Introducción
Dicen que los veinte son la mejor década de la vida de una persona. Una década que debería estar llena de energía, libertad y oportunidades. Mentira. Hay días en los que me levanto y no tengo ni idea de cómo avanzar. Enciendo la cafetera, meto el pan a tostar y me quedo mirando el reloj sin saber si estoy esperando el clic de la tostadora o a que algo, lo que sea, empiece a tener sentido.
A veces pienso que mis mañanas son como una metáfora de lo que son los veinte: dudar incluso del desayuno. No saber elegir entre el tomate o el aguacate, como si esa decisión mínima resumiera todas las demás que no sé tomar. O como esa app que promete organizar tu semana, y al final solo te recuerda lo poco que controlas todo.
Lo curioso es que, durante años, creímos que sería diferente. Las películas, las series, incluso las revistas que comprábamos de adolescentes nos vendieron que los veinte rebosarían independencia, amores intensos, decisiones claras y éxito. Pero nadie nos contó que esas historias tenían guion. Los personajes tras la pantalla nunca sienten tantas dudas ni incertidumbres. Siempre saben por dónde tirar, qué decisión tomar o a quién besar. Aunque, claro, es fácil cuando hay un guionista detrás.
A veces me pregunto qué pasaría si esa guía de escenas no existiera. Si esos personajes tuvieran que improvisar su vida, probablemente se sentirían igual de perdidos. Buscando la manera de averiguar cómo continúa su historia.
Y luego estamos nosotras, que venimos sin manual de instrucciones, descubriendo que la independencia no siempre significa libertad, que los amores intensos también se enfrían y que el éxito no llega de la noche a la mañana.
Comprendes que la vida adulta no tiene el glamour que te prometieron. Esperabas brindar con una copa de vino caro en el restaurante más chic de la ciudad, y has acabado en el piso compartido de tu amiga, bebiendo un vino de tres euros en un vaso de plástico, y riéndote para no pensar demasiado. Soñabas con un ático con vistas y has acabado en un semisótano donde a las tres ya parece de noche. Y ese trabajo ideal que tanto imaginabas han acabado siendo unas prácticas mal pagadas, o ni eso, una beca que suena bien en LinkedIn pero que no te da ni para un paquete de chicles.
Te frustra que nada sea tan fácil como parecía. Que sin dinero o contactos no llegues a ningún lado. Que muchas veces te sientas sola, perdida y sin saber si vales para lo que has estado estudiando durante los últimos años.
Y por eso creo que los adultos de verdad son solo veinteañeros que aprendieron a fingir confianza. Que crecer no consiste en tenerlo todo resuelto, sino en fingir que es así. Pagas facturas, trabajas más horas de las que deberías, comes pasta al pesto tres veces por semana, aprendes a poner el modo eco de la lavadora y te convences de que todo va bien.
Pero justo cuando crees que ya lo tienes todo más o menos controlado, aparece el amor. Ese campo de minas al que entramos sin protección. Las relaciones no son idílicas, ni te encontrarás a alguien en la puerta de tu casa con un CD de tu canción favorita para que salgas y te enamores. Como mucho te pasará una playlist de Spotify y te dirá «mira, estas canciones me recuerdan a ti». O ni eso, te mandará un mensaje cutre diciendo que le pareces interesante y que si te apetece pasarte por su casa.
Tampoco esperes llegar a un bar y encontrar al amor de tu vida, porque en esta era digitalizada es difícil conocer a alguien si no es a través de una pantalla. Aunque ten en cuenta que los matches caducan y que el ghosting es gratis. Y si ya has estado enamorada en tu adolescencia, no te preocupes, que los ex vuelven cuando menos te lo esperas para ponerte todo patas arriba.
Las amistades tampoco se salvan. Algunas desaparecen sin hacer ruido, como si hubieran cumplido su papel en tu vida. Otras cambian y se transforman en conversaciones esporádicas de «a ver cuándo quedamos». Y otras veces quien cambia eres tú, que quizá te das cuenta de que el grupo en el que solías estar cómoda ya no encaja contigo. Pero es normal, porque ya no eres la misma persona.
Cambiamos tanto de la adolescencia a los veinte que podríamos tener hasta otro nombre. Y aunque pueda doler soltar partes del pasado, también hay algo liberador en aceptarlo. Que crecer, al final, es aprender a despedirse de quien fuiste sin dejar de quererte.
Entonces empiezas a apreciar la soledad, porque te conoces más, y quizá ya no te importan tanto los silencios de los grupos que ya no escriben, las llamadas que duran menos y los domingos que ya no sabes con quién compartir. Porque te tienes a ti. Y con la soledad llega otra realidad de los veinte: el dinero, o más bien, su ausencia. Esa constante sensación de estar sobreviviendo. De hacer cuentas en tu cabeza cada vez que sales a cenar, de mirar vuelos que no vas a comprar, de pensar que a esta edad tus padres ya tenían un coche y una hipoteca, y tú ni siquiera tienes dos plantas que aguanten vivas.
Aun así, esta etapa tiene su parte bonita. Hay planes improvisados, risas que duran hasta las cuatro de la mañana y esa sensación de que todo puede cambiar en cualquier momento. Pero con esa libertad también llegan más responsabilidades, más presión y más miedo a no estar haciendo las cosas como toca. Porque igual que todo lo bueno tiene algo malo, aunque suene contradictorio, los veinte son así. Querer correr y, a la vez, no saber hacia dónde. Sentirse adulta, pero todavía un poco niña. Saber que tienes toda la vida por delante y, sin embargo, temer que el tiempo se te escape.
Y en medio de todo este caos de trabajos inciertos, amores intermitentes y amistades que cambian, llega la gran pregunta: «¿Hacia dónde voy?». Porque, cuando pienso en esta etapa sin ruta definida, siento vértigo. Como si me hubieran soltado en medio de una autopista sin mapa ni señalización. Tengo miedo de caerme y que no haya nada ni nadie que me sostenga. Pero hay una parte de mí que también siente esperanza. Porque, al fin y al cabo, solo tengo veintipocos y me queda mucha vida por vivir.
Saber que tienes toda la vida por delante y, sin embargo, temer que el tiempo se te escape.
También intento recordarme que Sexo en Nueva York empieza con ellas en sus treinta, y aunque están igual de perdidas, poco a poco van encontrando su sitio. Supongo que eso también es crecer, aceptar que la vida no tiene un solo camino, ni una edad exacta en la que entenderlo todo.
Siento que no debería agobiarme tanto siendo tan joven, pero es inevitable cuando todo a tu alrededor te grita que ya deberías tener las cosas claras. Y, a veces, me asusta no estar siendo la adulta que creía que sería.
Somos una generación llena de sueños y promesas sobre la vida perfecta. No obstante, aquí quiero mostrar todas las luces y sombras, la realidad que quizá no has tenido oportunidad de leer ni de ver. Todas esas incertidumbres que nos ocultaron hasta que llegaron de repente, porque todo eso también forma parte de entrar en el club de los veinte.
Así que, si tú también sientes que estás improvisando: tranquila, no estás sola. Aquí todas aguantamos los días con café, terapia y audios de 3 minutos que empiezan con un «no sé si me explico». Este libro no pretende darte instrucciones, sino la compañía de alguien que también se ha sentido perdida, que ha llorado en el metro y que ha reído en momentos en los que no tocaba.
Bienvenida a tus veinte.
PRIMERA PARTE:
Identidad en construcción
1
La crisis invisible de los veinte
El otro día estaba en una cena con mis amigos de la universidad —ya sabes, esa que pasa una vez o dos al año porque es imposible coincidir—, empezamos a hablar de todo un poco y vi que la mayoría tenía un trabajo estable, pareja, ahorros y un plan de futuro. En ese momento me pregunté: «¿Qué he hecho mal?». Porque de esas tres cosas solo tenía una, y a medias.
Fue como si estuviéramos jugando al Monopoly. Ellos ya habían adquirido todas las propiedades, el tablero estaba lleno de casas, y yo seguía en la casilla de salida y sin cobrar el billete de 200.
Vemos que nuestro entorno empieza a tener la vida resuelta y nos invade la ansiedad. Queremos conseguirlo todo ya, porque si los demás han podido, «¿Por qué yo no?». Pero la respuesta no es tan fácil.
No es que hayamos hecho algo mal ni que a ellos les haya salido todo perfecto, pero es inevitable cuestionarse: «¿Qué significa “ir bien” a cierta edad?», «¿Qué debería hacer para sentir que mi vida está en orden?».
Y es que ni siquiera tenemos claro qué habíamos imaginado. «¿Todo lo que tienen nuestros amigos?». No creo que ni de ese modo hubiéramos sabido cuál era el camino ideal. Aunque, sinceramente, dudo que ese camino exista.
Cada persona es un mundo, y el tuyo no tiene por qué ser igual al de los demás. Quizá tienes que tirar el dado el doble de veces que tus amigos para que te salga un seis. Quizá te toca jugar a un juego al que nunca habías querido jugar. Quizá tienes que vivir mil crisis para saber hacia dónde quieres avanzar. Y quizá, solo quizá, tu futuro no es ni remotamente parecido al que habías imaginado.
Antes de los veinte ya vivimos un tráiler de esta crisis. En mi caso fue en la ESO, cuando tuve que decidir qué bachillerato hacer para entrar en una carrera. Mis amigas lo tenían claro, llevaban tiempo con un plan definido, pero yo nunca lo había pensado. Creía que, llegado el día, algo se iluminaría en mi mente y lo sabría… Pero no fue así.
Era creativa, pero no tanto como para el artístico; me encantaba leer, pero no lo suficiente como para el humanístico; el científico y tecnológico ni me los planteé, así que lo único que me quedó fue el social.
Podía haber hecho un grado de formación profesional, pero tampoco había mucha información al respecto, y todo parecía demasiado específico para lo indecisa que era (y sigo siendo). Podía haber trabajado, pero ¿quién iba a contratar a alguien de dieciséis años sin estudios superiores ni nadie que la enchufase?
Así que estudié el social e intenté organizar mi futuro pero, cuando llegó el momento de escoger universidad, seguía sin saber qué me gustaba. ¿Y lo peor? Cuando lo encontré, ni siquiera entré, me quedé a tres décimas.
Esa misma noche, cuando me dijeron que la única carrera que me había llamado la atención no era una opción, lo primero que sentí fue agobio. Me repetí mil veces que debería haber estudiado más, haber sabido desde el principio qué quería hacer y haberme organizado mejor. Pero yo nunca había sido así, ni pensaba serlo. Siempre me había dejado llevar, seguía las señales, hacía más caso al instinto que al plan y vivía con el «quiero» en lugar del «debería».
Por eso, después de abrumarme tanto, decidí vivir una noche loquísima. Literalmente pensé: «¿En serio he estado toda la vida esperando el momento perfecto para ciertas cosas, cuando de un día para otro ese “momento” puede desaparecer?». Y ahí, no pensé más. Salí, bailé y por primera vez sentí que no tener un plan no era el fin del mundo.
Aprendí que no pasaba nada, que seguro que podría aprender algo de la otra carrera que tenía en la recámara y que, aunque no fuera mi primera opción, podía convertirla en una experiencia valiosa.
Tras un verano de vivir sin pensar en mi futuro, empecé ADE, y fue como entrar en un universo paralelo. Uno donde todo el mundo parecía tenerlo todavía más claro que en bachillerato: proyectos, ambiciones, objetivos claros… y yo solo pensaba en cómo no aburrirme en clase. Intentaba encontrarle un sentido a lo que hacía, como si fuese a descubrir la pieza que encajaba conmigo. Y aunque muchas veces no lo conseguía, esa búsqueda constante también me hizo replantearme que no todas las decis
