PRÓLOGO
Juan José Sebreli ejerció la docencia en tres etapas de su vida. La primera fue de joven, durante varios años, como maestro en la Escuela Nº 17, Rafael Herrera Vegas, de Barrio Norte. Hay una foto en la que se lo ve con el emblemático guardapolvo blanco y rodeado de los niños de sexto grado del turno mañana. Curiosamente, la foto es de 1964, año en el cual publicó Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, con un éxito espectacular, y viajó a China y Europa durante cuatro meses, a raíz de una invitación que gestionó su amigo Bernardo Kordon. Respecto del éxito editorial, es probable que los alumnos ni siquiera supieran que su maestro, que les enseñaba Matemática, Lenguaje e Historia con total naturalidad, se había convertido a los 33 años en un escritor consagrado, a quien entrevistaban en la radio y cuya obra se leía y comentaba en todos los bares de Buenos Aires. En cuanto al viaje, seguramente debió de haber pedido licencia. Apelo a una inferencia, porque Sebreli rehuía hablar de ese trabajo, al que meramente consideraba una forma de ganarse la vida, lo que queda confirmado por el hecho de que en su autobiografía, El tiempo de una vida, solo hace una alusión tangencial a esa tarea, a la que llama con desprecio “un empleo gris”.
La segunda etapa fue durante la dictadura del 76, en la cual no publicó nada en la Argentina, hizo un hiato de silencio, se impuso una suerte de autocensura. El último libro había sido Tercer Mundo, mito burgués, en 1975, una obra de transición, y el siguiente fue Los deseos imaginarios del peronismo, en 1983. El pasaje que comenzó a operarse en el 75, de una izquierda marxista y francfurtiana hacia una socialdemocracia a la europea, incluía la reivindicación de las culturas centrales. ¿No había sido en Estados Unidos donde estalló Stonewall? ¿No fue también allí donde la Corte Suprema terminó fallando a favor de Rosa Parks y contra la discriminación? ¿No se defendía a las minorías mejor en los países detestados por la izquierda que en el adorado Tercer Mundo? Pero haber matizado aquellas posturas de izquierda de los años sesenta, para los militares, que no se fijaban demasiado en los detalles, significaba poco y nada: seguían viéndolo como un marxista y, por ende, como un “elemento indeseable”. Cargaba además con la cruz de haber fundado el Frente de Liberación Homosexual, de modo tal que su condición de gay era otro rasgo negativo en la cosmovisión oficial del momento. Envuelto en esas sospechas, no parecía interesante correr el riesgo de tener visibilidad. Su amigo Blas Matamoro había tenido que exiliarse en 1976 a raíz de la prohibición del libro Olimpo, y él mismo pensó en hacerlo, según surge de distintas cartas inéditas que envió a personas que estaban en el exterior1.
Sin trabajo, en una suerte de exilio interior, recluido en su departamento de la calle Juncal, pensó en dar cursos caseros a los estudiantes que no se sentían contenidos por la facultad, o cuyas carreras —como Sociología— habían sido cerradas. Empezó haciéndolo con gran cautela, por miedo a ser denunciado. Temía que los porteros de la zona fueran informantes de la policía y mantuvieran un discreto control sobre las entradas y salidas de su edificio. La consigna era que los alumnos siempre llegaran y se retiraran en parejas y que, en caso de ser interrogados, tuvieran a mano una coartada, por ejemplo, que iban a buscarlo para ir al cine, y que pudieran dar datos precisos, de modo tal que las actividades se mantuvieran en secreto y todos estuvieran a salvo.
Los cursos los dictaba en su escritorio, un cuarto de diez metros cuadrados atiborrado de libros donde los alumnos, unos seis o siete, se sentaban a su alrededor en sillas precarias o silloncitos de mimbre. Tuvieron éxito, y el modesto emprendimiento inicial se transformó en un delta de ramales con muchos alumnos en distintos días. Con el tiempo, algunos participantes adquirieron fama en sus actividades, como Horacio Tarcus, Oscar Cetrángolo o Roberto Iglesias. Con Tarcus, que solía quedarse después de hora y lo acompañaba a comer a una fonda del barrio, mantuvo una amistad que siguió durante las siguientes cinco décadas. El trago amargo de esta segunda experiencia fue en el año 82, cuando Sebreli se opuso abiertamente a la guerra de Malvinas y muchos alumnos lo abandonaron, inflamados por el nacionalismo y la peste colectiva reinante —que en alguna medida aún persiste—, recriminándole su presunta falta de patriotismo. Ese momento de soledad extrema fue una suerte de exilio al cuadrado, un exilio dentro del exilio.
La tercera etapa fue en los años noventa. Cuando se iban a cumplir los quinientos años del descubrimiento de América, el intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Carlos Grosso, imaginó una serie de conferencias magistrales de los grandes escritores de Hispanoamérica. Algo extraordinario: Buenos Aires convertida en la capital literaria del mundo. Contrataron a una periodista cultural muy connotada, Cristina Mucci, para que tomara a su cargo el proyecto. Clima de época: ella pidió un fax y dos colaboradores. De inmediato, empezó a mandar las invitaciones a una camada de intelectuales: Augusto Roa Bastos, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Fernando Savater y muchos otros. A medida que iban recibiendo las aceptaciones, cundía el optimismo. Cuando llegó el momento de avanzar y comprar los pasajes, el intendente Grosso estaba atareado en un escándalo de corrupción y el proyecto naufragó. Los funcionarios que la habían convocado dejaron de contestarle el teléfono y la organizadora se vio en el brete de avisar a los escritores que el viaje quedaba cancelado. Un papelón.
Fue entonces cuando Blanca Isabel Álvarez de Toledo terció oportunamente en el conflicto y se ofreció a costear la visita de algunos de los escritores ya comprometidos para que, haciendo un cambio de planes, vinieran y dieran las conferencias en su fundación. Uno de los elegidos fue Savater, que puso una única condición: que su interlocutor en la charla argentina fuera Juan José Sebreli.
Así fue como Sebreli conoció a Blanca Isabel, que unos años después le ofreció dar en la Academia del Sur un curso sobre revoluciones políticas y sociales en el siglo XX. Esas clases, que se desarrollaron entre 1996 y 1997 en Buenos Aires, constituyen el núcleo de este libro.
El momento en que Sebreli dio ese curso, en plena década de 1990, es tal vez la cumbre de su carrera literaria. Bastará mencionar que en los cinco años anteriores había publicado dos de sus libros más emblemáticos: El asedio a la modernidad y El vacilar de las cosas. Era un Sebreli de 65 años que había dejado atrás ciertas veleidades, que había tirado el lastre de su peronismo imaginario y que, sin abandonar su hegelo-marxismo, se ubicaba en una posición política muy refinada. Desde una izquierda clásica criticaba la nueva izquierda que, habiendo abandonado sus tradiciones, se centraba en reivindicaciones identitarias que iban contra la modernidad y el progreso.
Esto es muy importante a la luz de lo ocurrido en las décadas siguientes, dado que la historia, en lugar de volver a la idea de socialdemocracia, tal como Sebreli pretendía, produjo un péndulo violento: acentuó sus rasgos hacia una izquierda completamente reaccionaria (en términos de movimientos políticos y culturales), llegando hasta límites tan absurdos como encarnizarse con la morfología del lenguaje, al que usaban como arma de guerra del feminismo.
La alarma que Sebreli encendió en aquellos años noventa fue desatendida por una falsa izquierda, obtusa y senil, que prefirió radicalizarse en sus ridículas demandas laclausianas y olvidar los saludables proyectos que venían de la posguerra (esos principios democráticos que, imbricando liberalismo y socialismo, entre 1945 y la crisis del petróleo de 1973, consiguieron reconstruir el orden europeo). Esa sobreactuación de la izquierda provocó un brutal revanchismo y abrió paso al retorno de monstruos que ya se creían superados y a un súbito apagón, una reacción cultural. Este resurgimiento de la extrema derecha en el mundo, que niega descaradamente la igualdad de oportunidades, los derechos civiles de las minorías, la ecología y los principios republicanos, es un efecto no querido pero inevitable: la izquierda había puesto los mejores cimientos para que esto sucediera.
El sueño incumplido de Sebreli fue ver en la Argentina una socialdemocracia a la europea, en esa línea que encarnaban grandes escritores como Norberto Bobbio y Anthony Giddens y que, en términos prácticos, se cristalizó en políticos como Felipe González. Un liberalismo igualitarista. No evitó bajar al barro, aun cuando menospreciaba la minucia de la práctica partidaria: si no encontraba ningún candidato que se amoldara a ese liberalismo de izquierda que pregonaba, buscaba acercarse a algún otro que creía poroso, para convencerlo y llevarlo hacia esa cosmovisión.
Fueron castings penosos, selecciones de políticos subóptimos, a los que elegía a regañadientes, a pesar de que no terminaban de satisfacerlo, en tanto pensaba que un intelectual que se precie de tal —más allá de no renunciar a las utopías— tiene que lidiar con el material disponible, con lo posible. El cemento de un intelectual con mayúsculas es lo real, con sus filos y pestilencias. Solía decir, casi con rabia: “Sí, yo también querría votar a un Felipe González, pero no está y, mientras esperamos esa socialdemocracia europea que deseamos, hay que elegir entre lo que existe”. Nunca quiso ser ni un intelectual de la torre de marfil ni un intelectual orgánico, eligió la libertad de opinión y prefirió equivocarse y desilusionarse a no comprometerse y mantenerse al margen.
Es verdad que algunos de sus viejos amigos se enojaron por aquella mutación que se operó en los años ochenta y noventa. En una entrevista que le hicieron en la revista El Ojo Mocho2, Carlos Correas —con quien había tenido una larga relación amistosa y afectiva, a punto tal que le había dedicado Tercer Mundo, mito burgués— se quejó amargamente de que Sebreli diera esas clases en una fundación perteneciente a Blanca Isabel, que era la mujer de Bartolomé Mitre. Con prescindible desprecio, lo llamó “puto integrado”, como si fuera un intolerable oxímoron, como si la condición natural de un gay fuera ser un marginal. Tales exabruptos son parte de la total desorientación que la izquierda sufrió en el quicio entre los dos milenios y en los primeros años del presente.
Ese curso impartido en los años noventa fue grabado, luego volcado en papel y, finalmente, sometido a correcciones a mano por el propio Seb
