El día que me cambió la vida
Recuerdo perfectamente el momento en que entendí que mi vida había cambiado para siempre. Mi padre y yo volvíamos en coche de Bilbao, donde acababa de hacer una prueba de ingreso en el Athletic. Tenía quince años. Esa misma mañana habíamos salido de mi pueblo, Haro, en La Rioja, y habíamos recorrido los dos puertos de montaña. Entonces no había autovía y, tras dos horas de viaje y de jugar un duro partido, regresábamos a casa ya de noche.
Íbamos hablando de la prueba. Mi padre me recordaba la buena impresión que había dejado y lo contento que debía estar por haber sido invitado a quedarme en el club. En ese momento fue cuando salimos del puerto de Barazar y, nada más superar la hondonada, vimos toda Vitoria iluminada. En ese instante, de camino al pueblo, con las luces al fondo, fui consciente de que me tenía que marchar de mi casa. Y en la oscuridad me puse a llorar, a llorar por dentro. Era muy joven, pero se acababa una etapa y comenzaba otra.
Para mí, además, esa marcha era especialmente dolorosa porque estaba muy apegado a mis padres y hermanos, siempre lo he estado. Somos cuatro hermanos y una hermana. Nuestra familia es muy conocida en Haro. Mi abuela regentaba un restaurante y mis tíos tienen diferentes negocios, todos vinculados a un nombre común, El Sol: restaurante El Sol; bar El Sol, en la plaza del pueblo; una tienda de moda que tenía mi madre y se llamaba El Sol; y la zapatería El Sol. Mi madre era conocida en el pueblo como la Berti y mi padre, como don Alberto.
Mi padre fue marino mercante durante treinta y ocho años, así que pasaba muy poco tiempo en casa: navegaba durante once meses por el mundo y luego venía a pasar veinte días en Haro. Pero nos escribía muchas cartas. Recuerdo, en especial, una postal del puerto de Rotterdam, adonde viajaba con frecuencia, que le mandó a mi madre y en la que decía: «Hola, mi niña». Él, además, era radiotelegrafista y, de vez en cuando, se conectaba telefónicamente y podíamos escuchar su voz. Es curioso, pero, cuando jugamos la final de la Nations League en 2023 en Rotterdam, me acordé de esa postal y, de alguna manera, pensé que estábamos predestinados a ganarla.
Paradójicamente, la ausencia de mi padre nos hizo ser una familia muy unida porque su falta nos fortaleció como grupo. A pesar de la distancia, nunca nos sentimos alejados de él, y cada vez que venía a casa era una fiesta. Todos juntos, mis cuñadas incluidas, hacíamos un montón de cosas: veíamos Eurovisión, los partidos de la selección, el Un, dos, tres… En casa siempre viví un sentimiento de fusión espectacular, fantástico; nos queríamos mucho.
Mi padre era de Bilbao, lo que a mí me permitía tener la posibilidad de jugar en el Athletic. Además, era un gran aficionado al fútbol y nos llevaba a mis hermanos y a mí a San Mamés a ver partidos, así que desde crío fui del Athletic. Mi tío Armando, hermano de mi padre, me mandaba desde Bilbao la revista del Athletic Club, por lo que tenía carpetas llenas de fotos y la habitación empapelada con los pósters de mis ídolos, sobre todo de Txetxu Rojo. De niño, jugaba de extremo izquierdo y me llamaban «rojillo» porque era fan de Txetxu Rojo. Para todos los aficionados del Athletic es importante sentirse de ese club, pero lo es todavía más para los que vivíamos lejos de Bilbao.
Además, en los años setenta, Haro tenía una particularidad: era una parada recurrente de los rojiblancos. En aquellos tiempos, por los pueblos pequeñitos de La Rioja no pasaba nadie famoso, pero resulta que cerca de Haro hay un pueblo, Santo Domingo de la Calzada, donde veraneaban muchos jugadores del Athletic, que se detenían de camino a tomar algo en Haro. En el bar El Sol y en el bar Pepe.
Así que los niños íbamos a la plaza emocionados a que los jugadores nos firmaran autógrafos. Como es normal, había momentos en los que los futbolistas no te podían atender, y entonces te ibas a casa con una frustración…, con una sensación de pena y desasosiego… Y en uno de esos momentos, mis padres me dijeron algo que me marcó para siempre: «Si un día tienes la ocasión de que alguien te pida un autógrafo, no le decepciones». Y a partir de ahí lo he tenido en cuenta. Ser amable con los aficionados lo he integrado como una parte más de mi trabajo, creo que es una obligación como profesional.
Mi padre también decía una frase que no olvido: «Has de ganarte el derecho a ser escuchado». Y él, desde luego, tras sus viajes por Sídney, Puerto Rico, Río de Janeiro o Buenos Aires, era a quien todos querían oír cuando regresaba a Haro. Hay que recordar que en los años setenta la gente de Haro se iba de luna de miel a Miranda de Ebro, que está a veinte kilómetros. Mis padres, por ejemplo. De mi casa de Haro a nuestra tienda había cien metros, pero mi padre podía tardar hora y media en recorrerlos porque la gente le paraba continuamente para escuchar sus historias. Era un gran conversador. Y él siempre trató a sus vecinos con afecto y naturalidad a pesar de ser un hombre serio, pues fue presidente del Haro Deportivo y presidente de Cruz Roja en el pueblo. Era una persona muy respetada. Y era alto, con muy buen porte, guapo. Yo he salido más a la familia de mi madre.
Es curioso, pero ahora me pasa a mí un poco lo mismo: cada vez que voy a Haro, no puedo estar mucho en la calle porque es imposible avanzar. Pero la gente sigue regalándome el mismo cariño de siempre y, además, no dejan de recordar a mis padres.
Mi madre, desde luego, era el centro de la casa. Yo crecí en un entorno matriarcal y rodeado de mujeres. Vivíamos con mi madre, mi hermana, mi abuela Amparo, mi tía Dolores y con Pitusa, una señora que ayudaba en la casa y que era una más de la familia. Las mujeres dirigían y marcaban el ritmo de la familia. Mi madre compaginaba el trabajo con nuestra educación, y nosotros respetábamos cualquier orden que diera. Era muy exigente y cariñosa. Trabajó hasta los ochenta años, hasta que no pudo más y tuvo que dejar la tienda. Se levantaba todos los días a las seis de la mañana y se acostaba la última. Recuerdo que le encantaba coser, se hacía su propia ropa. Dormía poco y trabajaba mucho. Mi padre nos decía: «Haced lo que dice vuestra madre», y mi madre, para que hiciéramos lo que ella decía, a veces se tenía que quitar la zapatilla. Oye, y te ponía en tu sitio.
Mis padres nos educaron en el trabajo, en el orden, en la educación, en el respeto; nos incitaron a tratar a todo el mundo bien, a no hacer un mal gesto, a ser cercanos con la gente… Todo esto era innato en mi casa, estaba en cualquier rincón. En mi familia no discutíamos casi nunca. Esos valores me han servido para tener una base muy sólida y, sobre eso, comportarme de manera natural. Trato de ser yo mismo. Mi madre tenía una frase muy buena, y no quiero que se entienda de manera individualista: «Luis, tú a lo tuyo». Es una línea que tengo grabada a fuego y que no significa nada más que «no te despistes mirando a otros lados, haz lo que tienes que hacer, no te justifiques».
A los catorce años decidí comprarme una bici con mi dinero. Mis padres podrían habérmela regalado, pero siempre insistían en que las cosas no eran gratis y en que se consiguen con esfuerzo, por lo que quise ganármela. Así que me puse a trabajar en una granja a las afueras de Haro. Me levantaba pronto, de nueve a diez iba a clase de alguna asignatura que me había quedado para septiembre y luego cogía la bicicleta que mis padres me habían adelantado (y que les fui pagando religiosamente cada mes) para ir a la granja, que estaba a unos cinco kilómetros.
Allí trabajaba desde las diez hasta la una y media, luego me iba a comer a casa y volvía por la tarde. Me dedicaba a recoger los huevos de las gallinas, clasificarlos y meterlos en cajas. Ganaba sesenta pesetas a la hora, así que el verano se acabó y no me dio para pagar la bici. Pero me lo pasé muy bien y, además, tenía que terminar de pagar la bicicleta, por lo que repetí al verano siguiente. Pero esta vez no fui solo, fui con mi amigo Joaquín, al que le había contado las bondades de trabajar. La verdad es que fue una experiencia muy bonita, muy enriquecedora. Eso fue justo antes de empezar en serio con el fútbol.
La primera pasión
Siempre me han encantado los deportes. De pequeño y durante mi adolescencia, nadaba, corría, jugaba a pelota mano… y se me daba todo bastante bien. Siempre he tenido un carácter y un espíritu de deportista, he sido competitivo. Pero también he sabido aceptar la derrota, entre otras cosas, porque en esta vida se pierde más veces que se gana. Cuando alguien me vencía provocaba que volviese al día siguiente para intentar superarle, y en la mayor parte de las ocasiones caía de nuevo. Sin embargo, esas derrotas nunca me frustraron, al contrario, me motivaban para mejorar. Yo aceptaba con deportividad que había alguien por encima de mí, y eso me daba impulso para superarme.
Ahora sí, de entre todos los deportes que practicaba, el fútbol ha sido mi pasión. Mi padre era muy futbolero y nos lo transmitió. Sobre todo a mí y a mi hermano Óscar, quien llegó a jugar en Osasuna, que entonces estaba en tercera división. Él era ingeniero y al final decidió no seguir con el fútbol, y eso que era mejor que yo. Mis otros hermanos se dedicaron a actividades diferentes; mi hermana, por ejemplo, continuó con el negocio familiar hasta que se jubiló hace unos meses.
La verdad es que todos en mi familia hemos tenido mucha afición por el fútbol: mis tíos, mis primos, mis hermanos… todos hemos militado en el Haro Deportivo. Ver jugar a mi hermano Óscar fue lo que a mí me motivó. Óscar murió hace apenas dos años.
Yo soy una persona muy constante, muy trabajadora, muy cansino, según asegura algún amigo, pero por entonces no tenía claro que podía ser futbolista. Era un apasionado del fútbol, me encantaba jugar: lo hacía en la calle, en el colegio, en el instituto, en un patio que tenía mi abuela detrás de la casa de la plaza de la Paz… Un patio bastante pequeño, pero a nosotros, de críos, nos parecía tan enorme que lo llamábamos el Bernabéu. Hoy ya no existe. Algo que hay que tener en cuenta es que en los años setenta, en Haro, no había jugado nadie al fútbol a nivel profesional.
Yo no tuve un entrenador hasta los quince años, éramos autodidactas totalmente. De chavales, jugábamos todo el día en la calle. Los sábados, a las cuatro de la tarde, nos juntábamos en la era, en Vista Alegre, y montábamos partidos con piedras haciendo de porterías, un barrio contra otro. Hasta que a los catorce años empecé a entrenar un poco y con quince debuté en tercera división con el Haro, donde tuve a mi primer entrenador y educador, Ramón Arízaga, quien me explicó la disciplina del deporte. Un familiar me vio, entonces no había ojeadores. Ese familiar, Pedro Zabala, me propuso para una prueba en el Athletic, aquella a la que fui con mi padre, y me cogieron.
Tuve la suerte de que cuando entré en el Athletic mi padre ya había desembarcado unos años antes y trabajaba, para terminar de cotizar, en una empresa de un pueblo cercano a Haro. Así que, desde que empecé mi carrera, pudo seguirme. Todos los domingos estaba ahí en la grada, desde el juvenil, y luego, con mi madre al lado, viéndome en primera división por todos los campos de España.

LA SELECCIÓN

La familia española
Esas aventuras de mis amigos y yo de jóvenes, como cruzar el río Tirón en unos troncos, requerían del trabajo en grupo para atar las cuerdas que los unían. Dependíamos unos de otros. Si escalábamos un edificio abandonado, había que llegar arriba y lanzar cuerdas para que subiera el compañero y, hasta que no ascendía el último, no se iba nadie; estábamos todos allí hasta el final. Había un monte en Labastida, cerca de Haro, que se llama Toloño; eso era como los catorce ochomiles de Juanito Oiarzabal. Teníamos que coronar ese monte. Y lo escalabas con el amigo tirando de ti y tú de él. Eso fomenta el compañerismo, la unidad. Para nosotros ese sentimiento de familia fuera de la familia era algo normal.
Así nos educaron desde pequeños. Si se lesionaba uno, había que bajarle hasta el autobús, llevarle a casa y aguantar el chaparrón que te metían los padres. Y esa solidaridad, indispensable en el mundo del fútbol, la aprendí de esta manera. Entendí que
