Introducción
Doctor Frankenstein: ¿Sabes? No pretendo avergonzarte, pero soy un cirujano bastante brillante. Quizá pueda ayudarte con esa joroba.
Ígor: ¿Qué joroba?
El jovencito Frankenstein, 1974
En Frankenstein, de Mary Shelley, mediante torpes experimentos y el tosco ensamblaje de partes de cuerpos electrificadas para que cobren vida, el doctor Victor Frankenstein crea un monstruo contra natura y no del todo humano, una criatura de aspecto horripilante que se escapa y siembra el terror en el campo.
Aquí nadie está cosiendo cabezas y brazos a torsos ni aplicando 220 voltios a órganos para devolverles la vida. En lugar de eso, durante los últimos cincuenta años aproximadamente, se ha producido una alquimia peculiar en la salud humana, que genera atroces efectos modernos en una época —como la mayoría creíamos— de avances médicos sin precedentes. Así que resulta aún más sorprendente que un universo de criaturas primitivas que habitan justo debajo de nuestro diafragma y detrás del ombligo, pero de las que no somos conscientes —como tampoco lo son muchos médicos—, haya permanecido prácticamente invisible hasta ahora, a pesar de su importancia para la salud.
Hace once años, en el primer libro de mi serie Sin trigo, gracias, describí cómo los científicos agrícolas y los agricultores habían modificado esa planta llamada «trigo», transformando una planta tradicional de un metro y medio de altura en otra de apenas cuarenta y cinco centímetros, un cambio que requirió miles de experimentos genéticos. El resultado final, modificado genéticamente, produjo un cultivo de alto rendimiento que permitió que los agricultores cosecharan varias veces más fanegas por acre que las variedades tradicionales, lo que generó un auge en la producción y ayudó a alimentar a la población de países subdesarrollados afectados por la hambruna. Pero este nuevo cultivo también provocó toda una serie de efectos inesperados en quienes lo consumían: desde la estimulación del apetito hasta convulsiones del lóbulo temporal, seborrea y un incremento del 400 % en los casos de celiaquía. Las diabetes tipo 1 y 2, antaño poco frecuentes, se convirtieron en enfermedades habituales, y los humanos que solían comer para vivir se transformaron en una población con apetito insaciable. Las consecuencias para la salud del trigo moderno son tan destructivas y antinaturales que las bauticé como «Frankencereal».
Descubrí que eliminar los Frankengranos de la dieta reportaba beneficios sustanciales y, a menudo, transformadores para la salud. Al hacerlo, miles de personas experimentaron pérdida de peso sin esfuerzo y cambios positivos en su salud: volvieron a tener un vientre plano (propio de la década de 1950) y se liberaron de numerosas enfermedades modernas. Sin embargo, una parte considerable de ellas también compartía relatos como este: «Perdí más de veinte kilos sin esforzarme siquiera y ahora no tengo hambre a todas horas. Ya no soy prediabético y me han quitado dos pastillas para la tensión. Mi artritis reumatoide está un 70 % mejor y he podido dejar un medicamento inyectable que me costaba varios miles de dólares al mes. Pero sigo sufriendo algunas crisis y he tenido que retomar los esteroides y el naproxeno». En otras palabras, eliminar los Frankencereales de la dieta e incorporar los suplementos alimenticios que les recomendé, que revirtió fenómenos como la resistencia a la insulina, no resolvió todos sus problemas de salud. Algunas personas declaraban pérdidas de peso de treinta kilos, situándose a apenas diez de su peso ideal, pero se estancaban a pesar de estar haciéndolo todo correctamente. El estilo de vida de Sin trigo, gracias incluye medidas básicas para recuperar especies microbianas beneficiosas para la salud en el tracto gastrointestinal, es decir, el microbioma intestinal, pero aún faltaba algo.
La comunidad de Sin trigo, gracias, vasta, internacional y entusiasta, también es una comunidad colaborativa, en la que todos compartimos experiencias y buscamos mejores respuestas sobre cómo alcanzar el éxito absoluto y superar problemas residuales de salud. Esta comunidad actúa como una enorme red de sabiduría, formada por cientos de miles de personas que necesitan respuesta a preguntas similares. (No te preocupes: si no estás familiarizado con las estrategias del estilo de vida de Sin trigo, gracias, el cual, a pesar de sus limitaciones, sigue siendo bastante poderoso, expondré sus principios más adelante, además de presentar estrategias nuevas y potentes que puedes usar para construir un Superintestino).
A lo largo de las últimas décadas, más allá de la experiencia de Sin trigo, gracias, un aluvión de investigaciones ha evidenciado que problemas mentales y emocionales comunes como la depresión, el aislamiento social, el odio, la ansiedad y el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) podrían atribuirse a alteraciones en el microbioma intestinal. También se ha comprobado que problemas de salud sin relación aparente, como la obesidad, las enfermedades autoinmunes y las enfermedades neurodegenerativas, podrían estar vinculados a alteraciones en los microbios que habitan bajo nuestro diafragma. Dado mi interés personal tanto en mejorar la salud y el rendimiento humanos como en reducir la dependencia de las personas del sistema sanitario, me pregunté si esas alteraciones del microbioma podrían explicar la persistencia de problemas de salud en los individuos que seguían mis programas. Con esta lógica, empecé a buscar pruebas de microbios perdidos, especies bacterianas que podrían haber desaparecido del microbioma humano moderno. Y, efectivamente, encontré varios candidatos que, una vez restaurados en el intestino humano, produjeron mejoras impresionantes en la salud de las personas e incluso en su aspecto físico.
Sin embargo, también descubrí que la desaparición de varios microbios esenciales no explicaba todos los problemas de salud persistentes. Poco a poco aparecieron pistas de una respuesta más integral desde la comunidad global de Sin trigo, gracias, ya que algunas personas seguían teniendo problemas para dormir, dolor articular continuo, incluso después de haber experimentado un alivio parcial al eliminar el trigo y los cereales, e intolerancias alimentarias que existían ya antes del programa Sin trigo, gracias y que no habían logrado resolver. ¿Por qué tanta gente desarrollaba intolerancias a alimentos cotidianos como los tomates, las alubias rojas y los cacahuetes? Explorar la posibilidad de que los microbiomas alterados también podrían explicar estos fenómenos hizo cada vez más evidente que las respuestas se encontraban en el universo microbiano. Desarrollos posteriores, como, por ejemplo, un dispositivo de consumo habilitado por un smartphone capaz de detectar la producción de gases microbianos en el aliento, lo confirmaron: las respuestas provenían del microbioma.
Mi objetivo era descubrir cómo aprovechar el poder de un microbioma saludable más allá del habitual «toma probióticos y come mucha fibra». Quería abordar no solo los problemas residuales de salud, sino también encontrar maneras de potenciar la salud para alcanzar nuevas cotas de rendimiento diario.
No me cabe duda de que los estilos de vida modernos han alterado la composición del microbioma en el tracto gastrointestinal humano y de que estos desequilibrios microbianos son los responsables de muchos de los problemas persistentes que estaban experimentando tanto los miembros de la comunidad de Sin trigo, gracias como el resto de la población. Algunos factores del estilo de vida moderno que afectan a nuestro ecosistema interno también son responsables de una larga lista de problemas de salud: ningún sistema corporal es inmune a los efectos de este monstruo que hemos creado llamado «microbioma humano moderno». El microbioma de nuestros ancestros cazadores recolectores y el de nuestros predecesores de hace apenas cincuenta años eran muy distintos del que tenemos en la actualidad. Una combinación de factores asociados a la vida moderna —desde los alimentos procesados actuales hasta los medicamentos que inhiben el ácido gástrico— ha creado un intestino que ya apenas es humano; es algo que yo denomino «Frankenpanza», y resulta tan destructivo para nuestra salud, o quizá más, que el Frankencereal. Una Frankenpanza tiene como resultado verdaderos problemas de salud: desde el síndrome del intestino irritable hasta la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn, desde el síndrome de ovario poliquístico y el cáncer de colon hasta la depresión y la desesperación, desde el aislamiento social hasta los pensamientos suicidas. Todos estos son efectos de lo que nosotros, como sociedad y como individuos, hemos creado: una Frankenpanza de alteraciones en el microbioma.
Ahora debemos descubrir cómo eliminarlo y restablecer algo más cercano a la condición humana natural. Por desgracia, la comunidad médica no está equipada para tratar las dolencias derivadas de un microbioma alterado, y mucho menos para comprender su causa. En lugar de abordar la proliferación de especies bacterianas y fúngicas no saludables, que son responsables de generar emociones negativas, ansiedad e impulsos suicidas, los médicos recetan medicamentos antidepresivos y ansiolíticos para bloquear sus efectos. En vez de localizar los microbios errantes que se encuentran detrás de afecciones como la hipertensión y la fibrilación auricular, recetan medicamentos que bajan la presión arterial y suprimen los ritmos cardiacos anormales. Y, en lugar de desentrañar las alteraciones microbianas que causan el aumento de peso y la diabetes tipo 2, recurren a la cirugía de bypass gástrico y a medicamentos que regulan la glucosa en sangre de manera forzada. Todas estas medidas convencionales pero desacertadas también conllevan, por supuesto, un precio considerable y largas listas de efectos secundarios. Estoy seguro de que reconocerás que comprender todo el caos microbiano que hemos creado en el ser humano moderno cambiará por completo nuestra idea de salud y enfermedad. Y las soluciones también serán distintas: necesitaremos herramientas más allá de las que pueda proporcionarte el talonario de recetas de tu médico.
Es necesario reconstruir el núcleo microbiano mismo de nuestra salud para recuperar la libertad frente a la enfermedad y rejuvenecer y mejorar nuestra calidad de vida en general. ¿Y sabes qué? Los beneficios que podemos obtener al restaurar un microbioma humano saludable van mucho más allá de aliviar el sobrepeso o el reflujo. Las estrategias que me dispongo a compartir contigo también pueden mejorar la tersura de la piel, acelerar la curación y aumentar los sentimientos de empatía hacia otras personas, efectos que probablemente no sabías que se originaban en el universo microbiano interno. Primero, debemos restablecer el orden en este monstruoso desastre microbiano que hemos provocado; luego, te mostraré cómo cultivar un Superintestino.
Deja de quejarte
Si pudieras preguntarle a un organismo como Escherichia coli (E. coli): «¿Cuál es el propósito de la vida humana?», la respuesta sería inmediata: «Tu propósito es mantenerme a mí y al resto de los microbios». Puede que tú atribuyas un sentido más elevado a la vida, pero, visto desde dentro de tu colon o tu duodeno, no eres más que una fábrica de microbios.
Todas las criaturas vivas de este planeta poseen un microbioma único e individual: las arañas y los mosquitos, las ardillas y las marmotas, las truchas y las tortugas. Los humanos también tenemos un microbioma exclusivo de nuestra especie, pero que varía entre individuos. Sin embargo, las prácticas de la vida moderna —comprar en el supermercado y comer alimentos servidos por una ventanilla de autoservicio en lugar de cazar o recolectar la próxima comida; darse una ducha caliente en lugar de sumergirse en un lago o un río; tomar antibióticos para tratar una sinusitis en vez de aguantarse— contribuyen a provocar alteraciones catastróficas en la composición y la ubicación de los microbios que albergamos dentro y fuera del cuerpo.
Aunque los microorganismos que habitan tu tracto gastrointestinal no tienen nombre ni dirección, y no pueden darle al «me gusta» en tu página de Facebook, desempeñan un papel decisivo en tu nivel de optimismo, la apariencia de tu piel, tu nivel de energía, tu relación con las otras personas y tu vida amorosa. Incluso influyen en la velocidad a la que envejeces y en cuántos años vives.
Los billones de criaturas bacterianas y fúngicas que habitan tu tracto gastrointestinal han desempeñado un papel trascendental en la película de tu vida. Incluso si mantienes hábitos saludables y estás libre de afecciones modernas como la diabetes y la obesidad, las criaturas que conforman tu microbioma todavía pueden determinar si sucumbes a la indefensión del alzhéimer o si soplarás ciento cinco velas en tu tarta de cumpleaños, rodeado de tataranietos, con la capacidad mental y los recuerdos del martes pasado intactos. Pocas cosas en este mundo desempeñan un papel tan fundamental y, sin embargo, permanecen tan desconocidas.
No hace tanto tiempo se creía que la importancia de los microbios que habitan el cuerpo humano se limitaba a su papel para provocar infecciones. Pero la administración de antibióticos, que ha alterado el equilibrio microbiano durante el último siglo, demuestra que, en realidad, la salud depende de infinidad de microorganismos. Las especies bacterianas del tracto gastrointestinal, por ejemplo, producen vitaminas del grupo B, como el folato y la vitamina B12, aumentan los sentimientos de amor hacia la familia y los amigos, o estimulan sueños vívidos y coloridos durante la fase REM (fase reparadora de sueño con movimientos oculares rápidos), componentes esenciales para una salud mental normal.
Nos guste o no, en la actualidad todos estamos bajo la fuerte influencia de billones de criaturas microscópicas anónimas. ¿Quién habría imaginado, incluso hace diez años, que estos microorganismos pueden determinar si desarrollas la enfermedad de Parkinson, la velocidad de curación de una herida o si soportarás las rarezas y manías de tu pareja? Resulta inquietante pensar que unas criaturas microscópicas podrían marcar la diferencia entre escribir un libro que gane el Premio Nobel de Literatura o disparar contra los feligreses de una iglesia. Pero ahí radica el impresionante poder de esta población de microbios que llevamos dentro, un universo de vida que puede ayudarnos o volverse en nuestra contra.
Por suerte, muchos problemas de salud causados por un microbioma alterado pueden revertirse simplemente adoptando una dieta más sana, corrigiendo deficiencias de nutrientes y restaurando especies bacterianas beneficiosas en el tracto gastrointestinal una vez eliminados los microbios indeseables.
Pero ¿qué ocurre con alguien que, tras acumular alteraciones microbianas durante años, sufre un caso severo de sobrecrecimiento bacteriano y fúngico fuera de control? Los factores del estilo de vida moderno que alteran el microbioma favorecen la proliferación de especies bacterianas y fúngicas perjudiciales en nuestro cuerpo, concentradas especialmente en el tracto gastrointestinal, un desequilibrio conocido como «disbiosis». La disbiosis restringida al colon —es decir, el último metro y medio de tracto gastrointestinal— aumenta el riesgo de afecciones como la colitis ulcerosa y el cáncer de colon. Sin embargo, no es raro que especies bacterianas dañinas asciendan desde el colon, donde deberían permanecer, hacia el íleon, el yeyuno, el duodeno (partes del intestino delgado) e incluso el estómago, una afección llamada «sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado» (SIBO, por sus siglas en inglés). Las alteraciones en las poblaciones bacterianas que provocan SIBO también permiten que las especies fúngicas proliferen de forma similar y asciendan por el tracto gastrointestinal hasta lugares en los que no deberían habitar, lo que se conoce como «sobrecrecimiento fúngico del intestino delgado» (SIFO, por sus siglas en inglés). Lamentablemente, lo habitual es que los médicos no reconozcan estas situaciones y se limiten a «tratar» solo las enfermedades visibles que causan. Una persona con SIBO no diagnosticado, por ejemplo, puede desarrollar enfermedades difíciles de revertir como la diverticulitis, la tiroiditis de Hashimoto o el cáncer de colon, y acabar tomando una larga lista de medicamentos e incluso sometiéndose a procedimientos quirúrgicos como la extirpación de la vesícula biliar o cirugías para perder peso. Sin embargo, si el SIBO o el SIFO se detectan a tiempo y se revierten —restaurándose un microbioma saludable—, muchas de las enfermedades crónicas asociadas pueden desaparecer, recuperando la salud en simbiosis con un universo microbiano interno equilibrado.
La clave está en ser consciente de la disbiosis, el SIBO y el SIFO, conocer sus síntomas y consecuencias, y actuar para corregirlos. En este libro te mostraré cómo reconocer las reveladoras señales de estas afecciones, cómo confirmar su presencia y cómo abordarlas. No todo es tan malo como parece. También te enseñaré a llevar tu programa de sanación a nuevas cotas, de manera que puedas mirarte en el espejo con orgullo, visitar a tu médico, que se quedará sin palabras ante tu excelente estado de salud, y responder a las preguntas de todos los que te pregunten por tu buen aspecto: esbelto, firme, musculoso, con la piel hidratada, una gran agilidad mental y la libido intacta. Comprender y restablecer el orden en tu universo microbiano —modificando su composición poblacional, limitando su localización y reduciendo sus subproductos tóxicos— desencadena una oleada de efectos positivos en la salud, la pérdida de peso y el rejuvenecimiento.
Estamos a punto de emprender un viaje que te permitirá encontrar respuestas a preguntas que quizá hayan desconcertado a los médicos, quienes suelen ignorar la pérdida de microbios fundamentales y la adquisición de especies no saludables. Mientras ellos siguen recetándote medicamentos para tratar los síntomas de un microbioma alterado, te ofrecen consejos ineficaces como «muévete más, come menos» y piensan que tienes debilidad moral, glotonería o mala genética, tú aprenderás a reconocer y abordar este cambio microbiano, encaminándote hacia una magnífica salud.
Desempolva la yogurtera, cancela esa cita para el bótox y toma asiento, porque estás a punto de embarcarte en un viaje bacteriano que podría cambiar el rumbo de tu vida. Empecemos detallando exactamente cómo y por qué se ha deteriorado tanto el microbioma humano.
primera parte
Melancolía intestinal
1
Un intestino revuelto
Es posible que, en muchos aspectos, te parezcas a tus padres o a tus abuelos. Quizá hayas heredado el pelo rizado de tu madre o la aversión de tu abuelo al cilantro. Pero, a diferencia de los genes, que determinan rasgos como la textura del cabello o las preferencias en cuanto a los sabores, el microbioma que albergas en tu intestino no es el mismo que el de tus antepasados. Incluso comparado con el de tus padres y tus abuelos, es distinto. El conjunto de microbios que llevas dentro ha cambiado hasta el punto de volverse irreconocible.
Como habitantes del siglo xxi, somos testigos de cambios alarmantes en el clima global: la acidificación de los océanos, la reducción de los arrecifes de coral, el retroceso de los casquetes polares, las sequías extremas, los incendios forestales, las inundaciones… Todo forma parte, por supuesto, del entorno cambiante de la Tierra bajo la influencia humana.
Si los humanos somos capaces de alterar océanos y polos, ¿podríamos estar provocando también cambios desastrosos en el ecosistema de nueve metros que constituye nuestro tracto gastrointestinal? Sin duda. De nuestra boca hacia abajo, se ha producido una catástrofe ambiental paralela. No hay huracanes, claro, pero las acciones humanas han alterado drásticamente el entorno microbiano interno, influyendo en asuntos como dónde se alojan los microbios y si sus subproductos tóxicos pueden contaminar nuestro sistema. No hace falta correr en busca de terrenos más altos: el equivalente gastrointestinal puede resultar igual de catastrófico.
El microbioma humano moderno guarda poca semejanza con el de los pequeños grupos aislados que aún llevan un estilo de vida cazador-recolector en África y Sudamérica. Se trata de los pocos pueblos que quedan cuyo modo de vida refleja cómo vivieron los humanos hace millones de años, sin exposición a antibióticos ni a otros factores modernos que alteran el microbioma. Los indígenas que viven de forma tradicional albergan especies microbianas que nosotros no tenemos, mientras que por nuestra parte hemos adquirido otras que ellos no poseen. Resulta revelador que la salud de los cazadores-recolectores con estos microbiomas prácticamente excluya las úlceras estomacales, el reflujo ácido, las hemorroides, el estreñimiento, el síndrome del intestino irritable, las enfermedades diverticulares, el cáncer de colon u otras sintomatologías que los antropólogos denominan «enfermedades de la civilización», tan frecuentes en el ser humano moderno.[1]
A lo largo de miles de generaciones humanas, los microorganismos han evolucionado para coexistir con nosotros, que somos sus anfitriones, en una relación tan estrecha e íntima que existen especies bacterianas que habitan únicamente en el tracto gastrointestinal humano, y no se encuentran en ningún otro lugar de la Tierra: ni en pantanos, ni bajo las rocas, ni en vertederos, solo en los nueve metros de longitud del tracto gastrointestinal humano. Estas criaturas lograron un equilibrio con la vida humana y se establecieron en nuestro interior.
A lo largo de las últimas décadas, sin embargo, esta coexistencia silenciosa se ha visto gravemente alterada. Se han perdido especies —lo que los microbiólogos denominan el «microbioma desaparecido»—, las especies antiguas han sido reemplazadas por otras nuevas, y los microbios que normalmente se asocian a infecciones ahora dominan el microbioma de muchas personas. En un número alarmante de seres humanos, los microbios se han asentado a lo largo de todo el tracto gastrointestinal, ascendiendo y generando una infección de un metro de largo, con intensa inflamación. Puedes experimentar este cambio de residencia como una erupción eccematosa persistente y molesta, o como una depresión que no responde a ningún antidepresivo que te receta el médico; la causa de origen es la vida y la reproducción de microbios a lo largo de tu tracto gastrointestinal.
Las comodidades modernas nos han alejado de la lucha cruda y desesperada que definió la vida humana durante los millones de años anteriores. Ya no llevamos pieles de animales que hemos cazado a la espalda y en los pies, sino ropa y zapatos confeccionados industrialmente. La carne llega a nuestros hogares sacrificada; las verduras se compran en bolsas de plástico o se sirven en un bufet de ensaladas, no se recolectan directamente de la tierra ni de plantas silvestres. Esta distancia respecto a la caza y la recolección ha dado lugar a un presente limpio, esterilizado, lleno de antibióticos y productos químicos industriales.
La comodidad, la comercialización de alimentos a gran escala y la ausencia de contacto con la sangre y la tierra han contribuido a una epidemia de salud silenciosa pero masiva. Muchos de nosotros nacimos por cesárea y nos alimentaron con fórmulas sintéticas que luego han derivado en alergias alimentarias, obesidad y enfermedades diverticulares. Sobrevivimos a infecciones urinarias o neumonías tomando antibióticos, solo para desarrollar colitis ulcerosa o comportamientos compulsivos meses o años después. Refrigeramos los alimentos para prolongar su vida útil, pero nos privamos del crecimiento fértil de los microorganismos que aparecen de manera natural en los alimentos fermentados, predisponiéndonos a enfermedades tiroideas autoinmunes y rosácea.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) llevan a cabo un seguimiento de las afecciones del tracto gastrointestinal y han indicado un aumento alarmante de casos de colitis ulcerosa en los últimos años, con un incremento del 50 % solo entre 1999 y 2015.[2] El cáncer de colon, que tiempo atrás se consideraba una enfermedad propia de gente mayor, afecta ahora a cada vez más individuos de treinta, cuarenta y cincuenta años, uno de los numerosos fenómenos tipo «canario en la mina» que apuntan a un cambio drástico en la salud humana, probablemente debido a alteraciones en el microbioma.[3]
Dado que los médicos no siempre son conscientes de esta crisis epidémica, continúan tratando los síntomas externos de la disbiosis con remedios convencionales —analgésicos, antiinflamatorios, antidepresivos, estatinas para el colesterol, estrategias de restricción alimentaria— o buscan manifestaciones tardías mediante pruebas como colonoscopias, mientras la enfermedad subyacente continúa sin detectarse ni corregirse. No identificar ni tratar esta disbiosis permite no solo que afecciones como la colitis ulcerosa y el cáncer de colon se propaguen sin control, además de que se produzcan múltiples consecuencias para la salud a largo plazo.
Arrojando luz sobre el intestino delgado
Las alteraciones del microbioma que experimentan la mayoría de los humanos contemporáneos suelen estar confinadas al colon, la última estación antes de que tú y yo digamos adiós a los restos no digeribles de alimentos y microbios que desechamos. Pero en muchas personas el problema se ha agravado de manera considerable. Una vez que las especies bacterianas dañinas dominan el colon, ascienden para colonizar el intestino delgado y terminan ocupando una parte o la totalidad de sus siete metros de longitud, desde el íleon hasta el yeyuno y el duodeno, además del estómago. Cuando se ve implicado todo el intestino delgado, los microbios hostiles pueden recorrer los nueve metros de tracto gastrointestinal. Las implicaciones para la salud de esta infestación, mucho más extendida, son graves: aumento de la inflamación intestinal y billones de microbios patógenos que viven, mueren y generan una carga aún mayor de subproductos tóxicos.
El intestino delgado ha sido un punto ciego en la atención médica, en gran parte debido a su inaccesibilidad. Durante una endoscopia superior, un gastroenterólogo puede visualizar el esófago, el estómago y el duodeno, pero rara vez llega más allá en el tracto gastrointestinal, debido a las numerosas curvas y a la longitud limitada del dispositivo, que suele medir poco más de un metro, con lo que el intestino delgado permanece oculto. De manera similar, durante una colonoscopia, un colonoscopio de un metro ochenta puede visualizar el metro y medio del colon hasta el ciego (un pequeño saco ciego que señala el inicio del colon), pero no más allá. Esto significa que no pueden visualizarse más de seis metros —superior a la longitud de tu coche— de intestino delgado entre el duodeno y el ciego. Esta circunstancia dificulta localizar, por ejemplo, fuentes de sangrado en el intestino delgado, a veces de solo dos milímetros, situadas a más de tres metros y medio del duodeno, tres metros y medio del ciego, y completamente inaccesibles para un endoscopio.
Durante muchos años se creyó que la disbiosis era un fenómeno limitado al colon. La composición de la flora intestinal suele determinarse a partir de una muestra de heces, un producto de desecho cuya composición se ve influida en gran medida por el microbioma del colon. Sin embargo, el intestino delgado es un punto caliente microbiano y un actor principal en el microbioma. Cuando los microbios disbióticos del colon ascienden al intestino delgado, generan las condiciones que originan el sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO) y el sobrecrecimiento fúngico del intestino delgado (SIFO): especies bacterianas y fúngicas indeseables que proliferan y ascienden hasta el intestino delgado.
Aunque el SIBO se identificó hace ochenta años, únicamente se detectaba mediante el examen de intestinos delgados extirpados de manera quirúrgica o en una autopsia, por lo que se consideraba una rareza presente solo en personas con enfermedades intestinales graves y potencialmente mortales. La disponibilidad del test respiratorio (que detallaré más adelante, incluyendo pruebas caseras que puedes realizar tú mismo), una técnica validada por investigadores como el doctor Mark Pimentel —experto en SIBO del Centro Médico Cedars-Sinaí, en Los Ángeles— que básicamente localiza los microbios en el tracto gastrointestinal, ha facilitado enormemente la detección del SIBO, superando así las limitaciones de las pruebas de heces y los endoscopios. En los diez y quince últimos años, las pruebas respiratorias han cambiado nuestra percepción del SIBO: ahora está claro que es mucho más común de lo que se creía.
De hecho, más adelante en este libro argumento que el SIBO está tan extendido que el número de personas afectadas supera al de las epidemias de diabetes tipo 2 y prediabetes, y todo ello ante los ojos de los médicos, sin mención alguna en titulares, hospitales o programas de bienestar en el trabajo. Creo que el SIBO es tan ubicuo que ya alcanza todos los niveles sociales, sin importar la geografía, el sexo, los ingresos o la edad. Si llevas zapatos o te cepillas los dientes, tienes muchas probabilidades de que este problema te afecte, perjudique tu salud, limite tus actividades cotidianas y frustre tus expectativas de sentirte bien.
El SIBO se manifiesta de maneras sorprendentemente variadas. Tanto el SIBO como, en menor medida, el SIFO pueden presentarse como dolores similares a los de la fibromialgia, urgencia intestinal del síndrome del intestino irritable, síndrome de piernas inquietas que interrumpe el sueño, cálculos biliares, intolerancias y alergias alimentarias, erupciones cutáneas, aislamiento social y sentimientos de odio, ansiedad o depresión, y cientos más de otras afecciones y situaciones sociales. Estas alteraciones microbianas también complican la diabetes tipo 2, la obesidad, los trastornos convulsivos y las enfermedades cardiacas y autoinmunes. Incluso pueden manifestarse en problemas cotidianos como la ansiedad, el eccema, el insomnio, el estreñimiento y los ciclos menstruales dolorosos. La evidencia apunta cada vez más al autismo y la menstruación prematura en niñas como parte de estos desequilibrios microbianos. Una vez que aprendas a reconocer las señales, empezarás a entender que los problemas de salud deben analizarse siempre a través de la lente de estas condiciones omnipresentes.
El análisis de secciones de intestino delgado extirpadas quirúrgicamente en pacientes con SIBO muestra que la presencia excesiva de especies bacterianas no saludables inflama la pared intestinal, puede causar ulceraciones (rupturas en la membrana mucosa), reduce la capacidad de las vellosidades para asimilar nutrientes y altera el proceso digestivo, lo que deriva en diarrea y mala absorción. La digestión deficiente de grasas y proteínas se ve especialmente afectada, dando lugar a algunas señales reveladoras de las que hablaré más adelante, como la presencia de gotas de grasa visibles en el inodoro tras las deposiciones, un indicador de que los microbios no saludables han bloqueado el proceso de digestión de las grasas en el intestino delgado.
Al igual que los humanos, las bacterias y los hongos viven y mueren. Aunque sus congéneres no celebren funerales ni erijan lápidas en sus tumbas, sus ciclos de vida se miden en horas o días, en lugar de décadas, lo que indica una tasa de renovación vertiginosa. Con tantos ciclos de vida y muerte en tu tracto gastrointestinal, que implican a billones de criaturas, ¿adónde van los subproductos tras su muerte? Sin testamento ni herencia que repartir, los restos de billones de microbios son reciclados por otros microbios, algunos de los cuales los metabolizas y otros los eliminas en el inodoro. Sin embargo, en la disbiosis, algunos desechos también invaden nuestro torrente sanguíneo y se «exportan» a otras partes del cuerpo. En 2007, un grupo de investigación francés describió este fenómeno crítico como «endotoxemia metabólica», y se ha descubierto que está vinculado a numerosas dolencias modernas, en especial las que propicia la inflamación, como la diabetes tipo 2, las cardiopatías y las enfermedades neurodegenerativas.[4] El principal responsable de la endotoxemia es el lipopolisacárido (LPS), que se origina en las paredes celulares de organismos como Escherichia coli (E. coli) y Klebsiella, comunes en el colon y las heces. Cuando esos microbios mueren, el contenido de sus paredes celulares se libera y, si la integridad de la pared intestinal se ve comprometida por especies patógenas, los LPS pueden atravesar la barrera intestinal hacia la sangre. Las consecuencias de la endotoxemia son especialmente graves cuando los nueve metros del tracto gastrointestinal están llenos de microbios dañinos.
Dado que los vasos sanguíneos que alimentan el tracto gastrointestinal drenan en la vena porta, que conduce al hígado, es este el primer órgano que recibe este aluvión de toxinas microbianas. La sangre procedente de un tracto gastrointestinal con SIBO contiene hasta diez veces más niveles de LPS que la de un tracto gastrointestinal sano. Tras pasar por el hígado, las toxinas microbianas entran en la circulación sistémica y se distribuyen por todos los órganos del cuerpo. Por ello, los billones de bacterias y hongos que habitan a lo largo del tracto gastrointestinal tienen un impacto en todos los órganos del cuerpo. Esto explica que, por ejemplo, la proliferación microbiana en el tracto gastrointestinal se manifieste como un hígado graso inflamado, rosácea en la piel, deterioro cognitivo progresivo o síndrome de piernas inquietas, fenómenos de salud que ocurren lejos de su origen microbiano. La medicina moderna resulta útil para aliviar mecánicamente los síntomas, como ritmos cardiacos anormales o dolor muscular y articular de la fibromialgia, pero no aborda la proliferación microbiana ni la endotoxemia que causan o agravan estas afecciones.
Etiquetar estas situaciones como SIBO y SIFO, sin embargo, infravalora el alcance de sus efectos en la salud. En lugar de denominarlo «sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado», deberíamos llamarlo simplemente «sobrecrecimiento bacteriano», porque sus efectos se propagan mucho más allá. Aunque no está tan omnipresente como el sobrecrecimiento bacteriano, el sobrecrecimiento fúngico también implica una proliferación y una expansión de especies fúngicas que, al igual que las bacterias, extienden sus efectos fuera del intestino delgado (exploraremos el sobrecrecimiento fúngico en el capítulo 7).

¿«Melancolía» bacteriana?
Hace años que sabemos que aproximadamente un tercio de las personas que sufren depresión —un síndrome potencialmente debilitante que a menudo responde mal a los antidepresivos— presentan niveles elevados de inflamación, como indican la proteína C reactiva y otros marcadores. Pero ¿cuál podría ser el origen de esa inflamación que conduce a la depresión en ausencia de síntomas tan evidentes como una rodilla roja e inflamada o una neumonía? Las personas con marcadores inflamatorios elevados y depresión son también las más propensas a mostrar resistencia a los fármacos antidepresivos.
En varios estudios clínicos, voluntarios sanos recibieron inyecciones de la endotoxina LPS derivada de las paredes celulares de bacterias. A las pocas horas de someterse a este aumento artificial de LPS, desarrollaron las emociones características de la depresión: estados de ánimo sombríos, ansiedad, pérdida de motivación, desinterés por las actividades cotidianas y deterioro de la función cognitiva. Las imágenes de su actividad cerebral revelaban todas las señales distintivas de la depresión.[5] La conclusión es clara: los productos de desecho bacteriano que entran en el torrente sanguíneo desempeñan un papel importante en el desarrollo de la depresión, especialmente la que no responde a los tratamientos convencionales. No es de extrañar que esto haya llevado a la industria farmacéutica a explorar la incorporación de distintos antiinflamatorios a los antidepresivos convencionales para bloquear algunos de estos mediadores inflamatorios, sin abordar una vez más la causa de la inflamación, es decir, los factores asociados al sobrecrecimiento bacteriano, y limitándose a tratar los síntomas.
Sin embargo, en estas observaciones se pasa por alto el hecho de que, al margen de las situaciones artificiales en las que se inyecta LPS directamente, los altos niveles de LPS que circulan por el torrente sanguíneo de muchas personas se originan en la sobrepoblación bacteriana que conduce a la endotoxemia. Creo que tiene mucho más sentido tratar las alteraciones en las poblaciones bacterianas saludables y equilibradas, así como la endotoxemia/exceso de LPS resultante, que centrarse en un síntoma posterior.

El SIBO y el SIFO son afecciones que muchos —yo incluido— solíamos descartar como poco comunes, incluso raras, pero que están demostrando ser —dada la evidencia científica, la amplia disponibilidad de pruebas de heces y los dispositivos de consumo directo que detectan las distintas formas de sobrecrecimiento microbiano— tan comunes como pedir servilletas de papel o esterillas de yoga por Amazon. Aunque pocos estadounidenses han oído hablar del SIBO y del SIFO, somos decenas de millones los afectados. Entre el 35 y el 84 % de los treinta y cinco millones de estadounidenses diagnosticados con síndrome del intestino irritable, así como el mismo número que permanece sin diagnóstico, pero soporta con resignación la urgencia intestinal y la hinchazón, padecen SIBO.[6] De los doce millones de estadounidenses que sufren el dolor y la incapacitación que conlleva la fibromialgia, hasta el cien por cien presenta el sobrecrecimiento bacteriano del SIBO; lo mismo ocurre con la mayoría de las personas con síndrome de piernas inquietas, hígado graso, enfermedades diverticulares, diversas intolerancias alimentarias, cálculos biliares, dolencias autoinmunes y neurodegenerativas, y diabetes tipo 2.[7], [8], [9], [10], [11], [12] El sobrecrecimiento bacteriano del SIBO también se encuentra presente en alrededor del 50 % de los ciento cincuenta millones de adultos estadounidenses con sobrepeso u obesidad.[13] Sabemos, asimismo, que aproximadamente un tercio de las personas con SIBO sufren a su vez SIFO.[14] Puede que este problema no sea visible ni genere titulares sensacionalistas, pero es un monstruo creado por la vida moderna y habita en los nueve metros de tu tracto gastrointestinal.
Si hacemos cuentas, aunque las epidemias de diabetes tipo 2 y prediabetes afectan ya a más de cien millones de estadounidenses, el número de personas con SIBO iguala o incluso supera esa cifra. Resulta inevitable que los críticos cuestionen estas estimaciones, pero la evidencia confirma que el sobrecrecimiento bacteriano y fúngico, así como las enfermedades relacionadas, son extremadamente comunes; en realidad, la excepción es tener una flora intestinal normal y saludable.
Esto supone un desafío sanitario sin precedentes. Mira a tu derecha, mira a tu izquierda, y verás como mínimo a una persona —y, probablemente, a varias— con este trastorno. Resulta difícil exagerar el poder de esta oleada de cambios en la fisiología humana y en la colaboración microbiana.
Pero, incluso si no sufres SIBO ni SIFO, es casi seguro que padezcas, al menos, disbiosis. Las alteraciones sustanciales en las especies bacterianas —y quizá fúngicas— que habitan tu colon tienen implicaciones para la salud, tanto si eres regular como si necesitas una montaña de revistas para evacuar con éxito.
Más allá de los productos tóxicos de desecho microbiano, incluso los propios microbios son capaces, en los peores escenarios, de invadir órganos donde no deberían estar. Elige un órgano al azar y podrás encontrar bacterias viviendo allí y ejerciendo particulares efectos sobre la salud. Por ejemplo, ahora sabemos que las bacterias presentes en el conducto y la vesícula biliar, por ejemplo, intervienen en la formación de cálculos biliares. Las especies bacterianas que ocupan estos lugares inesperados suelen ser especies como E. coli y otras del grupo Pseudomonas y Enterococcus, que normalmente se encuentran en el colon y las heces.
Se han recuperado bacterias y hongos no saludables de arterias, mamas, glándulas prostáticas e incluso en el cerebro humano, lo que supone una invasión microbiana cuyos efectos en la salud comenzamos a comprender.[15], [16], [17]
Al igual que las bacterias, hongos como Candida albicans, Candida glabrata y Malassezia pueden ascender por todo el tracto gastrointestinal y liberar sus productos tóxicos, que se distribuyen por el resto del cuerpo. En algunas personas, estos hongos logran escapar del tracto gastrointestinal y establecerse en otros lugares.14 Esto explica por qué quienes presentan sobrecrecimiento fúngico intestinal también suelen experimentar infecciones fúngicas en axilas, garganta, esófago, vagina, ingles y cerebro. Aunque menos estudiado que el sobrecrecimiento bacteriano, las implicaciones para la salud del sobrecrecimiento fúngico están demostrando ser mucho mayores de lo que se creía. El descubrimiento reciente de que las personas fallecidas por alzhéimer presentan tejido cerebral plagado de hongos —que es una observación de la que hablaremos más adelante— resulta especialmente preocupante.
No se trata de una infección en el sentido convencional, en la que una sola especie bacteriana o fúngica prolifera sin control, forma un absceso lleno de pus y daña el órgano. El SIBO se define más apropiadamente como una «infestación», es decir, una ocupación sin una toma absoluta del poder, como las hormigas en los armarios de tu cocina: no os expulsan a ti y a tu familia de casa, pero siguen siendo una molestia y echan a perder tu reserva de Oreos.
Por lo tanto, no se trata únicamente de una sobrepoblación microbiana. Los microbios presentes en el tracto gastrointestinal afectan a otros órganos del cuerpo mediante la propagación de sus productos tóxicos e incluso pueden invadirlos. En apenas dos generaciones —desde que estaban de moda los pantalones de campana y la abuela lamentaba la pérdida de la caballerosidad—, las especies de bacterias y hongos presentes en el tracto gastrointestinal humano han cambiado, la producción de sus subproductos se ha expandido exponencialmente y las consecuencias para nosotros como anfitriones se han vuelto mucho más serias. Por consiguiente, las reglas de interacción con ellos también deben cambiar.
Puede que los médicos no diagnostiquen la disbiosis, el SIBO y el SIFO; puede que no se hable de ellos en las noticias, ni se disparen las alarmas en las re
