El rey oscuro (Poder y oscuridad 2) (Poder y oscuridad 2)

Jessica Rivas

Fragmento

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Prólogo

LUCA

Según ciertas creencias, la mariposa negra está asociada con la muerte, las ruinas y la desdicha. Nunca tuvo tanto sentido desde que Alayna se fue.

Estaba convencido de que ella me amaba, pero al final me tomó como un tonto. Alguien desechable que podía olvidar. Nunca tuvo en cuenta mis sentimientos, siempre asumió que sería lo mejor cuando se trataba de nosotros.

Me dejó destrozado. Un cascarón vacío, lleno de grietas.

Dudaba que algún día lograra recomponerme.

La mujer ocupaba mis pensamientos a pesar de que habían pasado meses. La angustia y el dolor no tenían cura. Hice lo imposible para olvidarla, pero seguía en lo más profundo de mi alma. Vivía bajo mi piel como una entidad imborrable. Estaba condenado a recordarla.

Cada día pensaba en su risa, su voz, sus labios, sus besos, nuestros cortos momentos juntos en Inglaterra. Pensaba en cómo solíamos bromear y buscar peleas por las cosas más simples. Disfrutábamos la presencia del otro y arriesgarlo todo. Nuestra relación no era sencilla, pero era increíble. Lamentablemente se acabó y no quedó nada bueno de mí. Solo decepciones y un corazón roto irreparable.

Mi casa estaba inundada con sus recuerdos así que me encargué de quemar cualquier objeto que hubiera tocado. Albergaba esperanzas ingenuas sobre el amor y ella destruyó cada una. Jugaba como una reina mientras yo era un peón más en su tablero de ajedrez.

Ella podía seguir siendo la reina de muchos, pero ya no para mí.

Después de su partida y mi dura recuperación, me costó salir adelante. Las pesadillas me persiguieron y despertaba gritando su nombre. Algunas noches me detenía en el balcón de mi casa esperando que ella regresara.

Nunca sucedió. La ilusión de volver a verla pronto se convirtió en odio y rencor. La odiaba profundamente. No fue capaz de decirme en la cara que ya no me amaba. Ni siquiera me dejó una carta. Ni siquiera respondió los cientos de mensajes que le había dejado en su buzón de voz. No se despidió.

Se alejó sin dejar ningún rastro. Estaba volando lejos de mí y yo tenía que dejarla ir. Había llegado el momento de seguir adelante. Un nuevo comienzo sin mi mariposa.

—Señor Vitale... —murmuró el sacerdote—. ¿Acepta como su esposa a Isadora Rossi, para amarla, respetarla y protegerla hasta que la muerte los separe?

Observé fijamente a la mujer frente a mí. Sus ojos marrones brillaban con lágrimas mientras me sonreía. Las perlas adornaban sus orejas y su cuello. Su cabello rubio estaba recogido en un moño formal. Llevaba un largo vestido blanco y el velo cubría su rostro.

Isadora…

Decidí establecerme con ella por medio de un acuerdo. Era buena para mí y estaba seguro de que algún día podría amarla. Era la luz que necesitaba mi trágico mundo. ¿Lo mejor? No tenía miedo de demostrar sus sentimientos. Creía en mí y me apoyaba constantemente. Era la mujer perfecta. Con ese pensamiento, tomé una respiración profunda y apreté sus manos entre las mías. No quería seguir hundido en esa horrible opresión. Alayna no merecía mi sufrimiento. Ya no.

—¿Señor Vitale? —insistió el sacerdote.

Le di mi mejor sonrisa a Isadora y traté de convencerme de que esta era la mejor decisión. Iba a ser muy feliz a su lado. Alayna pronto sería un simple recuerdo doloroso y lograría superarla. Nada era eterno en esta vida.

—Acepto —respondí con determinación.

Los flashes de cámaras abundaban en la iglesia al igual que los gritos de mis invitados. El evento había sido planeado durante semanas y finalmente estaba sucediendo. Había firmado el papel que me unía a mi esposa. Era un hombre casado.

—Que el señor confirme este consentimiento que han manifestado ante la Iglesia y cumpla con ustedes su bendición. Lo que Dios acaba de unir que no lo separe el hombre. Yo los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia, señor Vitale.

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LUCA

Mi cuerpo estaba recuperando a un ritmo muy lento la energía que había perdido. Recibir esa bala en el pecho me mantuvo más de un mes internado, pero no quedó ninguna secuela grave excepto un corazón roto. Un hombre resentido con la vida. Un hombre que esperó sesenta días a que ella regresara y se quedó con la ilusión.

Mi tío Eric se hizo cargo de la ciudad en mi ausencia con la ayuda del gobernador. Me llegaron pruebas de que las chicas regresaron con sus familias. Fue lo más reconfortante que había sucedido entre tanta tragedia. La policía cerró el caso después de encontrar muertos a los responsables. La vida seguía su curso.

Pero yo no podía olvidarla. Todo se sentía vacío sin Alayna.

Había enfrentado a Ignazio y a mi padre por mí. ¿Sirvió de algo? No. Me abandonó. Hubiera preferido que se quedara en Inglaterra. Estaba muerto de cualquier forma. Tenía que acostumbrarme a su ausencia, pero me negaba a aceptarlo. Quería hacer el último intento. Este será el último…

—Bienvenido a casa, Luca. —Madre me recibió con un abrazo afectuoso y apoyó la cabeza en mi pecho—. Estamos muy felices de verte.

Kiara sonrió mientras Laika sacudía su cola. Era bueno tenerlas a ellas a pesar de las pérdidas. Muchos hombres habían muerto a causa de esta guerra absurda, otros decidieron huir antes que servirme. No importaba. Pronto serían cazados como ratas.

—Gracias, madre. —Me aparté y toqué su mejilla. No había hematomas, ni cortes en su rostro. Tampoco esa tristeza que siempre traía cuando mi padre estaba cerca. Era una mujer libre—. Te ves deslumbrante.

Una sonrisa genuina tiró de sus labios.

—Vencimos al monstruo —Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero eran de felicidad—. Él no volverá a herirnos, Alayna acabó con cada pedazo de su ser.

La puñalada que recibí ante la mención de su nombre fue mucho más violenta esta vez. Se clavó en mi herida, haciéndome sangrar de nuevo. No superaría pronto a esa mujer, no creía que lo lograra algún día.

—Madre… —Kiara le dirigió una mirada de advertencia—. Teníamos un acuerdo, ¿recuerdas?

La sonrisa de mi madre se esfumó.

—Lo siento, no puedo olvidar su lucha. Llegó a nuestras vidas como un ángel vengador. Nos salvó de tu padre y estaré eternamente agradecida.

Sonaba como una mujer diferente. No soportaba a Alayna cuando vino aquí por primera vez, pero me ponía feliz que su perspectiva hubiera cambiado. La mariposa no solo había traído desgracias. También libertad y la oportunidad de un nuevo comienzo. 

—¿Dónde está el consigliere? —pregunté—. Quiero que me dé más detalles de los eventos que sucedieron en mi ausencia.

Kiara apretó mi hombro y nadie volvió a mencionar a Alayna. Todos en esa casa sabían cuánto me dolía. Durante mi descanso en el hospital tuvieron que sedarme para que no cometiera locuras como ir a buscarla. Los primeros días fueron los más difíciles. Se presentaba a torturarme en mis sueños. Arrancarla de mi corazón era imposible. Se metió ahí y nunca iba a irse. Alayna Novak era mi mayor obsesión.

—Eric se encuentra en tu oficina —informó madre—. Está esperándote.

—Gracias.

Pasé una mano por mi cabello mientras subía las escaleras y me dirigía a mi oficina. Pensaba qué hacer, cómo arreglar el desastre en la ciudad. Aún debía pelear muchas batallas y matar a aquellos que no me respetaban.

El príncipe estaba muerto. Había nacido un rey oscuro.

Estaba a salvo de las responsabilidades en el hospital, pero había llegado la hora de trabajar y pensar en las próximas decisiones que debía tomar. Qué lazos romper y cuáles conservar. Sacudiendo la cabeza para liberarme de los pensamientos tortuosos, atravesé la puerta y entré a mi oficina. El consigliere estaba revisando y firmando varios documentos. Se veía tenso. Agradecía su ayuda. Sin él estaría hundido.

—Luca —murmuró sin mirarme—. Es bueno tenerte de regreso en casa.

Cerré la puerta y me mantuve de pie. Lo único que me interesaba era escuchar la información que llevaba esperando durante días. Él prometió encontrarla, prometió traerla a mí.

—¿Sabes algo de ella? —pregunté, mi voz ronca por la ansiedad.

Apartó su atención de los papeles.

—Te dije que serías el primero en saberlo.

La rabia me invadió, surgiendo a través de mis venas. Su breve respuesta me confirmó lo obvio. Sin rastros de Alayna. Alcancé la botella de whisky sobre el escritorio y llené el vaso. Ignoré la mirada reprobatoria de mi tío y fui hasta el balcón. La silla crujió cuando se puso de pie y se paró a mi lado. Estaba harto de que me juzgaran en esa casa. ¿Por qué no podían entender mi desesperación?

—¿Nada? —Miré la noche relucir en el cielo.

—Olvidas a quién intentamos encontrar —dijo—. Deberías olvidarla, Luca.

Apreté el vaso de whisky antes de darle un trago. ¿Olvidarla? ¿Hablaba en serio?

—Nunca la olvidaré —contesté con determinación—. No puedo y tampoco quiero.

—Ella no quiere ser encontrada y hará todo lo posible para descartar las pistas. Estamos tratando con una profesional.

El músculo de mi mandíbula tembló.

—No me creo ni por un segundo que se fue sin despedirse de mí. Alayna me ama.

—Es una asesina.

Un fuego incontenible se estaba gestando en mi estómago y pronto haría arder todo a su paso. No me gustaba que hablara de ella como si fuera un robot sin sentimientos. Alayna demostró ser más humana que cualquier bastardo desalmado que había conocido.

—No renunciaré a ella fácilmente y lo sabes.

Sacudió la cabeza resignado por mi decisión.

—Vamos a seguir buscándola a pesar de sus deseos —cedió—. Pero ella empezó de nuevo sin ti. Es hora de que hagas lo mismo.

Me aclaré la garganta para disimular mi furia. Cada vez que inhalaba, sentía como si unas cuchillas de afeitar me estuvieran rebanando cada parte del cuerpo.

—¿Cómo sabes eso? Es muy pronto para sacar conclusiones.

—No cuando una persona sabe lo que quiere. Ella saldó su última deuda contigo y lo demostró con el regalo que dejó en tu sótano.

—¿Qué regalo?

Sonrió maliciosamente.

—Ven conmigo.

Las suelas de mis zapatos hicieron clic en el suelo de mármol de la habitación. Todo estaba tranquilo y silencioso. Estar en ese sucio y podrido sótano me traía recuerdos. Mi mente reprodujo el momento en el que torturé a Carlo y Gregg. Me volví indiferente respecto a la muerte. Solo quería justicia y lo conseguí.

—Tiene mis respetos —comentó Eric y señaló la enorme caja ensangrentada—. Ella lo hizo pedazos.

Me cubrí la nariz mientras daba un paso hacia la caja. Fabrizio estaba parado cerca de ella, esperando mi orden.

—Ábrela —manifesté.

Fabrizio levantó la tapa y entonces lo vi.

Ahí, dentro de la caja y llena de moscas, estaba la cabeza de mi padre. Sus ojos bien abiertos y la lengua afuera. El olor a putrefacción casi me hizo vomitar, pero me contuve. Necesitaba ver, no me perdería ningún detalle. Los gusanos eran una agradable decoración.

—¿Lleva aquí más de un mes? —cuestioné.

—Sí —respondió Fabrizio—. Le prometí que tú lo verías personalmente.

Mi pulso se aceleró.

—¿Ella te pidió que lo vea?

Asintió.

—Dijo que será su último favor.

La sonrisa en mis labios salió de inmediato, sin querer retenerla más tiempo. Sonaba tan Alayna. Ella era perfecta.

—¿Qué sucedió con el cuerpo?

Fabrizio apuntó el barril con ácido.

¿Sentía pena? ¿Remordimientos? Absolutamente no. Era el hombre que arruinó mi vida, pero también era el hombre que me crio. A pesar de cada horrible incidente, siempre había deseado tener su aprobación, incluso si sabía que nunca la conseguiría.

Fui una decepción en su vida, él también en la mía.

Pensé en mi juventud, en cada humillación y muestra de menosprecio. Maté por su culpa, perdí mucho de mi humanidad. Mi abuelo arruinó su vida y él hizo lo mismo conmigo. Años y generaciones en la mafia pudrían el corazón de un hombre. Yo era la prueba de ello. Ni siquiera le daría una sepultura digna. No merecía esa muestra de respeto.

—Deshazte de eso y busquen a los traidores —ordené—. Quiero muertos a todos aquellos que no cumplen mis órdenes.

Eric asintió con determinación y sonrió. ¿Querían de regreso al Luca que mató sin piedad a Carlo Rizzo? Les daría el gusto. Sabía los sacrificios que debía hacer. Sabía que debía usar la violencia y derramar más sangre para sobrevivir. Nada había terminado. Era el inicio de mi reinado.

—En cuanto a Alayna… —dictaminé—. Continúen con la búsqueda. Quiero a mi mujer a mi lado.

—Por supuesto.

Pero ella nunca regresó.

Pasaron tres años, intenté rehacer mi vida, me casé con otra mujer, y aun así no podía quitarla de mi corazón. Alayna Novak se convirtió en una maldición.

Me había ganado cada logro, respeto y gloria. A mis veintiséis años, me encargué de tener rendida a Palermo bajo mis reglas. Mi difunto abuelo estaría orgulloso. Aprendí a mover muy bien las piezas de ajedrez en el tablero. Todos eran mis peones, incluso el gobernador y su hija, ahora mi esposa.

Los matrimonios concertados eran frecuentes en mi cultura. Mis padres se habían casado con los mismos términos. No se trataba de amor. Todo era cuestión de poder. Desde que era un niño sabía que me casaría con una mujer por conveniencia.

Isadora Rossi…

Ella no quería comprometerse con un viejo abusivo y yo buscaba una esposa para asegurar mi posición. Una fachada para conservar mi imagen de hombre respetable, alguien que encajara en mi nueva realidad. Una realidad donde ni la esperanza ni el amor existían. Solo violencia, muerte y sangre. Poder y mucho dinero también.

A menudo oía comentarios de que éramos perfectos juntos. Si tan solo supieran que detrás de este matrimonio había partes muy oscuras que nadie veía cuando nos miraban. Todo era una farsa. No amaba a Isadora, pero en algunas ocasiones deseaba hacerlo. Era un buen esposo, cumplía con mis deberes y la cuidaba como habíamos acordado. A veces cuando no le bastaba recurría a otros hombres. No me importaba y tampoco me dolía. Ella sabía desde el principio que nunca correspondería a sus sentimientos. Mi corazón ya tenía dueña.

Lentamente caminé hasta la cuna y lo miré con una sonrisa. Él era lo más real que tenía con mi esposa.

Thiago.

Nuestro pequeño hijo de un año.

Mi hijo me motivaba a despertar todos los días y a seguir luchando. A veces pensaba muy seriamente en su futuro y me deprimía. No me gustaba la idea de que Thiago tuviera el mismo destino que yo, pero aprendí la lección. Un Vitale jamás escaparía de la Cosa Nostra. La cuestión aquí era aprender a manejarlo.

—¿En qué piensas? —Mi esposa entró a la habitación con una sonrisa.

Rizos rubios desbordaban hasta su espalda y acariciaban su cintura. Si pudiera definir a alguien como un ángel esa definitivamente sería Isadora Rossi de Vitale. Era una mujer encantadora, amable, dulce y comprensiva. Teníamos nuestras diferencias, pero siempre tratábamos de solucionarlo con diálogo. Con ella y Thiago no me sentía tan solo.

—Despertará si haces mucho ruido —dije y toqué la mejilla de mi hijo.

Todos afirmaban que era una réplica mía. El mismo cabello castaño e intensos ojos grises. A pesar de tener solo un año y tres meses, era un hombrecito exigente. Ya había abandonado su biberón y le gustaba lucir trajes caros para bebés.

Fernando había dicho que era un niño malcriado, pero yo no permitía que nadie interfiriera en su educación. Los únicos con ese derecho éramos su madre y yo. Thiago sería criado bajo reglas justas. Estaría con él cuando tuviera sus caídas y le enseñaría a levantarse por su cuenta. Sin violencia. No cometería los mismos errores que mi padre.

—¿Hizo muchas travesuras hoy? —preguntó Isadora.

Me reí.

—No te imaginas.

Charlar con mi hijo se había convertido en un ritual nocturno. Hablaba con él sobre cualquier cosa hasta que se quedara dormido. Thiago me escuchaba y se reía cuando le hacía cosquillas. No me imaginaba una vida sin él.

—Nuestro aniversario se acerca. —Los brazos de Isadora rodearon mi cintura y besó mi espalda—. Estoy tan emocionada.

No quité mis ojos de Thiago.

—Lo sé.

—Tenemos que celebrarlo, una fiesta por todo lo alto. —Sus manos lentamente bajaron hacia la cremallera de mi pantalón y me tensé—. Invitaré a mis amigos, cada persona que forma parte de la élite de Palermo. Hablarán de nosotros durante meses.

—Isadora…

—Cubriremos las tapas de las mejores revistas —continuó—. Recuerda que somos la pareja perfecta —añadió con ironía y aparté sus manos.

Los reproches estos últimos días habían sido constantes y sabía la razón. No teníamos sexo desde hacía cuatro meses, pero no podía reclamarme. Formaba parte de nuestro acuerdo. No podía obligarme. Ante las cámaras fingíamos que nos amábamos y que nuestro matrimonio era perfecto. ¿Qué pasaba en la intimidad? Éramos vacíos, no había pasión, mucho menos amor.

—Puedes organizar la fiesta que quieras —indiqué—. El dinero lo tienes a tu disposición.

—Pero no a ti —susurró con dolor—. Te extraño, Luca. ¿Hasta cuándo seguiremos así?

Aparté mis ojos de Thiago y la observé atentamente. No me gustaba que sufriera por mí, no me gustaba que mendigara por amor.

—Creí que esto estaba claro entre nosotros. ¿Acaso no tienes suficiente con tus amantes?

Sus ojos marrones brillaron con las lágrimas retenidas y sus labios temblaron. Por favor, no llores.

—Si acudo a ellos todo el tiempo, la gente empezará a sospechar. ¿Qué pasará si los paparazzi me toman desprevenida en un lugar inapropiado? Mi reputación será destruida.

—No habrá problemas si eres cuidadosa.

—Para ti es muy fácil decirlo porque eres hombre y nadie cuestiona lo que haces. Yo… tengo necesidades y no hay nada de malo en que busque satisfacerlas con mi marido.

Thiago soltó un gemido angustiado y rápidamente fui hasta él para calmarlo. Se relajó ante mi toque y se acurrucó en su cuna. Sonreí ante la imagen.

—No me presiones —advertí—. Y no te atrevas a hacer esto frente a mi hijo.

—Nuestro hijo —corrigió.

Chequeé por última vez a Thiago antes de agarrar del brazo a Isadora y sacarla de la habitación. Desde que era un niño, presencié las peleas que tenían mis padres y eso dejó secuelas. Ya no pude verlos de la misma forma, me asustaba cuando estaban juntos y sufría por mi madre. No quería lo mismo para mi hijo.

—¿Será necesario que te repita nuestro acuerdo? —siseé enojado—. Esto no es amor, Isadora.

—¿Y tampoco sexo? —Me acarició el pecho y besó mi cuello—. Soy la madre de tu hijo, merezco consideración. Te necesito tanto, sueño con tu toque cada día. No me prives de tu cuerpo.

Sus besos se volvieron más ansiosos a medida que me quitaba la chaqueta y trazaba mis abdominales. Como de costumbre, nada en mí respondió. Estaba bloqueado sexualmente. El sexo no era lo mismo de antes. No desde ella.

—Hoy —dije, odiando hacia dónde se dirigía mi traidora mente.

Isadora me miró con ilusión y entusiasmo.

—¿Hoy?

—Hoy me tendrás en tu cama —prometí—. Seré tuyo.

Me desarmó ver la gratitud en sus lindos ojos. No debía ser de esa forma, ella no merecía las sobras de un hombre destrozado. Ella no merecía solo pedazos.

—Te a... —Presioné un dedo sobre sus labios y ella agachó la cabeza con decepción.

No tenía permitido pronunciar las palabras porque me haría sentir más culpable.

—Déjame revisar algunos papeles y después me tendrás para ti.

—Voy a esperarte.

—Bien.

La aparté torpemente y la vi retirarse a su habitación. Ni siquiera compartíamos la cama. ¿Por qué era tan difícil corresponderle? Me daba todo, era una mujer excepcional. ¿Cómo diablos podría liberarme de ese amarre impuesto por una maldita mariposa?

—Escuché eso desde la biblioteca —dijo Kiara con un libro en la mano—. ¿Le sigues negando sexo a tu esposa, Luca?

Kiara se había convertido en una mujer hermosa. Varios pretendientes se presentaron a tocar nuestra puerta cuando cumplió la mayoría de edad, pero ella hizo su elección y Luciano ganó su corazón. Le prometí que jamás la controlaría. Ella era libre de hacer lo que quisiera y si deseaba estar con Luciano no iba a prohibirle nada. Era una adulta.

—No es asunto tuyo, ocúpate de tus estudios.

Rodó los ojos.

—La gente de servicio también sabe que el matrimonio de ambos es una fachada. Si no fuera por el niño, tú hace tiempo habrías pedido el divorcio.

Froté mi rostro. Ojalá fuera así de fácil.

—Sabes que el divorcio no es posible por ahora. Fernando es capaz de prometerla al viejo cascarrabias abusivo.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué mencionas el tema?

Me dirigí a mi oficina y Kiara me siguió los pasos.

—Ninguno es feliz y odio que estén atrapados en un callejón sin salida. Ella es muy buena, merece más que tus sobras.

Mi rostro hirvió por la ira. No me agradaba que se metieran en mi vida privada.

—¿Crees que no lo sé?

—Ya no eres el mismo de antes, no desde que Alayna se fue.

Ese nombre.

La cólera me sacudió como un maremoto, las venas en mis sienes se tensaron. ¿Por qué la mencionaba? Nadie lo había hecho en muchísimo tiempo. Ella no me quería a su lado y quedó demostrado. Sin ninguna pista de su paradero, Alayna Novak estaba muerta para mí.

—No vuelvas a hablar de ella. ¿Entiendes?

Pero Kiara no mostró ni un gramo de culpa ante la dureza en mi voz.

—Estoy cansada de verte muerto por dentro. Sé que tienes a Thiago y te hace muy feliz, pero a veces me pregunto si las cosas hubieran sido diferentes…

—Pasaron tres años, Kiara. Ya la superé.

Su expresión me dijo que no me creía. Yo tampoco lo hacía. Era una mentira que intentaba desesperadamente hacer realidad.

—Estás perdido. Te estás convirtiendo en nuestro padre. Isadora y Thiago no merecen esta versión de ti, tampoco que los retengas contigo.

Me acerqué a ella y la hice retroceder. Podía aceptar cualquier cosa, menos que me comparara con Leonardo. Eso nunca.

—No vuelvas a decir algo así. Mi hijo debe estar a mi lado.

Apretó los labios.

—¿Isadora no? Deberías buscar la manera de liberarla.

—No sabes cómo funciona nuestra relación y las consecuencias que traería si la dejara ir.

—A veces me pregunto cómo sería tu vida si supieras la verdad.

Fruncí el ceño.

—Estás diciendo locuras.

—No —sentenció—. Estoy cansada de guardarme esta horrible carga, nunca debí callarme nada.

Me quedaba sin aliento con cada palabra que salía de sus labios. ¿Por qué me decía estas cosas justo ahora? Cristo, pasaron tres años desde su partida.

—¿De qué carga estás hablando?

La culpa era evidente en sus ojos grises.

—¿Qué harías si supieras que todas las cosas que te dijeron sobre Alayna son mentiras?

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2

ALAYNA

El cielo de la mañana era gris, el viento helado me congelaba las mejillas y copos de nieve azotaban mi largo cabello oscuro. Era la segunda vez en años que venía a visitarla. Me arrodillé ante su lápida, dejando el ramo de rosas blancas. Seguían frescas y hermosas.

Alyona Smirnova.

No tenía muchos recuerdos de ella, pero los pocos que conservaba eran felices. La imaginaba contenta en un lugar mejor donde no sentía dolor ni soportaba los maltratos de mi padre. A veces me preguntaba seriamente qué pensaría de mí. Madre siempre había deseado que me casara, construyera una familia y tuviera hijos propios. Si supiera que estaba rota por dentro y no merecía ser amada.

Lo que había sucedido en Italia hacía tres años cambió mi perspectiva sobre la vida. Todas esas chicas que Luca se propuso salvar, yo las liberé. Sacrifiqué mucho para lograrlo y perdí al único hombre que había amado. ¿Qué pasaría si no hubiera intervenido? Me encogí ante el pensamiento y suspiré. Estaban a salvo, era lo único que importaba. Nunca lamentaría mi decisión. Sabía perfectamente en qué me metía y el precio a pagar. Fueron meses de duro trabajo, estrés, sufrimiento y lágrimas. No quería arrastrar a Luca conmigo, él merecía una recuperación tranquila. Estaba mejor sin mí. Quedó demostrado al poco tiempo cuando reinició su vida.

Me superó muy rápido.

—Ya no recuerdo cómo era tu rostro, pero pienso mucho en ti. Caleb me dijo que soy tu viva imagen y me siento orgullosa. —Miré el cielo con una sonrisa—. Espero que no estés decepcionada de mí.

Busqué en mi bolso la caja de cigarros. Saqué uno. Era difícil encenderlo con el viento implacable, pero finalmente lo logré y le di una larga calada.

—Hasta pronto, mamá —mascullé—. Volveremos a vernos algún día.

Observé su lápida por última vez antes de girarme y dirigirme a la salida. Tuve una extraña sensación, como si alguien me estuviera espiando. Miré a mi alrededor, pero no encontré nada fuera de lugar. Probablemente solo era paranoia. Tres años y nadie había logrado encontrarme. Caleb era el único que tenía mi dirección en caso de que sucediera alguna emergencia.

Me había convertido en un fantasma. Encontré paz cuando terminé mi trabajo y decidí tomarme un descanso. Mi vida ahora era tranquila sin crímenes de por medio. Tenía todo lo que necesitaba y no quería nada más. Esa voz maliciosa en mi cabeza susurró que era una mentirosa. Los primeros días de la separación fueron llenos de ansiedad, tortura y dolor. Comprobaba mi celular cada minuto, deseando escuchar los miles de audios que Luca me había enviado. No escuché ninguno. Todavía conservaba la carpeta donde estaban archivados.

Luca era el amor más puro que había experimentado, pero también el daño más irreparable que me habían causado.

Fue mi destrucción.

Yo era un alma rota y solitaria, pero siempre encontraba la forma de superar cualquier decepción. Esto no terminaría conmigo. Era mi nuevo comienzo y decidí tomarlo. Fue mi decisión. De nadie más. Ahora tenía que vivir con las consecuencias.

No importaba lo que deseara mi corazón desesperadamente.

Nunca importó.

Los portones se abrieron cuando detuve la motocicleta frente a mi casa y me quité el casco. El pelo me cayó por la espalda y tomé una respiración profunda. El aroma del bosque, los pinos, la nieve y los musgos me envolvieron. No me agradaban las personas, en mi nuevo hogar nadie perturbaba el silencio. Vivía en los suburbios de San Petersburgo. Una casa de dos pisos perdida entre los árboles. Tenía instalado un sistema de seguridad y trampas que matarían a cualquiera que no estuviera invitado. Allí sentía libertad. Sin mafia, sin crímenes, sin idiotas que quisieran controlar mi vida. Solo era yo.

Inserté el código en la puerta y entré mientras me quitaba el abrigo y los tacones altos. No era algo común para mí quedarme tanto tiempo en un país, pero Rusia era mi hogar y me sentía increíble con el perfil bajo. Me serví una copa de vino tinto y colapsé en el sofá. Mis ojos atentos en el reloj que marcaba las 12:00 p.m. Mi rutina se basaba en lo mismo todos los días. Simplemente sobrevivía. Sin adrenalina ni peligros, pero era lo que quería, ¿no?

La duda era la peor parte. Me hacía cuestionar todo lo que había hecho y si realmente valía la pena el sacrificio. ¿Debí ignorar a Eric y aferrarme a Luca como mi salvavidas? Permití que un desconocido dictara mi destino. Él no sabía mis luchas, mis sueños, mi dolor… Nada.

—Imbécil —susurré, bebiendo otro sorbo.

Mi celular emitió un pitido y me paralicé como era costumbre. Había cambiado mi número, pero secretamente deseaba que él lo consiguiera de algún modo. Quería que atravesara mi puerta y me pidiera regresar a su lado. Estúpida.

Yo había renunciado a él y era un hombre casado. Ya no era mío. Quizá nuestro amor era una brillante estrella fugaz, destinada a perderse en la oscuridad. Solo quedó polvo en su lugar. Restos de escombros que fueron llevados por el viento. El celular volvió a sonar y maldije cuando vi el nombre de Eloise en la pantalla. Le advertí que nuestras llamadas debían ser mínimas. No era buena para ella y no quería exponerla otra vez. Su seguridad no estaba a salvo conmigo. Si seguía insistiendo me vería en la obligación de cambiar mi número por milésima vez.

—Hola, duende. —Mi voz sonó sin ningún entusiasmo y escuché su resoplido.

—¿Esas son formas de saludarme? ¿A tu única amiga?

—Llamaste hace una semana cuando te advertí que no debes ser frecuente. La prudencia es importante. ¿Acaso olvidas quién soy?

—No, no lo hago —dijo—. Pero no puedes culparme por llamarte. Me dejaste muy preocupada después de nuestra conversación. Necesito saber cómo estás.

Reina del drama… Mi error fue llamarla ebria y decirle cosas que no debía. Eloise no lo olvidaría. Aquí estaba tratándome como si ella fuera mi madre.

—Estoy perfectamente bien.

—Me dijiste que querías regresar a Italia y lloraste en el teléfono.

—Estaba ebria. —Me froté los ojos con el puño—. No volverá a suceder.

La imaginé resoplando, dándome esa típica expresión de sabelotodo. La echaba de menos. Llegué a pensar que no volvería a disfrutar su amistad después de que fue secuestrada y a punto de ser vendida, pero Eloise me aseguró que no era mi culpa. A veces la llamaba y ella me escuchaba sin juzgar. Solo daba consejos cuando era necesario. Era extremadamente honesta, algo que me gustaba y me molestaba al mismo tiempo.

—Puedes confiar en mí, Alayna.

—Lo sé, Eloise —murmuré—. Pero no me gusta abrumarte con mis problemas. Cada vez que me llamas solo hablamos de mí y es agotador. ¿Por qué no me cuentas cómo vas con Sabrina? ¿Eres feliz en Australia?

Oí un pesado suspiro. Sabía que le colgaría si insistía con el mismo tema.

—Me gusta y estoy feliz —aceptó—. Vamos muy en serio. Yo… pienso que me propondrá matrimonio pronto.

Una sonrisa levantó mis labios.

—No me sorprende que pronto ponga un anillo en tu dedo, eres grandiosa. Sabrina es afortunada por tenerte.

—Yo también soy afortunada. La vida en Australia va genial y el negocio prospera cada día más. Deberías visitarnos algún día. Te daremos croissant y vino.

Ignoré el último comentario porque de nuevo no era buena idea.

—No dudes en llamarme si te rompe el corazón.

—Eso no será necesario —se apresuró a decir y volví a reírme—. Sabrina es incapaz de hacerme daño.

—Más le vale.

—¿Alayna?

—¿Sí, duende?

—Todos merecemos ser felices. Tú más que nadie. Sé que muchos te han decepcionado y eso apesta. Lo siento, amiga, pero no significa que debas cerrarte al amor y te hundas en la miseria. —Hizo una pausa—. Eres hermosa por dentro y por fuera. Nadie me hará creer lo contrario.

—Eloise…

—Mereces ser feliz, Alayna —insistió—. Te juro que lo mereces. No importa lo que hayas hecho en el pasado o lo jodida que haya sido tu vida. Mereces ser amada y feliz. Solo escucha a tu corazón y vuelve a Italia. Sé que no todo está perdido para ambos. Puedo jurar que él te sigue esperando.

—Lo dudo mucho. Está felizmente casado.

—Alayna…

—Adiós, duende —colgué.

Estiré las piernas en el sofá y revisé la bandeja de entrada donde su mensaje de texto estaba fijado:

«Vuelve a mí, mariposa».

Las lágrimas pincharon los bordes de mis ojos y lancé el aparato en la alfombra. Tres años y la herida seguía fresca. ¿Cómo pudo salir adelante tan rápido? ¿Cómo logró superarme? Necesitaba el secreto porque esto me estaba matando por dentro. Me acurruqué en el sofá, abrazando mis piernas, preguntándome si alguna vez dejaría de odiarme a mí misma. Si algún día todas mis piezas estarían completas nuevamente.

Tarde, Alayna.

No había forma de regresar al pasado, el daño ya estaba hecho. Esa misma noche me negué a lamentarme de mí misma. Me limpié las lágrimas, me puse un vestido negro con un abrigo y salí a tomar un trago.

Había ocasiones en las que odiaba sentirme tan sola. No me gustaba pensar demasiado porque me hacía cuestionar todas mis decisiones y era insoportable. Tenía suficiente con Eloise y sus sermones.

Le di una calada a mi cigarro, disfrutando la suave melodía del piano. Varios hombres buscaban mi atención, pero ignoré a cada uno. Cada vez que intentaba tener sexo con alguno mi mente buscaba a Luca inconscientemente y se me escapaba su nombre durante el acto. Maldito príncipe. Me había arruinado.

—El próximo trago de la dama pueden agregarlo a mi cuenta.

Levanté una ceja cuando observé al dueño de esa rica y decadente voz con acento. Un hombre atractivo, vestido con un traje gris a medida se sentó a mi lado en el taburete del club nocturno. ¿De dónde había salido? Su cabello era castaño rojizo, sus ojos verdes de un tono muy pálido. Su cara cincelada me recordaba a una escultura. Sus pómulos eran afilados y sus labios, carnosos. Por la anchura de su cuerpo y la forma en que el traje se aferraba a su amplio pecho, podía decir que estaba ejercitado.

—No necesito que nadie pague mi trago —respondí, expulsando el humo por mi boca—. Menos un tipo que no conozco. Puedes irte. No estás invitado.

La curva de su boca formó una deslumbrante sonrisa con dientes blancos.

—¿Estás segura de que no te conozco? Saldrías corriendo si supieras quién soy.

Lo miré con detenimiento esta vez. ¿Y este quién se creía?

—Ilumíname. ¿Eres el rey de Inglaterra?

Sus ojos recorrieron mi cuerpo, enviando un escalofrío agradable por mi columna vertebral. Podía hacer una excepción por este idiota. Me dolía la cabeza por haber pensado demasiado y necesitaba relajarme. Una buena dosis de sexo me ayudaría a olvidar.

—Eres Alayna Novak —dijo y reconocí su grueso acento. Irlandés—. Te encargaste de que cada hombre en el mundo de la mafia sepa tu nombre cuando acabaste con el líder más peligroso de Rusia. El dueño de una organización que reclutaba asesinos. Tú eras su soldado y lo mataste.

Una pequeña risita abandonó mis labios y dejé los restos del cigarro en el cenicero. Deseaba que fuera un desconocido al azar. Qué lástima.

—¿Con quién tengo el gusto de hablar?

El barténder regresó y sirvió dos vasos de whisky. Obviamente no sería tan estúpida para beber algo que me ofrecía un desconocido. Eso iría en contra de todo lo que había aprendido. No correría el riesgo de ser drogada o envenenada. Merecía una muerte épica.

—Me llamo Declan Graham. —Agarró mi mano y besó el dorso—. El gusto es mío, Alayna.

Aparté mi mano y bebí lo que quedaba del coñac que ordené. Saboreé cada gota sin apartar mis ojos de los suyos. El calor que se estaba gestando en su intensa mirada hizo que mi pecho subiera y bajara rápidamente. Había pasado un tiempo desde que un hombre me provocara un efecto igual. Mi último revolcón había sido hace meses.

—Declan —repetí su nombre en un tono aburrido—. ¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Me estás vigilando? ¿Me espiaste por meses? Esa sería una buena explicación dado que estuve apartada de tipos como tú durante un tiempo.

El siguiente movimiento me tomó por sorpresa. Se acercó, sus labios rozaron mi oreja. Su aroma masculino me rodeó cuando habló. Su colonia era deliciosa.

—Me dijeron que eres muy arrogante para tu bien y acabo de comprobarlo.

A pesar de que habían encontrado mi ubicación, una risita burbujeó en mi pecho, un sonido pequeño y ligero. Relajado. Buscaba algo de mí y no se lo daría. ¿Mis servicios como asesina? No me importaba cuánto dinero ofreciera. Ya había terminado.

—Te daré una oportunidad de irte por tu cuenta —dije—. Regresa por donde viniste y olvida que me has visto.

Sus ojos se oscurecieron.

—Nunca podrás tener la vida tranquila que buscas, no después de tus errores. —Su voz era un susurro áspero y ronco—. Eras una especie de justiciera que mataba a todos los bastardos que abusaban de mujeres. Rompiste cadenas y terminaste con muchos negocios. ¿A cambio de qué? Más enemigos de lo que alguna vez imaginarás. Tu cabeza tiene una recompensa generosa.

Me mantuve indiferente.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Dinero por mi cabeza?

—No, exactamente.

—Malas noticias para ti —dije, cansada de la conversación—. No tengo nada que ofrecerte y no me interesa lo que esperas de mí.

Chasqueó la lengua, otra sonrisa curvó la comisura de sus labios.

—Lo que hiciste trajo consecuencias, Alayna. Desmantelaste toda una red de prostitución y pusiste a hombres peligrosos tras las rejas. Algunos recibieron su condena, otros murieron en la cárcel, pero hay quienes esperan ansiosos tu caída —sonrió—. Dejaste tus huellas a pesar de que trataste de actuar en el anonimato. La gran mariposa negra es inolvidable y muchos codician matarla.

Se me aceleró el pulso, la rabia me crispó la nariz y entrecerré los ojos. Conocía a la perfección gran parte de mi historia. Cuando había rescatado a las chicas que Luca protegía también me aseguré de que otras recuperaran sus vidas y que mi nombre fuera una advertencia para los depredadores.

—Ese es un gran monólogo. ¿Lo practicaste mucho? —Miré la hora en mi reloj—. Felicidades, lograste entretenerme, pero debo irme.

Me moví con intenciones de marcharme, pero sus dedos se enroscaron alrededor de mi brazo.

—Aún no he terminado.

Le di un manotazo.

—Quita tus manos de mí o será la última cosa que hagas en tu vida. Tengo un límite de paciencia y lo has agotado. Apártate de mi camino.

Los clientes del bar susurraron cuando las voces se elevaron, pero al diablo. No me importaría armar un escándalo. Le cortaría la garganta y saldría por esa puerta como si nada hubiera pasado. No caería en la trampa de este idiota. Si trabajaba en la mafia lo más probable era que buscaba algún beneficio o quizá venganza. Destruí negocios y se perdieron millones de euros. Había hombres furiosos acechándome.

—¿Ves a los hombres de ahí? —Señaló a los cinco orangutanes a poca distancia—. No permitirán que salgas viva de aquí. Yo tampoco. Sabemos que estás entrenada, pero dudo que puedas con todos nosotros. No actúes como si fueras una estúpida.

—Tú no sabes de lo que soy capaz.

—No y tampoco quiero averiguarlo —sonrió—. No tengo intenciones de matarte y discúlpame si te molesto. Hay alguien que está interesado en hablar contigo personalmente. No le hagas perder el tiempo.

—¿No puede hacer él mismo su trabajo? ¿Tú eres su perro guardián?

Apretó los dientes, irritado por el comentario.

—Ven conmigo.

Tenía una navaja en el interior de mi muslo y un entrenamiento que me sacaría de cualquier situación. No me hacía sentir insegura seguir a un hombre desconocido en un salón. La monotonía había empezado a aburrirme y esta era una señal. Era el momento de enfrentar la realidad. No podía huir para siempre.

—Bien —cedí—. Solo déjame advertirte que no seré agradable si esto se trata de una trampa.

Declan sonrió.

—Jamás jugaría con la mariposa negra.

Me guio hasta una escalera del segundo piso y después ingresamos a una oficina lujosa. Todo estaba hecho de mármol, decorado con cuero y terciopelo. Qué mal gusto. Un hombre con la misma contextura física que Declan me recibió con una sonrisa. No cabían dudas de que enfrentaba a la mafia irlandesa y querían cobrarme una deuda. Dos de sus guardias se pararon a su lado como vigilantes silenciosos detrás de él, con las espaldas erguidas y armas apuntándome. La puerta fue cerrada y cubrieron las ventanas. Huir se volvió una tarea complicada, pero no imposible.

—Es un honor conocer finalmente a la mariposa negra. —El bastardo irlandés me saludó con arrogancia—. Soy muy afortunado, ¿no lo crees, Alayna? Me llamo Derek Graham.

Mantuve los labios sellados. Derek sonó los dedos y los hombres se retiraron a excepción de Declan.

—Ya no te sentirás intimidada por ellos —dijo—. ¿No quieres sentarte?

¿Intimidada? Esa palabra no existía en mi vocabulario.

—Estoy bien así —contesté, pero Declan puso una mano en mi hombro y me obligó a hacerlo de todos modos. Idiota.

—Fueron meses de larga búsqueda —expuso Derek aún sonriendo—. Encontrar tu paradero me trajo muchos dolores de cabeza.

Di golpecitos al suelo con mis tacones, demasiado impaciente de terminar esta conversación.

—Veo que esto es un asunto personal —asumí.

Derek soltó una carcajada.

—Cuando rescataste a las víctimas de trata, has desmantelado un negocio que me dejaba muchísimo dinero.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y bajé la mano hasta mi muslo, lista para utilizar el cuchillo.

—Bienvenido al club —sonreí—. No eres el único resentido.

—Quiero que repongas el dinero que he perdido por tu culpa.

Miré a Declan un segundo.

—No te debo nada —espeté—. Termina con esta estupidez y olvídate de mí. En caso contrario vas a perder más que un par de euros. Diles a tus hombres que se retiren y déjame en paz.

Una amplia sonrisa destelló en su rostro.

—Tranquila, estoy tratando de ser amable aquí. No me obligues a usar la violencia. —Se rio—. Sé que acabaste con la familia Vasiliev en Rusia hace tres años. Lo mismo sucedió con un cartel mexicano, destruiste a Leonardo Vitale y fuiste la zorra de su hijo. Oh, trabajaste con Fredrek Belov para destruir al mismísimo Aleksi Kozlov. Eres amiga de Ignazio Moretti. —Se removió en la silla—. Durante años rescataste a víctimas de trata y te uniste al FBI también. Tu hermano es Caleb Novak, uno de los asesinos más impecables que he conocido. Posees un historial fascinante, Alayna. Ningún objetivo tuyo sobrevivió.

Ni siquiera me inmuté.

—Se te escaparon otros detalles importantes, pero está bien. No estuvo nada mal.

—Escuché que ya no trabajas para nadie. ¿Es cierto?

—No sigo órdenes de nadie —mascullé y volví la vista a Derek—. Menos de hombres como tú.

Derek alcanzó el licor de su mesa y se sirvió un trago.

—Hoy no tendrás muchas opciones. —Bebió—. Olvidaré que arruinaste mi negocio y tú me harás un inmenso favor a cambio. Espero que sepas apreciar esta oferta, no se presentan todos los días. Cualquiera en mi lugar te mataría, mariposa.

Y como si mi furia invocara alguna fuerza durmiente en mi interior, comencé a sentir el calor de mi descontento. Este idiota estaba empezando a irritarme. ¿Creía que sería su sirvienta?

—Vuelve a llamarme de esa forma y eres hombre muerto. —Mi mano encontró el cuchillo y lo apreté.

—¿Toqué tu fibra sensible, Alayna?

No contesté.

Mi mente traidora me trasladó a nuestra última noche juntos en Inglaterra. Recordé su sonrisa, el sabor de sus labios, su cuerpo moviéndose contra el mío. Maldita sea, no lograría olvidarlo.

—Tu objetivo se encuentra en Nueva York —prosiguió Derek y regresé a la realidad—. Se trata de Alberto Boticelli. Quiero que lo mates.

Genial, otro italiano. ¿Nunca escaparía de ellos? Qué aburrido.

—Creo que no fui muy clara. —Me puse de pie y golpeé el escritorio con las palmas de mis manos—. No trabajaré para ti, prefiero que me mates ahora mismo.

Chasqueó los dedos, y en dos segundos, uno de sus hombres regresó a la habitación y me propinó una fuerte cachetada. El golpe rompió mi labio y la pura rabia se apoderó de mí. Saqué el cuchillo de mi muslo y antes de que pudiera reaccionar lo hundí en su cuello. El soldado jadeó, sus ojos bien abiertos mientras trataba de contener la herida y cayó de rodillas.

Derek soltó otra ruidosa carcajada y Declan se tensó mientras miraba al hombre desangrándose cerca de mis pies.

—¿Estás seguro de que quieren obligarme? —inquirí. Recuperé el cuchillo y lo limpié en la chaqueta de la víctima que seguía agonizando sin recibir ayuda.

—Déjame hablar con ella —solicitó Declan—. Ella accederá.

Derek observó a su perro fiel, sorprendido de que hubiera abierto la boca.

—Eres mucho más diplomático que yo. —Levantó los brazos—. Adelante, hermanito.

No dije nada mientras Derek abandonaba la oficina y me dejaba a solas con Declan.

—Toma. —Declan rebuscó en su bolsillo y me ofreció un fino pañuelo de seda.

Lo acepté sin apartar mis ojos de los suyos.

—No eres tan desagradable como tu hermano —dije, limpiándome la sangre de los labios.

—Derek es impulsivo.

Me senté y crucé mis largas piernas. No me pasó desapercibida la forma en que me miraba. ¿Deseo? Claro que sí.

—¿De verdad piensas que tú vas a convencerme? No eres especial, no eres diferente a la basura de tu hermano. No-trabajo-para-nadie. ¿Prefieres que lo repita en otro idioma? Hablo diez.

Declan tomó asiento y dejó sus pies con botas sobre el escritorio. Ignoró mi tono sarcástico, ignoró mi altanería.

—Tienes razón, pero no pierdo nada con intentarlo. Alberto es el tipo de hombre que tú odias. Viola a mujeres, las compra y las vende. ¿No eres la vengadora que acaba con ellos?

Tenía un punto, pero no iba a ceder.

—Dejé atrás ese estilo de vida. Ya no mato por dinero, me he retirado.

—Te dije que no puedes escapar. Vamos, este objetivo será pan comido. Matamos juntos a ese imbécil y mi hermano te dejará en paz. También puedes salvar a las pobres mujeres por quienes luchas desesperadamente.

Me incliné hacia el escritorio, dándole una agradable vista de mis pechos atrapados en el vestido de encaje. Obviamente no perdió la oportunidad de apreciarlos.

—¿Matamos juntos?

—Formaré parte de la misión, no quiero perderme esta gran oportunidad. —Me guiñó un ojo—. Será una aventura muy emocionante, ¿no lo crees?

Mi sonrisa salió antes de que pudiera detenerla.

—¿Qué pasa si me opongo?

—Sé que tienes una debilidad en Australia y Derek no dudará en atacarla. ¿Cómo se llama? —fingió pensar—. Eloise Pradelli, ¿no? Tu hermano Caleb es intocable, pero ella es una criatura indefensa. Hace tres años la salvaste de la prostitución y esta vez no podrás si te niegas.

El espacio entre nosotros se redujo. El nombre de mi amiga retumbó en mis oídos y de repente no pude ver con claridad. Todo lo que percibía era el movimiento brusco de mi pecho mientras respiraba. No. Me mantuve alejada de ella porque sabía que esto pasaría en algún momento.

—Te daremos una semana para pensarlo —dijo Declan con indiferencia—. No estás obligada a aceptar, pero asumirás las consecuencias. Tu amiga Eloise será vendida y prostituida. Es tu decisión, Alayna.

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3

LUCA

El rostro de Kiara estaba pálido y sus ojos se llenaron de lágrimas. No sabía cómo tomar su reacción. Algo la atormentaba y por alguna razón no quería decírmelo.

—¿Qué sabes sobre Alayna? —La miré fijamente y eso pareció intimidarla—. Pasaron tres años y dudo que haya sucedido algo que no sepa. ¿Verdad, Kiara?

Su garganta se tensó, tragó saliva.

—Tienes razón, pasaron tres años. No tiene sentido escarbar en el pasado.

Mi mano se aferró a su brazo cuando intentó darme la espalda. En silencio estaba gritándome miles de secretos, pero tenía la sensación de que no diría nada. ¿Qué la detenía? Pensé que la confianza entre nosotros era irrompible. Nos habíamos unido mucho más desde la muerte de nuestro padre.

—¿No tiene sentido qué? —inquirí enojado—. ¿De qué diablos hablas? Ya abriste tu boca, será mejor que termines cualquier cosa que tenías en mente. Tú misma me dijiste que ella se fue del hospital sin despedirse de mí.

El miedo se profundizó en su expresión mientras retrocedía lentamente.

—Es lo que sucedió, te lo juro.

Mis ojos se detuvieron en la mirada de pánico en su rostro. El sentimiento de traición recorrió mi cuerpo, la rabia hirvió en mis venas. Si ella omitió alguna verdad relevante de ese día nunca se lo perdonaría.

—¿Estás segura de que es solo eso?

Me dio un débil asentimiento.

—Sí —contestó con rigidez—. Debo ir a estudiar. Que tengas una buena noche, Luca.

Se zafó de mi agarre y la vi desaparecer en su habitación. Mi corazón se contrajo mientras cerraba los ojos. Todo lo relacionado a esa mujer me volvía loco y paranoico. No pensaría sobre el asunto, no le daría importancia, Kiara no me ocultaba nada.

Y ella…

Se fue, no tenía interés de regresar, ya no formaba parte de mi vida.

Alayna Novak estaba muerta.

Lo estuvo desde el día que me abandonó en el hospital y destrozó mi corazón.

Pasé las siguientes horas encerrado en mi oficina. Sabía que pronto debía ir a buscar a Isadora. Necesitaba hacer que nuestro matrimonio funcionara de algún modo. Avanzar y no estancarme en este laberinto sin salida. Cuando dije sí en el altar, prometí que la haría feliz, pero sentía que estábamos en nuestro peor momento. Isadora lloraba constantemente y yo me encontraba perdido. No podíamos seguir así, ambos nos hacíamos daño. No quería que Thiago creciera con padres que apenas toleraban tocarse.

¿Cuánto más soportaría este infierno? A veces solo deseaba tomar el primer avión y buscar por mi cuenta el jardín donde se encontraba la mariposa. ¿Valía la pena seguir aferrado a ella cuando no dudó en abandonarme? La respuesta me asustaba. Saqué el celular de mi bolsillo y contemplé la foto del último evento al que habíamos asistido juntos. Ella con su hermoso vestido blanco mientras nos mirábamos con adoración. Tenía la misma expresión que reflejaba mi rostro. Eso era amor. ¿Cómo pudo renunciar a mí tan fácilmente?

—Me estoy volviendo loco sin ti, mariposa.

La puerta de mi oficina chirrió al abrirse y vi a Isadora ingresar vestida con nada más que una bata. Su cabello rubio estaba suelto, sus ojos marrones llenos de tristeza. ¿Cuánto tiempo estuvo esperándome? ¿Cuatro? ¿Cinco horas? Ya casi era de madrugada. Mierda.

—No viniste como prometiste —musitó.

Me froté los ojos, agotado. Necesitaba ir a la cama, pero no con ella.

—Lo siento —me disculpé—. No me fijé en la hora. Firmé varios papeles y leí algunos apuntes de mi próximo examen. No soy consciente del tiempo desde que empecé a estudiar.

Había decidido cumplir mi sueño de estudiar medicina. Llevaba dos años de carrera y mi mayor anhelo era obtener el ansiado título. Algunos creerían que era estúpido debido a mi ocupación, pero confiaba en que algún día dejaría esa vida y me dedicaría a lo que realmente quería.

Los exámenes no eran fáciles y consumían la mayor parte de mi tiempo. Agradecía que mis primos y mi tío Eric me ayudaran con los negocios. Nunca podría solo con tantas responsabilidades. Pensaba pausar mis estudios hasta el invierno. Quería dedicarme a Thiago y a resolver algunos asuntos que necesitaban mi intervención. Todo era demasiado complicado.

—Siempre tienes una excusa, ¿no? —reprochó—. Si no son tus estudios, es tu trabajo o tu madre. Estoy cansada, Luca.

Guardé el celular en mi bolsillo y me froté el rostro. Carajo, no debí hacerle una promesa que no podría cumplir.

—Yo también estoy cansado, Isadora. —Mi voz sonó ronca—. Discúlpame, no han sido buenos días. Solo dame espacio.

—¿Quieres que te dé espacio? —Se cruzó de brazos, indignada y dolida—. Me dijiste que esta noche serías mío y al igual que todas tus promesas quedaron en la nada. Si te resulta tan insoportable tocarme, nunca debiste darme falsas esperanzas. ¿Por qué me mientes? ¿Es muy difícil decir que no?

—Yo…

—No vamos a funcionar —murmuró, alejándose—. Quedó demostrado más de una vez. Fue tonto de mi parte presionarte a hacer algo que no quieres. Lo siento, no volverá a suceder. La próxima vez buscaré a mis amantes para ahorrarme otra humillación.

Si la dejaba ir ahora, mañana sería peor. ¿Y yo? El mismo desastre que reprimía sus emociones por una mujer que nunca volvería.

—Sí, sí, quiero —solté—. No te vayas.

Se detuvo en la puerta para mirarme.

—¿Qué dijiste?

¿Qué daño podría hacernos un último intento?

—Quiero estar contigo.

Me miró con lágrimas en los ojos y estuve seguro de que había arruinado las cosas. ¿Por qué la ilusionaba? Me prometí a mí mismo que no volvería a hacerlo.

—Shh… no llores. —Me levanté del escritorio y me acerqué a ella—. No derrames ni una sola lágrima por mí. No lo merezco.

Sacudió la cabeza entre sollozos.

—¿Por qué me haces esto? Sé que Thiago es lo único que nos une, pero no quise perder mis esperanzas. Creí que eventualmente nuestro matrimonio funcionaría. Soy una tonta.

Limpié con mi pulgar la lágrima que caía por su mejilla.

—No eres ninguna tonta. Eres una mujer maravillosa que merece ser amada incondicionalmente. No recibir sobras de un imbécil que está jodido.

—¿Qué tiene ella que yo no?

Un tenso silencio se produjo entre nosotros, el latido de mi corazón pareció detenerse. Ella sabía cuánto significaba la mariposa en mi vida. Le había contado todo, las experiencias que compartimos, el amor que sentía por esa mujer. Nunca me juzgó, mucho menos habló mal de Alayna. Isadora era una gran persona.

—Nunca te compares con ella —mascullé—. No vuelvas a hacerlo.

—Lo siento.

—Voy a encontrar una manera de librarte para siempre de tu padre —expresé—. Después te enviaré a un lugar donde podrás hacer lo que quieras si deseas irte. Serás una mujer libre, Isadora. Retoma tus estudios, diviértete, conoce a otros hombres que realmente te merezcan.

Soltó un aliento entrecortado.

—¿Qué sucederá con Thiago si eso llega a ocurrir?

—Vamos a encontrar una manera de criarlo juntos —respondí—. Siempre he dicho que él no tendrá la misma infancia que yo.

Isadora pasó los brazos alrededor de mi cintura. Apoyó la cabeza en mi pecho, el olor de su perfume me rodeó. Era injusto darle esperanzas, pero esta noche quería olvidar. Ya mañana volvería a torturarme porque no tenía a quien quería realmente.

—Eres un gran hombre, Luca.

—Quiero ser un buen hombre por nuestro hijo.

—Ya lo eres.

—Y esta noche me gustaría estar contigo.

Se puse tensa y rígida, pero con mi toque pareció relajarse.

—Luca… —Miró atentamente mi expresión—. No lo hagas porque te sientes obligado…

—Te dije que sería tuyo.

La ilusión resplandeció en sus cálidos ojos marrones.

—¿Estás seguro?

Puse una mano en su nuca y presioné mis labios contra los suyos. Esa era la respuesta que obtendría de mí. Isadora me devolvió el beso desesperadamente y la levanté en mis brazos, llevándola hasta la habitación. Sus gemidos eran dulces, ansiosos, mientras los míos eran profundos. Aterrizamos en la cama y ella fue directamente hacia mi camisa, rasgando los botones. Yo me encargué de quitarle la bata mientras observaba cada detalle de su cuerpo. Su piel era hermosa y suave a pesar de las estrías. Demasiado pequeña y vulnerable. Sabía que se sentía insegura después del parto, pero a mí no me importaban sus imperfecciones.

—Te deseo tanto —gimió.

No respondí mientras buscaba un condón en la cómoda y me lo ponía. Otro bebé no estaba en mis planes. Solo quería una cosa de ella ahora mismo e iba a tomarlo. Habían pasado cuatro meses desde que habíamos estado juntos, pero se sintió como un largo siglo. No podía obligarme a hacer nada con nadie más, no cuando todo lo que soñaba eran dos grandes ojos azules y una sonrisa seductora.

—Luca… —Se quebró Isadora—. Te quiero.

—Shh…

Me posicioné entre sus piernas abiertas y aparté la mirada. Cada parte de mí temblaba. Tomé mi pene duro e introduje la punta dentro de ella. Estaba lista y mojada. Luego empujé sin ningún cuidado. Mi fuerte gemido fue inesperado, incluso para mí.

—Soy yo, somos nosotros. —Acunó mi rostro con las manos y me besó dulcemente. Con la intimidad del beso, me relajé y traté de concentrar mi mente en ella. Me moví despacio, buscando algo que había perdido. Isadora jadeó más alto contra mis labios cuando me moví—. Nadie se sentirá como tú. Te amo.

Mi estómago se revolvió y mi corazón rugió contra mi esternón. La intensidad con la que me contemplaba era tan fuerte que me perturbaba. Odiaba no corresponder a sus sentimientos. Si pudiera amar a otra mujer, esa definitivamente sería Isadora Rossi.

—No digas nada, por favor —le pedí con los dientes apretados.

—¿No te gusta escuchar que eres el único hombre de mi vida?

No respondí.

La observé con los ojos entrecerrados, viéndola retorcerse y morderse el labio inferior. Sus pechos rebotaban, sus pezones marrones estaban erectos, suplicando atención. Los acaricié y fui compensado por más gemidos de necesidad. Se aferró a las sábanas cuando volteé su cuerpo y la obligué a ponerse de espaldas a mí. Ahogó sus gemidos con una almohada. Sus gritos eran más desesperados, su espalda se arqueó mientras empujaba desde atrás. Era la posición que solía usar con ella. Prefería no ver su rostro durante el acto porque conocía mi mente y era capaz de traicionarme y hacerme pronunciar otro nombre.

—Luca…

Con varios embistes profundos, logré encontrar el punto que quería alcanzar. Mi orgasmo llegó duro y rápido, no había forma de detenerlo. Isadora me siguió segundos después mientras yo culminaba en el condón y salía de su interior.

Me acosté en la cama, mirando el techo con la respiración agitada. El sudor cubría mi frente, mi pecho y cada centímetro de mi piel. ¿Eso era todo? Había follado con mi esposa, pero tarde o temprano regresaba esa familiar sensación de vacío. Nada lograba satisfacerme.

—¿Alguna vez funcionaremos y seremos felices? —preguntó Isadora sin aliento, acurrucándose a mi lado.

—No lo sé, Isadora —susurré y me cubrí el rostro con el antebrazo—. No lo sé.

Desperté temprano para pasar la mañana con Thiago. Pronto debía hacerle una visita al gobernador y hablar sobre los próximos planes de la ciudad. Algunos prostíbulos abrieron sus puertas en contra de mi voluntad. Muchas mujeres regresaron porque creían que no había mejores opciones o era todo lo que conocían. La diferencia era que ahora escogían a sus clientes y nadie usaba la violencia contra ellas. Entendí que no podía controlarlo todo. No era mi elección. Hoy tenía un hijo y era mi mayor preocupación. Su seguridad y educación eran lo más importante en mi vida. Lo demás quedaba en segundo plano.

Me dirigí al jardín de la mansión con Thiago en mis brazos mientras Laika y sus dos cachorros, Milo y Coco, nos seguían. Había tenido cuatro crías con el nuevo perro de Gian. Yo me hice cargo de dos y mi primo conservó al resto. Eran animales grandiosos, traviesos y muy juguetones. Alegraban mis días.

El jardín lucía asombroso con las flores que Kiara se había encargado de plantar. Ella tenía cierta fascinación por la jardinería y luego de la muerte de Leonardo llenó nuestra casa de rosas, girasoles y margaritas. Thiago amaba pasar las mañanas aquí.

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