Prólogo
«Un hotel no es un actor en un drama», explica el antiguo conserje en la elegante biblioteca revestida de cuero del Hotel Lutetia de París. «Es simplemente el escenario donde los dramas se representan. Nosotros, el personal, somos invisibles, como los tramoyistas que trabajan entre bastidores para que la función transcurra sin contratiempos. No interferimos. No hablamos de los triunfos ni de las calamidades de nuestros huéspedes. Lo que presenciemos no puede ser compartido porque la reputación de un gran hotel se basa, por encima de todo, en la discreción. De modo que, si vienes en busca de historias, tendrás que encontrarlas fuera del hotel, porque aquí no tenemos nada que ofrecer», dice.
Un hotel es como una estación de tren a cámara lenta: un lugar para personas que están de paso. Una parada temporal en un viaje hacia alguna otra parte. Una imitación de un hogar, que ofrece consuelo sin amor. Y, a veces, también un lugar en el que refugiarse para ocultar una vida secreta.
Un hotel es un territorio neutral donde pueden encontrarse amigos y enemigos. No juzga a sus clientes mientras se comporten con la discreción debida y paguen sus cuentas. Aquí pueden reunirse políticos exiliados para debatir a fondo el proyecto de un futuro que nunca llegará. Pueden reservar el Salón Presidencial para conferencias, donde los delegados pugnarán por controlar una agenda que jamás se llevará a cabo. Pueden tomar café y discutir entre ellos todo el tiempo que deseen, siempre que paguen el alquiler del salón, bajo la atenta mirada de los discretos empleados y los espías enemigos.
Pero un hotel, como un país, también puede ser invadido y ocupado, obligado a servir a fines que nada tienen que ver con el lujo o los negocios. El personal debe actuar con la misma profesionalidad, ya sirva a artistas, a empresarios, a aristócratas excéntricos o a soldados enemigos. James Joyce o el almirante Canaris: ¿acaso importa quién pida una copa de vino?
Y, sin embargo, en ese caso se genera una sensación de contaminación, pues, cuando se sirve al enemigo, por más que sea a regañadientes, se incurre en una claudicación moral. Después, cuando el hotel vuelve a ocuparse, pero esta vez con las víctimas de los antiguos conquistadores, surge la oportunidad de que el edificio y su personal se purifiquen.
Épuration: un término poderoso e imbuido de una connotación profundamente católica. La «purificación de los pecados» contrasta con la ideología de «purificación racial» que ha creado este horror.
En el Hotel Lutetia, la purificación adopta dos formas. Está la purificación moral, que consiste en servir a quienes han sido torturados y están hambrientos, y en permitirles saborear un lujo por lo general reservado tan sólo a los ricos. Y está la purificación física, aplicada a esas mismas víctimas —que llegan al hotel cubiertas de piojos y vestidas con harapientos pijamas de rayas—, recibidas con una rociada de DDT, la retirada inmediata de sus andrajos y una ducha caliente y reparadora.
La palabra inglesa hotel procede del francés hôtel, que significaba «mansión», «palacio», «casa grande», y que a su vez deriva del francés antiguo ostel / hostel, «lugar donde se recibe a huéspedes»: una casa, un hogar, un albergue, una posada, un refugio. Hostel procede a su vez del latín medieval hospitale, «posada», «casa grande». Las palabras «hospital» y «hotel» comparten, por tanto, la misma raíz: el término latino hospes, que significaba tanto «huésped» como «anfitrión».
Así que un hotel y un hospital no están tan lejos el uno del otro.
El Hotel Lutetia es una institución parisina, el único «gran» hotel de la muy bohemia rive gauche, la margen izquierda de la ciudad. Situado en el sexto arrondissement, elegantemente emplazado entre el Barrio Latino y el Campo de Marte, el Lutetia está cerca del Senado, de la elitista École Normale Supérieure, del Jardín de Luxemburgo y de los famosos cafés del boulevard Saint-Germain. Desde su apertura en 1910, el establecimiento ha sido un lugar de encuentro de artistas, intelectuales, músicos y políticos. André Gide almorzaba aquí, James Joyce vivió en una de sus habitaciones y Picasso y Matisse eran huéspedes habituales. Pero la historia del Lutetia tiene también un reverso oscuro.
Ésta no es la historia de un famoso hotel parisino. Es la historia de tres grupos de personas vinculados a una ciudad concreta y a un hotel concreto; vinculados entre sí y a la lóbrega ideología que determi
