MARÍA DE LÁRIZ Y
ALONSO JUAN VALDÉS INCLÁN
El diseñador del escudo de la ciudad de Buenos Aires —una paloma, un ancla y dos barcos— se llamó Jacinto de Láriz. Que más allá de su célebre creación fue el gobernador más chiflado que nos tocó: manejó los hilos del Río de la Plata entre 1646 y 1653.
Láriz le hacía la vida imposible al obispo porteño y fue excomulgado tres veces durante su mandato. Quiso robarse la única mesa de billar que había en la ciudad, organizaba partidas de cartas en la sala de reuniones del fuerte, llegó a confiscar un cargamento de esclavos africanos (alegó que venían a invadirnos), persiguió al obispo dentro de una casa para darle una paliza, y dormía la siesta, desnudo o semidesnudo, en un banquito junto al mencionado fuerte, que estaba donde hoy tenemos la Casa Rosada.
Por supuesto que hizo muchísimas locuras más, hasta terminar siendo expulsado de Buenos Aires y juzgado por sus barbaridades.
El padre del escudo de la ciudad también dejó alguna que otra semillita. La que nos interesa, germinó en la señorita Francisca “Pancha” Martínez, hija de un encomendero de Tucumán. El producto de la pasión de Jacinto y Pancha se llamó Juan de Láriz. Fue más cuerdo que el padre (porque más loco que Láriz no hubo). De todos modos, sí repitió la experiencia de papá Jacinto: sin casamiento previo se unió a Jerónima Ruiz de Ocaña, quien, al comprobar su estado embarazoso, le pidió que la llevara al altar. Él prometió que lo haría; sin embargo, algo falló. No sabemos qué pudo haber sido, pero no se casaron. Aunque sí nació María: producto de los amores de Juan y Jero, y nieta del loco Láriz.
María encarriló las cosas. Al contrario de su madre y de su abuela, ella decidió que el orden de los factores podía alterar el producto; y por lo tanto se casó primero y tuvo hijos después. Su marido fue Cristóbal Rendón, que debe haber estado muy lejos de ser el primer marido engañado de Buenos Aires. Pero tan engañado y con tanta publicidad, no debe haber habido muchos.
Cuando la pareja transitaba el séptimo año y quince días de casados (dieron el sí el 18 de junio de 1695 y ya llegamos al 3 de julio de 1702), asumió en el Río de la Plata un nuevo gobernador: don Alonso Juan de Valdés Inclán. El hombre vino a poner mano dura contra los portugueses okupas de la Colonia do Sacramento, en la margen oriental del Río de la Plata.
Por ese entonces, en casa de los Rendón Láriz (una de las familias más acomodadas, por cierto) ya había dos mellizos de cinco años, María José y Francisco Javier, y María de Láriz tenía un embarazo de cuatro meses que siguió su curso natural. Cuando en noviembre nació María Catalina, su padre buscó el “Libro de Ramilletes de Divinas Flores” y anotó en su última hoja, debajo de Francisco y María José, el nombre de la nueva integrante de la familia. Allí, en la última página, él llevaba el registro de sus hijos. Y no era el único, sino que lo hacían todos. Era habitual que el padre de las criaturas llevara el registro de los nombres de sus hijos anotados en un libro cualquiera.
María, que había sido tan prolija en las cuestiones del matrimonio y los nacimientos, volvió a quedar embarazada en 1704 y llegó María Teresa (una personita que deberemos recordar en breve en el transcurso de este libro). Pero a esa altura todo el mundo hablaba de su escandalosa relación con el gobernador Valdés Inclán.
Cristóbal Rendón fue uno de los últimos en enterarse. Y cuando ya estaba en condiciones de recriminarle la falta de fidelidad a su mujer y atraparla con las manos en la masa, no pudo hacerlo porque el gobernador había colocado una guardia en la puerta de la casa, con orden de no dejar que el mismísimo propietario ingresara. Eso era apenas una muestra de lo que se venía: en esos días quisieron asesinar a Rendón. Entonces él optó por huir de Buenos Aires cuando la pequeña hija, cuyos datos filiatorios estaban en duda, cumplió un mes de vida. Por más que Rendón la había anotado en la última página del libro con el nombre María Manuela, en cuanto él salió de la ciudad, fue bautizada como María Teresa. María Teresa Rendón, por supuesto. Aunque para todos era hija de María de Láriz y de Alonso Juan Valdés Inclán.
El marido engañado tomó el camino a Santa Fe primero y a Córdoba después, abandonándolo todo para cuidar el pellejo. Su mujer y Valdés Inclán eran los amantes más conocidos del Río de la Plata. Tuvieron otros hijos y no se molestaron por mantener las formas o acallar la expulsión del marido, quien inició una demanda por adulterio e intento de homicidio.
Cuando el gobernador culminó su mandato, en el juicio de residencia le fue muy bien en lo que respecta a la auditoría sobre la administración. Pero además estaba la causa que le había iniciado Cristóbal Rendón. Como se le complicaba y querían expulsarlo de Buenos Aires, en marzo de 1709 —y luego de cinco años de relación intensa— Valdés se casó con María de Láriz, ya viuda, porque Rendón había muerto en Córdoba, en 1707. Al día siguiente del casamiento, a las nueve de la mañana, el ex gobernador se marchó de la ciudad. Sin María.
Viajó a Chuquisaca en donde se llevaba adelante el juicio por haberle usurpado la mujer a un vecino. Tenía la esperanza de que el tardío casamiento con la liberal amiga mejorara su imagen ante el Tribunal. Sin embargo, los testimonios que obtuvo la Real Audiencia en Buenos Aires eran más que contundentes. Antes de que se le leyera la sentencia, Valdés Inclán pidió la palabra: lloró y rogó que le disculparan los “excesos” —así los llamó él— cometidos. Fue condenado y debió mantenerse en la ciudad altoperuana, en calidad de preso. Murió en 1711.
El final de María de Láriz, en 1742, fue trágico. Según evocaría el canónigo Saturnino Segurola muchos años después, en el 1800: “Permitió el Cielo que uno de los hijos que [María] tuvo con el Gobernador, perdiendo el juicio, le diese de puñaladas. A los pocos días murió con mucha piedad, persuadiéndose comúnmente los que observaron esta tragedia, que este fue un castigo del Cielo”. Lo que nos permite arribar a una sabia conclusión, de la mano de Saturnino: Chicas, pórtense bien, que si no, el Cielo va a castigarlas. A cuchillazos.
PANCHA ALDAO Y
CARLOS ORTIZ DE ROZAS
María Teresa Rendón, biznieta del chiflado gobernador Láriz e hija del escandaloso gobernador Valdés Inclán, se casó en 1727 con Jacinto, el primer Aldao que pisó el Río de la Plata. Ellos tuvieron diez hijos, tres varones y siete mujeres, entre quienes figuraban las atractivas Rosa y Francisca. Las señoritas no pasaban desapercibidas. Sin embargo, jamás se pensó que iba a ocurrir lo que sucedió con Panchita a partir de la Pascua de 1746.
La celebración demandaba una buena cantidad de ceremonias religiosas. Las misas oficiales, aquellas en las que participaban el obispo, las autoridades y los vecinos más prestigiosos, tenían lugar en la Catedral; pero en aquel año la principal iglesia de la ciudad estaba cerrada por reparaciones. Por lo tanto, la de San Francisco —ubicada a una cuadra de la actual Plaza de Mayo— se transformó en el centro de las actividades espirituales.
El sábado 14 de abril de 1746, a Francisca Aldao y Rendón —18 años— se le escapó una mirada en plena misa. El destinatario fue el capitán Carlos Jacinto Ortiz de Rozas, quien presidía la guardia del gobernador José de Andonaegui. Desde ya, a Carlitos se le deshizo el corazón en mil pedazos. Grandote y rubio de ojos azules, comenzó a merodear la calle de la casa de los Aldao y a pavonearse con su poncho blanco y su sombrero de plumas encarnadas cerca de la ventana enrejada de Panchita para llamar su atención. A la semana siguiente interceptó al criado de Francisca, el simpático negro Santiaguillo, y le entregó una cartita para su ama. Y otra y otra y otra. Los mensajes de texto surtieron efecto porque Francisca, Santiaguillo mediante, invitó al capitán a que la visitara en forma secreta por la noche.
Carlos era sobrino nieto del gobernador saliente Domingo Ortiz de Rozas. Y era hijo de otro Domingo Ortiz de Rozas, quien sería abuelo de Juan Manuel de Rosas. Por lo tanto, nuestro personaje fue tío —hermano del padre— del célebre Restaurador de las Leyes.
Carlos Ortiz ingresó en puntas de pie a la casa de los Aldao a las ocho de la noche, no bien el negrito le hizo una seña. Esquivó el dormitorio de los padres, esquivó el cuarto de las hermanitas menores y se sumergió en el de Pancha, que tenía vista a la calle. Era común que los cuartos de las mujeres tuvieran un biombo que se colocaba para tapar la cama, así las chicas podían dormir con las ventanas abiertas, si el tiempo lo ameritaba, pero a salvo de posibles voyeurs.
El entusiasmado capitán fue llevado a tientas hasta detrás del biombo. A tientas, porque el cuarto estaba a oscuras. El guía negro se retiró y apareció Panchita con una vela. Y empezaron: que sí, que no, que dale, que pará, que andate que es tarde… El tire y afloje se extendió más de lo previsto porque de repente se sintió un inesperado trac trac: don Jacinto Aldao cerró con llave la puerta de la calle, según parece, un poco antes del horario habitual.
Las complicaciones recién empezaban. Pancha escuchó a su madre hablando en el pasillo. Sin pensarlo dos veces, metió al conquistador adentro de la cama, lo cubrió con la cortina y salió del dormitorio. Estuvo cerca de dos horas fuera de su cuarto, sentada en el pasillo con doña María Teresa, practicando costura. Y el capitán quedó petrificado en la cama de la señorita, suplicando que apareciera Santiaguillo y lo sacara de allí.
Quien ingresó al cuarto fue Francisca, seguida de su madre. Las dos atravesaron el biombo que dividía el ambiente y María Teresa supervisó que su hija se pusiera el camisón. Cuando se acercaba el fin del mundo para los enamorados, cuando sólo faltaba que la madre abriera la cortina de la cama y descubriera al capitán acurrucado, Jacinto Aldao pegó un grito reclamando la presencia de su mujer.
María Teresa Rendón, biznieta del chiflado gobernador Láriz e hija del escandaloso gobernador Valdés Inclán, besó a su hija y salió del cuarto. Panchita se metió en la cama y todo fue muy silencioso. Hasta que, culminado todo lo silencioso, Carlos Ortiz de Rozas pidió la palabra y dijo, en voz baja: “Eres la primera mujer que he deshonrado, pero ya sabré honrarte”. Tomó su sombrero de plumas encarnadas y partió, guiado por Santiaguillo, a trepar por la pared del fondo. Para Panchita la frase que le dejó Carlos era una manifestación clarísima de que se casaría con ella.
De todos modos, antes de que hubiera el mínimo atisbo de formalizar la relación, siguieron visitándose a escondidas. Cada noche, el capitán se enfrentaba al peligro de ser descubierto. De todas maneras, él consideraba que valía la pena hacerlo, ya que semejante riesgo le permitía deshonrar a la joven Pancha todo el tiempo.
La relación se fortaleció al punto que pasadas cinco o seis semanas de encuentros cercanos, Pancha reclamó una doble ausencia de su amigovio y Santiaguillo le informó que estaba en cama con catarro. Francisca Aldao, ni lerda ni perezosa, fue a visitarlo. De esta manera, ella conoció la casa de su Carlitos. Como sin duda sintieron la necesidad de encontrar un refugio en donde manejarse con mayor libertad de acción, les pareció que estaba muy bien intercalar visitas aquí y allá. Aunque, eso sí, todo muy organizado. Porque para que ella saliera de su casa sin ser vista, trepaba la tapia del fondo que desembocaba en una propiedad de doña Luisa de la Cámara. La señora tenía una higuera junto a la pared que era de gran utilidad para que descendiera Pancha.
Ya de por sí era bastante complicada toda la maniobra. Bernardino —tío de Santiaguillo y jardinero de los Aldao— y Mariana —negra bozal empleada en la casa— recibieron un pago extra para colaborar cada vez que la niña bien deseara ir a lo de Ortiz de Rozas. El pardo Santiaguillo, el negro Bernardo y la negra Mariana no eran los únicos que participaban en el operativo. También formaban parte del equipo el chinito Juan Santos, que trabajaba en la casa de Pancha, y el criado de Carlos Ortiz de Rozas, cuyo nombre era Juan de Vila, y todos lo llamaban “el Inglesito”.
En medio de los amores del capitán y la señorita surgió un grave problema. Parece que un par de noches, don Jacinto Aldao y doña María Teresa Rendón sintieron ruidos. Por lo tanto, resolvieron poner llave a la puerta que comunicaba la casa con el huerto del fondo. Pero no debemos subestimar a Francisca, quien no iba a permitir que una puerta cerrada con llave le impidiera continuar con sus escapadas o, lo que era peor, que su amado volviera a quedar encerrado. Ella tomó al toro por las astas y se encargó de resolver el inconveniente: envió al chinito Juan Santos a lo del herrero Miguel Pérez y le encargó que le hiciera una copia de la llave de plomo.
Llegó septiembre y se acercaba la primavera cuando hizo su aparición en Buenos Aires Domingo Merlo, hijo de Miguel de Merlo, gran amigo de Jacinto Aldao. Dominguito estaba enfermo y era costumbre entre los porteños dar albergue por motivos de salud. En realidad, en aquel tiempo casi nadie iba al único hospital que había y hasta llegó a ser necesario debatir en el Cabildo el promiscuo uso que les daban los jóvenes a las inútiles camas de internación.
El solidario Jacinto le abrió su casa de par en par al convaleciente hijo de su amigo. Y no tuvo mejor idea que entregarle el cuarto de Pancha, quien pasó a dormir con sus hermanas menores. El amorío clandestino quedó en jaque: Carlos no podía visitar a Francisca; y Pancha, por su parte, no tenía forma de ausentarse del cuarto de sus hermanitas —María Luisa, Escolástica y Teresa Petrona— sin que al menos ellas lo notaran. Sería cuestión de apretar los dientes y rezar por el pronto restablecimiento de Domingo de Merlo. Pasó una semana, pasaron dos… Al mes, el capitán Carlos Ortiz de Rozas le dio un ultimátum a Francisca Rendón: si no resolvía cuanto antes los reencuentros, la relación corría peligro.
Parece que las amenazas tuvieron algún efecto, que matizado con la nostalgia de Pancha por aquellas noches de deshonra, lograron que la desesperada señorita aprovechara que su padre se distraía en una partida de ajedrez con el intruso Merlo y corriera hasta la casa de Carlitos. Fue el 10 de octubre de 1746. El capitán estaba como loco. Y quiso recuperar el tiempo perdido, con lo que demoró el regreso de Panchita a su casa. Por fin, a las diez de la noche y colmado Ortiz de placeres, despidió a Francisca y la puso de patitas en la calle. El hecho de ser tan poco caballero y no acompañarla a su casa cambiaría su destino de una manera fatídica.
Francisca Aldao Rendón corrió a guarecerse en el cuarto de sus hermanas, pero se topó con un escollo del tamaño de la Muralla China: la puerta de la casa estaba cerrada; la de la huerta, también. Y ella que había sido tan organizada, cometió el error de haber salido de la casa con tanto apuro, ¡que se olvidó las llaves que se había hecho!
Regresó tan pronto como pudo a la casa de su novio. En vez de Carlos, la atendió el criado al que apodaban el Inglesito, quien le contó que el capitán ya se había marchado a la casa de su amiga Sabina de Sorarte para jugar a las cartas. Pancha le rogó que fuera a avisarle lo que ocurría. Y una vez que fue informado, don Carlos Ortiz de Rozas envió una respuesta patética: que no podía suspender la partida de naipes porque sería una ofensa imperdonable para la dueña de casa. Pero eso no era todo, todavía tenía algo más para decir: le rogaba a Francisquita que intentara trepar el muro del fondo de su casa. Y, si no podía hacerlo, que fuera a la casa de él y lo aguardara allí.
A las once de la noche, Ortiz de Rozas zafó como pudo, se calzó el sombrero de plumas encarnadas y partió hacia su domicilio. Tomó a Francisca y corrió a depositarla en la casa de la mejor amiga de ella, Rosa de Avendaño. Toda Buenos Aires se enteró de la odisea y don Jacinto Aldao trinó de ira por la forma en que mancillaban el buen nombre de la flia. Una semana después de los hechos, el todavía no peronista 17 de octubre de 1746, Aldao se presentó en los Tribunales para exigir “el único remedio para subsanar” la deshonra de Francisca: “el subsecuente vínculo conyugal”. Es decir, casemos a la Pancha con el capitán y listo, todo tapado.
No contaba con la respuesta de Carlitos, quien advirtió que él nunca le había prometido matrimonio y entonces no debía cumplir nada. Y así empezó la polémica para determinar si primero fue el huevo o la gallina. Rozas fue llamado a declarar cuatro veces entre el 10 de diciembre de 1746 y el 21 de enero de 1747, ya que Francisca Aldao sostenía que él le había prometido matrimonio varias veces. Hasta que don Carlos Ortiz brindó su argumento supremo: jamás podría haberle propuesto matrimonio a una mujer que ya había tenido aventuras sexuales con tantos hombres. Porque, según él, un capitán que había trabajado en el presidio situado al lado del Cabildo y un escribano de la Armada, llamado Juan Carrillo, solían visitar a Francisca y a su hermana Rosita (un año mayor) en la propia casa de los Aldao. Y también las sacaban de allí y las llevaban “a cualquier parte”.
No terminaba ahí: don Carlos sostenía que cuando su tío fue gobernador de Buenos Aires, nos referimos a don Domingo Ortiz de Rozas, expulsó a tres sujetos —Juan Bautista Agüero, Pedro Cueli y Basilio de Pesoa— por culpa de las hermanitas Aldao, ya que “fueron encontrados a deshoras de la noche” en la casa de don Jacinto. Este otrosí digo causó un revuelo memorable en la aldea. Según el legajo, recopilado por el historiador Raúl Molina, el capitán explicaba que era una cuestión de sentido común: ¿cómo iba a ser posible que él le prometiera casamiento a una mujer tan mundana, sabiendo que si comprometía su palabra, tendría que cumplirla?
Varios meses demandó la discusión de si el trío había estado a deshoras en lo de los Aldao o no.
Los jueces quisieron saber cómo le había llegado ese comentario. Él explicó que se lo había contado José Carrillo hacía más de un año (mucho antes de que él iniciara su romance con Pancha). El problema es que Carrillo estaba en Europa. No había forma de ubicarlo para preguntarle si había dicho lo que dijeron que dijo. Don Jacinto Aldao estaba furioso. Quería que fueran a buscar a ese Carrillo o que el ex gobernador Domingo Ortiz de Rozas que se hallaba en Chile respondiera si era verdad que había expulsado a esos hombres por las visitas clandestinas a las alcobas de las hermanitas.
Existían varios problemas con la declaración del ex gobernador. Por un lado, era el tío abuelo del acusado, lo que lo eximía de participar en la contienda. Por otra parte, sus decisiones eran soberanas: no debía rendir cuentas a nadie por los destierros que hubiera decretado.
La causa se empantanaba como los carros en aquellos lodazales porteños de mitad del siglo XVIII. Porque Jacinto Aldao —quien había solicitado que decapitaran al ex de su hija y que además no lo enterraran— no lograba probar que Ortiz de Rozas le había prometido casamiento. Ortiz, por su parte, no conseguía demostrar que por el cuarto de Pancha desfiló una compañía de soldados. Lo único que se conocía muy bien eran los detalles de los encuentros de la pareja. Porque con los testimonios de todos los criados, los vecinos y los mismísimos protagonistas se había podido reconstruir las visitas.
En medio de toda la pelea, el oficial que estaba a cargo del presidio se quejó porque tenía a uno de sus capitanes en la cárcel y ya llevaba un año y ocho meses como reo, a pesar de que se le pagaba el sueldo. Se puso de manifiesto, entonces, una situación insólita: Ortiz de Rozas cumplía funciones de guardia en la cárcel hasta que, por este episodio, se pasó al otro lado del mostrador, convirtiéndose en preso. Y como no podía probarse su culpabilidad, se le seguía pagando su jornal. Y como se le pagaba el sueldo, el comandante de la cárcel pidió que lo liberaran para que volviera a ocupar su cargo de guardia en la cárcel.
A todo esto, el abogado del grandote Carlitos embarró la cancha con disposiciones que provocaron una disputa sobre las jurisdicciones entre la justicia civil y la eclesiástica. El resultado de su estrategia fue que se liberó a Ortiz de Rozas. Trinó Jacinto: calificó de impíos, indignos, malévolos, pérfidos, inicuos, perversos, falsos y perjuros los artilugios del abogado de Ortiz. Uno está tentado a imaginar que tal vez los calificativos de Aldao serían música para los oídos de más de un abogado. Por cierto, el patrocinante del amante desmemoriado se llamaba Tomás Chacón.
Tal vez haya sido el letrado Chacón quien le recomendó a Carlos Ortiz de Rozas que se paseara por la aldea acompañado de “mujerzuelas” (así lo informa una posterior denuncia de Aldao). El objetivo era demostrar que él siempre andaba con ese tipo de chicas, que ese era su gusto y que por eso había estado con Panchita. La impunidad moral de este sujeto era notable.
El 29 de noviembre de 1749, el escribano José Ferreyra Feo certificó la muerte de Jacinto Aldao. Si nos atenemos a la tradición familiar, murió de tristeza.
El 9 de marzo de 1750 murió el grandote rubio Carlos Ortiz de Rozas. La causa de su muerte fue más científica y menos sentimental: tenía cáncer de lengua. Certificó su deceso el mismo escribano Ferreyra Feo. Los testimonios del expediente de defunción no dejan lugar a dudas: “se le caía la lengua a pedazos”, afirman.
Entre sus pertenencias estaba el sombrero de plumas encarnadas, el poncho blanco, dos pistolas, dos relojes de plata, dos botones de oro, siete camisas y tres sábanas.
A pesar de que su marido Jacinto y el novio de la niña habían muerto, María Teresa Rendón continuó el juicio para quedarse con el sombrero, los botones, las sábanas y el poncho de Ortiz. Pero sólo por poco tiempo: la dama murió dos meses después que su marido. Chacón, por su parte, no se daba por vencido y continuaba defendiendo al finado Carlos. Obtuvo cinco testimonios (cinco señores) que afirmaron estar en condiciones de poner en duda la “integridad y virginidad” de Panchita. Así, Chacón ganó el juicio.
Por más que fue vapuleada por los comentarios acerca de su privacidad, Francisca Aldao consiguió novio y se casó. El afortunado se llamaba William Paul Thompson y tendría un hijo célebre: Martín Thompson, el marido de Mariquita Sánchez.
Escolástica Aldao tenía cinco años y era una de las hermanitas que tuvo que albergar en su cuarto a Pancha por la inoportuna llegada de Merlo. Ella se casó en 1778 con Manuel José de la Quintana y fueron los bisabuelos de Remedios de Escalada. El presidente Manuel Quintana también descenderá de esta pequeña espectadora del increíble affaire de Carlos y Francisca, los ardientes amantes que se conocieron en una misa, en la víspera de la Pascua de 1746.
MARIQUITA SÁNCHEZ
Y MARTÍN THOMPSON
Habían transcurrido poco más de dos años desde que se apagara el mayor escándalo porteño del siglo XVIII, protagonizado por Panchita Aldao Rendón y Carlos Ortiz de Rozas, cuando desembarcó con 35.000 pesos en el Río de la Plata William Paul Thompson (quien como vemos se llamaba Thompson y William, aunque prefería ser conocido como Paul). Era inglés de Londres, protestante, había llegado de Cádiz y lo primero que hizo cuando descendió del carro que lo transportó desde el barco hasta tierra firme fue preguntar si había una chica con quien formar una familia —convirtiéndose de paso al catolicismo— y una casa en venta. Necesitaba contraer matrimonio y ser propietario para obtener la ciudadanía y así poder dedicarse a los negocios ultramarinos. De sus consultas surgió el nombre de Francisca Aldao, señorita muy atractiva pero que no tenía chance alguna de conseguir novio en Buenos Aires por ser señalada como la más libertina del planeta.
Thompson y Pancha se casaron sin pérdida de tiempo el 2 de octubre de 1752. El inglés mató dos pájaros de un tiro porque cuando conoció a Francisca y familia, ellos le ofrecieron en venta una casa de su propiedad ubicada en la actual calle Bolívar y Alsina, a una cuadra de la Plaza de Mayo.
Pablo Thompson andaba a las apuradas. El mismo día que contrajo matrimonio, solicitó la ciudadanía, dando a entender que el casamiento era algo secundario en su proyecto. Casi un mal necesario.
Sin embargo, la pareja de resignados prosiguió unida veinte años, hasta que murió la célebre Pancha. A esa altura, Thompson ya era un vecino distinguido del polvoriento poblado. Es más, la calle de su casa (la que le había comprado a su familia política) era conocida por todos como “la calle de Thompson”.
En el año 1773, el 8 de diciembre, míster Paul reincidió en el matrimonio. Se casó con Tiburcia López Escribano, prima hermana de la finada Pancha, y lo curioso del caso es que al solicitar el aval de las autoridades para este segundo matrimonio, explicó que lo hacía con “el ánimo de ejercitar una obra de caridad”, debido a que Tiburcia “se halla ya en los 25 años de edad, destituida de su padre y sin recurso alguno en las necesidades que padece por causa de su pobreza”.
El caritativo Pablo Thompson se acercaba a los 50 años de edad cuando tuvo el noble gesto de casarse con la joven Tiburcia. Ellos serían los padres de Martín Jacobo José Thompson. Y su padrino de bautismo sería Martín José de Altolaguirre, sujeto de lo más paquete que había en el Río de la Plata. Altolaguirre tenía chacras en la zona de Retiro.
Para completar el rompecabezas de la trama es necesario retroceder desde el bautismo de Martín hasta el de su madre Tiburcia, en 1748. De aquella ceremonia nos interesa rescatar al padrino de Tiburcia, Manuel del Arco, pieza clave de esta historia.
Del Arco había viajado desde La Rioja española hasta Buenos Aires, donde se instaló para hacer negocios de comercio exterior con un hermano suyo que permanecía en la Península. Se compró el navío La Concepción y así las mercaderías comenzaron a pasar de un Arco al otro. El comercio ultramarino marchaba viento en popa; por lo tanto, el patrimonio de Manuel se multiplicaba a toda velocidad. De todos modos, lo mejor para él fue que encontró una criolla de buena familia, Magdalena Trillo, que le venía como anillo al dedo, porque para ser considerado un vecino importante, había que tener dinero (él lo tenía) y cierto prestigio social (ella lo tenía).
Comieron perdices, vivieron felices y luego de una incesante búsqueda coronaron su matrimonio con el nacimiento de Fernando José, en 1765. Hasta que un buen día, el potentado Manuel del Arco murió y la viuda pronto encontró un candidato a reemplazarlo. Nos referimos a Cecilio Sánchez, granadino, con ascendencia de primerísimo nivel, pero de economía más que floja. A Cecilio, recién llegado a estas costas, el casamiento con Magdalena Trillo le resultaba más que apropiado: en este caso, él aportó su buen nombre (Sánchez), ella aportó la fortuna (la de Del Arco), él se convirtió en nuevo rico, ella volvió a comer perdices, y ambos se instalaron en la casona que había dejado el finado ex de doña Magdalena. La propiedad era inmensa, ocupaba casi media manzana, y se hallaba en la actual Florida al 200, entre Perón y Sarmiento.
El nutrido patrimonio de don Manuel del Arco pasaría a manos del hijo único, Fernando José. No pudo ser porque Fernandito se desnucó en una caída violenta. Durante largo tiempo, Magdalena había estado intentando darle primero hermanos y luego hermanastros a Fernando el desnucado, pero no lo consiguió. Y parecía que ya no lograría tener un hijo más. Hasta que el Día de Todos los Santos —1º de noviembre— de 1786, nació María Josefa Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velazco y Trillo (conocida como Marica y luego Mariquita, ambos diminutivos de María).
Marica apenas tenía tres meses de edad cuando a seis cuadras de su casa el niño Martín Jacobo José Thompson, de 9 años, recibía uno de los golpes duros que da la vida. De repente, su padre William Paul se moría y su madre Tiburcia se transformaba en monjita y lo abandonaba. Porque lo primero que hizo doña Tiburcia López Escribano cuando enviudó fue ingresar en el convento de monjas Capuchinas y convertirse en sor María Manuela. Esa costumbre, tan arraigada entre los viudos y viudas de aquel tiempo, terminó por definir el destino de Martín: su padrino con chacras en la Recoleta (Altolaguirre) lo adoptó, lo mantuvo con él durante siete años y luego lo envió a España. La Escuela de Marina en Galicia se convirtió en su tercer hogar.
A pesar de ser un alumno mediocre, obtuvo el título de guardiamarina y también logró el destino que pretendía: Buenos Aires. Regresaba cerca de sor María Manuela, su madre. Lo que no significa que no tuviera presente a su difunto padre británico de quien guardó un recuerdo que se transformará en un hito de la historia argentina. O, más que en un hito, en un hit del que nos ocuparemos más adelante.
El reloj de los años dio algunas vueltas y los primos Marica y Martín —tenían bisabuelos en común— se conocieron cuando el joven marino regresó al Río de la Plata. Thompson era invitado a las tertulias que organizaban doña Magdalena y don Cecilio Sánchez. Su presencia no se debía sólo al hecho de ser pariente, sino también porque se trataba de un oficial de marina, el arma de mayor lustre en aquel tiempo, en comparación con la caballería, la artillería y la infantería.
Martín no fue el único primo que arribó a estas costas. También llegó de España Diego del Arco, 50 años, viudo, capitán, a quienes algunos señalaban como mujeriego y jugador. Había viajado hasta este puerto aldeano porque su padre —hermano del primer marido de Magdalena Trillo— lo había amenazado con no saldar sus abultadas deudas de juego si no desaparecía de España para siempre. El hombre desembarcó en Buenos Aires y, encandilado por la fortuna de tía Magdalena y “tío” Cecilio, pidió la mano de Mariquita. A ninguno de los tres les importó qué opinaba ella.
A nosotros sí nos importa. Porque la morocha de ojos castaños Marica, de 14 años, y el rubio de ojos celestes Martín, de 23, se habían enamorado. Y como a Cecilio Sánchez no le parecía que ese joven podía brindarle mucho a su hija, la entregó a Del Arco y le advirtió a Thompson que se mantuviera a distancia. La pareja, entonces, apeló a los clásicos encuentros a escondidas.
Suele decirse que Martín llegó a disfrazarse de aguatero para introducirse en la casa de su amada, en la actual calle Florida. Pero los Sánchez eran de los pocos en la aldea porteña que ya habían incorporado el confort del aljibe. No caben dudas de que la “visitaba” (eran comunes las “visitas” clandestinas); sin embargo, el peor disfraz para colarse en los aposentos de la querida Marica era el de aguatero.
Más allá del camuflaje, don Cecilio sospechó que se veían y corrió a entrevistarse con su amigo el virrey Joaquín del Pino para pedirle que sacara a Thompson de Buenos Aires. El marino fue embarcado hacia Montevideo y de allí lo enviaron a Cádiz, a cumplir con un nuevo destino naval. De inmediato, el padre de Marica organizó la fiesta de compromiso de su hija y el cincuentón. Nos referimos a los esponsales, para llamarlos como lo hacían en el 1800.
A diferencia de ahora, los casamientos no iban acompañados de celebraciones importantes, sino más bien de reuniones con los parientes y algunos pocos allegados a las familias. Las fiestas de compromiso tenían mayor relevancia social: eran muy parecidas a las tertulias periÃ
