Introducción
No estás solo
Durante mi niñez tuve alergia a la leche de vaca, padecí eccema y sufrí ciertas hipersensibilidades estacionales. Lo primero desapareció pronto, pero lidié con lo segundo toda mi infancia. De pequeño nunca pude usar jeans porque la tela me irritaba mucho la piel, por lo que todos los días vestía pantalones de caqui. Eso, combinado con unos anteojos gruesos y un corte de pelo de príncipe valiente, me daban el aspecto estereotípico de un nerd.
No me malinterpreten, ser un nerd es lo máximo, pero en la cultura popular esta figura es sinónimo de debilidad; significa ser un perdedor y portar un inhalador. Piensa en Milhouse de Los Simpson, Mikey de Los Goonies y Stevie de Malcolm el de en medio. En la película Hitch: experto en seducción, Albert toma su inhalador o lo usa cada vez que ve a Allegra, la chica de sus sueños. Sin embargo, cuando hace a un lado ese dispositivo médico portátil, por fin tiene el valor de besarla. Al parecer, su asma está “dentro de su cabeza” y puede hacer lo que quiera solo cuando supera su ansiedad. Como la mayoría de las enfermedades alérgicas, el asma es compleja e incomprendida; sin embargo, estas dolencias afectan a millones de personas. Quienes no viven con esos padecimientos quizá no se percaten de lo graves o mortales que pueden ser.
En la actualidad, a pesar de ser un nerd que pasó por el bachillerato más enfocado en aprender a tocar la trompeta o usar un aro de Hula hoop que en impresionar a sus compañeros, soy un pediatra con doble certificación, especializado en el tratamiento de alergias e inmunología, que llega a millones de personas en redes sociales, donde despierto conciencia acerca de las enfermedades alérgicas y cómo tratarlas. Mis alergias a los alimentos y mi eccema se resolvieron, pero aún presento algunos síntomas remanentes de alergias estacionales que están bajo un mucho mejor control, en especial cuando estoy cerca de perros y gatos. Nunca pensé que podía tener tres perros, pero he utilizado lo que aprendí con los años para controlar bien mis alergias.
Me enamoré de la medicina desde temprana edad porque crecí inmerso en ese campo. Tuve la fortuna de que mi papá fuera pediatra, por lo que pasé mucho tiempo en su clínica, observando el impacto que tuvo en sus pacientes y en sus familias. Resolvía problemas complicados, ayudaba a las personas y llegaba a conocerlas durante sus tratamientos.
Yo quería ser como mi papá.
Me contó muchas historias alusivas a su época de estudiante de medicina. Su primera lección en la escuela consistió en analizar las radiografías de tórax. Su maestro les platicó sobre un paciente que murió por atragantarse con una espina de pescado, ya que como su componente es cartílago, resultaba complicado identificarla en una radiografía. Al hablar con él sobremanera acerca del ritmo y las expectativas que imperan en la facultad de medicina, nos dimos cuenta de que, debido al avance de la tecnología, la enseñanza de la práctica médica también había cambiado mucho respecto de su etapa formativa como aprendiz de la disciplina.
En mi preparatoria no había cursos previos sobre medicina ni clubes dedicados al tema, así que decidimos llevar a cabo gran cantidad de investigación para desarrollar nuestro propio curso, al que denominamos Minifacultad de Medicina del Dr. Rubin. Mi papá puso a prueba conmigo los planes de estudios para ver si podía entenderlos como estudiante de prepa y entonces me convertí en su primer asistente de cátedra. El programa lo integraba un curso de 18 horas, dividido en seis sesiones, que incluía clases y prácticas. Aprendí diversas habilidades básicas del procedimiento para un examen físico que luego ayudé a enseñarles a mis compañeros. No solo sentí que la medicina era mi vocación, sino que también necesité encontrar cierta capacidad para transmitir mis conocimientos.
Vayamos hasta mi tercer año en la facultad, cuando intenté mantener la mente abierta sobre la especialidad en la que me enfocaría durante la residencia. Pensé en gastroenterología, dermatología y radiología. A final, elegí pediatría general. Aunque mis experiencias con papá me influyeron, la pediatría parecía adecuarse bien a mi personalidad y a cómo quería ayudar a la gente, en especial a los niños.
Durante mi cuarto año en la facultad, los planes cambiaron con rapidez. Hice una rotación optativa en alergia/inmunología y de inmediato me enamoré de la especialidad. Fuera de la serie de clases sobre inmunología básica, el plan de estudios no se adentraba en la amplitud y la profundidad de las alergias. Las enfermedades eran complejas y las opciones de tratamiento se ampliaban con rapidez. De verdad me gustaba la idea de practicar más sobre medicina preventiva y ayudar a mantener a las personas fuera del hospital por el mayor tiempo posible. Además, contaba con el beneficio de que era posible tratar a personas de todas las edades, por lo que podía seguir viendo a mis pacientes pediátricos a medida que crecieran.
Luego de tres años en la residencia de la especialidad en pediatría general, estudié dos años con una beca de investigación en alergias e inmunología. No obstante, el comienzo de la pandemia por Covid-19 ocurrió justo mientras pasaba del internado de investigación a mi primer trabajo en un consultorio privado. Me había mudado a otro estado donde había pocas conexiones para mí. Las actividades sociales se cancelaron y las clínicas de atención privada entraron en modo de supervivencia. Entonces decidí empezar a publicar en redes sociales para conectarme con la gente de la localidad.
Al principio subía información a Twitter (ahora X) y luego pasé a TikTok, Instagram y YouTube. Esto me sirvió para establecer contacto con los habitantes locales. Sin embargo, pronto me di cuenta de que en las redes sociales había mucha información incorrecta (o desinformación) sobre la salud y en mi clínica estaba siendo testigo de los efectos de esa circunstancia. Una vez recibí a una mamá que le aplicaba a su hijo yoduro de povidona en la nariz cuando el niño se enfermaba porque lo había visto recomendado en redes sociales. En la actualidad no conocemos los riesgos de esa práctica y no existe evidencia sustancial de que pueda servir.
Decidí que me enfocaría en crear contenidos educativos destinados a resolver la desinformación sobre temas de salud o a proporcionarle a la gente tips alusivos, como la forma de usar un espray nasal o de aplicarse una inyección de epinefrina (adrenalina), o explicarle las razones por las que debería dejar de consumir el Benadryl (clorhidrato de difenhidramina) y por qué podía ser alérgica al ejercicio.
También ayudé a aclarar las historias que las personas subían a redes sociales sobre su salud para dar mayor información médica. Parecía haber una infinita cantidad de historias sobre las cuales hablar:
- Inflamación facial durante el ejercicio
- Alergia a la carne por una picadura de garrapata
- Urticaria en todo el cuerpo después de salir al frío
- Crisis de asma
- Ataques de estornudos que harían reír a la gente
- Alergia al agua
- Niños que sufrían reacciones alérgicas graves después de ingerir alimentos
- Inyectarse por accidente una EpiPen (autoinyector de epinefrina) en el pulgar
- Padres que introducen nuevos alimentos a sus bebés lejos de la sala de urgencias
- Evidenciar los resultados de una prueba cutánea de alergia
La lista sigue y sigue…
¿Te ha sucedido cualquiera de estas situaciones? Luego de pasar mucho tiempo creando contenidos educativos, me percaté de que muchas personas han sentido que sus experiencias son únicas y que están solas. En Estados Unidos contamos solo con cerca de 7 000 alergólogos certificados, lo cual significa que únicamente tenemos un alergólogo por cada 48 000 habitantes, aproximadamente. Es posible que la gente que vive en zonas más rurales o remotas no tenga ningún acceso a un alergólogo. He recibido incontables mensajes de personas que me piden ayuda para entender sus alergias, pero, por desgracia, es imposible auxiliarlas de ese modo.
Numerosas veces me han entrevistado en la televisión y en los medios impresos, y me he dado cuenta de que la gente está buscando de manera constante información sobre la salud en fuentes que no son sus médicos. No hay muchos alergólogos que sean llamados por los medios debido a sus conocimientos expertos, pero yo me he convertido en uno de los recursos a los cuales acudir para comentar sobre noticias recientes o para enseñarle al público acerca de un tema específico relacionado con las enfermedades alérgicas.
Las redes sociales son un estupendo sitio para conectarse con otras personas y obtener información, y a lo largo de los años creé una gran cantidad de contenido educativo para enseñarle a la gente acerca de las diversas enfermedades alérgicas, pero es difícil mantener organizada esa recopilación de conocimientos en línea, que publiqué en redes sociales, y quería encontrar una manera de hacerlo.
Esa es la razón que me impulsó a escribir este libro.
No pretende ser un libro de texto, sino que está diseñado como herramienta que ayude a los individuos a comprender sus alergias subyacentes básicas, para armarlos con la información que necesitan de modo que lleven vidas más felices y sanas. La primera parte del libro establece los fundamentos para comprender las enfermedades alérgicas al cubrir el tema del sistema inmunitario y la anatomía básica de las alergias. La segunda parte contiene información detallada sobre la mayoría de estas enfermedades, junto con cierta cantidad de datos que desmienten los mitos. La tercera parte ofrece más detalles sobre los tratamientos y lo que podría venir en el futuro. Tal vez desees consultar los apartados que tratan sobre tus problemas o puedes optar por leer todo el libro con el fin de lograr una mejor comprensión de las alergias y de tu sistema inmunitario.
Debo agregar un breve descargo de responsabilidad en cuanto a la práctica médica: este libro no pretende ser un consejo médico específico y no puede diagnosticar tu problema. La información que aporta pretende ayudarte a entender mejor tu salud y cómo manejarte dentro del sistema de atención médica. Cualquier preocupación sobre tu salud debería discutirse con tu doctor. Asimismo, la mayoría de los tratamientos sobre los que hablo están aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) para garantizar que nos enfoquemos principalmente en los que reúnen los estándares más altos de seguridad y eficacia. En las historias que relato he cambiado los nombres de los pacientes y he alterado pequeños detalles con el propósito de conservar el anonimato, excepto en casos que tratan sobre figuras públicas o historias de las que se ha hablado en las noticias.
No puedo mencionarte cuántas veces me han dicho que la gente se ha sentido “ignorada” por sus médicos porque no pueden explicar lo que le sucede. Eso no significa necesariamente que tus doctores no te atiendan. En la facultad de medicina existe muy poca capacitación para diagnosticar y tratar las enfermedades alérgicas. A veces puede ser difícil encontrar la causa subyacente de un padecimiento y nuestra comprensión sobre cómo responde de manera anormal nuestro sistema inmunitario a las sustancias del exterior está en evolución constante. Este libro también puede servirles a los profesionales de la salud para entender mejor las enfermedades alérgicas.
Millones de personas sufren diversas enfermedades alérgicas, por lo que no estás solo. Espero que la información contenida en este libro te ayude a conocer más acerca de ti mismo y embarcarte en un viaje hacia una mejor salud.
PRIMERA PARTE
Antecedentes
1
Historia de las alergias
Quod aliis cibus est, aliis fuat acre venenum.
[Lo que para uno es un alimento normal, para otros puede ser veneno mortal].
TITO LUCRECIO CARO (circa 98-55 a.C.), De Rerum Natura
Cuando ayudaba a mi papá a iniciar la Minifacultad de Medicina del Dr. Rubin, dirigida a estudiantes de preparatoria, los dos creamos un plan de estudios que comenzaba con la historia de la disciplina en cuestión. Él pensó que aunque por lo general muchas facultades especializadas no enseñan los antecedentes históricos de esta ciencia, resulta esencial entender sus orígenes con el fin de comprender mejor hacia dónde nos dirigimos. Mientras crecía, cuando mi familia emprendía un viaje fuera de Illinois, mi papá nos llevaba a los museos sobre la historia médica si estaban en las cercanías. Me fascinó descubrir cómo esta disciplina había evolucionado con tanta rapidez. Por ejemplo, la primera vacuna registrada fue aplicada el 14 de mayo de 1796 por Edward Jenner a James Phipps, un chico de ocho años, con el fin de protegerlo contra la viruela. ¡Eso pasó hace menos de 250 años!
Las enfermedades alérgicas no eran nada nuevo, ya que habían imperado por miles de años. Sin embargo, durante las últimas décadas ha aumentado de manera espectacular el número de personas que sufren estos padecimientos. No tenemos claro por qué sucede lo anterior. En tanto que mucha gente cree que esas afecciones no existían en el pasado, hay amplia evidencia de que las personas han sufrido de diversas dolencias, como la alergia alimentaria y el asma, desde la Antigüedad.
A lo largo de la historia, las alergias han desconcertado y afligido a la humanidad; han moldeado nuestra vida diaria de modos que a menudo se pasan por alto. Este capítulo se centrará en la evolución de nuestro entendimiento de las alergias a través del tiempo en todo el mundo. Hablaremos también sobre las importantes figuras históricas en el campo de la alergología y la inmunología, y espero que esta información despierte tu curiosidad y que te estimule a aprender más acerca de las enfermedades alérgicas.
Las alergias en tiempos antiguos
Los primeros escritos en la historia humana se encontraron en la antigua Mesopotamia, región comprendida entre los ríos Éufrates y Tigris, que constituye el Irak moderno. Los habitantes mesopotámicos desarrollaron un sistema de escritura demoninado cuneiforme, aproximadamente en el año 3200 a.C. Escribieron sobre la respiración: Cuando el paciente sufre tos, ha de beber una mezcla de Lolium y polvo de rosas, disueltos en aceite y miel. Después deberá tomar un caldo de carne de cerdo. Cuando tenga que defecar, deberá encenderse un fuego hacia donde dirija su ano. Entonces quedará curado.
Algunos de los primeros médicos registrados en la historia humana provinieron del antiguo Egipto. Por lo general se considera que el primero fue Imhotep durante la tercera dinastía, cerca del 2600 a.C. Dos siglos después, Ni-Ankh-Sekhmet fue un médico que estuvo al servicio del rey Sahura durante la quinta dinastía y se le considera el primer alergólogo de la historia. En la tumba del faraón hay una piedra con la inscripción: “Curó las narices de los reyes”. Uno de los textos médicos más antiguos de Egipto, el Papiro Ebers, fue escrito cerca del 1550 a.C. y contiene 21 recetas para la tos o para contrarrestar la dificultad de respirar (es decir, la disnea). Algunos ingredientes listados incluyen miel, dátiles, incienso, enebro y cerveza. Es posible que muchos de los tratamientos descritos se hayan empleado como cura para el asma. Es un hecho probado que la miel ayuda a aliviar la tos, pero la mayoría de estos componentes son ineficaces para tratar esta afección bronquial.
La medicina en la antigua China usaba diversas plantas para tratar las enfermedades de las vías respiratorias, incluidos acónito y estramonio. Un texto conocido como Su Wen (que significa “Preguntas abiertas”) analizaba, a través de un diálogo entre el emperador amarillo Huangdi y su ministro Qi Po, un mal que pudo haber sido asma. Uno de sus pasajes describía lo útil que era “evitar comer y beber cosas frías y no usar ropa fresca”. En la actualidad sabemos que uno de los detonantes más comunes para los síntomas de asma es la temperatura fría. Una de las primeras descripciones de la alergia alimentaria proviene de China. En el texto Shi-Jin-Jing (que significa “Restricciones acerca de la comida”), los emperadores Shen Nong y Huangdi aconsejaban que las embarazadas evitaran alimentos como los camarones y la carne. De la misma forma, a los individuos que presentaban ciertas lesiones en la piel —tal vez originadas por eccema— se les recomendaba evitar ciertos alimentos. Una de las primeras descripciones de la urticaria, también conocida como erupción, tiene más de 2 000 años de antigüedad y proviene de China, donde se le conocía como Feng Yin Zheng (tipo de erupción oculta de viento), que es semejante a Feng Sao Yin Zhen (erupción oculta tipo viento), término usado para el mismo propósito en la medicina china tradicional de la actualidad. En esta, el viento se considera uno de los principales factores para desarrollar urticaria, por lo que otros nombres para referirse al mismo padecimiento son Fen Zhen Kuai (bultos de sarpullido de viento) y Feng Zhen (sarpullido de viento).
Por lo general se piensa que el padre de la medicina es el médico y filósofo griego Hipócrates (alrededor de 420-377 a.C.). En una colección de más de 60 de sus obras sobre medicina, llamada Corpus Hippocraticum, no se menciona en absoluto la rinitis alérgica. Aunque es posible que no existiera en la antigua Grecia, la explicación más probable es que los síntomas no presentaban la suficiente gravedad como para justificar la atención de los médicos. En los textos, el asma se describe 10 veces y hay un fragmento que habla del ruido respiratorio como “si alguien silbara a través de un tubo”. Hipócrates también describió que podía tenerse alergia a la actividad física: “Luego del ejercicio, el dolor ocurre en una u otra área del pecho o la espalda, y el cuerpo quedará cubierto de ronchas como después del contacto con ortigas”. Este fragmento también infiere el concepto de la urticaria por contacto. Hipócrates usó el término knidosis para describir esta enfermedad eruptiva de la piel y, asimismo, señaló que algunas personas reaccionaban de manera extraña después de comer queso, lo cual es probable que se refiriera a una alergia alimentaria.
En la Antigüedad hubo algunos personajes famosos que quizás hayan sufrido enfermedades alérgicas. El primer caso probable documentado de una reacción alérgica mortal, conocida como anafilaxia, se atribuye al faraón Menes en el 2641 a.C. Los jeroglíficos de su tumba indican que probablemente murió después de la picadura de una avispa, una causa de mortalidad que, en la mayoría de los casos, se debe a una reacción anafiláctica. También es probable que el emperador romano Augusto haya padecido asma, rinitis alérgica y eccema. Su sobrino nieto, el emperador Claudio, sufría rinitis alérgica. Parece ser que Británico, hijo de Claudio, presentaba alergia a los caballos.
Alergias en la Edad Media y en el Renacimiento
Durante la Edad Media, importantes avances médicos llegaron del Medio Oriente. Abu Bakr al-Razi (865-932), también conocido como Rhazes, fue un médico persa que describió por primera vez la “fiebre de rosas” en su texto “Disertación acerca del curso de la rinitis que ocurre en la primavera cuando las rosas emiten su aroma”. Las definiciones de la fiebre de rosas son semejantes a los síntomas de la rinoconjuntivitis alérgica. Este concepto se generalizó durante la Edad Media. El médico alemán Veit Riedlin (1656-1724) llevó a cabo pruebas de provocación en las que ocultaba una bolsita con pétalos de rosa en el abrigo de su paciente sin que este se percatara, para ver si los síntomas podían reproducirse.
El médico judío Moisés Maimónides (1135-1204) fue el encargado de atender al sultán Saladino en Egipto. Escribió una tesis sobre el tratamiento del asma y muchas de sus recomendaciones son pertinentes incluso hoy en día. Para tratar ese mal, Maimónides prescribía la higiene personal, la relajación, el ejercicio y los masajes, y aconsejaba evitar desencadenantes ambientales nocivos y el consumo de drogas como el opio. También recomendó que los pacientes con asma evitaran alimentos como la leche, las nueces y el pollo.
Es posible que las alergias alimentarias hayan recibido influencia de un famoso personaje de la historia inglesa. Sir Tomás Moro (1478-1535), abogado de profesión, informó que el rey Ricardo III de Inglaterra (1452-1485) era sensible a las fresas porque estas le causaban la aparición de ronchas. El monarca aprovechó esa condición frente a su consejo para afirmar que su opositor político, lord William Hastings, intentaba envenenarlo, por lo que lo mandó ejecutar.
Hasta el siglo XIX las enfermedades de la piel no se consideraban un problema porque se creía que esta era un órgano cuya función consistía en eliminar los deshechos del cuerpo. Por ende, se pensaba que las erupciones cutáneas —en especial las purulentas— eran benéficas. A lo largo de la mayor parte de la historia humana, los médicos no querían tratar las erupciones de la piel porque pensaban que era peligroso intentar sanarlas. Esta suposición se basaba en la teoría de los humores, que con frecuencia se ha atribuido a Hipócrates. Dicha tesis refiere que el cuerpo humano contiene cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Si hay un desequilibrio entre estos, se presentarán enfermedades. Para finales del siglo XIX se le reemplazó por la teoría de los microbios.
Las alergias durante el siglo XIX
En esta centuria se produjeron grandes avances en nuestra comprensión fundamental de las alergias y surgió la inmunología como especialidad. La primera descripción meticulosa de la rinitis alérgica provino de John Bostock (1773-1846), quien al principio, en 1819, la denominó catarrhus aestivus. Sin embargo, en 1828 el término fiebre del heno (alergia estacional), más popular, se generalizó y continúa utilizándose en la actualidad. En aquella época se creía que el olor del heno durante el verano y los meses de cosecha provocaba los síntomas. En la década de 1870, Charles Blackley (1820-1900) identificó la causa de este problema: el polen. Entonces inventó instrumentos para medir en la atmósfera los diminutos granos que lo conforman, al igual que los primeros dispositivos para las pruebas cutáneas.
Aunque para ese momento se había descrito el asma dentro de la literatura especializada, la primera definición clásica del padecimiento vino del médico inglés Henry Hyde Salter (1823-1881) en 1860. Su explicación al respecto se basó en cientos de casos que observó y en su propia experiencia con la enfermedad. Precisó que el asma era una “disnea paroxística de carácter peculiar, en general periódica, con intervalos de respiración sana entre los accesos”. Creía que se trataba de un trastorno nervioso, una idea que se ha perpetuado en la cultura popular incluso hasta nuestros días. No obstante, Salter también sabía que el asma se desencadenaba debido a muchos otros factores, como la exposición a los gatos y a los caballos. Para contrarrestar los síntomas recomendaba tomar café, lo cual fue uno de los primeros tratamientos efectivos en contra del padecimiento porque la cafeína puede relajar de manera temporal los músculos de las vías respiratorias y mejorar el funcionamiento pulmonar. El médico francés René Laënnec (1781-1826) inventó el estetoscopio, aparato que allanó el camino al diagnóstico médico de las enfermedades del tórax, incluida el asma.
Paul Ehrlich (1854-1915) fue un médico y científico alemán, ganador del Premio Nobel, al que se le considera uno de los padres de la inmunología, en específico del sistema inmunitario humoral adaptativo. Su trabajo en la tinción de células bajo el microscopio lo condujo a descubrir, en 1878, el mastocito, una importante célula causante de las reacciones alérgicas. De inicio, Ehrlich las llamó Mästzellen y pensaba que esas células desempeñaban una función nutricional por los gránulos en su interior. La palabra maesten en alemán significa “atiborrar” o “alimentar a fuerza”. Un año después, Ehrlich descubrió los eosinófilos, unos glóbulos blancos que también son importantes en las reacciones alérgicas. Fue el primer científico en desarrollar un medicamento para tratar la sífilis; se trataba de un compuesto derivado del arsénico que se denominó Salvarsan. Además de todo lo anterior, Ehrlich acuñó el término quimioterapia.
El inmunólogo ruso Elie Metchnikoff (1845-1916) ganó el Premio Nobel por su trabajo en inmunología y se le considera el padre de la inmunidad celular. Este es el brazo del sistema inmunitario en el cual participan las células inmunitarias que no usan anticuerpos. En 1883 publicó su primer artículo alusivo a la comprensión de la fagocitosis, proceso en el que las células ingieren sustancias ajenas y otras células. Detectó que las células de una larva transparente de estrella de mar devoraban los materiales extraños y a esas células las denominó fagocitos, un término derivado de los vocablos griegos phagein, que significa “comer”, y cyte, “célula”. Metchnikoff también acuñó el término gerontología y se le conoce ampliamente como pionero en el estudio del envejecimiento. Incluso sostenía la teoría de que los probióticos podían mejorar la salud y demorar el envejecimiento.
Las alergias a inicios del siglo XX
Los principales avances en el campo de las alergias ocurrieron a principios del siglo XX. En 1902 Charles Richet (1850-1935) y Paul Portier (1866-1962) usaron un laboratorio en el yate Princess Alice II, propiedad del príncipe Alberto I de Mónaco, para estudiar la Physalia (carabela portuguesa o aguamala). Si no estás familiarizado con estos animales, son hidrozoos que parecen medusas. Uno de sus extractos contiene una sustancia conocida como hipnotoxina, que causa erupciones dolorosas cuando entra en contacto con la piel. Los marinos están acostumbrados a estas incómodas picaduras. Mientras viajaban, Richet y Portier trataron de inmunizar a perros contra la toxina administrándoles pequeñas dosis en múltiples ocasiones. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Uno de los cánidos del experimento, llamado Neptuno, recibió dos dosis de la toxina con tres días de separación que fueron bien toleradas. Luego de 22 días se le aplicó la misma dosis por tercera vez, pero tras unos segundos de suministrada la inyección, Neptuno comenzó a asfixiarse y a resollar, vomitó sangre y murió en el curso de 25 minutos. Al principio, Richet denominó afilaxia a ese fenómeno debido a la “falta de protección“ contra la reacción, pero poco tiempo después se le cambió el nombre por anafilaxia, porque resultaba más interesante. Anafilaxia es el término que describe una reacción alérgica potencialmente mortal. Por ese descubrimiento Richet obtuvo el Premio Nobel en 1913.
Clemens von Pirquet (1874-1929), un pediatra austriaco, acuñó el término alergia en 1906. En la revista especializada Münchener Medizinische Wochenschrift escribió: “Necesitamos una nueva palabra para el estado alterado que enfrenta el organismo al encontrarse con cualquier veneno orgánico, viviente o inerte […] Para este concepto general de respuesta alterada sugiero el término alergia”. A partir de ese momento, el viejo vocablo idiosincrasia se reemplazó con rapidez por el de alergia, que proviene de las palabras griegas allos (otro) y ergos (actividad). Pirquet también acuñó el término alérgeno para describir sustancias que —al haber una exposición repetida— conducen a una reacción. Sus observaciones iniciales ocurrieron en 1902, cuando atendía a niños que desarrollaban efectos secundarios luego de que se les aplicaba la antitoxina contra la difteria derivada del suero de caballo. También fue pionero en la educación médica. Le daba gran valor a la cooperación entre médicos y pacientes e insistía en que sus estudiantes terminaran un periodo de capacitación en enfermería con el fin de entender los problemas y cuidar mejor a los enfermos.
La palabra atopia fue acuñada en la década de 1920 por Arthur Fernandez Coca (1875-1959) y Robert Anderson Cooke (1880-1960). El concepto describe una tendencia genética a desarrollar enfermedades alérgicas como el asma, el eccema y la rinitis. A veces, atopia se refiere en general a cualquier reacción alérgica provocada por un anticuerpo llamado inmunoglobulina E (IgE).
Encontrar el origen de las reacciones alérgicas
Durante los primeros años del siglo XX se dieron muchos pasos para tratar de encontrar el origen de las reacciones que se observaban. Con frecuencia, a esta sustancia se le llamaba reagina. En 1919 un mesero de 35 años de edad, sin antecedentes médicos importantes, desarrolló anemia y recibió una transfusión sanguínea. Dos semanas más tarde, abordó un carruaje jalado por caballos en Central Park, en Nueva York, y presentó una crisis de asma cinco minutos después. Se le aplicó epinefrina y sus síntomas se resolvieron. Cuando acudió con el doctor Maximilian Ramirez, que le practicó una serie de pruebas de alergia, el galeno descubrió que el joven era alérgico a los caballos. Resultó ser que el donante de sangre para este paciente padecía asma y también era alérgico a los caballos. Lo anterior demostró que la alergia puede transferirse entre personas a través de la transfusión sanguínea.
La transferencia de alergias es un fenómeno que aún persiste en la actualidad. Una vez atendí a un paciente de avanzada edad de nombre Gerald, que tenía antecedentes de leucemia y que varios años antes de acudir conmigo recibió un trasplante de células madre. La buena noticia fue que su cáncer entró en remisión, pero la mala, que el donante tenía antecedentes de alergias a la leche y a los huevos. Gerald desarrolló un padecimiento que se conoce como alergia alimentaria adquirida por trasplante. Acudió a mí para determinar si sus alergias se habían resuelto. Por desgracia, las pruebas arrojaron que seguía siendo hipersensible a aquellos productos. Aunque este fenómeno no es común, es importante que la gente conozca que lo anterior puede ocurrir.
En 1922 Karl Prausnitz (1876-1963) y su asistente Heinz Küstner (1897-1963) publicaron que las alergias podían transferirse al usar el suero de la sangre, que es un componente que no posee células ni participa en la coagulación. Küstner era alérgico al pescado, y Prausnitz al polen, pero no al pescado. Decidieron extraer la sangre de Küstner y usar el suero de la misma para inyectarlo en la piel de Prausnitz. Al día siguiente, este último se inoculó extracto de pescado cerca de los sitios en los que se aplicó la inyección del suero de Küstner y alrededor de otras áreas. Solo las zonas cercanas al suero de Küstner reaccionaron con rapidez, presentando urticaria. Es evidente que había una sustancia que se transfirió y que produjo las reacciones alérgicas. Este método se conoce como prueba Prausnitz-Küstner, que durante décadas fue el procedimiento clásico para cuantificar anticuerpos alérgenos específicos.
No fue sino hasta 1967 cuando dos grupos independientes de investigadores descubrieron el origen de muchas de estas reacciones alérgicas: la IgE. La E en la inmunoglobulina E se refiere a la capacidad del anticuerpo para crear eritema, un trastorno de enrojecimiento de la piel. Kimishige Ishizaka (1925-2018) y Teruko Ishizaka (1926-2019) aislaron la IgE de personas alérgicas al polen de la planta llamada ambrosía. Al mismo tiempo, S. G. O. Johansson y H. Bennich identificaron un anticuerpo desconocido en un paciente con mieloma, al que nombraron con las iniciales del individuo: IgND. Los anticuerpos IgE e IgND son la misma sustancia y la Organización Mundial de la Salud decidió conservar el nombre IgE, que se sigue utilizando en la actualidad.
Pruebas de alergia
Antes del trabajo de Charles Harrison Blackley en la década de 1870, apenas había cualquier experimento o ensayo disponible para estudiar las alergias. Blackley desarrolló la prueba de alergia por rascado en 1873, cuando expuso su propia piel a la hierba timotea y fue el primero en describir el procedimiento. En 1882 el científico alemán Robert Koch (1843-1910) descubrió la bacteria que causa la tuberculosis y, en 1890, descubrió la tuberculina, una sustancia derivada de la bacteria de la tuberculosis que puede usarse para pruebas cutáneas. Pirquet modificó la prueba de tuberculina al colocar una gota de la sustancia en la piel del antebrazo y luego usar su “fresa Pirquet” para raspar el área. Este fue el precursor de los dispositivos de prueba por punción que se usan en la actualidad.
La primera prueba cutánea para diagnosticar una alergia alimentaria la efectuó el pediatra estadounidense Oscar Menderson Schloss (1882-1952). Usó la prueba por rascado con la clara de un huevo de gallina para demostrar que un paciente era alérgico a este producto. Schloss también pudo examinar las alergias a la avena y a las almendras. El descubrimiento de la IgE abrió el camino para crear los exámenes de sangre destinados a la detección de alergias. Las pruebas de provocación oral, que se consideran como el método de referencia para el diagnóstico de las alergias alimentarias a través de la observación cuidadosa de las reacciones a comer un alimento que es un alérgeno potencial, se ha utilizado cuando menos desde 1926. En aquella época, una trágica reacción mortal ocurrió en un bebé de 18 meses de edad con eccema que había presentado tres episodios anteriores de una reacción alérgica luego de comer pudín de guisantes. Este es un platillo inglés que se obtiene principalmente al hervir chícharos secos, agua, sal y especias. Para el almuerzo, la enfermera de un hospital pediátrico le dio una mezcla de zanahorias y chícharos para determinar si tendría una reacción. De inmediato, el bebé desarrolló inflamación, tuvo dificultades para respirar y murió.
La “prueba modificada por punción” que se utiliza en la actualidad fue desarrollada por la señora Helmtraut Ebruster (1922-1996) en Austria. Esta prueba se publicó en 1959 y se ha convertido en uno de los análisis de alergia más utilizados en el mundo. El procedimiento consiste en colocar una gota del extracto del alérgeno en la piel, en general del antebrazo o de la espalda, y luego picar con cuidado la piel a través de la gota con una aguja esterilizada o con una lanceta. Esto revolucionó por completo las pruebas de alergia en aquel tiempo. No obstante, a pesar de su enorme contribución, con frecuencia se dice que Ebruster es la “autora olvidada” de la prueba modificada por punción. Pasé una gran cantidad de tiempo buscando más información sobre ella, pero había poco que pudiera encontrar y considero que merece mayor reconocimiento por sus contribuciones a la medicina.
En 1961 el médico español Alberto Oehling (1928-2014) desarrolló la “prueba de frotamiento”. Se frotaba un alérgeno directamente sobre la piel para observar si ocurriría una reacción cutánea. Aunque era un procedimiento fácil de llevar a cabo, no fue una práctica confiable, ya que la cantidad de alérgeno aplicado variaba de forma significativa. No se estandarizó la presión y la duración del frotamiento, por lo que el examen era difícil de interpretar. Muchas pruebas arrojaban resultados negativos falsos porque el alérgeno no siempre penetra la piel a la profundidad suficiente para provocar una reacción.
La prueba del parche, que se usa para diagnosticar dermatitis de contacto (capítulo 9), fue presentada por primera vez en 1894 por el dermatólogo alemán Josef Jadassohn (1863-1936). Esta prueba coloca sustancias en la espalda que se cubren durante varios días para observar si ocurre una erupción demorada. Alrededor de 1928, Bruno Bloch (1878-1933) desarrolló más la prueba de parches. Al inicio se le llamó prueba de parches de Jadassohn-Bloch, pero en 1931 empezó a conocerse simplemente como prueba de parches.
En 1851 William P. Kirkman (1827-1852), un médico británico con antecedentes de alergia estacional, aspiró el polen de un pasto en su invernadero, lo cual le provocó un intenso acceso de estornudos durante la siguiente hora. Este fue el primer caso registrado de una prueba de provocación nasal, que implica aplicar un alérgeno potencial directamente en la nariz para ver si se producen los síntomas. Aunque la prueba de provocación nasal no se utiliza en general en la actualidad, con frecuencia se emplea en investigaciones y con el propósito de confirmar alergias relacionadas con el lugar de trabajo si otras pruebas no son concluyentes.
Tratamientos para las alergias
En 1911, el científico británico sir Henry Dale (1875-1968) descubrió la histamina, la cual es la sustancia química responsable de muchos de los síntomas relacionados con las alergias (capítulo 2). Los farmacólogos Daniel Bovet (1907-1992) y Anne-Marie Staub (1914-2012) trabajaron juntos para encontrar un fármaco que bloqueara los efectos de la histamina; es decir, un antihistamínico. Descubrieron la primera sustancia con propiedades antihistamínicas, denominada timoxietil-dietilamina. El primer medicamento antihistamínico en usarse en el entorno clínico fue la fenbenzamina, la cual fue presentada por Bernard Halpern (1904-1978) en 1942. A esto le siguió la difenhidramina (Benadryl) en 1945. La primera generación de antihistamínicos llegó entre las décadas de 1940 y 1950 del siglo pasado (capítulo 14), pero tenían otros efectos en el organismo, incluido el bloqueo de un neurotransmisor llamado acetilcolina (por ende, son anticolinérgicos). Estos efectos colaterales llevaron a las farmacéuticas a buscar otros fármacos. Por ejemplo, aunque la clorpromazina (Torazina) es un antihistamínico, se utiliza para el tratamiento de trastornos psiquiátricos como la esquizofrenia y el trastorno bipolar. Este medicamento no se emplea de manera habitual para tratar alergias.
Con los antihistamínicos de primera generación se informaron muchos efectos secundarios, como sedación, por lo que la búsqueda de medicamentos que bloquearan principalmente la histamina se intensificó durante las décadas de 1970 y 1980. Los antihistamínicos iniciales de segunda generación que se descubrieron fueron la terfenadina y el astemizol. Sin embargo, estos fármacos ya no se utilizan porque se detectó que causan un aumento en el riesgo de paro cardiaco. Los antihistamínicos de segunda generación más novedosos, como la loratadina (Claritin) y la fexofenadina (Allegra) salieron a la venta en la década de 1990 y se siguen utilizando de manera amplia en nuestros días.
Los glucocorticoides, un tipo de hormona esteroide producida por las glándulas suprarrenales, tienen múltiples funciones que incluyen efectos antiinflamatorios, al igual que influyen en el crecimiento y el estado de ánimo. El cortisol es un ejemplo de glucocorticoide. En 1900 un médico de Filadelfia de nombre Solomon Solis-Cohen (1857-1948) informó que el extracto de la glándula suprarrenal, tomado de forma oral, ayudaba a tratar el asma. Después, Edward Kendall (1886-1972) ganó el Premio Nobel en 1950 por aislar varios esteroides de la corteza suprarrenal en los años cuarenta, incluida la cortisona —que en aquel entonces se llamaba “compuesto E”— y la hormona adrenocorticotrópica (ACTH, por sus siglas en inglés). Philip Hench (1896-1965) compartió este Nobel con Kendall porque usó cortisona y ACTH en el tratamiento de pacientes con artritis reumatoide. Recurrir a esteroides para tratar enfermedades inflamatorias se volvió muy popular de allí en adelante.
El primer estudio clínico controlado con placebo realizado en el Reino Unido, en el que se usó cortisol para tratar el asma, no tuvo éxito en los años cincuenta. Sin embargo, el uso de dosis mayores de esteroides orales se volvió popular, a pesar de que se informaron efectos secundarios importantes que incluyen problemas metabólicos, osteoporosis y retraso en el crecimiento de los niños. Por ende, los científicos se interesaron en desarrollar esteroides inhalables que tienen menor potencial de efectos secundarios graves. Al inicio, los científicos intentaron con cortisona y dexametasona, pero esos fármacos no funcionaban bien al aplicarse de manera tópica en los pulmones. El primer esteroide inhalado eficaz para tratar el asma, el dipropionato de dexametasona, fue descubierto en los años setenta por el químico sir David Jack (1924-2011). También inventó varios otros medicamentos para el asma que incluyeron los broncodilatadores salbutamol y salmeterol, al igual que el propionato de fluticasona, un esteroide inhalable. Asimismo, fue responsable de inventar el sumatriptán, un medicamento para la migraña que se usa comúnmente, y el ondansetrón, que trata la náusea y el vómito.
La inmunoterapia con alérgenos (capítulo 16), a menudo en forma de gotas, es un tratamiento que ayuda a resolver la causa subyacente de la rinitis alérgica, que es la respuesta inmunitaria anormal a los alérgenos ambientales como el polen y la caspa de las mascotas. En 1911 el médico británico Leonard Noon (1877-1913) publicó en The Lancet el primer registro sobre la eficacia de la inmunoterapia subcutánea (SCIT, por sus siglas en inglés) en personas con alergia al polen del césped. También intentó establecer la dosificación estandarizada del alérgeno, a la que llamó unidad Noon, que se basaba en su peso. Cuando murió en 1913, su amigo John Freeman (1877-1962) continuó con su trabajo y tres meses después del deceso de Noon publicó otro artículo que no informó resultados positivos. Ya no hubo otros ensayos clínicos para la SCIT hasta casi 50 años después, pero esos estudios clínicos y otros posteriores mostraron beneficios importantes de administrar inmunoterapia subcutánea para tratar la rinitis alérgica.
En 1975, Cesar Milstein (1927-2002) y Georges Köhler (1946-1995) desarrollaron la tecnología del hibridoma. Esto permite que los científicos creen anticuerpos sumamente puros y específicos, como los anticuerpos monoclonales, que a menudo se conocen como biológicos (capítulo 17). Este avance ha revolucionado la investigación, el diagnóstico clínico y la terapéutica. Milstein y Köhler obtuvieron el Premio Nobel en 1984. El primer anticuerpo monoclonal aprobado en 1986 por la FDA fue el muromonab-CD3, para la prevención del rechazo agudo del trasplante de órganos. El omalizumab (Xolair) se convirtió en el primer anticuerpo monoclonal aprobado por la FDA en 2003 para tratar el asma alérgica grave. Desde entonces, hemos visto un notable crecimiento en el número de tratamientos para diversas enfermedades alérgicas, que analizaremos a lo largo de este libro.
En retrospectiva, al mirar la historia de las alergias, atestiguamos un viaje desde las observaciones antiguas de las erupciones misteriosas y los problemas respiratorios hasta la ciencia moderna de las alergias y la inmunología. Lo que alguna vez se pensó que era un desequilibrio de humores, ahora se sabe que es una relación compleja entre la genética, el ambiente y una respuesta inmunitaria anormal. Hemos recorrido un largo camino en nuestra comprensión de las enfermedades alérgicas, pero queda mucho por aprender. A medida que prosigas con este libro, adquirirás un mejor entendimiento de tu sistema inmunitario y de las reacciones alérgicas que pueden ocurrir. Para el final del libro, pondremos la vista hacia el futuro para saber hacia dónde es posible que nos dirijamos.
DETALLES PARA RECORDAR
- Aunque las enfermedades alérgicas no han sido comunes hasta la historia moderna, los primeros registros indican que siempre han existido.
- Los avances más importantes en el estudio de la alergia comenzaron en el siglo XIX.
- El término alergia fue acuñado en 1906 por Clemens von Pirquet.
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El sistema inmunitario
El presente capítulo es uno de los más importantes del libro, pero también es posible que su lectura sea la más difícil. No hay forma de darle la vuelta, porque si no estás familiarizado con el sistema inmunitario o nunca has tomado un curso de inmunología, quizá se te complique entender muchas partes del contenido. También puedes regresar a este apartado en cualquier momento si necesitas recordar los conceptos que aborda.
Comprender el sistema inmunitario es esencial para entender las enfermedades alérgicas, en vista de que las alergias son una respuesta anormal del primero frente a las sustancias externas. Aunque está diseñado para proteger al organismo de los patógenos dañinos, como bacterias, virus y cáncer, el sistema puede identificar las sustancias inocuas —por ejemplo, el polen, la caspa de las mascotas y los alimentos— como amenazas importantes. Esto puede propiciar una respuesta inmunitaria exagerada que derive en una diversidad de síntomas, desde comezón y estornudos hasta reacciones potencialmente mortales conocidas como anafilaxia. Al comprender cómo funciona el sistema, adquirirás un conocimiento esencial de cómo y por qué ocurren estas reacciones. Este capítulo te ayudará a conocer mejor tu cuerpo.
El formato te parecerá diferente en comparación con la mayoría de los libros, porque gran parte del mismo incluye las definiciones de los términos esenciales que se requieren para entender las alergias y la inmunología. Parte de la información contenida aquí se repite a lo largo del libro porque, considero, te servirá para recordar las ideas abordadas. En este apartado no encontrarás historias como luego verás en la mayoría de los capítulos; en lugar de eso, hallarás más analogías con el fin de que comprendas mejor lo tratado.
¿Cuál es el propósito del sistema inmunitario?
Inmunidad es un término que significa “protección de las enfermedades infecciosas”. Las células y las sustancias químicas que sirven para lograr la inmunidad están en el sistema inmunitario. Un antígeno es cualquier molécula o sustancia que puede activar una reacción inmunológica. Este sistema reconoce al antígeno como algo ajeno y activa un mecanismo de defensa que coordina un ataque contra el agente extraño.
El sistema inmunitario es de vital importancia para proteger al cuerpo de los patógenos, que son organismos diminutos que causan enfermedades, como los virus, las bacterias, los hongos o los parásitos. También protege contra diversas sustancias que pueden ser tóxicas para el organismo y que incluyen el humo, los metales pesados —como el mercurio y el plomo—, químicos industriales y micotoxinas del moho. Cuando el cuerpo sufre una lesión o enfrenta los efectos de una infección, el sistema inmunitario desempeña un papel crítico en el proceso de curación. En ese proceso ocurre una cascada de acontecimientos que se denomina inflamación. Por ejemplo, cuando te cortas el dedo, te resfrías o consumes un alimento que contiene una toxina, tu sistema inmunitario envía una señal a sus células, que viajan al área de interés. Piensa en una situación en la que alguien llama al número de emergencia porque un edificio comienza a incendiarse. La respuesta del sistema consiste en mandar células y químicos inmunitarios al sitio del daño con el fin de disponerse a repararlo o de combatir la afección. Es como cuando los bomberos arriban a una casa en llamas para apagar el fuego. Este proceso inflamatorio puede causar síntomas como enrojecimiento, hinchazón, calor, dolor, rigidez, o todos los anteriores. La inflamación ayuda a llevar sangre y nutrientes adicionales al área, en tanto que el calor matará a los microbios. El dolor te sirve para recordar que debes descansar con el objetivo de mejorar el proceso de curación.
El sistema inmunitario también está intentando todo el tiempo distinguir entre “yo” y “no yo” para asegurarse de que no se agreda a sí mismo. No obstante, algunas personas quizá terminen desarrollando una respuesta inmunitaria anormal a su propio tejido sano, lo cual se conoce como enfermedad autoinmune. El sistema debe determinar si una sustancia ajena es perjudicial. Por ejemplo, los alimentos son sustancias ajenas, pero ¿cómo sabe el sistema si son seguras para el cuerpo y no son un patógeno? Hay una serie de complicadas revisiones para ayudar a que ingerir los alimentos sea seguro para la mayoría de la gente. Cuando las células de tu organismo se están dividiendo, es posible que muten o cambien a una célula disfuncional que crece sin control. Estas son las células cancerosas que el sistema inmunitario puede ser capaz de identificar y erradicar antes de que provoquen una enfermedad grave.
¿Qué es la señalización celular?
La señalización celular es la forma en que las células corporales se comunican entre sí y constituye una parte esencial del funcionamiento de tu organismo. Cuando las células se hablan, envían mensajeros químicos, los cuales también se conocen como moléculas de señalización, mediadores químicos o ligandos. Las citocinas son pequeñas proteínas que participan en los mensajes entre las células inmunitarias e incluyen a los interferones, el factor alfa de necrosis tumoral (TNF-α, por sus siglas en inglés) y las interleucinas. Como su nombre lo indica, las interleucinas son proteínas que envían señales entre los glóbulos blancos; en siglas se escriben como IL-4, IL-5 e IL-13. Cuando se activa la señalización celular, la célula libera un ligando para que encuentre un receptor que se localiza en la misma célula o en otra. Un receptor es una proteína que se halla en el exterior de la célula, llamada membrana celular, o dentro de la misma, ubicada en el núcleo o en el citoplasma. La proteína receptora se adhiere al ligando para emitir una señal al interior de la célula que le indique que inicie una respuesta. La interacción entre un ligando y un receptor es como un mecanismo de apertura y ci
