Prólogo
Querido lector:
La invitación en este nuevo momento es diferenciar entre estilos de vida y vida con estilos. Esta primera nos da la oportunidad de, responsable y libremente, decidir cómo vivir. Mientras que la segunda tiene el poder de impulsarnos, sin darnos cuenta, a una vida donde creamos así necesidades innecesarias. Esta, al mismo tiempo que demanda una inversión de vida, podría estar influyendo en su calidad.
Un estilo de vida consciente nos invita a diferenciar sin comparar. Nos invita a colaborar sin competir. Nos ofrece ser co-creadores de realidades, donde la vida de nosotros se aprecia tan valiosa como la vida de otros. Donde valoramos y priorizamos el beneficio mutuo en cada acción por pequeña que sea, sin necesidad de palabras.
Quizás el lector perciba que la propuesta es una utopía. Permítame compartir con usted que no es así. Es un ideal. Un ideal no es lo mismo que un sueño. Es un propósito que, sin metas predeterminadas, tiene el poder de descubrir vivencialmente que la vida tiene sentido en sí misma.
Así, el estilo de vida elegido con consciencia nos ofrece descubrir experiencialmente que existir es simple, complejo y nada fácil por momentos. Mas es fuente de evolución de la consciencia como estado, que abre la oportunidad de vivir vivos. El estado de consciencia crea un hondo sentido de pertenencia con el mundo y nos invita a abrir el corazón para recepcionarlo tal cual es y tal cual está.
En tanto, una vida con estilos puede instalar la confusión de percibir el mundo como amenazante, impulsándonos a vivir a la defensiva. Conduciéndonos gradualmente a la desconexión con lo humano. Alienándonos, separándonos e instalando la creencia de que estamos solos.
He escuchado muchas veces decir: “El día tendría que tener más horas”. ¿Más horas para ser más productivos? El cuerpo tiene ritmos precisos, que al vivir contra reloj son violentados. Por Ley Natural, lo que sube baja y lo que baja sube. Lo que se expande se contrae y lo que se contrae se expande. Los ritmos circadianos son precisos, promueven salud y evolución.
Tal vez vivís única y exclusivamente con un reloj del tiempo cronometrado, controlado. Una agenda inamovible que adelanta tus próximos tres meses —o más— de tareas, compromisos y viajes. Podría ser, querido lector, que pienses y creas que esto es vivir vivo. Que la vida es luchar, competir y llegar todo el tiempo a otro momento y lugar.
Dejo sembrada la duda para que puedas transformarte en un explorador de cómo decidas vivir la vida.
CLARA
Capítulo 1
Un sistema perverso
Siento que “jugar” con las palabras puede por momentos aclarar. No obstante, para aportar claridad las palabras tienen que ser precisas.
Perverso, pervertido, perversión.
Un sistema perverso alimentado por la no consciencia, la confusión, que nos arrastra no solo a competir ferozmente, sino que también nos impide contemplar que naturalmente evolucionamos en colaboración.
Todas las especies que están sobre la Tierra evolucionan en colaboración.
¿Estamos dispuestos a abrirnos a la emergencia del surgir de un nuevo paradigma de beneficios mutuos? ¿Estamos dispuestos a trabajar para descubrir que somos una red interdependiente y evolutiva por naturaleza?
Resulta irónico cómo en la “Era de la Conectividad” estamos alejándonos cada vez más de la conexión. Esta es un sentido profundo de interdependencia dentro de un inconmensurable proceso evolutivo. Proceso de dos vertientes: en nosotros y con los otros. Quizá tengamos dudas de la interacción mente, cerebro, cuerpo, emociones, sentimientos, sucesos y contextos. Quizá todavía tengamos dudas de que un matar a otro es un morir de nosotros.
Podemos empezar a descubrir la interdependencia mente-cuerpo al darnos cuenta del impacto de un pensamiento en el cuerpo. Un pensamiento no consciente repercutirá físicamente, creando una organización saludable o no. Así como también esa organización repercute en los otros, creando un ambiente, un impacto y una interacción de sistemas nerviosos.
Detengámonos un momento para indagar curiosamente a través de un caso corriente. Imagínese que usted está sentado en un bar, dispuesto a tomar café. Se acomoda en su silla al mismo tiempo en que toma entre sus dedos un sobre de endulzante. Con una mano en cada extremo lo abre y comienza a verterlo en la taza. Observa cómo el edulcorante perfora la espuma y, por su peso, se asienta en el fondo. Apoya el sobre ya vacío y, con una cuchara, revuelve la infusión para fusionarla con el contenido.
Interrumpe en el ambiente un “Ay” que suena como un alarido corto y tajante. Usted levanta la mirada del café y descubre a una persona justo delante suyo. La persona mueve su pierna de arriba abajo, dejando los dedos y la planta del pie en contacto con el piso. Al mismo tiempo, golpea la mesa con sus dedos a un ritmo continuo, sin fin y sin descanso. Con la mano que tiene libre, aleja con fuerza la taza de café, provocando así que parte del contenido se derrame. En tanto, sus ojos buscan al culpable de haber servido el café a una temperatura que, aparentemente, generó una reacción violenta.
Puedo sentir cómo en mi cuerpo va subiendo el tono muscular. Los hombros se acercan a las orejas y siento un nudo en la panza al descubrir la influencia e interdependencia de lo que estoy presenciando. Un mozo se acerca a la persona. Esta mueve los brazos por el aire y lo señala, a la vez que articula palabras. Trato de oír lo que dice, pero caigo en la realidad de que hay demasiadas conversaciones pasando a mi alrededor y la música del bar ahoga todo sonido. Cubiertos y platos chocando, motos y bocinas afuera, colectivos que frenan y conversaciones ajenas. Un mundo realmente caótico se presenta en el instante en el que tomo consciencia. Es entonces cuando me doy cuenta de que no probé ni un sorbo del café y probablemente esté frío. Decido recibir el momento presente tal cual es, un mundo inconmensurable de sucesos que no puedo modificar y a los que decido recepcionar y adaptarme al menos por ahora.
Capítulo 2
Una competencia feroz
Feroz, ferocidad, fiera. Un mercado puramente competitivo, donde no se contempla la colaboración ni el beneficio mutuo. Es feroz. Quienes lo instalan sin consciencia se transforman gradualmente en fieras.
La ferocidad instalada en la humanidad es el cultivo de la deshumanización.
Es simple descubrir que un sistema deshumanizado nos conduce inexorablemente a la enfermedad, el desequilibrio y la insatisfacción. La misma insatisfacción que nos impulsa a buscar más, más, más desde una mente insaciable. Por interdependencia, el cuerpo sabiamente comienza a desregularse, manifestando síntomas que tendemos a minimizar para poder seguir alimentando la fiera que está dentro.
Las “ausencias” de momentos, horas y días en personas son algunos de los síntomas que he presenciado —y presencio— cada vez con más frecuencia. Las ausencias son un cambio en el estado de consciencia debido a la modificación de la actividad eléctrica en el cerebro.1 Una desconexión de la realidad del momento presente aumenta la vulnerabilidad, creando confusión, desorientación y pérdida de memoria.
Lo que llama la atención es que, en gran parte de los casos, la serie de estudios realizados no muestra la causa que crea el episodio. Ante esta sintomatología, la persona es trasladada a un centro de atención médica, donde se suele indicarse una serie de estudios de tecnología refinada, en los que no se encuentra ninguna evidencia que sea la causa del síntoma. En ese punto, el profesional de la salud pregunta si la persona está transitado algún duelo, problemas familiares, laborales o crisis personales e invita a explorar el estilo de vida que lleva. Ante la no evidencia, el paciente suele dejar el suceso en una anécdota, sin tomar acción al respecto. Queda archivado como un recuerdo lejano en el fondo de nuestra ment
