Sin ti

Ester Invernon Cirera

Fragmento

1

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Nueva York, 19.33 h del 4 de mayo de 2022

Cuando ayer por la tarde llegó a Nueva York, Raquel se fue directa a la oficina. No pasó por el hotel para ducharse, ponerse ropa limpia y tres gotas de perfume que la liberasen del olor a humanidad contenida, refritos y desinfectante de la cola de inmigración. Ya no lo hace. Últimamente la tentación de enfundarse el pijama, pedirse una copa y arrastrarse por la habitación hasta una hora decente para meterse en la cama la seduce hasta límites incontrolables. Y luego, al día siguiente, al incordio de lidiar con la diferencia horaria, tiene que sumarle el cabreo consigo misma por todo el tiempo perdido y la certeza ingrata y desoladora de la incapacidad.

«Puto jet lag…». A los treinta, esto no le pasaba; tampoco a los cuarenta y cinco.

Ella es así, de ir al lío y dejarse de hostias. Currar, currar y currar es lo que le funciona, o lo que le funcionaba hasta hace poco. Ahora son demasiados los días que se comería sus palabras. Sobre todo este primer día de viaje, que es el peor. No para de venirle a la mente Laura cuando le hablaba de todos los daños colaterales de hacerse mayor… Laura la conoce tanto… Incluso la forma en que se lo decía podía llevar a pensar que la excluía, no fuese que su hermanita pudiese llegar a sentirse igual de frágil y vulnerable que el resto de las féminas mortales. Y ella, ¡claro!, ilusa, como con tantas otras cosas, se creía inmune. Libre y también soberbia, muy soberbia. «Eso a mí no me pasará», se decía, incluso se cachondeaba.

Y no es solo el primer día, también le pasa en casa, e incluso si lleva semanas en un país; todo cuesta: cuesta dormir, cuesta levantarse, cuesta concentrarse… Cuesta la vida. Ahora le daría la razón a Laura. Y ella no le diría: «Ya te lo dije».

Tampoco se ha recuperado de lo que le pasó ayer. No había pegado ojo en todo el vuelo y no llevaba ni media hora en la oficina cuando se le escapó un grito aterrador que le salió del alma. Llegó a pensar que se trataba de un ataque de ansiedad; la rasgaba por dentro, como si una fiera salvaje le royese las entrañas. Rugía en su interior un dolor virulento como el quejido de un animal herido de muerte. Después llegó el vértigo, tan intenso que le producía arcadas; vomitó todos los cafés y el agua que había tomado. Y las náuseas continuaron durante buena parte del día, absolutamente anegadas en una bilis amarilla y amarga. También sentía un dolor lacerante en todo el cuerpo que hoy aún no ha acabado de irse y que se ha quedado como una desazón asfixiante clavada en la boca del estómago. Tuvo que largarse sin acabar el trabajo. No se veía con fuerzas para seguir, y Thomas le pidió un coche que la llevase al hotel. Se tomó el Orfidal para casos de emergencia que siempre lleva encima y ha dormido del tirón hasta las seis de esta mañana.

Hoy, cuando ha encendido el teléfono al levantarse, ya tenía un montón de llamadas perdidas de Núria. El mareo, la confusión y el agujero en el estómago seguían ahí. En la oficina se las ha arreglado para acabar el trabajo antes; no podía más, ni con su cuerpo ni con su alma, ella entera era un colapso.

«¿De verdad que todo esto puede ser por la puta menopausia? ¡Para lo que me habrá servido a mí, joder! Y Laura ahora me diría que, cuanto más me ofusque, peor, que medite, que respire y haga yoga… ¡Ella siempre tan zen, coño! Laura, Laura, Laura… —se repite—. No quiero pensar en Laura… Qui­zá solo sea la puta pastillita para dormir; siempre me pasa lo mismo, y al día siguiente me arrepiento».

Cuando ha vuelto de la oficina, ha sentido la tentación de bajar al spa, pero al final se ha preparado un baño, ha pedido que le subiesen un gin-tonic y ha buscado una lista de Supertramp en Spotify para sumergirse en la bañera con vistas a Central Park. Quizá sí que, mientras estaba en el agua, se ha dejado llevar por la música, paseando entre los cerezos en flor, el perfume de la hierba recién cortada, la tierra húmeda, la dulzura de las lilas y las azaleas, y esa explosión vibrante, intensa y saturada que rompe y enaltece a un tiempo con la ternura que luce en la copa de los árboles a principios de mayo. Entonces, por fin sí, se ha relajado. Se habría zambullido por completo, pero no quería mojarse el pelo.

Ahora se pasea en pijama por la habitación. No le apetece nada salir, pero ha quedado con Thomas para cenar. Tampoco quiere dejarse vencer por este malestar. Si sucumbiese a su estado físico y mental, últimamente no haría nada. Y Thomas no es de los que encajan bien las negativas, tampoco las suyas.

«No me quito de la cabeza qué narices le pasará a Núria».

Mientras elige qué ponerse esta noche, espera la llamada de Thomas para que le aclare dónde han quedado. Se le pasa por la cabeza acercarse paseando al Mission Ceviche. «Ojalá al final Thomas haya conseguido mesa».

«Igual me da el aire y me espabilo —piensa—, y Central Park está tan bonito en esta época».

Pero lo descarta. Raquel también cree que cuando gobernaba Giuliani la ciudad era más segura. Incluso el Upper East Side. Cogerá un taxi, así puede ponerse los Manolos, suerte que ha cogido los de tacón medio, y el Valentino con la espalda descubierta. En el restaurante hará un calor espantoso. Desde hace un tiempo suda a la mínima, y llevar las axilas al aire se ha convertido en un imprescindible de la seducción. Se mira en el espejo con el vestido aún en la percha. Se lo aguanta delante del cuerpo, se pone de puntillas para acabar de convencerse. Con las manos se recoge la melena y se mira, la suelta. Moño, ¡sí!, y sonríe orgullosa de su aspecto mientras se imagina la cara de tonto de Thomas.

Una de sus máximas es no acostarse nunca con nadie del trabajo, pero eso no significa que no pueda hacerles jugar al gato y al ratón todo lo que quiera. Y eso a Raquel le encanta. Ahora muchos días también piensa que le gusta más seducirlos que follárselos.

—¡Buaaaaaaaaa! —Deja escapar un gemido que le brota del esófago—. Putas arcadas.

Vuelve a ser Núria: «Quién te escribía a ti versos, dime, niña, quién era», y su tono, que desde ayer no para de molestarla. Hoy tampoco le contesta, no quiere cogerle el teléfono y que cargue contra ella por a saber qué coño de mierda suya.

—Yaaaaaa, vaaaaaa, bastaaa, prueba superada, Raquel.

En realidad, no.

Se pierde en la voz del Manzanita; cómo cabrea a Núria que tenga esa canción cuando la llama. Sonríe al pensarlo mientras revuelve en el minibar en busca de algo para picar. Tiene hambre y aún no sabe a qué hora habrá encontrado mesa Thomas. ¿Hambre?, ¿o ese agujero ansioso que solo se calma comiendo guarrerías y que aparece siempre que anda cerca el puto rastro asqueroso de su madre?

—Mierdaaa —grita mientras devora compulsivamente una lata de almendras saladas.

Le gusta caminar descalza por la alfombra. La hace sentir ligera. De pequeñas, en casa, tenían moqueta, y su mente la lleva al recuerdo de aquellos cuatro pies descalzos el día que la estrenaron. Ella y Laura revoloteando por encima, riendo y chillando. Por fin podrían ir sin calcetines por casa. Aquellos cuatro pies blancos, idénticos. Tan iguales y tan diferentes ya entonces por dentro. También con nimiedades como esa, Laura siempre era feliz. De pequeña corría contenta, se sentaba a jugar con las muñecas en la alfombra, desplegaba su universo imaginario y estaba bien allí, se sentía plena. Laura solo ha necesitado vivir la vida, estar para ser feliz. Ella y Laura, idénticas pero profundamente dispares, por completo opuestas. No alcanza a recordar qué consciencia fue primero, si la de su existencia o la de Laura, a la que siempre ha tenido al lado.

«Siempre, hasta que la empujé a huir», piensa.

Ella no soportaba la moqueta, nunca le gustó, pero acabó odiándola el día que los oyó discutir: su padre aseguraba que podía estar llena de ácaros y que aquella leve tos que ella tenía cada primavera tal vez fuera culpa de aquel suelo que su madre se había empeñado en poner. «Es lo que se lleva», decía Núria. En realidad le importaba un bledo.

«Si nunca ha tenido ni idea de lo que se lleva o se deja de llevar…».

Era rugosa, de un granate indefinidamente feo que siempre le evocaba el color de la sangre sucia; llegaba a olerla. Más que la suave caricia que Núria se empecinaba en exaltar con entusiasmo, a Raquel le producía picor en la planta de los pies… Para ella era comezón, escozor, desasosiego. Seguro que era de poliéster barato.

Y al final la quitaron.

«Y ahora ¿por qué coño me viene a la cabeza el puto suelo del piso de Barcelona?».

Queda vino en la botella de ayer. Con el dolor de estómago que tenía, apenas la tocó. La coge y bebe a morro con un ansia que la hace sentirse de lo más vulgar. Busca una copa para servirse el vino que queda mientras mira a un lado y al otro de la habitación como si hubiese podido verla alguien.

«¡Serás idiota!».

La sal de las almendras le ha dejado los labios entumecidos. Se gusta con esta sensación de hinchazón en los morros, pero parece que se haya tragado un trozo de bacalao sin desalar. «Ahora vas a tener más sed».

A Núria le gustaba más Serrat que Manzanita, pero se obligó a detestarlo cuando su marido se fue, como todo lo que podía acercarla a su recuerdo. Aún los imagina con añoranza, y no puede evitar conectar con el mismo dolor retorcido y abrumador que siente siempre que tiene noticias suyas. Su padre le cantaba al oído: «La mujer que yo quiero no necesita…», y ella se lo quitaba de encima con una mueca torcida y juguetona, se sacudía las manos de él, de encima de la tripa, de las caderas, de los pechos. «La mujer que yo quiero me ató a su yunca…», proseguía insistente, hasta que ella se giraba para encontrarlo, buscando aquella mirada suya, sosegada y traviesa, de ojos entornados que conectaban con todo lo que Núria no le sabía decir de ninguna otra forma. Cuando él los abría, entonces siempre le sonreía, antes o quizá después de añadir un «pobre Juanito…» desagradecido y seco como ella, y que soltaba con una altivez que con los años Raquel ha logrado entender que la hacía sentir victoriosa y, a su parecer adulto, profunda y poderosamente estúpida.

Núria se ha hartado de llenarse la boca cargando contra él, y ella se lo ha encontrado. Tanto culparlo de su amargura… «Pero ¿de verdad se cree que en algún momento ha sido diferente?».

A ellas les gustaba tanto mirar cuando su padre le cantaba a su madre… Su hermana entonces la cogía de la mano, tiraba de ella y esperaba aquello con los mismos ojos que los suyos, de una inmensidad profunda, honesta y esmeralda, fría y cálida a un tiempo. Los de Laura, cautivadores y acogedores, llenos de alegría y con una sonrisa que no le cabía en el rostro. Recuerda que entonces su gesto ya tenía algo de quimérico. ¿Lo cree o quiere recordarlo? Laura se hartó de intentar arrastrarla a su mundo, a su manera fácil y sencilla de ser y entender la vida. De vivir.

Ya no sonríe, ahora vuelve la cabeza deprisa a un lado y a otro, como si con ese impulso pudiese reprimir hoy también ese llanto que se escapa y que tampoco sabrá dejar ir.

—¡Aaaaaaaaaaaah!

Cuando piensa en Laura, siente una fuerza airada y condenatoria que la empuja hasta el fondo del pozo. ¿Qué dolor es peor, o mejor, si es que hay forma de clasificarlos: la rabia hacia Núria, esa impotencia que quiere gritar con valentía pero que la asusta, el abandono o la culpa?

—¡Ya está! ¡Basta de putas mierdas!

Coge aire y lo suelta, a ver si se lleva de una vez toda esta sarna enquistada. Y canta lo que no quiere, su mente reproduce en bucle a Serrat y vuelve a pensar en su padre.

—¿Otra vez las putas violetas?

Tampoco descuelga.

Le resulta más fácil no dejar de elucubrar sobre qué coño quiere ahora que coger la llamada y enfrentarse a la voz de su madre. Cuánto odio y menosprecio, que finalmente puede fundamentar. Hace más de un año ya le dejó muy claro que para ella estaba muerta.

«¿Y qué coño hace Núria despierta a estas horas?».

Siempre ha sido de acostarse temprano, y en Barcelona es más de la una de la mañana. Tanta insistencia empieza a preo­cuparla. Si las cosas no estuviesen como están, ahora llamaría a Laura y le preguntaría qué puñetas quiere su madre. No consigue imaginarse qué habrá pasado para que la persiga de esa forma suya tan obsesiva.

Vuelve a sonar el teléfono y esta vez no es Núria. Va a buscar el aparato y de repente le viene a la mente todo lo que le pasó ayer, cuando sintió que se quebraba por dentro, quizá sea porque a Laura le ha sucedido algo. ¿Quizá sí que debería llamarla? Recuerda cómo se encontró el día que su gemela parió. Se acaba la copa de un trago y se apresura a responder. El vino está caliente, una sensación agridulce y pegajosa le inunda el paladar y le recorre la boca con un escalofrío rabioso que se le extiende hasta las orejas. Un alarido estremecedor que habría querido contener la sorprende. Deja la copa en un estante del vestidor para ir a buscar el móvil, después de que otro gemido angustioso se le escape de las entrañas. «Debe de ser Thomas». Tampoco tiene ganas de hablar con él, pero querrá decirle cómo han quedado.

«¡Qué intenso este también!».

Vuelve a abrir el minibar, con la intención de dejar el teléfono dentro después de contestar, a ver si es capaz de olvidarse de Núria y de todas sus mierdas, y lo cierra cuando recuerda que las mierdas de Núria hoy quizá también son suyas. «¿O no lo son siempre?».

Tampoco responde.

Le ha dejado un mensaje de texto que le sacude el alma antes de acabar de leerlo.

Las piernas no la sostienen, cae al suelo después de golpearse con la esquina del mueble que recubre la nevera. La imagen del moratón que le saldrá mañana en el culo se mezcla con el texto de la pantalla y la refugia momentáneamente en otro dolor, punzante y demasiado fugaz. Se mira los pies descalzos encima de la moqueta, solos, únicamente dos, esos que nunca más caminarán al lado de Laura. Busca un cobijo que no existe.

El teléfono se ha caído al suelo, bocarriba.

El texto de su madre sobresale magnificado de la pantalla, la atrapa y la engulle en un vacío nuevo.

Tu hermana ha muerto.

2

Abril de 1973

—Pues, si el oído no me falla, yo diría que aquí vienen dos.

Núria, cuando supo que estaba embarazada, tardó unos días en reunir fuerzas para contárselo a Juan. Esperó, podían ser muchas otras cosas, ya había oído en el mercado que más de una no era un reloj y no siempre le bajaba de manera regular. Ella tenía dolores. Las dudas se convirtieron en certezas y aquellos días se le hicieron eternos, nunca había pasado tanto miedo. Y no se creía capaz de soportar más por nada en la vida. Cuando se lo contó, Juan se quedó paralizado del susto. Aquellos segundos que precedieron al resto, ella sintió pánico. En su interior una voz gritaba: «¿Lo ves? Si ya te lo podías imaginar, ahora también te dejará, se irá y tú te quedarás sola con el bombo y no te querrá nadie». Empleó todas sus fuerzas en no llorar y en frenar un temblor incontrolable en las piernas. Luego Juan le tomó las manos, la miró con unos ojos que concentraban más ternura de la que recordaba haber recibido en toda su vida y le dijo:

—Pediré a Camps que le diga a su padre que nos haga un hueco en la consulta; por lo que tengo entendido, es de los mejores ginecólogos de Barcelona. —A continuación la abrazó, la levantó en vilo y la colmó de besos antes de añadir—: Una nueva vida siempre es una buena noticia, amor mío.

Hoy, en la consulta del ginecólogo, Juan no dice nada. Tampoco sabe si con el ruido que hace ese aparato llegaría a oírle.

Quizá solo se había hecho a la idea de ser padre. O quizá dudaba de que realmente Núria estuviese embarazada y ahora esperaba que le confirmasen lo contrario. Y en lugar de eso le acaban de anunciar que será padre de gemelos. Eso no entraba en sus planes. Seguro que ya tiene claro cómo interrumpir este embarazo, algún amigo de la familia, quizá ese mismo médico.

—Vaya por Dio —se apresura a decir, por fin, Juan.

Durante esos segundos, los que ha tardado él en responder después de que el doctor haya dicho que esperaban gemelos, a Núria le ha parecido que está a punto de marearse.

Cuando han llegado los han hecho esperar un buen rato en una sala llena de mujeres jóvenes, recargadas de joyas, acompañadas de sus maridos. El aire apestaba a nicotina y desinfectante, con vaharadas de perfume caro que se colaban de vez en cuando. A Núria ambos olores le han producido náuseas. Por encima de la cabeza, sobrevolaba una neblina compacta y amarillenta. Ellos fumaban todos, y muchas de ellas también. Ella no ha fumado nunca y hace un par de semanas que no soporta el hedor. Cuando la enfermera la ha llamado y la ha hecho pasar a esa habitación, ha respirado aliviada hasta que ha estado dentro. Entonces casi se cae redonda, invadida por un tufo de puro que notaba caliente y adherido a la garganta.

Juan y el doctor aún han tardado un rato en entrar. Una vez dentro, no podía verlos, pero los oía hablar, le parecía que de fútbol. Las ganas de orinar empezaban a hacerse insoportables.

El doctor Camps, con la cabeza oculta tras una máquina que ocupaba más de media sala, les ha explicado que estaba tomando imágenes, y Núria no ha entendido de qué. Tampoco se ha atrevido a preguntarlo, porque el hombre hace como si ella no existiese. Detrás de ese aparato gigante y con la habitación prácticamente a oscuras, no le ve, pero se imagina las caras que pone por el entusiasmo con el que les explica, y casi tiene que gritar para que le oigan, que eso es lo más moderno en tecnología y que son unos privilegiados por tenerlo, que muy pocos centros del país disponen de ese tipo de diagnóstico.

—De hecho —ha dicho—, me arriesgaría a poner la mano en el fuego a que soy el único que lo tiene en Barcelona.

Antes de aventurarse a confirmar que venían dos criaturas, la ha hecho permanecer un buen rato sin moverse mientras él le pasaba por encima de la tripa una especie de brazo de hierro que salía del aparato gigante. Se habría asustado mucho de no haber estado tan centrada en no mearse encima. Juan le había dicho que debía ir con la vejiga bien llena, y aún no entiende por qué. Se le ha hecho eterno. Ya apenas podía aguantarse antes de entrar y, durante todo el tiempo detrás de ese trasto inmenso, ha sufrido por que no se le escapase el pipí, convencida de que, si caía una sola gota, acabaría soltándolo todo, y no podía permitirse una humillación como aquella. Otra no.

Cuando el doctor ha acabado de comentar la quiniela con Juan, le ha hecho callar. Guardaban los tres un riguroso silencio. Núria no se había atrevido a abrir la boca en todo el rato que han pasado allí. La tenían despatarrada, con las piernas levantadas y ligeramente vuelta hacia un lado. La enfermera le había embadurnado la barriga con un líquido pegajoso, que, por cómo olía, juraría que, si no era aceite de oliva, era alguno de esos más baratos de los que le han hablado en el mercado. No entiende qué representa toda esa parafernalia, y ahora mismo le da igual. Duda de si habría preferido ir sola o si ya le va bien que sea el doctor el que le haya dado a Juan la noticia de que son gemelos.

—Vale, madre mía, menuda puntería hemos tenido. —Se le traban las palabras a Juan—. ¿No te parece, cariño?

Núria fuerza una sonrisa, no puede hablar, apenas puede respirar. Con la noticia de que son gemelos, no ha aguantado más y se ha meado encima. El doctor le dice que no pasa nada, que es normal. Ahora mismo no puede agradecer más estar a oscuras, seguro que se ha puesto roja como un tomate, y no puede contener un gemido que la incomoda y la avergüenza aún más. No lo entiende, porque ella no es nada llorica.

Ha soportado todo el rato que él le presionaba la tripa con ese cacharro que salía de la flamante máquina que les ocultaba.

No se reconoce en medio de tanta duda, tanto pánico, tanto pavor. También vergüenza; si su madre siguiese viva, está segura de que le diría que se lo ha buscado. Y sabe que tiene razón. No quiere pensar en la reprimenda que le va a caer por parte del tío. Esta vez seguro que no se pone de su lado y se suma a las injurias de la tía Rosa.

Ahora mismo, saber que está embarazada no es el mayor de sus problemas. Descubrir que son dos y no uno es lo que realmente la trastorna. ¿Y si Juan no quiere casarse? ¿Cómo se presenta en casa con eso? Ya está viendo la cara de la tía diciéndole que es igual de furcia que su madre.

Aún no conoce a los padres de Juan, no la querrán. Ellos, que son de buena familia, gente de dinero y muy respetados en su tierra. Eso es lo que siempre le dice Juan. Hasta ahora ha querido creer que la quiere. Cuando le habló de la falta, se mostró tierno y comprensivo, la abrazó y le dijo: «No te preocupes, todo irá bien, yo me ocupo de todo». ¿Qué quiere decir «de todo»? Ella se limitó a asentir, confió, sí. Y se sintió segura, protegida. Dentro de aquel abrazo, mientras escuchaba sus palabras de consuelo, también de esperanza, se sintió más en casa que nunca desde que su madre había muerto. Ya no recordaba qué era sentirse protegida en ninguna parte, con nada ni con nadie.

Núria ha empezado a querer a la criatura. Empezó a hacerlo aquel día entero que tuvo que esperar el resultado de la prueba de la rana. Ahora la asaltan un montón de dudas: ¿quizá ese médico amigo de la familia le haga perder a las criaturas? ¿A eso se refería Juan con «ocuparse de todo»? ¿O quizá sí que la quiere de verdad y también quizá querrá casarse?

Quizá, quizá, quizá, quizá… Tiene que aclarar las cosas antes de contárselo a sus tíos.

Han ido a ver al doctor para confirmar que está embarazada. Juan no se fiaba de lo que le habían dicho en la farmacia. También para saber que va todo bien, eso le dijo él. A Núria no le hace falta, ella ya hace días que no tiene ninguna duda. Solo le preocupa que ese pequeño dolor que tiene siempre antes de la semana indispuesta quiera decir que puede perder a las criaturas. Se nota los pechos hinchados, también el vientre. Y a todas horas tiene un hambre tan voraz que se comería una vaca entera.

De repente, el pánico a que la tía se dé cuenta de que hace días que debería haber ensuciado esas primeras bragas de cuando empieza a manchar, esas que siempre hacen que se enfade y ella se sienta como una cerda cuando le dice que tiene que tener más cuidado, que una mujer tiene que prever esas cosas, que ya no es una niña.

Y tanto que no es una niña.

Su tía no la ha querido nunca. Tampoco quiso a su madre. De hecho, no cree que esa mujer sea capaz de querer a nadie, a nadie excepto a sí misma. Apenas tiene recuerdos de las dos en casa, y quizá era demasiado pequeña para cobrar conciencia de cómo trataba la tía Rosa a su madre. Sí que recuerda al tío, que llegaba a casa y la cogía en brazos, la acariciaba, le daba besos y le decía cosas bonitas. A medida que fue haciéndose mayor, se dio cuenta de que siempre era así cuando la tía no andaba cerca y no podía oírlo. Para ella siempre ha sido una carga, no se cansa de repetirlo, con las quejas constantes de todo lo que tiene que hacer por ella, y no llega a entender por qué, si le hace más de criada que de otra cosa y la tiene encerrada detrás del pedal de la Owerlock en ese puñetero cuartito oscuro y húmedo a más no poder en invierno. Da al patio de luces, en verano se convierte en un horno bochornoso y maloliente por el que se elevan los tufos de las cocinas de los vecinos. Eso también la alertó, aún no se había percatado de la falta y ya contenía las arcadas. La peste a leche hirviendo por la mañana y a sardinas fritas al mediodía y por la noche son los peores.

—¡Venga, nos vamos! —Juan la coge por la cintura y la atrae hacia sí en dirección a la puerta mientras tiende la mano libre al médico—. Gracias, doctor Camps.

—Tutéame, hombre —dice estrechándosela con fuerza.

Ella solo puede pensar en ir al baño, acabar de vaciar la vejiga y limpiarse esa cosa tan pringosa que le embadurna el vientre y que está segura de que le ha manchado el vestido de los domingos.

—Bien —ahora sí que la mira el doctor—, normalmente, señorita, en la próxima visita ya te vería la matrona, pero, al tratarse de dos, prefiero atenderte yo. Eres joven y salta a la vista que estás sana y fuerte, no tienes de qué preocuparte. Estaremos en contacto, Juan —le dice con unas palmaditas en la espalda—. Al final del pasillo hay un lavabo.

Cuando Núria sale del baño, Juan le tira de la mano y se la lleva a toda prisa. En el momento en que no los ve nadie, la abraza por la cintura, la levanta en vilo y la colma de besos.

—En cuanto llegue a la residencia, llamo a mi madre. —Le coge la cara con las manos y la besa con fuerza en los labios—. Venga, vámonos.

Ella se limita a sonreír y se deja llevar mientras intenta contener las lágrimas que amenazan con salirle a mares.

Quizá sea por lo de estar embarazada o porque aún le dura el susto de saber que vienen dos, pero siente que navega en una noche de tempestad con un cielo plácido, y eso que nunca ha pisado un barco. La certeza de que en casa de Juan no les gustará la noticia impregna de un recelo pegajoso esta suerte de felicidad nueva, como una neblina espesa y húmeda, de esas que se meten en los huesos, y no le permite disfrutar del momento como le parece que lo hace Juan.

Él es el heredero, y no se ha cansado de decirle que en casa le esperan para llevar el negocio. No verán con buenos ojos, de ninguna de las maneras, a una chica de barrio como ella, huérfana y sin oficio ni beneficio para su hijo. Y ahora, además, preñada de gemelos.

3

Nueva York, 7 h del 5 de mayo de 2022

La despierta el teléfono. En dos o tres minutos lo hubiera hecho el martilleo que le amenaza las sienes y la parte de delante del cerebro. Raquel tarda en ubicarse. Solo en el espacio. Ayer se quedó dormida en el suelo, con la cabeza apoyada en el sillón. Está helada, lleva el albornoz sobre el cuerpo desnudo, en algún momento se le ha desatado y le asquea la imagen de su vientre flácido y esos pechos que cada día le cuelgan más. Cierra los ojos mientras busca a tientas el cinturón para atárselo.

Qué imbécil se siente ahora mismo, qué necia, mediocre y cretina al pretender tener el cuerpo de los treinta a las puertas de los cincuenta.

También se avergüenza, ¿cómo puede albergar pensamientos tan estúpidos y banales ahora, hoy?

Desmañada, se ayuda con los brazos para levantarse, nota las rodillas débiles y las cervicales y los riñones entumecidos. Poco a poco, vuelve al presente, a las últimas horas de ayer. La mente la aleja de todos los cretinismos frívolos y la anega en un dolor lacerante y abrumador. También la sumerge en un frasco de culpa, y es como si alguien lo tapase con esa fuerza nacida de la ira. Siente que se ahoga; quizá, ahora, sería ella misma quien lo obstruiría. Después de leer el mensaje, ¿era necesario recordar las veces en que, de pequeñas, había deseado la muerte de Laura? ¿Era necesario fustigarse más? No eran más que pensamientos infantiles, adolescentes. ¿Envidia? Saber que ya nunca podrá recuperar el amor de su hermana, que ha muerto odiándola, duele más que la pérdida, piensa.

No se le ocurrió cancelar el servicio de despertador.

Bebió hasta dejar de pensar.

Hoy no le hace sentirse bien, ni siquiera mejor. Hoy se siente miserablemente vacía y ridícula. Y es que aquí, cuando te llaman para despertarte y darte los buenos días, son especialmente pelmas. Se repudia aún más cuando reconoce que la hace sentirse importante que la llamen para que se levante. Será que la mente se excusa con futilidades para alejarla, para protegerla, de lo que la tiene rota.

Se siente como una rata. Es una puta rata.

¿Cómo tienes que estar para creerte que significas algo para el recepcionista? ¿Quién es más desgraciado, el que se siente feliz cuando oye esa voz amorosa y desconocida, de lo más falsa, o el pobre que no tiene otra cosa que hacer?, alguien que seguramente se pasará hasta las doce del mediodía con un casquete ridículo plantado en la cabeza, ofreciendo este servicio a cada uno de los huéspedes, forrados, que huelen a dinero cuando se los encuentra en el ascensor y en la piscina, que siempre llegan tarde… Debe de ser la única que madruga en ese hotel, porque desayuna prácticamente sola. Sabe que cualquier día la empresa le cerrará el grifo y empezarán a ponerle pegas, pero, hasta que eso ocurra, ella seguirá pidiendo la misma suite.

Le gusta especialmente la piscina; no hace tanto que cada mañana, cuando estaba en la ciudad, bajaba a nadar. No hace tanto, cuando todavía dormía bien.

Duda si descolgar, pero intuye que si no lo hace no parará de sonar, lo intentarán una y otra vez hasta que responda.

Decididamente, ella es más miserable.

—Cooofff —llega a soltar antes de salir corriendo al baño para vomitar la fiesta de anoche.

La memoria, o quizá el dolor en el culo, la devuelve a todo eso otro que la avergüenza más que le duele. También el desparrame con los carritos del servicio de habitaciones y las copas vacías esparcidas por la moqueta. Ahora se recuerda, ya como una cuba, yendo a abrir la puerta al camarero que le subió la última bandeja. Se le insinuó, se desató el albornoz antes de que el chico diese media vuelta y cerrase la puerta; se lo habría follado solo por dejar de sentir, ni que fuera unos minutos. La peste a ginebra le llena la nariz hasta el paladar y se mezcla con la amargura espesa y viscosa del reflujo de bilis que le ha quedado.

Tiene los pies congelados.

«Hostia puta, Raquel, ¿cómo pudiste caer tan bajo…?». Le parece que en tercera persona no es de sí misma de quien habla. También se habla así las pocas veces que se felicita. «Joooooodeeer, ¡me cago en la puta!».

No dio muchas explicaciones a Thomas. Dejó que sonase el teléfono hasta que se cansó. Entonces le envió un mensaje de disculpa, que le había sentado mal algo que había comido y tenía el estómago revuelto.

«Siempre he sido la mejor mintiendo. Pero ¿cómo se puede ser tan hija de puta?», se pregunta mientras intenta recordar qué le dijo exactamente a Núria. Seguro que ya se ha levantado y lo ha oído todo.

«Mierda, mierda, mierda, mierda y mierda. ¡¿Cómo has podido ser tan imbécil, Raquel, hostia?!».

Se arrastra a cuatro patas hasta dar con la cama y se mete dentro para intentar entrar en calor. También tiene las manos heladas, se las pone debajo del culo y un escalofrío le recorre el cuerpo, de dentro hacia fuera; toda ella tiembla. Apoya la espalda en la pared e intenta recordar dónde narices está el teléfono, no lo ve cargándose por ninguna parte.

No alcanza a entender a qué clase de mente jodidamente retorcida se le ocurre dar una noticia de ese tipo así.

Anoche, sentada en el suelo después de infinitas llamadas sin que Núria le cogiese el teléfono, mientras bebía como si se acabase el mundo, le envió un mensaje. No sabe qué la envalentonó para mandarle el segundo; quizá cuando se dio cuenta de que no los leía no pudo detenerse. Sin parar y con tod

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