Alice y el rey de corazones (Reyes del juego 1)

Olga Salar

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

Como cada día, Alice fue de las últimas personas en abandonar las oficinas de Empire Creative, una de las agencias de publicidad más importantes de Manhattan, en la que trabajaba como directora creativa. Entró en el ascensor perdida en sus pensamientos y no regresó de su mundo interior hasta que se despidió de la recepcionista y de los vigilantes de seguridad de la planta baja.

Para ella ya había comenzado el fin de semana, ya que era política de empresa que el viernes a la hora de comer se terminara la jornada laboral, lo que era de agradecer dadas las horas extra que todos le echaban a lo largo de la semana. Sobre todo, si había algún proyecto que presentar que no estaba terminado porque el cliente había solicitado cambios de última hora o porque dicho cliente descartaba todas sus propuestas, a pesar de que siempre tenían en la recámara un plan b e incluso un c.

Una vez fuera del edificio paró a un taxi y le dio la dirección del restaurante en el que iba a comer con una de sus mejores amigas. El Wonderland se había convertido en parte de su rutina semanal. Desde hacía seis meses cada viernes a mediodía se reunía allí con Morgan, una de sus amigas más queridas, comían y charlaban de todo un poco.

Por suerte, y a diferencia de su otra mejor amiga, su hermana Emily, quien era dueña de una librería y tenía un horario fijo que jamás se saltaba. Morgan Jones era diseñadora y dueña de su propia marca y, por tanto, la que marcaba sus tiempos.

Por todo ello cada viernes al mediodía, sin falta, ambas se reservaban un par de horas de sus apretadas agendas para comer juntas y ponerse al día sobre cómo había sido su semana.

Llevaban quedando años, habían probado infinidad de restaurantes hasta que encontraron el Wonderland y decidieron que los especiales del chef bien valían su eterna fidelidad.

De ese modo, se convirtieron en clientas habituales y, tanto el maître como los camareros e incluso el chef, las trataban como tales.

Cuando llegó, Alice notó dos cosas: que Morgan ya estaba esperándola en su mesa habitual y que el Rey de Corazones también estaba allí con una nueva mujer.

No sabían su nombre ni a qué se dedicaba, lo único que conocían de él era que cada viernes a la hora de comer aparecía con una mujer distinta en el sentido literal de la palabra. Cada una de sus citas era diferente a la anterior, estaba claro que no tenía un tipo concreto: rubias, morenas, pelirrojas, altas, bajas, jóvenes, maduras… Lo único que todas tenían en común era lo bien vestidas que iban. Sus ropas hablaban de dinero y estatus, lo que aumentaba su curiosidad.

Cada semana la presencia del Rey de Corazones era una constante y una sorpresa al mismo tiempo. Durante las primeras semanas en las que Alice y Morgan se fijaron en él —difícil no hacerlo dado su atractivo—, se habían reído de la situación e incluso habían hecho apuestas sobre si repetiría invitada o no. Sin embargo, con el paso de las semanas Alice había comenzado a observarlo más y más interesada, atraída por la incógnita que representaba su modo de actuar.

¿A qué podía dedicarse un hombre que siempre vestía trajes a medida? Moreno, alto y de hombros anchos; con una barbilla partida en dos por un sutil hoyuelo; de cejas espesas y elegantes, labios marcados, bien podría haber sido un modelo o un actor. Sin embargo, no lo era y lo sabía con un ochenta por ciento de certeza porque lo había buscado en los catálogos con los que trabajaban en Empire Creative.

—¡Mierda! —se quejó apartando la mirada con rapidez—. Me ha pillado observándolo.

—¿Y qué? Es natural mirar hacia el salón.

—Me ha saludado con la cabeza, Morgan. Sabe que lo miro habitualmente —aclaró.

—¿O es educado y ha reparado en que somos clientas habituales como él?

—También es posible —concedió poco convencida de que esa fuese la razón.

Como fuera, apartó la mirada de su mesa no queriendo que él la pillara de nuevo, algo que, aunque no se lo hubiera dicho a Morgan, era bastante habitual durante las últimas semanas, si bien era cierto que nunca antes la había saludado.

De cualquier manera, no le atraía la idea de que él pensara que le estaba acechando. Puede que fuera guapo e interesante, pero Alice no salía con jugadores, de hecho, no salía con nadie siendo literal. De una u otra manera, el tipo atractivo que se aprovechaba de ello para ligar a diestra y siniestra era alguien que bajo ningún concepto entraba en su lista de posibles citas.

Miró a Morgan, que la observaba risueña al notar su interés mal disimulado y, tras contarle algo para lo que tardó unos segundos en seguir el hilo, se autocensuró y se concentró en ella decidida a disfrutar de una deliciosa comida y de una conversación agradable.

Como siempre, se dejaron aconsejar por el camarero, y fue un acierto en toda regla. Desde los entrantes hasta la lasaña de espinacas de setas y trufa, todo estuvo delicioso.

Se preguntó qué habría escogido él, por lo que, por reflejo, miró en su dirección.

—Alice Rosewood, ¿me estás escuchando? —se quejó Morgan, después de que llegara el postre.

—Sí, por supuesto —contestó distraída.

De verdad que había intentado no mirar, pero el que la chica estuviera llorando y que él le pasara un pañuelo para que se limpiara la tenía completamente interesada. ¿La estaba dejando en la primera cita?

—Bien, porque tengo que contarte algo muy importante —siguió Morgan.

Asintió por inercia.

—¿Crees que la está dejando y por eso llora? —preguntó Alice. A pesar de que le había dicho a su mejor amiga que estaba escuchando, lo cierto era que su atención estaba fija en el hombre atractivo y elegante que se sentaba dos mesas más allá de la suya—. Sería la primera vez que lo hace. Nunca repite, pero sus citas parecen estar contentas en su presencia.

El trabajo de Alice consistía en encontrar maneras de vender productos, en el arte de seducir a posibles usuarios y, como buena adicta al trabajo, su mente nunca descansaba. Siempre estaba en funcionamiento, inventando historias para llegar a sus posibles clientes y, como no podía ser de otro modo, su imaginación inquieta había creado infinidad de escenarios para explicar la vida del tipo atractivo que cambiaba de mujer como de traje de chaqueta. Y lo peor de todo era que ninguna de las vidas que había imaginado para él parecía la correcta: profesor de etiqueta, gigoló, agente de seguros, representante de actrices, fotógrafo…

—Alice, céntrate, por favor. Es importante.

El tono de Morgan la sacó de golpe de sus divagaciones, lo que hizo que fijara su atención en ella, avergonzada de sí misma por haberla ignorado a pesar de que le había asegurado que la estaba escuchando.

—¿Qué sucede?

La vio suspirar cansada y derrotada y el tipo atractivo desapareció por completo de su cerebro.

—Creo que Michael me está engañando.

Se quedó en silencio unos segundos mientras asimilaba lo que acababa de escuchar. Morgan no era una mujer celosa o irracional. Siempre había sido la más sensata de las tres, la que tenía los pies en la tierra, mientras ella era todo sueños fantásticos, y Emily sueños románticos. Si creía que su esposo la engañaba había una muy alta probabilidad de que fuera real.

—¿Por qué lo piensas?

—Está extraño.

Esperó a que se explayara, pero Morgan parecía perdida en sus recuerdos.

—Extraño, ¿en qué sentido?

Suspiró antes de dar más explicaciones y Alice esperó con el corazón en un puño. Si bien Morgan era su mejor amiga, Michael también era importante para ella. Aunque no tenía ninguna duda de a quién iba a apoyar si pasaba lo peor, pero era consciente de que las separaciones eran horribles, no solo para los implicados, sino para todo su entorno.

—No nos hemos acostado en al menos dos meses.

—¿Perdón?

Morgan asintió.

—Y siempre está colgado de su teléfono, al que de repente le ha puesto un código de privacidad para acceder a la aplicación de mensajes.

—De acuerdo —dijo con más calma de la que sentía—, puede no ser nada.

Al ver la ceja arqueada de Morgan, añadió:

—O puede que sí. Lo primero es estar seguras.

—¿Qué debo hacer?

—¿Tú sola? Nada. ¿Juntas? Lo que sea necesario.

Capítulo 2

Cuando llegó el miércoles, Alice estaba convencida de que estaba sufriendo la semana más larga de la historia de la humanidad. Tenía más trabajo del que podía hacer, la preocupación por Morgan estaba a todas horas en su cabeza y su preciosa melena rubia peligraba por las constantes lluvias, ya que la humedad se lo ondulaba, por lo que al tercer día de ondas desordenadas descartó alisárselo y se lo dejó al natural.

La sorpresa fueron los elogios que recibió al llegar a la oficina. Daniel fue el más efusivo de todos y Alice le agradeció internamente por resquebrajar uno de sus complejos de adolescente.

En cualquier caso, se sentía estresada: había proyectos que debía terminar con urgencia, otros que comenzar y, en un par de semanas, había un evento de recaudación de fondos muy importante organizado por una de las marcas con las que trabajaba —concretamente una de bebidas isotónicas para deportistas—, a la que tenía que asistir y para la que no tenía ni vestido, ni zapatos, ni, lo más complicado de conseguir, acompañante.

El problema del vestido era que no tenía un cuerpo acorde con lo que las marcas promulgaban. Si bien era muy delgada, lo cierto era que tenía mucho pecho y entrar en los vestidos siempre era un problema. Para que le quedara bien de pecho tenía que comprar un vestido dos tallas más grandes, por lo que le quedaba enorme de cintura y de caderas y no lo podía estrenar porque debían arreglárselo para no parecer un fantoche.

Por suerte, su mejor amiga era diseñadora y, aunque no la molestaba habitualmente, porque jamás le permitía pagarle la ropa, la situación actual era una emergencia. Ya encontraría la manera de devolverle el favor.

Decidida a solucionar al menos dos de sus problemas, salió después de avisar a Oscar, su asistente, de que se marchaba a comer y, tras coger un taxi, le dio una dirección en el Garment District, donde Morgan tenía su tienda y su atelier, ubicado este en la parte de atrás de la misma. Con su visita se aseguraba de que su amiga estaba bien y conseguiría el modelo perfecto para la fiesta.

No le había dicho nada de que iba a ir, pero sabía que estaba allí, por lo que, mientras el taxi la llevaba a su destino, sacó el teléfono del bolso y pidió comida suficiente para cuatro personas, consciente de que Alex y Piper también estarían allí, para que les fuera entregada en el atelier directamente.

A pesar de que había tenido y estaba teniendo una semana muy ajetreada, la situación de Morgan la tenía realmente preocupada. Emily no había podido escaparse de la librería, pero Morgan y Alice habían ido de visita y le habían contado sobre las sospechas de la primera.

El problema era que dichas sospechas eran cada vez más amplias. Morgan le había dicho por teléfono el día anterior que el viernes, durante la comida, le contaría las novedades, pero Alice no tenía tanta paciencia como para esperar.

Sabía que su pequeña escapada le iba a costar trasnochar para terminar con parte del trabajo que se había organizado para el día, pero merecía la pena pasar un rato con Morgan y animarla a comerse un sándwich sentada en su escritorio, sin apartar los ojos del ordenador.

Además, necesitaba despejar su mente de cosas seri

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