Introducción
Suspira, desliza, haz clic. Repite
Era junio de 2000, bajaba por la escalera eléctrica de la estación Montgomery Street del bart (Transporte Rápido del Área de la Bahía), en el distrito financiero de San Francisco, me dirigía a mi primer trabajo corporativo. Alzar la vista hacia los rascacielos en Market Street y ver el ajetreo de la gente por todos lados fue emocionante. Ese es uno de los dos recuerdos que conservo de aquel día. El segundo de ellos es la cara de mi nuevo jefe. Se llamaba Brian,1 que sonreía de oreja a oreja al saludarme con un cálido apretón de manos y un efusivo “¡Hola!”. No recuerdo de qué hablamos (quizá de cómo iniciar sesión en mi computadora o dónde estaba el café), pero no he podido olvidar la energía y entusiasmo que irradiaba mientras me contaba cuánto adoraba su trabajo y lo buena que era la empresa.
Estoy seguro de que esa imagen se me quedó grabada por lo mucho que contrastaba con su actitud al final del día. Cuando entré a su oficina para despedirme tuve que mirar dos veces para asegurarme de que era la misma persona que había conocido esa mañana. Estaba desparramado en su silla, con la mirada perdida y los ojos vidriosos, viendo fijamente la pantalla; pasaba sin parar lo que parecían ser páginas y páginas de texto. Todavía puedo escuchar el suspiro que soltó antes de dejar caer la cabeza. Entonces se dio cuenta de que estaba ahí. Trató de animarse y fingir que tenía energía, pero de nada sirvió. Se le notaba el agotamiento. Casi todos los días eran iguales: por la mañana me encontraba con un Brian entusiasta y, al final del día, me despedía de un hombre hecho polvo.
A unas cuantas semanas de haber empezado, me armé de valor para preguntarle sobre su transformación diaria. “¿Se me nota tanto?”, me respondió con algo de pena. “Me encanta mi trabajo, no me malinterpretes, pero todo el día… los correos, las llamadas, los datos del sistema, los reportes… me van agotando. Llega un momento en que solo estoy viendo la pantalla sintiéndome fatal, porque sé que en la mañana estaba realmente concentrado y productivo, pero ya para el final del día estoy acabado”. Entonces dijo algo que aún me resuena en la cabeza después de dos décadas: “Es como si me vaciara. No me siento físicamente agotado, porque puedo irme a jugar básquetbol después del trabajo sin problema, y no es que tenga burnout. Pero algo tiene toda esta tecnología y todo lo que me llega durante el día que me deja exhausto”.
Entendí cómo se sentía. Aunque era mi primer trabajo, yo también lo experimentaba. Demasiadas tecnologías por aprender, demasiadas fuentes de información, la mirada perdida frente a la pantalla, el deslizamiento sin rumbo; saber qué tarea deberías estar haciendo, pero no poder empezar. La sensación de que no importa cuántos mensajes respondas, cuántas publicaciones leas o cuántos datos revises, nunca logras ponerte al día. Aunque quizá lo peor es darte cuenta de que en la mañana estabas más enfocado y con más energía que ahora, y que ayer sentías tener todo más bajo control que hoy.
Después de dos años, ya estaba en el posgrado. Para ese punto, había entrevistado a casi cien personas que trabajaban en lo que normalmente llamaríamos “trabajos del conocimiento”, en industrias que iban desde la banca hasta la educación, la consultoría y el marketing. Sin importar con quién hablara, las historias sobre su trabajo terminaban sonando como la de Brian: les gustaban sus empleos y se sentían entusiasmados con lo que hacían, pero acababan el día con un tipo de agotamiento difícil de describir. El único elemento en común que pude identificar era que su descripción del cansancio se volvía más intensa cuando hablaban sobre las tecnologías digitales que usaban tanto en el trabajo como en casa.
Así que, a principios de 2002, decidí hacer siempre una pregunta simple en cada estudio: “¿Qué tanto te agotan las tecnologías digitales que usas?”. A veces la incluía al final de una encuesta; otras, la lanzaba de manera casual durante una entrevista. Siempre pedía que respondieran en una escala del 0 (nada) al 6 (tan agotado que ya ni siquiera puedes seguir viendo la pantalla).2 Quería saber quiénes sentían que sus herramientas digitales los estaban drenando y entender por qué se sentían así. Con los años, nadie tuvo problemas para responder esa pregunta, y casi nunca me pidieron que explicara a qué me refería con “agotado”. La pregunta daba en el clavo.
Más adelante, con la llegada de la pandemia provocada por el covid-19, en el punto más alto del encierro, cuando la mayoría de los países habían cerrado sus fronteras y casi todos los trabajos del conocimiento se habían vuelto remotos, las noticias empezaron a llenarse de historias respecto a la relación desgastante entre las personas y sus tecnologías. Un estudio sobre la “Fatiga de Zoom”3 tuvo mucha difusión; The New York Times publicó un artículo muy leído titulado “It’s Time for a Digital Detox (You Know You Need It!)”, y el World Economic Forum lanzó un informe titulado “Are You Suffering from Digital Exhaustion?”. Todos mis amigos y colegas intensificaron sus quejas sobre el tiempo que pasaban frente a herramientas digitales, y la gente que entrevistaba o encuestaba solía hablar del malestar que les causaba la tecnología antes de que pudiera hacerles mi pregunta habitual.
Para ese momento ya había pasado casi veinte años aprendiendo qué causaba el agotamiento digital y cómo la gente lograba lidiar con él, pero nunca había contabilizado las respuestas. Era hora de revisar los datos. Entonces lo hice.

Esta gráfica muestra las respuestas promedio de 12 643 adultos en doce países a lo largo de veinte años: desde 2002 hasta 2022.4 Incluye a personas de entre veintiuno y setenta y cinco años que trabajaban en más de quince industrias distintas y en todo tipo de puestos. En el eje horizontal aparecen los años en los que recolecté los datos, mientras que el eje vertical muestra los puntajes (de 0 a 6) que la gente eligió para expresar su nivel de agotamiento digital. En 2002, el promedio reportado por 426 personas fue de 2.6, apenas por debajo de la línea media de sentirse agotado por la tecnología digital. Pero para 2022, el promedio entre 739 personas subió a 5.5, lo que indica que los entrevistados se sentían agotados en extremo. Cuando le mostré esta gráfica a mi familia, pensé que comentarían lo clara que era la tendencia o que se sorprenderían de que hubiera hecho la misma pregunta a tanta gente durante tanto tiempo. En lugar de eso, mi hija (que entonces tenía nueve años) dijo: “Parece una serpiente a punto de atacar”.
Los datos muestran una tendencia preocupante: las personas terminan cada vez más agotadas por el uso de tecnologías digitales tanto en el trabajo como en casa. Lo importante aquí es que esta tendencia no comenzó con el covid-19 ni se detuvo cuando se levantaron los confinamientos y volvimos a salir al mundo. Incluso a inicios de los 2000, antes de que existieran redes sociales como Facebook, Twitter o YouTube, ya se registraban niveles moderados de cansancio por el uso intensivo de herramientas digitales. El agotamiento digital nos acompaña desde hace tiempo, pero en la gráfica se observan dos saltos importantes.
El primero ocurrió entre 2010 y 2011, un momento de transformación radical en nuestro entorno digital. Los usuarios activos mensuales de Facebook y YouTube (un indicador clave para los productos de suscripción en línea) superaron los quinientos millones, casi el doble que dos años atrás. Al mismo tiempo, en Estados Unidos, más de cien millones de personas ya usaban smartphones, lo que les dio acceso constante a contenidos en línea y redes sociales.5 Aunque ya veníamos aumentando el uso de tecnologías digitales para acceder a información y comunicarnos, la combinación de empresas de software, que monetizan vendiendo nuestra mirada a los anunciantes y fabricantes de dispositivos que se infiltran en nuestros bolsillos y carteras, provoca un aumento en nuestra sensación de agotamiento.
El segundo salto, como era de esperarse, llegó con la propagación del SARS-CoV-2 y el cambio global al trabajo remoto en 2020. Trabajar desde casa, comunicarnos con colegas, amistades y familia por Zoom, FaceTime o Microsoft Teams, y el límite difuso (si no es que la desaparición total del límite) entre el trabajo y la vida personal, nos rebasó. Lo más sorprendente no es ese aumento, sino que, aunque el mundo se reactivó y ya existe una conciencia general sobre el desgaste que provocan las herramientas de nuestra economía digital, los últimos datos muestran que el agotamiento no disminuyó. Al contrario, parece que la serpiente del agotamiento digital no está esperando para atacar. De hecho, ya lo hizo. Con fuerza.
Hoy en día, si queremos tener un trabajo corporativo, ser buenos amigos o hermanos, interactuar con la mayoría de nuestras instituciones cívicas o mantener vínculos con personas cercanas y lejanas, no podemos escapar de las tecnologías digitales ni de la amenaza de agotamiento que suponen, pero sí podemos aprender a usarlas de manera más saludable.
Para combatir este problema, se ha vuelto común hablar de adoptar una filosofía de “minimalismo digital”, como la llama el autor Cal Newport.6 Tal como me han dicho muchos usuarios de la tecnología digital, Newport señala que “casi todos” con quienes habló en su investigación “sentían que su relación con la tecnología era insostenible, al grado de que, si algo no cambiaba pronto, también se romperían. Una palabra común en estas conversaciones sobre la vida digital moderna era agotamiento”. Coincido con la idea del minimalismo digital: cuanto más logremos reducir el uso de las tecnologías que crean las condiciones para nuestro agotamiento digital (sin dejar de aprovechar sus beneficios), mejor estaremos. Algunas personas proponen que una buena estrategia es hacer una “desintoxicación digital”, eliminando por completo (o, si no es posible, al menos tomando un descanso prolongado) de nuestros dispositivos. Aunque una pausa tecnológica puede traer beneficios, ni yo ni la mayoría de las personas que he entrevistado en estos veinte años lo vemos como una opción sostenible a largo plazo.
Incluso si pudieras tomarte un tiempo para hacer una desintoxicación digital, el problema es que todas las vacaciones terminan. “Salir de Las Vegas durante diez días si eres un jugador compulsivo está genial”, dice Alex Pang, quien ha escrito libros sobre la distracción y la importancia del descanso. “Pero si al onceavo día ya estás de vuelta en las máquinas tragamonedas, entonces ya no está tan genial”.7 La evidencia muestra que alejarte por un tiempo de tu celular o tu computadora no resuelve gran cosa.8 En mi propia investigación he visto que quienes se alejan de sus tecnologías digitales por un buen tiempo suelen tener un regreso complicado cuando deciden volver a usarlas. El mundo siguió girando mientras no estaban y ahora hay demasiado por ponerse al día. La presión por recuperar el tiempo perdido, sumado al recuerdo placentero de unas vacaciones sin pantallas de por medio, puede generar una sensación aún más desesperante de agotamiento.
Existen muchos estudios sobre nuestras respuestas fisiológicas a los dispositivos digitales que discuten cómo mirar pantallas nos cansa la vista o cómo la luz azul que emiten puede alterar nuestro ritmo circadiano. Aunque son temas relevantes, ese no es el enfoque de este libro. Mi objetivo es entender cómo el acceso constante a información, datos y personas que nos brindan estos dispositivos contribuye a nuestro agotamiento digital. El problema no son los aparatos, es la manera en que los usamos y las expectativas sociales, organizacionales y culturales que condicionan nuestros hábitos.
En este mundo hiperconectado, nuestra mejor herramienta es aprender a tener una relación más sana con la tecnología. No podemos dejar de usarla, pero sí podemos hacerlo de formas que no nos drenen y, lo más importante, que incluso nos recarguen de nueva energía. Si recuperamos el control de nuestras herramientas digitales, podremos usarlas para lo que originalmente las adoptamos: conectar mejor con las demás personas, ser más creativos, más eficientes, trabajar mejor y vivir con más alegría. Esas son las promesas que hace la tecnología: reimaginar nuestra relación con ella para que deje de agotarnos es la única forma en que podemos cumplirlas.
Así que empecemos por definir qué es el agotamiento digital.
el agotamiento bajo la lupa
La sensación de agotamiento digital es fácil de reconocer, pero mucho más difícil de definir. Anna Schaffner, profesora en la Universidad de Kent, reconocida coach en temas de agotamiento y autora del libro Exhaustion: A History, nos recuerda que, aunque las sociedades occidentales han escrito sobre el concepto de agotamiento desde al menos el 350 a. C., nunca se ha definido con claridad. Tras revisar más de dos mil años de textos sobre el tema, concluye: “El agotamiento suele sugerir una especie de drenaje vampírico o consumo nocivo de un recurso limitado (y por lo general no renovable), que deja a una persona, objeto, sistema o territorio originalmente funcional en un estado debilitado o disfuncional”.9 Me encanta el término “vampírico”. Aunque el agotamiento sea difícil de definir con precisión, la imagen de una bestia insidiosa que chupa la energía de su huésped parece bastante acertada.
Existe un consenso general en que los síntomas del agotamiento incluyen cansancio, desilusión, apatía, desesperanza, inquietud, irritabilidad y una falta general de motivación. El agotamiento es de manera simultánea un fenómeno mental y físico. Cuando sobrecargamos el cerebro, el cuerpo intenta reservar energía para recuperar nuestras capacidades cognitivas, y nos sentimos físicamente drenados. El agotamiento reduce nuestra energía, nuestro deseo de actuar y nuestra capacidad de enfocarnos y concentrarnos. El agotamiento mental es un problema especialmente grave porque, a diferencia del cuerpo, el cerebro rara vez envía señales claras de que está cansado. No siempre es fácil saber cuándo hemos alcanzado nuestro límite y necesitamos un descanso. Si estás haciendo algo físico como mover cajas o usar un martillo, tu cuerpo te avisará cuando esté cansado y necesite descansar. Sabemos interpretar bien las señales de fatiga provenientes de nuestros músculos, reconocer el dolor articular y notar que no golpeamos al clavo con la misma fuerza o precisión que antes, pero nos cuesta mucho más identificar el agotamiento mental. Tal vez notemos, en el momento, que estamos cometiendo más errores de lo habitual, aunque, por lo general, son los síntomas físicos (como la tensión en el cuello, el dolor de espalda o la resequedad de los ojos) los que nos alertan de que estamos mentalmente exhaustos. A menudo exigimos más a nuestro cerebro de lo que podríamos exigirle al cuerpo y, en una cruel paradoja, mientras más sobrecargamos el cerebro y le negamos descanso, menos capaz será de descansar cuando más lo necesitamos.
Ahora sumemos las tecnologías digitales. Vivimos en una era de abundancia informativa. Donde sea que miremos o vayamos, estamos rodeados de datos. En el trabajo, el correo electrónico, Excel, bases de datos, mensajes de texto, Slack, Zoom, ChatGPT y muchas otras herramientas digitales que invaden nuestra rutina nos saturan de información y datos. Numerosos estudios sobre el impacto de estas llamadas “herramientas de productividad” demuestran que su uso creciente contribuye al agotamiento.10 Fuera del trabajo (o, en secreto, durante el trabajo), los sitios donde compramos como Amazon y Alibaba, las plataformas de música como Spotify o Pandora, y los servicios de streaming como Netflix, Hulu y Disney+ nos ofrecen oportunidades infinitas para consumir. La investigación también indica que estas plataformas nos agotan, ya que ofrecen tantas opciones y tantas reseñas para considerar que tomar una decisión se vuelve abrumador.11
Ningún tipo de tecnología en el entorno digital tiene un vínculo tan estrecho con el agotamiento como las redes sociales. Los mensajes, las fotos, los videos, los memes, los “me gusta”, las recomendaciones, las alertas de noticias, las puertas abiertas a la vida de los demás, la publicidad. Participar en redes sociales es como beber de una manguera de datos. Pero no es solo la cantidad de información lo que nos agota, sino el hecho de que no podemos escapar. Hoy es evidente que plataformas como TikTok, YouTube, Facebook, Instagram, Snapchat, Reddit y otras, son extremadamente adictivas y fueron diseñadas para serlo.12 Ese impulso por volver a nuestros dispositivos y exponernos una y otra vez a más datos es lo que nos lleva con facilidad al agotamiento.
En nuestra búsqueda por definir el agotamiento digital, conviene detenernos un momento para ubicar el agotamiento en relación con otros dos conceptos bien conocidos: el estrés y el burnout.
Comencemos por trazar una distinción entre estresores y estrés. Los estresores son eventos o condiciones externas que pueden desencadenar una respuesta de estrés en nuestro cuerpo. Suelen ser situaciones que percibimos como una amenaza o un desafío a nuestro bienestar físico o emocional. Algunos ejemplos comunes de estresores son la presión laboral, dificultades financieras, problemas de pareja, cuestiones de salud o cambios importantes en la vida como una mudanza, un nuevo empleo o el nacimiento de un hijo. Al enfrentarte a un estresor, tu cuerpo inicia una compleja respuesta biológica y fisiológica conocida como “respuesta al estrés”.13 Una exposición prolongada a estresores puede llevar a tu cuerpo a la etapa de agotamiento de la respuesta al estrés. En esta etapa, los recursos del organismo se agotan y se experimenta agotamiento y una menor capacidad para lidiar con el estrés. Si vivimos con demasiado estrés por mucho tiempo, ya sea positivo o negativo, nuestra mente y cuerpo dejan de funcionar de manera eficiente porque estamos agotados.
Aunque el estrés puede ser precursor del agotamiento, el burn-out es una de sus consecuencias más perversas. El burnout suele definirse como un estado de agotamiento emocional, físico y mental causado por estrés prolongado o excesivo.14 Por lo general, se asocia con el trabajo y se piensa que los estresores que desencadenan esta cadena de estrés-agotamiento-burnout se encuentran en el ámbito laboral. Las investigaciones más recientes indican que el burnout se reconoce por tres características: agotamiento, cinismo (a veces llamado “despersonalización”) e ineficacia. Aunque el agotamiento es un componente clave del burnout, este último es más amplio y complejo. Pero eso no significa que el agotamiento no sea importante. De hecho, la psicóloga Christina Maslach ha demostrado que el agotamiento es el principal detonante del burnout, porque inicia un proceso de despersonalización y reduce la sensación de autoeficacia. Ella y sus colegas escriben: “El agotamiento no es algo que solo se experimenta; más bien, lleva a tomar medidas para distanciarse emocional y cognitivamente del trabajo, tal vez como una forma de lidiar con la sobrecarga laboral”.15
Tratar el agotamiento por sí solo no resuelve el burnout, ya que también influyen factores como las asignaciones laborales, la carga de trabajo, las relaciones con colegas y jefes, y elementos contextuales, como cuando se trabaja desde casa o en la oficina. Pero también es cierto que, para abordar el burnout, hay que enfrentar el agotamiento.
El agotamiento puede tener muchos orígenes. Mi objetivo es convencerte de que una parte significativa de tu agotamiento proviene de la manera en que usas las tecnologías digitales, y que es necesario reducir los estresores que lo generan antes de que se convierta en un factor que contribuya a tu propio burnout.
Niveles de agotamiento digital
Hace unos años, comencé a trabajar como consultor para una importante empresa de desarrollo de software que diseñaba herramientas de colaboración digital para medianas y grandes empresas. A lo largo del proyecto, me reunía el primer martes de cada mes con una gerente de producto llamada Andi. Tenía poco más de treinta años y estaba llena de energía y entusiasmo por el proyecto. Con el transcurso de nuestras conversaciones, me enteré de que se había incorporado recientemente a la empresa tras ser reclutada desde una pequeña startup que había desarrollado un producto para la competencia. Andi era la gerente de producto ideal: tenía un dominio técnico impresionante y sabía cómo impulsar un proyecto. En cada reunión que la veía liderar, se mostraba atenta con los miembros de su equipo y trabajaba con esmero para que su trabajo fuera interesante y gratificante, sin perder de vista los plazos ni el presupuesto.
Pero poco más de un año después, noté un cambio drástico en su actitud. Parecía que había perdido el entusiasmo que sentía antes por el producto. Cuando la observaba interactuar con su equipo, notaba que le faltaba paciencia y que estaba irritable. Una mañana le pregunté si se encontraba bien. “La verdad, no”, me contestó. “No puedo con todo. Nunca me había sucedido algo así, me agoto yendo de una tarea a otra, de una herramienta a otra, lidiando con datos por todos lados. Es demasiado. Me encuentro mirando mucho tiempo a la pantalla, navegando sin rumbo y haciendo clic, y por lo general sin motivación. Me siento como si mi batería estuviera descargada y, haga lo que haga, ya no logra retener energía”. Al no ser de los que pierden ninguna oportunidad para recopilar datos, le pregunté: “Del cero al seis, ¿qué tanto te hacen sentir agotada las tecnologías digitales que usas?”, se rio por un momento y dijo: “Seis, sin duda, pero ¿por qué la escala no llega más alto?”.
Con los años, muchas personas me han descrito su agotamiento con la imagen de una batería descargada que necesita recargarse. Es una metáfora que yo mismo he encontrado útil para hablar del agotamiento digital, y para lidiar con el mío. Tenemos mucha experiencia con baterías porque alimentan los dispositivos de los que dependemos: nuestros teléfonos, computadoras portátiles y, cada vez más, nuestros autos. Una batería tiene una capacidad limitada, puede almacenar solo cierta cantidad de energía, y la velocidad con la que se agota depende de las exigencias que le hagamos al dispositivo que alimenta. Si usamos mucho el teléfono, o ejecutamos varias aplicaciones que consumen muchos recursos al mismo tiempo, la batería se descargará más rápido que si lo usamos con mayor moderación. Cuando comenzamos el día descansado y con entusiasmo, nos sentimos cargados. Pero con cada correo que recibimos, cada informe que leemos, cada foto que comentamos, cada lista de reproducción que elegimos, vamos consumiendo esa energía valiosa que tenemos almacenada. Cuanto más interactuamos con los datos, la información y las personas con las que nos conectan nuestros dispositivos digitales, más vacíos nos sentimos. Sabemos que estamos agotados porque reconocemos las señales de las que hablábamos antes. A veces pasan semanas hasta que nos sentimos exhaustos, a veces bastan unas pocas horas.
Ese proceso normal de pasar de estar cargados a sentirnos drenados es lo que llamo “agotamiento de nivel 1”. Esperamos que nuestras reservas de energía bajen en función de nuestras actividades y sabemos que necesitamos descansar para recuperarlas. El uso de tecnologías digitales, por supuesto, no es la única fuente de demanda energética. Pero como mostraré en la primera parte de este libro, su uso se ha convertido en el principal factor de agotamiento hoy, porque gran parte de nuestra vida está mediada por estas tecnologías, y nuestras decisiones sobre cómo las usamos influyen de manera directa en cuánta energía nos exigen. La elección es clave. En cada ciclo de recarga, podemos decidir cómo gastar nuestra energía. Así como podemos optar por no tener activados el wi-fi, la lámpara, escuchar música y navegar por las redes sociales al mismo tiempo, también podemos decidir relacionarnos con nuestros dispositivos y con el contenido y las personas con quienes nos conectan de formas que demanden menos energía. Tenemos una gran capacidad para decidir cuánto tiempo durará nuestra energía antes de necesitar una nueva recarga.
La razón por la que estas elecciones son tan importantes
