Prólogo

Te levantas a las cinco de la mañana, te sumerges en una bañera llena de hielo mientras entonas mantras tibetanos y rezas a la Pachamama. Acto seguido, bebes un té verde con mantequilla de yak, endulzado con miel recolectada por abejas que solo se alimentan de flor de la pasión. Corres una media maratón antes de que los niños despierten, para después prepararles un desayuno cetomacrobiótico orgánico. Y, cogidos de la mano, os bañáis juntos en los primeros rayos del sol. Eso sí…, después ingieres veintisiete suplementos distintos.
Ya en el coche eléctrico (porque contaminas pero con conciencia), practicas hiperventilación nasal alterna mientras conduces y escuchas un pódcast sobre superación personal.
Al llegar al trabajo no saludas, porque el contacto visual consume dopamina, pero, eso sí, en tu mesa tienes una lámpara de luz infrarroja, un generador de ozono y una pecera con algas adaptógenas islandesas que oxigenan el ambiente.
A media mañana rompes el ayuno con un batido de colágeno hidrolizado de unicornio y dos gotas de aceite esencial de aurora boreal, mientras escribes en tu bullet journal minimalista: «Ser más humano».
Al mediodía, no comes, porque el ayuno es poder. En su lugar haces veinte minutos de power nap en posición fetal dentro de un saco de gravedad cero. Y cuando despiertas, respondes emails con un teclado que emite ondas Schumann para alinear tu coherencia cardiaca.
Por la tarde te toca gimnasio, pero hoy es entrenamiento ancestral: levantar piedras volcánicas mientras gritas como un espartano… Eso sí, equipado con un reloj que mide hasta lo que piensas y un sensor de glucosa, no vaya a ser que —en un descuido— la vida se te endulce demasiado.
Al volver a casa cenas salmón salvaje de Alaska pescado con lanza y aderezado con aceite de albaricoque del valle de Hunza, bebes agua de glaciar, abrazas un árbol (uno con certificado orgánico) y apagas todas las pantallas… excepto la que usas para publicar en Instagram: «Recuerda, la verdadera salud es la simplicidad».
La tentación de creer que la salud es eso —un guion imposible, un listado infinito de rituales que rozan la caricatura— está más presente de lo que pensamos.
Seguro que tú también te sientes cansado, como yo, de ayunos que más que intermitentes parecen interminables, de «protocolos y listas» que prometen la perfección, de esa obligación de hacerlo todo y, además, hacerlo de forma perfecta.
Pero este libro no habla de esa perfección impostada. Tal y como dice Mireia: «Este libro no pretende darte más normas, sino abrirte preguntas». Habla de algo más verdadero y, quizá, más difícil: de cómo reconciliarnos con nuestro cuerpo, de cómo apagar el fuego interno que no quema pero desgasta y de cómo volver a lo esencial sin perder la sonrisa. Menos culpa. Más criterio. Más conexión.
Y lo hace desmitificando la inflamación. Nos invita a un cambio de paradigma: dejar de verla como la gran villana para comprenderla como lo que realmente es: una aliada, una respuesta inteligente del cuerpo para protegernos. En palabras de Mireia: «Es momento de dejar de demonizar la inflamación y de verla como un sistema inteligente que nos ayuda a sobrevivir».
Detrás de esa inteligencia se encuentra nuestro gran defensor: el sistema inmune. Junto con el cerebro, es el supersistema que gobierna nuestra fisiología. Vigila, defiende y repara: guardián incansable del castillo y artesano que remienda sus grietas.
Nuestro particular superhéroe se entrenó durante millones de años contra villanos ancestrales: heridas, infecciones, parásitos. Pero hoy se enfrenta a un escenario radicalmente distinto, pues le toca lidiar contra nuevos enemigos —comida que nos enferma, estrés que nunca cesa, noches robadas al sueño, tóxicos que flotan en el aire y se esconden en el agua— en un mundo donde las heridas del cuerpo han sido sustituidas, en su mayor parte, por heridas del alma.
A estas dificultades se suma una traición legendaria, digna de una epopeya: hemos perdido a nuestros viejos aliados invisibles, la microbiota que nos acompañaba desde siempre. Las bacterias urbanas, criadas entre humo y asfalto, poco se parecen a aquellas que luchaban en colaboración con nuestro sistema inmune. Sin esos refuerzos, nuestro supersistema se queda solo ante el peligro.
Y, fiel a su instinto, nuestro defensor, abandonado a su suerte frente a estos nuevos peligros, responde con su arma más antigua: la inflamación. La inflamación aguda es necesaria, vital: un fuego que repara y defiende contra los enemigos ancestrales. El verdadero problema, tal y como recuerda Mireia Velasco, «no es que se encienda…, es que no se apague» y termine volviéndose crónica, consecuencia directa de las amenazas de la vida moderna.
Como escribió el poeta y filósofo libanés Jalil Yibrán: «El deseo es medio de vida; apagarlo es apagar el fuego del corazón».
La inflamación comparte esa paradoja: un fuego interno necesario que nos protege, pero que, cuando los deseos modernos lo alimentan sin descanso —pantallas infinitas, ultraprocesados, estrés sin tregua—, se convierte en brasas permanentes. Lo que era medicina termina siendo veneno.
Por eso, detrás de la inflamación moderna no se esconde un único villano, sino una constelación de factores que Mireia desgrana en estas páginas con la maestría y la ternura que la caracterizan. Porque solo a la luz del fuego es posible ver nuestras propias sombras. Y este libro, más que un conjunto de reglas, quiere ser tu brújula: la que te ayude a reconducir aquellos aspectos de tu vida que te restan para devolver espacio a todo lo que suma. ¿Y cómo hacerlo?
A partir de ahora, Mireia te acompañará con esta guía imprescindible, como esa sherpa que te ayuda a alcanzar la meta. No lo hará desde el dogma, sino desde la experiencia, la sensibilidad clínica y un profundo respeto por el cuerpo. Tal y como ella misma recuerda: «La clave está en simplificar».
Esa esencialidad es la que la convierte en una guía tan especial. Solo alguien como Mireia, situada en la intersección entre la nutrición y la naturopatía, puede comprender que la inflamación crónica hunde sus raíces en el intestino, en la microbiota, en lo que comemos, pero también en lo que vivimos. Ella no pretende imponerte más reglas: su fuerza está en mostrarte el mapa completo, brindarte preguntas valiosas y herramientas prácticas para que seas tú quien encuentre su propio camino.
Y lo hará desmontando mitos, revelando causas sistémicas e invitándote a recuperar la relación con tu cuerpo desde la coherencia, no desde la culpa.
Como dijo Heráclito: «Este cosmos, el mismo para todos, no lo hizo ningún dios ni hombre, sino que siempre fue, es y será fuego eterno, que se enciende y se apaga según medida».
Escribir un prólogo es una gran responsabilidad. Supone darte la bienvenida —a ti, que abres esta ventana a una vida mejor—, pero también reconocer el valor de quien decidió mirar más allá: de quien cree que sanar no es ir a la guerra contra el cuerpo, sino redescubrir su voz y reeducar su fuego.
Espero, de corazón, que estas palabras estén a la altura, tanto de ti como de la autora.
Antes de dejarte con la voz en letras de Mireia, déjame recordarte algo: dentro de ti hay millones de células inmunes dispuestas a defenderte contra viento y marea. Haz que su sacrificio valga la pena. Atrévete a vivir.
Con todo mi cariño,
ANTONIO VALENZUELA
Un flâneur aspirante a polímata
Introducción

Esto no va (solo) de inflamación y alimentación.
Puede que estés esperando encontrar soluciones definitivas. Tal vez has llegado hasta aquí cansado, hinchado, con síntomas que no terminan de explicarte, de un médico a otro, con dudas sobre qué comer, qué evitar, qué hacer. Y es muy probable que hayas pasado ya por muchos intentos: dietas, análisis, protocolos, médicos, terapeutas, suplementos… Incluso quizá has renunciado a muchos alimentos durante años con la esperanza de que algo de todo eso funcione.
Ay, amigo, ¡cuánto te entiendo! Sí, sí, ese camino de locura y tumbos lo he atravesado yo y sé lo que se siente.
No sabría decirte exactamente cuándo empezó, pero hubo una época en la que me sentía completamente saturada. Agotada de tanto «hacer lo correcto», «comer lo correcto», de intentar seguir al pie de la letra lo que se suponía que era el camino ideal hacia la salud. ¿Ideal para quién? Me perdí entre tanta información, tantos protocolos, pruebas, listas, reglas… Y aunque en teoría lo estaba haciendo todo «bien», mi cuerpo no lo sentía así; al contrario, estaba más tensa, más inflamada, más desconectada que nunca.
Y entonces entendí algo importante: no era solo mi cuerpo el que estaba cansado, era mi manera de relacionarme con la salud. La alimentación, que siempre había sido un canal para cuidarme, se había vuelto una fuente más de presión.
Como profesional, también me vi atrapada en esa dinámica. Dejé atrás mi antigua carrera para dedicarme con toda la ilusión a lo que me apasionaba: la nutrición y la salud. Y lo hice con el deseo genuino de ayudar. Pero, con el tiempo, empecé a notar que a veces, sin querer, estaba alimentando en los demás esa misma sed de perfección que tanto me había agotado a mí. Que, en lugar de darles claridad, estábamos llenando de ruido su camino. Dietas estrictas, protocolos interminables, pruebas carísimas… La salud se había convertido en otro lugar más donde había que rendir y demostrar.
Hasta que dije basta, y decidí mirarlo todo, y mirarme a mí misma, de otra forma.
Y ahí, justo en ese lugar incómodo donde no sabía muy bien cómo seguir, empecé a hacerme una pregunta diferente:
No era tanto «¿qué más me falta?», sino «¿qué hay en todo esto que me está saturando?», «¿qué necesito yo realmente en este momento de mi vida?». Porque entre tantos suplementos, pruebas, listas interminables de alimentos prohibidos, ejercicios
