Duskbound (Trilogía Esprithean 2)

Parker Lennox
Bree Grenwich

Fragmento

ANTERIORMENTE EN RIFTBORNE

ANTERIORMENTE EN RIFTBORNE

En un mundo en el que la esencia mágica fluye del propio reino y se manifiesta en los individuos en forma de habilidades mágicas únicas llamadas «focos», Fia Riftborne ha aprendido a vivir en las sombras. Toda su vida le han enseñado que los riftborne son inferiores, peligrosos y merecedores de su opresión.

Sin embargo, Fia guarda un secreto: un extraño y aterrador foco que le permite manipular mentes. Cuando este poder estalla, atrae la atención del general Laryk Ashford, un prodigio militar cuyo misterioso foco le permite interpretar y predecir las acciones de los demás, excepto las de Fia. Intrigado por sus poderes, le da a elegir: unirse a su facción de élite en la Guardia de Sídhe o enfrentarse a la ejecución por su crimen.

Fia, a pesar de su odio a la misma Guardia que destruyó su tierra natal, acepta, desesperada por controlar sus habilidades letales. Conforme lidia con relaciones complejas dentro de la Guardia y forja vínculos con su nuevo equipo, una seria amenaza surge. Unas criaturas de sombras llamadas «espectros» comienzan a atacar las fronteras occidentales de Sídhe, al parecer para obtener sus reservas de arcanita, un poderoso cristal mágico.

Al acompañar a Laryk a la ciudad fortificada occidental de Emeraal, su viaje revela una tensión y atracción crecientes que culmina con un encuentro íntimo tras una confrontación acalorada. Los poderes de Fia continúan evolucionando mientras descubre que puede adentrarse en los sueños de los demás al presenciar por accidente un sueño erótico de Laryk y experimentar visiones proféticas de un ataque inminente que al principio descartan.

Durante un baile formal en Emeraal, cuando los espectros emprenden el ataque que Fia había vaticinado, ella hace gala de unos poderes sin precedentes sobre la oscuridad y las sombras, habilidades que antes se habían asociado solo con el enemigo. Capturada por los espectros, quienes se hacen llamar umbra, a Fia la llevan a Ravenfell, en el reino de Umbrathia, a través del cielo en unas criaturas aladas que parecen caballos. Allí, un guerrero de ojos dorados llamado Aether le revela una impactante verdad: todo lo que sabe de su historia es mentira.

GLOSARIO

PERSONAJES DESTACADOS

Fia Riftborne (Fía Ríft-born)

Nuestra protagonista, una duskbound de Sídhe.

Aether (Í-zer)

Segundo al mando del general Urkin y líder de la Unidad Umbría.

Laryk Ashford (Lá-rik Ásh-ford)

General de la facción Veneno de Sídhe.

Vexa (Vék-sa)

Herrera convertida en soldado umbra, puede encantar armas y es miembro de la Unidad Umbría.

Effie (É-fi)

Hija noble convertida en soldado umbra, posee habilidades de teletransportación y es miembro de la Unidad Umbría.

Rethlyn (Réz-lin)

Soldado umbra, puede manipular las emociones y la consciencia, y es miembro de la Unidad Umbría.

Raven (Réi-ven)

Enlace de comunicaciones convertido en soldado umbra, puede crear vínculos con espejos que permiten la comunicación entre ellos y es miembro de la Unidad Archivística.

Lael (Léi-el)

Huérfano de Croyg, participante del strykka, nigromante y miembro de la Unidad Umbría.

Mira (Mí-ra)

Participante del strykka convertida en soldado umbra, ilusionista de pesadillas y miembro de la Unidad Umbría.

Theron (Zé-ron)

Participante del strykka convertido en soldado umbra, ilusionista de fragmentos y miembro de la Unidad Umbría.

Lord Soleil (So-léi)

Lord de una casa noble de Sídhe y jefe de Osta.

Osta Riftborne (Ás-ta Ríft-born)

La amiga más antigua de Sídhe de Fia.

Maladea Thiston (Ma-lái-dia Zís-ton)

Conocida como Ma, amiga y antigua jefa de Sídhe de Fia.

Valkan Syrndore (Val-kán Sé-ren-dor)

Lord de Draxon, líder de los damphyre y cambiaformas.

Krayken Vindskald (Kréi-ken Vínds-kald)

Bardo viajero y autor de unas memorias en las que detalla su vida antes de las cruzadas.

GENERALES UMBRA

General Urkin (Úr-kin)

Líder de las fuerzas de combate de Umbra.

General Taliora (Ta-lió-ra)

Líder de la Unidad Médica.

General Talon (Tá-lon)

Líder de la Unidad Archivística.

General Karis (Ké-ris)

Líder del Regimiento de Exploradores.

CASAS NOBLES DE UMBRATHIA

Casa Valtýr (Vál-tir)

La familia real de Umbrathia:

Reina Andrid Valtýr (Án-drid)

Reina actual, sumida en la locura.

Príncipe Andrial Valtýr (Án-dri-al)

El príncipe fallecido.

Vilda Valtýr (Víl-da)

La hermana de la reina.

Casa Skaldvindr (Es-káld-vin-der)

Casa noble conectada con la realeza a través del matrimonio.

Casa Eirfalk (Ér-folk)

Casa noble, familia de Effie.

Casa Galdrynne (Gál-drin)

Casa noble.

Casa Breidfjord (Bréid-fiord)

Casa noble.

Casa Baldurson (Bál-dur-son)

Casa noble.

Casa Sveinson (Es-véin-son)

Casa noble.

Casa Vallgrym (Vál-grim)

Casa noble.

Casa Eldgardr (Éld-gar-der)

Casa noble.

Casa Alfarson (Ál-far-son)

Casa noble.

RAZAS Y TÍTULOS

Kalfar (Kál-far)

Los elfos oscuros que viven en Umbrathia.

Aossí (I-shí)

Raza de seres parecidos a los elfos que viven en las islas de Sídhe y de Riftdremar.

Damphyre (Dám-fir)

Kalfar que se alimentan de la sangre y la esencia de otro kalfar.

Duskbound (Dásk-baund)

Verdaderos dominadores de las sombras; según la tradición, solo se dan en el linaje real.

Riftborne (Ríft-born)

Niños que fueron salvados de la destrucción de su país natal, Riftdremar, y llevados a la isla de Sídhe. Antes de otorgarles la ciudadanía, estos refugiados se marcaban con un símbolo de unidad en la muñeca y la mano izquierdas. La mayoría se crio en casas de acogida a lo largo de la isla con la intención de que se integrasen en la cultura y la sociedad de Sídhe.

UBICACIONES

Umbrathia (Um-bréi-zia)

El reino agonizante de los kalfar.

Sídhe (Shí)

La isla de Sídhe es un reino próspero en el que ahora residen todos los aossí.

Ravenfell (Réi-ven-fel)

Capital de Umbrathia.

Riftdremar (Ríft-dra-mar)

Isla al este de la isla de Sídhe. Riftdremar fue destruida tras un levantamiento contra el esfuerzo colonial de Sídhe para extraer y robar sus reservas de arcanita y extender su influencia sobre la cultura, la economía y los recursos de Riftdremar.

Draxon (Drák-son)

Territorio sudeste de Umbrathia gobernado por Valkan.

Stravene (Es-tra-vín)

Territorio neutral entre Ravenfell y Draxon.

Croyg (Króig)

Antaño la región agrícola más grande de Umbrathia, ahora arrasada por la sequía.

Vardruun (Var-drún)

La segunda ciudad más grande en el centro de Umbrathia, afectada por la sequía.

Ilsthyre (Íls-zair)

Una aldea al sur de Draxon.

La brecha

La grieta entre reinos.

MAGIA

Esencia

La energía viva que fluye entre los reinos.

Atadura

Término umbra para las habilidades mágicas.

Foco

Término de Sídhe para las habilidades mágicas.

El Vacío

La oscuridad al norte de Umbrathia que produce quemaduras del Vacío.

Quemaduras del Vacío

Marcas que permiten a los recipientes absorber sombras.

ORGANIZACIONES

La Umbra

Fuerza militar de Umbrathia.

Unidad Umbría

Umbra con habilidades relacionadas con la dominación de las sombras.

La Guardia

Fuerza militar de Sídhe.

El Consejo

Entidad gobernante de Umbrathia.

IDEAS Y OBJETOS IMPORTANTES

La sequía

Una sequía mágica en Umbrathia en la que la esencia se está drenando.

Recipiente

Kalfar que se ha adentrado en el Vacío y tiene sus marcas; puede absorber y manipular las sombras que le da un duskbound.

Centinela

Miembro de la Unidad de Combate de la Umbra.

Arcanita

Cristal que almacena esencia.

El strykka (Es-trí-ka)

Conjunto de pruebas que permiten a los kalfar unirse a posiciones de alto rango en las fuerzas de la Umbra.

Las cruzadas

Periodo oscuro en la historia de Umbrathia en el que la familia real persiguió sistemáticamente y eliminó a otras familias de duskbound para garantizar su derecho exclusivo al trono, asegurándose de que la casa Valtýr fuera el único linaje con el poder de controlar el Vacío. Estas purgas duraron siglos y erradicaron a casi todos los duskbound que no pertenecían a la línea real.

Traspaso del Vacío

Proceso por el que un duskbound comparte su magia de sombras con los recipientes.

Juramentos de sangre

Contratos mágicos vinculantes que emplea la Guardia.

Lágrima de sangre

Planta utilizada en los juramentos de sangre, nativa de Umbrathia.

Sifón

Puede controlar y redirigir el flujo de esencia.

CRIATURAS

Sirenas temibles

Seres parecidos a los espectros que pueden hablar con los muertos.

Vördr (Vór-der)

Híbrido de caballo y dragón que comparte una conexión con aquellos tocados por el Vacío:

Draug (Dróg)

Easkath (Í-as-kaz)

Nihr (Nír)

Nyx (Níks)

Raskr (Rás-ker)

Stassea (Es-tá-sea)

Tryggar (Trí-gar)

RELIGIÓN

Esprithe (Es-príz)

Panteón de dioses a los que adoran en la isla de Sídhe y en Umbrathia.

Sibyl (Sí-bil)

La Esprithe de la adivinación.

Conleth (Kón-lez)

El Esprithe de la sabiduría.

Niamh (Níiv)

La Esprithe de los sueños.

Ainthe (Á-na)

El Esprithe de los recuerdos.

Eibhlín (É-ve-lin)

La Esprithe de la justicia.

Fírinne (Fí-ri-nieh)

El Esprithe de la verdad.

PRÓLOGO

Siempre me había sentido más segura en las sombras.

Antes de la Guardia, me aferraba a ellas, escondida en su abrazo velado. No me ocurrió mucho entonces, pero el precio por tal vida es una existencia asfixiante, como la de una flor presionada con delicadeza entre las páginas de un libro. Preservada aunque estancada. Reducida a los antojos de aquellos lo bastante valientes para echar un vistazo al interior.

Nunca sabes en realidad lo que te falta hasta que se vuelve claro, ya sea por una casualidad o por el destino. En mi caso, fue por la fuerza.

Laryk me había arrancado de las profundidades, había tirado mis pétalos aplastados al agua, pero no al estanque tranquilo que tan solo te revivía. No, me había lanzado a un remolino tempestuoso, el tipo de corriente destinada a transformar. El tipo que elimina las capas de contornos viejos, erosionados y conocidos y da forma a algo nuevo.

Algo que podía existir a la luz.

No obstante, para mi sorpresa, no fue la devastación que siempre temí.

Fue una revelación.

Ser vista, vista de verdad, no era la muerte. Era una chispa de vida que yo nunca había conocido. Me inundaba con un poder que desde la oscuridad siempre se había parecido mucho a una maldición. Bajo las olas, aprendí a enfrentarme a ello.

Como suele suceder con los cambios, abandoné aquello a lo que me aferraba en el pasado. La oscuridad se convirtió en un vestigio y le di la espalda a las sombras a favor de la luz.

Jamás pensé que volverían a por mí.

CAPÍTULO 1

Alguien estaba llamando a la puerta.

No me moví de mi lugar junto a la ventana, donde tenía la cabeza apoyada sobre los fríos barrotes de hierro que me mantenían encerrada entre las nubes. Sentía un inquietante vacío en las tripas que era un reflejo de la niebla que encapsulaba la torre en la que ahora me hallaba.

Las diminutas calles serpenteantes se veían borrosas desde esta altura, oscurecidas aún más por la neblina que flotaba densa en el aire. Una neblina que jamás parecía disiparse. Solo unos débiles rayos de un sol eclipsado la atravesaban y enviaban una tenue luz a la sala, mi prisión de muros tallados de obsidiana.

Clavé la vista en el reflejo que me devolvía la mirada desde el cristal. En los rabillos de los ojos, se arremolinaba una tinta negra que se extendía hacia el ónice de mis pupilas, aunque no llegaba nunca a tocarlas del todo. Evitar el espejo se había convertido en mi prioridad máxima en esta prisión. Solo me atrevía a echar un vistazo ocasional al cristal semirreflectante de la ventana. Pero, incluso entonces, tampoco era capaz de aguantar la mirada mucho rato.

«Dominadora de las sombras».

Las palabras no se me iban de la cabeza. Ni un solo instante desde que el soldado de ojos dorados las había arrojado en mi dirección. Y de eso hacía días.

Cuatro, ¿quizá cinco?

Había perdido la cuenta.

La hora del día no parecía haber cambiado desde mi llegada.

—Te traigo la comida. —La voz de una mujer sonó desde el pasillo, amortiguada por la pesada puerta—. ¡Espero que estés presentable! ¡Voy a entrar! —dijo antes de que el chirrido de una cerradura oxidada se propagase por la habitación—. Aether está ocupado, claro, así que he pensado: «¿Por qué no me encargo yo?». —La puerta se abrió con un chasquido.

Me tensé, agarré mi daga del alféizar y la enfundé contra mi muslo antes de girarme hacia mi nueva visitante. El reconocimiento se abrió paso cuando me fijé en la ágil figura de la mujer del baile de Emeraal. Esa voz suave no pegaba con la imagen previa que tenía de ella con el aura misteriosa y el cuervo posado en su hombro. La complexión perfecta de esa noche había desaparecido y había cambiado el corrector por una paleta de color que acentuaba las sombras que le rodeaban los ojos en lugar de esconderlas. Ahora llevaba el cabello oscuro recogido hacia atrás con varios coleteros que tintineaban a cada paso.

Se le iluminaron los ojos cuando me divisó mirándola.

—¡Ay, estás despierta! Qué bien. ¡Te he traído algo de comer! —Alzó un poco la bandeja, como si se tratara de un trofeo—. Solo es arroz. No es gran cosa, lo sé.

No dije nada mientras la seguía con atención y evaluaba su actitud. No parecía especialmente amenazadora, aunque su conducta casual me puso de los nervios. Durante los últimos días, había visto numerosas caras de personas que me habían traído alguna variante de comida destinada nada más que a alimentarme. Ninguna me había hablado tanto como ella.

—¡Debes de estar muy confundida! A ver, yo también lo estaría si me despertara en un lugar extraño con gente desconocida, pero te prometo que no te vamos a hacer daño. —Sonrió de oreja a oreja—. Soy Effie, por cierto. Y tú… Bueno, ¿cómo te llamas?

Controlé la expresión para reflejar neutralidad.

—¿Qué hago aquí? —pregunté con la voz temblándome por el poco uso. Me aclaré la garganta, odiaba el indicio de debilidad.

Effie ladeó la cabeza; era obvio que se debatía sobre qué responder.

—¿Cómo te encuentras? —me preguntó en su lugar con un tono curiosamente serio.

Apreté la mandíbula.

—Si no sois el enemigo, entonces ¿por qué me retenéis?

—¡Oh, no te retenemos! —contestó enseguida, aunque su tono animado se quebró—. Bueno, en teoría sí que te tenemos encerrada aquí, pero, a ver, no es para siempre. Es solo que… Bueno, Aether creyó que sería lo mejor hasta que lo solucionáramos todo… —Bajó la voz a un tono conspiratorio—. Suele estar cabreado la mayor parte del tiempo. Menos mal que está tremendo, porque una se acaba cansando de ese aire oscuro y melancólico después de un rato. —Soltó una risita, como si estuviéramos compartiendo una broma privada.

La frustración se apoderó de mí.

—Dime qué es un dominador de las sombras —exigí.

—Alguien que puede utilizar la nada y controlarla. —Arqueó a la perfección una ceja en un gesto engreído, como si aquello fuera lo más evidente del mundo.

—¿Y creéis que yo puedo hacer eso?

—Te hemos visto hacerlo. —No ocultó la exasperación en su voz.

Seguía teniendo borrosa la noche de Emeraal, con los chillidos, el humo y el salón de baile sumiéndose en el caos. Recordaba las sombras derramándoseme de las manos, pero los detalles se me escapaban. ¿De verdad había absorbido yo su oscuridad? ¿La había controlado? ¿O no se trataba más que de otra manipulación en la que me alimentaban con medias verdades para hacerme dudar de todo cuanto sabía?

Lo único que tenía era su palabra. La palabra de mi enemigo.

La ira se apoderó de mí.

—Entonces ¿cuál es vuestro plan? ¿Obligarme a unirme a vuestro ejército? ¿Utilizarme contra el mío? —Mis palabras estaban teñidas de repulsión.

La expresión de Effie cambió a algo parecido a la incredulidad.

—¿Obligarte? ¡Cielos, no! Eso sería… —Vaciló y arrugó la nariz—. Bueno, supongo que sería eficaz, pero no, no podríamos. —Soltó una risita apagada, aunque los ojos se le fueron a la puerta con nerviosismo.

—Ah, ¿no? —Aether había bloqueado mi intrusión mental sin el menor esfuerzo—. ¿Por qué no os metéis en mi cabeza y me lo ordenáis?

Él ya había estado en mi cabeza, ¿no? Esos ojos dorados me habían perseguido en sueños antes de verlo en este reino. ¿Esa invasión fue obra suya? ¿Algún truco retorcido para debilitarme antes de atraparme? La idea me provocó arcadas.

Effie arrugó la cara, confundida.

—No sé a qué te refieres.

Mi corazón se saltó un latido; una pequeña semilla de esperanza germinó. Como estaban al tanto de mi conexión con las sombras, había asumido que conocían mi habilidad para doblegar mentes. Sin embargo, la genuina confusión en la cara de Effie indicaba lo contrario. Miré en mi interior y busqué el pulso de mentes en la zona cercana. Podía ver a Effie con claridad delante de mí, y otras más pequeñas, al parecer en la planta de abajo. No tenían pinta de ser distintas de las mentes de los aossí. Solo la de Aether brillaba con un tono dorado desconocido. Y, como Effie había mencionado con tanta amabilidad al llegar…, estaba ocupado ahora mismo.

—Entonces, dominar las sombras no está conectado con la mente, ¿no? —le pregunté, tratando de que mi voz sonara neutra, con un poco de desinterés por si acaso.

—No que yo sepa. —Entrecerró los ojos azules—. Pero yo no soy una dominadora de las sombras de verdad. Solo soy un recipiente. —Se le volvió más lenta la respiración mientras se fijaba en la puerta.

Contuve la sonrisa que amenazaba con brotar de mis labios.

—A lo mejor estoy hablando con demasiada franqueza. Tengo tendencia a hacerlo, al menos eso es lo que me dice siempre Vexa. —Intentó recuperar la actitud juguetona, aunque era evidente que estaba nerviosa. Se había ido de la lengua.

Mantuve la cara serena incluso mientras mi foco cobraba vida.

—Effie, voy a necesitar tu ayuda. —Antes, me habría costado desplegar mi foco en caso de necesidad, pero ya no. Ahora, no dudó, ansioso por salir. Los hilos iridiscentes aletearon alrededor de la chica, acariciándole la mente antes de tomar el control. Suspiré aliviada al no toparme con resistencia. Mi foco canturreó, haciendo que me cosquilleara toda la espalda.

La confusión de Effie se desvaneció y los músculos se le relajaron hasta que casi pareció tranquila. Sus ojos me devolvían la mirada sin ver, a la espera de mi orden.

—Me vas a guiar fuera de aquí y vas a tomar el camino más seguro de vuelta a la isla. —Mi voz estaba llena de una confianza que no había sentido desde que me habían traído a este miserable sitio.

Sin mediar palabra, se giró hacia la puerta y echó a andar. Me concentré en la conexión con la mente de Effie mientras la seguía con el corazón atronándome como única distracción.

Les agradecí a los Esprithe cuando la puerta se abrió y reveló un pasillo por fortuna vacío. Las mentes que había un poco más allá de nosotras me llamaban, tan cerca, tan tentadoras, pero no podía arriesgarme. Nunca había intentado controlar más de una mente a la vez. Ahora no era el momento para probar y fallar. Echaría a perder mi oportunidad de escapar si perdía la conexión con mi única guía. Y, si gritaba pidiendo ayuda, ya ni hablemos. Tendría que abrirme paso a través del edificio a ciegas.

Me fijé en los alrededores mientras íbamos pasillo abajo. Las paredes estaban hechas de una piedra irregular y fría. Una escalera revelaba plantas incluso más altas. Se percibía el olor de un fogón ardiendo cerca, y mi única esperanza era que los demás estuvieran tan ocupados que no notaran a una guardia y a una prisionera de guerra caminando sin más por ahí.

—Ve más rápido —le ordené a través del vínculo, con los nervios de punta.

Effie aceleró el ritmo y se mantuvo en los bordes de fuera de los escalones cuando comenzamos a descender en una espiral vertiginosa. A cada planta que pasábamos, mi apremio crecía mientras intentaba caminar deprisa, pero sin ser vista.

Casi me tropecé con ella cuando el suelo terminó nivelándose. Estábamos en un espacio circular con dos puertas arqueadas abiertas a cada lado que conducían a grandes salones, por suerte vacíos, y una puerta de madera se hallaba justo en medio. Me costaba escuchar por encima del pulso atronador mientras me fijaba muchísimo en la puerta del medio, pues sabía que era nuestra salida.

Un poco más y sería libre de esta torre dejada de la mano de los Esprithe. Me obligué a no pensar en lo que aguardaba más allá de los muros; un paso a la vez.

«Muévete, muévete, muévete».

Effie alzó la mano para abrir la puerta. Justo cuando envolvió los dedos en torno al pomo, se escucharon unos pasos detrás de mí. El aire cambió, cortante y rápido, y una fuerza me impactó en la espalda. Me desplomé, jadeando, y, antes de poder orientarme, alguien me levantó y me echó por encima de un hombro. La conexión con Effie se rompió y se deshilachó hasta desaparecer.

—Ah, no. Ni de coña. —La voz ronca me hizo vibrar por dentro. Al hombre ni siquiera parecía faltarle el aliento cuando me arrojó sobre el hombro como si no pesara más que un saco de grano.

«Mierda».

—Admiro tu ambición —dijo él con un tono tan tranquilo que resultaba irritante—. Pero vas a aislamiento.

Le golpeé la espalda con los puños, asestándole como una bestia salvaje. Su cuerpo era un muro de piedra, firme y del todo indiferente a mis forcejeos.

—Suéltame —chillé; mi voz sonó amortiguada por su espalda cubierta de cuero.

—Imposible, princesa.

Noté la inclinación de su mandíbula contra mi cadera y estuve a punto de intentar morderle.

—Y deja de llamarme así, joder.

Él me agarró las piernas con más fuerza.

—Pues deja de actuar como tal.

Sus palabras me golpearon como un látigo, y la ira me recorrió de arriba abajo. Se acabó.

Me llevé la mano al muslo de golpe y saqué la daga oculta de su funda. El verde esmeralda, salpicado de oro, me delató, pues reflejó el único destello de luz procedente de una antorcha de la pared. Aether se puso rígido cuando bajé la mano hacia su pierna a toda velocidad, movida por la rabia.

Pero entonces se detuvo. La mano se me paralizó justo cuando una gota escarlata se le formó en la superficie del cuero. Traté una y otra vez de clavársela más en la piel; no obstante, una fuerza invisible retenía mi puño en el sitio, temblando.

—Patético —dijo en un tono grave mientras los dedos se abrían en contra de mi voluntad y la daga se me caía al suelo con un chasquido.

Sin pensármelo, lo intenté morder y hundí los dientes en su costado.

Él se removió, su cuerpo apenas se retorció ante el ataque, y soltó un siseo bajo.

—Te estás echando piedras sobre tu propio tejado.

Apreté los dientes.

—Te juro que voy a…

—¿Morderme otra vez? —Su voz, teñida de humor, no hizo más que aumentar mi cabreo—. Puede que seas la duskbound más débil de toda la historia de este reino.

Gruñí con frustración y traté de darle una patada, pero era una roca sólida; apenas se inmutaba ante mis esfuerzos.

Un jadeo reverberó desde la puerta justo cuando Aether se giró para empezar a subir a la celda, y me fijé en una muy confusa Effie, que poco a poco estaba recuperando la consciencia mientras se le enrojecían las mejillas.

—¿Qué…? ¿Cómo he bajado aquí? ¿Qué ocurre? —Se trabó al hablar a la par que nos seguía.

—Effie, la próxima vez haz lo que se te ha dicho y espera —dijo Aether como respuesta.

Me sentí ridícula al ir rebotando a cada paso mientras la expresión de Effie cambiaba a una de ira dirigida exclusivamente a mí.

—¡Serás puta! —chilló con los ojos brillantes—. ¡Con lo maja que he sido contigo!

Y, de pronto, su figura desapareció y se materializó a apenas unos milímetros de mi cara.

—Te he llevado comida… —empezó a decir, pero Aether la cortó.

—Ni te molestes, Effie —repuso él mientras continuaba subiendo y ponía distancia entre nosotras. Ella soltó un siseo de exasperación y se cruzó de brazos antes de darse la vuelta.

Subimos, y mi cuerpo se quedó flojo cuando una pesadez se me instaló en los huesos.

Cuando llegamos a la sala, Aether no me bajó de inmediato. En vez de eso, me agarró con más fuerza y me clavó los dedos en la piel mientras me acercaba a la ventana.

—Mira —ordenó con una voz tan tranquila que incluso daba repelús—. Mira hacia dónde estás tratando de huir.

Más allá del cristal, la neblina se había dispersado, y me fijé en un paisaje gris que se extendía sin fin, interrumpido solo por unos árboles torcidos y ruinas derruidas. El crepúsculo eterno le daba a todo un aspecto de ceniza y sombras.

—Esto es lo que ha hecho tu gente —gruñó, con el aliento cálido contra mi oído.

Al fin me dejó en el suelo, pero, antes de que pudiera moverme, me sujetó contra la pared.

«No».

La posición era demasiado familiar. Unos hombros anchos enjaulándome y una mano agarrándome por detrás de la cabeza. El calor desprendiéndose de un cuerpo presionado muy cerca. Habían pasado apenas unas noches desde que Laryk me había sujetado así en su cuarto, con nuestras respiraciones jadeantes y su boca dejando un rastro de fuego por mi cuello. Sin embargo, los ojos habían sido aquellos esmeraldas que interpretaban cada uno de mis movimientos, no estos de oro líquido que ardían con acusación. Las manos habían sido las de alguien que yo había elegido.

—Así que dime, princesa —dijo Aether; su voz rezumaba veneno—, ¿también te han enseñado a robar esencia? ¿O solo a controlar mentes?

—No sé de lo que estás hablando —espeté, pero la voz se me quebró.

Soltó una carcajada cruel mientras se inclinaba más cerca.

—Ah, ¿no? Entonces ¿por qué no me explicas cómo absorbiste nuestras sombras esa noche?

—Yo no…

—No me mientas. —Me agarró la mandíbula y me obligó a mirarlo a los ojos—. Te vi. Vi lo que eres.

—¿Y qué es lo que soy exactamente? —Las palabras salieron en un susurro.

Algo oscuro le relució en los rasgos.

—Eso es lo que intento averiguar. —Me soltó, y mi espalda se deslizó contra el muro.

—La noche que te trajimos con nosotros, llevabas puesto ese vestido ridículo. —Comenzó a dar vueltas a mi alrededor—. Pero luchaste como una soldado. Así que o eres alguien importante, o perteneces a la Guardia.

—Estaba sirviendo copas —espeté.

Su risa fue fría.

—¿Con ese vestido? ¿Y esa daga? —Se sacó mi arma del cinturón, la misma con esmeraldas salpicadas de oro, los colores de Sídhe—. Cuéntame otra.

Como permanecí callada, se arrimó más.

—¿Quién eres para ellos? —Entrecerró los ojos—. ¿De dónde procedes?

—Sabes bien de dónde procedo —siseé, poniéndome de pie.

—Esa no es una respuesta. —Su mano salió disparada hacia mí y enroscó los dedos en torno a mi cuello—. Íbamos a hacer esto por las buenas. Qué lástima. —Tenía la cara peligrosamente cerca—. ¿Cómo acabaste en Sídhe? ¿Te cogieron ellos o entraste en el reino por tu cuenta?

—Que soy de Sídhe —respondí entre dientes.

Me analizó y deslizó los ojos entornados por mi cara como si fuera incapaz de procesar mis palabras.

—¿Y cuál es tu puesto? —preguntó—. En la Guardia.

—Te lo he dicho…

—La verdad —espetó—. O tendré que suponer que eres una amenaza inmediata para este reino. Y lidio con las amenazas como corresponde.

Sus palabras hicieron que se me helaran las venas. No obstante, bajo el miedo, la ira se desató.

—¿Quieres la verdad? —mascullé—. No sé por qué puedo dominar las sombras. No sé por qué vuestra oscuridad me atrajo esa noche. Pero sí sé que amenazarme no hará que consigas las respuestas que quieres.

Su expresión cambió a algo, quizá a sorpresa, ante mi desafío. O tal vez fue por la honestidad que había escuchado en mi voz. Aflojó el agarre sobre mi garganta.

—¿Cómo lo hacen? —dijo en voz baja—. ¿Cómo llenan las torres?

—Tus preguntas no tienen sentido para mí —contesté furiosa—. No sé las respuestas.

Retrocedió. El desdén desapareció de sus labios y fue sustituido por una lenta exhalación a través de su nariz. Entrecerró los ojos aún más, convirtiéndose en finas rendijas. Era la clase de mirada que tiene un cazador cuando rastrea una presa por el bosque.

—Te daré una última oportunidad —declaró con el tono de un murmullo—. Sé sincera y dime quién eres y cómo nos están drenando, y me aseguraré de que te traten con dignidad.

Lo miré a los ojos y permití que viera el desafío en ellos.

—Jamás en mi vida me han tratado con dignidad. ¿Qué te hace pensar que tus amenazas sirven de algo conmigo?

—Muy bien —respondió, acercándose—. A aislamiento. —Clavó la mirada en mí un último segundo antes de bajar el brazo y marcharse.

La puerta se cerró detrás de él con rotundidad y la cerradura se deslizó en su sitio. Se me escapó un gemido de los labios cuando el peso del fracaso me atravesó. Me dejé caer de rodillas y las lágrimas comenzaron a brotar, dejando que mi rostro se deslizara contra el frío suelo de piedra.

Me quedé así durante días mientras me iba percatando de todo. Nunca tendría ocasión de despedirme de Raine, no podría decirle lo mucho que significaba para mí. No me podía quitar de la cabeza la expresión de Osta. Y la pena de Ma cuando se enterase de que sus peores temores se habían cumplido… Aunque acordarme de Laryk fue lo que de verdad me paralizó. A medida que fui asimilando la realidad de mi situación, sentí un miedo que jamás había conocido hasta entonces.

No hasta que me di cuenta de que no volvería a verlos de nuevo.

CAPÍTULO 2

No hubo más intentos de visitarme ni más interacciones con nadie. Solo el deslizamiento ocasional de comida por debajo de la puerta, el sonido de llaves girando cerraduras y el silencio opresivo que se había instalado y no se desvanecía. Seis semanas. Eso era lo que llevaba aquí según un guardia que escuché al otro lado de la puerta. Encerrada en esta habitación estrecha con nada más que aire viciado, platos ocasionales que sabían a arena y la luz constante y tenue que se filtraba por la ventana.

Había quedado claro que nunca tendría otra oportunidad de escapar mientras Aether estuviera por allí. Y lo estaba. Siempre se encontraba por allí. Era insufrible. Esa mente dorada palpitaba en el aire como un faro y no podía escapar de ella, no podía escapar del hombre que se alzaba imponente como mi centinela personal.

Solo había tiempo. Demasiado para pensar en cosas que eran tan dolorosas que amenazaban con hacerme pedazos.

Había tenido sueños al principio. Parpadeos de cosas, escenas que tenían lugar en el sitio que solía llamar «hogar». Destellos de rostros, atisbos repentinos de las personas a las que había dejado atrás. Gente que seguro que pensaba que estaba muerta. Era difícil saberlo, discernir si aquello era algo más que mi propia conciencia atormentándome con miradas al pasado o si era más que eso, cosas tangibles que sucedían en tiempo real. Me había dado por vencida con tratar de descubrirlo. Dolía demasiado. Y, como mis esperanzas por escapar, por que me rescataran, habían mermado, también lo habían hecho mis sueños. La mente se me había tornado tan gris y sin vida como el paisaje de fuera.

Entonces, se oyeron tres golpes fuertes en la puerta, lo que me congeló las venas al instante.

Me acerqué más a la pared, abandonando la luz de la ventana y presionando la espalda contra la superficie de piedra gélida mientras el corazón se me salía del pecho. No recordaba la última vez que había sido consciente de que latiera.

Primero entró una mujer desconocida, con pasos mesurados, pero sin prisas. Aether la siguió y se quedó en el umbral, con los ojos parpadeando hacia mí solo un segundo antes de darme la espalda y centrar su atención en el pasillo más allá.

La mujer se detuvo y examinó la habitación un instante antes de posar la vista en mí. Ladeó la cabeza, y un mechón de pelo negro azabache se le pegó a la mandíbula. Llevaba una armadura de cuero ceñida y la silueta tachonada con acero. Una docena de dagas destellaban contra su torso; las hojas reflejaban la luz tenue. Los mangos estaban tallados con símbolos desconocidos. Algunos lucían gastados; otros, decorados, y uno parecía hecho de hueso, y su brillo pálido hizo que me recorriera un escalofrío por toda la columna.

—Soy Vexa —se limitó a decir con un tono ligero pero firme. Se adentró más en la habitación—. ¿Y tú?

Abrí la boca y luego la cerré, tan impactada por la intrusión repentina que no supe qué responder. Sin estar segura de si debía contestar siquiera.

—¿Habla? —preguntó Vexa, observando por encima del hombro a Aether. Él no se giró—. Mira, creo que eres lo bastante lista para entender que no vamos a cambiar esta situación… —se paseó por la habitación— sin charlar un poco.

Aun así, las palabras me fallaron.

—Te dije que teníamos que haber esperado más tiempo. —Aether suspiró sin girarse—. Tarde o temprano se derrumbará.

—Aether, nadie ha pedido tu opinión —replicó en un siseo antes de volver a centrar la atención en mí—. ¿Cómo podemos llamarte?

Al final, cedí. Me había pasado demasiado tiempo sin distracciones y la desesperación me estaba consumiendo.

—Fia —contesté; mi propio nombre me sonaba desconocido.

Los ojos violetas, arremolinándose con zarcillos oscuros no muy diferentes a los míos, le brillaron de sorpresa.

—Fia. Qué nombre tan extraño —murmuró, girándose hacia un lado con una sonrisa victoriosa en los labios—. ¿Has oído, Aether? He ganado. Ahora haremos las cosas a mi modo. —Soltó una carcajada al tiempo que él respondió con un simple gruñido; su cuerpo musculoso aún abarcaba la entrada en su totalidad—. Es muy mal perdedor. —Se encogió de hombros—. Su plan era limitarse a dejarte en esta torre hasta que te quebraras. Algo que es obvio que estaba yendo bien.

Miré a Aether mientras la rabia me recorría de arriba abajo. Las últimas seis semanas habían sido un monótono adormecimiento sin fin en el que casi todas mis emociones se habían reducido a la nada. Cuando lo observé, dejé que esa rabia tomara el control. La sentía cálida. Quería aferrarme a ella y no permitir que se marchara.

Vexa alzó una ceja ante mi expresión.

—Pero igual deberías esperar fuera. No creo que le caigas muy bien —dijo, mirándonos a una y a otro—. ¿Quieres que él se marche? —me preguntó, divertida.

Me limité a asentir.

—Muy bien, Aether, espera fuera. Tu presencia no está ayudando en esta situación, que digamos.

—¿Te acuerdas de lo que le pasó a Effie? —contestó él con tranquilidad. El recordatorio de mi fracaso me escoció.

—Si decide secuestrarme la mente, estoy segura de que la pillarás otra vez —replicó con aspereza; era evidente que estaba perdiendo la paciencia con el tira y afloja—. Venga, vete.

Él vaciló antes de marcharse.

—Como quieras. —Y oí el chirrido de la puerta de metal al cerrarse y el cerrojo oxidado volver a su sitio.

—Por todos los Esprithe, es agobiante. —Puso los ojos en blanco y se sentó en la cama—. ¿Mejor?

Me quedé mirándola sin más.

—No te calles conmigo. Tengo algo que ofrecerte. —Sonrió con suficiencia y dejó caer la barbilla en la mano—. Seguro que te mueres por salir de esta habitación.

Sentí cómo se me agitó el corazón de manera involuntaria al pensarlo. Había comenzado a creer que jamás ocurriría. Que tan solo me mantendrían atrapada aquí con mis pensamientos y el crepúsculo eterno.

—¿Puedo marcharme? —pregunté.

—No te adelantes. —Alzó una ceja—. Todavía estaremos en la propiedad…, pero puedo llevarte a dar un paseo. Si es que te interesa.

Otra punzada en el corazón. ¿Salir? Anhelaba sentir el viento en la piel, sentir algo más que el aire viciado de esta torre.

—Sí. —Fue lo único que pude formular.

—Puedo arreglarlo. Pero, primero, tengo que hacerte unas cuantas preguntas. ¿Trato hecho?

Abrí la boca y casi contesté sin pensar en la importancia de la respuesta. Ella debió de percatarse de mi lucha interna, porque la interrumpió corriendo.

—¿Por qué no nos limitamos a hablar y después decides?

—No voy a contarte nada sin recibir una respuesta a cambio. —Las palabras se me escaparon, teñidas de una confianza que hacía tiempo que no sentía.

—Ahora sí. —Sonrió, con la picardía inundándole los ojos—. Yo empiezo. Dominas las sombras. Bastante bien, he de decir. Sin embargo, no tienes quemaduras del Vacío. ¿Cómo lo haces? —Ladeó la cabeza, como si me estuviera evaluando.

Dudé antes de decidir contar la verdad.

—Descubrí lo de las sombras en el mismo momento que vosotros. No sé nada sobre ello. No sé nada sobre las quemaduras del Vacío.

—Estoy segura de que fue toda una revelación. —Soltó una carcajada y negó con la cabeza—. Una duskbound viviendo al otro lado de la brecha. Nunca me hubiera imaginado que eso sería posible.

Ahí estaba esa palabra de nuevo.

—¿Una duskbound? —inquirí, llevándome las manos al regazo y pasándome la palma derecha por mi marca de riftborne. No supe a ciencia cierta si trataba de ocultarla o de buscar consuelo en ella.

—Sí, una duskbound. Una verdadera dominadora de las sombras —se limitó a contestar.

—Entonces ¿todos domináis las sombras? —pregunté, con los ojos fijos en la puerta.

—No exactamente.

Me detuve, aguardando a que continuara, pero solo se encogió de hombros. Supuse que era un tema del que aún no quería hablar. Quizá no lo tenía permitido. ¿Qué se había llamado Effie a sí misma?

—¿Eres un… recipiente?

Vexa puso los ojos en blanco mientras se inclinaba hacia atrás y suspiraba exasperada.

—Effie. Adoro a esa chica, pero, por todos los Esprithe, va a ser mi muerte. —Alzó una mano enguantada y se la pasó por el pelo negro—. No sé lo que te ha contado, pero, como te imaginarás, hay ciertos temas… que no nos sentimos cómodos de compartir todavía contigo. Tampoco quiero abrumarte.

—¿Abrumarme? ¡Me habéis capturado y encerrado en una torre! —No pude controlar la ira que destilaban mis palabras.

—Mira, no te puedo contar lo que no te puedo contar. Es tan simple como eso. Estoy dispuesta a contestar a otras preguntas que puedas tener, aunque siempre habrá una línea que no cruzaremos. Al menos, por ahora. Hasta que conozcamos tus intenciones —respondió con frialdad.

Me apoyé contra la pared mientras nos mirábamos fijamente en un callejón sin salida.

—¿Cuánto conoces sobre lo que está pasando entre este reino y en aquel del que provienes? —preguntó.

—Sé que habéis matado a amigos míos y a cientos de mis compañeros soldados.

Vexa me observó con ojos penetrantes mientras continuamos examinándonos la una a la otra, y al instante me arrepentí de admitirlo: le había confirmado que había formado parte de la Guardia. No habló en un rato, y yo tampoco lo hice.

—¿Cómo se supone que deberíamos reaccionar a la fuerza vital que está absorbiendo nuestras tierras? ¿Les pedimos con amabilidad que paren? ¿Que dejen de matarnos? —espetó hecha una furia.

—¿Cómo sabes si eso está ocurriendo de verdad siquiera? —repliqué.

No obstante, mientras las palabras salían de mi boca, la incertidumbre hizo que se me retorcieran las entrañas. No dejaban de decirlo. Aether. Vexa. Sin duda, Effie lo había dado a entender.

Me miró perpleja.

—¿Para qué piensas que son exactamente esas torres de arcanita? ¿Crees que crecen de la tierra y ya está? ¿En esos lugares? ¿Sabéis siquiera alguno de vosotros de dónde procede…?

—Vexa. —El gruñido provino del pasillo, justo al otro lado de la puerta. Ambas nos quedamos paralizadas; la palabra colgaba entre nosotras como una espada. La chica arrugó los labios, y un deje de enfado le cruzó el rostro cuando se giró.

—Creo que son suficientes preguntas por hoy.

Observé, clavada en el sitio, cómo ella se ponía de pie y estiraba los brazos por encima de la cabeza en un movimiento lento, como si no tuviera prisa por ir a ningún lado. Sin embargo, sentí que el espacio entre ambas se contrajo; la distancia de esta habitación volvió a asfixiarme otra vez.

«Se marcha».

Tragué saliva; el nudo de la garganta aumentó cuando intenté deshacerme del vacío gélido que de pronto parecía mucho más agobiante.

«Sola. Otra vez».

Justo cuando llegó a la puerta, se dio la vuelta y se apoyó contra ella, de brazos cruzados y observándome. Tras unos segundos, inclinó la cabeza hacia atrás y suspiró.

—Descansa. Mañana te llevaré a los establos.

CAPÍTULO 3

–Esto debería servirte —dijo Vexa cuando me entregó una pila de ropa negra y soltó un par de botas a mis pies.

—Eeeh, gracias —me las arreglé para decir antes de que se diera la vuelta y trepara hasta los barrotes de mi ventana y tomara asiento.

—Nada de jueguecitos mentales, ¿me lo prometes? No me hagas quedar como una idiota delante de Aether. Me lo recordará toda la vida. —Arqueó una ceja y curvó los labios en algo parecido a una sonrisa.

—Nada de jueguecitos mentales —repetí mientras me quitaba la ropa con la que dormía.

Había decidido seguirles el juego a los umbra con la esperanza de descubrir algo, una respuesta, una vía de escape… No sabía exactamente el qué, pero sí sabía que no iba a averiguar nada encerrada en la torre.

Su expresión se intensificó; no era exactamente amigable, aunque tampoco del todo sarcástica. No sabría decir si estaba de broma o era una advertencia.

—Los vördr —continuó ella— pueden parecer domesticados, pero son salvajes por naturaleza. Solo hacen como que nosotros tenemos el control. Jamás lo olvides.

Me giré para observar el espejo que había detrás de la cama, pero evité mirarme los ojos. Deslicé la vista sobre las prendas. Eran más gruesas que las que llevaba en Sídhe y tenían grabados intrincados patrones y marcas de quemaduras que parecían retorcerse y girar por mi cuerpo como humo líquido.

—Genial —señaló Vexa, recorriéndome de arriba abajo—. Parece que te queda bien. Aunque podría quedarte mejor. —Entrecerró los ojos en dirección a la bandeja de comida, todavía medio llena con polenta rancia pegándose seca al plato.

—Aún me… estoy acostumbrando a todo aquí. —La comida estaba sosa, parecía el fantasma de algo una vez comestible. Hasta el color se veía apagado—. La comida es distinta.

—Seguro que es mucho mejor de donde provienes. —Chasqueó los dientes, pero se contuvo de añadir nada más.

El silencio que siguió fue cargado, incómodo. Vexa mantuvo los ojos sobre mí un momento más, algún tipo de dolor se fraguaba en su interior, y se giró para recorrer la habitación con la mirada. Solté el aliento despacio, con el corazón en un puño. Estaba a punto de salir de la torre por primera vez y lo último que quería era disgustarla y hacer que cambiara de opinión.

—¿Lista? —preguntó; no había rastro de hielo en su voz.

La seguí despacio; el olor a hollín flotaba tras ella, persistente bajo el fuerte olor a hierro. Como si hubiera acabado de salir de una forja.

—Vale, déjanos salir.

El metal chirrió a medida que la cerradura se descorría. La figura de Aether se cernió sobre el umbral como una sombra. Detestaba cómo tan solo su presencia hacía que me sintiera como si un peso me oprimiera. Ni se molestó en mirarme. Ni un vistazo, tan solo un intenso silencio que parecía alargarse. Observé cómo se le movía la definida mandíbula, enmarcada por una melena negra que casi le rozaba los hombros. El simple movimiento hizo que los piercings de metal refractaran la luz, así que capté un destello de aquellos brillantes ojos dorados. Los mismos que me habían perseguido en sueños durante el último año.

—Treinta minutos —soltó con su voz grave. Las tripas se me revolvieron ante el sonido y se hicieron una bola de resentimiento—. ¿Entendido? —preguntó; su tono destilaba molestia.

Vexa puso los ojos en blanco, se apoyó contra el marco de la puerta y le empujó el pecho con la mano para que la dejara salir.

—Te escuché las primeras veinte veces que lo dijiste. —Suspiró—. No me cabe duda de que nos seguirás de todas formas como nuestro guardián personal. —Pasó junto a él y me hizo señas para que la acompañara.

Di un paso hacia la puerta y me quedé paralizada. No por voluntad propia. El cuerpo me dejó de responder sin más, como si los músculos se hubieran convertido en piedra. Vexa desapareció de la vista al doblar la escalera.

Aether se metió en mi línea de visión, y la diversión que llevaba escrita en la cara hizo que me hirviera la sangre. Me recorrió con la mirada de manera peligrosa, tomando nota de mis inútiles intentos de moverme. El pánico me embargó cuando rememoré ese momento en la torre semanas atrás, cómo mis dedos habían soltado la daga en contra de mis deseos y cómo la mano se me había quedado paralizada a medio ataque.

«Mierda».

Sentí su aliento en la oreja cuando se inclinó.

—Puedes intentar jugar con mi mente todo lo que quieras —susurró con un tono tan suave que resultaba espeluznante—, pero, como pruebes suerte con alguno de ellos, haré que desees estar muerta.

—¿En serio es necesario esto? —solté entre dientes; odié lo cerca que se encontraba, pero odié aún más que mi cuerpo se negara a alejarse. Su cabello ónice reflejó la luz e hizo que le cayera sobre ese rostro inquietantemente perfecto con esos rasgos marcados y esos labios voluminosos que mantenían una neutralidad brutal. Esprithe, contemplarlo era como acercarse demasiado al sol.

—Solo me aseguro de que nos entendemos. —Su calor resultaba enloquecedor mientras permanecía allí demasiado cerca con ese tono susurrado que solo yo podía oír.

—¿Fia? —La voz de Vexa resonó desde abajo—. ¿Tengo que arrastrarte por las escaleras yo misma para que vengas?

La presión que me sujetaba se esfumó tan de repente que me tambaleé hacia delante. Aether movió la mano enseguida para estabilizarme, y el ligero contacto envió una corriente de electricidad a través de mi piel. Cuando lo volví a mirar a los ojos, ese peligroso filo había sido sustituido por una calma ilegible.

—Detrás de ti —comentó a la par que señalaba hacia las escaleras.

Lo empujé para pasar y traté de ignorar cómo se me aceleró el corazón.

Aguardó hasta que bajé al primer descansillo antes de descender con hastío los escalones detrás de nosotras; Vexa me agarró del brazo con sus dedos callosos en nuestro descenso en espiral.

Cuando al fin llegamos a la puerta de abajo del todo y la abrimos, me protegí los ojos en un acto reflejo, pues esperaba la luz de un sol cegador, como si el pequeño descenso por la torre me hubiera robado de la mente de alguna manera lo que yo sabía que era real sobre el mundo que había fuera de mi prisión. Me había acostumbrado demasiado a los días interminables y apagados. Era como si este reino estuviese atrapado en el tiempo; el sol jamás se alzaba más allá de las montañas grises y la luna nunca dejaba su lugar al frente. Este día también era gris, justo como todo lo que se encontraba a su alcance.

Seguí a Vexa fuera, hacia el jardín de césped mustio que crujía bajo mis pies. A través de destellos de niebla, divisé la intimidante arquitectura de Ravenfell tocar el apagado cielo. Nos encontrábamos enclavados en lo que parecía un rincón de la ciudad, aunque había un muro descomunal que me tapaba la vista de los comercios o comerciantes. A la derecha, había unas tierras áridas y, a la izquierda, una roca afilada rodeaba el perímetro. Más allá de esos muros parecía haber los restos de un bosque, pero sus árboles estaban torcidos y muertos.

Al final, nos adentramos en un camino, y unos cuantos trozos rocosos de piedra rota crujieron bajo mis botas a cada paso. Respiré hondo y me concedí un instante para disfrutar de la sensación del viento en la cara antes de que el olor del heno húmedo y del estiércol fuera tan intenso como para poder ignorarlo.

Seguí a Vexa hasta un establo cubierto. Las cuadras eran espaciosas, con paredes muy altas hechas de madera robusta y unas entradas abiertas sin puertas, lo que permitía a los habitantes entrar y salir a su antojo.

No sabría decir lo que esperaba ver, pero desde luego no a la criatura que tenía delante.

Se me secó la boca cuando la bestia resopló en dirección a Vexa con movimientos gráciles aunque amenazantes. Los ojos le relucían con una inteligencia diferente a cualquier animal que hubiera visto.

La cabeza del vördr conservaba las elegantes facciones de un caballo, pero mucho mucho más grandes. Su poderoso y enorme cuello sostenía un rostro majestuoso y fuerte. La crin era espesa, oscura como la noche, y la tenía suelta, cayéndole en cascada por el lomo. Donde deberían haber estado las orejas, había unas rugosidades sutiles y unas protuberancias ligeramente huesudas similares a los cuernos.

Sin embargo, lo más llamativo del vördr eran las alas. Eran inmensas, con una envergadura que se extendía mucho más allá del cuerpo de la criatura. Tenía un pelaje negro áspero que le cubría el cuerpo; cada movimiento hacía que sus oscuros tonos brillaran. Era más aterrador de lo que recordaba.

—¿Verdad que es magnífica? —Suspiró Vexa maravillada mientras alargaba la mano para que la bestia la oliera. Le dedicó unos cuantos parpadeos poco interesados antes de darle un golpecito a Vexa en la mano con el hocico a modo de reconocimiento. Las alas rozaron el suelo cuando se giró y expuso las espinas rugosas que le bajaban por el lomo.

Vexa caminó hacia una tarima elevada y se subió antes de hacerle un gesto a la vördr para que se acercara. Esta le hizo caso y la muchacha comenzó a desamarrar la silla de montar colocada sobre su lomo.

—Tienes suerte de que esté hoy aquí Raskr. Hay establos por todo Ravenfell y estas bellezas solo se pasan cuando quieren. Parece que la última persona que la montó se tuvo que ir pitando antes de darle tiempo a quitarle todos los arreos. —Vexa desabrochó las hebillas con rapidez y le dio una palmadita cariñosa en el lomo a Raskr cuando retiró la silla.

—Entonces ¿vienen y van cuando quieren? —pregunté a la par que miraba las cuadras sin puertas.

—No se nos ocurriría retener a un vördr en contra de su voluntad. Eso sería una sentencia de muerte. Son unas bestias amables siempre y cuando sean libres. —Vexa se rio mientras bajaba los escalones empinados de la tarima con una silla de montar que rivalizaba con ella en tamaño.

—Aunque a veces se quedan cerca de sus jinetes —añadió Vexa.

—¿Esta es tuya?

—A mí no se me olvidaría quitarle la silla a Draug si estuviera aquí. Aunque tampoco me lo permitiría. —Soltó una risita.

—Así que ¿eliges cuál montar sin más?

Vexa me observó con curiosidad.

—Que un vördr te elija es un rito de paso aquí. El mayor de los honores. La decisión es solo suya. Ellos saben cuándo encuentran a su kalfar. Draug me escogió a mí.

Sentí una leve molestia al toparme con otra palabra para la que no tenía contexto. Era irritante cómo hablaban como si yo compartiera su vocabulario, sin explicarme nada, obligándome siempre a preguntar.

—¿Kalfar? —Intenté que no se me notara el enfado en el tono.

—Todos somos kalfar. —Se encogió de hombros a la vez que señalaba la torre a nuestras espaldas.

—Creía que erais umbra.

—Umbra es nuestro título como soldados en las fuerzas del reino. Kalfar es lo que soy. Lo que todos somos, incluida tú —me corrigió.

—Yo soy aossí —repliqué en voz baja, y me giré hacia la bestia.

La vördr restalló la cola y rozó el suelo cuando se dio la vuelta para marcharse al pequeño terreno que había al otro lado de los establos.

—Lo que tú digas —medio bromeó Vexa.

Al pasear la mirada a mi alrededor, me di cuenta de lo vacía que se encontraba esta zona. Aparte de Vexa y de mí, y de Aether, que estaba apoyado contra la entrada por la que habíamos pasado, no había ni un alma a la vista. Seguro que eran medidas preventivas.

—¿Recuerdas haber volado sobre ellos? —La voz de Vexa me llegó como un silbido en el viento.

Claro que me acordaba. ¿Cómo se puede olvidar alguien de volar entre las nubes?

—A pesar de los esfuerzos de Rethlyn —repliqué, volviendo los ojos a la vördr.

—Eso fue más bien por tu beneficio que por el nuestro —contestó ella con una carcajada que se le escapó de los labios—. Rethlyn lo hizo con buena intención.

Medité la respuesta en silencio unos segundos más mientras su diversión se disipaba. A lo mejor se creían que un secuestro era más agradable si estabas inconsciente. Pero también me resultaba imposible resistirme, intentar huir. Estaba convencida de que eso no fue más que un bonus añadido. Observé a Aether, que tenía los ojos cerrados y una expresión ilegible en el rostro anguloso.

Tal vez no habría logrado escapar esa noche de todas formas. No con él allí.

—Su mente parece distinta a la del resto de vosotros —comenté sin pensar.

Vexa regresó junto a mí y me dedicó una mirada confusa.

—¿Que parece distinta? —preguntó.

—Vuestras mentes tienen un resplandor plateado; el de la suya es dorado. —No sabía qué fue lo que me llevó a hablar, aunque no tenía pinta de tratarse de algo que pudieran utilizar contra mí o contra Sídhe.

—Entonces ¿puedes ver nuestras mentes? —Había bajado la voz, pero seguía teniendo un deje de curiosidad.

—Si lo intento, sí. —Desvié la vista hacia la torre y extendí mi foco. Ella se fijó en lo mismo que yo.

—Hay diez mentes en esa habitación. —Señalé—. Seis bajando las escaleras de la cuarta planta —murmuré. Aether clavó la mirada en mí enseguida.

—Vexa —soltó, dirigiéndose a nosotras, pero ella alzó la mano y lo detuvo.

—Todo controlado —gritó con los ojos fijos en los míos—. ¿Las puedes ver a través de los muros? —preguntó con un susurro entrecortado en la voz.

Parecía como si estuviéramos adentrándonos en terreno peligroso, y yo no tenía ni idea de cómo iban a sacar provecho de esta información. Así que me giré, observando de nuevo el paisaje, callada.

—Nunca había escuchado nada igual —dijo ella tras darse cuenta de mi repentina aprensión—. Eres más que una duskbound —musitó como si quisiera guardarse la revelación para sí misma.

Sus palabras me produjeron un escalofrío. A decir verdad, jamás había sabido qué era. Quién era. Y, en este momento, parecía más que nunca un misterio.

Por primera vez en mi vida, había empezado a averiguarlo. Gracias a Laryk, que me empujaba para que dominase mi foco y que creía que era capaz de más de lo que yo me habría imaginado. Gracias al equipo V, donde había encontrado al fin a gente que veía más allá de la marca que tenía en la muñeca, que me hacía sentir como si tal vez encajara en algún sitio de verdad.

Y ahora estaba aquí. Sola. Y me habían dicho que era algo más.

¿Sabrían ellos siquiera que seguía con vida? ¿Estaría Laryk arrasando el oeste en mi búsqueda o me habría dado por perdida como a otra víctima más de guerra?

Ese pensamiento hizo que sintiera una opresión dolorosa en el pecho.

Contemplé cómo la vördr arañó con las pezuñas la superficie y produjo un sonido agudo que rompió la quietud. A continuación, con un poderoso relincho, se abalanzó hacia delante y abrió de golpe las alas. Sin percatarme, los pies se me comenzaron a mover, atraída por la criatura, ansiosa por verla más de cerca.

—Cuidado con donde pisas —dijo Vexa detrás de mí con una advertencia en la voz justo cuando la vördr alzó el vuelo. Desplegó las alas del todo, atravesando el aire con una gracia natural. Solo entonces noté a lo lejos en el cielo las siluetas oscuras, como de aves, flotando en el viento.

A medida que agucé la vista, conté al menos otros cinco vördr; sus figuras descomunales volaban a toda velocidad hacia el fuerte. Cada una mostraba una gama de grises, desde el ónice tan oscuro como la noche hasta el plateado reflectante; sus pelajes estaban cubiertos de patrones, remolinos de humo y tinta que parecían cambiar a cada instante. Algunos tenían las patas llenas de blanco, como si la nieve se les hubiera adherido a la parte superior de las pezuñas, mientras que otros llevaban crines largas y trenzadas en tonos de marfil y carbón; las intrincadas trenzas les serpenteaban por el cuello.

Las criaturas descendieron trazando un arco y rozaron con las alas la piedra de la torre más cercana antes de volver a ascender y

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