Capítulo 1
Izan Ríos era hijo de Ricardo y Cam, había crecido en la granja de su madre «La vaca Lola» donde iban de colonias escolares de toda la provincia. Al independizarse, se trasladó al antiguo apartamento de su padre, un edificio en primera línea de mar en la playa del Sardinero, donde cada día salía a correr por la playa. Su trabajo en la cadena de televisión MCT —perteneciente a su familia— hacía que pasara casi todo el día en el despacho y cuando salía no le apetecía ir al gimnasio, así que se levantaba antes por la mañana y con sus largas zancadas, dejaba sus huellas en la arena blanca y húmeda de la orilla del mar Cantábrico.
Siempre se encontraba con los mismos que, como él, hacían ejercicio respirando el aire con aroma a salitre, un saludo por aquí, una sonrisa por allá. Ya se conocían; incluso cuando alguno llegaba más tarde le hacían alguna burla sobre que se le habían pegado las sábanas.
Un día, desde lejos puso apreciar unas largas y bien torneadas piernas que se le acercaban y no había visto antes. Tenía mucho ojo con las mujeres que se cruzaban con él asiduamente, y esta no era una de ellas. Al subir los ojos hacia el cuerpo, se encontró con uno que se movía con una gracia que lo dejó embobado, tanto que tropezó con sus propios pies y cayó cuan largo era sobre la arena. Nunca le había sucedido algo parecido y se sintió ridículo, sin embargo, la vergüenza no terminó ahí.
—¿Te encuentras bien? —se interesó por él una voz sedosa.
Se levantó de un salto, como si de repente un calambre lo hubiera sacudido. Se irguió cuan largo era, y se encontró con los ojos violetas más bonitos que había visto en su vida. La chica parecía preocupada de verdad; fruncía el ceño de tal forma que tuvo que contenerse para no acariciar aquella frente que se adivinaba suave como el terciopelo.
—Sí, sí. —Miró alrededor a sus pies—. No sé con qué me he tropezado.
Ella también bajo sus ojos a la arena que lo rodeaba. Al no hallar nada imaginó lo que había pasado.
—Qué más da. Lo importante es que estés bien. —A ella le entraron ganas de reír, ya no podría decir que ningún hombre se había postrado a sus pies.
—No te inquietes, he tenido trompazos peores —dijo él con una de sus sonrisas quema bragas.
Ella apretó los labios para no soltar una risa.
—¿Siempre eres así de torpe? —se burló ella, y por la expresión de su cara, Izan supo que se estaba divirtiendo—. No me respondas, me estaba guaseando de ti, y hay personas a las que no gusta mi humor.
—Pues a mí me encanta —afirmó él clavando su oscura mirada en los ojos de ella—. Soy Izan Ríos —dijo tendiéndole la mano.
—Jana Torres. —Ella se la estrechó, y él pudo notar la energía de aquel gesto.
—Encantado de conocerte. ¿Qué te parece si nos tomamos un café en ese chiringuito? —señaló un merendero que estaba abriendo las puertas, los trabajadores estaban poniendo las mesas y las sillas bajo el toldo que protegía la zona del sol que a esas horas era suave, pero que al mediodía caería como una venganza.
Jana miró su reloj de pulsera.
—Tendrá que ser rápido.
—¿Qué es eso que no puede esperar? ¿No estás de vacaciones? —A Izan se le pasó por la cabeza que también podía ser que su prisa se debiera a que la aguardaba su pareja.
—No, estoy trabajando, y al capitán del barco no le gusta que no respetemos el horario.
Izan movió la cabeza asintiendo.
—¿Estás en alguno de estos barquitos que recorren la costa con los turistas? Vamos a por ese café, antes de que tu jefe te despida.
Jana lo siguió con su caminar elástico, divertida de que él hubiese llegado a aquella conclusión.
—Estás confundido, soy bióloga marina.
Ya habían llegado al chiringuito, donde Izan se tomaba alguna que otra copa antes de volver a su casa por las noches.
—Isidoru —nombró al dueño que en un segundo estuvo con ellos.
—Tú un café —dijo el hombre—. ¿Y usted…? —terminó mirándola a ella.
—Uno con leche —respondió Jana, a lo que Isidoru fue hacia la cafetera a prepararles la comanda—. Por lo que veo, eres conocido aquí. ¿No serás de los que dice que salen a correr, y se meten en el primer bar que encuentran?
Izan soltó una carcajada.
—No, me gusta correr por la playa, lo prefiero antes de meterme en un gimnasio.
Ella lo miró de arriba abajo.
—¿Por qué tengo la sensación de que me estás tomando el pelo? A la mayoría de los hombres les gusta lucir sus abdominales en el gym.
—¿Cómo sabes que no estoy fofo? Llevó una camiseta ancha, con lo que disimulo la flacidez.
Jana no lo pensó dos veces, alargó la mano y la pasó por el estómago de Izan.
—Uy, sí, estás tan blandito como un peluche.
Izan rio por aquellas palabras, sin embargo, que ella lo tocara de esa forma lo sorprendió, al tiempo que notó un cosquilleo en la entrepierna.
—Si quieres tocar algo más duro debes bajar la mano.
Jana soltó una carcajada.
—Eso es lo que a ti te gustaría, guapetón. —La sonrisa de ella podría ponerlo de rodillas.
Fue interrumpida por Isidoru que les llevó sus cafés, acompañados de unos mini cruasanes.
—Caramba Izan, que muchacha más guapa te acompaña hoy.
—Nos hemos conocido corriendo por la orilla.
—Tendré que hacerlo, a ver si yo también encuentro a una belleza así.
Era una guasa, y los dos lo sabían. Ese hombre tenía una barriga que parecía una mesa camilla, en lugar de correr por la playa, lo que haría sería rodar. Ambos parecieron pensar lo mismo y estallaron en carcajadas junto con el barman.
—¿Qué hace una bióloga marina? —se interesó Izan con la taza en la mano.
—Salimos con el barco y estudiamos la flora, la fauna y microorganismos marinos. Si no cuidamos la naturaleza que nos rodea, estamos perdidos. Hacemos informes y los mandamos a los altos cargos para que pongan remedio, se deben gestionar los recursos y la biodiversidad del medio ambiente. Además, tengo programadas varias conferencias en institutos de la ciudad.
—Guau, hablas como un lobo de mar. —Izan se dio cuenta que había intentado bromear sobre lo que era muy serio—. Soy un idiota, no hace falta que me lo digas, lo reconozco.
Jana negó con la cabeza.
—Jamás diría eso, ¿sabes cómo reaccionan mucha gente cuando les hablas de lo que le estamos haciendo al planeta? —Izan negó—. Pues me he escuchado más de una vez que lo único que hacemos es buscar excusas para llenarnos los bolsillos, que somos sanguijuelas exprimiendo la teta del estado, que nos aprovechamos de los recursos que nos proporcionan para la investigación, en pocas palabras, muchos se creen que lo que decimos es un cuento para hacernos ricos.
Izan se quedó con la boca abierta.
—¡No jodas! —exclamó mientras le acudía una idea a la cabeza—. Has dicho que darías charlas a estudiantes.
—Sí.
—¿Qué te parece si te programo una entrevista en MCT? Allí podrás decir lo que quieras y llegarás a más personas.
—¿Me estás hablando de la cadena de televisión?
—Sí, mi hermana Mamen Ríos te tratará bien, te dejará que ilustres a todo el mundo sobre la importancia de lo que estáis haciendo.
Jana no podía creer la oportunidad que se le había presentado sin mover ni un dedo. Había oído a su madre hablar de aquella mujer que conducía el programa de las mañanas, y sería muy bueno para su causa que se comentara ese problema abiertamente.
—A la cadena no le va a interesar, a veces pienso que es una causa perdida, que solo unos pocos somos conscientes de que vamos a dejar a nuestros hijos un planeta peor que el que nos encontramos al nacer.
Izan se percató que no le había dicho que MCT fuera de su familia, que él tenía poder de decisión, y que si hablaba con Mamen esta estaría contenta de aportar su grano de arena para salvar el planeta.
—¿Me dejas que intente convencerla, por lo menos?
—Desde luego que sí, toda ayuda es poca.
—Perfecto, déjame tu móvil. —Izan había visto que lo llevaba en una riñonera en la cadera, ella se lo dio imaginando lo que haría y no se equivocó, él marcó su número y una melodía suave se oyó sobre el ruido de las olas—. Ahora, los dos tenemos nuestros números, te llamaré para comunicarte lo que me dice Mamen.
—Esperaré esa llamada, y me marcho, ya estoy llegando tarde.
Jana estaba convencida que él lo que haría sería invitarla a salir a tomar una copa, o disfrutar de alguna juerga, lo cierto era que el tío estaba para mojar pan, pero no se creía que cumpliera lo que le había dicho, era un fantasma como tantos otros. No obstante, aquellos ojos negros la habían cautivado, y la altura de ese hombre le encantaba; ella también era alta y siempre se había encontrado con tipos a los que intimidaba con su estatura. Además, era guapo a rabiar, con la nariz recta, el cabello oscuro y corto peinado de punta, y la boca… ¡Ay!, esos labios hechos para ser besados… Se le erizaba el vello del cuerpo solo de pensar en esa carnosa boca que devoraría con ganas.
Nunca había sido tan atrevida como lo fue con él; siempre había esperado conocer un poco a un hombre para ponerle una mano encima, sin embargo, al haberse chuleado él, vio la oportunidad para meterle mano, lo que no pareció molestarle. Y lo que había palpado de su estómago la hizo babear; se había imaginado recorriendo aquella tableta con los labios, mordisqueándolo y haciéndolo delirar de placer.
A su cabeza acudían imágenes de lo que haría él y la atravesaban escalofríos solo de pensar en lo que le haría sentir, porque o mucho se equivocaba o era una máquina sexual. Esa era la sensación que le daba.
Capítulo 2
Jana Torres estaba sacando muestras del fondo marino de la bahía de Santander, llevaban dos bolsas atadas al cinturón del equipo de submarinismo, en una de ellas ponía la basura que encontraba y en otra, evidencias que analizaría más tarde en el laboratorio que habían instalado en uno de los tinglados del puerto.
Aquella tarde estaba tomando notas de lo que había sacado por la mañana cuando sonó su teléfono, miró quién la llamaba y no reconoció el número, seguro que tratarían de venderle algo, estuvo a punto de no contestar, pero lo hizo.
—¿Diga? —Seguía con los ojos en los visores del microscopio.
—Hola, Jana, soy Izan.
Ella se incorporó de repente, vaya con ese hombre, ¿tanto lo había impresionado? No lo creía, era demasiado alta y espigada, y sus pechos eran pequeños. Era bonita, pero no como las que se imaginaba colgadas de su brazo.
—Tengo buenas noticias para ti, te las diré delante de un chuletón a la brasa ¿qué te parece?
—¿Es tu forma de invitarme a cenar? —En su voz se palpaba la diversión.
—Sí, ¿te he tentado?
—Desde luego, aquí tenemos unas vacas espléndidas. —Al reír mientras lo decía, a él se le contagió, y terminaron los dos con una gran sonrisa coronándoles los labios.
—¿A qué hora te recojo? ¿Dónde? —preguntó Izan.
—En el tinglado número dos del puerto.
A él debió extrañarle porque se quedó callado.
—¿Aún estás trabajando?
—Sí, no tengo nada más que hacer.
—Irte a casa… Salir con tus amigos… —A él le extrañaba que no tuviera a algún hombre babeando detrás de ella.
—Soy de Castro-Urdiales, mis amigos están allí.
Izan entendió entonces que no la hubiese visto nunca, no era que conociera a todas las mujeres de Santander, pero una como ella no se le habría pasado por alto, y menos si corría por el Sardinero, que era donde él lo hacía todas las mañanas.
—Bueno, pues espero que a partir de ya puedas decir que tienes uno aquí. Voy a recogerte. En quince minutos estoy ahí. ¿Te va bien? ¿O necesitas más tiempo?
—El tiempo justo, perfecto.
—Hasta ahora —se despidió Izan. Cogió su americana y bajó al aparcamiento de la cadena de televisión, se montó en su BMW i7 gris oscuro, lo puso en marcha y se dirigió hacia el puerto.
Al llegar ante el tinglado dos, la vio salir, le gustó que no fuera de esas mujeres a las que les gustaba hacer esperar. Mientras se acercaba al coche, sus ojos la recorrieron de arriba abajo, vestía unos vaqueros y un chaleco con estampado vintage, así como unas deportivas blancas. A pesar de la sencillez de su atuendo, su manera de moverse la hacía resultar elegante, parecía una modelo.
Jana al reparar en que conducía aquella máquina tan lujosa, se preguntó si sería suya, y a qué se dedicaría. Verlo con aquel traje color pizarra, con la camisa gris perla y con una corbata burdeos le hizo la boca agua, más atractivo no podía estar.
Izan le abrió la puerta del copiloto. Lo que a ella le hizo mucha gracia.
—¿Tienes miedo de que no sepa abrirla? ¿O quizá de que te la estropee?
—De ninguna manera, ¿es que uno no puede ser galán con una mujer guapísima?
—¡Qué halagador! —dijo ella dedicándole una de sus sonrisas de infarto.
Acomodada en el asiento de piel, fue muy consciente de la comodidad del interior de ese coche.
Él rodeó el coche y se puso detrás del volante. Lo puso en marcha y se incorporó a la circulación. Treinta minutos más tarde, entraba en un aparcamiento subterráneo de un lujoso restaurante.
Jana que había pensado que irían a un lugar desenfadado, se dio cuenta de la elegancia del local.
—¿Crees que voy arreglada para cenar aquí?
Los ojos negros de Izan la recorrieron de arriba abajo, lo que ella sintió como una caricia, y notó que se le erizaba el vello del cuerpo.
—Claro que sí.
Ella elevó una ceja y le devolvió aquella mirada apreciativa.
—No sé si hablas en serio, ¿has visto cómo vas tú, y cómo voy yo?
—¿Acaso tienes miedo de que no te dejen entrar? Eso no va a ocurrir, eres la acompañante de Ricardo Ríos —dijo con chulería, con un tono que le arrancó una carcajada.
—Cualquiera diría que voy con el rey de Saba —se burló ella queriéndole bajar los humos que parecía que tenía muy subidos.
Izan se daba cuenta que para Jana no era más que otro hombre; no sabía que su familia era la dueña de la cadena de televisión local.
—No tengo ni una gotita de sangre azul corriendo por mi cuerpo, tranquila. Tampoco nos van a perseguir los paparazis.
—Menos mal, me había alarmado. —Se notaba que pretendía reírse de él, su cara lo decía todo—. Entonces, me imagino que trabajas en… —Se quedó pensativa unos momentos—. Ya sé, eres vendedor de coches, este lo has cogido prestado del concesionario.
¡Qué imaginación tenía esa mujer!
—¿Te gusta el misterio? —preguntó él con una sonrisa torcida y pícara.
—Sí, podría decir que sí.
—Entonces, dejemos esa incógnita en el aire.
Jana pensó que había acertado en su conjetura, y se preguntó a qué vendría esa tontería, ¿es que se avergonzaba de su trabajo? Tendría que demostrarle que a ella no le importaba que fuera barrendero, con tal de que se ganara la vida honradamente.
Salieron del coche y entraron en el vestíbulo del restaurante, un maitre muy trajeado saludó a Izan.
—Señor Ríos, es un placer volver a verlo. —Ese comentario hizo que ella lo mirara levantando una ceja—. Los acompañaré a su mesa.
—¿Tenemos mesa? —susurró ella por encima del hombro, a él que caminaba detrás.
—Desde que me has dicho que sí; la he reservado.
Jana tuvo la sensación de que ese hombre escondía algún secreto, uno que pensaba descubrir, igual que analizaba los restos que sacaba de la bahía, y se enteraba de lo que escondían, lo haría con él. Pretendía desvelar lo que no decía.
Una vez sentados en un rincón que les daba cierta intimidad —dado que era un día en medio de la semana, no había mucha gente—, un camarero muy formal les llevó la carta, y le dedicó a él una sonrisa de reconocimiento.
—Aquí hacen unos chuletones para relamerse.
—Perfecto, me voy a comer uno.
—No te arrepentirás.
Cuando les tomaron nota, él pidió por los dos. Como aperitivo, una tabla de quesos y embutidos de la tierra, un vino tinto, y como plato fuerte, chuletón con verduras a la brasa.
—Parece que te conoce todo el mundo.
—He venido en más de una ocasión.
—Me preguntó cómo puede un vendedor de coches permitirse el lujo de cenar en un lugar como este.
Izan no iba a caer en la trampa, no le diría aún quien era.
—¿Es que tú no te administras? Todos tenemos que hacerlo para llegar a final de mes. —Le brillaron sus ojos negros al decirlo, y ella supo que le estaba tomando el pelo.
—Desde luego, y siendo muy prudente en mis gastos, no sé si podría soltar la pasta que debe costar…
—No te preocupes por eso, seguro que si no nos llega, deben tener un montón de platos por fregar. —La cara de Izan mostraba tanta picardía que Jana no pudo evitar reír.
—Sí, hombre, y encima me dirás que lo haga yo para no arruinarte el traje tan caro que llevas. Ni lo sueñes.
Ambos rieron.
—¡Chica lista!
La cena estuvo de vicio, Jana le estuvo hablando de los viajes que hacía con sus compañeros por buena parte del planeta, le contaba anécdotas de ellos y se lo pasaban bien.
—Estoy llena como una gorrina, no acostubro a cenar tanto —afirmó con la copa de vino en la mano.
—¿Te apetece un sorbete para hacerlo bajar?
—Eres malo, malo. —Soltó una risita—. No paras de tentarme.
—¿Funciona? —Izan nunca se había encontrado con una mujer que fuera tan sincera, que no filtrara todo lo que decía, que se mantuviera tan natural.
—Claro que sí, cómo voy a negarme. —Después de un sorbete, llegó el café y una copa de bourbon. Al llegar a ese punto, Jana que se había dado cuenta que él no había hablado sobre sí mismo, decidió intentar averiguar lo que pudiera sobre él, pero entonces recordó lo que le había dicho cuando la llamó—. ¿No me has dicho que tenías buenas noticias para mí?
—Sí, me he cargado de paciencia para no soltártelo en cuanto te he visto —mintió. No se había acordado hasta que ella se lo recordó, ¿qué tenía esta mujer que todo lo que lo rodeaba se desvanecía?
—Y bien, ¿me lo dirás o ha sido una trola para que saliera contigo? —Jana se daba cuenta que ese hombre representaba un misterio muy grande, ella que había aprendido a distinguir las verdades de lo que no lo eran, estaba confusa—. ¿Te lo tendré que sacar por la fuerza? —bromeó.
—Uy, ¡qué miedo me das! —Izan la miró por sobre el borde del vaso de whisky antes de hablar—. ¿Has oído hablar del programa de televisión «Las mañanas con MCT»?
—Sí, a mi madre le gusta mucho, a veces me habla de lo que dicen, debe ser muy interesante, ella no se conforma con cualquier reality.
—Mañana por la mañana te llamarán para poneros de acuerdo en que salgas en antena, y cuentes el problema con el cambio climático.
La mandíbula de Jana no podía estar más desencajada, incluso con el ceño fruncido.
—Estás de broma ¿no?
—No se me ocurriría hacerlo con algo tan serio. A mí me has convencido. Estoy seguro de que con un poco de publicidad es posible que lo vea mucha gente. Que conciencies a muchas personas de lo que nos estamos jugando por nuestra imprudencia.
—¿Estás hablando en serio? —Jana no se lo acababa de creer, sentía que el estómago le daba saltos. Hacer partícipe a la población de lo que ocurría le parecía interesante.
—Nunca bromeo con temas de importancia, y este me ha parecido muy trascendental.
—Si me estás tomando el pelo, te buscaré, te encontraré y haré que te arrepientas de haberlo hecho.
—¡Qué desconfiada eres!
Ambos parecían retarse con la mirada, una oscura contra otra violeta. Que se la sostuviera le hizo pensar a Jana que lo que acababa de decir era cierto; era muy posible que tuviera amistades en aquel canal televisivo.
—Voy a creerte. —Ella tenía sus largos y finos dedos en la base del vaso de whisky, y su otra mano, fue a encontrarse con la de él, que descansaba sobre la mesa—. ¿Espero que no te hayas ofendido por mi duda? —Le acarició la mano y la notó muy fina, claro que su empleo no requería trabajo manual.
—No tengo la piel tan fina, no me incomodo tan fácilmente —dijo girando la mano y capturando la de ella.
A Jana le gustó que aquel gesto se tragara la suya, este hombre con los miembros tan grandes la tenía hechizada. Sin siquiera pensarlo, entrelazó los dedos con los de él y se quedó mirando el nudo que hacían entre los dos.
Izan se sorprendió de aquel gesto de ella, tiró de la mano femenina y le besó la suave piel. Lo que hizo que ella sintiera aquella caricia hasta en sus lugares íntimos, y se revolvió en la silla. Él lo notó y su pene se revolvió dentro de sus pantalones, sin embargo, pensó que Jana no era igual a otras mujeres con las que había estado, que lo único que buscaban era un rápido revolcón.
Ella le dijo que debía irse, a la mañana siguiente le esperaba el trabajo, y no quería ir todo el día con sueño. La llevó a un hotelito en las afueras de Santander, donde ella le indicó y se sorprendió cuando ella lo besó en los labios antes de bajarse del coche. Aquel gesto lo dejó mudo.
Capítulo 3
A la mañana siguiente, estaba corriendo por el Sardinero cuando la vio corriendo delante de él.
—Jana —la llamó al llegar a su altura—. Buen día, ¿has dormido bien? —Se interesó, él había dado varias vueltas en la cama hasta que logró conciliar el sueño, el recuerdo de aquel beso y la suavidad de aquellos dedos lo había mantenido despierto.
—Desde luego, como un lirón —mintió, le había costado lo suyo, cada vez que cerraba los ojos se imaginaba cómo sería ser acariciada por aquellas grandes manos, se encontraba lamiéndose los labios como si se lo estuviera haciendo a él, saboreando su boca, sus labios y su piel, y el calor corporal de pleno mes de julio subía hasta las nubes.
—¿Por qué será que lo dudo? —preguntó Izan cuando vio que al contestarle se lamía los labios, y unas minúsculas gotitas de sudor aparecían en su rostro—. Tengo la sensación de que necesitamos un baño.
Ella no quería bañarse, lo que deseaba era que aquel hombre le hiciera el amor como un loco, que la llevara a la luna siete veces y la devolviera a la tierra. Desde que lo había conocido pensaba que en la cama sería un fuera de serie.
—La mía me dice que lo que necesitamos es un… —Su mirada violeta lo decía todo, pero él quería escucharlo de sus labios—. Un buen colchón. —Jana pensó que si él esperaba que se ruborizara por poner en palabras lo que ansiaba iba fresco, estaban en el siglo veintiuno, no en el año catapún, cuando las mujeres tenían que callar ante los hombres.
Izan se paró de repente ante ella, sin dejarla avanzar al escucharla, se quedó mirándola a los ojos, y estos expresaban el deseo descarnado que la consumía, se le cortó el aliento, entre ellos un magnetismo extremo los mantenía diciéndose sin palabras lo que ambos ansiaban. No habló, no preguntó, la tomó de la mano y al ir a tirar de ella, Jana envolvió los brazos en su musculoso cuello y lo besó como venía deseando desde que lo había conocido. Él sintió un temblor que lo recorría de arriba abajo. Sus manos pasearon por la esbelta espalda y al llegar al culito respingón, la apretó contra él, haciéndole notar que se estaba excitando con mucha rapidez.
Separó los labios de los de ella, la taladró con sus iris negros y con su respiración pesada, la cogió de la mano y tiró de ella, estaban a dos manzanas de su apartamento, y lo iba a aprovechar.
—Vivo aquí mismo, tenemos mi cómodo colchón.
A Jana la boca se le hizo agua al escucharlo, lo iba a disfrutar como deseaba con todo su ser.
En cuanto cruzaron la puerta de un piso de lujo frente a la playa por la que corrían, ella se encontró alzada contra el cuerpo duro de Izan, que le estaba devorando la boca mientras la apretaba contra su pecho. Caminaba con lentitud hasta una habitación donde había una gran cama. Se dejó caer con ella encima, y Jana abrió las piernas quedando a horcajadas sobre él.
Ella abrió las manos y las introdujo por debajo de la camiseta de él para acariciar aquella tableta de chocolate. Con prisa le quitó la prenda y mordisqueó aquellos músculos. Notaba las manos de Izan que la sostenían por el trasero, al tiempo que lo acariciaba. Su boca subió hacia el pecho, le lamió sus chatas tetillas duras como guijarros, y siguió subiendo hasta estar saboreando de nuevo aquella boca que la volvía loca. Se removió contra él, sintiendo que estaba muy excitado, abandonó sus labios, se incorporó quedando sentada sobre él.
Izan llevó las manos hacia sus caderas mientras ella se quitaba la camiseta y el sujetador; al ver aquellos pechos tiesos, los acarició con suavidad.
—Son demasiado pequeños —susurró ella gimiendo por el placer que estaba sintiendo.
—Son perfectos para mis manos. —La voz de Izan era ronca por la excitación, se incorporó y su boca fue directa a saborear aquellas dos cumbres que le supieron a miel, nunca había probado unos pechos tan dulces. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás, el gozo que le estaba regalando era demoledor. Necesitaba sentirlo, y llevaba mucha ropa encima, se separó y poniéndose en pie se quitó las prendas que le quedaban encima del cuerpo.
Él hizo lo mismo, y al quedar los dos desnudos, Jana lo empujó sobre la cama y como una tigresa subió encima de él, paseando su boca por el duro muslo, por la cadera masculina y lamiendo el bajo vientre. Él le dio un preservativo que cogió del primer cajón de la mesita y ella con los ojos brillantes desgarró el envoltorio con la boca y con una mirada lobuna lo colocó en aquel pene que parecía saludarla.
Izan estaba como hipnotizado, Jana era un sueño hecho realidad, desde el minuto uno que había tomado el mando de la situación y eso lo volvía loco. En cuanto sintió que ella se sentaba encima de su pene e iba entrando en ella muy lentamente creyó que no podría resistir, que haría un ridículo como nunca. La tomó por las caderas para que fuera más despacio, no obstante, ella vio sus intenciones.
—Córrete para mí —lo animó mientras se movía con seducción haciendo que alcanzara el clímax en varias embestidas.
Entonces, se apartó de él y yendo al baño volvió con una toalla, lo lavó de arriba abajo, con movimientos seductores, refrescando el cuerpo que volvió a acalorarse con las atenciones de ella.
Izan respiraba con pesadez, la veía disfrutar con lo que estaba haciendo, la tomó por la cintura y dando media vuelta la tendió de espaldas, la besó con hambre, con pasión, con ardor. Lo que hizo que ella temblara por la fuerza del fuego que la recorría entera. Se le escapaban unos gemidos que no trataba de contener, la emoción de ella era genuina y sincera, y enloquecía a Izan, que tras ponerse otro preservativo, entró en ella arrancándole un grito de gozo. Se movió poco a poco, regalándole todo el placer del que era capaz.
Jana enrolló las piernas en su cintura, emparejándose con aquellos movimientos que sentía hasta en el alma, que la estaban paseando por un firmamento estrellado en el que tras los párpados de sus ojos cerrados veía haces de luz de todos los colores del arco iris. Cuando ya no pudo aguantarlo más, se dejó ir y la alcanzó un orgasmo que la hizo gritar, apretando la cintura de Izan entre sus piernas.
Cuando él estuvo seguro de que había agotado todas las sensaciones, con un solo empujón llegó a otro clímax, entonces disminuyó el ritmo y paró, notaba el apretón de las piernas de ella, era muy excitante, y le parecía que había alcanzado el cielo, la mantuvo abrazada entre sus brazos hasta que el retumbar de sus corazones y la respiración errática volvieron a la normalidad.
Se apoyó contra los codos y la miró, ella tenía los ojos cerrados y una expresión satisfecha en la cara. Empezó a repartir besos por aquella piel de seda hasta que ella lo miró con sus brillantes ojos violetas.
—Ha sido maravilloso —susurró.
A Izan lo sorprendió con aquellas palabras, siempre había sido él quien las dijera a sus ligues, nunca había sido al contrario. Esa mujer lo dejaba descolocado, y eso le encantaba.
—Tú sí que eres fantástica —murmuró sobre aquella apetitosa boca y besó los labios que le dieron aquel placer delirante.
Un rato más tarde, cuando se dieron cuenta de que llegarían tarde a sus respectivos trabajos, se apresuraron en ducharse y empezar su jornada con una satisfacción que no los abandonaría en todo el día.
Capítulo 4
Jana recibió una llamada de Mamen Ríos.
—Mi hermano me ha hablado de la labor que haces y creo que sería muy interesante que vinieras a la cadena y lo explicases en directo.
—Te agradezco que me des esta oportunidad.
—¿Te apetece que nos tomemos un café y me cuentas? Así podemos ver lo que sería más interesante para la audiencia.
—Sí, por supuesto —asintió Jana. Aparte de hablar de su trabajo, podría ver si le sacaba a esa mujer información sobre ese hombre tan atractivo que la hacía desear pasar el día en la cama con él. Al que no se sacaba de la cabeza, el que la derretía con una mirada de sus ojos oscuros.
Aquel mismo día después de comer, se encontró en un restaurante del centro con esa desconocida que no se parecía en nada a Izan.
—Tú debes ser Jana —dijo aquella mujer con unos bonitos ojos azules, y una sonrisa afectuosa.
—Sí, yo soy.
—Soy Mamen Ríos, hermana de Izan. —Jana se sorprendió cuando la otra la abrazó y le dio un beso en cada mejilla.
—Encantada, es un placer conocerte —dijo por cortesía, ya que se sentía un poco incómoda, no solía encontrarse con familiares de sus ligues. Claro que Izan lo había arreglado para que pudiera dar visibilidad a lo que investigaba, a la protección del medio ambiente. Debería estarle agradecida, sin embargo, no deseaba que él tuviera la sensación de que podían llegar a ser más que amigos. Ella iba a volver a Castro-Urdiales y a su trabajo donde la mandaran sus jefes, no estaba preparada para sentar cabeza, no se lo había planteado. Vivía la vida tal como venía, viajaba de acá para allá sin tener que dar explicaciones a nadie, disfrutaba de su libertad, y se divertía con quien quería.
En un primer momento, él le había parecido un ligón, pero que le hubiese presentado a su hermana la tenía descolocada. Era por una buena causa, quería ayudarla a dar a conocer el problema que tenía el planeta, aunque esperaba que él no quisiera que se lo agradeciera con favores sexuales. Recordó su encuentro de aquella mañana y sintió un calorcillo que la recorría el cuerpo entero, pensó que no estaría mal, entretenerse mientras estuviera en Santander, y luego le quedaría un recuerdo muy agradable.
Mamen se daba cuenta de su molestia, y se preguntó a qué se debía. Le extrañaba el comportamiento de ella, y sobretodo el de Izan, que normalmente le mandaba a posibles entrevistados, ese mediodía habían comido juntos y le insistió en que no le dijera que trabajaban en la cadena televisiva familiar. ¡Qué raro!
—Sentémonos, ¿te apetece un café? —preguntó Mamen con una sonrisa, iba a enterarse de lo que se traían estos dos entre manos.
—Sí, gracias.
—Alberto, dos cafés. —Mamen se dirigió al camarero con una confianza que extrañó a Jana, y pudo verlo reflejado en sus ojos, sonrió antes de decirle—: No pienses que soy déspota, es que lo conozco desde niña, este restaurante es de mi padre.
—Si te soy sincera no pensé que fueras prepotente, lo que se me ha pasado por la cabeza es que erais muy amigos.
El comentario que Mamen entendió a la perfección le hizo soltar una carcajada.
—Si él se entera de lo que te has imaginado, se descojonará de la risa, somos como familia, además es mucho mayor que yo, igual lo podemos escandalizar. —La hermana de Izan gastaba un sentido del humor que le encantó.
El camarero les llevó los cafés a la mesa y Mamen no se lo calló. El hombre le dedicó una sonrisa.
—Si fuese veinticinco años más joven, te tiraría los trastos, pero ya se me ha pasado el arroz, además, JP me arrancaría el pellejo. —La picardía con la que hablaba hizo reír a las mujeres.
—¿JP? —¿Qué sería eso? Se preguntó Jana.
—Es mi pareja —reconoció Mamen.
Entonces empezaron a hablar sobre el trabajo de la bióloga, esta le contó lo que estaba haciendo allí, la puso al corriente de los problemas con que se encontraban para concienciar a las personas, de que iba a dar varias conferencias en institutos para animar a los jóvenes a concienciarse de que se debía cuidar el planeta.
Mamen asentía a lo que le contaba.
—Si te apetece podemos tener los teléfonos abiertos por si alguien quiere hacerte alguna pregunta.
—Sería genial que pudiera aclarar las dudas que puedan tener.
—Perfecto, ¿te va bien venir mañana a las nueve a la cadena? El programa empezará a las diez, pero mientras te maquillarán un poco para que no salgas pálida.
En ese momento, Jana cayó en la cuenta de que en la maleta no llevaba ropa para salir por televisión, tendría que ir de compras, quería que la tomaran en serio, no que quien la viera pensara que era una tiquismiquis con ansias de salir por la tele.
—Estaré allí, no te preocupes —afirmó.
—Ahora que ya tengo el programa de mañana listo para empezar a transmitir. Tengo una curiosidad. —Mamen se ponía misteriosa.
—Si puedo ayudarte. —Se ofreció Jana.
—¿Cómo os conocisteis mi hermano y tú?
—¿No te lo ha contado él?
—Sí, pero no sé si creerlo, me ha dicho que os tropezasteis corriendo por el Sardinero.
—Cierto, y me invitó a un café. —Se calló que había caído a sus pies, no deseaba ridiculizarlo—. Así fue que le conté en lo que trabajaba.
—Vaya. —Mamen tenía una imaginación desbordada, y con lo tarambana que era Izan, había pensado que le tomaba el pelo, que le ocultaba que había estado ligando con ella.
—¿Qué pasa? Pareces desilusionada, ¿te esperabas una historia morbosa?
—Pues sí, una con un poco de sal y pimienta, conociendo a Izan…
—¿Estás tratando de decirme que no es ningún monje? —Mamen asintió con cara de decepción—. Sería una lástima para las mujeres ¿no crees?
Ambas rieron, llamando la atención de las demás personas que había en el local.
Un rato más tarde, y después de echarse unas risas por el humor de la una y de la otra, Jana se despidió de Mamen con un objetivo en mente: ir de compras.
Capítulo 5
A la mañana siguiente, Jana fue a correr como cada día, sin embargo, no vio a Izan. Quería agradecerle aquel encuentro con Mamen. Lo único que le venía a la cabeza era que ya había satisfecho su curiosidad con ella la mañana anterior, y ese día estaba con otra, no supo el motivo, pero sintió un arañazo en el corazón.
«No seas tonta, sabes que ni tú eres para él, ni él es para ti», se decía zancada tras zancada. Volvió al hotelito donde se hospedaban los que trabajaban con ella, se duchó, se vistió con su ropa nueva y cogió un taxi que la llevó a la dirección que Mamen le dio la tarde anterior.
—No te pases con todos esos potingues, no quiero parecer una pepona —dijo a la chica que iba a maquillarla—. Lo justo para que no parezca que estoy enferma, ¿ok?
—Entendido —asintió la mujer que tendría su misma edad con una deslumbrante sonrisa.
Mamen se unió a ella en aquella sala.
—¿Preparada para regañar al mundo por lo que estamos haciendo mal?
—No voy a hacerlo.
—Ya lo sé, solo quería que te relajaras un poco, pareces nerviosa.
—Pues sí, nunca he salido por la tele, seguro que todo Castro-Urdiales está informado, y me estarán viendo. —Al ver la sorpresa en los ojos de Mamen añadió—: Soy de allí, y estoy segura de que mi madre y sus amigas habrán hecho correr la voz, cuando vuelva a casa me estarán esperando.
—Ya he pasado por eso, mi familia no quería que me pusiera delante de la cámara.
—Pero lo hiciste.
—Con los Ríos no tienes que dejarte avasallar. Lo aprendí cuando era muy pequeña, tengo un montón de familia, y todos se creen con derecho a opinar.
—Caramba, pues suerte que yo soy impermeable a las habladurías, no me dejo amedrentar, hago lo que me da la gana y cuando quiero. Si no fuera así, me volvería como las viejas del visillo que se pasan el día chismorreando sobre todo quisqui.
—Me gustas, tenía que haberte conocido antes, tú y yo habríamos puesto a los machitos de esta ciudad bien firmes.
Ambas se echaron unas risas y Mamen la guio hacia el plató donde se grababa el programa. Debido a los focos, Jana no veía más allá de las cámaras; estuvo respondiendo todas las preguntas de Mamen, también las de los espectadores y explicando lo que se podía hacer para ayudar a la naturaleza del planeta.
Izan estaba en la cabina donde se pasaba de una cámara a otra, donde el director hacía su trabajo. Sus ojos no se apartaban de Jana, vestía un traje pantalón azul pavo real que parecía hecho expresamente para ella, le sentaba muy bien, y a él se le caía la baba sabiendo lo que la ropa escondía. Aquella mañana se había quedado en su casa porque era consciente que si la encontraba en la playa, terminarían como el día anterior, en su cama.
Cuando terminó la entrevista, se quedó en la cabina mientras ella hablaba con uno y con otro. Mamen trataba que Jana fuera una vez por semana para hablar de la protección que se debía dar al medio ambiente, a la naturaleza, al aire, al agua.
—Hablaré con mis superiores, tal vez sea posible, igual te mandan a alguien más cualificado que yo.
—No creo, tú empatizas con las personas, si el que venga no tiene tu tacto ni tu forma de explicarse, si empieza con palabras técnicas, la gente cambiará de cadena. Yo te conozco a ti, y si no eres tú…
Mamen estaba tratando de hacer de Celestina, sabía que su hermano no estaría muy lejos después de la insistencia en que la entrevistara, le estaba diciendo que o ella o nadie, Jana así lo entendió.
—Bien, veré qué puedo hacer. Gracias por la oportunidad que me has dado, te llamaré y te diré lo que decidan mis jefes. —Le dio un abrazo y un beso en cada mejilla como había hecho la otra la tarde.
—Nos veremos —afirmó Mamen, aunque tuviera que ser ella la que llamara al departamento para el que trabajaba Jana. Nunca había visto a su hermano tan interesado en una mujer.
***
Aquella noche, Izan llamó a Jana.
—Te recojo para cenar, te he visto, has estado muy convincente, tenemos que celebrarlo.
A ella le apetecía una buena cena y luego un postre sexy, acalorado, húmedo, piel con piel.
—Me apetece mucho, estoy en el tinglado.
Izan la recogió y la llevó a un hotel de las afuera de Santander, cenaron pescado y brindaron por el éxito de ella en la televisión.
—Estoy seguro de que la cadena habrá tenido éxito de audiencia mientras estabas contando la forma como se deben hacer las cosas para salvar el mundo.
—No seas exagerado.
No lo era, se había interesado en averiguarlo, pero no se lo diría. Se limitaba a acariciarle las manos que ella movía cuando se explicaba. La tentaba, la excitaba, la deseaba. Al fin, terminaron la noche en una habitación de aquel lujoso hotel, regalándose
