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—Puede que esto lo alivie —dijo el desconocido, que se había acercado a la mesa del grupo y estaba poniéndole una mano en el hombro a Mark—. Solo respire hondo y cuente hasta cinco.
Llevaban viéndolo al menos tres días, sentado a una mesa que se hallaba frente a ellos, en una esquina de la terraza del restaurante, junto a la piscina del hotel. Siempre retraído, en ocasiones dispuesto a cruzar palabras amables con el camarero alto y canoso, por lo demás un hombre muy callado y reservado.
A pesar de sentarse siempre a solas, nunca llevaba nada para leer, tan solo una Moleskine verde, que dejaba abierta bocabajo, como una tienda de campaña en miniatura; una estilográfica negra, menuda y sin alfiler; y unas gafas, que lanzaba sobre la mesa sin importarle en absoluto cómo aterrizaran en el mantel, como aún negando que las necesitaba. Recién entrado en la sesentena, era elegante, esbelto, e irradiaba siempre buen ánimo en su chaqueta cruzada de sirsaca azul marino, camisa de lino y corbata gris plata, todo ello sin una arruga y rematado por un pañuelo de bolsillo de colores vivos.
Se lo habían cruzado varias veces por el vestíbulo o por la amplia terraza y habían empezado a elucubrar sobre él; seguramente pensaban que era el típico caballero italiano medio jubilado que había hecho fortuna en la vida y que elegía para sus vacaciones un balneario en la montaña o un resort de playa donde socializar un poco, jugar al bridge por la noche y conseguir, por unas semanas, alejarse de la esposa, la amante y los nietos. Este caballero, sin embargo, ni socializaba, ni jugaba al bridge, ni había ido allí por las aguas ni los barros, y, al contrario que los demás huéspedes del hotel, no paraba de pedirles a los camareros que bajaran el volumen de la música de Vivaldi, ya de por sí en sordina, que sonaba en la zona del comedor. En una ocasión, camino de la que normalmente era su mesa, había mirado al grupito de reojo e incluso había hecho una ligerísima inclinación, un saludo de pasada, sin pronunciar palabra. Ellos no le habían devuelto el gesto, pues esos modales del viejo mundo les resultaban demasiado fríos y formales y no sabían bien qué responder. Se habían limitado a dedicar a aquella figura una mirada inexpresiva y desconcertada, a hacer caso omiso del saludo distante y a no alentar lo que tuviera pensado hacer ese hombre.
—Te lo digo, ha estado estudiándonos —comentó uno de ellos.
—Es raro —coincidió otro.
La mesa del grupo era la más grande y ruidosa de la terraza del hotel y ocupaba buena parte del espacio cercado por la balaustrada con vistas a la playa y al puerto deportivo situado a la izquierda. Las primeras veces, en cuanto ellos aparecían, los camareros se apresuraban a juntarles tres mesas y cubrirlas con un largo mantel. Después, cuando todos terminaban de comer y se iban, los camareros quitaban el largo mantel, lo hacían una bola y separaban de nuevo las mesas. Al final, viendo que la pandilla nunca salía del hotel ni para desayunar ni para cenar, los camareros decidieron dejar las mesas juntas durante lo que le quedara de su estancia. Sin ser los únicos huéspedes estadounidenses, sí eran los más jóvenes y ruidosos. Cuando los dos guitarristas se acercaban a su mesa por las noches, las mujeres del grupo sonreían de oreja a oreja, se volvían para mirar a los músicos y reían mientras intentaban tararear al son de la música. El resto de los comensales hablaban en voz baja, comían muy despacio y bebían muchísimo menos. Los jóvenes estadounidenses eran los últimos en irse entrada la noche y, para cuando pedían los postres, las demás mesas estaban ya montadas para el desayuno del día siguiente.
Después de cenar, a la mayoría de los huéspedes mayores les gustaba pasar el rato arrellanados en la zona común no muy lejos del vestíbulo o jugando al bridge en la sala de juegos. Para estos, no se trataba de un alojamiento al que iban unos días, sino donde pasaban al menos tres semanas seguidas, socializando con los demás huéspedes que llevaban frecuentándolo años, si no décadas, y haciendo breves excursiones por los alrededores para luego volver a darse un baño rápido, seguido de unos cócteles poco cargados y una cena suntuosa. El chef, como el personal del hotel insistía en recordar a los jóvenes signori americani, era conocido en el mundo entero y había firmado tres recetarios superventas. Después de cenar, los de muy avanzada edad alargaban un agua mineral o una manzanilla en la galería cubierta o, por miedo a las corrientes, iban a resguardarse en la sala del té. Los jóvenes estadounidenses habían apodado a este subgrupo «el club de la calceta», porque dos de las ancianas estaban casi siempre haciendo punto, mientras que los hombres, que más tarde gustaban de trasladarse a la logia para discutir sobre el lamentable estado de la política italiana, se sentaban en corros de tres o cuatro hasta que se recogían cuando refrescaba un poco. Después de cenar, a los jóvenes estadounidenses les gustaba apiñarse en la pequeña zona de bar, que seguramente albergaba más ginebras y whiskies de malta que cualquier bar de lujo del Reino Unido.
—¿Creéis que las damas jugarán al gin rummy después de la cabezadita de la tarde? —se preguntó en alto Margot, una de las estadounidenses, que trabajaba en una galería de arte y que no solía tener reparos en despachar comentarios maliciosos sobre desconocidos.
Todos rieron.
—Sí, pero ¿tú sabes lo que les pasa a sus maridos? —preguntó Oscar, que era de origen chileno, había estudiado en Estados Unidos y tenía un sentido del humor muy cáustico.
Aguardó a que alguien aventurara una respuesta, pero, al ver que nadie lo hacía, no tuvo más remedio que sacar a colación el viejo chiste de por qué esos maridos siempre morían antes.
—¿Por qué mueren antes? —preguntó Margot, quitándole al otro la gorra de capitán y poniéndosela ella de cualquier manera.
—Porque quieren morirse —contestó su amigo.
El grupo volvió a estallar en risas. Margot se quedó mirando a las dos ancianas, que habían estado hablando de puntos de calceta, y les dedicó una indefinida sonrisa a larga distancia.
—Mira, de verdad, promete que me pegarás un tiro si acabo haciendo calceta en un hotel y bebiendo manzanilla recalentada cuando tenga ochenta años.
Dicho esto, le devolvió la gorra a su amigo, aunque, para fastidiarlo, le ladeó la visera a la izquierda. Este intentó ponérsela bien, pero ella le echó entonces la visera hacia la derecha.
—La gente mayor vive mucho más de la cuenta —sentenció la joven soltando ya la gorra.
Las dos pensionistas ignoraban que eran el blanco de tanto humor y, al captar las sonrisas de los jóvenes americanos que estaban al otro lado del comedor, intercambiaron gestos contenidos que bien podían pasar por saludos no verbales.
—Están viniéndose arriba—dijo Margot—. A las gallinas viejas es mejor no despertarlas.
—Otra vez con tus maldades —terció Mark, que era la voz de la razón del grupo.
La joven se contuvo y se quedó callada, pero luego, clavándole la vista de nuevo, respondió:
—Ya lo sé. —Al ver que nadie decía nada, añadió—: No, es que estaba acordándome de mi abuela, que tuvo la suerte de morir dormida. A mí me gustaría ahorrarme lo de hacerme vieja.
—Aun así —prosiguió Mark—, no deberías decir esas cosas. Mi abuela murió hace unas semanas y yo la quería mucho. —El joven siempre vestía alguna prenda u otra de tenis aunque no estuviera jugando. Ahora, por una lesión reciente, no paraba de frotarse el hombro.
El caballero bien trajeado, en cualquier caso, destacaba entre el resto de los huéspedes y parecía muy contento de que no perturbaran su soledad. Paul, que trabajaba para un congresista en la capital, se lo había cruzado por el espacioso vestíbulo del hotel y, sin saber por qué, lo había saludado con una sonrisa evasiva que no consiguió retirar a tiempo. El caballero le había respondido con un gesto de cabeza mecánico pero sin sonreír.
—Nos tiene manía y punto —dijo Mark.
—Podría ser uno de esos asesinos a sueldo que viven de lo que han ido acumulando en su cuenta de Suiza —comentó Margot.
—No, un asesino a sueldo en su último encargo.
—¿Y a quién va a matar?
—Puede que a uno de nosotros —contestó Paul.
—Yo le veo más un aire a pintor —aventuró Angelica, que siempre bajaba a comer con el bañador y el pareo traslúcido ya puestos.
—Podría ser.
—Parece demasiado anticuado para ser artista.
—A mí me da un poco de yuyu —admitió Margot.
Después de desayunar, el caballero se iba con el mismo sigilo con el que había llegado.
—Seguramente vaya a encontrarse con su topo.
—Del Mosad.
—¿Por qué del Mosad?
—Cara de judío y demasiado relamido para ser de familia rica. Tiene algo que me da mala espina.
—Otra vez con las maldades, Margot.
Pasada la cena, al caballero le gustaba sentarse él solo en la galería cubierta y fumarse un cigarro, a veces dos.
En la tercera noche lo vieron hacer algo insólito. Regresó adentro, se puso el bañador y bajó las escaleras que llevaban a la playa y al mar, donde empezó a nadar él solo en la oscuridad. Los estadounidenses no lo vieron volver por esas escaleras.
—Ya lo estoy viendo en el periódico: «Exasesino a sueldo se asesina a sí mismo».
—Para ya.
—No sé de qué va este tipo.
Todos coincidieron en que no sabían por dónde cogerlo, aunque en realidad tampoco se pararon mucho a pensarlo y acabaron olvidándose de él sin más. Al parecer solo les interesaba disfrutar del hotel y de la playa circundante. Por el día, les gustaba darse un baño y salir en barco, y dedicaban largas horas al desayuno, al almuerzo y a la cena, mientras que, por la noche, tras la escala de rigor en el bar del hotel, les gustaba salir de fiesta por alguna de las varias discotecas que poblaban las colinas.
De entrada, nadie del grupo supo por qué el hombre se había acercado a su mesa ni por qué había ido directo a Mark. Pero, antes de que pudieran entender nada, tenía puesta la palma de la mano en el hombro derecho de Mark; no se disculpó por la intromisión, no pidió permiso y ni tan siquiera titubeó a la hora de hacer lo que claramente era un gesto invasivo. Es más, lo poco que dijo lo dijo con la soltura y el aplomo naturales de quien lo había hecho muchas veces antes.
—Puede que esto lo alivie.
Pasmados ante el movimiento, los de la mesa se quedaron boquiabiertos mientras el caballero, que era diminuto en comparación con el joven deportista, decía:
—No, no se me mueva todavía, dele unos segundos. —Y al instante inició la cuenta atrás—: Cinco, cuatro, tres, dos, uno —contó antes de ir apartando poco a poco la mano—. Ya debería habérsele ido el dolor.
Mark, que tenía el hombro bastante resentido por una lesión en la pista, se quedó tan perplejo por la aparición del desconocido de barba blanca y chaqueta deportiva azul marino que no supo cómo reaccionar ni qué decir. Momentos después, sin embargo, se levantó y dijo:
—No me lo puedo creer.
Todos pensaron que se disponía a apartar de un empujón al desconocido o a pegarle un puñetazo en la cara. Pero en cambio se tocó el hombro derecho con la mano izquierda y se quedó masajeándose la zona como si intentara comprobar si realmente se había disipado el dolor o si solo había mudado de sitio.
—No siento nada de dolor, se ha ido totalmente —repitió con gran incredulidad.
Prosiguió con sus contorsiones para ver si tenía bien el cuello, la espalda, la nuca, mientras continuaba tratando de dilucidar cómo un dolor así, que hacía días que lo tenía impedido, podía haberse esfumado en cuestión de segundos solo porque el desconocido de la chaqueta azul marino se hubiera tomado la libertad de ponerle una mano en el hombro y hacer la cuenta atrás.
—Pero ¿adónde se ha ido el dolor? —preguntó volviéndose hacia sus amigos, como si ellos supieran más que él.
Seguía perplejo y no paraba de mirar a su alrededor y hacia atrás, como si alguien le hubiera birlado la cartera y estuviera a punto de lanzársela a otro huésped para hacer la gracia. Por un momento pareció estar pidiéndole al hombre que lo había curado que devolviera el dolor al sitio de donde lo había sacado.
Pero no el dolor ya no estaba.
—El dolor es un reptil muy pillo —comentó el desconocido—. Aparece de la nada, se te queda a vivir en el cuerpo el tiempo que a él le viene en gana, a veces toda la vida, y, si tienes suerte, se larga reptando sin despedirse siquiera.
Mark tuvo la momentánea sensación de que lo usaban sin su consentimiento como primo de un truco de salón. Alguien finge adivinar la carta que has cogido, pero tú sabes que es un truco. Serrará a una mujer en dos, pero ya lo has visto muchas veces. Te saca monedas de detrás de la oreja y tú te ríes como un crío de tres años, a pesar de saber que es todo una farsa. A veces alguien te hipnotiza y te hace decir cosas en público que no osarías ni susurrarte a ti mismo, pero eres todo el rato consciente de que es mentira. En un caso menos común, un mago explicará este truco a su público, y justo cuando todo el mundo crea haberlo pillado y esté deseando hacérselo a otra persona, oh sorpresa, resulta que también la explicación es un truco de salón y sales del espectáculo igual de ignorante que al entrar.
Aquello, no obstante, era real. Lo había dicho el hombre: el dolor no se había molestado ni en despedirse.
—Entonces ¿se me ha quitado de verdad de la buena? —preguntó Mark—. ¿O volverá cuando menos me lo espere?
El desconocido se quedó mirándolo con una sonrisa condescendiente, igual que debió de mirar Jesús a Lázaro cuando este se despertó de entre los muertos, como dando a entender: «Ten fe, hermano, puedes irte tranquilamente».
—¿Y puedo tirar las medicinas que me han hecho comprar en las últimas semanas?
—Puede tirarlas por el desagüe —dijo el desconocido con una risita asomándole a la voz—. Ya verá como estará bien, confíe en mí.
—¿Y esto lo hace usted… gratis? —quiso saber Mark, que empezaba a preocuparse de que le plantaran un recibo en la mano.
—Totalmente gratis —repitió el caballero—. Paga la casa.
—¿Sin consulta de seguimiento? —preguntó por último Mark, con la idea de ponerle algo de humor al asunto y no mostrarse totalmente humillado por la experiencia.
—Sin consulta de seguimiento.
—Entonces ¿ya está? —prosiguió incrédulo Mark.
—Ya está.
—¿De veras?
El hombre mayor se quedó mirándolo con ojos inquisitivos.
—Mire, no soy ningún charlatán de feria ni esto ha sido un espectáculo de magia —dijo por fin en un impecable inglés de Oxford con un mínimo rastro de acento hispano—. Desde mi mesa me pareció evidente que estaba usted dolorido, ahí retorciéndose y poniéndose tenso, y he querido aliviarlo. No hay más, se lo prometo.
Al notar el silencio plomizo que se hizo entre ambos, el desconocido pareció a punto de cuadrarse, dar media vuelta y regresar a su mesa cuando Mark lo invitó a unírseles para tomar una copa de vino y un postre. Quiso añadir unas palabras de agradecimiento, pero el caballero lo acalló con un gesto y un simple «encantado» a la invitación. Todos se apretaron a hacer hueco para una silla más, que el camarero alto acercó a la mesa.
—Será la segunda copa con postre que me tome. Intento no tomar más de una al día. —Les preguntó entonces qué los había llevado a aquel lugar.
La cuestión hizo reír a casi todo el grupo, mientras unos y otros repasaban la mesa para ver quién se animaba a contar la historia.
—Nos invitó a venir un amigo —contó por fin Basil, que era abogado en un gran bufete especializado en derecho societario—. Él fue quien alquiló el barco en el que hemos venido, pero en el último momento tuvo que quedarse en Nueva York y no pudo volar con nosotros hasta Lisboa. Así que el barco nos recogió en Lisboa y hemos estado navegando desde entonces, a ver si, con suerte, él puede unirse en algún momento.
—Pero ¿por qué aquí? —preguntó el desconocido.
—Por lo visto, algo le pasa al motor y por eso hemos tenido que hacer una pequeña escala. Los mecánicos nos han dicho que están intentando repararlo, pero, si le soy sincero, estar aquí en este hotel, con esta playa y a gastos pagados, es una auténtica fantasía. A mí personalmente me da bastante igual lo que tarden en repararlo.
—Lo mismo digo —intervino Emma—. Con o sin avería, me siento muy tentada de deshacer las maletas, instalarme y vivir el resto de mi vida con mis pinceles, mis lienzos y estas bonitas vistas lejos de Nueva York y de todo hombre de nuestra especie. —Tras una pausa añadió—: Yo soy Emma.
—Parecen ustedes amigos del alma en un crucero de lujo privado. —Envidiaba su camaradería, añadió.
—Bueno, es que nos licenciamos todos hace diez años e hicimos un juramento.
—¿Qué juramento?
—Que el primero que se hiciera rico alquilaría un barco e invitaría a los demás a un crucero. Ninguno de nosotros ha ganado millones, pero Malcolm sí, y ha querido cumplir su promesa.
—Solo que él no ha venido porque está trabajando.
—Solo que él no ha venido porque está trabajando —repitió Angelica con un deje irónico, como si reprochara a Malcolm dedicarse demasiado a sus millones cuando había otras cosas mejores en la vida—. Pero cuéntenos quién es usted —pidió.
—Me llamo Raúl.
Siguió una ronda de presentaciones y apretones de mano: Mark, Basil, Emma, Claire, Angelica, Paul, Margot y Oscar. Eran ocho a la mesa, por lo que Basil estaba seguro de que Raúl no se acordaría de los nombres. Pero el hombre les estrechó las manos a todos haciendo ver que prestaba atención a cada nombre. ¿Cuánto tiempo llevaba en el hotel?, quiso saber Mark. Diez días. ¿De dónde era? Era de origen peruano, pero había estudiado en Inglaterra y Francia, así como en Estados Unidos. ¿Era su primera vez allí? No, llevaba yendo allí prácticamente todos los veranos desde su más tierna infancia; tenía todavía una casa en la colina, pero nunca dormía en ella porque se la tenía alquilada a una amiga de la familia. ¿Adónde iría después? De vuelta a Francia, les contó.
—Pero estoy más o menos apegado a este sitio —explicó.
—¿Más o menos apegado? —bromeó Margot, utilizando las palabras del hombre—. ¿Qué significa eso exactamente? O se está apegado o no se está.
Raúl se volvió para mirarla y le dedicó una amplia sonrisa, divertido casi por la pulla gratuita.
—Supongo que estoy más apegado de lo que me gustaría reconocer. —No pareció molestarlo que lo pincharan, y también era cierto que Margot tenía un talante chispeante capaz de abrir hasta la puerta más atascada.
—¿Cómo que más apegado de lo que le gustaría reconocer? —preguntó perpleja Margot, que repetía las palabras del otro pero a la vez, al advertir su vaguedad, aprovechaba toda oportunidad para obligarlo a decir realmente lo que quería decir.
—No haga caso de sus modales —terció Emma—. Como empiece, ya no hay quien la frene. Lo quiere marear.
—A mí eso me gusta. Puede que incluso consiga sonsacarme más de lo que le contaría a una perfecta desconocida.
—De perfecta tengo poco —soltó Margot—, cualquiera de esta mesa puede decírselo.
El hombre volvió a mirarla, a sonreír, no dijo nada de entrada, y, luego, en voz baja, añadió:
—Pero sí que es perfecta, y además lo sabe. Aunque tal vez se equivoque usted en algo.
—¿Y eso?
—No es ninguna desconocida. —Por la repentina expresión en la cara de la joven, Raúl debió de intuir que sus palabras la habían dejado descolocada.
—Ah, ¿y de qué nos conocemos entonces? —preguntó Margot con una sonrisa nerviosa y titubeante; por la cara que estaba poniendo, parecía querer ayudar al hombre a cavar su propia tumba—. Hace días que nos observa, así que es normal que sepa algunas cosas sobre nosotros.
—No me es conocida por eso.
Margot se cuadró de hombros.
—Bueno, pues cuéntenos entonces —contestó dedicándole una sonrisa instigadora.
—Se ve que os lo estáis pasando bien —comentó Oscar—. ¿Cuándo fue la última vez que vimos sonreír a Margot
