Una casa para mi madre

Cheikh Kane
María Albarral

Fragmento

1. Un martes sin año

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Un martes sin año

Llegué a este mundo en la ciudad de Touba un martes de no sé qué día ni qué año. Allí las mujeres alumbran en cualquier rincón de la casa y los bebés no se registran. Mi padre, Ibrahima, tiene cuatro esposas y por aquel entonces mi madre era la tercera, así que ya nací con mediohermanos mayores que yo. Es frecuente que ellas coincidan en sus embarazos y no se lleve la cuenta de la edad de cada hijo, que suele calcularse por el aspecto. Por eso, no puedo saber la mía con exactitud.

Mbali, que así se llama mi mamá, se divorció cuando yo apenas tenía tres meses y se vio obligada a marcharse de la casa dejándome allí, porque en Senegal los niños pertenecemos a nuestros padres, especialmente si somos varones. Crecí pensando que era hijo de la primera mujer de mi padre, Fatumata, y sufría mucho al ver que no me quería como a mis hermanos. No me dedicaba ni una sola palabra de cariño y siempre que había un conflicto en casa el culpable era yo. Las esposas de papá me castigaban y humillaban. En aquel momento lo ignoraba, pero esa marginación respondía a que no nos unían lazos de sangre. Cada una miraba por sus hijos propios y yo no tenía a mi lado una madre que me defendiera. Mi padre se tiraba largas temporadas lejos de casa trabajando y siempre me quedaba bajo el cuidado de ellas.

Me convertí en un niño triste y apagado. Pasaba horas y horas solo y apartado en una esquina del salón. Había días en los que ni siquiera quería salir de la pena que sentía. Al final, acababan echándome a la calle para quitarme de en medio. Me sentía un estorbo dondequiera que fuera.

Aun así, intentaba hacer cosas con el resto de los niños del barrio. Mi primer recuerdo es un partido de fútbol. Construimos una pelota con bolsas de plástico anudadas y jugamos con ella todos juntos. Por la mañana tomábamos un poco de pan y agua para desayunar y, con suerte, alguna galleta. Luego nos íbamos todos a la calle y, como no había relojes, calculábamos más o menos la hora de la comida para volver a casa. Evidentemente, si me despistaba y llegaba tarde para el almuerzo, me quedaba sin ración, cosa que no les ocurría a mis hermanos porque sus madres les guardaban la comida.

Cuando hay necesidad, se sacan las garras para alimentar a las crías. Mi problema es que nadie las sacaba por mí. Si un día había poca comida o me distraía jugando en la calle, estaba claro que el que se quedaba sin comer era yo, puesto que mis hermanos tenían preferencia. Solo si le sobraba al mayor, Ousman, que padece parálisis cerebral, entonces sí podía tomar bocado de su plato, ya que a todos les daba asco. Normal, a mí también me daba, pero no tenía opción.

En África a los enfermos mentales no se les trata como en España porque ni tan siquiera existe ese concepto. Antiguamente se pensaba que este tipo de niños estaban poseídos por el demonio y se les abandonaba a su suerte a las afueras del pueblo, pero hoy sí los cuidan las madres, aunque se encuentran apartados del resto de los hermanos. Cuando era pequeño, me daba miedo acercarme a él por los ruidos que hacía y por cómo se le ponían los ojos en blanco.

Recuerdo más de una vez comer con arcadas. En casa solíamos tomar arroz a diario. Era común sentarme solo en el escalón que da al patio y empezar a meterme en la boca pequeños puñados fríos intentando no pensar en la imagen de mi hermano soltando babas encima del plato. Tenía tantísima hambre que no podía permitirme el lujo de rechazarlo. Aun así, en el barrio nos sentíamos unos privilegiados porque mi padre era un buen comerciante y teníamos más recursos que otras familias. El problema es que hasta los más acomodados pasan hambre en Touba.

Esa necesidad me hacía comer lo que hiciera falta porque ningún día teníamos asegurado el alimento. Tú comes hoy, pero no sabes si vas a hacerlo mañana. El hambre duele. El hambre te destruye. El hambre mata. El estómago se te pega a la columna y te dan ganas de vomitar constantemente. La visión va y viene. La boca se reseca y ni el agua te quita esa sed.

En aquella casa solo mi abuela paterna, Safiya, me prestaba atención. La adoraba. En mi cultura las abuelas son semidiosas, las reinas de la familia y todo lo mejor que haya en comida o ropa es para ellas.

«Cheikh, ven a mi habitación y hazme un masaje en los pies», me decía muchas veces. Yo iba corriendo, sabía que esa era la clave para darme comida a escondidas. Siempre que cocinaban mafé, pollo a la parrilla con crema de cacahuete, me guardaba una porción porque sabía que era mi plato favorito. Lo mismo pasaba con la fataya, una empanadilla picante rellena de pescado que me volvía loco. Safiya no podía darme de comer a menudo, pero cuando veía la ocasión, lo hacía. Eso sí, siempre pendiente de sus nueras, porque enfrentarse a ellas habría desatado el infierno en la casa.

A mi abuela se le habían caído la mayoría de los dientes y su pelo era totalmente blanco. A veces bromeaba con cogerla en brazos como si fuera un bebé y ella se echaba a reír a carcajadas. Acostumbraba a vestir de muchos colores, era muy risueña y tenía un enorme sentido del humor. Nos llevábamos de maravilla.

«Abuela, ven que te meto en el bolsillo», le bromeaba por su estatura tan bajita. «Adja, corre con tu mamá», le repetía otras veces comparándola con mi hermana pequeña y haciendo como que la confundía con la nieta.

«Siempre me haces reír, Cheikh», me decía continuamente. Para mí ese era el mejor premio que podía recibir.

Solía sentarse en una silla en el patio y yo me ponía en el suelo con la cabeza apoyada en sus rodillas para que empezara la cacería de insectos escondidos entre mi pelo afro. De no ser por ella, me habrían comido los piojos. Muchas veces se me quedaba mirando fijamente.

—Esos ojos grandes y rasgados los has heredado de mi padre. Sabes hablar con ellos —me dijo un día.

Ella era la única persona que me hacía sentir algo bonito.

Mis hermanos eran crueles conmigo. Con cinco o seis años empezaron a decirme que no era hijo de mi madre, que a mí me había parido una puta y me había abandonado, que mis padres se habían divorciado, que no valía nada porque nadie me quería. Fatumata no le daba importancia a eso, tampoco los regañaba ni lo desmentía. Durante años me dejó con ese tormento.

La mentalidad en Touba no tiene nada que ver con la de ninguna ciudad de España, ni tan siquiera de Senegal. Aunque pertenece al país, es una ciudad privada fundada por el líder religioso Ahmadou Bamba, quien luchaba contra el colonialismo francés de manera pacífica. Acabaron echándolo de Dakar y lo desterraron en el interior del país, ordenándole que no se moviera de aquella tierra que pasó a ser de su propiedad. Y así lo hizo. Lo que no contaron los colonos de aquel entonces es que todos aquellos que creían en su palabra iban a acabar siguiéndole y construyendo una ciudad en aquel punto de destierro hace ya ciento cuarenta años. Además de Touba, nació así el muridismo, una de las corrientes más puras del islam. Toda la gente que seguía a Ahmadou Bamba y se instalaba en ese lugar lo hacía para rezar y aprender el Corán. Yo nunca he estudiado historia, ni geografía ni absolutamente ninguna asignatura, pero todos nos sabemos de principio a fin cada paso de la fundación de la ciudad que se ha convertido en la segunda más grande de Senegal, detrás de la capital.

La religión es el pilar fundamental en nuestras vidas. En Touba está completamente prohibido beber alcohol o fumar, por eso no hay hoteles, porque ni a los turistas se les consiente. La tierra no pertenece a la gente que vive allí, es de la familia de Ahmadou Bamba, que te otorga el permiso para poder residir con ellos. Pagas una cantidad por esa licencia y luego te construyes tu casa, pero el suelo nunca pasa a ser tuyo.

La mezquita es una de las más importantes de África y la buena moral se lleva a rajatabla. Quien se salta estas reglas de la decencia está condenado a la marginación, la misma que me ha perseguido siempre por ser hijo de una divorciada.

La casa de mi padre tiene seis habitaciones, una para cada una de sus esposas, otra para mi abuela y una muy pequeña donde estaba Ousman. El resto de los hermanos dormíamos todos en una esterilla en el suelo del salón. Somos catorce hijos, por lo que había que apretarse y acostumbrarse a los ruidos, las charlas nocturnas y los ronquidos. Los negocios de papá nos permitían disponer de un techo, pero, aun así, con tanta gente era imposible contar con un espacio para ti y nos veíamos obligados a compartir.

En nuestro hogar había una ducha y podíamos asearnos. No teníamos apenas ropa. Lo normal era tener una camiseta grande de las que llegan a los tobillos e ir creciendo dentro de ella. Pero, a pesar de eso, nos sentíamos afortunados si nos comparábamos con el resto de los niños. Tampoco llevábamos zapatos. Rara vez los hemos tenido.

A los cinco años llegó el momento ineludible para todos los varones: debía ir a la daara a estudiar el Corán. Los hombres estamos obligados a sabernos el libro sagrado y nos internan en esta escuela coránica hasta que lo aprendemos. Los primeros años sí se podía volver a casa los jueves y viernes, pero después había que quedarse allí hasta terminar los estudios. Esos encierros se me hicieron eternos. No existía forma de bañarnos y podíamos pasar siete u ocho meses sin que nuestro cuerpo viera el agua y sin cambiarnos la muda. Los chinches se metían por las costuras y nos picaban.

Los niños dormíamos todos juntos en el suelo y, si bien ya es difícil en tu casa con tus hermanos, en este entorno se hacía todavía más complicado. Era habitual compartir habitación con otros cincuenta chicos y resultaba casi imposible estirar las piernas o cambiar de postura. Las patadas y codazos que nos dábamos los unos a los otros mientras dormíamos en medio de la noche nos parecía de lo más normal; estábamos tan acostumbrados que ni nos dolían. Estos cuartos eran enanos y no tenían absolutamente nada más allá del suelo que, además, era de tierra. Así vivíamos alrededor de quinientos niños en un entorno donde la basura se acumulaba por todas partes. No teníamos nada para comer y nos dejaban un rato al día para que fuéramos a mendigar por las calles a conseguir alimento. Subsistíamos de la caridad de los vecinos.

A los maestros de las daaras se los conoce como marabús. Ellos son los encargados de enseñarnos el libro sagrado y de imponernos la moral. El gran problema es que lo imparten a la fuerza. Más te valía afinar la memoria y aprenderte bien el Corán porque, como te equivocaras lo más mínimo, sacaban un palo para ayudarte a recordar la lección a golpes.

La escuela estaba cercada con muros de hormigón y contaba con un portón de barrotes de acero. Teníamos prohibido escaparnos y, aun así, unos cuantos lo hicimos en alguna que otra ocasión, aunque las consecuencias eran terribles.

Mi primera huida fue al año de estar allí. Al llegar a casa me volvieron a llevar —era mi obligación acabar los estudios— y, como castigo, mi marabú me pegó una paliza. Me ataron con unos grilletes a un compañero de mi misma edad al que también habían pillado huyendo y estuvimos unidos por los tobillos durante un año sin salir de la escuela.

Lo peor de todo esto es que en la daara no nos alimentaban y, si estabas inmovilizado y encerrado, tampoco podías salir y, por lo tanto, no comías. Dependías de que tus compañeros te trajeran algo para sobrevivir. Una vez que los maestros ven que te has arrepentido y vuelven a confiar en ti, te desatan. Pero esos meses fueron horribles.

Al menos tuve la suerte de congeniar con el niño con el que me encadenaron, Paba, quien con los años se convertiría en más que un hermano para mí. Estábamos las veinticuatro horas juntos y habíamos aprendido a andar al mismo ritmo para no tropezarnos. A él le molestaba que yo me moviera mucho por las noches y a mí que estaba siempre cagando, pero, aun así, éramos los mejores amigos.

Algunos compañeros tenían la suerte de recibir a su familia, que les traían comida o ropa, pero ni en mi caso ni en el de Paba nos pasaba eso. La familia de mi amigo había caído en desgracia desde el día que pillaron a su padre borracho en la ciudad de Mbacké. Un comerciante lo vio y llegó a Touba con el chisme. A partir de entonces lo desterraron y su mamá se quedó sola con tres hijos. A Paba, que era el mayor, lo metieron en la daara y nunca nadie se preocupó por saber cómo estaba. Ni sus abuelos ni sus tíos ni su propia madre preguntaban por él. Llevaba encima el estigma de su padre: al ser un varón todos pensaban que acabaría alcohólico y renegaron de él antes de que nadie los pudiera relacionar y volvieran a pasar por ese tipo de vergüenza. Creció en la más absoluta amargura y salir de la escuela e irse para siempre lejos de allí se convirtió en su única obsesión.

Quienes nos teníamos que quedar internados en la daara los días de descanso porque estábamos castigados salíamos corriendo por las mañanas a intentar ponernos los primeros en el portón que daba a la calle, donde podíamos asomarnos entre sus barrotes y pedir dinero o comida.

A los siete años, recuerdo un viernes en el que Paba y yo nos coordinamos de tal manera para correr que logramos ese primer ansiado puesto que nos mantenía entretenidos y con la posibilidad de conseguir un bocado. Ese día vimos acercarse a una mujer espectacular a lo lejos.

«¡Qué guapa!», «¡Cómo anda!», «¡Viene hacia aquí!», gritamos los niños emocionados al comprobar que aquella belleza se dirigía hacia nosotros. Llevaba puesto un vestido de colores vivos y un turbante en la cabeza que hacía que su cara luciera aún más bonita. Tenía la cadera ancha y la iba moviendo de un lado a otro como si estuviera bailando.

Me sentía un privilegiado de haber pillado primera fila en la puerta justo ese día. La mujer venía cargada de bolsas y, cuando llegó hasta donde estábamos nosotros, las soltó en el suelo. Se incorporó e, incomprensiblemente, se dirigió a mí lanzándome una sonrisa que le dibujaba dos hoyos preciosos en las mejillas. Antes de hablar se quedó unos segundos mirándome de manera profunda a los ojos.

—¿Qué tal estás, Cheikh? Soy Mbali, tu madre —me dijo mientras me acariciaba la cara.

Me quedé casi sin habla. No comprendía nada en absoluto.

—Mi madre se llama Fatumata y está en mi casa con mis hermanos —corregí.

—Ella no es tu verdadera madre. Me tuve que ir de casa de tu padre cuando nos divorciamos. Por favor, llamad a un marabú que venga a abrirme la puerta —pidió a mis compañeros.

El corazón me latía como si se me fuera a escapar del pecho. Me quedé mirándola fijamente, y en cuestión de segundos se pasaron por mi cabeza todos los insultos y vejaciones que durante años me habían hecho mis hermanos. Pero… ¿cómo era posible? ¡No podía ser verdad! Mi madre me lo habría dicho. Aunque, pensándolo bien, tampoco los regañaba nunca ni desmentía nada. ¿Sería yo el hijo de una divorciada?

Llegó el maestro Abdulah y abrió el portón para que entrara aquella mujer que decía ser mi madre. Me desató de Paba y me pidió que le siguiera. Nos adentramos hasta lo más profundo de la daara, donde había una pequeña habitación con tan solo una cama. Parecía una prisión. El maestro se sentó en el camastro y nosotros en el suelo, uno a cada lado de él.

—Cheikh, efectivamente esta señora es tu mamá —dijo de manera rotunda. Recuerdo que no sabía si reír o llorar, si hablar o callarme, si alegrarme o sumirme en la más grande de las tristezas.

—Quiero que sepas que siempre te he querido y cada día de mi vida he soñado con volverte a ver. No podía visitarte porque tengo la entrada prohibida a esa casa. Acabé muy mal con las otras esposas de tu padre. Por eso me vi obligada a irme. Pero a partir de ahora no tienes nada que temer y nada te faltará. Aquí sí puedo venir a verte y poco a poco nos iremos conociendo. En cuanto me enteré de que estabas en la daara, llamé por teléfono para hablar con tus maestros y han sido muy amables al darme la oportunidad de acercarme a ti. Sabía que eras tú desde que te he visto a lo lejos. Llevo siete años sin verte, pero el corazón de una madre nunca se equivoca.

No se me borra de la cabeza la lágrima que se me derramó abriéndose camino en mi mejilla hasta caer y mojar el suelo de albero de la daara. Estaba inmovilizado. No era capaz de articular palabra ni para bien ni para mal. Mi madre empezó a abrir las bolsas que traía y a sacar regalos. Comida, unos zapatos y un conjunto de camiseta y pantalón nuevos. Llevaba meses descalzo y sin cambiarme de ropa.

—Le ruego que le dé una oportunidad a mi hijo y lo desate. Él ya no va a volver a escaparse —pidió mamá al maestro—. Y tú, cariño —dijo dirigiendo sus enormes ojos negros hacia mí—, pórtate bien y demuéstrale que puede confiar en ti.

Aquel día fui el protagonista absoluto de la daara. Cuando salimos del cuarto, el marabú y yo acompañamos a mi madre hasta el portón en un camino glorioso en el que escuchaba los comentarios de los niños que se morían de la envidia.

«¡Qué cabrón, con ropa nueva!», «¡Qué guapa su mamá!», «¡Qué suerte!», escuchaba a mi paso. Me despedí de ella y el maestro volvió a atarme a Paba. La vi alejarse a lo lejos y me sentí lleno de emoción. A los pocos días nos quitaron los grilletes.

La primera vez que pude salir de la daara tras el largo castigo aproveché para ir a casa a ver a la que hasta entonces consideraba mi madre. Llegué nervioso y llamándola. Estaba en el patio y entró al salón ante mis voces.

—¿Ya te desataron? —preguntó desde la puerta.

Sin pensármelo, me abalancé hacia a ella y la abracé llorando.

—Mamá, ha venido una mujer a la daara y dice que es mi madre verdadera.

—¿Mbali ha estado en la daara? —cuestionó sorprendida.

En ese mismo momento me di cuenta de que toda aquella historia que aún no acababa de creerme era cierta.

—Sí —dije mientras me separaba de ella lentamente.

—Entonces ya sabes la verdad.

Exploté a llorar aún más fuerte. El corazón se me partió en dos. Aunque me sentía feliz porque esa mujer tan elegante y cargada de regalos fuera la persona que me trajo al mundo, el pecho se me encogía de pensar que mi mamá realmente no lo era.

—No le des más importancia. ¡Y no llores tan alto que te van a oír los vecinos!

Las otras mujeres de mi padre, que también estaban en el patio, se asomaron al salón al escucharme. Ninguna de ellas, incluida la que hasta entonces consideraba mi madre, se acercó a consolarme. Salieron por la misma puerta que habían entrado. Me quedé solo en el suelo abrazado a mis rodillas hasta que me venció el llanto.

2

El hijo de la divorciada

Fatumata es mayor que mi madre y se casó con mi padre en sus primeros años de juventud siendo virgen, algo muy importante en Senegal, ya que llegar pura al matrimonio es una señal de respeto al marido. Suele ser muy escandalosa y su voz provoca dolor de cabeza. De carácter frío, rara vez puedes verla derramar una lágrima. Su primer hijo, Ousman, nació con parálisis cerebral y eso le agrió aún más el carácter.

Físicamente es muy alta y tiene un culo enorme y muy desproporcionado con el resto del cuerpo. Muchos niños del barrio se reían de ella por eso, y yo me pegaba con ellos porque no quería que se metieran con la que por aquel entonces creía que era mi madre. «El marido le llega al ombligo», decían con maldad.

Al ser la primera esposa de mi padre siempre se ha sentido con el derecho de organizar la casa e imponer sus normas.

Awa, la segunda mujer, llegó al hogar cuando ya habían nacido mis dos primeros mediohermanos. Es agresiva y le dan brotes de histeria, pero fue bien recibida en la casa por el resto de los miembros. Al contrario que Fatumata, suele estar en silencio y solo abre la boca para criticar y hacer daño. Tiene el corazón muy negro, tanto como sus ojos, que, a pesar de ser grandes con pestañas alargadas, desprenden esa podredumbre que acoge en el alma. Esa boca que tantos insultos me lanzó a lo largo de mi vida apenas puede guardar los dientes.

Ella tampoco había conocido en la intimidad a ningún hombre, al igual que Nala, la cuarta esposa. La única de las mujeres de mi padre que había tenido un matrimonio anterior y una hija era mi madre.

Cuando se separó, se vio forzada a dejar a mi mediohermana Aminata en la casa paterna. A la tristeza de alejarse de su niña, sumó el rechazo de su familia que no la volvió a aceptar en la casa por haberlos deshonrado. No le quedó más remedio que buscar otro marido para subsistir.

Ahí fue cuando su primo lejano, Ibrahima, mi padre, entró en acción y le propuso matrimonio. Él estaba enamorado de ella desde adolescente y aprovechó las circunstancias para ofrecerle un hogar.

Pero las cosas no iban a resultar tan fáciles. Mi madre era una mujer espectacularmente guapa y sensual que levantó las envidias de las dos primeras mujeres de mi padre. Sus caderas anchas, el estilo al lucir la ropa, la sonrisa de dientes perfectamente alineados y la mirada profunda las tenían atormentadas. La diferencia física era abismal y eso las torturaba. Siempre fue la favorita de mi papá.

Desde el primer día empezaron a meterse con ella y a faltarle al respeto. Ambas se sentían superiores por no haber conocido en la cama a otro hombre. «Puta», «zorra» y «guarra» eran las palabras que solían usar para dirigirse a ella. La convivencia se hacía insoportable. Intentaban dejarla en evidencia delante de mi padre, malmetían con la suegra y las cuñadas y pusieron en su contra a todo el vecindario. Una divorciada representa lo peor que hay en Touba. Además, la separación siempre es culpa de la mujer porque, aunque sufra maltrato, al dejar al marido se convierte en una insumisa.

Las vejaciones fueron constantes durante el tiempo que estuvo casada.

«Ibrahima duerme más en tu habitación porque sabe que eres mujer experta en dar placer, pero no te quiere y nunca va a querer a una prostituta en su corazón», decían a dúo la dos resentidas.

Mi madre me contó esto y otras tantas torturas una vez en la daara para que yo comprendiera que no me abandonó, que se fue porque le resultaba imposible seguir viviendo así. Recuerdo que aquel día hacía un calor horrible y no sabía si el sabor salado que me llegaba a la boca procedía de mis lágrimas o del sudor.

—Solo tenías tres meses cuando me sentí obligada a marcharme y me prohibieron volver a verte. Habría sido un error quedarme y que tú pagaras todo ese odio —confesó—. Pensé que, siendo un bebé, ellas te criarían como hijo propio y no te volcarían esos celos enfermizos que manifestaban hacia mí.

—Pues no fue así, madre —contesté—. Siempre me apartaron. Sufrí mucho viendo cómo al único de la casa al que pegaban era a mí y cómo me trataban diferente. Pero lo importante es que ahora ya estamos juntos y sé que, al igual que mis hermanos, yo también tengo una mamá que me quiere.

—¡Malditas sean! —exclamó repleta de rabiaâ€

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