Inducción por shock

Chuck Palahniuk

Fragmento

cap-1

1

¿Que quieres controlar a otras personas? Uno de los métodos de inducción consiste en provocar el agotamiento mental del sujeto; atiborrar al sujeto con tantos detalles que acabe perdiendo la capacidad de centrarse en uno solo de ellos.

Cansarlo hasta que la vista se le enturbie.

Si es preciso, imagínate a una persona. Una persona no tan joven como para dar a cada visita a la peluquería el valor de un empezar de cero. Una persona lo bastante mayor como para recordar cuando la parte superior de los parabrisas estaba teñida de azul. ¿Te lo imaginas? Día tras día, un cielo azul. Qué optimismo.

Con eso tenemos para empezar.

Ahora date un fuerte abrazo. ¡Lo estás haciendo genial!

Ajustando las variables de los ingresos familiares según registros recientes de hacia 2032, la subcomisión del Senado de Estados Unidos para la Educación se reunió con líderes industriales de la edición comercial con base estratégica con el propósito manifiesto de identificar y mejorar los factores medioambientales que están perpetuando la persistente y considerable brecha de no menos de dos desviaciones estándar en resultados educativos constatable entre cohortes de género y etnia mixtos específica de poblaciones con sensibilidad urbana.

Factorizando por datos en bruto, sin limitarse a subconjuntos corolarios, obtenidos a partir de dieciséis cohortes diferentes y ajustados a un ± 2 por ciento para un bienestar general tanto físico como emocional, así como a desigualdades de estatus socioeconómico y las implementables restricciones de una respuesta política realista, dado que la cifra variable es un artefacto de importancia tanto empírica como performativa al menos en la medida en que la obtención de habilidades cuantificables pudiera divergir, los allí presentes se abocaron a resolver el dilema de los motivos por los cuales los alumnos con estudios formales se han mostrado recientemente incapaces de involucrarse en la prosa de largo aliento.

Teniendo en cuenta el primer y último quintiles, el promedio resultante de déficit de competencias, demostrable mediante yuxtaposición interseccional y prescindiendo asimismo de rasgos no aplicables a una mayor inversión de recursos desde preescolar hasta modelos educativos de enseñanza universitaria.

Resumiendo, lo que preguntaban era por qué diantres no lee nadie Moby Dick.

¿Qué? ¿Cansado, o todavía no?

Otra manera de inducir un trance hipnótico es el fraccionamiento.

Consiste en hacer que el sujeto divida su atención. Escucha los sonidos que te rodean. Escucha con atención. Concéntrate en el suave tacto del papel bajo la yema de tus dedos, concéntrate en ese roce especial al pasar la página.

Imagina a una chica. Imagina a Samantha Deel. Si es preciso, imagina al tío de Samantha. Samantha Deel tiene un tío carnal que ha cumplido buena parte de su condena a siete años de prisión. El tío en cuestión está considerado un delincuente sexual.

Aunque está confinado a una silla de ruedas, el tío de Sam continúa rindiendo cuentas cada semana a su agente de la condicional, y todo porque una vez «olvidó» la palabra de seguridad en plena relación sexual. Gran parte de su vida adulta, el tío de Sam no hace otra cosa que murmurar para sí: «Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate».

Imagina a la madre de Samantha, una mujer que en cierta ocasión se quejó de tener que llevar un Intoxalock en su coche por mandato judicial:

—No necesito beber —dijo la mamá de Sam—. Aunque acabe de comerme un rollo de canela o haya esnifado gasolina, puede que me salga un falso positivo.

Imagina ahora al padre de Samantha, que en una ocasión fue al bosque con su escopeta Weatherby SA-08 calibre 20. Entre la temporada del mapache y la de la codorniz de monte, cazaba muérdago subido a la copa de un roble blanco. Una masa oscura de muérdago, si la imaginación te da para eso, el alquiler de un mes escondido entre las ramas altas del roble. El padre de Samantha se acomodó el rifle en el hombro y miró a lo largo del cañón aquella forma oscura entre el follaje. Echó un pie atrás para equilibrarse y apretó el gatillo, el padre de Sam, y aquel enorme amasijo de muérdago fue a estrellarse contra el suelo. Solo que no era muérdago.

Había un cuerpo a sus pies; el señor Deel acababa de matar a un hombre. Solo que el hombre ya estaba muerto, con el nudo de una soga al cuello, la piel tan fina como una capa de pintura en la osamenta del finado. El padre de Samantha había abatido a un suicida.

Solo que el muerto habló. Yacía a los pies del padre de Samantha, descalabrado por el impacto de la caída y los trompazos con tantas y tan robustas ramas, el hombre este, con el nudo todavía alrededor del cuello y la soga partida por la mitad.

Presta oídos y oirás al medio muerto —hecho un colador, sangrando por los orificios que los perdigones han abierto en su ropa— murmurar para sí: «Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate. Aguacate…».

Siente el peso del libro en tus manos.

Eso es inducción por fraccionamiento.

La anécdota es también un ejemplo de reframing cognitivo.

Spin = reframing cognitivo.

Que el lector tenga a bien entender esta primera parte como lo contrario a una llamada de atención.

Maravilloso. Lo estás haciendo genial, genial.

Fuerte abrazo.

Si has leído hasta aquí, has leído ya demasiado. Ve a lavarte las manos.

La subcomisión del Senado había señalado los videojuegos y la pornografía online como los principales factores causantes de analfabetismo funcional.

—Videojuegos y películas no son a fin de cuentas más que luz y sonido —afirmaba el Senado. Y preguntaba—: ¿Qué podemos darles a cambio?

El responsable de una gran editorial se inclinó sobre el micrófono.

—Senador, solo en 2032, más de mil doscientas personas murieron por manipular billetes adulterados con fentanilo. —Se permitió el efecto teatral de hacer una pausa—. Someto para su aprobación un nuevo y glorioso futuro para los libros y los lectores que los aman. Con su permiso voy a presentar el Programa EML.

Extracto autorizado por la Atención Hospitalaria para Pacientes Comatosos de EML

En casos de envenenamiento agudo por EML, abstenerse de intubación traqueal. En todo momento, prestar la máxima atención a la respiración. Tomar debida nota siempre que dificultades bronquiales en el paciente comatoso requieran el uso de técnicas de limpieza de vías respiratorias. Atención especial a respiraciones congestionadas en la fase terminal, también conocidas como «estertor de la muerte»…

En aquella reunión a puerta cerrada de la subcomisión en la sede del Departamento de Educación, el editor preguntó finalmente:

—¿Se da cuenta de adónde apunta todo esto?

2

En la infancia de Sam un recuerdo en especial destaca con claridad meridiana: una noche de invierno. La fuerte ventisca había dejado a su familia sin una gota de agua. El frío había helado las cañerías del reducido apartamento que ocupaban. Sus padres y su tío lisiado estaban en la helada y escueta cocina bebiendo a morro de un frasco de jarabe NyQuil. Hundidos en su autodesprecio.

La pequeña Samantha estaba a sus pies, atemorizada, ávida de cariño y de que alguien le hiciera caso, cuando de repente la luz se apagó y la estancia quedó sumida en la oscuridad.

Su padre reaccionó alzando la cabeza, confuso, y con los labios manchados de verde dijo:

—¡Sammy, hasta los cables se han congelado!

Ahora la versión larga: Sam: Sam la Magnífica: Samantha Deel. Aquí lo importante es que ames a Sam antes de odiar a Sam.

Inducción visual.

Hasta el día de hoy, en la iglesia de Sam dice NO ABRIR NINGUNA PUERTA. Por mucho calor que haga, no está permitido dejar la puerta principal abierta. Curioso que nadie pregunte y eso por qué.

Fuerte abrazo.

El y eso por qué es Samantha.

No porque ella le guardara rencor a Jesús. Pero he aquí el desenlace al que siempre deberías acabar volviendo. Al funeral por Esmond Jensen, cuando alguien quebrantó la citada norma.

Resulta que la parroquia adonde solían ir los Deel está ahorrando para instalar aire acondicionado. Y un ventanal nuevo. Antes de añadir todas las velas encendidas y el humo del incienso, un enorme vitral policromado solía relucir al fondo, por encima del altar. Aquello era un horno.

En otros tiempos era un horno.

El vitral: un Jesús polícromo descendiendo de los cielos sobre nubes incandescentes y rodeado de angelitos rosas. Jesús flotando allá arriba sobre un mundo de flores policromadas de tonos que hacían mella en la retina. Colores como una soldadura por arco o el hiriente destello de unos faros en la carretera. Una sombra multicolor cubría como un manto a la familia Deel, incluido el ocupante de la silla de ruedas, tiñendo a todo el mundo de azules radiactivos y amarillo pirotécnico.

Samantha estaba allá arriba, en el balcón del coro, sudando bajo la toga. El órgano de la iglesia expulsaba el aire caliente por los tubos. Sam se adelantó un paso, lista para iniciar su solo, y de repente una frase se abrió paso en su cabeza: «Este horno de música…». Era una frase de El jorobado de Notre Dame. La historia de un campanero sordo. Según Victor Hugo: «[…] las campanas le habían roto los tímpanos; había quedado sordo».

Mientras esperaba el momento de cantar sus primeras notas, Samantha Deel miró a los que estaban en pie bajo la galería del coro. Sombreros y velos negros. Sam, entretanto, hizo memoria de los nombres que el jorobado había puesto a sus campanas. Jacqueline, una. Marie, otra. Thibauld, Guillaume y Gabrielle.

En el libro, el jorobado de Notre Dame arengaba a sus campanas como un entrenador a sus jugadores. «Vamos, vamos, Gabrielle, deja oír todo tu ruido, hoy es día de fiesta. Nada de haraganear, Thibauld; te estás relajando; venga, vamos, ¿es que estás oxidado, so gandul? ¡Así me gusta! ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Que no se vea el badajo! ¡Dejad a todos los feligreses sordos como yo!».

En ocasión del funeral por Esmond Jensen. Cuando le dieron sepultura. Ese último día en que alguien dejó abierta la puerta de la iglesia, la brisa trajo algo de un verde centelleante.

Una especie de hada diminuta avanzó zumbando por la nave central, atraída por los floreados sombreros. Cautivada por las urnas que flanqueaban el altar. Urnas llenas hasta los topes de gladiolos color naranja. Gladiolos rosas.

Cantando Sam ahora a pleno pulmón, algo flaquea en su brillante acopio de stretti, trinos y arpegios. Ha quedado eclipsada. Una chispa verde zumbó entre la bruma de la música de órgano y el incienso. El hada desplegó una delgada lengua para beber de los gladiolos. Un deleite, este destello de alas verde esmeralda, y luego intentó beber de las azucenas de yeso en brazos de la estatua de la Virgen. Iba y venía a gran velocidad entre gladiolos y macetas de crisantemos. Haciendo sombra al padre Caswell y a los monaguillos. Nadie oyó el panegírico. Todos señalando con el dedo. Gritos susurrados. Ojos fijos en el pequeño ángel de luz.

Una voz, límpida pero chillona de puro placer, dijo: «¡Un colibrí!». Y el milagro volante fue bautizado. Iba como una flecha entre el vitral donde unos soldados romanos le cortaban los pechos a santa Ágata de Sicilia y el vitral de un san Lorenzo desnudo ardiendo en una barbacoa gigante. Voló cada vez más alto, buscando una salida a través de los cielos policromados.

El coro dejó de cantar. El órgano dejó de sonar. Los parroquianos agachaban la cabeza cuando la pequeña luz verde se lanzaba en picado y les pasaba rozando.

Minúsculo como una gema engastada, el pájaro fue a posarse en el halo de yeso de san Patricio. Tenía el pico abierto, jadeaba. Sus diminutos latidos se notaban bajo las resbaladizas plumas verdes.

Samantha bajó del balcón del coro. Con sus zapatos de ir a la iglesia, unos Mary Jane. De charol, con una hebilla en la parte del empeine y un tacón chato, conocido en algunas zonas como tacón chupete. El primer sujetador para pies preadolescentes antes de pasar a los tacones de verdad.

Samantha, ataviada con su toga plisada, avanzó por el pasillo en dirección al altar, donde esperaba el pájaro. Dejó atrás el ataúd abierto de Esmond Jensen.

El colibrí se abalanzó sobre otras flores, los narcisos de vidrio a los pies de Cristo. El muy insaciable picoteó las azucenas de color amarillo fuego. Pasó su puntiaguda lengua por las ardientes rosas rojas. Arriba, en el techo, un alto horno en las mismísimas alturas. El pajarillo se estrellaba contra una pared de luz donde el sol todo lo encendía.

El bólido zumbante estaba matándose a topetazos contra algo que no podía comprender: flores sin néctar.

Visto de cerca, un vitral viene a ser como un gigantesco rompecabezas. Todo aquel tonelaje de vidrio, armado a piezas y unido en las costuras por blandas varillas de plomo. Tiras de plomo soldadas en las juntas para formar un entramado de metal negro tamaño pared. Un enorme muro delgado como el cartón pero pesado como la piedra.

Samantha se aproximó lentamente adonde el colibrí se machacaba a sí mismo al borde del colapso cardiaco. Se quitó un zapato y apuntó con el tacón a un tulipán de vidrio. El impacto hizo volar por los aires esquirlas de color rubí, y por el boquete entró aire y entró luz, pero el golpe hizo que el pajarito se elevara un poco más. En vista de lo cual, Samantha tuvo que subirse al alféizar para golpear furiosamente una capuchina con el tacón, como si fuera un martillo.

Samantha Deel destrozó peonías de vidrio y corderitos y pedazos de cielo, dejando una hilera de agujeros con dientes como de sierra. Antes de que el padre Caswell pudiera detenerla, Samantha dejó amplias secciones de vitral convertidas en un mero entramado de tiras de plomo. La celosía así formada era lo que antes dividía las flores del cielo de los corderitos.

Y viendo que el colibrí, asustado, se elevaba todavía más, Sam se puso a trepar.

En aquel entonces, Samantha Deel aún podía oír cómo algunos feligreses le gritaban, pero ella continuó trepando. Solo que más deprisa. Antes de que la gravedad o las manos ajenas pudieran devolverla al suelo, en aquella precaria escala de varillas de plomo, aquella celosía de metal blando. Tal que una telaraña de plomo lo bastante resistente como para aguantar el peso de una adolescente. Cualquier otra persona, cualquier peso extra, habría hecho caer los cielos policromados sobre la cabeza de la gente.

Las manos de los padres de Sam se alzaron para hacer bajar a su hija o impedir su caída.

Ambos gritaron: «¡Samantha!». Gritaron: «¡Doña chiquitina!». Tratando de hacer que bajase a la Tierra. Esquivando las astillas de Cristo para que no se les metieran en el ojo.

Sam escaló la blanda y endeble telaraña de plomo. Cual pirata trepando por el aparejo de un barco. Enarbolando en todo momento el tacón de su zapato para abrir de un golpe una nueva escotilla. Espantando siempre al pájaro, que continuaba su vuelo ascendente entre los ángeles abrasados de luz. Con las yemas de los dedos hechas papilla, trepó hasta las nubes de la obra maestra, hasta los perfectos rayos de falsa luz solar, y destrozó a zapatazos la dulce cara de un querubín. Solo quería que el colibrí viviera.

Samantha reventó los hábitos con brocados y las coronas enjoyadas y sus manos ahora ensangrentadas hallaron dónde agarrarse: allí donde había estado la sangre falsa de las manos de Cristo. Sus pies ensangrentados hallaron puntos de apoyo donde antes había estado la sangre falsa de sus pies.

Y el aire fresco entró a raudales. Una fuerte brisa que apagó todas las velas.

Y el colibrí estaba siempre demasiado arriba como para salvarse. Y demasiado asustado para que Sammy pudiera rescatarlo.

Las piernas le colgaban de la falda plisada de su toga de coro; piernas con churretes de sangre. Y al mirar hacia arriba, el padre Caswell vio que la tela de araña se hundía cada vez más, cediendo al peso, cuando Sam la Magnífica echó un brazo hacia atrás. De un potente golpe, dio de lleno en el hermoso rostro de vidrio de Jesucristo. No solo le reventó la nariz y la mandíbula, sino la cara entera con el tacón de su Mary Jane.

Con perdón de George Orwell.

Con perdón de todo quisque salvo Dios, que sabe que una imagen no es Dios, por muy bella que sea.

Pero allí donde había estado el Jesús de vidrio coloreado había un cielo azul de verdad, y el colibrí escapó hacia el todo real para vivir un día más. Huyendo a través del boquete. Para bien o para mal.

Ahora, en lugar de estar teñidos de un vívido azul y de amarillos azufre —menos la sombra de la vidriera de colores—, los papás de Samantha volvieron a su color habitual.

Y el sofocante aire del templo empezó a salir por aquel boquete con forma de Dios.

Allá arriba no quedan más que las partes de vidrio todavía intactas. El sol de mentira brillando por entre las nubes de vidrio, colgando en lo alto a la espera de descender con la brusquedad de una guillotina.

El pájaro escapó justo cuando el alabeado, pandeado y dilatado armazón del cielo empezó lentamente, ay, muy lentamente, a entregar a Samantha Deel en manos de una turba airada.

Esta parte es lo que los hipnotizadores llaman El Compromiso.

Eso era inducción visual.

¿Otro método para controlar a la gente? Los hipnotizadores lo llaman meditación guiada.

Caminas hasta una cancela. El hierro está frío al contacto con la mano.

Empujas para abrirla. Los goznes oxidados chirrían. Oyes crujir la grava bajo tus pies al enfilar un sendero. Un colibrí revolotea y zumba y describe una línea en zigzag dirigiendo tu atención hacia unas rosas. Son rosas blancas.

Notas el olor de las rosas, y el colibrí va de acá para allá, desciende en picado para llevar tu atención a un grueso cortinaje. De garganta color rubí y cresta esmeralda, el colibrí va a posarse en una cuerda de tender alabeada por el peso de unos trajes de novia puestos a secar. Pero hay más trajes de novia de los que has visto en tu vida. Largos hasta el suelo. De gruesas faldas plisadas y acampanadas.

El colibrí se cuela por entre las faldas y se pierde de vista. Trajes de color marfil, de color cáscara de huevo. No, no son vestidos, sino flores. Un ahogadero de flores carnosas como orquídeas.

Algo huele a vainilla y, si no a vainilla, a loción solar o a polvos de talco para niños sobre jerséis en una cajonera de cedro, jerséis bien doblados con capas de papel de seda, ese olor que percibes.

Allí están las flores con forma de trompeta. Brugmansia arborea.

Repite mentalmente: ketamina, Adderall, Ritalin, Shazam, Clorato de sodio, doxepina, flurazepam, Alakazam, quazepam, Quasimodo. Palabras que bien podría decir un mago.

Otra cosa para tener en cuenta son los sueños lúcidos.

Imagina, si hace falta, el hogar de los Deel. Imagínate un lugar donde la alegría se presenta una mañana cuando te pones de pie y encuentras la taza del váter llena de sangre. La pelota de papel higiénico que tienes en la mano está manchada de sangre. Pese a todos tus esfuerzos, la muerte se presenta en casa. No más navidades. No más soñar con la jubilación y un viaje a París. La muerte hace su presencia en el cuarto de baño. Fin de la partida.

Pero es entonces cuando llega, la alegría. Anoche comiste ensalada de remolacha. La sangre que te corre pierna abajo no es sangre.

3

Tras el desastre en la iglesia, el señor Deel dijo que lo de cantar se había terminado. Una vez en casa, de vuelta de la iglesia, dijo:

—¡En mi casa, ni hablar! ¡Se acabaron las clases de canto! ¡No pagaré ni un centavo más!

Después de que a ella tuvieran que vendarla de pies a cabeza en urgencias.

Samantha dijo:

—¡Pero la voz es mi única salida!

Y su padre, meneando la cabeza:

—¡No vamos a tirar el dinero en tus fantasías!

En casa, a la sombra de los trofeos, trofeos de canto coral, trofeos a la Mejor Vocalista, mamá Deel dijo:

—¡O sea, que hasta que termines la universidad! —Y dijo más—: ¡No vas a echar a perder tu vida a nuestra costa!

—¡No podéis cerrar el grifo y ya está! —dijo Samantha. Miró al suelo, levantó la vista. Dijo lo indecible—: Papá, mírame por una vez. —Esperó hasta que los ojos de él se encontraron con los suyos—. Estoy gorda, ¿vale?

Padre y madre dieron un respingo. Su madre empezó a decir algo pero no le salió palabra alguna.

Sam continuó:

—Yo nunca voy a ser guapa como mamá. —Bajó un poco el tono, de agudo a grave—. Mi voz es mi única salida.

Samantha pestañeó para ahuyentar las lágrimas.

—Yo nunca voy a ser elegante como tú. Soy fea y estoy gorda, pero al menos tengo este don.

Entonces dijo la otra cosa indecible:

—Hay gente que se saca el título de abogado y acaba con una mano delante y otra detrás.

Su madre se echó al gollete un Percodan de la sala de urgencias y dijo:

—Eso sí que no. —Atacó con un sacacorchos el cartón blando de un envase de vino.

Sam trató de echar una m

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