Del vamos por todo al vámonos todos

Carlos M. Raymundo Roberts

Fragmento

Fue un enfrentamiento brutal, una guerra feroz. Se tiraron a matar…

De un lado estaba Carlos María Reymundo Roberts, periodista del diario La Nación desde hace 32 años, profundamente liberal y editor consustanciado hasta la médula con el ideario de la hoja fundada por Mitre.

Del otro lado estaba Carlos M. Reymundo Roberts, autor, bajo esta firma, de la columna política “De no creer”, que se publica los sábados, desde hace algo más de tres años, en la página 2 de La Nación.

El problema, origen de aquella guerra despiadada, se presentó cuando, después de cierto tiempo y sin que yo —padre de estas dos criaturas— atinara a darme cuenta, el columnista se había distanciado políticamente del editor hasta convertirse en un kirchnerista puro y duro. No es que no haya habido dinero de por medio en esta sorprendente transformación (ya no hay conversiones por amor al arte, convengamos), pero la causa de fondo era más profunda y menos utilitaria. La muerte de Néstor Kirchner y la forma en que su viuda se hizo cargo de la administración del país, aún transida de dolor por la desaparición no sólo del compañero de vida sino de su hacedor y principal sostén político, provocaron en el autor de la columna sabatina un vuelco monumental,primero afectivo y después ideológico.

Como es natural, la convivencia entre el editor y el columnista se tornó inviable. Semejante desdoblamiento de la identidad, una patología profusamente estudiada en el campo de la psicología, tenía que terminar como terminó: a las patadas. El combate tuvo por escenario justamente las páginas de presentación del libro anterior (Aguanten los K, Sudamericana, 2011), que recopila las columnas publicadas hasta entonces. Yo, equitativo, les di lugar a los dos para que dijeran lo que quisieran, pero no hicieron otra cosa que diferenciarse y agredirse, con el evidente ánimo de eliminar al otro, o a los valores que representa el otro. Sobre el final de aquellas líneas simularon una reconciliación, y yo simulé que les creía —lo confieso ahora— porque me parecía espantoso cerrar la presentación con mis dos personalidades tratando de destruirse.

¿Qué pasó después? Bueno, me vi obligado a fijarles normas de convivencia. Cada uno tendría su tiempo y su espacio bien delimitados. Ni el de los sábados se iba a meter con el trabajo del editor, ni éste podía inmiscuirse en “De no creer”. La cosa anduvo más o menos bien —aunque cada tanto se cruzaban en los pasillos y temblaba el pavimento— hasta que apareció el proyecto de este segundo libro. Los dos se sintieron con derecho a decir algo en el prólogo. El columnista, porque eran sus columnas. El editor, porque las columnas se publican en su diario. Otra vez tuve que mediar. Les propuse que dialogaran. Dos periodistas tienen que sentirse cómodos en el formato de una entrevista, argumenté. Aceptaron. Quedamos en que preguntaría el editor y respondería el columnista. Así se hizo. El intercambio, que aquí reproduzco, es, creo, un aporte para entender mejor el conflicto que acompañó y acompaña la radical transformación del país en esta última década.

—¿Qué valor tiene un libro con columnas pagadas por el Gobierno?

—No importa quién las paga, sino que hay un público que las sigue y las quiere ver reunidas. ¿Qué pasa, cuando no te conviene te olvidás del mercado? Qué buen liberal, eh…

—Soy un buen liberal, aunque no sé si tanto como Boudou y Echegaray. También Néstor y Cristina abrazaron el neoliberalismo de Menem. ¿Ya te olvidaste de que en seis o siete elecciones se colgaron de su boleta?

—Bueno, Néstor era un tipo pragmático. Acordate que siempre decía: “Miren lo que hago y no lo que digo”. Cristina es más visceral y más ideológica.

—Ahora está tratando de arreglar con el Banco Mundial, el Ciadi, el FMI, el Club de París y los fondos buitre, para poder volver a endeudarse afuera. ¿Qué ideología aplica en esos casos?

—Realismo: necesitamos dólares.

—Claro, porque fracasó el cierre de fronteras de Moreno, fracasó el cepo y fracasó el blanqueo. No hay caso, la gente no quiere blanquear los dólares. Los prefiere verdes. Te pregunto: ¿no es paradójico que al kirchnerismo le falten dólares, con lo que a Néstor le gustaba coleccionarlos? 

—Eso es un golpe bajo porque él no está acá para defenderse. Además, ya te dije: era pragmático.

—Cambio de tema, y voy a pedirte que seas muy sincero. Estás obligado a serlo porque te conozco muy bien y sé cuando estás mintiendo. ¿Boudou te representa? ¿Boudou es el hombre nuevo, el argentino nuevo que vino a alumbrar el kirchnerismo?

—Bueno, bueno… Vos sabés cómo es la historia: Amado fue el que propuso estatizar todos los fondos jubilatorios. En momentos en que empezaban a faltarnos recursos, al tipo se le ocurrió que podíamos disponer de la principal caja del país. Una genialidad. Esas cosas se agradecen, y Cristina lo hizo su vice. Y si ella lo banca, yo lo banco. Por supuesto, me gustaría que fuera más prolijo con sus cuentas, que pudiera justificar su fortuna, que no confundiera dólares con pesos en su declaración jurada, que no estuviera hasta las manos en la Justicia, que pudiera explicar mejor lo de Ciccone. Siempre es mejor alguien no tan ostentoso, más discreto, que no aparezca en los cables del WikiLeaks hablando mal de las políticas económicas del Gobierno y diciendo que es “desenfadadamente pro Estados Unidos”. Me gustaría que no se ría todo el tiempo, que no gaste un dineral para remodelar su despacho del Senado, que no viaje al exterior con delegaciones propias de un jeque, que no ande por el país tocando la guitarra, que no sea tan insustancial, que se le caiga alguna idea. Pero son detalles. Lo banco a muerte.

—¿Y Aníbal? ¿Y D’Elía?

—En los pliegues de un movimiento de la vastedad del nuestro siempre hay elementos un tanto marginales. Pero ojo: son cuadros. Los banco a muerte.

—¿Moreno?

—Es la muerte, no me lo banco. No estarás grabando, ¿no?

—¿Timerman?

—¡Gran periodista!

—Hablo de Héctor, no de su padre.

—Yo también: gran periodista.

—¿Scioli?

—No quiero mentirte: esta semana no leí el instructivo de La Cámpora, así que no sé qué tengo que contestarte. La cosa con él va cambiando mucho, viste.

—¿Lorenzetti? Ahí te agarré: ¿qué tenés para decir ahora de Lorenzetti, eh?  

—Hay dos Lorenzetti, el que nos destruyó la reforma judicial y el que nos rescató con la ley de medios. Pero en el fondo es el mismo: un tipo al que le gusta más la política que la justicia. No nos costó hacerlo entrar en razones.

—¿Te acordás cuando le mandaron la AFIP para ensuciarlo a él y a sus hijos?

—Toda historia tiene una prehistoria. Yo prefiero recordar el fallo.

—¿Qué lectura hacés de la terrible derrota electoral de octubre?

—Como dijo Menotti, sólo pierde el que traiciona sus convicciones.

—¡Farsante, toda la vida fuiste bilardista! Vayamos a los hechos concretos: Massa les sacó doce puntos y se acabó el proyecto de la re-re.

—Ojo que hicimos una gran elección en la Antártida: como en 2003, la ola restauradora viene del Sur.

—Pero perdieron en Santa Cruz.

—Se ve que todavía no llegó la ola.

—¿Qué me decís de la economía? Inflación por las nubes, crisis energética, pérdida de reservas, crecimiento insignificante, falta de inversiones, se frena el consumo, déficit fiscal…

—Lo explicó Cristina: se nos cayó el mundo encima. Y después se nos cayó ella. Gracias a Dios, aprovechó el reposo para sentar las bases del relanzamiento de su gobierno. La coyuntura no es fácil, pero por suerte conversó todo con Máximo.

—¿Máximo? ¿Qué sabe Máximo?

—Más que Florencia sabe.

—¿Qué te parece el exponencial crecimiento de las villas? Jamás en la historia del país hubo tanta gente viviendo en esas condiciones de pobreza y marginalidad extremas.

—Tampoco exageremos. Cristina dijo que las villas están llenas de antenas de televisión.

—Según los estándares internacionales, la Argentina va camino de convertirse en un narcoestado, es decir, un país donde sus instituciones son infiltradas por el narcotráfico. ¿Esto es parte de la “década ganada”?

—Estamos muy preocupados por el avance del narcotráfico en Santa y Fe y en Córdoba, dos provincias gobernadas por opositores.

—¿Y Buenos Aires? ¿Y el resto del país?

—Se están defendiendo de Santa Fe y de Córdoba.

—Admitime algo: la inseguridad es uno de los grandes fracasos de la era kirchnerista.

—Esperá, no te adelantes: con Martín Insaurralde en el Congreso, el tema empezará a solucionarse. Los delincuentes están preocupadísimos. 

—¿No es un escarnio que tu gobierno sea denunciado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por sus violaciones de la libertad de expresión?

—Es el problema de la libertad de expresión: cualquiera va y te denuncia.

—¿Cualquiera? Fueron Magdalena Ruiz Guiñazú y Joaquín Morales Solá, dos de los periodistas argentinos más prestigiosos.

—Yo soy muy respetuoso de la Justicia, y los dos ya fueron juzgados y condenados por el tribunal popular que encabezó Hebe en la Plaza de Mayo, en abril de 2010.  

—Sabés qué, Carlos M., con vos no se puede hablar.

—¿Por qué me decís eso, Carlos?

—Porque ni siquiera yo puedo saber si todo es una gran ironía, si te aprendiste un libreto o si te devoró el relato.

—No discutamos más. No nos vamos a poner de acuerdo. Que el hombre que nos engendró saque sus propias conclusiones.

—Ok, que decida él.

* * *

¿Yo? Menuda tarea. Éstos no me la dejaron fácil. Lo que veo son posiciones demasiado antagónicas. Más que dos personas o dos ideologías veo dos países. Veo que una fuerza poderosa penetró hasta las fibras más íntimas para quebrar, para romper lo que parecía indestructible.

Sin embargo, algo me dice que no todo está perdido. Algo me dice que, a lo largo de las 99 columnas con las que sigue el libro, los contendientes encontrarán puntos en común y motivos de reconciliación. Intuyo que descubrirán que el enemigo no es el otro, sino esa fuerza externa que vino a separarlos. Detesto la simplicidad ramplona de los finales felices, pero este libro termina bien. La historia vuelve a su cauce y termina bien. Gracias a Dios. 

Buenos Aires, noviembre de 2013

TRANQUILA, CRISTINA: YA RECUPERÉ LA COLUMNA

24-9-2011

Y sí, algún día tenía que volver. No sólo porque, se supone, ya estoy descansado. No sólo porque extrañaba este espacio de compromiso y militancia. Y no sólo porque quería recuperar la columna de las manos de ese recalcitrante gorila que aprovechó mis vacaciones para esparcir su veneno antikirchnerista.

Fundamentalmente tenía que volver porque me debo a mi público, escaso pero fiel. Y porque la Presidenta me hizo saber que me necesitaba para el tramo final de la campaña. Ella, que no ceja en su afán de juntar votos, me lo dijo con dos palabras (es larguera para los discursos, pero telegráfica para dar órdenes): “Ya está”. Es decir: basta de excusas, basta de ceder el espacio al enemigo, basta de festejar el 14 de agosto cuando está por delante el 23 de octubre.

Yo me quise hacer el ingenioso y le contesté: “Sí, ya está.., ya está ganada la elección, Cris”. ¡Para qué! Se puso pésimo, y no sólo por lo de Cris, a quien tampoco le gustó. Me dijo que no entiendo nada y que se nota que soy nuevo. Que no está en juego la reelección o la consolidación del modelo, sino el dominio del país, de punta a punta. “A ver si te entra en tu cabecita: ¡vamos por todo!” Para no volver a meter la pata, desistí de preguntarle qué es “todo”. Después me lo explicaron los de La Cámpora, con los que ya estoy íntimo porque les encanta tener otro amigo liberal (además de Boudou y Menem). “Todo es todo: el Congreso, la Justicia, los órganos de control, los medios de producción, la oposición, los intelectuales, los artistas, los deportistas, la prensa.”

¡Qué lindo es el kirchnerismo! No dejo de maravillarme con ese afán hegemónico. En las democracias convencionales, los gobiernos enfrentan al periodismo independiente con críticas, en el mejor de los casos, y con leyes o aprietes económicos, en el peor. Los K, en cambio, somos creativos y audaces. Primero constituimos nuestra propia cadena. Después, a los medios que se ponen de pie para enfrentarnos, no paramos hasta verlos de rodillas o acostados. Si hay un periodista famoso que nos critica todas las mañanas desde cierta radio muy escuchada, cortamos por lo sano. Directamente nos preguntamos cuánto cuesta. Cuánto cuesta convencerlo, digo.

En la política clásica, de un lado está el oficialismo y del otro, la oposición. ¡Qué viejazo! Néstor nos enseñó una ingeniería distinta. De un lado estamos nosotros, el Gobierno, y del otro no tiene que haber nadie. Nadie que haga sombra. Permitimos un Duhalde o un Ricardito Alfonsín porque son funcionales. En realidad, nosotros vemos al opositor como una persona en tránsito: alguien que está en la vereda de enfrente, pero que en cualquier momento, muerto de frío, se cruza en busca del sol.

Ya sé: todo el mundo está pensando en Felipe Solá. Alguna vez, desde este humilde espacio, al verlo un poquitín despistado le recomendamos usar un GPS. A él no le gustó el consejo. Cuánta razón tenía. Fíjense que sin usar ningún instrumento de navegación fue llegando solito donde hacía rato quería llegar: al calor del poder. Felipe no es un muchacho para andar en climas destemplados. Su coqueta campera de gamuza y su pañuelito al cuello no son suficiente abrigo. La militancia anti-K le tomó el pecho y la garganta. Necesitaba un refugio. Qué suerte, creo que ya lo encontró.

Además, me ilusiono pensando en que no será el único. En estas semanas de vacaciones he podido ver cómo los planetas se nos han ido alineando. Todos los días viene alguien a tocar el timbre. Empresarios, políticos, jueces, periodistas. El Vasco De Mendiguren, de tan alineado, está convirtiendo a la UIA en una suerte de ministerio, y de paso así él vuelve a ser ministro, que es su sueño.

Qué simpáticos esos candidatos a gobernadores o a intendentes que ganan con un discurso opositor y al día siguiente los tenemos de nuestro lado. Saben que el límite del disenso es la caja: si se ponen en contra no tendrán un peso para hacer obras y pagar sueldos. En nuestro argot, disciplina fiscal significa eso: o te disciplinás o no ves un mango. Y al viejo “subordinación y valor” de los militares le reciclamos el sentido: hoy quiere decir que no hay valor más importante que el que estés calladito y subordinado.

Por supuesto que queremos seguir librando la batalla cultural, pero nos preguntamos contra quién. Al otro ejército se le van cayendo los soldados. No sé si son mis sueños, mis esperanzas, pero creo que estamos empezando a ver un país muy homogéneo. O sos kirchnerista o no existís. Me encanta: cada vez nos parecemos más al viejo México de un solo partido, el PRI, que durante setenta años dominaba todo. Después se hicieron los democráticos, dejaron ganar a la oposición, y miren lo que están padeciendo, con un narcotráfico que baña el país en sangre.

Nos vamos pareciendo también a tantas provincias argentinas en las que reinaba (o reina) un caudillo o una familia. Qué lindo volver a las fuentes, al país profundo: a la Catamarca de los Saadi, a La Rioja de los Menem, al San Luis de los Rodríguez Saá. Es decir, regímenes donde el poder es cobijo y donde no hay cobijo si enfrentás al poder.

Entiendo a la señora cuando me anima y me dice: “Vamos, todavía falta un poco más”. Sí, la entiendo y estoy de acuerdo. Por eso, acá estoy, otra vez en mi trinchera, recuperada. Pero miro a mi alrededor y qué veo: que cada vez falta menos. Manso y contento, el país se rinde a nuestros pies.

LA OPOSICIÓN, OTRA FORMA DE HACER KIRCHNERISMO

1-10-2011

Es conocida mi debilidad por Boudou, y no sólo por su origen liberal. Todo en él me cae bien. El tipo militó en la derecha, defendió al Proceso, se apegó a la plata y se desapegó de las formas, fundió empresas, esquiaba todos los años en Aspen, veraneaba en San Diego, ha declarado ser “desenfadadamente pronorteamericano”, anda por la vida en una Harley con su novia y su guitarra, en su declaración jurada confundió dólares con pesos (gracioso en un ministro de Economía, ¿no?) y ha anunciado diecisiete veces un acuerdo con el Club de París que nunca se concretó.

Es esa desfachatez la que me conmueve. Es el menos serio de todos los que militamos cerca de la señora, y ahí está, encaramado como candidato a vice. Amado es un milagro, y él lo sabe, y ella lo sabe, y todos lo sabemos. Amado es caricaturescamente argentino: lanzado, simpático, fashion, vivillo, ganador. Cristina lo llevó a la fórmula no porque le crea (¡por Dios, faltaba más!), sino por lo bien que representa su papel. Le sale mucho mejor que a los que son progres de verdad.

Pues bien, ese tipo al que tanto admiro esta semana fue al Congreso a defender el presupuesto y, en una distracción, terminó hablando mal de la oposición. Imperdonable. Injustificable. Es bien sabido que en la Argentina hay dos formas de ser kirchnerista. Una, la más sencilla, es militar en el oficialismo. La otra, ser opositor. Nada de lo que hoy somos hubiésemos podido alcanzarlo sin la contribución permanente de los otros partidos. Cuando se escriba la historia habrá que decir que el país de estos tiempos fue una auténtica coproducción, en la que los opositores podían reclamar derechos de autor.

Repasemos. Macri se perfilaba como un rival en las presidenciales, por lo menos para hacer un poco de ruido y acaso pellizcar una segunda vuelta, y se bajó. Reutemann, la esperanza blanca, ni siquiera se subió. El Peronismo Federal hizo todo lo posible para no constituirse en una alternativa, y lo consiguió. Primero se le fue Reutemann y después Felipe Solá, y cuando ya había quedado reducido a Peronismo Testimonial, o Residual, Duhalde y los Rodríguez Saá montaron (y rápidamente desmontaron) una interna disparatada que terminó como el Tren de los Pueblos Libres que acaba de unir Pilar con Paso de los Toros: con papelón y sin pasajeros.

¿La sociedad entre Hermes Binner, Pino Solanas y Margarita Stolbizer podía llegar a sacarnos votos por izquierda? Había que hacer algo enseguida para neutralizarlos. No hizo falta. Lo hicieron ellos: se pelearon.

Otra extraordinaria contribución a nuestra causa, acaso no debidamente valorada, fue la del radicalismo. Sin mérito de su parte y hasta contra su voluntad, les había surgido el candidato con mejor imagen durante un largo tiempo, Julio Cobos; habían llevado a la presidencia del partido y a una postulación al que se veía como el dirigente del futuro, Ernesto Sanz, y habían conseguido una reencarnación en miniatura de Raúl Alfonsín, su hijo Ricardito. Por lo tanto, ahí estaba, resurgiendo de las cenizas, el viejo partido. De haberle tenido que pedir prestado un candidato al peronismo en las últimas elecciones presidenciales (Roberto Lavagna, en 2007), ahora pasaba a tener tres, y marketineros.

¿Qué pasó? No lo sé, nadie lo sabe, pero es posible imaginar que un día se juntaron los cerebros del partido —todos tipos modernos, de luces largas, audaces— y se dieron cuenta de que si no hacían algo rápido podían llegar a convertirse en el boom de la campaña y hasta entorpecer el camino de Cristina a un segundo mandato. Se juramentaron destruir ese atisbo de resurrección: nada de internas, nada de acaparar la atención de los medios con una competencia real y picante, nada de ser el único partido que le sacara el jugo a las primarias. Todo lo pergeñado por el think tank radical se hizo al pie de la letra y así quedó, como buscaban, un Ricardito Alfonsín debilitado, derechizándose mal con De Narváez (que a su vez también intentaba autodestruirse) y haciendo todo lo posible para que la gente no lo votara, cosa que consiguió.

Probablemente haya habido también una cumbre kirchnerista-opositora de la que salieron las líneas maestras de un nuevo plan: para darle el envión final a Cristina hacía falta que la oposición se mostrara confundida, dividida, peleada, egoísta. Chiquita. Todos cumplieron al pie de la letra, y lo siguen haciendo.

Yo creo que, con toda intencionalidad, La Nación publicó esta semana, en sus espectaculares viajes al interior de la política, el caso de Ulapes, la ciudad de La Rioja donde la oposición, nos decía el título, “se esfumó”. Directamente no se presentó a las elecciones. El intendente kirchnerista fue el único candidato y, claro, se llevó todos los votos (sólo compitió contra el voto en blanco, que obtuvo el 34%). Ya otro producto bien riojano, Carlos Menem, había indicado el camino: si no podés destruir a los Kirchner, unite a ellos.

El 23, cuando volvamos al cuarto oscuro, los oficialistas vamos a votar a la Presidenta, y la esperanza de la oposición va a ser Binner, que ya no sabe qué hacer para llevarse bien con nosotros y decir que está bárbaro todo lo que hacemos. Por lo tanto, tranquilos, que todos los caminos conducen a Cristina. Me la imagino en su primer discurso la noche del domingo: “Bienvenidos y bienvenidas a la República de Ulapes”.

A SOLAS EN LA CASA ROSADA CON LA SEÑORA PRESIDENTA

8-10-2011 

El mensaje fue telegráfico: “La señora Presidenta lo quiere recibir. Tiene que venir mañana a las 17 a la Casa Rosada. Traiga el libro”.

Como otras veces en que Cristina me hizo llamar por uno de sus secretarios, caí presa de una suerte de convulsión. No podía creer que ella, tan ocupada como debe estar en atajar los primeros cimbronazos de la crisis global en el país, reparase en mi libro, apenas uno de los tantos que ha venido a sumarse a la campaña por la reelección. ¡Y que además me recibiese!

Me presenté al día siguiente hecho una pila de nervios, y, obvio, con una pila de libros. Ella me había pedido uno solo porque es así, austera (salvo que se trate de zapatos, carteras, ropa, hoteles, propiedades o inversiones financieras en dólares), y yo le llevé un montón porque así soy con ella y con la causa: un soldado que no se anda con chiquitas.

—¡Hola! A ver, mostrame cómo te quedó —dijo al recibirme, sonriente, segura y, como siempre, políticamente seductora, irresistible—. Casi 400 páginas, bien. Es más gordito que el de Sandra [Russo, autora de La Presidenta, la biografía recontraautorizada]. Linda edición, me gusta. Pero más me va a gustar si sirve para conquistar votos. El futuro es un edificio que se construye con votos.

El comentario sobre el número de páginas me dejó pasmado. Una persona que tiene en su cabeza todos los números del país, porque se los aprende de memoria para los discursos; una persona atenta a la evolución de la inflación (en ese sentido, el Indec ayuda), a las reservas del Banco Central (que no es un número fácil, porque todos los días bajan un poco) y al precio de las milanesas, la carne de cerdo y el pescado en el Mercado Central, ¿cómo corno hace para, además, acordarse de que a la Russo la gran biografía le quedó flaquita, aun con una tipografía como para leer a distancia?

Yo, imagínense, estaba feliz. Ya el hecho de ver a la señora con el libro en sus manos, tan interesada, me parecía un sueño. Incluso me permití, y me permitió, sacarle una foto con el celular, en la que salió espléndida.

Hasta que empezaron las preguntas.

—¿Por qué le pusiste Aguanten los K?

—Le iba a poner Aguanten los Kirchner, pero Nik, el gran humorista, me propuso cambiar “los Kirchner” por “los K”, y me pareció bien. Porque el libro no es un himno sólo a una familia de sangre, sino a la gran familia nacional y popular que ustedes han creado. Me pareció más abarcador y, perdón, también más marketinero, palabra que no por casualidad se escribe con k. ¡Qué bien vende usted todo, señora! ¡Cómo me enamora su relato!

No sé si la convencí. Después pasó lo que tenía que pasar.

—Acá veo —dijo, y no pudo evitar un rictus de sorpresa— comentarios de Escribano, Morales Solá, Pinedo, Majul, Redrado, Lousteau, Mirtha Legrand… Y un prólogo de Pagni. ¿Me podés explicar qué hacen acá todos estos tipos que no tienen absolutamente nada que ver con nosotros?

—¡Gran pregunta! —contraataqué—. Lo hice a propósito: cuando usted lea lo que dicen se va a dar cuenta de que no vale nada. Es hojarasca. Cháchara. Después viene la esencia del libro, que es doctrina K pura y dura, y créame que los matamos. Cualquier lector se va a dar cuenta de que el contraste es brutal.

Por supuesto, reparó en la cálida dedicatoria de la página 8: “A Néstor y Cristina Kirchner. Sin ellos, este libro no hubiese sido posible”. Le gustó y la agradeció, pero enseguida me dio una lección de historia: “No sólo este libro, mi querido. La recuperación económica, la consolidación institucional, los derechos humanos, ¡el país no hubiese sido posible!”. Estuve de acuerdo, y prometí modificar ligeramente la dedicatoria para el caso de que haya una segunda edición. Dirá: “A Néstor y Cristina Kirchner. Sin ellos, la Argentina ya hubiese dejado de existir”.

Quiso saber también a qué venía eso de “una mirada mordaz sobre la increíble Argentina de estos tiempos”, frase que acompaña el título.

—Lo de mordaz —respondí— es porque dedico muchas páginas a morder a la oposición, a los medios hegemónicos, al Fondo Monetario Internacional, al campo, a los militares, a la derecha, a Macri, a los ricos…

—¿Qué tenés contra los ricos? —me paró en seco. Ahí me di cuenta de que había metido la pata. Salí del apuro como pude.

—Es que no terminé la frase, señora: a los ricos que hicieron la guita persiguiendo a los deudores de créditos hipotecarios, o comprando terrenos fiscales por centavos y vendiéndolos carísimos, o recibiendo intereses extraordinarios de bancos amigos, o especulando con el dólar… En fin, a esa gente que un día tiene siete millones de pesos y, ocho años después, no se sabe cómo, pasa a tener 70 millones.

—Ah, tenés razón: a mí también me molestan los que hacen la plata fácil.

Respecto de “la increíble Argentina de estos tiempos”, le dije que se debía a lo increíblemente bien que estamos, a la increíble capacidad que tenemos para comprar adhesiones, a la increíble fuerza electoral del consumo y a que muchas de las cosas que escucho en sus discursos me resultan increíbles.

Sagaz, lúcida, sanamente creída, antes de despedirse sonrió satisfecha.

Yo también.

MI DESOPILANTE SONDEO ENTRE LOS CANDIDATOS

15-10-2011

Yo hice mi propia encuesta sobre las elecciones del domingo próximo, pero fue una encuesta distinta, creo que bastante original. No le pregunté a la gente a qué candidato pensaba votar, sino que se lo pregunté a los propios candidatos y a dirigentes políticos. Hice esa encuesta —en rigor, un sondeo (según me dicen los de Poliarquía, que son los que realmente saben)— porque sospechaba que, en elecciones como éstas, en las que ya está todo decidido, me iba a encontrar con alguna sorpresa.

Pues bien, me adelanto a contarles que fui de salto en salto, escandalizándome y no logrando digerir lo que me contestaban. ¿Pueden creer que hay candidatos que no se votan a sí mismos? ¿Pueden creer que hay algunos que votan a sus principales rivales? Sin más preámbulos, aquí va el resultado de esa desopilante pesquisa, que no nos agrega nada sobre el ganador (ganadora) del domingo, pero sí mucho, muchísimo, sobre nuestro país, nuestra política y nuestros dirigentes.

Cristina Kirchner. En la Casa Rosada me cuentan que va a votar a Binner, lista completa, con el sencillo argumento de que a ella le sobran votos y que a Binner y a sus legisladores los va a necesitar en el Congreso, donde está segura de que el socialismo la apoyará en los proyectos más importantes, re-reelección incluida. “Si todos los opositores fueran como Binner —dice—, me encantaría tener oposición.”

Binner. Convencido de que el segundo lugar ya es suyo, votará a Cristina, y no por una devolución de gentilezas. Como todos, está pensando en 2015. Ella le ha prometido que a Santa Fe, su provincia/plataforma, no le faltarán recursos en estos próximos cuatro años. Él, con esa media lengua que no permite entender si está hablando, murmurando o no diciendo nada, también ha prometido algunas cosas. Ya habrá tiempo de decir otras, pero la necesita fuerte ahora y la imagina desgastada después, hasta quedar él —así se sueña— como el progresista bueno, democrático, impoluto.

Scioli. El gobernador (contra lo que muchos puedan pensar) se va a inclinar por Cristina. No es tanto una cuestión de estrategia o cálculo. Perseguido como es, en el fondo tiene terror de que le metan una cámara oculta que registre cuando saca la papeleta de la pila de Duhalde, al que tanta gratitud y cariño personal le sigue teniendo. Además, en la intimidad dice que ella no irá por un nuevo mandato sino por el bronce, idea que no comparten los que piensan que en el peronismo no hay bronce cuando ya no tenés más mandato.

Macri. Por supuesto, cortará boleta, porque para Diputados tiene la lista de Pro, que encabeza Federico Pinedo. ¿Y para presidente? Otra sorpresa: su única opción es Cristina, con la que probablemente tenga más acuerdos de los que se conocen.

Alfonsín. Lo tiene decidido: se votará a sí mismo. No sólo como un postrer homenaje al apellido de su padre, sino porque está convencido de que los radicales, los auténticos radicales, deben morir con las botas puestas.

Cobos. Dice que ve el futuro negro y que por eso va a votar en blanco.

De Narváez. Para presidente no va a votar a su aliado de las primarias, Alfonsín, sino al de la secundaria, Alberto Rodríguez Saá. Pero, previsor, organizado y profesional de la política como es, ya está pensando en el próximo aliado, porque imagina que pronto se va a cansar del Alberto.

Alberto Rodríguez Saá. “Mi primera opción soy yo. La segunda, Cristina. ¿De qué depende? De un llamadito de la Casa Rosada.”

Lilita Carrió. Como sabe que ella no tiene posibilidad alguna, va por Cristina. Lilita pronostica (otra vez) una catástrofe económica, política y social, y por nada del mundo quiere que la Presidenta no esté ahí cuando ocurra.

Duhalde. A Cristina, por los mismos motivos que Lilita.

De la Rúa. Dice que está dudando.

Reutemann. Dice que no es una decisión fácil. No lo dijo en público, por supuesto, sino a través de un allegado al vocero de un operador cercano a un vecino suyo.

Pino Solanas. “A cualquiera menos a Binner.”

Carlos Menem. A Cristina. “Mis problemas eran con Néstor. Ella siempre me pareció una estadista.”

Aníbal Fernández. “Me abstengo de opinar, y desmiento desde ya los sondeos truchos de esta columna.”

Hugo Moyano. “Sólo participo de encuestas entre grandes empresarios y, como mucho, entre dirigentes sindicales.”

Felipe Solá. “Muero por votar a Cristina, pero no sé, por ahora no me ha llamado nadie.”

Guillermo Moreno. “Queda terminantemente prohibida la difusión de sondeos electorales que no sean hechos por el Indec.”

Mariotto (candidato a vice de Scioli). “Para presidente, a Cristina. Para gobernador de Buenos Aires, a Mariotto.”

Boudou. “Para presidente, a Cristina; senador, Cristina; gobernador, Cristina; diputado, Cristina, y concejal, Cristina.”

El trabajo deja ver a las claras que, por derecha o por izquierda, por convicción o por cálculo, la señora arrasa entre sus colegas. La admiran, o la necesitan, o le temen, o creen que no hay otra cosa.

Yo también la voy a votar. Para esta Argentina, esta Presidenta.

GRAN PRIMICIA: EL DISCURSO TRIUNFAL DE CRISTINA

22-10-2011

El que acaban de leer no es un título con gancho: es la más pura verdad. Voy a adelantarles el discurso que la Presidenta pronunciará mañana después de arrasar en las elecciones. ¿Cómo lo conseguí? Sencillo. La fuente de información fui yo mismo: la señora me pidió que le escribiera el borrador de ese mensaje. “La verdad —me dijo—, he hablado tanto que ya no sé cómo sorprender, y a vos se te da bien eso de decir cosas que parecen originales.”

No me gustó eso de “parecen”, pero me puse a trabajar. Nunca en mi vida me costó tanto garabatear algo. Hacerle un discurso a Cristina es como escribirle una canción a Sabina: tenés la convicción de que la distancia entre el escriba y el intérprete es insalvable. De todos modos, para tranquilizarme, me agarró Zannini. “Mirá, en un pieza tan importante como ésta trabaja mucha gente. Los ministerios mandan cifras, datos. Hay filósofos, psicólogos, sociólogos, publicistas. Vos simplemente tenés que ir ordenando ese material, y proponer golpes de efecto. A la señora le gusta sorprender, emocionar. Por eso se pasa horas estudiando qué va a decir y cómo lo va a decir. Así que tranquilo...”

¿Tranquilo? Estaba hecho una pila de nervios. Al principio, todo lo que escribía me sonaba idiota, insulso. Sólo me aliviaba pensar que a tan brillante oradora le tirás ruido del infierno y lo convierte en música celestial. Por eso, mientras iba dándole forma me ayudaba no poner las palabras en mi boca, rudimentaria y torpe, sino en la de ella. Por ejemplo, si yo llego a decir que diferir la transmisión de los goles es tanto como el secuestro de personas durante la última dictadura, me sacan hasta el registro de conducir. Pero lo dijo ella y —todos lo recordarán— sonó como un verdadero hallazgo.

Le propuse a la señora que sus primeras palabras, carraspeadas, fueran “gracias, gracias, gracias”. Aceptó. “Tiene gracia”, comentó, no sé si tomándome el pelo. Incluso le sugerí el acting: tenía que decirlo cuando todavía no se había acallado la ovación que le tributaba la multitud rendida a sus pies, y después de entrecerrar los ojos e inclinar ligeramente la cabeza, como tratando de no irrumpir en llanto. Le encantó. “Los discursos no se pronuncian —me enseñó—. Se viven.”

Enseguida tenía que agregar: “Gracias a todos y a todas”. Lo corrigió: “Primero tengo que agradecerle a Él. Le debo todo”. Asentí, y al toque me di cuenta de que había caído en una trampa. Cuando hace comentarios como ése, ella espera que se le responda: “No creo que le deba todo, señora. Usted está demostrando que sola lo puede hacer muy bien”.

En mi borrador, después de los agradecimientos venía una invitación al diálogo, a evitar las confrontaciones. Me cortó en seco. “No, en este tramo hay que destacar que la avalancha de votos significa una ratificación definitiva del modelo.” No fue mi único traspié. La frase “la oportunidad es ahora”, que ella debía pronunciar al borde de la exaltación, fue tachada por parecerse demasiado al eslogan de De Narváez. Era cierto. Mi excusa fue que, después de escucharla 150 veces por día en radio y TV, en las creativas y entretenidas tandas electorales, se me había pegado. “A mí no me pasa —me embocó— porque sólo escucho mis spots.”

Tampoco le gustó que hablara del triunfo contra la inflación (“Todavía hay empresarios inescrupulosos que remarcan”, dijo), de los miles de casas que hemos construido (“Está el temita de las Madres, viste”), de haber desterrado la corrupción (“Es que esta semana dije como gran cosa que Moreno era honesto, con lo cual dejé un manto de sospecha sobre todos los demás”), de la reconciliación con el campo (“Cualquiera sabe que Coninagro son cuatro gatos locos”), de la gran relación con los países vecinos (“Si hasta Uruguay nos quería hacer la guerra”), del próximo acuerdo con el Club de París (“No le creerás a Boudou, ¿no?”), del Fútbol para Todos (“¿Querés que me refrieguen los 30 millones de dólares de Grondona?”) y de la creciente sensación de seguridad (“Ojo, la gente no es idiota”).

“Pero entonces —perdí un tanto la paciencia—, con todo respeto, ¿de qué quiere usted hablar, señora?” Su respuesta fue memorable. “De Él, de mí, de que reinventamos el país. De mis hijos. Del boom del consumo. De que nunca nadie ha hecho tanto en tan poco tiempo. De los planes sociales. Del boom del consumo. De los derechos humanos. Del histórico crecimiento de la economía. Del boom del consumo. De que creamos una cadena de medios para ampliar la libertad de expresión. Del boom del consumo. Del respeto a las instituciones. De las computadoras que les regalamos a los chicos. Del boom del consumo.”

Me quedó clarísimo. Rompí lo que había hecho, le pedí algo más de tiempo y aparecí dos días después con el mensaje totalmente cambiado. En el tramo más importante decía así. “Argentinos, argentinas, interpreto este respaldo electoral como una renovación del crédito que me han dado. Como ustedes cumplieron con su cuota de esperanza en este modelo, yo cumpliré con ustedes al contado. No seré una caja de sorpresas. Tomaré decisiones de peso. No ahorraré energías ni me sentaré en un banco a descansar. Trabajaré sin reservas…”

Ahora la que rompió los papeles fue ella (me parece que se ofendió al ver las palabras clave destacadas). De todos modos, creo que por ahí va ir el discurso. Sospecho que en el fondo le gustó.

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