos que llevaba oficiando de camarera deseaba estar fregando platos. Se alisó el delantal. Parecía una ejecutiva cocinando. La camisa blanca entallada más de lo necesario realzaba su busto que, sin ser grandilocuente, tenía sus noventa y nueve

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos